CAPÍTULO 7
La luz que se colaba por la pequeña ventana de la pared de su celda fue lo que finalmente despertó a Arturo de su incómodo e inquieto sueño. Gruñó con molestia cuando la luz cayó sobre sus ojos cerrados, intentando cegarle, pero rápidamente la molestia se convirtió en dolor cuando intentó apartarse. Se sentía dolorido y rígido, su cuerpo se rebelaba contra aquel pobre trato. Aparentemente, las piedras del suelo no eran una cama muy buena (a pesar de la creencia popular, Arturo sí que sabía lo que era dormir en superficies poco deseables. Los caballeros no siempre podían permitirse siempre el lujo de una cama blanda, después de todo).
El príncipe decidió parar de moverse por el momento y simplemente suspiró, perfectamente contento con solo estar allí tumbado un rato más. No podía evitar sentirse cansado después de haber pasado la noche en el frío suelo, aunque estaba seguro de que no se había despertado en toda la noche. Eso no quería decir que el sueño le hubiera permitido descansar. Hubiera preferido estar despierto a tener que soportar los sueños con los que su mente había decidido torturarle. Estaba seguro de que el único motivo de no haberse despertado era que las escenas cambiaban demasiado rápido, sin dejarle nunca sentir el impacto total antes de cambiar a la siguiente.
Algunas de ellas habían sido tranquilas, cosas que le habían molestado en el pasado, como ver la decepción en el rostro de su padre al darse cuenta de que le habían capturado, o ver a sus amigos (y a veces su padre) preocupándose por él, o incluso ver Camelot mientras la atacaban en su ausencia. Otras habían sido mucho peores, como Barragh decidiendo de repente que sería divertido torturarle o venderle a un reino vecino, posiblemente enemigo de Camelot. En uno incluso había tenido que observar a aquel tirano mientras torturaba a la gente a la que quería para sacarle información.
Pero la mayor parte de la noche, se había visto forzado a observarse a sí mismo mientras fallaba una y otra vez en encontrar a Merlín. Se había visto regresar a Camelot con las manos vacías, incapaz de mirar a Gaius y a su padre a los ojos, aunque por distintos motivos. Había observado como un sirviente sin rostro ni nombre se le asignaba, haciendo las tareas de Merlín (más eficazmente) y tomando el sitio de Merlín (con demasiado silencio) en sus habitaciones, en el castillo —en su vida— y todo parecía estar tan mal, pero no había podido hacer nada al respecto. No había sido capaz de impedir que su padre le diera un nuevo criado, como si no fuera algo importante, como si fueran reemplazables, nada más que una herramienta útil o un mueble… una simple decoración en las paredes de una habitación.
Sin importar cuántas veces intentara explicárselo, su padre no parecía entenderlo, no podía ver a los sirvientes como personas individuales, y no podía entender por qué Arturo se preocupaba tanto por encontrar al suyo. El rey no podía concebir la idea de que un sirviente fuera un amigo, un confidente, que era exactamente en lo que Merlín se había convertido para él (solo lo admitiría bajo pena de muerte, pero eso no lo hacía menos cierto). La idea de dejarle atrás, abandonarle, reemplazarle, era completamente inconcebible. No lo haría, sin importar las consecuencias. Su padre podía tirarle a las mazmorras cuando volviera a Camelot, siempre que Merlín volviera con él.
Eso era todo lo que quería, que un solo hombre volviera a salvo. No era mucho pedir, ¿no?
Cuando sus pensamientos comenzaron a adoptar un tono más mórbido, decidió que había pasado demasiado tiempo pensando en sus pesadillas y todos los "y si…" que venían con ellas, así que intentó moverse otra vez y encontró a su cuerpo un poco más dispuesto a cooperar. Aún se sentía bastante rígido en algunos sitios, pero la mayor parte del dolor había desaparecido. Arturo se sentó antes de ponerse de pie cuidadosamente. Había estado sentado demasiado tiempo últimamente. Necesitaba moverse un poco, aunque fuera en círculos. No había mucho más que pudiera hacer, después de todo, ya había decidido que dar puñetazos a la pared sería contraproducente sin importar lo satisfactorio que pudiera parecer.
Sin embargo, al final caminar en círculos resulto ser bastante cansado, aunque mantuviera a su mente algo ocupada (contar los pasos había resultado una distracción para sus pensamientos agitados). Al final se encontró deslizándose por la pared del fondo para sentarse en el suelo una vez más, mirando al pasillo más allá de su celda. Tenía que ser ya bien entrada la mañana, lo que quería decir que probablemente fuera la hora del desayuno. Por supuesto, no había garantías de que le fueran a llevar ningún desayuno, pero esperaba que sí de todos modos.
Y por mucho que le doliera admitirlo, tenía más ganas de la conversación que acompañaría a la comida más que de esta. Estar solo, encerrado en una celda, le estaba volviendo loco. No tenía nada que hacer, lo cual hacía que acabara siempre pensando, y su mente no era un sitio en el que quisiera quedarse mucho tiempo. La pasada noche había sido prueba suficiente. Lo último que quería era pasar un día entero con nada aparte de sus pensamientos como compañía, así que cuando por fin escuchó el sonido de pisadas resonando por el pasillo, seguido por un suave chasquido y la puerta de su celda abriéndose, no pudo evitar que se le escapara un suspiro de alivio.
Arturo alzó la cabeza y miró al hombre que se había convertido en una vista agradable en tan corto espacio de tiempo, aunque hizo lo mejor por no dejar que su rostro mostrara lo contento que estaba de verle. No había razón para inflar su ego, después de todo.
— ¡Desayuno! —dijo Owyn alegremente, cruzando la celda después de cerrar la puerta tras él. En una mano tenía una jarra de agua y un vaso vacío, mientras que en la otra llevaba una bandeja con lo que parecía carne, queso y un par de rebanadas de pan—. Me temo que no es mucho, al menos no en comparación con lo que estarás acostumbrado.
El guardia lo puso todo en el suelo antes de llenar el vaso de agua, con una gran sonrisa en la cara mientras lo hacía. Parecía sinceramente contento por algún motivo a pesar de todo lo que había sucedido el día anterior. Debería haber parecido algo cansado o preocupado o cualquier cosa que no fuera tan ridículamente jovial, pero no. Parecía haber vuelto totalmente a su demasiado satisfecho yo. Sinceramente, Arturo no estaba seguro de por qué había llegado a esperarse ninguna otra cosa.
— ¿Qué? —preguntó Owyn, una vez más captando lo que pensaba el príncipe (algún día averiguaría cómo lo hacía).
— Pareces estar de buen humor —comentó mientras cogía una rebanada de pan de la bandeja.
— Por supuesto. Es un nuevo día, después de todo.
Por supuesto, murmuró para sí mismo con sarcasmo. Aparentemente Owyn también era ese tipo de persona, el irritantemente positivo. Al parecer, un amigable idiota como Merlín no era suficiente. De hecho, Merlín podría aprender un par de cosas de él a ese respecto, porque aunque el chico no fuera un pesimista, desde luego tenía sus momentos.
Arturo casi sonrió ante la idea, pero toda la alegría se desvaneció rápidamente cuando una vez más recordó que su sirviente no estaba allí. Contra su voluntad, su mente decidió dar vueltas a sus pesadillas una vez más, y al final se encontró preocupándose por algo que no había considerado antes. En retrospectiva, debería haberlo hecho.
Barragh pretendía pedir un rescate a su padre. Si el rey lo pagaba, lo más probable era que escoltaran a Arturo de vuelta a Camelot, y no había manera de que su padre le permitiera marcharse otra vez durante mucho tiempo, no a no ser que fuera necesario. A veces era un poco sobreprotector, y aunque era agradable saber que su padre se preocupaba por él, se encontró sintiéndose casi enfermo ante la idea, porque quería decir que su búsqueda terminaría y no habría manera de comenzar otra.
Si volvía a Camelot, probablemente nunca encontrara a Merlín.
De repente fue muy importante para él saber si su padre ya sabía de su situación.
Arturo intentó recomponerse y encontrar el modo de hacer la pregunta, pero en vez de eso simplemente decidió ir directo al tema, sin importar si Owyn veía más allá de sus palabras o no.
— ¿Sabes —comenzó, atrayendo la atención del guardia— cuando piensa Barragh avisar a mi padre?
— Me temo que no, aunque no creo que tarde mucho —la mirada que Owyn le dirigió le escudriñó, con un ceño confuso en el rostro. Arturo estaba a punto de considerarlo una victoria (la confusión no era algo que hubiera visto en él antes) cuando Owyn abrió la boca y dio en el clavo—. ¿Por qué tengo la sensación de que no quieres que lo haga?
Esta vez le tocó a Arturo fruncir el ceño.
— No es eso —insistió aunque una voz le susurraba que sí, que más o menos así era.
— ¿Entonces qué es?
Él intento, de veras, conseguir una explicación razonable, porque no quería darle la respuesta real. Eso implicaría contar demasiado de su historia, y Owyn aún era un desconocido para él. No iba a soltarle los detalles de su vida a alguien a quien apenas conocía. Al mismo tiempo, sin embargo, cualquier otra respuesta le resultaba ridícula y patética, y a pesar de la situación, aún era un príncipe, y por lo tanto le quedaba algo de dignidad que mantener. Extendió la mano para coger el vaso de agua y disfrazar (o por lo menos distraer) la ansiedad que probablemente el otro podía ver en su cara mientras pensaba qué decir.
Pero aparentemente no necesitaba dar una explicación, porque Owyn lo hizo por él.
— Estás avergonzado, ¿no? —dijo, haciendo que Arturo casi escupiera el agua.
— ¿Disculpa? —soltó él con indignación, pero el guardia pareció ignorarle mientras cruzaba los brazos y asentía con lo que parecía comprensión, aunque estaba bastante claro que simplemente se burlaba de él.
— Es comprensible, supongo. A mí también me avergonzaría si estuviera en tu situación. Imagino que es un golpe bastante duro a tu orgullo, que tu padre descubra que te derrotaron y capturaron unos mercenarios y ahora van a pedir un rescate por ti… ¿qué?
Arturo le miraba, luchando con el ansia repentina de tirarle el vaso para borrar aquella irritante expresión, una que parecía estar confusa por el enfado que se le echaba encima pero que en realidad se esforzaba por no sonreír.
— ¿Alguien te ha dicho que eres exasperante? —preguntó antes de estirarse hacia su desayuno (después de dejar el vaso, en caso de que no pudiera resistir el impulso de tirárselo).
— En realidad sí. Muchas veces.
Arturo bufó ante este mientras seguía comiendo, haciendo todo lo posible para ignorar aquel irritante intento de guardia. No funcionó.
— Pero siento curiosidad —dijo Owyn pensativamente, atrayendo la atención del príncipe—. ¿Cómo exactamente conseguiste que te capturaran?
Maldita sea. Otra pregunta que no quería contestar.
— Es decir, no puedo imaginarme a ninguno de los mercenarios de Barragh infiltrándose en el corazón de Camelot, mucho menos en el castillo, solo para secuestrarte.
Arturo estuvo seguro de que en alguna parte había un insulto escondido, pero decidió ignorarlo… por ahora, al menos.
— No estaba en Camelot. Estaba en una aldea cerca de la frontera.
— ¿Tú solo?
— Sí.
— ¿Por qué?
— Estaba… —se detuvo antes de decir nada más, cerrando la boca de golpe y evitando sus ojos. No podía contárselo. Sería fácil hacerlo, pero no podía, y no porque no pensara que Owyn no le fuera a entender. Había reglas, cosas que recordar si le hacían prisionero, y una de ellas era no decir nunca nada personal, nada importante, no darles nada que pudieran usar en tu contra. Por mucho que quisiera, no podía decirle la verdad, porque significaría admitir una debilidad, y la última noche le había mostrado vívidamente lo que tenía que perder.
Si Barragh decidiera de repente que quería información de él, lo más fácil sería usar a alguien en su contra (una parte de él intentó razonar que no tenía que preocuparse por eso, porque Merlín estaba desaparecido, pero eso no quería decir que no pudieran encontrarle de alguna manera, y Arturo nunca podría perdonarse si esa fuera la manera en que consiguiera reunirse con su amigo. No debía suceder así… no es que lo hubiera estado planeando ni nada. No era una chica, después de todo).
— No tienes que contármelo —dijo Owyn de repente, con tono serio y un poco triste, y Arturo se vio obligado a atender una vez más, sorprendido por el cambio en su comportamiento—. No si no quieres hacerlo. Probablemente debería haberte dicho esto antes, pero puede ser peligroso contar demasiado sobre ti mismo aquí. Barragh parece tener cierta inclinación por descubrir cosas y usarlas en tu contra, aunque… no deberías preocuparte por eso. Barragh no quiere sacar nada de ti, al menos no directamente.
Le ofreció a Arturo una pequeña sonrisa mientras el príncipe se limitaba a mirarle con curiosidad a medida que algunas piezas comenzaban a encajar en su lugar. El día anterior, cuando Owyn le había visitado por primera vez, el hombre había insinuado que la mayoría de los guardias no estaban allí por propia voluntad. Se había referido a ellos como prisioneros, solo con un poco más de libertad para moverse, lo cual no tenía mucho sentido a no ser que algo les retuviera allí, una razón tras su casi auto-impuesto aprisionamiento. Después de todo, la gente buena no servía a hombres malvados, no aunque se vieran forzados a hacerlo. Ciertamente no era la mejor forma de trabajo —su personal tenía más ganas de clavarte un puñal por la espalda que de ayudarte de verdad— pero había muchos que usaban métodos así, que confiaban en el miedo y las amenazas para lograr que la gente hiciera lo que ellos querían.
Por mucho que no fuera de su incumbencia, no podía evitar preguntarse qué tenían que perder si se enfrentaban a Barragh. De alguna manera tenía la sensación de que era más que amenazas a su propia vida. Con eso en mente, también se preguntó por qué el alegre hombre sentado a su lado no parecía tener ningún problema para actuar a espaldas de su carcelero cuando probablemente tuviera un coste para él si le descubrían. ¿Qué tenía que perder alguien como Owyn, y por qué le importaba tan poco arriesgarlo?
Bien, desde luego preguntar no haría daño. Después de todo, el guardia había estado indagando sobre su vida, así que él podía hacer lo mismo. Además, él no podía usarlo en su contra (ni tampoco quería).
Arturo forzó su expresión a volverse neutral antes de extender la mano hacia su plato casualmente, y tras echarse un pequeño cacho de carne en la boca, se recostó hacia atrás y preguntó:
— ¿Y entonces qué tiene sobre ti?
La mirada que le ganó esa pregunta se merecía totalmente haber fingido despreocupación al hacerla. La sorpresa sincera era otra expresión nueva, y le gustó no ser el desconcertado por una vez.
— ¿Cómo…? —comenzó Owyn, pero no hizo falta que continuara. Era fácil saber lo que estaba preguntando.
— Me dijiste antes que la mayoría sois prisioneros aquí —dijo, y como sintió que era necesario añadió—. Además, no puedo imaginarte trabajando para alguien como Barragh salvo que tuviera algún modo de obligarte.
Owyn pareció captar el cumplido y sonrió una vez más antes de suspirar con resignación y dejarse caer contra la pared.
— Supongo que tengo que darte algo de crédito. Eres más agudo de lo que pensaba.
…Bueno, ya se había acabado su pequeña victoria. Aparentemente el alegre guardia estaba bien versado en el arte de la burla. Tenía ya su automática respuesta de "cállate" en la punta de la lengua, pero se las arregló para no decir nada y fruncir el ceño en su lugar, mientras cogía algo más de su desayuno. Siguió mirando a Owyn, esperando a ver si el hombre respondía o no a su pregunta. El guardia estaba mirando al techo, con una mirada pensativa mientras se recostaba contra la pared con las manos tras la cabeza. Claramente estaba pensando en algo, y estaba bien. Arturo podía ser paciente cuando quería (o lo necesitaba). Más de una aburrida reunión con el consejo bajo la atenta vigilancia de su padre le habían enseñado bien (además, Arturo estaba seguro de que una persona debía tener la paciencia de un santo para aguantar a Merlín, lo cual obviamente quería decir que su paciencia debía estar al nivel de la de los dioses a esas alturas).
Cuando el príncipe se había comido la mitad de lo que había en su plato, Owyn por fin decidió dignarse a responderle… y no era la que se había esperado.
— Mi hacienda —dijo suavemente, evitando su mirada, fijando los ojos en las piedras del techo—. Barragh la controla. Se acercó a nuestro rey regateando con armas a cambio de tierras, así que ahora controla gran parte del reino, y la hacienda de mi familia es una de esas partes. No tengo hermanos, así que cuando mis padres murieron, heredé todo lo que tenían, y Barragh usó eso en mi contra. Amenazó con quitarme mi título y mis derechos, todo lo que mi familia había construido y por lo que había luchado, y al principio, eso me aterraba… pero cuanto más tiempo paso aquí, menos me importa. Empecé a preguntarme si realmente valía la pena, degradarme por mis riquezas y mis tierras, el "legado" de mi familia. La mayoría de la gente que trabaja para Barragh está aquí por el bien de sus familias y amigos, sus pueblos, su gente. Algunos incluso porque amenazó sus vidas directamente y tienen demasiado miedo a la muerte como para oponerse a él, pero la mayoría es por la gente a la que quieren. Mira a Rordan, por ejemplo, no le has conocido aún, creo, pero es un buen amigo mío, uno de los hombres más nobles que he conocido. Está casado con una mujer maravillosa, y tienen una niña preciosa… y Barragh ha amenazado con matarlas si no se comporta. Mi razón parece bastante patética en comparación —una sonrisa irónica apareció en su cara, seguida por un encogimiento de hombros mientras finalmente bajaba sus ojos del techo para mirar a Arturo—. Así que simplemente me dejó de importar. Decidí intentar ayudar a la gente, para variar, incluso si Barragh lo descubre algún día, aunque la verdad preferiría que no lo hiciera. Ahora mismo aún cree que puede controlarme amenazando mi título y mi propiedad. No necesito que encuentre algo más que usar en mi contra… o a alguien.
— ¿Alguien? —preguntó, por Owyn ya había admitido no tener familia que pudieran usar en su contra. ¿Quién le quedaba para que Barragh pudiera amenazarle?
Oh… claro. Acababa de decirlo, ¿no? Después de todo, la familia no es lo único que puede llevar a una persona a sacrificarse.
— Ese es el precio de la amabilidad. Cuanto más dejas que te importe más puedes perder, y más vulnerable te vuelves… pero creo que es mejor arriesgarse que no preocuparse en absoluto.
Arturo permaneció en silencio, intentando encontrar las palabras adecuadas, ¿pero qué podía decir ante algo así? Quizás en algún punto de su vida, habría discutido aquello, habría dicho que mostrar preocupación y amabilidad era una debilidad, que era innecesario, pero sabía que no era verdad, ni era realista, ni era un modo de vivir. Ni siquiera su padre era inmune a la irracionalidad que provocaba preocuparse por alguien.
Era fácil fingir, pretender sentir indiferencia, luchar y decir cosas cuando te estás condenando a ti mismo, pero era otra cosa totalmente distinta cuando tus acciones podían condenar a otro, a alguien querido, a un amigo. La compasión y la empatía eran la mayor debilidad… y aún así eran también la mayor fortaleza. Podían empujar a una persona más allá de sus límites, darle algo por lo que valía la pena luchar, que valía la pena proteger, y ganarse no solo confianza y respeto sino una lealtad inquebrantable. Era mucho mejor arriesgarse que permanecer aislado y solo, porque aunque muchos lo quisieran, nadie podía soportarlo de verdad.
Prefería ser el tipo de gobernante —el tipo de hombre— al que la gente siguiera y respetara porque se preocupaban por él. Quería lealtad ganada por la confianza, no el miedo.
Cuando alzó la vista del suelo de piedra, donde había permanecido mientras pensaba, miró a Owyn con completa comprensión y por primera vez sintió que conocía al otro hombre. Era mucho más sabio de lo que parecía (igual que cierto sirviente torpe, en realidad. Quizás por eso era tan fácil hablar con él. También explicaría la extraña sensación de familiaridad que había sentido la primera vez que habían hablado).
Mientras se perdía en sus pensamientos, no fue capaz de ver el reflejo divertido que cruzó los ojos del otro, así que le pilló con la guardia baja cuando Owyn volvió una vez más a su conversación a donde había comenzado, algo para lo que parecía tener talento.
— Entonces, ¿me cuentas qué hacías en una aldea cerca de la frontera tú solo? —preguntó con una sonrisa, sobresaltando al príncipe (maldito fuera)—. ¿Los príncipes no suelen tener a sus caballeros con ellos?
— No podía arriesgarme a traerlos —contestó él como si fuera obvio mientras comenzaba a coger comida otra vez, esperando que fuera suficiente para terminar aquella conversación. No lo fue.
— ¿Por qué?
Silencio, solo un momento de duda e incomodidad por su parte, y el guardia supo la respuesta.
— Te escapaste, ¿no?
— ¡No! —replicó él con indignación, y quizás un poco de petulancia—. Simplemente… le dije a mi padre que iba a cazar, y no podía arriesgarme a que se enterara de que no era verdad. Puedo dirigir a los caballeros, pero no les puedo ordenar que mientan a su rey.
— ¿Y qué estabas haciendo en realidad?
Arturo dudó otra vez, pero esta vez por un motivo totalmente distinto. Antes, cuando aún no habían hablado sobre Barragh y sus amenazas, había pensado en las consecuencias de contarle la verdad, y ahora sabía lo reales que esos temores podían llegar a ser. Sin embargo, de algún modo le debía algún tipo de explicación. El guardia le había confiado gran parte de sus pensamientos y motivos. Lo menos que Arturo podía hacer era ofrecerle algo de lo mismo. Además, sabía que lo que le dijera se quedaría entre ellos. Al menos a ese respecto, confiaba en él.
— Estaba buscando a alguien.
Tanto si Owyn se lo estaba esperando como si no, no pareció en absoluto sorprendido por la respuesta.
— ¿Alguien importante? —preguntó, curioso y tranquilo, y Arturo se encontró dudando otra vez, porque, bueno… era Merlín, y esa no era una palabra que asociara por lo general con insolentes y mentalmente desequilibrados sirvientes… o con sirvientes de ningún tipo, en realidad.
— No diría que sea importante…
— ¿Pero es importante para ti?
Se encontró abriendo inmediatamente la boca para negar tal cosa, pero las palabras se le atascaron en la garganta y se negaron a salir por mucho que él se esforzara en pronunciarlas. Era un acto reflejo por su parte, una necesidad de negar cualquier tipo de lazo emocional, pero si dejaba que esas palabras salieran no serían más que una mentira. No podía hacerlo. No podía, porque aunque Merlín era un sirviente, un campesino, él era importante, no porque fuera particularmente bueno sirviendo, que no lo era, sino porque importaba, porque era querido por mucha gente… y porque Arturo no podía aceptar la idea de volver a casa sin su único amigo a su lado.
— Sí —aceptó finalmente con una voz que no se habría escuchado de no haber tanto silencio en la celda. Solo esta vez diría la verdad. En realidad era agradable decirlo por una vez (aunque no tenía ninguna intención de decírselo a Merlín), y la extraña mirada de aceptación que recibió casi hizo que mereciera la pena tragarse su orgullo.
Casi.
Y además, razonó mientras se centraba otra vez en terminar su desayuno, no es que Merlín se vaya a enterar de todos modos.
