Desclimer:
1. Twilight & sus personajes son propiedad de Stephenie Meyer.
2. Seduced in the Dark es una historia de C.J. Roberts yo sólo hago una adaptación.
.
Advertencia.
Esta historia contiene:
*Situaciones muy perturbadoras.
*Consentimiento dudoso.
*Lenguaje vulgar.
*Violencia gráfica*
*Lemon/Lime
.
.
CAPITULO 7
*.*.*
.
Edward no podía dormir. Había hecho todo en lo que se le había ocurrido, se había dado una ducha caliente, se había masturbado, y se había sentado en la biblioteca de Carlisle y mirado sus libros. No sabía leer, pero algunos de los libros tenían fotos en ellas. Había andado alrededor de la casa y descubrió tentempiés en la cocina. Se había comido todo el gulab jamun (dulce típico de la India, elaborado con una masa de harina y leche en polvo, que luego es frita en aceite) e incluso ahora, los dedos y las comisuras de su boca estaban pegajosos. Todavía no podía dormir.
"¿Dónde está Carlisle?", se preguntó. Su corazón empezó a correr pensando en el hombre mayor. "¿Y si no vuelve? ¿Y si algo le había pasado?" El estómago de Edward le dolió. Nunca había estado solo antes. Siempre había alguien cerca de él, si no los otros chicos, entonces Marco, y si él no estaba, tal vez un Amo.
Edward se levantó y empujó su almohada y la manta al suelo, la cama era demasiado blanda. Se tumbó en la alfombra gruesa y se envolvió a sí mismo con la manta que le habían proporcionado. Fuera, el viento aullaba. "¿Por qué lo dejaría Carlisle solo?" Levantó sus rodillas hasta el pecho y se meció. Deseó que Félix estuviera con él. Félix era uno de los chicos británicos que a menudo compartía su cama. Si tuviera un amigo entre todos, era probablemente Félix.
Por primera vez en una semana, dejó de pensar en alguien que no fuera él mismo. Con Marco muerto, "¿qué había pasado con los otros, con Félix?" Es cierto que a menudo peleaban y se lanzaban a veces el uno al otro en el camino de un Marco enfadado, pero eso no significaba que no hubiera afecto allí. Cada vez que uno de ellos era maltratado por un Amo o después de una salvaje paliza en particular, a menudo se consolaban mediante la aplicación de vendajes u ofrecían unos brazos que consolaban en lugar de dañar. Edward era más pequeño, y probablemente más joven, pero era un luchador, mientras Félix era más dócil y fácilmente manipulable.
—¿Por qué te enfadas a cada rato, Kéleb? sabes lo que va a pasar —le había susurrado a menudo a Kéleb, aplicando la pomada oscura en su piel.
—Lo odio. Le dejaré matarme antes de que me convierta en su perro faldero. Un perro podría ser, pero no el suyo.
—Tú no eres un perro, Kéleb. —Félix besó mi frente—. Eres un chico estúpido.
—Y tú eres un perro faldero —respondió Kéleb con una sonrisa a medias.
Félix también se rió y puso el tapón a la pomada. Se quedó en silencio y de puntillas hizo su propia cama en el suelo.
—Félix—susurró Kéleb.
—¿Qué?
—Un día voy a matarlo.
Después de una larga pausa—: Lo sé. Buenas noches, chico estúpido.
Edward había hecho exactamente lo que prometió. Había matado con eficiencia y a sangre fría a Kabuto. Pero no se había tomado la molestia de buscar a Félix, ni les había dicho a todos los demás que eran libres. Nunca les dijo que huyeran. Le gustaría decir que fue porque la idea no se le había ocurrido, pero eso no era cierto. Había tenido miedo. Había tenido miedo de que se volvieran contra él, porque sin Marco, muchos de ellos tendrían que elegir entre la pobreza o un Amo nuevo y desconocido, tal vez incluso la monotonía de la servidumbre de esclavitud. También había sido el miedo de que Carlisle decidiera que todos, incluso Edward, eran demasiada carga, y habría tenido que enfrentar el destino de los otros. Así que simplemente dejó que Carlisle se lo llevara. Se había permitido a sí mismo estar conmocionado y traumatizado por lo que había hecho. Se había permitido ser la víctima. Se merecía ser abandonado a cambio.
Un ruido lo sobresaltó de sus pensamientos autocríticos.
Era como una piedra dentro de su calma, escuchó a cualquier sonido que indicara si estaba o no solo en la casa y, además, si una presencia significaba peligro. Oyó que la puerta se cerraba suavemente y poco después, los sonidos familiares de alguien arrastrando los pies para quitarse los zapatos y colocarlos cerca de la puerta. Ruidos casuales que eran una buena señal, supuso Edward, si alguien venía con la probable intención de causarle daño no se preocuparía lo suficiente por quitarse los zapatos.
Edward quería salir de su habitación, quería investigar, pero el miedo que aún sentía permanecía con fuerza. Carlisle era forastero, y su estado de ánimo podría ser errático. Recordaba con claridad la forma en que había sido arrojado a la bañera y sujetado por los brazos fuertes de Carlisle. Se estremeció.
Los pasos se acercaban a la puerta y Edward se tensó aún más, sus músculos temblaban de tenerlos tan apretados. La puerta se abrió lentamente y cerró los ojos con fuerza. Si Carlisle trataba de violarlo, él lucharía de nuevo. En algún lugar de su mente una voz le susurró que sólo debía hacer lo que se espera de él. Tenía que sobrevivir. Había querido morir, pero tendría que sobrevivir de nuevo.
—¿Edward? —susurró la voz de Carlisle en la oscuridad.
Edward contuvo el aliento y no contestó.
—¿Chico? ¿Estás durmiendo? —susurró Carlisle otra vez y parecía estar en control, no enojado o predispuesto a la violencia.
Edward se negó a responder, sin embargo, mantuvo los ojos cerrados y trató de respirar lo más silencioso, superficial y uniformemente que pudiera hasta que finalmente, se cerró la puerta y Carlisle se había ido. Edward al instante sintió alivio, pero también pérdida. Estaba solo de nuevo. Solo y asustado en un cuarto extraño y oscuro.
"¿Qué sería de su vida ahora?" Había matado a alguien. Había asesinado. No se sentía mal por haberlo hecho, lo haría de nuevo si tuviera la oportunidad, pero "¿qué iba a hacer con su vida?, ¿quién podría ser? ¿Quién era Edward?" Siempre se había dicho que un día sería libre, pero no se dio cuenta de que la libertad podía sentirse... tan vasta, demasiado expuesta e incierta. Ahora que era libre, se sentía carente de objetivos, y, sin un propósito, "¿de que serviría su vida?" Tenía una deuda con Carlisle y la honraría, pero una vez que su tarea estuviera completa, se encontraría en el mismo lugar.
Edward se tragó el miedo y echó hacia atrás las mantas, decidido a buscar respuestas de la única persona en su vida que las podía tener: Carlisle. Despacio abrió la puerta y entró de puntillas hacia la habitación de Carlisle. Vaciló en la puerta, pero luego llamó tentativamente.
—No estoy ahí dentro —dijo Carlisle detrás de él.
Edward se dio la vuelta y vio la intensa mirada de Carlisle.
—Yo... yo... lo... lo siento —tartamudeó—. Estaba despierto cuando entró, pero... —Se miró los pies descalzos—...no estaba seguro de lo que venía a buscar. —Edward tragó.
Carlisle sonrió. —¿Y por qué te decidiste?
Edward se encogió de hombros.
—No lo sé. Pensé... en acabar con esto de una vez y simplemente preguntarle.
El suspiro alto y claro de Carlisle causó que los hombros de Edward se tensaran, pero no se movió para alejarse del hombre mayor.
—Eso es muy valiente de tu parte, muchacho, pero no tienes necesidad de tener miedo de mí, no tengo intención de dañarte.
—¿Qué quiere? —Edward se erizó por haber sido llamado muchacho.
—Esperaba haberme ganado tu lealtad a estas alturas. Sólo quería ver si estabas bien. He estado fuera desde muy temprano y temía que mi ausencia fuera... estresante para ti.
Edward se encogió de hombros con poco entusiasmo, pero en realidad, quería llorar de gratitud. Nadie en una posición de poder alguna vez se había preocupado por su bienestar. Nadie había venido nunca a ver cómo estaba. Respiró hondo y apretó sus emociones hacia abajo en su estómago. No quería parecer débil frente al hombre que le ofrecía hacerle fuerte.
—Fue extraño estar solo. Antes, con Marco, siempre había alguien, pero... fue... no sé qué decir. Me comí todo el gulab jamun —confesó tímidamente—. También estuve en la biblioteca. ¡Nunca había visto tantos libros! Usted debe saber un montón de cosas. ¡Pero no se preocupe! —Me puse repentinamente nervioso—. No puedo leer. No estaba tratando de invadir su privacidad. Sólo miraba las fotos. Lo siento.
Carlisle rió y el sonido hizo que Edward se sintiera un poco aliviado. Se relajó aún más cuando la mano de Carlisle aterrizó en su cabeza y le revolvió el pelo largo y cobrizo.
—Está bien, Edward. Esta es tu casa ahora. La comida fue dejada para ti y eres bienvenido a ver los libros. Te enseñaré cómo leerlos.
Edward cerró los ojos con fuerza para impedir que sus lágrimas emergieran. Sin previo aviso, se abalanzó hacia Carlisle y envolvió sus delgados brazos alrededor de él. Quería expresar su gratitud. Quería que Carlisle supiera cuánto Edward se sentía en deuda con él.
Poco a poco y con las manos temblorosas, Edward acercó la cabeza del anciano hacia él y apretó sus labios contra Carlisle. El hombre mayor se quedó quieto, pero no lo detuvo cuando su lengua se deslizó por la abertura de la boca de Carlisle. Edward había hecho esto muchas veces, con hombres que odiaba; seguramente podría hacerlo una vez más con alguien a quien respetaba.
El joven cuerpo de Edward respondió al beso y siguió adelante, persiguiendo la boca de Carlisle, su sabor. Carlisle se apartó. Edward entró en pánico. Si Carlisle lo rechazaba, moriría. Moriría de vergüenza porque era un puto y no conocía otra manera.
—Edward, no.
—No voy a pelear contigo. Haré lo que me pidas —susurró Edward. Sus palabras eran inestables y llenas de miedo.
—Haz lo que te digo, ahora, y detén esto. —El tono de Carlisle, no contenía el más mínimo desprecio.
Edward se apartó y trató de correr de Carlisle, pero su camino estaba bloqueado y el pronto apretón a su brazo de Carlisle lo mantuvo firme.
—¡Lo siento! No fue mi intención. No lo volveré a hacer. —Esta vez las lágrimas estuvieron presentes en su voz. No podía ocultar su vergüenza. Carlisle lo atrajo hacia su pecho y lo mantuvo apretado.
—Ya no eres Kéleb. No eres un perro, ni la puta de nadie. No me debes esto. No se lo debes a nadie.
Edward lloró y sostuvo con más fuerza a Carlisle. No podía hablar.
—¿Alguna vez has estado con una mujer, Edward? —susurró Carlisle por encima de él.
Edward negó con la cabeza. Las había visto, por supuesto, había prostitutas femeninas que Marco guardaba, pero estaban separadas de los niños y nunca se compartían nada con ellos. Había entrevisto sus cuerpos y se preguntó cómo sería tocarlos, pero fue un placer que nunca había experimentado.
Carlisle condujo a Edward hacia su habitación y abrió la puerta. Poco a poco, soltó a Edward y lo urgió a entrar. De mala gana, Edward soltó sus brazos y caminó mansamente hacia la cama que había hecho él mismo en el suelo.
—Hasta mañana, entonces —dijo Carlisle casualmente—. Mañana te voy a empezar a enseñar cómo tomar tu lugar a mi lado. Tendrás elección en esto. —Sonrió cuando Edward lo miró con sorpresa luego cerró la puerta.
Edward seguía sin poder dormir, pero ahora las razones eran diferentes. Por primera vez desde que podía recordar, Edward estaba emocionado por lo que el mañana traería.
*.*.*
Los ojos de Edward se abrieron en la oscuridad. El sueño, y los recuerdos, se detuvieron. De pronto se sintió como un niño otra vez, con miedo a la oscuridad, miedo a lo desconocido, y solo. Es extraño cómo un sueño puede hacerse realidad. Como puede tomar el control de la mente e invocar los sentimientos, tanto así, que afectaba al cuerpo. Edward sintió un nudo en la garganta, que no debería estar allí, estaba muy lejos del muchacho asustado que había sido y aun así, así se sentía. Su corazón latía con fuerza en el pecho y las palmas de las manos le sudaban.
Se dijo una y otra vez que había sido sólo un sueño, pero las emociones se aferraron a él como la melaza espesa. No importaba la forma en que trataba de borrarlos de sus pensamientos, se mantenían, pasando de un lado al otro de su psique, vacilando entre la alegría que había sentido con la experiencia de su primer momento de aceptación y el dolor de saber sobre el futuro.
Félix había muerto. Carlisle había quemado el cuerpo de Marco donde Edward lo había dejado, en el interior de la casa. No había visto a ningún sobreviviente, ni advirtió a nadie en la casa. Carlisle le había dado la información a Edward una mañana después en el desayuno, cuando por fin había encontrado el coraje de preguntar acerca de lo que había sucedido.
Había llorado por Félix y por los otros muchachos en privado después de quemarse a sí mismo con una cuchara caliente que había estado usando para mover los frijoles. A medida que su carne se quemaba, trató de imaginar lo que Félix había sentido en los terribles últimos momentos de su vida. Edward había matado a su único amigo y en el fondo quería que esta única cicatriz demostrara que él todavía estaba en su interior después de que su piel quemada sanara y nueva piel tomara su lugar.
Edward quería otra ducha, una tan caliente que no era capaz de pensar en otra cosa, pero sabía que su comportamiento era estúpido y que probablemente se causaría más daño y no se podría curar a tiempo para continuar con su misión. Había pasado algún tiempo desde que Edward tuviera muchos de sus episodios compulsivos. Sí, a veces es necesario el dolor, pero esas necesidades se extendían por lo general durante largos períodos de tiempo. En las últimas semanas, había luchado para no ceder a sus impulsos muchas veces. No podía continuar.
Carlisle había hecho lo que tenía que hacer. Edward quería convertirse en el hombre que Carlisle necesitaba para él, y para convertirse en el hombre que quería ser, no podría haber testigos que lo conocieran como el perro de Marco. Era una verdad muy dura y debilitante en su momento, pero Edward lo entendía como hombre, de una manera que nunca podría como un niño. Félix habría hecho lo mismo.
Edward se dio la vuelta en el suelo y se sentó a contemplar la forma del cuerpo de Gatita que dormía encima de su cama. Ella se movía mucho, sus piernas sobresalían debajo de las mantas de vez en cuando. A Edward le parecía que quería rodar sobre su costado o boca abajo, pero incluso en sueños, el dolor la mantenía en una posición ligeramente erguida.
Sus palabras de antes volvieron a él:
— Podrías no venderme... podría quedarme contigo... ¿estar contigo?
Suspiró, deseando que las cosas fueran tan sencillas. "¿Qué diría Carlisle de tal petición? ¿Tendría incluso que ser una solicitud?" Edward era un hombre después de todo, y uno muy peligroso por á Edward sólo necesitaba informarle a Carlisle la forma en que iba a ser y seguir desde allí. La chica fue golpeada y amoratada, su virginidad estaba en entredicho, en cuanto a Carlisle podría concernir. "¿Qué tan difícil sería llamar a Gatita simplemente una causa perdida?" Pero, sinceramente, eso no arreglaba nada. Él siempre iba a ser su captor y ella siempre iba a ser su prisionera. Tenía que dejar de ir y venir. Había tomado una decisión, se mantendría firme en ella. Fin de la historia.
Gatita se movió un poco más en la cama y sollozó durante unos segundos antes de que sus ojos finalmente se abrieran. Sus pulmones se elevaron y cayeron profundamente, con dureza. Al parecer, Edward no era el único que sufría de pesadillas. Para su crédito, ella no había gritado ni preguntado por él. Miró alrededor de la habitación y lo vio, y luego desvió la mirada y se incorporó lentamente.
—Buenos días —dijo con ironía.
Ella asintió con la cabeza, pero por lo demás no respondió. Apartó la manta de sus piernas en un movimiento lento y fatigoso y se puso en pie con rigidez antes de caminar hacia el baño y cerrar la puerta. En cuestión de segundos, se oía el agua de la pileta en funcionamiento. Edward se preguntó cómo tenía previsto utilizar las instalaciones porque el servicio estaba en el suelo y requería al usuario ponerse en cuclillas encima de él para hacer sus necesidades. Sería difícil para ella mantener el equilibrio dado sus heridas, pero decidió que su necesidad de privacidad era quizás mayor que su necesidad de ayuda en este momento.
Edward se puso a arreglar la habitación, recogiendo las cosas que necesitaría para estar listo para el día siguiente. Ninguno de ellos tenía mucho para vestir, pero sólo tenían un día más de viaje, así que ese punto era irrelevante. Miró por encima los comestibles que había comprado y encontró los plátanos, así como algunos pasteles de frambuesa. Eso estaría muy bien para el desayuno. Había un montón de botellas de agua que quedaban también. Miró su reloj y observó que era sólo las cinco y media de la mañana. Cuanto antes estuvieran fuera y en camino, mejor. Podrían llegar a Tuxtepec a la hora de la cena, aunque llevaría otras doce horas llegar allí. Tendrían que hacer una parada en la ciudad antes de salir.
Edward tomó su teléfono y marcó el número de Carlisle.
—Salaam.
—¿Por qué no me has estado contestando el teléfono?
—¿Tengo que responder ante ti, entonces?
—¿Y por qué coño no? Somos socios, ¿o James ha usurpado mi posición en los últimos dos días?
Carlisle rió. Era el tipo de risa que Edward había sufrido a través de los años, una risa desdeñosa, burlona, destinada a poner en su lugar a Edward, por debajo de su Amo.
—No seas infantil, Edward. Tú eres el que hizo que nuestra última conversación fuera tan hostil. James está apenas en condiciones de incitar tus celos.
—No estoy celoso, estoy irritado y sólo estás empeorando las cosas. ¿Dónde estás?
—¿Dónde estás, Edward? ¿Dónde está la chica?
Edward respiró hondo y exhaló lejos del teléfono. Era el momento de la verdad.
—Estamos en Zacatecas. Deberíamos estar en Tuxtepec por la mañana a más tardar.
—¿Por la mañana? —Reprendió Carlisle—. Estás a menos de un día de James y vuestros rehenes, ¿por qué no te has ido ya?
—Es la chica, sus heridas nos retrasan. Sigo teniendo que parar por ella.
—Vas a despertar sospechas por conducir por ahí con ella de esa manera. —Carlisle hizo una pausa, su respiración tan lenta como su voz. Edward se preparó para ello—. Ella es la parte final de esto, Edward. Debe estar lista. Debe ser perfecta. Si no puedes hacer esto, yo estaría más que dispuesto a tomar el relevo.
Edward apretó la mandíbula con tanta fuerza que podía oírla crujir.
—Va a salir bien, Carlisle. Puedo hacerlo —dijo entre dientes—. Deja de cuestionarme. Sé lo que tengo que hacer. Eso es todo lo que pienso sobre ello.
—¿Qué pasa con los rehenes que has tomado? ¿Cuáles son tus planes para ellos?
—Venganza. Naturalmente.
Carlisle rió. —Ahí estás, Khóya. Había empezado a preocuparme. Trata de mantener la cabeza esta vez, por lo que sé, ese par podría resultar útil para nosotros.
Una extraña sensación floreció en el pecho de Edward.
— ¿Dónde estás?
—Cerca.
—Está bien. Supongo que te veré pronto. —Colgó, molesto.
Gatita salió del cuarto de baño pareciendo un poco perdida. La noche anterior les habían puesto en una posición diferente y ahora le correspondía a Edward mantener el status quo que se había creado entre ellos. Dejó el teléfono sobre la mesa y se dirigió hacia su cautiva. Ella se quedó quieta cuando se acercó, con los ojos puestos en el suelo y con las manos cruzadas delante de ella. Su nerviosismo era evidente, pero atractivo, no obstante.
Edward le pasó la mano por la cara, con cuidado de no presionar sobre sus moretones y colocó su cabello hacia atrás por encima del hombro.
—Cada vez que entres en una habitación y el propósito no sea claro, siempre arrodíllate al lado de tu Amo. —Gatita no dudó en cumplir, aunque sus movimientos eran lentos mientras se esforzaba hacia el suelo.
—Bien —susurró Edward—. Ahora separa las rodillas y siéntate en los tobillos, con las manos sobre los muslos y la cabeza gacha. Tu Amo debe ser capaz de ver cada parte de ti y saber que no te moverás hasta que te lo diga. ¿Entiendes?
—Sí —susurró Gatita con cierta vacilación—. Amo. —Lentamente, movió sus extremidades a la posición. Llevaba un camisón y su cuerpo no era visible a Edward, pero él sabía de su cuerpo lo suficiente para saber lo que estaba oculto y su cuerpo respondió sin darse cuenta.
—La demanda Leet sawm k'leet sue está en ruso. Cuando escuches la orden, te acuestas boca arriba con las rodillas separadas y las levantas hacia tu pecho. Sostén las piernas detrás de las rodillas. —Gatita tomó la posición y lo miró con una expresión suplicante.
El aliento de Edward vaciló en sus pulmones de la emoción. Por fin, ella era obediente, estaba a sus órdenes. La sensación era embriagadora, pero le dejó un hueco porque le estaba enseñando las órdenes en ruso.
—Leet sawm k'leet sue —repitió. Su expresión era dura, sus ojos serios.
La boca de la Gatita se inclinó hacia abajo en las esquinas en una mueca leve, con la barbilla temblando por el esfuerzo para no llorar, pero asintió. Dolorosamente redujo su marcha lentamente, y se puso en el suelo. Levantó la vista hacia el techo y las lágrimas que había estado conteniendo cayeron por los lados de su cara a su cabello.
Esto era difícil para ella, Edward sabía lo que iba a ser, pero era lo más fácil de hacer para ella con respecto al viaje que tenía por delante. Había culpa por su parte, pero también deseo, un deseo intenso que vibraba en sus venas. La culpa no era nada cuando se enfrentaba a su deseo de tener a Gatita a su merced. Si esto le hacía un enfermo o un depravado, lo había aceptado hace mucho tiempo.
—Tus piernas, Gatita. Vamos a hacerlo.
Vio cómo sus rodillas comenzaron a doblarse y casi se dobló de deseo mientras sus manos tiraban del camisón, elevándolo por encima de sus rodillas y sus muslos. No había esperado que ella se desnudara para él, pero así era ella. Su miembro empezó a moverse al ritmo de su corazón acelerado, llenándolo, alargándose y mendigando por mostrarse. Gatita levantó sus rodillas hacia su pecho, sus manos apretaban en puño el camisón por la cintura. Su sexo era claramente visible, los labios de color rosa se dilataron y sonrojaron, su clítoris diminuto asomaba desde debajo de su cubierta. Edward respiró fuerte y tragó saliva.
Podía quedarse mirándola para siempre, pero su deseo no era el propósito de este ejercicio. Era la manera más concisa de restablecer sus roles. No habría ningún arrebato hoy, ni discusiones durante el viaje, no habría ninguna confusión acerca de si podría o no prescindir de ella.
—Realmente eres hermosa, Gatita.
Ella gimió.
—¿Perdón? —espetó.
—Gracias, Amo —corrigió ella.
—Muy bien, Gatita. Puedes bajar tus piernas ahora. —Sus movimientos fueron más rápidos de lo que creía posible con sus heridas, pero se negó a hacer comentarios. También ignoró sus lloriqueos—. Lye zhaash chee, significa boca abajo. ¿Entiendes la palabra?
Gatita sollozó mientras asentía. —Sí, Amo.
—Sobre tu estómago entonces.
—Va a doler —dijo.
—Inténtalo al menos. Siempre trata de obedecer. Deja que yo me preocupe por lo que puedes o no puedes soportar, vuelve a la posición de reposo, de espaldas a mí —dijo Edward. Sus palabras se cortaron y no admitían discusión—. Lye zhaash chee.
Un sonido como un maullido salió de los labios de Gatita, pero rápidamente apretó sus labios y contuvo el aliento mientras luchaba, como una tortuga girada sobre su caparazón, para darse la vuelta. Edward dudó acerca de ayudarla y recordó la primera vez que ella le había desobedecido y le había abofeteado sus pechos de color rosa hasta que obedeció. Parecía que habían pasado siglos.
Le tomó un par de minutos, pero al final ella estaba en la posición de reposo. Edward admiraba la forma en que su culo se apoyaba en sus pies descalzos.
—Ahora, inclina tu cuerpo hacia adelante con el culo hacia arriba. Normalmente, ten tus brazos extendidos al frente de ti, pero por ahora, guárdalas por donde quiera que estés más cómoda.
Gatita fue estoica cuando hizo lo que le dijo. Optó por mantener los brazos cruzados sobre su pecho, dejando el lado de su cara contra el resto del suelo. El camisón obstruía la vista de Edward. Dio un paso adelante y retiró el tejido a lo largo de las suaves nalgas.
—Oh, Gatita. Me gustas así. Mucho. —Sus palabras no tenían nada más que la verdad. No pudo resistirse a palmear ligeramente sus nalgas y abrirlas lentamente. Gatita tembló, pero aun así se mantuvo quieta bajo sus dedos inquisitivos.
—¿Puedo tocarte? —preguntó él, con un toque de desafío.
Hubo silencio por unos segundos y luego ella respondió:
—Sí, Amo. —Edward sonrió, era exactamente la respuesta que quería y exactamente la que ella debía dar. Estaba aprendiendo.
—Eso está bien, Gatita. Estoy orgulloso de ti —dijo. Le acarició la suave piel de sus muslos internos. Gatita soltó una ráfaga de aire, Edward lo interpretó como desesperación. Esto era mucho para que ella lo asimilara tan pronto después del trauma de los últimos días. Lo había hecho bien, y realmente se sentía orgulloso de ella. Era suficiente.
Tiró de la camisa de dormir de nuevo en su lugar y la instó a volver a su posición de reposo. Las lágrimas caían por sus mejillas y su cara estaba sin duda definitivamente maltratada, pero Edward le besó las mejillas húmedas de todas formas, la ayudó a recuperar la calma.
Después de que le diera más medicina para el dolor, con calma le dio de comer el desayuno mientras ella se sentaba tranquilamente entre sus rodillas, aceptando todo lo que tenía para darle.
.
.
Primer capítulo del día, espero les guste :3
.
By: Amy - Estrellita.
