DISCLAIMER: ESTA HISTORIA NO ME PERTENECE ASÍ COMO LOS PERSONAJES TAMPOCO SOLO LOS TOMO PRESTADOS DE STEPHANIE MEYER, RECUERDEN QUE AL FINALIZAR LA TRILOGIA LES DIRE QUIEN ESCRIBE ESTAS MARAVILLOSAS HISTORIAS.
Capítulo 6
Diez invitados VIP. La Semana de la Moda de Miami. ¿Qué podía salir mal?
Rosalie se dio cuenta de que muchas cosas podían salir mal mientras intentaba apagar otro fuego metafórico cuatro días después. Esa vez, la esposa de un magnate de la prensa tenía problemas de guardarropa unos minutos antes de que tuviera que ir al hotel y casino Cullen V3. Contuvo las ganas de decirle que era organizadora de eventos, no estilista, y llamó a la agobiada estilista. Veinte minutos después, una vez solventada la crisis, la joven rubia miró con agradecimiento a Rosalie mientras bajaban en el ascensor.
—Debería haber elegido algo más parecido a lo que tú llevas en vez de… de esta cosa.
La joven señaló el vestido de organdí azul con más escote por delante y por detrás del que ella se habría puesto jamás. Su vestido de seda hasta la rodilla, aunque abierto por los costados, iba recubierto de una redecilla muy fina que hacía que no se sintiera tan… expuesta.
—El negro contrasta maravillosamente con el color de tu pelo. Tienes que darme el nombre del peluquero que te lo tiñe. Todo el mundo me dice que esta temporada se lleva rojizo y rizado.
La rubia se apartó el pelo liso y sonrió. Rosalie se mordió la lengua otra vez, sonrió también y miró discretamente el reloj. El cóctel previo al desfile se serviría al cabo de seis minutos. Aunque se daba cuenta de que quizá estuviese siendo grosera por no comentar con ella el amplio guardarropa que tenía gracias a la generosidad de Cullen Luxe, solo podía pensar en que dentro de unos minutos se encontraría cara a cara con Emmett después de casi una semana. Él se había marchado a Nueva York cuando ella llegó a Miami y le habían dado tres días para que preparara la llegada de los VIP, que iban desde un joven senador a un magnate de Hollywood.
La excursión en barco por Cayo Vizcaíno había sido un éxito aunque uno de los invitados casi se cayó por la borda después de haberse bebido demasiados mojitos. Cruzó los dedos para que todo saliera igual de bien y esbozó una sonrisa mientras las puertas del ascensor se abrían en el vestíbulo que llevaba a la zona acordonada para VIP donde se celebraban los desfiles.
Emmett Cullen estaba con un grupo de invitados. Les sacaba la cabeza a la mayoría de los hombres y fue la primera persona que vio. Sintió algo parecido a un puñetazo y se le secó la boca al observar su físico impresionante. Era casi pecado que un solo hombre pudiera ser tan imponente. Se volvió hacia otro invitado y ella pudo vislumbrar esa barba incipiente tan bien cuidada. El recuerdo de su aspereza contra los pechos y muslos hizo que sintiera una oleada abrasadora entre las piernas. ¡Tenía que dominarse! Naturalmente, él eligió ese momento para volver la cabeza hacia ella. Sus ojos entrecerrados se clavaron en los de ella antes de fijarse en el pelo. Recordó la fascinación de él por su pelo y tuvo que hacer un esfuerzo para no tocarse el complicado moño que se había hecho. ¡Estaba allí para trabajar! Se concentró un poco y se dirigió a la rubia que tenía al lado.
—Estaré por aquí si desea algo más, señora Hamilton. Si no, nos veremos en el desfile.
Dejó a Selena Hamilton para que buscara a su marido y se dirigió hacia el jefe de
los camareros. Después de cerciorarse de que todo iba como la seda, encontró un rincón tranquilo y encendió la minitableta. Era esencial que repasara todos los detalles. Los dos diseñadores que iban a desfilar eran temperamentales en el mejor de los casos y la colocación de los invitados en los desfiles podía acabar en un conflicto si no se tenía cuidado.
—Kalispera, Rosalie.
La tableta estuvo a punto de caérsele de las manos. Entendió el saludo gracias a que había estado en Santorini. Levantó la cabeza y sus ojos se encontraron con otros color avellana.
—Buenas noches, Ar… señor Cullen. ¿Qué tal el viaje?
Él entrecerró levemente los ojos por la precipitada corrección, pero no comentó nada.
—Predecible. Parece que has aterrizado bien. Creo que la excursión en barco ha sido interesante.
—Sí, no ha sido una navegación… tranquila, pero el curso de orientación fue muy útil. Además, su director de eventos me permitió hacerle sombra durante un día para que pudiera ocuparse de todo. Eso también fue útil…
Se calló cuando se dio cuenta de que estaba hablando por hablar, pero lo tenía tan cerca que se sentía dominada por su poderío y podía oler su loción para después del afeitado. Lo había olido muy íntimamente y sabía que olerlo no era una idea nada sensata.
—En cualquier caso, tengo que seguir trabajando.
Le rozó el brazo con los dedos para detenerla y sintió una descarga eléctrica por todo el cuerpo.
—¿Qué tal se han tomado tus suegros tu nueva situación?
Ella lo miró para ver si estaba siendo sarcástico, pero su expresión era de interés moderado.
—Mucho mejor que algunos empleados de Cullen.
Se mordió el labio por el desliz. Ella se había propuesto que las miradas y susurros le resbalaran, pero no había podido evitar que le afectaran.
—¿Quién ha estado molestándote? —le preguntó él con los ojos entrecerrados. —Lo siento, pero no me he parado a tomar nombres. Además, no se les puede reprochar. Lo que hizo Royce estuvo a punto de hundir la empresa.
—Entonces, ¿sabes todo lo que hizo?
—Claro —contestó ella con el ceño fruncido—. Aunque su hermano intentó que no supiera toda la verdad, pude atar cabos con lo que dijeron los periódicos. Sinceramente, me sorprendió que no le quitaran todas las prestaciones a Royce.
—Sin embargo, esas prestaciones no acabaron beneficiándote, ¿verdad? Tuvo que ser frustrante que el hombre que amabas te traicionara de esa manera, ¿no?
La miró con intensidad, como si quisiera entender lo que hizo la noche que se conocieron. Sin embargo, tenía que contestar y reconocer que no pensaba con claridad cuando se acostó con él, ni pensaba en su marido, solo empeoraría las cosas.
—Efectivamente, descubrirlo es complicado.
Sin embargo, era un juego de niños si se comparaba con lo que descubrió la noche de bodas.
—Sé que la traición confunde la cabeza de las personas.
Ella captó el asomo del tormento que ya había vislumbrado.
—¿Estamos hablando de la gente en general o lo sabe personalmente?
Él se acercó más, hasta que no tuvo más remedio que olerlo y mirar a esos ojos color avellana.
—He recibido algunas lecciones de la vida, pero me refiero a ti. ¿Por eso te acostaste conmigo? —preguntó él con la respiración entrecortada—. ¿Fue para mitigar la sensación de traición?
—¿Por qué volvemos a hablar de eso?
—Es posible que intente cuadrar las cosas en mi cabeza para pasar página.
Ella sintió vergüenza al darse cuenta de que no quería olvidarlo, de que quería atesorarlo como el momento especial que había sido para ella. Naturalmente, sabía que nunca podría decírselo.
—Lo que hizo Royce lo decidió él solo. Por mi parte, me casé con él para bien o para mal y era el hombre al que juré honrar y respetar. Aunque, efectivamente, antes de que me lo recuerde, incumplí ese juramento antes de que estuviera enterrado. ¿Me sentí frustrada por cómo salieron las cosas? Claro —se oyó la risa de un invitado—. También creo que no deberíamos estar hablando de esto aquí. Sinceramente, preferiría que olvidáramos el asunto de una vez por todas.
—Considéralo olvidado.
Ella miró por encima de un hombro y vio que algunos invitados los miraban preguntándose por qué había acaparado las atenciones de Emmett.
—Tengo que seguir trabajando para ganarme el generoso sueldo que me paga.
Él frunció el ceño y se apartó un poco para que ella pudiera pasar.
—Estoy impaciente por verte en acción.
Rosalie no supo si era una amenaza o impaciencia sincera, pero no podía pararse a pensarlo porque estaba alterada por la conversación. Una vez más, le había parecido como si le importase el motivo que había tenido para acostarse con él. Lejos de haber sido una distracción, como había dicho él, parecía que no podía dejar de pensar en esa noche, como tampoco podía ella. ¿Podía confiar en que él no volviera a hablar de eso? ¿Podía confiar en que a ella no se le escapara que había significado algo más que una manera de aliviar el dolor?
Tomó aliento y esbozó una sonrisa. Había sobrevivido a Royce y al desastre que había sido su matrimonio. Era mucho más fuerte por eso. Solo tenía que seguir recordándoselo.
Los dos desfiles salieron sin problemas. Rosalie suspiró con alivio cuando se encendieron las luces y sus invitados terminaban las copas de champán. Al cabo de unos minutos, podría empezar a acompañarlos a las limusinas que los llevarían al casino Cullen. Esa era la parte más importante porque era el motivo por el que Emmett había organizado…
—Relájate —le dijo Emmett a sus espaldas—. Has empezado con buen pie si Selena Hamilton se dedica a ponerte por las nubes. Según ella, sois amigas íntimas.
Emmett tomó dos copas de champán rosado de la bandeja de un camarero y le ofreció una a ella.
—Yo no diría tanto, pero me alegro de que esté contenta.
Ella miró la copa, pero no dio un sorbo aunque le apetecía muchísimo. No iba a volver a cometer el error de beber cuando él estuviera cerca.
—No es la única que está impresionada con tu eficiencia.
—¿De verdad?
—Su marido fue igual de expresivo. El doble, en realidad —añadió él en un tono áspero.
—¿Qué está insinuando?
—Tiene las manos muy largas —él se encogió de hombros—. Procura no caer entre ellas.
Superficialmente, parecía una advertencia sin más. Quizá ella estuviese sacando más conclusiones de las necesarias. Se miraron fijamente durante un abrir y cerrar de ojos.
—Gracias por el aviso.
Él le miró el pelo y ella volvió a sentir esa oleada abrasadora. Ni en sueños se habría imaginado que el color de su pelo podía producir esa reacción. Dejó escapar un sonido y él la miró a los ojos. El ruido de la fiesta se apagó y quedaron encerrados en una cápsula de sensualidad.
—No, por favor…
Sabía que estaba suplicando. Siempre había querido que alguien se fijara en ella, que le concediera algo de su tiempo y atención. Aunque lo había conseguido en cierta medida con Terry y Sarah, no había sido lo que había buscado. La atención que le concedía Emmett en ese momento sí era la que había buscado. Algo aterrador porque la aniquilaría sin ningún esfuerzo.
—Estoy tan desconcertado por mi fascinación como tú, pethi mou —murmuró él—. Es posible que el niño de diez años que llevo dentro no se haya recuperado todavía de la impresión que le produjo descubrir que su actriz favorita tenía el pelo rojo porque se lo teñía.
—Qué traumático… ¿Preferiría que me lo tiñera de negro o me lo afeitara? — bromeó ella.
—No te atreverás —murmuró él en un tono amenazante.
—Ahora es cuando debería decirle que es mi pelo y que puedo hacer lo que quiera. —Y yo te amenazaría con encerrarte en una mazmorra hasta que recuperaras el juicio.
Ella, involuntariamente, esbozó una leve sonrisa. Él también sonrió fugazmente, pero volvió a ponerse serio y siguieron mirándose. Unos pensamientos obscenos y deliciosos de mazmorras y héroes sin camisa le inundaron la cabeza y el deseo se adueñó de ella. Se aclaró la garganta al darse cuenta de lo ridícula que estaba siendo por sentir placer con el tono posesivo de su voz.
—¿Puedo proponer una cosa? —preguntó ella.
Él dio un sorbo sin dejar de mirarla. Ella deseó poder hacer lo mismo, pero tenía que mantener la cabeza lo más despejada que fuese posible.
—Adelante.
—Es posible que si acordásemos no cruzarnos, esta… cosa acabaría desapareciendo.
—¿No has oído decir que el corazón se encariña más con la ausencia?
—Creo que estaremos de acuerdo en que nuestros corazones no son el problema en este caso.
Él endureció lentamente el rostro hasta que fue una máscara inescrutable.
—No, desde luego que no lo son.
El sentimiento tan profundo que se reflejó en su voz hizo que algo muy intenso le oprimiera el pecho y vio otra vez ese tormento en su rostro.
—Debe de añorar mucho a su esposa —soltó ella antes de que pudiera evitarlo.
Él apretó la copa con tanta fuerza que ella temió que pudiera romperse.
—La muerte de Sofía fue una pérdida para el mundo y para mí.
El dolor de su voz le atravesó el corazón y ella miró hacia otro lado porque no podía mirar su rostro desolado por la tristeza y el remordimiento. Ella agarró la copa de champán con una mano tan temblorosa que estuvo a punto de derramarla. La dejó precipitadamente en una mesa.
—No había tenido la ocasión de decírselo antes, pero siento su pérdida… Si me disculpa, creo que me necesitan.
Se alejó antes de que pudiera hacer algo irreflexivo, como pedirle que le explicara qué se sentía con un amor así o manifestar lo que sentía ella, y que se parecía a la envidia.
Había querido un amor así y había depositado todas sus esperanzas en Royce, quien se había aprovechado para chantajearla. El destino le había dado un revés por haberse atrevido a tender la mano y pedir. No era tan necia como para plantearse siquiera pedir otra vez.
Emmett, atónito por lo que acababa de revelar, observó a Rosalie mientras se alejaba. Jamás hablaba de Sofía. Ni siquiera a sus hermanos o a su madre. Y menos a desconocidas traicioneras con las que había cometido el error descomunal de haberse acostado. Sin embargo, le había bastado una frase para desahogarse, y se habría desahogado más todavía si Rosalie no se hubiese marchado porque había estado a punto de reconocer cómo había entrado Sofía en su vida y cómo había salido. Sofía había sido una persona cariñosa y delicada a la que se había aferrado y a la que había utilizado para aliviar su alma atormentada justo después de la traición de su padre.
Saludó a un invitado que se había acercado para hablar con él e intentó recomponerse.
Era inconcebible que todavía sintiera esa atracción hacia Rosalie King. Lo que había pasado entre ellos, dos veces, debería haber bastado para haber sofocado cualquier apetito que había ido creciendo dentro de él aunque no se hubiese dado cuenta. Al principio, había creído que su fascinación se debía a que era la primera mujer con la que se había acostado después de Sofía. Esa había sido su excusa durante las semanas siguientes a que descubriera su verdadera identidad. ¿Y la segunda vez? Apretó los dientes. La segunda vez estaban tan excitados que ni siquiera había tenido el sentido común de ponerse un preservativo. Ni siquiera se acordó de ese detalle hasta que estaba en medio del Atlántico camino de Estados Unidos. Se estremeció por la increíble estupidez que había hecho. ¿Cuántas veces, de jóvenes, había advertido a sus hermanos de que tenían que ser prudentes con las mujeres con las que se acostaban? Sobre todo, después de que hubiese averiguado el humillante legado que había dejado su padre. Que él hubiese caído en la misma trampa, en el mismo hechizo…
Ya estaba bien. No conseguiría nada flagelándose. Se concentró en el invitado que tenía al lado y disimuló su disgusto cuando comprobó a quién estaba intentando llamar la atención.
—No está nada mal tu nueva organizadora…
Roger Hamilton miraba fijamente a Rosalie, quien atendía a los invitados con una sonrisa franca y amable. El interés evidente que se reflejaba en sus ojos hizo que sintiera un arrebato de rabia.
—También es inalcanzable —replicó él sin disimular la aspereza.
Hamilton abrió los ojos y esbozó una sonrisa muy elocuente.
—Entendido amigo, es terreno vedado.
Emmett apretó los dientes y abrió la boca para negarlo.
—Muy vedado. ¿Ha quedado claro?
¡De dónde había salido eso! Evidentemente, estaba perdiendo la cabeza.
—Claro como el agua —Roger le dio una palmada en el brazo—, pero dime una cosa. Entre tú y yo, ¿el color del pelo es el auténtico?
Emmett apretó los puños con todas sus fuerzas. Había estado fascinado con el pelo de Rosalie desde el primer momento y oír que otro hombre sentía la misma fascinación hizo que se enfureciera.
—Eso… amigo, es algo que nunca sabrás.
A partir de ese momento, se ocupó de que siempre estuvieran separados por el ancho de una habitación. Aunque tampoco hizo falta porque Rosalie parecía igual de decidida a mantenerse alejada. Algo que debería haberlo complacido, pero que solo consiguió que su ánimo se ensombreciera más todavía. Impulsivamente, sacó el móvil y marcó.
—Una llamada del gran jefe… —contestó Jasper—. No habré sido un chico malo, ¿verdad?
—Tú sabrás, pero ¿puede saberse qué tiene Río de cautivador que no puedes salir de allí?
—Sol, mar y mujeres impresionantes —Jasper se rio—. ¿Hace falta que te diga algo más?
A pesar del tono, Emmett captó algo cauteloso que hizo que se dispararan las alarmas.
—¿Todo va bien?
La preocupación que siempre había sentido por sus hermanos aumentó. Jasper había sido el familiar más joven y vulnerable cuando su mundo se desmoronó gracias a su padre.
—Claro. ¿Y tú? Normalmente, me mandas unos correos muy serios para que te informe.
—Y no contestas la mitad. He creído que tenía que emplear otros medios para captar tu atención.
—¿Seguro que estás bien? —le preguntó Jasper después de un silencio.
—Estoy bien, pero me gustaría que los tres fuésemos a remar pronto.
—Vaya, tienes nostalgia de las palizas que te llevas. Puedo darte ese placer, pero ¿esta necesidad de quemar energías tiene algo que ver con el dolor de cabeza que te has creado a ti mismo al contratar a la mujer de King?
—¿Te has enterado?
—Toda la empresa se pregunta si te has vuelto loco. Yo también me pregunto si te has vuelto loco. No estará chantajeándote, ¿verdad?
Emmett agarró el teléfono con fuerza al oír el tono tenso de su hermano. Jasper estuvo secuestrado de adolescente y su familia negoció el rescate durante dos meses antes de que lo liberaran. Por eso, el asunto del chantaje era muy delicado.
—No. Ella necesitaba un empleo, demostró tener aptitudes y se lo di.
—¿Se lo has comentado a Edward? Estoy seguro de que pondrá el grito en el cielo cuando salga de su nido de amor y vuelva al mundo real.
—Yo me ocuparé de Edward. Entretanto, tú ocúpate de que tu asistente coordine las agendas con la mía para nuestra próxima cita para remar. Quiero que nos juntemos lo antes posible y enterarme de lo que haces exactamente en Río.
—Cualquiera diría que tengo doce años…
—Siempre has tenido doce años para mí porque, sencillamente, no dejas de comportarte como si los tuvieras.
Colgó ante las maldiciones de Jasper y se dio cuenta de que estaba sonriendo. Se guardó el móvil y vio que Rosalie estaba observándolo. Sus ojos grandes y verdes reflejaban un asombro que intentó disimular. Cuando él se dio cuenta de que se debía a su sonrisa, dejó escapar una maldición en voz baja. ¿Era un ogro que había dado la impresión de que no sonreía nunca? Sí. Sonreír y reír eran algo del pasado desde que perdió lo más preciado que tenía en la vida por arrogancia y descuido. Había creído que ya se había sacrificado bastante por su familia y que se merecía la felicidad. Había sido descuidado con la salud de Sofía, se había contagiado de su tendencia a ver siempre el lado optimista, cuando él había sabido que el lado optimista no existía casi nunca. El remordimiento se le mezcló con el dolor y borró cualquier retazo de jovialidad. No tenía derecho sonreír o reír cuando tenía las manos manchadas de sangre.
Rosalie seguía mirándolo y él se dio la vuelta. Quizá Jasper tuviera razón y había hecho un disparate al contratarla a pesar de su evidente talento. Sabía que podía haber encontrado a alguien igual de apto y que no supusiera un conflicto ni que hiciera que a sus clientes masculinos se les cayera la baba al verla. Hasta ella misma sabía que algunos de los demás empleados murmuraban y que se había complicado la vida. Sacó el móvil y llamó a su asistente.
—Llama al director de Recursos Humanos. Dile que mañana quiero hablar con él sobre Rosalie King.
