Prende en un elegante movimiento el cigarro que necesitará para relatar lo que sigue. Ella lo escucha atentamente, sin dejar de contemplarlo, estudiando sus gestos, los chispazos de su mirada, el ritmo de su no siempre apacible respiración. Entiende cuánto le cuesta, cuánto lo alegra y cuánto lo entristece el relato del idilio que hace ya once años protagonizó. Entiende, al ver el rojo en sus mejillas, cuánto lo excita también.
—Cuando eres adolescente —dice él, concentrado en la colilla del cigarro y en las mil palabras atragantadas que amenazan con explotar en su cabeza—, no entiendes la diferencia entre erotismo y pornografía.
Ella ríe. No esperaba ese giro.
—¿De qué diablos hablas?
Él ríe con ella. Se deshace del excedente de colilla sobre el cenicero y prosigue sin más:
—Hablo de ese día. —Una pitada al cigarro y continúa—. Hasta entonces, yo me excitaba sin más al ver una foto de una mujer desnuda porque estaba desnuda en sí, lo hacía ante la imagen explícita de las partes íntimas de las mujeres de las revistas que escondía bajo la cama por el hecho de contemplar algo deseado y desconocido. Cuando perdí la virginidad, un par de años antes de lo que pasó con ella, buscaba en cada chica la imagen pornográfica: mirar sus senos, mirar sus genitales, mirar la totalidad de su desnudez. Mirar. No buscaba nada más para encender mi deseo. Sin embargo…
Se detiene. Fuma el resto del cigarro, no prosigue hasta liquidarlo contra el cenicero. Piensa, ella lo nota: mirando a su alrededor, captando la ciudad envuelta en la noche que proviene de la ventana, contemplándola como si fuese un cuadro y no la realidad, él al fin retoma:
—Cuando la vi desnuda a ella, cuando la vi y la sentí y la escuché, encontré algo más. No volví a ser el mismo.
»Cuando la vi desnuda, vi más que la imagen que siempre buscaba, porque no sólo la vi; la sentí. ¡No sé cómo, no sé por qué! Quizá porque me importaba más que cualquier chica con la que hubiera estado. Era explícita, podía verle todo, podía tocar todo lo que veía, pero no era lo mismo que hasta entonces. Porque la sentí distinta. No era una imagen estática de una mujer enseñando sus genitales sin dejarme nada a la imaginación, ella no me estaba ofreciendo una imagen de su cuerpo para que yo me excitara, tampoco estaba preocupándose por seducirme; estaba siendo ella en esencia, estaba liberándose, estaba sincerándose consigo misma.
»Esa imagen de una mujer desnuda que me excitaba por cómo expresaba su placer y no por mostrarme los genitales, la imagen de una mujer concentrada en gozar y no en gustar, en liberarse y no en seducir, ¡tan viva, tan genuina!, es la imagen más erótica que vi en mi vida. Porque era verdad: todo lo que sentía, lo que le erizaba la piel, era real. Y era conmigo, no con alguien más. Yo sentía todo lo que ella sentía y su placer era tan explícito como implícito: era el placer que sentía fluir en mi cuerpo unido a la sugerencia de su placer. Fue la primera vez que… —Duda un instante. Hunde los ojos en la ventana y todo se le disipa— todos mis sentidos, no sólo la vista y el obvio del tacto, se excitaron ante una mujer. Escucharla, saborearla, olerla; todo me excitó. Hasta mi corazón se excitó.
—Si yo fuera otra —dice su interlocutora— me ofendería escucharte esto. Eres tan extraño, niño…
Ríen juntos. Por eso la eligió para tenerla a su lado: porque ella también es distinta a las demás.
Aunque…
—Sé que es extraño, pero uno no se percata de las cosas hasta que logra entenderlas, supongo. Increíblemente, pese a que yo tenía alguna experiencia, no entendí todo esto hasta ella.
»Ella me llenó de goce. Me rebalsó.
»Ella me enseñó todo lo que sé sobre el sexo y el amor.
Se detiene. Prende otro cigarro. Mira a su interlocutora un momento, dos; ya no más. No debería decirle estas cosas, mas sabe que ella comprende, pues lo palpa en la confianza que destilan sus ojos. No demora, no obstante, en rememorar la imagen de aquella mujer del pasado. Qué placer evocar ese recuerdo, qué placer atesorarlo aún, qué placer recordarlo en detalle pese a los once años transcurridos. Qué placer pensarla, añorarla, amarla en el fondo de su corazón.
Qué placer la nostalgia, vivir un instante más el recuerdo más preciado que alberga, la imagen de Videl desnuda bajo la luz dorada, eternamente perfecta en sus recuerdos, idealizada, inmaculada.
Qué placer recordarla, allí, con él.
Gritando todas las emociones que la subyugaban sobre él.
QUÍMICA
—una cuestión de piel—
VII
Cuando el beso se extendió en el tiempo, no frenó, no menguó, no cedió ni tampoco avanzó; prosiguió en lo mismo, en la expresión de una necesidad que por lo insistente resultaba enfermiza. Ese chico y esa mujer se sumían en el otro con una vehemencia tal que parecían, por momentos, ser dos partes de lo mismo. No se notaba, de vislumbrarlos, la diferencia entre uno y otro. Continuaban aferrados, los dos cuerpos abandonados en el sofá, iluminados por la luz dorada que a tanto remitirá algún día. Bajo esta misma luz, la culpa se permitió asomar por última vez.
—No… —farfulló Videl cuando soltó la boca de Trunks por un ínfimo instante, en búsqueda de todo el aire que el muchachito le había robado—. No…
Trunks, mentalmente, respondió ¡sí!, sí, Videl. No quiero que dejes de besarme, no quiero que me abandones. Quiero estar contigo y no dejarte ir nunca más. Porque me encantas, porque te adoro, porque las demás te imitan y ninguna te hizo ni hará justicia.
Sé que no debo, sé que está mal, pero no lo puedo evitar. ¡No puedo!
Se asió de ella obstinadamente, determinado a no cortar la escena a la mitad. ¿Cómo detenerse, si la necesidad era tan extrema? Tembló producto del miedo al no saber de qué sería capaz en el caso de que ella deseara detenerse. ¡No! La apretó más contra él, la besó en el cuello, succionó.
Ella jadeó.
Él se lo dijo a sí mismo un millón de veces: ¡no debo! No debo, no debo, no debo. ¡¿Por qué hago esto?! ¡¿Por qué no me detengo?! ¿Y Gohan? ¿Y la familia? ¿Y lo que se supone que es correcto, «normal»? Contuvo un sollozo al jalar a Videl hacia él, más y más hundida en él, en sus brazos, en su alma. Es Videl, se recordó; es Videl y soy yo, es lo que siempre quise, lo que me imaginé mil veces. Es Videl y es de verdad.
No debería, pero tengo que. Pero quiero.
Sintiendo toda la piel de su cuerpo erizada, anulada mental y emocionalmente, mas no en sus más inconfesables instintos, Videl se dejó llevar por la situación. ¡Cuánto deseaba detenerlo! Pero qué incapaz era de ello. ¿Cómo, si tocar a Trunks era como electrocutarse y sentir placer al hacerlo? Sentía placer por el mero hecho de tenerlo pegado a ella, de besarlo. La atracción hacia los choques eléctricos era absolutamente masoquista: quería sentir lo prohibido, llevar el peligro hasta la más retorcida consecuencia. La más incorrecta.
Quería arruinarlo todo.
Él, irracionales todas sus acciones, se descontroló. La apretó más, enamorado como sólo un adolescente puede estarlo. Ella gimoteó por causa del apriete, que empezaba a ser más saiyajin que humano. Era demasiado para Trunks: sentía cada sonido emitido por ella como una sensual melodía, como una puerta abierta, una invitación a la más ardiente fantasía. Pronto, él se agitó de más, tanto que tuvo que detener sus labios, que besaban ansiosamente cada retazo de piel que era accesible. Se aferró a Videl con sus brazos y con todo su cuerpo, hundió su rostro en el pecho de ella, hasta hundirse los dos en el asiento. Estaba aterrorizado.
No por el error; por la idea de que ella se alejara de él.
—¿Trunks…? —inquirió ella, pasmada, sin reacción—. ¿Qué pasa?
Él refregó el rostro contra ella, drogado de amor.
—Quiero hacerte tantas cosas que no sé por dónde empezar —admitió con honestidad brutal, tan vehemente ésta como sus temblores, su sentir, su deseo—. Lo siento, estoy siendo demasiado sincero…
Videl, por un instante, muy lejos de Gohan ya, experimentó una oleada de inaudita ternura, inaudita por suscitarse en ese momento, bajo esas luces, en esos brazos adolescentes. Se suponía, en una escena así, que ningún sentimiento tenía lugar. Y los había. En él, los sentimientos eran todo.
—¿Eres virgen?
Trunks le arrancó un siseo de dolor por la potencia del apriete, de su rostro refregándose contra ella. La vergüenza lo tapó. ¡Eso era justo lo que no deseaba! Que ella lo considerara un niñito inexperto, que no se sintiera segura en brazos de él. ¡Si no deseaba más que darle todo el consuelo y liberarla, destrozar las puertas de la jaula para que pudiera volar! Quería verla volar.
Sobre él.
—¡No! No, no lo soy —farfulló, avergonzado—. Puedo hacerlo, sé hacerlo. ¡Lo sé…! No te preocupes, lo sé hacer…
Escuchar el «no» la relajó; fue para Videl la forma indicada de olvidarlo todo, de perder el último miedo que albergaba. En caso de que la respuesta hubiera sido «sí», la presión no hubiera ayudado en nada al instinto. Ansiosas por proseguir, las manos de Videl, después de tan desesperadas palabras, acariciaron por primera vez. Las palmas se apoyaron en los hombros y descendieron lentamente por la espalda de Trunks. El «no», sobre todo, le había dado seguridad; la había excitado. Él, al sentir la primera caricia, jadeó sin poder contenerse. Se sentía montado a una locura que amenazaba con perderlo, mas no tuvo tiempo a aferrarse lo suficiente a la cordura, pues las manos de ella ascendieron hasta los hombros. Él ahogó un gruñido contra el cuello de Videl. Ella, así, se percató de lo que desde el beso en el callejón era evidente: tenía más experiencia que él. Mucha más. Si bien hacía años que su vida sexual junto a Gohan había alcanzado un desafortunado nivel de monotonía, al principio había sido todo lo contrario. En la juventud, se amaban con un ímpetu conmovedor. Eran fuego, amor, pasión al unirse.
Luego, no.
Un recuerdo acechó a Videl, se coló en su mente y su alma con la potencia de una epifanía: aun cuando en los últimos años no hubiera podido demostrarlo, ella era apasionada. Aún portaba a aquella muchacha sincera que no temía a nada. Al apretar sus dedos contra los hombros de Trunks se sintió transportada en el tiempo, poseída por una fuerza superior, inquebrantable. Era ella, de nuevo. La adulta sabía que estaba cometiendo el más nefasto de los errores; la joven sentía el deseo imperar. Dejó, agotada, que la joven reinara: haz lo que tanto deseas hacer, volver a sentir, volver en el tiempo, volver a gozar y experimentar el pasado como si estuvieras viviéndolo por segunda vez. Hazlo. Yo ya no tengo fuerzas para contenerme.
Ya no deseo contenerme más. Sólo deseo la intensidad de este chico que podría destrozarme con sólo apretarme un poco más. Nada necesito más que esta intensidad dedicada a mí.
Quiero volver a ser especial.
Quiero que me vuelvan a amar.
Emocionada y él un reflejo exacto de ella, se besaron de nuevo, sólo que esta vez las manos acompañaron. Con la boca, Videl marcó un ritmo lento, pausado, uno que instaba a una detallada exploración. Numerosos escalofríos recorrieron a Trunks al sentir cómo ella lo domaba, cómo ella imponía el ritmo, cómo ella lo acariciaba, de arriba hacia abajo de la espalda, las dos manos arriba, las dos manos abajo. Qué deseos tenía él de hacer todo cuanto había fantaseado alguna vez, como si no hubiera una segunda oportunidad. Quería hacer todas las poses que se sabía, besar todos los rincones, mirar horas enteras el cuerpo, hasta memorizarlo.
Y lo memorizaría.
—Qué fácil sería recordártelo, pero no lo haré —dirá once años después.
Quería saciarse de ella. ¡Y no podría! ¡Cuánto la deseaba, y pese a estar besándola se sentía más insatisfecho que nunca! La amaba, se lo juró hasta poder animarse lo suficiente: ella está aquí, no es un sueño; Videl está aquí en verdad. Te acaricia; acaríciala tú también. Puedes hacerlo, tendrás todo el tiempo del mundo para hacerlo. ¡Cálmate y tócala! Demuestra que eres un hombre y no un crío. Podrás acariciarla y hacerle saber que hay alguien que sí la ama, que hay alguien que quiere que sea libre. ¡Abre la jaula! Acaríciala y díselo.
No lo hizo; ella sí:
—Acaríciame, Trunks…
El extasiado pedido de Videl terminó de despertar al hombre que era, al ser sexual, al adolescente impertinente que deseaba gozar dentro de tan perfecta mujer. Siguió al pie de la letra el ritmo demarcado por ella, tanto con la boca como con las manos, que apoyó en los hombros, e hizo subir, e hizo bajar. Qué insoportable es el entorno cuando lo único que se desea es estar dentro y no fuera, no en contacto con el mundo sino con otro ser.
No quería más la realidad, ¡no! Era ella lo único que precisaba para ser feliz.
Sofocados, soltaron las bocas y besaron cuellos, manos, frentes. El primer movimiento amatorio se suscitó: ella empujó sus caderas hacia él y él respondió copiándola. Gimieron sin soltarse los labios, él encima de ella, sintiendo en cada íntimo vaivén la súplica en el centro de sus sexos. Videl soltó la boca y ahogó un gemido. Buscó, concentrando su vista en el techo, acumular todo el aire que se le estaba negando. Él la sofocaba con pasmosa facilidad. Trunks besó la piel blanca del cuello ofrecido bajo él como si fuera a morir luego de hacerlo, desesperado por hacerlo todo de una vez. ¡No se le iba la idea de que sería la única oportunidad! Las caderas, mientras, continuaban chocándose. El ritmo aceleró, los suspiros escaparon anhelantes, a cuestas de las aceleradas respiraciones. Las bocas estaban húmedas, dejaban huellas que al contacto con el aire provocaban escalofríos. Videl notó un nuevo signo de la falta de experiencia de Trunks: él hacía lo que ella le pedía, lo que ella demandaba, nada más.
¿Por qué?
Sintió un nuevo temblor en él. ¿Se contenía, acaso? ¿Sentía miedo de pasar la raya? ¿O acaso eran los nervios, la culpa? ¡No, esa palabra no, ese sentir no! No quería dejar que la culpa se apoderara de ella; quería gritar. Efusivos, los dedos de Videl bordearon la cintura de Trunks, y aunque las caricias se suscitaban aún por sobre la ropa, él se desquició al sentirla. Las palmas de ella apretaron el estómago de él y ascendieron hacia el pecho, y volvieron a bajar y volvieron a subir. Trunks, que en las caricias de Videl percibió una nueva invitación, hizo lo mismo que ella: bordear la cintura, apretar el estómago, seguir más allá. Las manos se abrieron ante los senos. Ni bien él sintió la redondez contra sus palmas, los dedos apretaron. Ella, que sentía particular debilidad en esa zona de su cuerpo, deliró. Pronunció el nombre del adolescente febrilmente, lo hizo por primera vez.
Las caderas de él aceleraron hasta desbocarse; escucharla pronunciarlo a él era excesivo. La ropa era un freno, un obstáculo. Se miraron un instante, sus caderas moviéndose juntas, ya sin chocarse, sino acompasadas, domadas por la naturalidad del instinto que clamaba el enlace definitivo, las manos de él sobre los pechos de ella y las de ella en el estómago de él. Trunks estaba rojo, sus labios hinchados, sus ojos brillosos. Ella notó la casi intolerable intensidad de él. Era apasionado. Ese chico era sumamente apasionado.
Como ella lo había sido. Como aún lo era.
Una mano de ella se posó en el rostro de él. Fijar las miradas era menester; la intensidad resultaba adictiva. Él la tocó de igual forma. Era divina.
Trunks se mordió el labio. Por ahí andaba la cicatriz de la mordida que se había propinado en la casa de Videl. Ella frunció el ceño.
—¿Por qué te muerdes?
—P-para contenerme.
Ella acarició los labios con su pulgar.
—No lo hagas —dijo.
La ambigüedad de la oración hizo resplandecer los ojos, los de él y los de ella. Las respiraciones aceleraron hasta producir entre los rostros una furiosa batalla. El clima se tornó adulto; fuera de ellos quedó la ternura, la emoción. No eran más que un hombre y una mujer mirándose, devorándose con las miradas. Cada parpadeo era objeto de estudio; se medían como dos bestias a punto de atacar, esperando el primer movimiento del otro. Él lo hizo primero: giró un ápice el rostro, entregó sus labios al pulgar de ella, que besó lentamente. Los ojos cerrados de él se abrieron de tanto en tanto, lo hicieron para enfocarla a ella, para examinar cada reacción de ella. Videl percibió la pasión, así como la excitación palpitando contra su cuerpo, los dos cuerpos pegados, ella encerrada entre el asiento y él. Videl se sintió a punto, lista.
Era hora.
Hundió la punta del pulgar en la boca, sostuvo el labio de Trunks y lo atrajo hacia ella. Las bocas se rozaron. Él quiso ser el mejor, quiso crecer de golpe y acumular toda la experiencia que requería para darle el placer más descomunal a esa mujer. Como si el placer dependiera de un ser, cuando depende siempre de dos. Sin embargo, eso deseaba: ser quien diera todo el placer. Y no lo sería, no en esta primera vez.
La besó convencido de ser el mejor, de dar lo mejor de sí para complacerla, para que ella gozara igual o más o mejor o como fuera de lo que gozaba en sus fantasías. Ella, mareada, empujó los cuerpos fuera del asiento hacia el lugar donde lo que tanto deseaban debía suceder, porque la piel tiraba y amenazaba con despegarse de ella si no hacía lo que tanto ansiaban.
Al avanzar por el pasillo del departamento, la luz quedó atrás. Se vieron con dificultad sumidos en una profunda oscuridad. Andando, se tocaron; las manos se escabulleron bajo las ropas y las respiraciones aceleraron hasta lo imposible por el forcejeo de las pieles, de las manos, de las excitaciones palpables de los cuerpos. Contra el marco de la puerta del cuarto se detuvieron un momento. Él metió las manos bajo la blusa, acarició la piel desnuda, juró verla pese a la oscuridad: era tan perfecta que lo único que podía desear era gritar, hacerlo tanto como ella lo haría en unos minutos. Era un sueño. Estar con ella y poder tocarla y poder sentirla contra él era un sueño.
—¿Qué? ¿Por qué no me lo recordarás? —indagará ella—. Trunks… ¿De…?
—Porque es tarde.
Al llegar al cuarto, Videl volteó hacia él. Se soltaron, ella lo hizo para ir hacia el velador. Encendió la lámpara y luz dorada reapareció. Ante la cama, los dos de pie, se miraron interminables minutos, o bien segundos, o bien siglos. Las miradas parecieron imperar por la perpetuidad.
Se acercaron: un cuerpo avanzó hacia el otro, atraídos como un imán y un metal. Las manos de ella acariciaron, desnudaron; las manos de él imitaron. Sin hablar, escuchándose las respiraciones y el deslizar de la ropa por la piel, retiraron cada prenda con la desprolijidad propia del atropello. Todo desapareció, menos la ropa interior. Se contemplaron, él sonrojado, ella perdida: Trunks tenía un tono de piel más bien bronceado, que se potenciaba con el color de la luz de la lámpara. No era atractivo, tampoco sensual; era hermoso. Era un hermoso joven de diecinueve años, que en sus maravillosos ojos expresaba una irreal intensidad, más ahora, al deslizarse las pupilas por el cuerpo de ella; Trunks notó la blancura desmedida en contraste con lo negro del cabello, el blanco de la lencería haciendo juego con el tono de piel. Notó el dibujo de sus curvas, la forma de las caderas, de los pechos, de la cintura que tanto la identificaba como mujer. Era tan bella que era intolerable. ¡Y estaba con él, a solas con él! Quiso gritar por causa de la felicidad.
Y lo haría.
Cuando Trunks, decidido aunque nervioso, sujetó el borde de su bóxer para bajarlo, ella lo detuvo. Lo abrazó, lo besó, apretó su cuerpo contra el de él. Cayeron en la cama. Al verse horizontales sus cuerpos, los cables parecieron cortarse: la situación se tornó incomprensible. Eran dos cuerpos presionándose, reclamándose; eran dos bocas liberando gemidos, suspiros, jadeos, siseos. Eran un hombre y una mujer en carne viva, forcejeando, incapaces de tolerar la separación de sus cuerpos. Era la química comunicándoles cuán compatibles eran en la intimidad.
Eran dos pieles a punto de despegarse para hundirse en la otra, atarse y ser una.
Enceguecida, acelerada, sin dominio de su propia alma, Videl abrió con violencia la cama. ¡Basta! Si su piel continuaba amenazándola con abandonarla, terminaría por enloquecer. Se hundió en el colchón, debajo de él; lo tironeó hasta recostarlo sobre ella. Videl sujetó las sábanas y el cobertor y los cubrió por completo a los dos, necesitada de la oscuridad, de anular la visión para poder continuar. Sumidos en la intimidad definitiva, sintiéndose lo erguido y lo húmedo del otro casi de forma explícita, sin mirarse sino que sintiéndose, se besaron. Después, se tocaron. Se dejaron llevar gracias al ansia que les provocaban las caricias, faltos de aire y rebalsados de emoción, él muerto de amor y ella muerta de odio, los dos sentimientos dirigidos a ella. Qué difícil se sentía todo y qué necesario parecía. Y era.
Él tomó valor. Volvió la sensación de sentirse más hombre, más viril, más fuerte y masculino por el simple hecho de estar en brazos de la mujer de sus sueños. Volvió ese absurdo aunque sincero anhelo de ser el mejor amante de la historia. El ego subió así como la confianza lo hizo y se dejó caer en ella sin más. Por fuera, iluminada la cama por la luz dorada de la lámpara, se aceleró el movimiento del cobertor. Aquel bulto que eran los dos cuerpos se agitó, se convulsionó. Él se quitó y le quitó a ella el excedente de ropa, que no rompió de milagro con sus inquietas manos. Suspiros extasiados retumbaron contra las paredes de la habitación, suspiros que traspasaban sin dificultad las telas que los cubrían. Por primera y no por última vez, se sintieron por completo, sexo contra sexo. Trunks rememoró las fantasías, las cientos de veces que se había tocado pensando en ella, las horas intentando encontrar en las mujeres de las revistas, de las calles, de las camas que había compartido la verdad de la más maravillosa mujer. Tanto la había imaginado que, aunque no estaba observándola, le bastaba sentirla para saber que nunca la había imaginado bien. Videl era mejor que cualquiera.
Lo sería para siempre.
—Para siempre… —dirá al despedirse de ella, lágrimas de convicción en sus ojos.
Tanta belleza es imposible de imaginar, se dijo con la poca razón que aún domaba, que no tardó en abandonarlo cuando sus manos pasearon por la cintura, por los muslos, por los senos, por el sexo de ella, que acarició con los dedos para complacerla, para arrancarle vehementes suspiros que moría por escuchar. Era tan suave que parecía imposible, su aroma era tan exquisito que ya no quiera volver a oler nada, jamás. Quiso llorar. Sin darse cuenta, lloró. Ella también.
Las piernas de ella se separaron de un lento aunque transcendental movimiento.
El llanto pasó de la tristeza a la alegría, a la emoción, sobre todo de parte de él. Nunca había sido tan feliz. Nunca había sentido tanta culpa por causa de su felicidad.
—Y no me arrepiento de nada, Mai —le dirá, once años después, a su interlocutora—. Quizá debería, quizá estoy equivocado, pero te juro que jamás me voy a arrepentir.
—Muy típico de ti, niño.
—Muy típico de un adolescente.
El que, sabe, siempre será al pensar en ella.
Las caderas empujaron, las de él a las de ella; una mano de él ayudó. Los dos percibieron, al mismo tiempo y por el mismo motivo, el deslizar de la piel contra la piel que produjo la consumación. Al final, ella contuvo un gemido que él liberó sin más. Una quietud prosiguió. Videl sintió cómo él apretaba las sábanas, cómo ejercía fuerza sobre el colchón con sus manos, hasta hacerlas resbalar por la superficie y dirigirlas a la altura de la cintura de ella, a la cual se aferró posesivamente, enredando los brazos en el lugar exacto de la femenina silueta. Ella abrió los ojos justo cuando él, desatado, embistió presuroso: como las sábanas se habían corrido debido al vehemente movimiento, vio el techo, vio el cuarto, vio el cabello de él justo a su lado, el rostro de Trunks hundido en la unión de su cuello y su hombro. Aturdida, escuchándolo gemir totalmente sofocado, con una dificultad quizá exagerada, lo cubrió con las sábanas y lo abrazó con todas sus fuerzas. Los ojos celestes se despidieron al cerrarse los párpados, al apretarse por culpa de una poderosa oleada de placer. Gimió con él, victoria del deseo por sobre la culpa.
Era todo cuanto había deseado: el placer de sentirse especial una vez más.
Él se movió muy, muy rápido, al ritmo del miedo que lo acechaba: ¡será la última vez! ¡Nunca volverá a suceder! ¡Volverá con Gohan, estoy seguro! ¡Volverá con él y yo me volveré loco al recordarla! ¡Y no! No quiero, no quiero que termine, me quiero quedar aquí para siempre, no quiero volver nunca más al exterior. Quiero estar con ella.
Nada más quiero que a ella.
—Oh, Videl… —farfulló sin voz.
Estaba ahogado, no podía respirar. No ayudaba ella, que lo hundía más y más en su hombro al sostenerlo con tanta fuerza. Gruñó perdido en el irrefrenable instinto de penetrar, y las piernas de ella, tan fuertes como los brazos, se enredaron en su cintura. Ella demarcó el ritmo que él estaba siguiendo, lo aceptó, lo aprobó. Lo imitó. El vaivén los envició por igual cuando aceleraron hasta volver desquiciadas, casi imperceptibles aunque intensas, urgidas, las embestidas que él daba y ella recibía.
Gimieron al unísono; Videl, al fin, despertó.
Quería más del hombre que sentía en su interior. ¡Quería más de su intensidad, de esa fricción desprolija, un tanto inexperta, del sexo de él contra el de ella! Quería al muchacho del callejón, al impertinente muchacho que había amado su mano como si fuera su amante. Ahora lo era, y la situación debía ir más allá. Los dos lo deseaban, desatarse la culpa y flotar, perderse en el goce y en el otro, en el placer y en la locura. La piel del otro los inducía a mucho más. La justicia debía ser perpetuada.
Apretó desmedidamente las caderas de él, demostrándole así el deseo que la domaba y que ya no tenía manera de contener. Entonces, gimió en total crueldad. El gemido de ella fue, para él, el aviso, la luz verde, el principio del final.
Estaba perdido. Jamás podría dejar ir a esa mujer.
Un gemido más desprendido de la boca de la mujer, no fingido, sí sentido y atestiguado por los escalofríos y el ardor entre sus piernas, por el sudor que los cubría a los dos hasta perlarles la piel; la velocidad aumentó casi sin querer. Él dejó de pensar en lo que hacía, dejó de controlarse, dejó de ser Trunks. Se convirtió en un ser construido con pasión, así como ella. Fuera, las paredes notaron el descontrol y escucharon la inconfundible melodía del placer. Ella parecía cantar, hablar un idioma que sólo un ser apasionado podía entender. Y Trunks entendía todo. Gimieron los dos juntos de nuevo, uno al ritmo del otro, como conversando, intercambiando sensaciones al expresarlas audiblemente. Las embestidas insistentes, irracionales.
Cuando la velocidad se tornó violenta, cuando los gemidos eran más jadeos de dolor, el milagro sucedió.
Trunks sintió cómo ella lo empujaba. Enviciado con el ir y venir de los cuerpos, obedeció, tan encendido como aterrorizado: ¡se iba! ¡Ya no podía más! ¡Terminaba la escena y su vida con ésta! Se vio boca arriba. Abrió los ojos al sentir las rodillas apretando a cada lado de su cintura.
La vio.
Sin cobertor ni sábanas que lo escondieran ya, libre de mirarla, tocarla y sentirla, así como de respirar el hasta entonces negado oxígeno, vio sobre él a Videl, a una Videl desnuda y perfecta. Al sentirla subir y bajar con clara experiencia, en un movimiento preciso, exacto, se sostuvo de las sábanas y se retorció sobre el colchón, primero ante cada invasión inducida, luego porque sí, porque ya no podía más. Abrió los ojos lo más posible entre oleada y oleada de placer, y confuso pudo capturar la imagen de ella, la perfección de los senos, del sexo, del contorno de la cintura, del rostro y el cabello y las manos y la piel. Videl era un orgasmo para los sentidos. Intentó quedarse quieto, dejar de retorcerse para poder vislumbrarla en plenitud; no pudo ni podría, no si de ella se trataba. Ella subió y bajó, y él nunca dejó de retorcerse ante la irreal imagen: ella, con los ojos clavados al techo, danzando amorosamente sobre él, procurándose placer al dominar el acto, gozando sinceramente. Aceleró y Trunks desfalleció al sentir cómo ella tiraba de él, y la razón completa se fue cuando sucedió: ella se revolvió, se sacudió, lloró.
Gritó.
Videl gritó y él se obligó a no irse por la potencia de ese grito. Era el instante más erótico de su vida. Videl gritó tan fuerte su placer que a Trunks le bastó mirarla un único instante que para saber que no era gozo aquello que gritaba: en la exclamación, liberaba su frustración, su dolor, su angustia, su culpa. El grito, loco, demencial, sacó todo de ella.
La vació.
Cuando Videl se detuvo, cuando el placer le llegó en su totalidad y cayó exhausta sobre él, Trunks encerró la cintura en sus brazos, la meció sobre él y terminó. Gritó la felicidad así como ella había gritado toda emoción justo antes de la llegada de la quietud. Abrazados, recuperaron el aliento. Sin mirarse, se acunaron el uno al otro.
Cuando Videl lloró en su hombro, él lloró también. Llegada sin aviso la culpa, nada les quedaba más que eso, que llorar.
Cuando el placer termina, los problemas vuelven. La realidad sigue y ellos, quisieran o no, tendrían que hacerlo también. Por ahora, sin embargo, nada más que el cuerpo del otro y el llanto del otro y la piel del otro tenían. El llanto, la química y, afuera, la desolación. Sus manos, enlazadas en el prohibido camino de la infidelidad, no podrían nunca alcanzar lo que más lejos estaba de los dos: la realidad.
~Continuará
Nota final VII
¡Hola! Siento la tardanza. Terminé el capítulo el martes pero estaba MUY indecisa por algunos fragmentos. Gracias a mi Kattie que me dio sus perspectivas cuando le pasé el borrador. ¡Qué haría sin ti, amore! Te ami, po. n.n
Gracias a todos, mil gracias por leer, por firmar, por interesarse por esta pequeña historia. Estoy muy entusiasmada y no veo la hora de continuarla, de terminarla. ¡No veo la hora de seguir para poder escribir más y más! Este fic, en estas extrañas semanas de mi vida, me hace sonreír mucho. Gracias por compartir este momento conmigo, significa mucho para mí.
Gracias Fiorella, LDGV, REXRS6, Lady'zPhantom, VanneeAndrea, Guest, Furiael, Dev, M Briefs, Gattara, TourquoiseMoon, Akadiane y Carxx por sus reviews. Especialmente gracias a Skipper1 por compartir algo tan maravilloso conmigo en sus comentarios. ¡Te lo agradezco con el alma! Te dedico el capítulo con mucho cariño. Mil gracias por leer y por tus maravillosos comentarios, a vos y a todos. También gracias a todos los que me apoyan en FB cuando me pongo densa en mis estados (?).
Un detalle: este fic es el hermano de Tres formas de unión, mi Mirai Trunks x Mirai Videl. En ese fic, Trunks siente una enorme atracción por la cintura de Videl; fue un detalle que se me ocurrió y que amé, porque la cintura es, en nosotras las mujeres, un identificador muy puntual de nuestros cuerpos. Me parece una atracción más dulce que sexual, por eso quise mantenerla acá, quise hacer hincapié más de una vez en esa cintura. Lo hice a propósito. Tiendo a mirar mis fics como pequeñas familias. No creo tener fics huérfanos (?). El familiar directo de este es, sin dudas, Tres formas de unión.
Después de lo que acaba de suceder creo que no tengo mucho más para decir. Lucybell, The Cure y Depeche Mode acompañaron durante la escritura. No puedo evitarlo: lo gótico es lo que más me gusta. Amo a estos maravillosos artistas.
Según mis nuevos resúmenes, serán doce capítulos y el epílogo. Ese décimo tercer capítulo dependerá de si me extiendo de más con alguna escena o no. Veremos.
Sin más, ¡gracias por todo! Nos leemos.
Dragon Ball © Akira Toriyama
