Sherlock Holmes frunció el ceño al oír el ruido. Juraría que también había oído pasos. Miró a Silverstone y supo que el también lo había oído. Risueño aún apoyaba el cuchillo en la garganta de John Watson, pero con menos firmeza, aguardando las órdenes de su jefe. Holmes urgió mentalmente a Silverstone a tomar una decisión: aún sentía la sangre deslizarse por su pecho y sabía que iba a desmayarse. Por el estado en que estaba Watson, Holmes imaginó que tampoco aguantaría mucho más. Silverstone seguía mirando hacia la puerta. Entonces se volvió bruscamente hacia Fredericks y le ordenó que fuera a investigar.

El hombrecillo cruzó la celda tambaleándose, aún dolorido por el golpe de Watson, y salió. Un segundo después, el pasillo entero se iluminó y escucharon un chillido agudo. Fredericks volvió a entrar a toda velocidad, con la mitad inferior de su cuerpo en llamas. Siguió gritando, mirando desesperadamente a su empleador, que lo contemplaba con los ojos desorbitados.

—¡AL SUELO, AHORA! —gritó Watson con voz ronca.

De algún modo se las había arreglado para quitarse la mordaza e intentaba conseguir que el hombre lo escuchara. Fredericks lo miró y comprendió que el doctor pretendía ayudarlo, así que se tiró al suelo de inmediato. Se quedó frente a él, con las llamas consumiéndole lentamente.

—¡RUEDE, IDIOTA! —añadió Holmes.

Fredericks se puso a rodar de inmediato por el suelo. Pero eso no aplacó las llamas, porque había demasiada gasolina en su persona. Pronto su ropa quedó achicharrada y Holmes hizo una mueca de disgusto al escuchar cómo empezaba a sisear la piel ardiente del hombre. Watson intentaba liberarse de Risueño, pero el gigante no lo soltaba. El doctor clavó la mirada en Silverstone, que contemplaba paralizado la escena que se desarrollaba ante él.

—¡POR EL AMOR DE DIOS, AYÚDELE! —gritó Watson.

Los ojos de Silverstone se volvieron lentamente hacia Watson, y luego regresaron a Fredericks. Se metió la mano en el bolsillo y sacó un revólver. Antes de que nadie pudiera decir nada, Silverstone metió una bala en la cabeza de Fredericks, haciendo cesar al instante sus gritos y contorsiones. Las llamas continuaron lamiendo su cuerpo inmóvil mientras Watson, paralizado, contemplaba horrorizado a Silverstone, que seguía empuñando el arma. Entonces, la conmoción abandonó al lord de golpe y miró a Risueño. El hombre alto no había dejado de observarlo y, a una señal de su jefe, golpeó rudamente el cráneo de Watson con el mango del cuchillo. Éste se desplomó sin emitir ni un sonido, con las manos aún atadas a la espalda.

—¡NO! —gritó Holmes—. ¡¿Por qué diablos ha hecho eso?!

—Eso —respondió Silverstone— es para que no pueda escapar, puesto que su billete de salida se encuentra bloqueado en este momento.

Acto seguido, hizo una seña a Risueño y ambos rodearon la silla de Holmes, saliendo de su campo visual. Oyó un portazo a su espalda y se quedó solo con el doctor inconsciente y la inminente amenaza del fuego. Forcejeó intentando librarse de sus ligaduras, pero fue inútil: los nudos estaban demasiado prietos. Intentó levantar la silla, también en vano: al bajar la vista, descubrió que estaba atornillada al suelo. Sintió que el humo contaminaba sus pulmones y empezó a toser con fuerza.

—¡Watson! —gritó con voz ronca.

Pero su amigo no se movió.

Ahora Holmes tosía sin parar. Sus ojos comenzaron a lagrimear a causa de los gases tóxicos. Su organismo empezó a fallar. Luchó valerosamente por mantener los ojos abiertos, pero pronto hubo demasiado humo, y tosía tanto que no podía respirar. Lo último que vio fue a Watson tendido en el suelo, apenas perceptible el movimiento de su pecho. Luego, la oscuridad se lo tragó.

XXX

Había algo en el fondo de su mente que no le dejaba en paz. Hasta ese momento se había hallado en un estado de éxtasis, pero el sordo palpitar de su cabeza comenzaba a traerle de regreso a la realidad. Respiró bruscamente, y al instante intentó expulsar tosiendo el aire inhalado, lo que provocó un relámpago de dolor en su cabeza. Aturdido, abrió un poco los ojos y de inmediato lo asaltó una sensación ardiente que lo obligó a cerrarlos de nuevo. Esperó un momento. Luego alzó muy despacio los párpados y confirmó lo que creía haber visto hacía un instante. Su cuerpo se llenó repentinamente de energía e, ignorando el calor, abrió los ojos del todo para asimilar la escena.

Humo. Eso fue lo primero que vio y olió. La gruesa sábana negra estaba engulléndole a él y a todo lo que le rodeaba, y apenas podía distinguir lo que parecía ser una silla a pocos pasos. Parpadeó y permitió que su visión se aclarara. Definitivamente, era una silla, y parecía que había alguien sentado en ella. Tragándose sus temores, centró su mirada en la persona que la ocupaba. Palideció cuando su mente confirmó que dicha persona era Sherlock Holmes.

Watson intentó alcanzarlo, pero descubrió que alto retenía sus manos. Frunció el ceño e intentó mover los brazos, ignorando el dolor del hombro, y comprendió que los tenía atados a la espalda. Gruñó y forcejeó violentamente intentando liberarse, pero las cuerdas no cedieron. Luchó con más fuerza, ahora plenamente consciente del gran muro de fuego que ya había consumido una pared y se aproximaba lentamente.

De pronto, un centelleo atrajo su atención, y no pudo creer en su suerte al ver el pequeño cuchillo que el gigante había usado contra él. Apoyó los pies en el suelo y se impulsó hacia delante, hacia el infierno. Continuó haciéndolo hasta que al fin giró el cuerpo y sintió el cuchillo en sus manos. El calor era considerablemente mayor en ese lado de la estancia, y Watson descubrió que el mero hecho de cortar la cuerda le dejaba extenuado. Finalmente, sus ligaduras se rompieron y se sentó despacio, masajeándose las muñecas. Una vez desentumecidas, se levantó con cuidado y avanzó hacia Holmes, tambaleándose. El humo era cada vez más denso y dificultaba su visión. El trapo con el que lo habían amordazado aún colgaba de su cuello, y lo usó para intentar respirar mejor.

Watson se dejó caer de rodillas delante de Holmes y empezó a desatar sin dilación las cuerdas que le ataban los pies, gritando su nombre, intentando despertarlo. A continuación desató sus muñecas; hizo una mueca al ver las marcas que la cuerda había dejado en ellas. Una vez libre de las ligaduras, Holmes cayó hacia delante y Watson lo cogió rápidamente, intentando no agravar las heridas de su pecho. Lo depositó con cuidado en el suelo y le dio unas palmaditas en las mejillas para devolverle la consciencia.

—H-Holmes —dijo, tosiendo—. ¡D-despierte!

El detective mantuvo los ojos cerrados, sin dar señales de vida. Watson miró a su alrededor, buscando desesperadamente una salida. ¿Adónde había ido Silverstone? No podía haber atravesado el pasillo sin quemarse vivo, así que tenía que haber otra salida.

Al mirar más allá de la silla creyó ver una luz. Le dio a Holmes unas palmaditas de consuelo en el hombro con aire ausente, se levantó y avanzó lentamente entre la humareda. En el suelo, a pocos metros de la silla, un tajo vertical de luz le dio la respuesta. Watson levantó la cabeza y examinó la parte alta de la pared, y se permitió sonreír al distinguir el débil contorno de otra puerta a sólo unos pasos; la salida al mundo exterior. Watson fue hacia ella. Golpeó algo con el pie y se detuvo. Estiró el brazo, sintió el frío pasamanos de las escaleras de cemento que llevaban a la puerta y lanzó un grito de triunfo.

Pero el grito murió en sus labios cuando se dio la vuelta y vio la distancia que había recorrido el fuego. Ya había devorado la mitad de las paredes laterales, y ahora estaba destruyendo el mobiliario de madera. En cuestión de segundos alcanzaría la forma inerte de Holmes.

Watson corrió hacia su amigo, lo arrancó de las garras del fuego y cruzó la estancia con él en brazos. Prácticamente a ciegas, subió a toda prisa los peldaños, procurando no tropezar y dejarlo caer, y soltó una maldición al golpearle la cabeza con la puerta. Sin dejar de toser, bajó a Holmes y buscó el picaporte, y volvió a maldecir al no hallar ninguno. Aporreó la puerta con todas sus fuerzas, pero el candente dolor que estalló en su cabeza y su hombro no tardó en hacerle desistir. Se desplomó contra la pared y cerró los ojos, obligándose a reunir algo de fuerza y aliento.

Respirar comenzaba a resultar difícil, y supo que no aguantarían mucho más. Se obligó a seguir. Se levantó rápidamente y se mantuvo en pie sobre unas piernas temblorosas. Se lanzó desmañadamente contra la puerta con el hombro bueno. Apenas escuchó el chirrido de las bisagras al comenzar a aflojarse. Lleno de determinación, se arrojó de nuevo contra ella y esta vez oyó crujir una de las bisagras al partirse por completo. Watson bajó un par de peldaños, lanzó una fuerte patada a la esquina rota y estuvo a punto de gritar de alivio al ver caer un gran trozo de puerta. Una pequeña cantidad de luz diurna se coló en la celda y el aire del exterior contuvo brevemente el avance del humo, pero no había suficiente oxígeno en sus pulmones para permitirle resistir mucho más. Sacó la mano a ciegas por el hueco y buscó a tientas el picaporte. Sus dedos rozaron algo metálico pero no pudieron acercarse más. Vencido, sacó el brazo y se dejó caer contra la única pared del sótano que el fuego aún no había tocado. Las fuerzas lo abandonaban. Golpeó débilmente la puerta, pero en vano. Dejó caer la mano y, al descender, rozó su bolsillo. Se quedó paralizado.

"Tiene que ser una broma", pensó.

Lentamente, metió la mano en el bolsillo y sacó su viejo revólver militar. Golpeó la puerta con la frente, irritado, y luego, reuniendo los últimos gramos de energía que le quedaban, levantó el brazo y apuntó el arma hacia la puerta. El brusco estampido casi lo dejó sordo, pero no le importó. Cogió a Holmes en brazos, extenuado, empujó la puerta y salió tambaleándose hacia la brillante luz.

Watson depositó con cuidado a Holmes sobre el suave césped y miró a su alrededor. No paraba de toser, y su vista empezó a nublarse mientras el dolor lo superaba. Percibió vagamente que una figura con uniforme de policía corría hacia él antes de que sus rodillas se doblaran y el mundo se volviera negro.