CAPITULO 7

La reunión había durado hasta muy tarde, pero los resultados habían sido completamente satisfactorios. Neal tenía el nuevo contrato bajo el brazo y sus socios le habían estrechado la mano con efusión. Ahora lo que deseaba era marcharse a casa y sentarse junto a la chimenea con un buen ponche caliente. El invierno era muy frío en Chicago y aunque Neal se ajustaba el largo abrigo que llevaba, aún así seguía sintiéndolo. No sabía si realmente tenía frío o sólo era falta de calor.

Dejó que sus socios lo llevaran a un club nocturno, hizo las bromas pertinentes y aceptó que lo invitaran a una copa de licor. Era fuerte y con cuepro, y Neal observó el local a través del cristal. Veía el lugar oscuro y deformado, oía la música demasiado alta y pronto las alegres muchachas del local se acercaron a ellos. Una morena de largas piernas se sentó a su lado y Neal habló con ella educadamente. La invitó a una copa con la que ella jugueteaba mientras le lanzaba lánguidas miradas a través de sus largas pestañas. Falsas. Neal estaba seguro, las pestañas eran tan falsas como la sonrisa. Neal no le preguntó cuánto costaba pasar la noche con ella, sino que se disculpó apresuradamente pretextando ir al baño.

Estuvo un rato dentro, ausente del sonido de la fiesta, pensado que no tenía nada de malo distraerse un poco, que ya no hacía daño a Claire, que Candy no le dedicaba ni una sola mirada. Sin embargo Claire y Candy eran reales y las mujeres que iba a encontrar allí no lo eran, ni siquiera el local era real. Allí dentro todo era brillante, pero el brillo falso del oropel. Los hombres reían mientras fingían se amados por jóvenes que no conocían, ridículos hombres que jadeaban en la pista de baile con los ritmos modernos mientras sus compañeras soportaban los pisotones con una sonrisa. Salió de nuevo a la sala y las contempló. Eran hermosas. No. Parecían hermosas, pero también la belleza era falsa. Máscaras de maquillaje que ocultaban ojeras, sonrisas pintadas que no ocultaban el hastío que les provocaban sus acompañantes. ¿Era eso lo que deseaba? Olvidar, quizás, pero no así. Perderse en un cuerpo femenino, quizás, pero no en aquellos que se ofrecían como manzanas en un puesto del mercado. Ninguna de aquellas chicas recordaría su nombre por la mañana y eso era lo que realmente deseaba.

La mirada de Neal vagó por el local hasta que se detuvo en una de ellas, una chica asustada que se encogía en un rincón como si quisiera que nadie la viera, aunque el vestido y el maquillaje daban a entender perfectamente lo que era. Estaba muy delgada y un ajustado corsé intentaba dar a sus pechos un realce que no tenían. Su cabello negro estaba grasiento y las raices negras delataban que no era su color natural. Dio un suspiro y cerró los ojos un momento, intentando decidirse a abordar a un orondo comerciante, pero llegó tarde, una explosiva pelirroja se le adelantó y la chica volvió a su rincón, a seguir esperando. Hizo de pronto un gesto con la mano, retirándose el liso cabello del rostro, y Neal se fijó en que su mano era blanca y perfecta, sin mugre en las uñas, una mano que tenía la tersura de la de una dama. Y entonces, cuando la miró más atentamente, Neal la reconoció.

Estuvo tentado a no decirle nada, a marcharse simplemente y volver a casa, a su chimenea y al ponche caliente, pero algo en su interior se rebeló y le recordó aquellos momento en su adolescencia en los que se dedicaba a molestar a las chicas que lo rodeaban. Aquellos tiempos habían quedado atrás, pero quizás era este un buen momento para retomarlo, hacía mucho que no se burlaba de nadie y sería un buen chisme para contarle a Eliza en su próxima carta.

-¡Annie Brigther!! –exclamó en voz alta, acercándose a ella-. ¡Qué sorpresa! El último lugar donde habría esperado encontarte.

Ella abrió mucho los ojos y Neal observó cómo las lágrimas pugnaban por salir. Annie agachó la cabeza, avergonzada, y no le contestó.

No le había hecho falta burlarse, sólo reconocerla ya le hacía daño. Había sido demasiado fácil, ni siquiera merecía la pena hacerle daño. Bajó la voz y le preguntó con suavidad.

-¿Puedo invitarte a bailar?

Annie negó con la cabeza, sin levantarla.

-¿Y a una copa?

Ella volvió a negarse, y una lágrima solitaria consiguió escapar y recorrer su mejilla dejando un surco en su maquillaje. Neal suspiró. Ella era como Candy, nunca tomaría en serio su amabilidad, sólo se esperaban que fuera malo y cruel y mirarían con extrañeza cualquier otro comportamiento de su parte. No podía ser amable. Neal le cogió la barbilla y la obligó a levantar la cabeza y a mirarlo.

-¿No querrás que de un espectáculo aquí, verdad? –la amenazó-. Ni que le cuente a nadie que te he visto.

Sonrió al ver que ella asentía con la cabeza. Eso sí lo tomaba en serio. Annie dejó que la cogiera de la mano y la llevara hasta la pista de baile. Neal notó que estaba realmente muy delgada, era como una pluma entre sus brazos. Y bailaba bien, por un momento fue como estar de nuevo en el colegio San Pablo, hasta la distancia entre ellos era la decorosa que les imponían las monjas. Annie quizás estaba pensando lo mismo, porque sonrió, aunque sólo duró un segundo.

-Me contaron que tu padre murió y que os quedastéis en la ruina, pero después no supe nada mas de ti. Desapareciste. ¿Cómo es que Archie te ha dejado llegar hasta este punto?

Annie tragó saliva antes de responder.

-Archie no sabe nada. Mamá y yo nos fuimos a escondidas, ella no quería que nadie viera nuestra desgracia y a mi también me daba vergüenza. Debíamos mucho dinero y no quería que Archie tuviera que hacerse cargo. Mamá dijo que sería una vergüenza si de repente no quería casarse conmigo. Me dio miedo hablar con él.

-Pero él te quería. Ibais a prometeros.

Annie negó con la cabeza.

-Eso pensaban todos, pero no era así. El me colmaba de atenciones pero nunca llegó a declararse. Lo habría hecho, seguramente, al saber mi desgracia, pero yo no quería obligarle. Así que me fui… quizás esperaba que viniera a buscarme, que me demostrara que me quería y no lo hizo.

-¿Cómo sabes que no te ha buscado?

-No lo sé, pero cuando pienso en ello sólo recuerdo que era amable conmigo porque Candy se lo pidió –las lágrimas comenzaron a resbalar por el rostro de Annie y Neal la condujo a una mesa, en un rincón, y le dio su pañuelo esperando a que se calmase. No hizo falta que le hiciera más preguntas, la historia salió de los labios de Annie como un torrente.

-Quería buscar un trabajo y ayudar a mamá, pero no sé hacer nada. Me educaron para ser una dama, una señora. No para tener un empleo. Y lo busqué, porque no tenía otro remedio, pero no es fácil. Y esto… esto parecía más fácil, y ganaba más dinero en una noche que en toda una semana en la fábrica. Mamá no quería que me ofreciera como doncella, le daba vergüenza que me reconocieran.

-¿Y prefiere esto?

-No lo sabe. No se lo he dicho. Ella piensa que trabajo todavía en la fábrica, pero me echaron después del primer mes y no me atreví a decírselo a mamá.

Neal le enjugó las lágrimas, enternecido a pesar suyo. En realidad no eran tan distintos, los dos estaban solos, caminaban por la vida como fantasmas. Al menos él tenía a su hija, una vida frágil a la que debía cuidar. Y Annie tenía a su madre, que en realidad no lo era. La cogió de las manos, que eran tan suaves como si realmente fuera esa dama que hubiera querido ser. Las debía cuidar mucho. No tendría abrigo pero seguro que tenía un par de guantes.

-¿Y porqué no volviste al Hogar de Pony, como Candy?

-Tampoco sé cuidar niños… Y tengo que mantener a mamá, ella no habría querido vivir en un orfanato. Y ahora ya no puedo hacer nada.

Rompió a llorar sin poder evitarlo y Neal se sintió incómodo, rara vez había tenido que consolar a nadie. Estaba más acostumbrado a las lágrimas de frustración, las lágrimas de odio que llevaban aparejada la decisión y el orgullo. Aquellas en cambio eran lágrimas de desesperación, parecidas a las que había derramado él en soledad, pero que nunca había mostrado a los desconocidos.

-Estoy enferma –siguió contando Annie- Estoy sola. Pero mi madre tiene una casa decente en el campo, le estoy devolviendo todo lo que hizo por mí.

-No creo que ella quisiera pagar este precio, Annie.

-¿No se lo dirás, verdad? No se lo digas a nadie. ¡Haré lo que quieras! ¡Todo lo que quieras!

-Tranquila, no se lo diré a nadie. Venga, por esta noche has terminado. Te llevaré a tu apartamento.

Annie se enjugó las lágrimas y aceptó su brazo. Se le había corrido la pintura de los ojos y ahora eran como dos manchas negras. No había pasión en ellos, ni amor, pero al menos podría mitigar su soledad durante unas horas. Ella aún le preguntó mil veces si lo contaría y le respondió mil veces que no. Le parecía que iba con la noche. Igual que el cabello rubio de Annie, igual que el oropel que parecía plata del local, sus palabras también podían ser falsas, pero hermosas. Las repitió en un murmullo mientras le acariciaba el cabello.