Disclaimer: Ningún personaje de Fulmetal Alchemist me pertenece.
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¡Hola a todos! ¿Cómo están? Espero que bien. Bueno, como siempre, espero que este nuevo capítulo les guste también. Y, por supuesto, quisiera agradecerles a todos/as los/las lectores de esta historia. ¡Gracias! Y, más aún, a todas esas personas amables que me hacen y me han hecho llegar sus opiniones a lo largo de la historia. ¡Muchísimas gracias, de verdad! Y me gustaría, si no es un abuso a su bondad, saber lo que les parece el capítulo y les sigue parciendo la historia.
Agradecimientos; especialmente a: Rukia Kurosaki-Chan (es que realmente son eso, amigos, ¿no es asi? =) Y también creo que la amistad de Riza y Rebecca es entretenida, aún cuando son las dos tan distintas =D), Sangito, Inma, HoneyHawkeye (quizá debería... u.u pero a este paso me voy a quedar seca... con las fiestas y todo no voy a poder pagarme siquiera un pan dulce o una sidra =P Pero gracias, de verdad, me hace feliz que consideres que escribo bien, o al menos lo suficiente para comentárselo a alguien más =D. Y me alegra que te esté gustando) Andyhaikufma (me alegra mucho que te guste. En cuanto a Isaac y Lucy, de hecho, los saqué del manga, durante la conversación codificada de ambos en la cafetería, Riza los menciona como sus viejos compañeros de academia y decidí usarlo =D Pero si, sospecho que Rebecca siempre fue asi. Y esa fue su forma de decirle que le importaba), laura-eli89 (si, Rebecca está obsesionada con la vida romántica de la gente y la suya propia, por eso es entretenida. Es como... normal y cotidiana, a pesar de estar en la milicia y todo eso. En realidad, no profundicé mucho en lo de Ishbal, dado que ya escribí un fic entero en la guerra y tiendo a volver mucho sobre ello, pero menciones y referencias al momento de quiebre de ambos no faltan) fandita-eromena, mariana garcia (leí tu review y dije, ¡siiiii, totalmente de acuerdo! El primer anime me dejó un sabor medio amargo en la boca, el final no me gustó y me pareció que se apartó demasiado de todo lo que era el principio. En el segundo, sin embargo, y cuando mostraron el trasfondo de ambos, me enamoré. Todo brotherhood me causó ese efecto. Por eso creo que me decidí finalmente a escribir de esta pareja y me alegra que lo veas así y lo disfrutes. Rebecca es indiscreta y lo seguirá siendo a lo largo del fic =P) Lucia991, inowe, Akamaruwolf323 (si, creo que Rebecca siempre fue su recurso para alejarse de toda la tensión y el trabajo en la milicia, y quería retratar esa breve amistad que se ve en el manga/anime más profundamente, me alegro que lo disfrutes. Y si, Roy tiene ese no se qué, llamémosles carisma, que hace que la gente quiera ayudarlo y seguirlo =D) y Arrimitiluki.
¡Gracias a todos/as! ¡Nos vemos y besitos!
Cosas que dejamos atrás
VII
"Un día largo, muy largo"
Pasó calma y distraídamente la mano por la lisa y completamente vacía superficie de caoba. Sintiendo bajo las yemas de sus dedos los nudos de la madera aquí y allá en el exacto lugar en que los recordaba. Todos allí, exactamente donde habían estado la última vez que había utilizado aquel escritorio, previo a su traslado a Central. Ahora estaba vacío, por otro lado, completamente desprovisto de papeles y artículos de oficina varios y daba la impresión de que fuera considerablemente más grande a cómo lo recordaba. No lo era, pero lo parecía. Quizá debiera mantenerlo organizado para recordarse a sí mismo el tamaño. No. A quien engañaba. Aún cuando se propusiera ser organizado, sabía perfectamente que en poco tiempo tendría tantas cosas encima, mal organizadas y desparramadas, que no encontraría la engrapadora o las carpetas o los broches para asegurar su papeleo. Sin mencionar los papeles importantes que posiblemente no encontraría entre todo el desastre que tendría. No era que no quisiera ser organizado, o siquiera no lo intentara, y tampoco era que fuera tan negligente como gran parte parecía creer, sino que tenía serios problemas de organización. Ergo, Hawkeye.
La mujer era terrible y condenadamente organizada, prolija, en todo lo que hacía. Tal y como la recordaba aún a sus catorce años, manteniendo todo en orden en su propia casa –aún cuando ésta se había estado cayendo a pedazos y no había habido real propósito en continuar pretendiendo que no lo hacía- y aún lo era. Pragmática, como no lo era ninguno de sus otros subordinados. De hecho, si tuviera que hablar de los escritorios de todos, diría que el de Breda estaba constantemente atestado de restos de comida y café derramado (que en ocasiones derramaba Havoc al pasar) y el de Havoc conservaba un cementerio de colillas de cigarrillos aún cuando ni siquiera fumaba en el interior de la oficina y un olor a ahumado que no complacía en absoluto. Fuery, por otro lado, era más prolijo, pero suponía que era inevitable la existencia ocasional de partes de radio (cuando no la radio entera) y otros artefactos sobre la superficie. Y Falman... bueno, Falman era lo más cercano a Hawkeye que había tenido, en términos de organización, pero ya no importaba realmente. Falman se había marchado al norte tres días atrás. Ah... Otro escritorio vacío...
Por esa razón, su asistente y teniente primera era una especie de salvación también, para él, su conducta desordenada, y el resto de sus subordinados que no eran necesariamente organizados tampoco. Y era la que mantenía todo en orden y organizado y la que mantenía las cosas en una pieza y funcionando también. Incluso excediendo sus propias responsabilidades para asegurarse de que todo estuviera como se suponía que debía estar, especialmente durante los períodos de observaciones e inspecciones, haciéndolo lucir bien frente a sus superiores. No, de no ser por ella, en ocasiones, Roy Mustang no sabía realmente qué sería de él. Qué sería de él sin ella manteniendo un ojo sobre él, concerniéndose por su salud y bienestar, asegurándose de que realizara su trabajo correctamente, manteniéndolo en línea, revisando papeleo por él (algo que él no pedía pero agradecía) y cubriendo su espalda. E incluso amonestándolo severamente cuando aquí y allá hacía algún comentario inapropiado o algún movimiento riesgoso. De hecho, si lo veía de esa forma, debía admitir que se sentía bastante inútil. De su 100%, 50 sino 60% era obra y resultado del trabajo impecable y sudor de Hawkeye. El otro 50, 40% era todo obra suya y resultado de sus propias habilidades. Aún así, debía mucho a la mujer de pie en la entrada de la habitación.
Enderezándose, dio una última ojeada a su oficina. Seguía como siempre, incluso en términos de decoración. Un revestimiento en las cuatro paredes, del suelo a la altura de un metro veinte, de madera verde oscura y lustrosa y el resto de las mismas pintadas de un pulcro blanco impecable y hasta el techo. El suelo, parqué, igualmente lustroso y de un tono caoba similar al de su escritorio. Y una gran ventana de espaldas al mismo. Del suelo hasta poco menos del techo. Con grandes paneles de vidrios y una cortina color violáceo viejo corrida a ambos lados del ventanal y cayendo pesadamente hasta meros centímetros del suelo. Además del único escritorio frente al ventanal y en la línea directa de la puerta, había también una mesita de café brillante de la misma madera del escritorio y ubicada perpendicular al mismo con una escasa distancia de un metro, metro y medio, y dos sofás enfrentados el uno frente al otro, con la mesita de por medio. Sofás en los que en el pasado se habían acomodado los Elric cuando habían ido a otorgarle algún que otro informe de sus misiones. Suspiró. Ahora los Elric estarían ya de regreso en Resembool, Alphonse con su cuerpo de vuelta y Edward sin capacidad de realizar alquimia, y dudaba seriamente que fuera a verlos pronto. Bueno, esos son dos problemas menos de mi espalda... Aún así, imaginaba que las cosas estarían demasiado silenciosas sin las ocasionales visitas de esos dos, y ciertamente habría menos acción con la que lidiar. O quizá estaba siendo melancólico y melodramático. O envejeciendo. Definitivamente estaba actuando como un viejo. Suponía también que los treinta años no venían solos...
Suspiró, de espaldas a la entrada —Parece más vacío, ¿no es así, teniente? —sin las visitas de los Elric, con Falman en el norte y sin las visitas ocasionales de Hughes definitivamente parecía así. Afuera de su oficina, donde se encontraban los escritorios vacíos de sus subordinados también, daba la misma sensación. Y, de hecho, generalmente prefería usar el escritorio extra de afuera al de su propia oficina. Un lugar tan espacioso y vacío lo hacía sentirse ligeramente solo, si bien le daba a su persona una sensación de importancia al tener su propia oficina. Por ende optaba en general, por permanecer en la misma habitación que el resto. Aún cuando tuviera que escuchar a Havoc quejarse constantemente.
Riza asintió, observándolo por un instante en silencio —Así es, coronel —aún de pie junto al marco de la puerta y cruzada de brazos.
Una sonrisa arrogante en el rostro —Supongo que ya no tendré que preocuparme por lidiar con los problemas que los Elric causaban allí a dónde fueran. Menos papeleo.
Suspiró, su expresión suavizándose. Seguro, su superior solía fastidiarse por tener que limpiar lo que los Elric (más concretamente Edward) solía dejar a su paso, especialmente realizar el papeleo concerniente. Y era también un hecho que Edward-kun y el coronel discutían fervorosamente cada vez que se encontraban en una misma habitación. Como un choque o una colisión y su superior no era particularmente más adulto que el pequeño alquimista en esos momentos. Y aún así, sabía que se había preocupado por ellos. Concernido por su bienestar y ayudado desde las sombras a encontrar la forma de recuperar sus cuerpos. Enviándolos en misiones donde oía rumores de la piedra filosofal y presentándoles a Shou Tucker, alquimista hilador de vida, y una gran cantidad de cosas más que había hecho pensando en la misión de ambos chicos y su prioridad. Por esa misma razón, había cometido errores de juicio bajo la premisa de amabilidad y de protegerlos, y no les había contado inicialmente de la muerte de Hughes, mintiéndoles al respecto. Así como había hecho creer a ambos que había asesinado a María Ross. Pero todo con las intenciones de liberarles el camino y el peso de los hombros para que pudieran llevar a delante su investigación.
Por esa razón, también, creía que su superior –aún cuando nunca fuera a admitirlo- había adquirido un cierto apego a ambos. Ella misma sabía que en cierto modo lo había hecho, y no eran los únicos. No lo eran de su equipo y no lo eran de un gran grupo de personas a quienes los Elric y su ambición y causa habían logrado llegar. Y por ende parecía lógico estar un poco melancólico por dejar atrás todo eso. Aún cuando todavía argumentara que Acero era y siempre había sido un mero dolor de cabeza burocrático.
De hecho, aún podía recordar el traqueteo de la carreta alejándose de la casa de los Elric y los Rockbell, aquella primera vez en que habían viajado hasta el pequeño pueblo de Resembool para intentar reclutar lo que habían creído eran dos alquimistas de 30 y 31 años y que habían resultado siendo dos niños de 10 y 11 años. Aún así, y a regañadientes, su superior había aceptado por sugerencia del hombre que llevaba las riendas de la carreta conocerlos de todas formas, sólo para encontrarse con un niño en sillas de rueda, al que le faltaban una pierna y un brazo, y un alma sujetada a un armadura. El precio de la alquimia y la transmutación humana. No obstante, su superior, por aquel entonces teniente coronel, había llevado a cabo la propuesta de enlistado de todas formas, para ligera sorpresa de ella. Razón por la cual se había visto compelida a cuestionarlo por sus motivos luego, cuando ya se habían encontrado viajando de regreso en la carreta y hacia la pequeña estación de trenes de Resembool.
Lo había observado por un instante, sentada frente a él al otro extremo de la carreta. Manos prolijamente depositadas sobre su regazo. Una sobre la otra. Y su corto cabello meciéndose a duras penas con la brisa, mechones desmechados dorados fluctuando a la altura de la nuca —¿Acaso es apropiado, teniente coronel? Después de todo, se trata sólo de niños. Y de unirse a la milicia, eventualmente tendrán que seguir órdenes con las que no acuerden —una pausa—. Tendrán que mancharse las manos. Eventualmente serán testigos del infierno.
Roy, releyendo el expediente, alzó la vista a su teniente segunda, ligeramente tomado desprevenido por la pregunta —¿Acaso no debí, teniente?
Negó suavemente, expresión seria —No dije eso. Simplemente me preguntaba qué lo motivó a hacerlo, señor.
Sonrió arrogantemente —Estoy seguro que el haber encontrado y reclutado a un alquimista joven tan habilidoso me proveerá algo de atención positiva, teniente. ¿No estás de acuerdo?
Suspiró, cerrando los ojos con calma. Lo conocía desde hacía demasiado tiempo. Seguro, su superior daba la impresión de ser una persona arrogante y egocéntrica que sólo se preocupaba por sí mismo y su ascensión de rangos y propios intereses. No obstante, Riza estaba completamente segura de que el teniente coronel no intentaría algo como reclutar meros niños –más aún con lo que ellos habían visto y vivido y realizado en Ishbal- por una razón de esa naturaleza. Aunque sabía que no era una completa mentira tampoco —Estoy segura que sí, teniente coronel. Aunque no parece algo propio de ti.
Roy enarcó una ceja y luego suspiró, inclinándose hacia delante con los codos en los muslos y las manos unidas palma con palma —Eso que había en la casa... —cerró los ojos. Hay algo que es tabú Roy, incluso en la alquimia. Eso es, la transmutación humana. Si pretendes ser mi discípulo, debes comprender eso absolutamente—. El círculo... recuerdo haberlo visto en un libro de la biblioteca de Hawkeye-sensei. La transmutación humana está prohibida, teniente, sin importar las razones. Esos chicos, ya vieron el infierno...
Sonrió con calma —Ya veo, señor.
Parpadeando, se enderezó, ligeramente desconcertado por la presencia de la suave y tenue curvatura de las comisuras de los labios de su teniente segunda —¿Qué es tan gracioso, teniente?
—No —negó suavemente—. Simplemente pensaba que ese chico Edward-kun me recuerda a alguien, teniente coronel.
Una vez más, enarcó una ceja. Casi ofendido —No veo como, teniente. Yo no intenté en ningún momento la transmutación humana. Ni lo hubiera intentado. Hawkeye-sensei dejó perfectamente en claro que estaba fuera de nuestros límites como alquimistas.
—Supongo que tiene razón, señor —sin embargo, la suave sonrisa no se desvaneció de sus habitualmente estoicas facciones. No era por ese motivo que lo había dicho, pero su superior no haría ninguna concesión al respecto mucho menos admitir nada de ello. Suspiró, su expresión tornándose seria una vez más—. ¿Vendrán con nosotros?
Roy se cruzó de brazos y sonrió arrogantemente, mirando el camino de regreso a la casa —Estoy seguro que sí.
—Suena confiado. Ese chico Edward parecía que nunca fuera a recuperarse. Sus ojos parecían agotados...
Aún sonriendo y observando la casa alejarse más y más, brazos firmemente cruzados delante de su pecho, replicó —¿De veras? Yo creo que sus ojos estaban ardiendo.
Negando para sí y sonriendo con calma, volvió a observar a su superior aún de pie en la oficina. Sólo que ahora se había volteado y permanecía observándola a ella, entrecejo fruncido —Si me permite preguntar, teniente. ¿Qué es tan entretenido?
Riza negó suavemente —No. Sólo me preguntaba si padece del síndrome del nido vacío, coronel, ahora que los Elric regresaron a Resembool.
Ante esto, Roy torció el gesto —Espero que no esté insinuando que los Elric serían como mis hijos, teniente. Porque de tenerlos claramente no serían como Acero, temperamentales y de mecha corta.
Cerrando los ojos con calma, asintió, aún con la tenue sonrisa en su habitualmente estoico rostro —Tiene razón, coronel, mis disculpas. Usted no es temperamental en absoluto —sarcasmo claramente audible en sus palabras. Por no añadir melodramático en ocasiones a la lista.
—Resiento eso, teniente. Además, necesitaría una mujer rubia para tener hijos con el color de cabello de los Elric —sonrió arrogante—. ¿Alguna idea?
Exhaló, ahora ligeramente molesta —Por favor, absténgase de decir tonterías, coronel.
Roy continuó luciendo presuntuoso, manos en los bolsillos mientras pasaba junto a ella y hacia la salida de su oficina personal hasta quedar en la oficina del resto de sus subordinados, que aún no habían arribado —Usted empezó esto, teniente. Hágase responsable por sus hijos.
Riza frunció el entrecejo —No tengo hijos, coronel. Y apreciaría que deje de hacer comentarios inapropiados.
Él fingió sentirse herido por su respuesta, aunque la sonrisa arrogante continuaba perfectamente plasmada en su rostro al hablar —Me hiere, teniente. Estoy seguro que nuestros hijos se sentirían de igual forma sabiendo que los rechazó de esa forma.
Una vez más, espiró armándose de paciencia. Claramente desaprobando la infantil conducta de su superior, sin mencionar los comentarios inapropiados que había logrado deslizar astuta y manipuladoramente en medio de la conversación —Como afirmé, coronel. No tenemos hijos. Así que por favor absténgase de continuar con esta tontería. Los tenientes segundos Havoc y Breda y el sargento mayor Fuery podrían arribar en cualquier momento.
Su superior claramente estaba disfrutando aquello. Presionando sus botones —¿Y se avergüenza de nuestros hijos, teniente? Admito que Acero no es un premio pero Alphonse resultó bastante bien, considerando el hermano mayor que tiene.
—Coronel —le advirtió, severa. De todas las personas en el mundo, Roy Mustang era una de las dos personas que únicamente podía presionar sus botones de esa forma. La otra, claramente, era Rebecca Catalina. Y en ocasiones, ocasiones como aquellas, se cuestionaba sobre sus motivaciones para relacionarse con personas como esas en primer lugar. Personas que parecían deliberadamente tomar placer particular en tocar sus nervios más sensibles. Rebecca con la temática del matrimonio y los hombres y su relación inusual con el coronel, y su superior... con todas las restantes que pudiera echar mano para fastidiarla. Y aún cuando sabía las razones por las que se había asociado al coronel en primer lugar, y decidido seguirlo, y aún cuando sabía por qué había permitido a Rebecca acercarse lo suficiente al punto de convertirse en su amiga, había ocasiones en que se cuestionaba sobre ello.
Por supuesto, la sonrisa de su superior no desapareció. Aún así, Riza agradeció el cese de comentarios inapropiados —Entiendo. Entiendo. No más comentarios de esa naturaleza, teniente.
Asintió secamente —Lo apreciaría mucho, coronel. Gracias.
En ese instante, el resto de los hombres ingresaron a la oficina. Breda con la misma expresión aburrida de siempre, Havoc con las muletas y un cigarrillo sin encender en la boca y Fuery tras el rubio teniente segundo, acomodándose las gafas sobre el puente de la nariz. Al verlos, el más joven del equipo se detuvo en seco —Ah... Buenos días, coronel. Teniente primera.
Breda asintió y Havoc alzó una mano perezosamente de la muleta derecha —¡Oy! —a modo de saludo.
Roy enarcó una ceja, sus propias manos aún en los bolsillos y su teniente primera todavía de pie delante de él —¿Esa es la forma de saludar a tu superior, Havoc?
—Dame un respiro, ¿quieres? Recién acabo de regresar —se quejó, rascando su nuca.
Riza asintió con calma, expresión neutral en el rostro salvo por la ligera curvatura de sus labios. A duras penas allí —Es bueno tenerlo de regreso, teniente Havoc.
Roy permaneció observando a su subordinado por un segundo, entrecejo fruncido —Y veo que no regresaste solo, Havoc. Hay algo adherido a tu mentón.
Breda sonrió, oyendo a su superior comentar finalmente sobre la pequeña chivita rubia que Havoc se había dejado. Claramente había contado con que el coronel dijera algo al respecto, él mismo se había tomado su deliberado tiempo para fastidiarlo respecto a la decisión de conservarla —Te lo dije —añadió, absteniéndose de señalar la parte donde había afirmado que lucía a vello púbico. La teniente primera ciertamente no estaría complacida con el comentario y era demasiado inteligente –aún en contra de no parecerlo- para decir algo de ese estilo en voz alta y fastidiar a la única miembro femenina del equipo de Mustang. Al menos se había afeitado la sombra de bigote que había comenzado a crecerle de estar en aquella condenada silla de ruedas, en el campo, trabajando en la tienda de sus padres.
—¡Cierra la boca!
Hawkeye exhaló pacientemente y se movió del punto en que había permanecido hasta el momento, de pie junto a su superior, para comenzar a organizar los documentos que les habían sido entregados ese día, mientras la conversación continuaba sin ella, evidentemente. Y mientras se encargaba de realizar algo a diferencia de sus camaradas.
—Umm... teniente Havoc, ¿hay algún motivo especial? —inquirió Fuery. Después de todo, el teniente segundo constantemente estaba quejándose de conseguir una novia que pudiera conservar, y que no lo dejara por el coronel, y quizá esa podía ser una de las razones para el súbito cambio de aspecto de Havoc.
Breda rió —¿Cómo una novia? Lo dudo.
Havoc tensó la boca en una línea, su expresión claramente de fastidio. Sin mencionar que su ceja comenzaba a hacer ese tic inusual que hacía cuando se frustraba. Y quizá estaba apretando el cigarrillo entre sus labios con más fuerza de la necesaria —Como si tu pudieras hablar —masculló.
Roy sonrió arrogantemente —Dudo seriamente que eso solucione tu problema con las mujeres, Havoc.
Havoc se abstuvo de replicar que era él su "problema con las mujeres" dado que estas continuaban dejándolo una vez que ponían sus ojos sobre el coronel. Así fuera por una sola vez.
Riza suspiró con paciencia —Estoy segura que aunque resulte interesante debatir sobre el cambio de apariencia del teniente segundo Havoc, coronel. No es el lugar ni el momento apropiado para hacerlo —voz cargada de afilado sarcasmo.
Mustang se volteó a su teniente primera —¿Usted que piensa, teniente? Estoy seguro que podríamos usar la perspectiva de una mujer.
Cerró los ojos con calma, aún de espaldas a todos y organizando el trabajo, y replicó —No veo como mi opinión sea relevante aquí, coronel —dando controlados golpecitos a los bordes de la tanda de papeles sobre la superficie del escritorio para acomodarlos prolijamente—. Además, y si mal no recuerda, yo no pertenezco a la población del género femenino por lo que no creo ser capaz de proveer una respuesta.
Todos los ojos, previos en Hawkeye, viajaron a Mustang. El cual ignoró las miradas de sus subordinados deliberadamente —Ah... No me perdonará esa nunca, ¿verdad, teniente? —a sus espaldas, oyó a Havoc reír por lo bajo. A veces realmente pensaba que necesitaba conseguirse más leales subordinados.
—Permítame recordarle que afirmó que no comprendo a las mujeres, coronel —voz seca mientras continuaba con su tarea.
—Eso es idiota, jefe. Incluso para ti.
Roy alzó la mano, dedos listos para ser chasqueados —No me hagas quemarte esa alimaña de tu mentón con mis propias manos, Havoc —y luego se volvió a Riza—. Y en mi defensa, teniente. Aún estaba bajo los efectos de esa medicina que me hicieron beber. Además, no respondió.
Suspiró, sabiendo que la infructífera conversación para la milicia sobre la barba de Havoc no culminaría hasta que proveyera una respuesta sobre el tema. Una vez más, todos estaban atentos a ella. Y siendo sincera, no se sentía en absoluto cómoda –ni creía que fuera apropiado- compartir sus preferencias en términos del sexo opuesto con sus compañeros. Pero éstos difícilmente sabían separar conversaciones personales de un ambiente de trabajo —Prolijamente afeitado, coronel. Si deben saber. Ahora por favor comiencen a trabajar, o de lo contrario tendremos que permanecer después de hora.
Roy sonrió arrogantemente. Por supuesto. Hawkeye prefería todo prolijo y bien cuidado. Ordenado y organizado y todo perfectamente mantenido con esmero. No era realmente una sorpresa su respuesta —¿Ves Havoc?, incluso Hawkeye piensa que debería incinerar ese arbusto con mis propias manos.
Riza negó para sí —No afirmé tal cosa, coronel. Y por favor no intente nada de esa naturaleza —y, sin decir más, se volteó y le colocó en el rostro a su superior los papeles que le correspondían—. Después de todo, tiene trabajo que hacer, y esos son requeridos para el día de hoy.
—¿Todos estos? —bufó, tomando la cantidad de la mano de su teniente.
—Así es, señor. El resto están en los escritorios de los tenientes segundos Breda, Havoc, el sargento mayor Fuery y el mío.
Bufando, tomó los papeles y se marchó a su oficina, cerrando la puerta tras de sí con un poco más fuerza de la necesaria. Exhalando pacientemente, Hawkeye observó la puerta y negó para si. No era realmente una sorpresa que su superior odiaba el trabajo burocrático. Aún así, era parte de sus obligaciones y de su camino a la cima. Y era algo que debía hacer si quería mantener su rango y, más aún, continuar ascendiendo. Después de todo, el rendimiento de un soldado se medía en términos de cuán útil era para la milicia. Y no sólo en situaciones de guerra o particulares, sino también en el desempeño día a día. En la realización de tareas administrativas.
Por su parte, dio media vuelta y tomó su respectivo lugar en su escritorio. La oficina exterior, a diferencia de la de su superior, contaba con varias ventanas más pequeñas. Y en vez de varios escritorios individuales, con una gran mesa lustrosa de caoba con tres sillas de un lado y tres del otro y separadas las unas de las otras con una serie de cajones, marcando el inicio y el fin de cada escritorio. Su silla, en el extremo más próximo al único escritorio individual que solía ocupar su superior cuando optaba por trabajar allí en vez de su oficina, se encontraba enfrentada al lugar que solía ocupar el teniente segundo Breda. Y, por supuesto, junto a Breda estaba Havoc. No obstante, Fuery solía ocupar su lugar junto a Havoc, y en la silla junto a ella solía sentarse Falman. Y dado que ahora esa silla estaba libre, y las otras dos restantes también, el joven sargento mayor decidió cambiar de lugar. No tenía sentido realmente el explayarse tanto en una oficina tan vacía, después de todo, y eso les permitía trabajar más eficientemente.
Sin alzar la mirada de su propio trabajo, tomó unos papeles y los pasó por encima del escritorio al hombre delante suyo —Estos son para usted, teniente Breda.
El pelirrojo, igualmente sin alzar la mirada, los aceptó y depositó desprolijamente junto al resto de los suyos, sin siquiera mirarlos. Los cuatro trabajando dedicadamente por más de una hora. No obstante, sus ojos continuaban deslizándose a la puerta cerrada de la oficina de su superior y no podía evitar seguir preguntándose si de hecho estaría realizando algo de su propio trabajo o simplemente procrastinando como era su costumbre. Havoc al parecer notó esto porque dijo —Seguro que el jefe está consiguiéndose una cita.
Breda asintió —O hablando por teléfono con una mujer.
Havoc hizo igualmente un gesto afirmativo con la cabeza, leyendo aburrido un papel y balanceando el cigarrillo apagado entre sus labios —Como si el coronel fuera a perder tiempo ahora que salió del hospital —Fuery asintió también, abocándose a su trabajo.
Exhalando pacientemente, volvió la vista a su propio trabajo, decidiendo darle el beneficio de la duda a su superior. Seguro, el coronel podía ser considerablemente negligente con su trabajo y demás obligaciones en la oficina. Y si, su ética de trabajo era pobre y tendía a dejar las cosas para después cada vez que tenía la posibilidad. No obstante, y más allá de las apariencias, su superior era realmente un comandante capaz y competente. Dedicado plenamente a su ambición de continuar subiendo en la jerarquía militar hasta convertirse en Fuhrer y Hawkeye estaba convencida de que el coronel no haría nada para comprometer ese objetivo. Aún cuando sí había usado la línea militar en el pasado para concertar citas o conversar con mujeres. Aún entonces.
Suspirando por segunda vez, larga y tendidamente, alzó su mano y cubrió con esta el pequeño vendaje de gasas a duras penas visible debajo del cuello de su chaqueta militar. Los puntos aún permanecían allí, hasta que fueran removidos, manteniendo la herida cerrada firmemente y evitando que volviera a abrirse de una forma u otra. No dolía, no necesariamente ya, pero los puntos parecían algo un poco más tirantes de lo deseado y cuando ladeaba su cabeza podía sentir los hilos jalando la piel de su garganta. Manteniéndola unida de forma forzosa. Sin mencionar la herida de su hombro allí donde Envy la había herido. De todas formas, podía tolerarlo. Las incomodidades, el dolor inclusive, dado que no era la primera vez que era herida y no sería la última tampoco. No estando en la milicia.
Fuery, al parecer, se percató de su gesto —¿Teniente, le duele? —Havoc y Breda también alzaron la mirada tras oír las palabras del sargento mayor.
Riza negó con calma y descendió la mano con suavidad. Su expresión seria —No. Estoy perfectamente bien, sargento. Los puntos sólo se encuentran algo tirantes, eso es todo —no veía sentido en preocupar al resto de sus subordinados también. Realmente no era nada, al menos no lo era más. Y no tenía sentido que los tenientes segundos Havoc y Breda y el sargento mayor Fuery se preocupan por ella, no cuando debían tener problemas por su cuenta con que lidiar y trabajo que hacer y realmente ya no era nada que debiera preocupar a nadie. Aún así, tenía que desinfectar la herida constantemente y atenderla con cuidado. Cuidando de no soltar las suturas y cerciorándose de que el área no adquiriera un color inusual o no comenzara a causarle dolor o ardor alrededor de la misma. Y ya era nuevamente la hora de cambiar la gasa que cubría la herida una vez más.
Abriendo el cajón, tomó los instrumentos necesarios y los introdujo en el bolsillo de su pantalón azul militar, poniéndose de pie y caminando hasta la puerta aún cerrada de la oficina de su superior, la cual golpeó calmamente con el dorso del puño. Era protocolo adecuado solicitar permiso de su superior para ausentarse, y aún cuando sabía que el coronel no objetaría a que se ausentara por unos minutos para tratar su herida, Riza se rehusaba a pasar por encima de su autoridad y marcharse sin al menos anunciar que lo hacía o solicitar permiso para hacerlo. No obstante, nadie estaba respondiendo desde el interior. Aún así, golpeó firme y certeramente una vez más, erguida y de pie frente a la puerta, aguardando nuevamente una respuesta. Cuando ésta no llegó, decidió tomarse el atrevimiento de ingresar sin permiso otorgado.
Abriendo calmamente la puerta a duras penas, inspeccionó el interior. Sólo para notar a su superior sentado como era esperable detrás de su escritorio, en su silla de cuero giratoria, con los brazos lánguidamente apoyados en los apoyabrazos y la cabeza tirada ligeramente hacia atrás. Ojos cerrados y labios a duras penas entreabiertos. Con voz controlada, intentó llamarlo —¿Coronel? —nada.
Por lo que dio un paso más a el interior, dejando la puerta entreabierta tras de sí. Sus ojos caoba, por un instante, escanearon la superficie del inusualmente acomodado escritorio. Todo estaba allí, los papeles que ella le había otorgado, apilados prolijamente y ordenados y, más aún, leídos y firmados como era esperable de un hombre de su posición. Viéndolo una vez más, suspiró, expresión suavizándose —Coronel… —intentó, casi en un susurro. Parándose junto a su escritorio. Debe haber estado realmente cansado. Pensó, extendiendo una mano con cautela. No obstante, antes de alcanzar el hombro que era a lo que Hawkeye había atinado, la mano de él la sujetó firmemente por la muñeca, deteniendo la acción en seco.
Sus ojos negros se abrieron. Pero Hawkeye no se inmutó. No realmente, ni siquiera se sorprendió por lo súbito y brusco de su acción o el hecho de que sus dedos se estaban cerrando con más fuerza de la necesaria alrededor de su delgada muñeca. Al percatarse de este hecho, no obstante, Roy la dejó ir; enderezándose y cubriéndose el rostro con la misma mano que la había sujetado —Ah… Lo lamento. No estuve durmiendo mucho últimamente.
Pero ella sólo negó con calma. No había necesidad de disculparse. Ellos eran soldados, entrenados y disciplinados para reaccionar rápida y efectivamente, y más aún eran veteranos de la guerra de Ishbal y ella sabía perfectamente lo que una guerra como aquella había generado en los patrones de sueño de muchos soldados. Y como él, ella tampoco dormía mucho por las noches, y cuando lo hacía soñaba con polvo de arena y sangre derramada, por ende parecía únicamente lógico —¿Por qué no va a descansar si se encuentra demasiado cansado?
Se volvió a recostar contra el respaldar, mano aún en el rostro —Quería terminar estos papeles antes de que concluyera el día.
Una sonrisa calma apareció en sus facciones, observando por un instante la pila prolijamente acomodada en uno de los rincones del escritorio, junto al teléfono —Supongo que eso significa que sus subordinados estaban equivocados, coronel.
Enarcó una ceja, apartándose finalmente la palma del rostro y dejándola caer con cansancio en el apoyabrazos —¿Qué estuvieron especulando esta vez?
—Que estaba realizando una llamada personal con la línea de la milicia, coronel. Y que estaba concertando una cita.
Roy sonrió arrogantemente —¿Y vino a cerciorarse de que no lo hiciera, teniente?
Exhaló —No, coronel. No es asunto mío con quien sale, aunque recuerde por favor no usar la línea de la milicia para dichos fines —se llevó la mano a la frente, resintiendo la puntada de dolor en su hombro izquierdo—. Solicito permiso para retirarme a reemplazar mis vendajes, señor.
Los ojos negros de él se clavaron por un instante en su garganta, y suspiró —Cierre la puerta, teniente.
Riza frunció el entrecejo —¿Coronel? —pero al ver que su superior hablaba en serio, expresión circunspecta y cansada, asintió y obedeció. Caminando hasta la puerta y cerrando la misma ante la mirada curiosa de sus tres subordinados. Suspiró. Sus párpados cerrándose pesadamente. Su espalda al escritorio de su superior. Aquello no era del todo inusual, sin embargo, no parecía apropiado tampoco, para los estándares de la milicia. No parecía conveniente y podía dar la idea equivocada.
Al voltearse, no obstante, se sobresaltó ligeramente de chocar prácticamente con su superior, el cual se había puesto de pie, bordeado su escritorio y caminado hasta allí de forma calma, casi sigilosa. Tomándola algo desprevenida y forzándola a preguntarse dónde había quedado su entrenamiento militar que no había sido capaz de oírlo o percibirlo acercarse. Desgraciadamente, sus defensas herméticas parecían descender levemente en lo referente a su superior, aunque no del todo. O quizá estaba demasiado acostumbrada a tenerlo en su rango inmediato de alcance. Al punto de haberse habituado a tenerlo cerca. No obstante, no había nada de habitual o apropiado en la cercanía de su superior. Y ella siempre se forzaba deliberadamente a mantener sus distancias.
Se tensó, dando un paso atrás y chocando con la puerta —Coronel —le advirtió, aquello no era una buena idea.
Roy enarcó una ceja, humor en su voz, aún cuando la sonrisa arrogante no estaba en toda su plenitud —¿No confía en su autocontrol, teniente?
Riza bufó, expresión molesta —Estoy segura que soy perfectamente capaz de no abalanzarme sobre sus huesos, coronel. No obstante, dudo seriamente que sus subordinados piensen bien de esto —lo amonestó, severa, refiriéndose a la puerta cerrada contra la espalda de ella.
Roy suspiró larga y tendidamente —Sin ánimos de ofender, teniente. Breda ya cree que lo hacemos 24/7. Y estoy completamente seguro que apostó con Havoc al respecto. Dudo sinceramente que algo cambie su percepción de las cosas. Incluso Fuery debe pensarlo.
Claramente su teniente primera no parecía más complacida o tranquila tras su aseveración. No que hubiera contado con ello, pero ciertamente no había esperado que su expresión severa se incrementara aún más. Menos aún había esperado esa ligera expresión de... ¿indignación?... en su rostro —Aún así, coronel. No creo que deba alimentar teorías falsas entre sus propios hombres. Y apreciaría que no lo haga tampoco, dado que si mal no recuerda yo también trabajo con ellos.
—¿Te incomoda? —enarcó una ceja, sonrisa arrogante en el rostro—. No creí que mi estoica teniente primera capaz de mantener la calma en cualquier situación fuera intimidada por un grupo de hombres curiosos.
—No lo hace, coronel —retrucó, voz tajante—. No obstante, demora la realización apropiada del trabajo y ciertamente no es satisfactorio tener a tres hombres observándome inquisitivamente —cuatro, cuando el suboficial Falman había estado allí también— y cuestionándose mi ética moral, ó vida privada —ya tenía suficiente con las constantes insinuaciones de Rebecca.
—Su ética moral es impecable, teniente. Y estoy seguro que mis subordinados saben perfectamente eso, aún si creen que nos acostamos periódicamente.
Le dedicó una mirada reprobatoria —No es gracioso, coronel.
La sonrisa arrogante desapareció de su rostro —No dije que lo fuera, teniente —una pausa, alzando su mano hasta posicionar suavemente las yemas de sus dedos sobre las gasas de la garganta de ella—. Hablaba en serio —con sumo cuidado, removió la pequeña venda, observando la fea cicatriz devolviéndole la mirada. La forma en que su piel permanecía meramente unida por una costura negra que arruinaba y mancillaba su perfectamente lisa pálida piel. Su obra. Aún si fuera indirecta.
Ella alzó la vista al rostro de él, tensándose ante la proximidad de ambos —Coronel, por favor —susurró. No podía lidiar con aquello. No entonces. No cuando debían volver a retomar distancias para permanecer en la milicia. Había sido a penas aceptable, en el hospital, cuando habían creído que él debería retirarse a causa de su ceguera. Permitirse, consentirse, acercarse a duras penas a las líneas. Pero incluso entonces no había sido aceptable desdibujarlas, quebrarlas, cruzarlas. Y ahora, ahora debían volver a trazar líneas incluso más alejadas y mantener las distancias y las apariencias por el bien del objetivo de ella de protegerlo, la ambición de él de alcanzar la cima y la necesidad de ambos de permanecer en la milicia para lograr aquello por lo que tanto habían trabajado. Y ahora, más que nunca, era inaceptable algo así. Algo que nunca había existido, por otro lado. Ellos no eran nada.
—Lamento causarte tantos inconvenientes —masculló, deslizando su mano al interior del bolsillo de ella y retrayendo los elementos necesarios para desinfectar la herida. Cuidando, en todo momento, de no resultar inapropiado al hacerlo. No más de lo que ya parecía todo aquello, al menos.
Tomando asiento en uno de los sofás, con los hombros ligeramente encorvados, tomó algo de gasa nueva y la mojó en el agua oxigenada que su teniente primera había tenido consigo, dedicándole una mirada a su subordinada, la cual continuaba de pie en la puerta. Al ver esto, frunció el entrecejo —Puedo comportarme, teniente. No haré nada inapropiado.
Riza negó con la cabeza —Estoy segura que sí, coronel. Aún así, no creo que esto sea adecuado tampoco.
—No veo cómo atender la herida de uno de mis subordinados sea inadecuado, teniente. Más aún considerando que tienes esa herida por mi negligencia, en primer lugar.
Ante esto, torció el gesto, caminó hasta el sofá y tomó asiento junto a su superior, de frente a éste, y con los brazos cruzados —Apreciaría que dejara de decir eso, coronel. Yo misma sabía en qué me estaba involucrando cuando acepté seguirte.
Roy alzó la mano y apartó cuidadosamente el cuello de la chaqueta, y el cuello de la remera marrón oscura cuello de tortuga bajo ésta, mientras con la otra sostenía la gasa humedecida. Ojos negros clavados en la herida. Claramente sería más fácil si ella se removiera la chaqueta y la remera pero dadas las circunstancias realmente no creía que su teniente primera fuera a estar siquiera complacida con la sugerencia, menos aún aceptarla. Aún cuando fuera todo por cuestiones de practicidad. Por supuesto —Aún así...
Suspiró, alzando la mano un instante y deteniendo la de él antes de que el objeto hiciera contacto con su suturada herida —Estoy bien, coronel. Así como lo está usted. Creo que eso es más que suficiente.
Resintiendo el ver los dedos de ella desenroscarse suavemente de su muñeca, sonrió satisfecho, colocando con sumo cuidado la gasa finalmente sobre la herida y comenzando a limpiarla —Esto me trae recuerdos, teniente. ¿No crees?
Riza suspiró, sintiendo la sensación de ardor con cada contacto del pequeño objeto empapado con su piel —No veo como, coronel. No recuerdo que una situación así se haya repetido en el pasado.
—Bueno, no era un alquimista particularmente diestro en aquel entonces, teniente —concedió—. Y no lo hizo, fue al revés.
Una pequeña sonrisa se dibujó en los labios de Riza, casi imperceptible, mientras ladeaba la cabeza al costado para permitirle mejor acceso a la herida. El ardor regresando con cada contacto —Tiene razón, coronel. No lo era.
Por supuesto, y como todos los días, el discípulo de su padre había permanecido toda la tarde –y desde que ella había regresado de la escuela- en el patio delantero de su casa, donde lo había hallado al regresar, practicando alquimia. Una y otra vez, trazando círculos más y más complejos y trasmutando todo aquello que tuviera a su alcance. Ella, como era su costumbre, había simplemente ingresado a la casa, sin más que una breve mirada al aprendiz de alquimia de Berthold Hawkeye y había comenzado con sus propios deberes. No obstante, no podía evitar observar de vez en cuando –mientras permanecía en la cocina limpiando la vajilla sucia que continuaba acumulándose- y de reojo, por la ventana, al joven alquimista trabajar. Siendo honesta consigo misma, la alquimia nunca había sido un punto de interés para ella (razón por la cual su padre había decidido tomar un discípulo, seguramente) y seguía sin serlo. Pero había algo en el chico, algo en el joven Roy Mustang, que lo hacía lucir todo como si fuera un mero juego de niños, completamente fácil. Parecía diestro y su padre mismo había afirmado que tenía habilidades ligeramente por encima de la norma. No, no era un alquimista ordinario, había dicho, aunque no a su discípulo, por supuesto, pero ella lo había oído murmurar por lo bajo con admiración cuando Mustang le mostraba sus avances y sabía que su padre estaba complacido con este progreso.
Roy Mustang era todo lo que su padre había querido y necesitado. No ella. Y aún así, Riza misma admitía que se sentía ligeramente sorprendida por la persistencia del muchacho. Era... inusual, cuanto menos. Pasando todo el día bajo el sol practicando su alquimia y todas sus mañanas con la cabeza enterrada en algún libro de la misma y escuchando las noticias en los conflictos bélicos de Amestris por radio. Eso era sin tomar en consideración que el clima de la región del Este del país, donde se encontraban ellos, y por su cercanía al desierto era particularmente cálida, por no decir calurosa. Más aún en un pequeño pueblo como lo era aquel. Pero él no parecía quejarse demasiado, no cuando su padre estaba cerca al menos –había notado-, aún habiendo estado acostumbrado a la ciudad y aceptaba de buena las condiciones para llevar a cabo su entrenamiento.
Parecía... decidido, a lograr lo que fuera que tuviera en mente. Y parecía tener algo en mente, eso era seguro. Riza podía verlo en sus ojos, negros y penetrantes, cuando observaba con satisfacción el resultado de su entrenamiento. Determinados. Flameando con decisión. Sin importar el esfuerzo que le hubiera requerido alcanzar dicho resultado. Y de hecho así podía verlo en ese preciso instante. Acuclillado en la tierra, trazando con una rama un círculo complejo alrededor de un pequeño grupo de piedras apiladas, y sumamente concentrado. Sin importarle su antes impecable imagen, o que su pantalón negro se llenara de tierra o que su camisa blanca arremangada hasta los codos se ensuciara tampoco. Así como no parecía darle importancia alguna a las gotas de sudor corriéndole por la nuca –pegándole los despuntados cabellos azabaches a la piel- y hacia abajo, hasta desaparecer bajo el cuello de la prenda. O el sudor en sus brazos, o en su frente y a los lados del rostro, adhiriéndole también el flequillo a la misma.
Riza no sabía cuánto llevaba allí pero a juzgar por el tono que comenzaba a adquirir su piel, ligeramente más tostado, debía ser casi toda la tarde. Suspiró, aquello no podía ser sano. Así como tampoco parecía apropiado de su parte el llevar observándolo tanto tiempo y menos aún percatarse de detalles tan específicos como aquellos. No podía amonestarse demasiado severamente a sí misma tampoco, no era como si tuviera demasiado más que hacer estando en su solitaria y gran casa, salvo abocarse a sus tareas y ser de alguna utilidad a su padre o su discípulo. Y en ocasiones se encontraba distrayéndose a sí misma mientras lo observaba trabajar con absoluta dedicación. Quizá un poco más de lo necesariamente esperable. Volvió a suspirar, observando el plato sucio entre sus manos y bajo el chorro de agua fresca. Su padre probablemente agradecería un vaso de agua, considerando el calor particular que hacía ese día y que llevaba todo el día (como siempre) encerrado en su estudio, y quizá a su discípulo también le vendría bien uno, para poder continuar su entrenamiento sin tener necesidad de hacer una pausa, racionalizó. Todo fuera por efectivizar y racionar más apropiadamente el tiempo para hacer mejor uso de éste.
Su hilo de pensamiento llegó a un alto tras oír una inusual exclamación proveniente desde el exterior —¡Maldición! —sus manos, que habían permanecido hasta el momento frotando diligentemente la vajilla, se detuvieron en seco también.
No era que un insulto la horrorizara, porque claramente no lo hacía. Riza Hawkeye podía ser joven y tener escaso contacto con las personas del pueblo y su propio padre pero no era necesariamente ingenua en ese sentido. No plenamente. No obstante, no creía recordar haberlo oído maldecir previamente y eso era lo ligeramente desconcertante de la situación. No porque no creyera que Roy Mustang, discípulo de Berthold Hawkeye, maldijera tampoco, sino porque el joven muchacho siempre había parecido bastante correcto, bastante adulto, incluso para su edad. Actuando como si fuera un hombre, hecho y derecho, en vez de un adolescente intentando usar zapatos demasiado grandes para llenar. Aún así, era interesante verlo, y la cordialidad y caballerosidad parecía realmente genuina e imbuida en él desde su crianza, aún cuando no había motivo ni uso para ésta en un lugar así. Roy Mustang siempre había sido amable con ella, aún a través de breves conversaciones triviales, que era todo lo que habían mantenido.
Abriendo la puerta, observó con una ceja enarcada al joven discípulo sentado con poca clase en la tierra, aún maldiciendo por lo bajo, y frotándose la frente adolorida. Al percatarse de que tenía público, cerró la boca, manteniendo la palma de su mano contra su frente, alzando el sudado flequillo y apartándolo de la misma —Reacción alquímica fallida —como si eso lo explicara todo.
Riza, en silencio, observó las rocas esparcidas –que antes habían estado apiladas prolijamente en medio del círculo- por fuera del trazo y una junto a la otra mano de él, la cual mantenía en la tierra y que servía a los propósitos de mantenerlo en posición sentada, parcialmente teñida de rojo. Al verte esto, frunció el entrecejo —¿Se encuentra bien, Mustang-san? —voz cordial y calma. Expresión neutral. Eso, claramente, era sangre.
Roy se puso de pie y se sacudió la tierra del pantalón con la mano libre mientras examinaba la palma teñida de rojo de la otra —Es solo un corte. Algo salió mal —observó ceñudo el círculo.
Riza exhalando suavemente, negó con la cabeza y descendió los escalones de la entrada hasta donde se encontraba él, tomando la mano del aprendiz de su padre entre las suyas y examinando con ojo crítico la mancha carmesí en medio de la palma. Al alzar la vista para ver el corte en la frente de él, no obstante, se tensó, soltando la mano de Roy al instante. Sin lugar a dudas su comportamiento lo había tomado desprevenido, dado que Riza solía mantenerse deliberadamente apartada del camino de ambos alquimistas, y eso se reflejaba en su rostro.
Colocando ambas manos unidas frente a su cuerpo e inclinando la cabeza a duras penas, se disculpó —Lo lamento, Mustang-san —voz seria y ojos cerrados.
Roy parpadeó. No lo negaría, la situación lo había tomado desprevenido, especialmente porque la hija de su sensei parecía preferir mantenerse al margen de ambos. Tanto de él como de su padre. O eso había creído. Después de todo, él continuaba siendo un invasor en su casa y nada cambiaría eso. La hija de su sensei parecía ser buena persona, por otro lado, aunque algo formal para su edad. Así como tendía a parecer algo mayor también. Suspiró. Su reacción probablemente tampoco había sido la adecuada dada la situación. Después de todo, Riza Hawkeye sólo había pretendido ver su herida y ya de por sí parecía difícil lograr entablar conversación con ella más allá de secos asentimientos y breves respuestas monosilábicas. La única ocasión en que ella se salía de su camino para reconocer aunque fuera su existencia y él actuaba como si nunca en su vida una mujer le hubiera tomado la mano, aún de forma inocua. Rascó su nuca —Ah... No, está bien. Es sólo que me tomaste desprevenido.
Riza alzó sus ojos una vez más, y Roy se preguntó si siempre habrían tenido ese tinte carmesí, vino, bajo el oscuro marrón tierra. O quizá nunca la había visto tan de cerca realmente. Riza, al ver su herida, frunció el entrecejo —Creo que debería revisar su herida, Mustang-san...
Roy alzó su mano y presionó las yemas de sus dedos índice y medio contra el corte, torciendo el gesto de dolor (aunque intentando disimularlo) ante el mero contacto —No es nada realmente.
Ella negó calmamente con la cabeza —De no tratarla adecuadamente podría infectarse —señaló, seria. De hecho aún tenía tierra cerca de la herida en la frente y de entrar en contacto con ésta, la herida podría contaminarse.
Mustang exhaló —¿Eso crees? —aquello era todavía más patético de lo que había pensado. Primero había fallado estrepitosamente en su intento de trasmutación y se había herido a sí mismo en el proceso, golpeándose con una roca, y ahora estaba básicamente siendo sermoneado por la hija de su sensei sobre cómo tratar apropiadamente su corte.
Asintió secamente —Me temo que sí, Mustang-san. Si lo necesita puedo traer el botiquín de adentro. Mi padre conserva algunas vendas y algo de agua oxigenada, estoy segura.
Resignándose, asintió y la observó marcharse al interior de la desvencijada casa. Notando cuan pequeña parecía su complexión a pesar de que vestía prácticamente como una adulta, falda negra tubo a duras penas arriba de las rodillas y una camisa blanca. Sobrio, formal. Demasiado para una persona de catorce casi quince años. Y toda su apariencia daba la misma idea. Incluso su cabello rubio, corto y desmechado en la nuca. Las mujeres y niñas que conocía preferían el cabello largo, y las empleadas del bar de Madame Christmas le habían confirmado exactamente eso, que la mayoría lo prefería de esa forma y tomaba particular placer en mantenerlo largo, sedoso y lustroso porque resultaba más atractivo a la vista, especialmente de los hombres. Riza, no obstante, lo tenía corto y no parecía prestarle demasiada atención. Y de hecho, desde que la había visto por primera vez y la conocía, la joven hija de su sensei había probado ser todo lo opuesto que había creído hasta entonces de cómo eran las mujeres. Ciertamente no se parecía en nada a las chicas que trabajaban con Madame Christmas.
Cuando regresó, llevaba en sus manos gasa, cinta adhesiva y un pequeño frasquito de agua oxigenada; los cuales ofreció a él para que tomara —Aquí tiene, Mustang-san.
No obstante, Roy observó el frasquito por un segundo y dijo —Ah... Crees que podrías... No confío en mi pulso para hacerlo —Riza enarcó una ceja, preguntándose si el estudiante de su padre no estaría actuando demasiado como un niño pequeño. Al percatarse de la expresión de ella, añadió—. No soy capaz de ver la herida adecuadamente.
Exhalando y asintiendo, Riza destapó el frasquito y mojó parte de la gasa en el líquido, preguntándose si no resultaría inapropiado de su parte hacer eso. Aún así, el estudiante de su padre parecía aceptar aquello –de hecho él mismo le había solicitado si podía hacerlo- por lo que no creía que lo fuera. No del todo. Alzando la mano con cautela, presionó el objeto en su frente.
—¡Mal-! —se quejó, y Riza retrajo la mano inmediatamente—. No, no. Está bien. Lo lamento.
Una vez más, lo intentó, deliberadamente fijando su vista en la herida e ignorando los ojos negros de él clavados descaradamente en ella. En su rostro. Inconvenientemente, el flequillo azabache comenzaba a caerle y estorbar. Y por un segundo, un efímero segundo, se vio compelida a extender la mano y apartarlo. No obstante, no lo hizo, segura de que una acción así de su parte claramente sí era inapropiada. Afortunadamente para ella, Roy se percató de esto y lo apartó con su propia mano —¿Así está bien? —mirándola, memorizando cada facción. No se había percatado hasta el momento, no hasta entonces, pero la hija de su sensei no estaba mal, en absoluto. No era despampanante, como las empleadas del bar y no llevaba maquillaje en su rostro. Pero era atractiva, en un sentido completamente distinto, aún con sus redondeadas facciones de niña que todavía no había terminado de dejar atrás y tenía un agradable rostro. Tenía largas pestañas.
Asintió, continuando con la vista clavada en el pequeño corte —Si. Gracias —voz suave, casi en un susurro.
Roy se percató de esto —Lo siento, ¿te estoy incomodando? —claramente la tensión en los hombros de ella daba a entender eso. Quizá había ido un poco demasiado lejos tomándose el atrevimiento de pedirle aquello.
Pero, para sorpresa de él, Riza negó calmamente con la cabeza —No. Está bien, Mustang-san. Estoy acostumbrada —después de todo, debía atender a su padre en ocasiones, debido a su progresiva enfermedad y llevaba haciéndolo por bastante ya. Aún así, había una ligera diferencia entre ambas circunstancias y Riza estaba segura de que era demasiado joven para estar percatándose de la misma como lo hacía en aquel momento. Desgraciadamente para ella, nunca había sido realmente demasiado joven como se esperaría y ya no lo volvería a ser jamás. Estando en aquellas circunstancias, en aquella casa, con su madre habiendo fallecido a tan temprana edad y un padre enfermo al que debía cuidar, no quedaba demasiado lugar para lo considerado "apropiado para su edad".
Permitiéndose desviar la mirada finalmente al rostro de él, sintió las comisuras de sus labios intentar curvarse hacia arriba, si bien sólo intentarlo, quedando en una casi sonrisa tenue. El discípulo de su padre estaba intentando claramente contener más maldiciones y actuar como si no estuviera sintiendo ningún dolor. Actuar como era esperable de un hombre, aguantándose el dolor orgullosamente. Y estaba fallando bastante en el intento.
Roy percatándose de esto, sintió la sensación de empatía que había sentido tras el último comentario de la hija de su sensei ser reemplazada rápidamente por una de complacencia. Estaba seguro, completamente seguro, de que no había visto nunca esa expresión de Riza Hawkeye. Y si bien no era una sonrisa, no realmente, era lo más cercano que había logrado suscitar -en casi un año de estar allí- en la demasiado formal joven. De hecho, ambos Hawkeye parecían demasiado serios para su propio bien, pero estaba seguro de que su sensei era ya un caso perdido —Te estás burlando de mi —no era una pregunta.
Riza colocó con cuidado y con ambas manos la gasa sobre el corte y la pegó cuidadosamente con un trozo de cinta, negando calmamente en el proceso —No. Es solo... —suspiró— Lo lamento, Mustang-san —y, sin decir más, se excusó y regresó al interior de la casa a retomar sus deberes.
Colocando la cinta adhesiva sobre la gasa, en la garganta de su teniente primera, sonrió arrogantemente —¿Ahora recuerda, teniente?
Hawkeye suspiró con calma, la tenue sonrisa aún en los labios —Me temo que si, coronel. Se golpeó a sí mismo con una roca.
Roy frunció el entrecejo —En mi defensa, teniente. Estaba intentando una trasmutación más compleja por primera vez.
Riza se puso de pie, acomodándose el cuello de la remera y la chaqueta y asintió, caminando hasta la puerta escoltada por él a su derecha —Eso dijo, coronel —sin embargo, se detuvo en seco cuando la mano de él se estiró a alcanzar el picaporte antes que ella. Hawkeye frunció el entrecejo, expresión de desaprobación clara en su rostro—. ¿Coronel, qué hace?
Pero él simplemente negó con la cabeza, haciendo un gesto para que se silenciara por un instante —Creo que tenemos audiencia, teniente —Riza enarcó una ceja, en el instante en que la voz de Havoc se hacía oír desde el otro lado de la puerta.
—¿Creen que estén en este momento...?
Exhaló, su expresión tornándose en una de fastidio cuando su superior la detuvo de abrir la puerta una vez más. La voz de Fuery haciéndose oír, tímida —No creo que la teniente primera Hawkeye consintiera algo así.
Breda intervino entonces —El coronel no lo intentaría tampoco, no con Hawkeye.
La voz de Havoc se oyó una vez más, coincidiendo con Breda y Fuery. Si, Hawkeye posiblemente le dispararía de siquiera intentarlo —Si, ni siquiera el coronel comería delante de los pobres...
Riza, volteándose a su superior, le dedicó una mirada de desaprobación. El coronel parecía entretenido, incluso complacido, con las especulaciones de sus subordinados y ella claramente no lo estaba. Ni estaba dispuesta a consentir que aquella tontería continuara —Coronel —lo amonestó, severa.
Y Roy asintió, girando el pomo con sigilo —Tiene que admitir que es entretenido, teniente.
—No veo como, coronel. Ahora, por favor, abra la puerta.
—Bien, bien —sonrió arrogante por última vez, antes de poner su mejor expresión seria y alzar la mano libre con los dedos listos para ser chasqueados. Cuando abrió la puerta, por supuesto, no se sorprendió de ver a todos demasiado cerca de la entrada de su oficina privada en donde habían permanecido hasta entonces ambos, posiblemente intentando oír algún sonido que implicara lo que habían estado suponiendo—. ¿Acaso se les perdió algo? —inquirió, amenazante, ceja enarcada.
—A-Ah...
Riza suspiró pacientemente. Su superior claramente continuaba disfrutando aquello y ella claramente no —Regresen todos a trabajar, por favor.
—Si, señora —los tres afirmaron, retomando su trabajo inmediatamente. Havoc volviendo con más lentitud debido a las muletas.
Roy sonrió. Y Riza añadió, borrándole la sonrisa efectivamente —Usted también, coronel —antes de volver a su escritorio y tomar asiento. Sin lugar a dudas, sería un día largo. Muy largo.
