Esta antología parte del reto lanzado por la página de Facebook Lo que callamos los fanfickers.


Advertencia: el siguiente oneshot contiene temáticas yaoi, es decir contenido sensual entre dos personajes masculinos.


LO INEXPRESABLE


—el placer de los sentidos—


Reto VII

Oneshot basado en uno de los cinco sentidos


"Oído"

Trunks x Goten

x

Marron


I


Fetiches: el enemigo. Hay fetiches y fetiches, algunos más aceptados por el canon; otros tan despreciables como quienes los practican. ¿Y ella? Lo de ella no daña a nadie, sólo a su persona, pues este fetiche es a su juicio uno inconfesable, uno que no debe ser pronunciado en voz alta, no, nunca. Es un fetiche que la enciende y la enloquece, que la hace hacer cosas que no haría por lo general. ¿Tiene nombre? No lo sabe, tampoco le importa.

Escuchar gemir a un hombre; ese es el lunar de su insulsa existencia.

No le gusta mirar, no se trata de ver a un hombre en total desnudez dejándose llevar por los más voluptuosos placeres; se trata de escuchar, de ignorar a la mujer que gime en el video, de enmudecer los gemidos de ella y prestar atención a los gemidos de él. Y qué calamidad que los hombres no hagan el mismo escándalo que ellas a la hora del placer, piensa; qué calamidad, sí, considerando lo bello, profundo, honesto, erótico que es escuchar a un hombre gruñendo su sentir.

Siempre que intenta encontrarle explicación se dice que ese es el motivo: la masculinidad que representa un gemido de hombre, esa masculinidad unida a una sinceridad que, a los hombres, les es difícil expresar, queda reprimida en el fondo en pos de la idea de masculinidad en sí. ¿Por qué? Tal vez porque los gemidos son cosa de las mujeres. ¡Pero si los hombres también…! Tal vez, los hombres no son quienes más gimen no porque no quieran, sino porque no está en su naturaleza hacerlo; tal vez, sí está en su naturaleza hacerlo, pero es la presión del entorno, la necesidad de mantener erecta la masculinidad de su ser completo, aquel motivo que los lleva a la represión. Pues no: ella no quiere esa represión; ella quiere la honestidad.

¿Cuándo empezó esta atípica adicción? Tal vez con aquella película que vio en la adolescencia, la de un amigo y una amiga enamorados del mismo Adonis. Esa parte donde el amigo está solo en el departamento de su enamorado y arrodillado junto a su cama se toca oliéndolo, y gime, y sus gemidos hacen desesperar al escucharlos; esa escena fue la culpable. ¿O no? ¿O fue otra cosa? No tiene idea de nada, sólo sabe que le encanta, que la sume en un mundo nuevo donde el calor es la única ropa permitida, donde la desnudez brilla y los sexos son libres, sobre todo ellos, los hombres, de gemir «cual mujeres» al gozar.

Ha llevado esta fantasía escondida dentro de sí desde los quince, el momento en el cual la descubrió. Ahora, a los veinte, es el sonido aquel condimento que la hace explotar. Es por eso mismo que no ha sido capaz de tener con un hombre algo que pueda calificarse como «normal», algo simple y sencillo, algo como lo que las demás mujeres tienen con uno. Aún es virgen y no siente por la idea de consumar su cuerpo con el de un hombre aquella búsqueda de satisfacción que desea emprender. Quiere escuchar, quiere amar al sonido, quiere la penetración a su capacidad auditiva.

Quiere escuchar y llegar al clímax de su más desarrollado sentido.

Así ha ido por la vida los últimos años, deprimida por concretar el placer por un sonido y no por una caricia, por un sonido y no por la consumación. ¿Qué hacer por contrarrestar esta fijación? Lo ha intentado todo: reprimirla, olvidarla, hacer vida normal; siempre termina en el mismo lugar, en las páginas web donde el sexo es protagonista, visitando contra su voluntad un video en el cual el hombre gima. Sabe cuáles actores hacen más ruido que otros, a esos busca, en ellos siempre encuentra su más culposo consuelo. Y siempre termina igual, sí: en la cúspide de su placer, temblando sobre la cama, los audífonos en sus oídos y el hombre gimiendo en el video, video que ella jamás mira, porque no se trata de mirar, porque no siente atracción por la idea de ver a un hombre. Lo único que le importa en esta vida es escuchar.

Pero algo pasará.

Todo empieza en esta visita que ha hecho junto a sus padres a la Corporación Cápsula. Es primavera; Bulma ha organizado una cena acorde al inicio de tan encantadora estación. Ella come, se ríe, conversa con todos, y sus ojos, entonces, capturan a lo lejos una imagen inesperada de aquellos que tanto le significarán a su fetiche: Goten y Trunks, veinticuatro y veinticinco años, jóvenes, bellos, encantadores. Sus miradas, las que se dedican el uno al otro, tienen sensualidad por premisa.

Parpadea repetidas veces mientras los espía desde su lugar. ¿Es posible? ¿Capta lo que es? ¿Acaso algo sucede entre los dos? Se miran con ojos de amante, Trunks el dominante, Goten el dominado. Trunks pide y Goten se niega; Trunks insiste y Goten, sudando frío, acepta.

Se levantan de sus sillas.

—Vamos a jugar videojuegos a mi antiguo cuarto —dice Trunks, y se va escoltado por su mejor amigo.

El tiempo se paraliza en torno a ella. No es la primera vez que lo nota; muchas veces ha visto entre ellos una complicidad poco común y de la cual casi cualquier cosa puede pensarse. Claro que siempre lo ha aducido a la amistad íntima y estrecha que sostienen, no a algo más aun cuando siempre ha albergado sus dudas. Y hoy, y ahora, ha sido notoria entre los dos la profundidad de esa intimidad, lo ha sido de otra manera, una más intensa e incluso voraz. ¿Acaso era el deseo el elemento extra? Pese a estar junto a ellos, escucha lejanos a los demás invitados, incluso a sus padres: Trunks y Goten no cambian más, siempre se van, siempre se aburren en nuestras reuniones. Bah, pero es la edad. Pero no está bien que sean tan maleducados; deberían…

—Voy al baño —afirma ella sin voz.

Se aleja, camina, se pierde. ¿Qué estoy haciendo? Es su problema, no mío. Yo no tengo nada que ver. Si ellos se gustan, si pasa algo entre ellos, ¿qué tengo que ver yo? En los laberínticos pasillos se pregunta dónde queda el cuarto de Trunks, sin embargo. ¿Será verdad? ¿Algo sucederá entre ellos? ¿Y si…? Sosteniéndose de una pared, mareada pero impulsiva, se pregunta si de casualidad…, si no es posible que…, y entonces llega a una puerta y entre sus piernas siente la excitación. Odiándose a sí misma por la fijación fuera de control, sus oídos enrojecen al escuchar lo que imploran.

—Pon música, por favor. Me da vergüenza. ¿Y si alguien nos escucha…?

—Me importa un bledo; que escuchen. Si pongo música seré yo quien no te escuchará, niño tonto…

»Tú relájate…

Un grito de Goten; después, jadeos contenidos, desgarradores, reprimidos; después, susurros: basta, Trunks. Basta, detente. ¡No deberíamos…! ¡Esto ya no debería…! Y al otro lado de la puerta ella se dice ¡no!, a lo mejor me lo estoy inventando, y entonces el picaporte brilla ante sus ojos y el calor le ordena espiar por la cerradura. Lo que ve no es aquello que la excita; el calor lo enciende la confirmación que la imagen le suscita: un hombre sentado al borde de la cama y otro arrodillado ante él, moviéndose frenéticamente entre las piernas de quien es llevado, con una boca, a la cima del placer. Es Goten quien recibe las atenciones de Trunks, quien aprieta las sábanas a cada lado de su cadera en pos de reprimirse, de no gritar, de no ceder. ¡Basta, Trunks…! Y el cabello que se mueve entre las piernas, hacia adelante, hacia atrás, acelera.

—Oh, Trunks…

Es real.

Ella, enferma por el instinto, apoya una oreja en la cerradura temblando profusamente. Aprieta las piernas cuando el sonido acaricia su tímpano. La respiración de Goten acelera a la velocidad de la luz, al ritmo de la aceleración de su corazón, y el sonido de quien brinda el placer respirando contra la piel forma, junto al otro, el sonido supremo, el orgasmo. Ella tiembla contra la puerta, restriega entre sus piernas caricias culposas, hasta que un grito ahogado —con una mano, seguramente— demarca el final de lo que los hombres han hecho dentro del cuarto.

Perfección.

Soy una enferma, se dice a sí misma después; sí, eres una maldita enferma… ¡¿Cómo se te ocurre…?!

Y alguien abre la puerta. Ella está arrodillada en el piso; él, que es Trunks, está de pie bajo el umbral.

—¿Qué mierda estás haciendo aquí, Marron?

Ella siente las lágrimas inundar su rostro. Recuerda: mi ki. Seguramente, sintieron mi ki.

—Yo… —Se pone de pie y amaga con irse.

Trunks la sujeta del brazo.

—No, niña. No te vas.

El tono de Trunks ha sido suficiente: autoritario, ha denotado toda la furia que seguramente carga. ¡¿Cómo se lo explica?! ¡¿De qué manera?!

—Trunks, no…

—«Trunks, sí».

La empuja dentro sin violencia, aunque con ímpetu. Entra detrás de ella, los encierra con seguro, apoya su espalda contra la puerta para bloquearle así el paso. Marron lo escucha respirar agitado detrás de ella, respiración que la seduce pese a cuanta culpa pueda esto generarle. Abre los ojos, y ante ella, en la cama, encuentra a un consternado Goten, quien la mira con vergüenza y rechazo.

—Marron… —susurra Trunks detrás de ellos. Su tono destila sensualidad; el peso de sus palabras, furia.

—Trunks, yo…

—Sentí tu ki al final. Lo sentí respingar: nos estabas espiando.

—Yo, yo no…

—¡Nos estabas espiando!

Y el tono de Trunks dispara la tensión al cielo con el ímpetu de una bala, irrefrenable. Marron llora desconsolada hasta que unos brazos la rodean. Juntos, el dueño de los brazos y ella caen al suelo de rodillas. Ella se aferra a los brazos y voltea hacia a Trunks. Sin más, lo dice:

—¡Perdón…! ¡No quise…! ¡Es que…!

Y descubre que es Goten quien la abraza.

—¿Por qué lo hiciste, Marron? —indaga éste en total desconsuelo.

Levantan, los dos que permanecen de rodillas, la mirada hacia quien permanece impávido contra la puerta. Con los brazos cruzados y la mirada vacía, por un momento es inevitable la remembranza: es su padre. Es Vegeta en sus viejas épocas de soldado del tirano Freezer; es Vegeta y nada ni nadie puede llegar a él. Sin embargo, la boca de Trunks termina torciéndose en una sonrisa sin motivo. ¿Por qué sonríe? ¿Es burla lo que llena sus ojos o es algo más?

—No tenía idea de lo pervertida que eres, Marron —afirma Trunks sin abandonar la sonrisa—. Al final es cierto: las tímidas son las peores. ¿Desde hace cuánto que eres voyeur? ¿Qué se siente mirar a dos hombres juntos? Cuéntame. —La sonrisa se pronuncia; es tétrica—. Me interesa mucho saberlo… —Se arrodilla también, la encara con ojos de hielo; Marron tirita por el frío que la mirada le transmite, siempre en brazos de Goten—. Anda, cuéntame…

—No… ¡No es lo que piensas!

—¿Que estuvieras tras mi puerta espiándonos por la cerradura? Oh sí, es lo que pienso: eres voyeur.

—No soy voyeur.

—¿Ah, no? ¿Y por qué nos espiabas entonces? —Risas. Hay malicia en el rostro de Trunks; hay altivez—. ¿Qué nombre le pusiste a tu fetiche?

Marron traga saliva. ¿Quién se cree que es para hablarle así? Enfurecida por la burla que atisba en el hielo sonriente, Marron se infla el pecho. No duda al responder:

—No me gusta mirar. ¡No los estaba mirando…!

—Marron, por favor: ¡es obvio! ¡Por lo menos ten un poco de decencia y admítelo!

—¡Te digo que no los estaba mirando!

—¡¿Y entonces qué mierda estabas haciendo, a ver?!

—¡Los estaba escuchando! ¡Me gusta escuchar! ¡Me excita escuchar…!

El hielo se rompe, así.

—¿Escuchar?

—Escuchar…

—¡¿Qué?! —Trunks libera una risotada. Goten aprieta a Marron cuando lo hace—. Es lo más absurdo que escuché en mi vida.

—Trunks, ¡basta! —dice Goten, y sólo cuando lo dice es que Trunks deja de reír. Se enfrentan al mirarse; están serios, los dos—. Deja de burlarte de ella. Si le gusta escuchar, le gusta, punto. ¡¿Quién eres tú para reírte de lo que le gusta?!

—La persona a la que escuchó tras la puerta.

—Cállate, imbécil: me escuchó a mí, no a ti. El ofendido debería ser yo.

Se produce un incómodo silencio. Marron siente, en el agarre de Goten, toda la tensión que lo abruma. No es hacia ella; por algún motivo, lo sabe. El tema es Trunks, la burla de Trunks, la desfachatez de Trunks. En el azul que ya no personifica el más frío hielo, éste deja ver una profunda fisura.

—Te estoy cuidando, idiota.

—No te pedí que me cuidaras, príncipe. Yo puedo cuidarme solo. —Un suspiro, y Goten gira a Marron hacia él. Sujetándola amablemente de los hombros, dice—: Marron, si te gusta está bien. A Trunks le gusta que lo miren, así que entendemos que tengas un fetiche.

—¡Oye! —escucha Marron detrás suyo. Es Trunks, por supuesto, ofuscado por la información que su amigo brinda en su nombre y sin su permiso.

—Y a mí… —Goten, ignorando a Trunks, se sonroja ante lo que sigue—. Bueno, a mí me gusta hacer esto aun cuando no lo creo correcto. Me gusta que algo entre Trunks y yo suceda sabiendo que no está bien, sabiendo el peligro que nos representa. Es como un placer culposo para mí.

Marron siente ternura al contemplar al hijo de Goku. Frunce el ceño al analizar sus palabras.

—¿No estar bien? ¿Por qué tiene algo de malo lo que haces con Trunks?

—Porque tengo prejuicios adentro, supongo, y no me atrevo a confesarle a nadie esto que nos sucede desde hace tanto…

—¿Hace tanto…?

—Desde los quince años —dice Trunks. En su tono hay cierto hartazgo—. Pero eso no importa ahora. Marron, disculpa si soné muy burlón. La realidad es que me tomaste desprevenido; pensé que se trataba de voyeurismo.

—No, Trunks —responde ella, seca cuando de él se trata.

—De todas formas es interesante —agrega él. Marron no oculta la sorpresa—. Es algo muy sencillo, pero nunca había escuchado que se lo lleve a este nivel.

—No es algo sencillo —explica ella irritada por la ligereza que emplea él al hablar del tema—. Me trae problemas, cada día más: no soy capaz de tener relaciones normales, es como una adicción. No es fácil… excitarte más con un gemido que escuchas que con una caricia que te hacen.

—¿A ese nivel, Marron? —pregunta Goten, curioso.

Ella agacha la cabeza, triste.

—Sí…

Silencio, y Trunks lo rompe enigmáticamente:

—Me agrada eso.

Confundida, Marron levanta los ojos hacia él.

—¿A qué te refieres…?

Él sonríe justo como al principio; la sonrisa es el énfasis que pone a su discurso:

—Me refiero a que me agrada que la gente acepte lo que es y lo que le gusta, que la gente sea honesta consigo misma.

El rostro de Marron se desfigura simple y llanamente porque la respuesta parece envuelta en un enigma sin respuesta. ¿De qué habla? ¿Qué significan sus palabras en realidad?

—¿Qué…? —es lo único que ella profiere, sus pulmones tan vacíos como su razón.

Él no le saca los ojos de encima; la mirada ya no es de hielo, pero está en punta y la lastima al captarla a ella.

—Te propongo algo: ven a mi departamento ahora. ¿Sabes dónde queda? —Ella asiente sin saber por qué lo hace en realidad, cuestionándose a sí misma el poder que le está otorgando a Trunks con el simple hecho de mirarlo fijamente—. Perfecto: te esperamos allá lo antes posible. Y no te preocupes: no te vamos a pedir que hagas algo con nosotros; no te estoy invitando a un trío, sólo a conversar.

Sin más, Trunks se pone de pie y se aleja de ella. Marron se levanta con ayuda de Goten, quien apenas si puede mirarla a los ojos; la vergüenza, se nota, lo subyuga. Pese a cuán sincero ha sido hasta hace un momento, esta sinceridad no logra imperar en él.

Trunks sale disparado hacia su balcón con un cigarro apagado en las manos. Antes de salir a fumar, voltea hacia Marron una última vez. Dice:

—Te esperamos.

Y se marcha sin preámbulos. Solos, Marron busca los ojos de Goten. Al no encontrarlos, se retira del cuarto. No es hasta salir que libera las lágrimas y los temblores que durante la charla ha contenido.

¿Qué querrá Trunks? La reunión termina y todos se van a sus casas; Marron se pregunta una y otra vez o mismo, hasta el cansancio: ¿qué querrá Trunks? Y otra vez, y una más: ¿qué querrá? Sin respuestas, en la casa en la cual vive con sus padres se limita a ducharse, cambiarse y retirarse. Voy a tomar algo con unos amigos de la universidad, vuelvo después; eso aduce para escapar de la sobreprotección. Viaja en la nave que su padre le ha prestado, aterriza ante el edificio más exclusivo de la ciudad y el portero le abre libremente y le dice que su señor la está esperando. Un minuto después viaja en el ascensor. Observa la ciudad a través de los vidrios transparentes, la devora con los ojos, temblando hasta lo indecible y con la incertidumbre como protagonista. ¿Para qué vine?, se pregunta; ¿para qué acepté?

¿Qué se supone que hago aquí?

Traga saliva cuando el ascensor se detiene. Lo admite: vine porque anhelo, en el fondo de mi corazón, que me den la posibilidad de…, de hacer lo que… Y la luz que está junto al tablero pasa de roja a verde, las puertas se separan y Trunks le sonríe ampliamente al contemplarla. Detrás de él, el piso en el que vive.

—Bienvenida, «prima».

Como suelen llamarse los tres desde niños: «primos», primos por la amistad que une desde siempre a sus padres, familia los tres aunque no haya sangre que los vincule. Marron, pensando en ello con particular desorden, traga saliva una vez más. Está pálida, tiembla y hay lágrimas al borde de sus ojos. Y Trunks sigue sonriéndole.

—Ven.

Trunks le extiende una mano; Marron la sujeta un minuto después. Caminan hacia el departamento, pasan de lado la lujosa sala, se adentran por un pasillo; se detienen en el cuarto, ante la cama. En ésta Marron ve a Goten, sentado al borde y con el ceño fruncido, visiblemente nervioso. Cuando la mira un segundo y le susurra un «hola» demasiado tímido para venir del Goten de toda la vida, Marron nota el sudor que cubre su frente. Los nervios que imperan en el cuarto aturden sus oídos, estos que, imprudentes, generaron toda esta situación. Si no hubiera sido por su imprudencia…

—Marron, ¿quieres saber por qué te dije que vengas?

Trunks está de pie junto a ella, las manos en los bolsillos y el gesto relajado. Su ropa es informal, casi de entrecasa, una camisa suelta y un jean oscuro y gastado. Goten trae la misma ropa de antes. Marron no responde.

—De acuerdo, te lo diré —dice Trunks, y ríe—: te invité para ofrecerte algo.

Marron parpadea mil veces. Goten la mira fijamente y en los ojos del otro encuentran igualdad; están aterrados, los dos.

—Quiero que nos escuches, Marron.

Goten desvía la mirada en el mismo segundo en que Trunks pronuncia lo último; Marron abre los ojos en su total amplitud.

—¿Qué…?

—Cuando sentí tu ki detrás de la puerta me enfurecí porque nadie tiene derecho a hacernos algo así, ni a Goten ni a mí. Lo que pasa entre nosotros es nuestro problema y no tengo ganas, francamente, de que alguien se meta.

—Yo… Yo no quise…

—Lo sé. Pero al mismo tiempo algo dentro de mí se excitó, no te lo voy a negar. Nunca pensé en que un fetiche tan extraño te hubiera llevado a espiarnos, me tomaste por sorpresa y me intrigaste. Bueno, tú eres tímida, lo eres en demasía; escucharte decir algo así me asombró. Digo, tener una fijación no tiene nada de malo, ¿o sí?

»Si tu fijación es escuchar los gemidos de un hombre ¿a quién dañas?

—A ustedes al quedarme escuchando detrás de la puerta.

—Sí, ahí estuviste mal. Pero si Goten y yo ahora te dejamos escuchar…

—¡Trunks! —Goten, silencioso como una sombra hasta el momento, se pone de pie. Con los ojos fijos en su mejor amigo, niega con la cabeza—. ¡No puedes pedirle algo así! A ti te excitará, ¡pero a mí me incomoda! No quiero… ¡Esto es difícil para mí y no quiero!

—¡Goten, por favor! Nos acostamos hace años, nos encanta hacerlo, lo disfrutamos. ¡Siempre ha sido así! No puedes seguir diciendo que te da vergüenza, ¡no tiene sentido!

—¡Ese es el problema! —asegura un Goten llevado por el diablo—. ¡Yo no me avergüenzo! No me avergüenza sentir lo que siento por ti, la fijación que tengo por ti; me avergüenza la gente que ve en una relación como la nuestra algo anormal. ¡Me avergüenza que alguien interfiera entre nosotros!

Marron toma las manos de Goten. Las besa sin lujuria alguna; hay calidez y comprensión en sus besos.

—No es anormal —dice, llorando—. Si los hace felices no es nada anormal.

Trunks sonríe por lo que ha escuchado; Marron, al notarlo, acompaña la sonrisa. Goten observa a Trunks de una forma tal que Marron se convence de que esto es real: se aman. Los dos se aman y están cansados de ocultarlo, pero al mismo tiempo saben que es, de momento, imperativo. O por lo menos eso parece.

¿Por qué la felicidad que sienten en su unión no es para el mundo más que un error? ¿Por qué, si no hay en sus ojos enfermedad, sino amor?

Lo siguiente sucede en un segundo: Trunks jala a Goten y lo abraza con todas sus fuerzas. Consuela el llanto incipiente con palabras dulces a las cuales Goten asiente. Trunks observa a Marron sin soltar a su amante:

—No —dice—, si no hacemos daño a nadie no tiene nada de malo, y nosotros no hacemos daño alguno, Goten. Es hora de que empieces a aceptarlo. Tú tampoco, Marron.

»Que te excite escuchar a un hombre y hacerlo te signifique un fetiche no tiene nada de malo. Siempre y cuando tu fijación no dañe, ¿qué tiene de malo dejarse llevar por ella? Goten tiene razón: me gusta la idea de que me espíen, y encuentro en ti la ocasión ideal de cumplir mi fantasía.

—Pero yo no…

—No quieres vernos.

—No.

—Quieres escucharnos.

—Sí.

—Bien… Podemos hacerlo en el suelo —dice Trunks al señalar a un lado de la cama—, así tú puedes estar junto a nosotros, acostada en la cama. Así no nos verás.

—No, no… Prefiero ir al suelo yo.

Las cejas de Trunks se levantan un instante. Sólo uno. Vuelven a fruncirse y de él brota una pregunta:

—¿Segura?

Ella sonríe. Lágrimas de emoción brillan al borde de sus ojos.

—Sí…

Debería irse corriendo, ¡debería! Pero no lo hará, pues en lo más hondo de su ser nada ha deseado más que esto, una oportunidad de escuchar en vivo y en directo, la oportunidad de nadar libre en el mar de su fetichismo. Nada ha deseado más que la libertad. Al estar en el umbral de la represión y ver a la libertad ante sus ojos, ¿cómo escapar? No, no debe: no escapará.

Lo aceptará.

Lo gozará.

—Pero Marron —interviene Goten—, no me gusta la idea de que estés en el suelo. No es lo indicado, pienso que mejor deberías…

—No se preocupen, de verdad. Con una manta sobre el suelo estaré… bien. Pero… —Asustada por ver libertad ante ella, asustada de perderla, Marron agrega algo más—: Goten, ¿por qué estás aceptando si…?

Él le sonríe. Es el Goten de siempre: un muchacho sencillamente encantador.

—Porque Trunks tiene razón: ¿qué tiene de malo aceptarlo? ¿Qué tiene de malo lo que nos pasa a los tres, si no dañamos a nadie? Quizá esta sea la oportunidad de… aceptarnos tal cual somos. Aceptar que me gusta estar con Trunks y disfrutarlo al cien por ciento, como nunca me he permitido hacerlo. Aceptarlo plenamente.

»Sí: es hora de que empiece a aceptarlo.

Sonrisas sellan el trato. ¿Qué es esta música que parece brotar ahora de los tres? Una melodía que sale de sus cuerpos como si estos fueran instrumentos: en este trato que han hecho de compartir los tres un momento íntimo se siente un alivio, un placer y una voluptuosidad demarcados. Es la idea de compartir sus fijaciones aquello que, como la música puede hacerlo, los seduce.

Goten asiente, así como Trunks. Sin más, el momento ha llegado, es hora de sentir placer, de gozarlo, de desconectarse de la realidad un maravilloso instante. Impera cierta retorcida emoción en los tres, la de saberse libres de hacerlo como lo desean, de aceptar sus deseos como genuinos. De aceptarse a sí mismos por medio de sus perversiones, esa que tiene Goten de hacer lo que siente indebido y tanta culpa le genera, esa que tiene Trunks de saberse en peligro, esa que tiene Marron de escuchar a un hombre; será a dos, en este caso. ¿Cómo nunca se le había ocurrido…?

Una manta azul de lado derecho de la cama sumada a un almohadón blanco: Marron se recuesta en su sitio y ya nada ve, nada siente, nada es más que lo que escucha, aquello que sucede al otro lado de la cama: un beso, la agitación que el beso suscita. El roce de las manos sobre la ropa, los cierres de cada pantalón. La ropa contra la piel, resbalando; se la están quitando el uno al otro. Y el choque de los cuerpos contra la cama, el rechinar de ésta al recibirlos y en lo consecuente por sus movimientos. Luego, golpes, golpes de un puño cerrado chocando contra la ingle de otra persona. Humedad, ese sonido de la piel rebotando contra un líquido, y los jadeos reprimidos de los dos. Ella siente frustración: ¿por qué un hombre no gime como una mujer? ¿Acaso el placer de ellos y el de nosotras es distinto? ¿Por qué no gimen al ser tocados por otra persona?

Si fuera yo la tocada, así, a esa velocidad que el sonido me sugiere, estaría gritando con todas mis fuerzas.

Un gemido que no es de ellos; es de ella. La humedad contra la piel acelera, pasa de un sonido por segundo a cinco. Un gemido sincero proferido por la voz más aguda de las dos masculinas encerradas en el cuarto la hace retorcer. Es Goten, y al fin se ha liberado, ha soltado todo cuanto siente.

El placer no es distinto; es el mismo, sólo que un hombre le enseñan a contenerlo en su garganta; a una mujer, no.

—Trunks… —escucha Marron; la voz denota cierto rechazo unido a la más vehemente aceptación—. No…

Forcejeos entre dos cuerpos. Ambos son hombres, grandes, fuertes. Los siente rozarse, la desesperación de esos jadeos reprimidos que liberan; los siente unirse en el mismo grito.

Marron se pierde al atisbar el techo. En la pared que tiene junto a ella ve las sombras de los hombres que se aman sobre la cama, reflejadas las dos como una única silueta, uno detrás del otro, el otro inclinado hacia adelante, los dos arrodillados en el centro. Se mueven frenéticamente y las sombras acompañan la velocidad de los gruñidos. Gimen distinto, lo nota cuando quien está recibiendo al otro en su interior se agacha más: los gemidos de Goten son más exagerados, más sufridos, más desesperantes; los de Trunks son más furiosos, denotan cierta fría y sensual dominación. Un tercer sonido los tapa; es ella de nuevo, ella con una mano entre las piernas sin ser consciente de lo que hace, tocarse, dejar que el instinto la domine, tocar donde su naturaleza le exige en pos del goce mayor.

Los tres aceleran. Ella se muerde los labios para no gemir más, para reprimirse, para escucharlos a ellos.

—No te calles, Marron… —pide uno de ellos, el más autoritario, Trunks.

—Déjanos… escucharte… —pide el otro, el más agitado de todos, Goten.

Escucharlos jadear esas frases perturbadoras acelera su mano. Escuchar su nombre en la voz de un hombre en pleno acto es más de lo que puede soportar. Gime, lo hace una vez, dos; gime, y luego grita la cúspide de su placer.

—¡Ah…!

Y llora al tiempo en que ellos gritan también; sus ojos lloran mientras una sonrisa se le produce. Esos gemidos masculinos que escucha desencajarse uno contra otro unidos a esta convulsión que el goce entre sus piernas le ha desatado es todo cuanto ha podido soñar en la vida. Es todo; es su manera de alcanzar el placer.

Es ella. Es la aceptación de su fijación y de la totalidad de su ser.

Después, lo que sigue al placer: recuperar aire, normalizar la respiración, reír, porque el placer da risa y reír, al final, es inevitable. Marron solloza su alegría vislumbrando la pared que a nadie refleja ya. Hasta que una pregunta la hace girar hacia la cama:

—¿Por qué no subes, Marron?

Mira: es Trunks, asomado al borde de la cama, quien pregunta. A su lado, Goten, quien también está asomado, sonríe dulcemente a Marron, enternecido con ella. En las miradas de ambos hay deseo, uno que sólo a ella señala.

—¿Subir…? —indaga ella, impresionada por la oferta.

—Que Goten y yo nos acostemos no significa que no nos gusten las mujeres, no en nuestro caso. —Trunks, peinando a Goten con los dedos mientras habla, busca en los ojos de su mejor amigo una respuesta. Goten asiente—. Nos gustas. Sería divertido hacerlo los tres. Digo: es nuestro problema, nadie tiene que enterarse. ¿Qué dices?

Cuánto la seduce la calma y la suavidad de las palabras, el deseo que impera en los cuatro ojos que la observan. Marron niega con la cabeza, no obstante; no puede hacerlo con ellos, no así.

No puede perder la virginidad con dos hombres a la vez.

—Lo siento —responde ella al fin—. Yo no…

—Está bien, Marron —susurra Goten. En sus ojos hay decepción, aunque también aceptación ante su decisión. Los ojos de Trunks lucen idéntico sentir—. Entonces deja que nos vistamos y sube a mirar una película. ¿Te parece?

Sonrisas, en los tres. Marron asiente.

Minutos después el cuarto sólo es iluminado por la luz que la televisión de pantalla plana encastrada en la pared arroja sobre la cama y los presentes. Ella está en medio; los tres están vestidos, aunque descalzos. En la televisión, una película de superhéroes. De la nada, tapando el diálogo que en la película se produce, ellos susurran algo más:

—Puedes venir cuando quieras, Marron.

—Puedes venir y escucharnos si lo deseas.

—Tú avisa.

—Será nuestro secreto.

El superhéroe de la película levanta su máscara y se mira al espejo: soy esto, soy un hombre como cualquier otro; soy el ser detrás de la máscara. Soy los dos, soy dos personas, una que todos conocen y una de la cual nadie sospecha. Soy dos, pero soy uno. No tiene nada de malo ser quien soy si a nadie daño, si a muchos puedo ayudar con mi poder.

—Debo aceptar mi naturaleza: esto es lo que soy —dice el hombre antes de transformarse en el superhéroe con sólo bajar la máscara.

Marron sonríe. «Sí», gritan sus ojos.

—Gracias por todo. Claro que vendré…

Porque esto es lo que soy.

Porque no daño a nadie.

Porque un placer que a nadie daña sólo es eso, un placer.

Genuino.

Genuino aunque el mundo diga lo contrario.


Nota final

Holi de nuevo. =)

Disculpen el atraso. Los últimos tres días anduve ocupada, así que no pude terminar este reto a tiempo. Si llego, esta misma noche publico en siguiente.

Bueno, otro capi con fetiches y fantasías; en los próximos retomo otros temas. Me tiene medio desquiciada la idea que tengo para el último día. Como mi objeto a la derecha siempre es mi cama (está a la derecha del escritorio en el que escribo) y mi estado de ánimo no debería influir en la situación, decidí cerrar esta reto con el shot más ambicioso que tengo. ¿De qué pareja? Muajajajajaja… (?). No puedo dejar de pensar en eso, lo admito.

Dos pistas para próximos retos (?): va a haber dos tributos a mis dos fics más conocidos. Sí, «esos». Uno de esos retos es del que hablo en el párrafo anterior. XD Y el otro es el del día 11. No lo puedo evitar; tengo ganitas de hacerlos. =)

¿Y qué más? Lo que quedó pendiente en este capítulo lo retomaré en otro shot. No en el que sigue, pero sí en alguno: voy a darle su parte dos a esta historia.

Nada: estoy disfrutando mucho este reto. No le estoy cambiando la vida a nadie, lo sé; sin embargo, estoy afilando mis lápices, estoy retomando la escritura. Hago estos retos como ejercicio, para recuperar la práctica con la escritura perdida durante la última parte de mi cuatrimestre en la facultad. Disculpen si mis ideas no son originales ni nada del otro mundo; las hago para pasarla bien, para sonreír, para disfrutar. No lo hago por nada más: quiero disfrutar todo cuanto escriba. Sin presiones; feliz.

Sobre este reto en particular: ¿Que te exciten los gemidos es un fetiche? No; es un gusto técnicamente hablando, pero considerando que un fetiche es aquel objeto que debe estar presente sí o sí para conciliar el placer, entonces sí, puede ser un fetiche si se lo lleva a cierto extremo, así como puede serlo prácticamente cualquier cosa (?). Si considero un «objeto» al sonido puedo ver un fetichismo latente ahí. Por eso lo hice así acá, para pensar en algo distinto, que venga de lo más común, pero que al principio sea una faceta desconocida de eso que ya conocemos.

Sobre la película del amigo y la amiga enamorados del mismo Adonis, es otra mención a Les amours imaginaires, esa película que nombré en el reto anterior. ¡Es tan genial!

Sin más… ¡En próximos retos la continuación! ¿Aceptará Marron subir a la cama? Veremos. XD

Nos leemos. n.n


Dragon Ball © Akira Toriyama