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º Vampiro regalado º
Capítulo siete.
Salvaje.
Es la noche misteriosa
Que con su espeso manto
Nos envuelve.
Madie.
.
.
Los cristales estallaron contra su espalda. Pequeñas motitas de vidrio brillando con la luz del sol. El vampiro jadeó, pegándose contra la pared, buscando las sombras y ella rodó por el suelo, confusa, faltándole el aliento. Sus ojos buscaron a su alrededor y el olor a quemado la asustó. Giró la cabeza hacia él, manchada de ceniza sus mejillas.
—Oh, por todos los grillos del mundo— exclamó al verle, siempre cuidadosa de no nombrar a Dios en su presencia.
Él apretaba sus dedos contra el hombro, encogiendo las piernas cuando un pequeño rayo de luz estuvo a punto de alcanzar su zapato. Profirió un siseo entre sus dientes y se encogió como un niño asustado.
Buscó a su alrededor y, aunque los pies le dolieron de una forma horrible y la cadera estaba matándola, tiró de la pesada lona que cubría un viejo coche destartalado. Tosió gracias al humo, pero arrastró hasta que llegó a su altura, echándosela por encima. Él suspiró como si acabara de traerle agua a un pobre sediento.
Entonces, se permitió mirar con más atención a su alrededor.
Estaban en un granero. Olía a animal, paja seca y a grasa de coche. Por el aspecto, este llevaba demasiado tiempo sin que nadie trabajara en él. El polvo y botes de pintura rodeaban las mesas y utensilios de granja. No recordaba que ninguna granja quedara cerca de la zona donde vivían y eso solo podía significar que estaban en las afueras.
Desvió la vista hacia el bulto bajo la lona.
¿Cómo había podido llegar hasta ese lugar, con ella cargada y sin carbonizarse?
Miró los cristales con astucia, fijándose en los botes de pintura. Pese a todo el dolor que le recorría el cuerpo, no podía esperar a que la noche llegara con él en esas condiciones. Si necesitaba alimentarse de ella, prefería no estar asfixiándose bajo una lona sucia.
Caminó hacia los botes y empezó a abrirlos, lanzando el contenido contra los cristales, cubriendo gran parte, hasta que ningún travieso rayo de luz llegó hasta él. Entonces, se apoyó contra una de las mesas junto a una de las ventanas, jadeando, pasándose una sucia mano por la frente y apartando gotas de sudor.
—Ya puedes… salir.
El bulto bajo la tela tardó en moverse, como si se asegurara de que no le mentía. Finalmente, echó todo atrás y pudo verle. Pálido y sudoroso, con los colmillos sobresaliendo por su labio superior e hincándose en el inferior. Se preguntó cómo podían sudar, pero cuando empezó a desaparecer de su piel comprendió que más que sudar era semejante a una estatua de cera.
—He tintando las ventanas con pintura para que no entrara tanto sol. De todas maneras…
Se levantó, frotándose las manos en las ropas y tiró de la lona lo más que pudo. Sus ojos habían dado con dos ganchos que, probablemente, usaban para colgar las reses para que se desangraran. Atrapó la tela, presionando y creando un agujero. Haciendo lo mismo con otro, se aseguró de que finalmente, ningún tipo de luz llegara a él.
—Por si las moscas— terminó, quitándose el sudor de la frente.
Él la miró y suspiró. Sakuno no supo interpretar si con alivio o harto de ella. Por un instante, la culpa empezó a acumularse en ella junto al cansancio y resbaló por la pared llena de polvo hasta que sus nalgas dieron con el frio y sucio suelo.
¿Qué era lo que había sucedido realmente?
Escaparon de sus familiares. Hirieron a un vampiro que parecía tan importante como él. Y ahora estaban fugados, seguramente perseguidos y sin saber exactamente qué hacer. Al menos, ella. Miró de reojo hacia su cuello, donde descansaba el collar. Si se lo quitara, él sería completamente libre y ella, quedaría ahí, abandonada y sola. Probablemente, hasta se alimentaria de ella hasta el punto de dejarla con una simple gota de vida que perdería lentamente.
O quizás no.
Porque dentro de él tenía que haber algo bueno. Algo maravilloso.
—¿Dónde estaremos exactamente? — cuestionó mientras rodeaba sus piernas con los brazos.
Él pareció otear hacia nada, olfatear y luego gruñó.
—En las afueras. Las viejas zonas granjeras.
Tragó al darse cuenta que, entonces, no iba tan desencaminada. Miró la piel que, por culpa de la luz, había ardido de una forma terrible, rasgando sus ropas. Ahora estaban convirtiéndose en pequeñas marcas enrojecidas con llagas.
Se mordió el labio inferior, conocedora de que él no se dejaría curar. Podía verle mofarse de ella, alegando que él no se curaba como los humanos, pero, a su parecer, algo iba mal.
—No estás curándote rápido…
El vampiro se miró la zonas heridas y chasqueó la lengua.
—Me faltan vitaminas para poder regenerarme en mi usual rapidez.
Ahogó un gemido de protesta y se levantó. No estaba preparada. Seguramente sería como ponerse una navaja en el cuello. Caminó hasta su altura, se remangó la manga y extendió el brazo frente a él. Sus ojos dorados se posaron primero en su muñeca y le vio tragar con necesidad, para después, clavarse en su rostro.
—¿Qué estás haciendo?
—Ofreciéndote comida.
—No puedes— renegó él frunciendo el ceño. Los colmillos crecieron todavía más.
—Puedo.
Y acercó más su muñeca a él. Esperó un manotazo por su parte o que se lanzara contra ella, pero gruñó, echando la cabeza hacia atrás, demasiado agotado como para si quiera pensar en pelear con ella.
—No— dijo sin embargo.
Su negatividad la enfureció y asustó a la vez. Él la había llevado hasta esa situación. Se encontraba perdidos en una de aquellas viejas granjas inservibles. Su gente estaría buscándola, preguntándose qué demonios había sido aquella cosa que había raptado a la joven Ryuzaki.
—Te necesito sano y fuerte. Sin ti, moriré aquí. Y será peor. No quiero que mueras. Tienes que hacerte cargo de tus actos. ¿No eres un príncipe por lo que he podido deducir con todo? ¿No se supone que debes de proteger a todos tus súbditos, incluso los que son tu alimento especialmente? Entonces... Es una orden. ¡Muérdeme!
Tembló cuando volvió a sacudir la muñeca frente a él en demanda de su atención.
De nuevo, sus ojos se encontraron y esta vez, hasta le pareció ver un gesto solemne cuando él se inclinó. Abrió la boca y los colmillos le traspasaron la carne. Sintió la sangre fluir, el chupón y después todo fue el mundo dando vueltas a su alrededor, hasta que, entumecida, cayó hacia delante.
Él la sujetó con un brazo contra su pecho mientras continuaba con su boca sobre su muñeca, chupando. Las heridas en su cuello empezaron a cerrar y con una sonrisa, se dejó llevar al mundo de la oscuridad.
(..)
Debía de reconocerlo. Esa mujer tenía un buen par cuando era necesario. Y en ese momento, lo fue. Sentía su sangre correr por su garganta, alimentar su cuerpo, otorgarle las fuerzas necesarias para regenerarse. No tan rápido como deseaba, pero sí lo suficiente. Cuando llegará la noche, podría estar por completo de nuevo en pie.
Por ahora, mantenerla contra él era ya cansado. Deseaba cerrar los ojos y dormirse. Olvidar la vieja sensación de su cuerpo a punto de quemarse. Del suicidio involuntario.
(Flashback)
—¿Qué estás haciendo?
Asomada tras una cortina, ella le miraba con cara de espanto, mientras los rayos del sol empezaban a quemar los dedos de sus pies. Tiró de él en vano.
—¡Te vas a quemar! ¡Te morirás!
Él la miró con gesto indiferente, como si la muerte y el dolor que su cuerpo experimentaban fuera algo nuevo y especial.
—Hemos de morir algún día— zanjó.
Pero se dejó adentrar en la reconfortante y helada habitación, permitiendo que sus brazos le rodeasen.
—Es cierto que la muerte, ni siquiera el ser más increíble de la tierra puede contrarrestarla. Pero nosotros tenemos el don de sobrevivir más tiempo, ser más fuertes y poderosos. Aún así, es un enemigo, como muchos otros que están fuera. Recuérdalo siempre, Ryoma. Recuérdalo.
(Fin del flashback)
Cerró los ojos y suspiró. La sangre de la mujer le estaba llenando cada vez más. La sentía pesada y caliente en el estómago y era maravilloso. No era del mismo tipo que se sentía cuando bebías de la persona que amabas. Ese tipo de comunión especial que los unía. Pero el simple hecho de haberla visto por un instante como una guerrera, le gustó.
Y de todas las veces que se había alimentado de ella, esa era una de las pocas que se sentía maravillado y repleto.
Olía a cuadra. A animal. A heno mojado, gasolina y aceite. Ni rastro de olor humano a diferencia de ella.
Extendió el brazo derecho sobre ella y la presionó contra su cuerpo.
Sí. Él era un príncipe. Muchas otras mujeres poseía en realidad en su reino que serían tanques de sangre gratuitamente. Pero en ese momento, esa mujer era la única que podía importarle.
Y la protegería. Aunque tuviera que perder sus colmillos.
….
Horas después…
Despertó cuando el último latigazo en su piel indicó que su cuerpo había terminado de regenerarse por completo. El dolor fue instantáneamente doloroso hasta el punto de despertarle.
Miró a su alrededor, acostumbrándose a la oscuridad, a su mundo.
La sintió contra sus costillas encogida y tras revisar que estuviera en buenas condiciones, la acostó sobre el suelo.
Moverse fue como poner en marcha un coche antiguo, con sus grillos internos. Sus huesos crujieron y su piel se tensó, saboreando la sensación de la sangre femenina que corría por sus venas.
Su visión se agudizó como costumbre. Sus sentidos atentos. Y entonces, los escuchó.
Pequeños sonidos de animales salvajes. Leves para cualquier otro oído. Giró sobre sus pies desnudos y abrió la puerta que crujió bajo su propio peso y años. El aire fresco acarició su piel, especialmente sensible en las zonas donde las quemaduras habían marcado para siempre su sensibilidad.
Agudizó la vista y vio a la primera de ellas.
Un pequeño ciervo correteando entre la maleza, adentrarse más hacia el interior y reunirse con su madre. Cerca de ahí, un macho.
Le habían enseñado que cazar para humanos era algo que no debían de hacer. Pero que, cazar por una hembra, podía llegar a ser aceptable, siempre que luego su captura fuera utilizada para llenar estómagos y no para pudrirse innecesariamente.
Quizás fue eso simplemente lo que lo empujó.
Volver arrastrando a la presa, encender un fuego mientras su piel latía contrariadamente ante la cercanía del fuego y observarla, en espera de que el olor de la comida la despertara.
Cuando hizo efecto, el venado estaba listo y él arrancaba un trozo de carne. Ella apenas pudo levantarse. Se levantó, cargando consigo una hoja limpia y la carne, mostrándosela.
—Come.
La joven parpadeó y miró hacia la comida si fuera la primera vez que la viera. No dudó que fuera así. Por un instante, había olvidado de dónde venía y que el paso de los años cerraron la mentalidad de muchos humanos. Ya no corrían alrededor de hogueras y cazaban para alimentarse de ese modo.
Ya no bailaban desnudos ni gritaban nombres de dioses.
El mundo salvaje al que pertenecían había sido restringido por zapatos de marca y sombrillas de encaje.
—¿Qué…?— Su pregunta quedó a medio camino cuando escuchó el crepitar del fuego y vio al venado haciéndose todavía en el fuego. Se llevó las manos a la boca—. Oh, no.
—Comes carne. No eres vegetariana. Puedes comer esto también.
—No. Esto no me gusta.
Él frunció el ceño, molesto.
—No te gusta porque no lo has probado— gruñó—. No hagas que haya matado a un ser vivo en vano.
Aquellas palabras parecieron hacer mecha en ella. Apretó los labios y tendió las manos, temblorosas, hacia la hoja con la carne. En silencio, saboreó la carne y casi pudo escucharla maldecir porque fuera deliciosa.
—¿Qué vamos a hacer? — cuestionó una vez terminó de comer y ambos lavaban sus manos en un cubo que él trajera con agua de un arroyo cercano, que, antaño, otorgaba de regadío a aquella vieja granja—. Quiero decir… salimos por la ventana. Mis padres estarán preocupados porque su apellido esté en peligro o algo. Y además… estaba ese vampiro que vino anoche. ¿Quién era?
Ryoma frunció el ceño y miró hacia el exterior.
—Atobe Keigo.
Ella se quedó igual.
—¿Otro… príncipe?
—Un Rey de los monos— corrigió sarcástico. Ella rió.
El color estaba regresando a sus mejillas, pero necesitaría de más sueño y más comida para terminar de recuperarse.
Se levantó con el cubo y lanzó el agua para apagar la hoguera.
Atobe Keigo era uno de los principales príncipes al igual que él. Al parecer, lejos de haber sido confinado, disfrutó de una libertad que le concedió demasiados privilegios. Mientras él se pudría dentro de una jaula, parecía haber obtenido más tierras de las que le pertenecía. Si no, jamás se hubiera presentado frente a él de ese modo.
Y, especialmente, tras uno de los pecados que recién había cometido. Convertir a una humana en mestiza.
Transformar a humanos tenían sus reglas esenciales que ni siquiera siendo de alta cuna podías incumplir. Solo existían tres oportunidades para hacerlo libremente. Una de ellas era asquerosa para cualquier vampiro, pues la idea de necesitar convertir humanos porque su existencia peligraba, era directamente una patada a su existencia misma. Mezclarse con sus alimentos era algo que no estaba bien visto.
Y eso no era algo extremo en esos momentos. Que su aquelarre estuviera por los suelos, que su encierro le hiciera ver todo de ese modo oscuro, con la presencia de Atobe, demostraba que los mayores estaban a salvo y que, con su regreso, se esperaban muchas cosas.
Con esto, solo existía un lugar al que debía de volver.
—No vamos a volver a tu casa— murmuró cuando ella se sentó en el suelo, bostezando. Sus ojos se clavaron en él con curiosidad—. Iremos a la mía.
(…)
Dos días después, Sakuno se sentía lo suficientemente bien como para caminar. Gracias a la alimentación y los cuidados del vampiro que, por algún extraño motivo, parecía respetarla algo más. No quiso preguntar por miedo a perder la magia que ese respeto le otorgaba.
Pero las preguntas volaban en su mente. ¿Regresar a su hogar? ¿Dónde quedaba eso? ¿Cuánto más tendrían que alejarse de la seguridad de la ciudad?
Pero, recordando aquellos extraños sujetos, ¿qué clase de seguridad tenían realmente las ciudades? Ahora sentía pánico de regresar, pero también de avanzar.
La vieja granja en la que se habían ocultado quedaba ya muy lejos cuando volvió la vista atrás. Seguía pareciéndole increíble la distancia que su vampiro había sido capaz de correr hasta el punto de casi quemarse. Pero no quedaban rastros ya de esas heridas.
Habían encontrado ropa dentro de los restos de una casa medio derrumbada. La camisa y los pantalones de hombre le quedaban estrechos a él, mientras que, por suerte, ella se sentía cómoda con el jersey y los vaqueros. Sakuno los había lavado a conciencia y se secaron en apenas unas horas al sol, mientras él dormitaba seguro en la oscuridad del granero.
Con trapos viejos que servían como bolsos, metieron comida para ella y agua. Nada más llegar la noche de ese día, él comenzó a caminar casi sin esperarla y pareció satisfecho cuando la escuchó protestar por la cuesta al seguirle.
—¿Dónde queda tu hogar? — cuestionó a medida que avanzaban cada vez más profundo en el bosque.
El vampiro se detuvo un instante para otear y luego, continuó.
—Tenemos que atravesar el mar.
Dio un respingo, llegando hasta su altura.
—¿Atravesar el mar? ¿Cómo vamos a hacer eso? Tendríamos que ir al puerto y no tenemos dinero.
Él se detuvo, la miró por encima del hombro, con superioridad.
—No tengo por qué depender siempre de los humanos. Vamos, niñita de papá.
Sakuno infló los mofletes, saltando hacia la piedra que él se encontraba. Su equilibrio fue nulo y él tuvo que sostenerla para que no terminara rodando cuesta abajo.
Toda su vida quizás había vivido llena de lujos. Confiaba en siempre tener los bolsillos llenos y ahora mismo, no tener la capacidad de valerse por sí misma y depender tanto de él, la hacía sentirse más inferior de lo que ya era. Si no fuera su combustible, seguramente él la dejaría atrás.
Aquello empezaba a ser como una montaña rusa. Cuando creía que él confiaba en ella, de nuevo se daba cuenta de las diferencias y que realmente los distanciaba algo enorme.
Él la asió con fuerza contra él.
—Iremos más rápido de este modo.
Y sin darle tiempo a prepararse, saltó. De árbol en árbol, esquivando ramas, saltando al suelo tan solo para atrapar otro camino. Deteniéndose en las copas para visualizar el terreno. Al principio estaba aterrada. Tenía miedo de resbalarse y que su cuerpo cayera en el vacío, pero él la sostenía de tal forma que era imposible pensar eso. Y llegó al punto de disfrutarlo.
Sentir el viento golpearle las mejillas, el olor a fresco de la naturaleza y tener ante sí aquellas increíbles vistas la excitaban de una forma infantil que hacía años que no recordaba.
—Ahí— señaló él.
Siguió el camino marcado por él, pero apenas fue visible una sombra oculta entre la oscuridad. Pero un pequeño rumor llegaba hasta sus oídos. Cuando llegaron al lugar indicado, el olor a sal del mar y arena fría, le hicieron comprender que aquel sonido tranquilo, no era otro que el oleaje.
Sonriendo, mientras Ryoma se apartaba para entrar en la casa que parecía abandonada, caminó por encima de la arena hasta que llegó a sentir las olas contra sus pies. Sonrió, atrapando agua y arena entre sus dedos, hasta que, repentinamente, un gruñido furioso, como el de un gato enorme, llegó hasta sus oídos.
Giró, justo a tiempo de ver una sombra sobre ella.
Le brillaban los ojos de un azulado increíble y sus cabellos, pese a la oscuridad, parecían de un color diferente. Sus manos estaban extendidas en forma de garras y por su postura, parecía estar dispuesto a salir sobre ella.
Solo pudo tropezar con sus propios pies, caer de culo contra el agua y cubrirse con ambas manos.
El sujeto se detuvo, como si la estuviera olisqueando y finalmente, escuchó una carcajada.
—¡Hueles a él! — exclamó— ¿Dónde está? ¡Dime, dime! — exigió con un mohín repentinamente infantil—. ¿Me entiendes? Quizás el dialecto es distinto.
Apartó los brazos y miró temerosa hacia el sujeto. La luna brillaba sobre sus cabezas y entonces, pudo ver con más claridad que su cara brillaba con la esperanza de encontrar un juguete escondido.
—N-no sé de qué me hablas… por favor…
Él sujeto guiñó los ojos, confuso.
—¡Koshimae! ¡Hablo de Koshimae!
Llevó las manos hasta sus hombros y la zarandeó con tanta fuerza que pareciera que la iba a romper. Sus dientes chirriaron y sintió dolor en la nuca.
—¡Es…!
—Suéltala, Tooyama.
La voz de su vampiro llegó desde atrás del otro. El chico la soltó al instante, girándose y mirando hacia Ryoma mientras daba un salto ágil para ponerse en pie. Se limpió nervioso las manos en los pantalones y sonrió.
A Sakuno le daba todavía vueltas la cabeza cuando él se movió, tan rápido, que no fue capaz si quiera de verlo hasta que escuchó el sonido. Como dos placas de metal que chocaban una contra otra y después, desesperada, vio como su propio vampiro se empotraba contra la vieja casa de pescadores.
—¡Ryoma-kun!
El otro vampiro extendió una mano, sonriéndole.
—Si te metes, probablemente te mataré.
Y acto seguido, desapareció.
Espantada, solo pudo apretar la arena entre sus dedos.
n/a
¡Gracias por la espera! Finalmente la continuación.
Deciros que respondí a muchos de vuestros rw, sobretodo anónimos en video. Por si desean verlos nwn.
¡Nos vemos en el próximo!
PD: Pregunta: ¿Pensó alguien que el vampiro del anterior capítulo era Atobe? xD. Muchas teníais dudas. ¡Duda resuelta!
