Capítulo 7
EL TIEMPO NO SE DETIENE
Si se muere la fe, si huye la calma,
Si solo abrojos nuestras plantas pisan
Lanza a la faz la tempestad del alma
Un relámpago triste: La sonrisa.
(Reír llorando, Juan de Dios Peza, -fragmentos-)
El teatro desolado era como una clara radiografía de lo que sucedía en el corazón de la estrella de la compañía. El actor no lograba asimilar la idea de las terribles circunstancias que lo habían detenido de su ansiado viaje a Chicago. Cada día la mujer de sus sueños parecía estar más inalcanzable. El muchacho miraba el firmamento desde la azotea del teatro. El lugar no había cambiado en lo absoluto. Los enormes tragaluces se habían convertido en su lugar favorito para pensar en ella. Miró las estrellas; parecían tan indiferentes a su dolor. Una estrella fugaz atravesó el cielo pero no le causó ningún entusiasmo:
-Si mis problemas se resolvieran con solo pedir un deseo a un meteoro, yo ya sería el hombre más feliz sobre la tierra –un triste suspiro abandonó su cuerpo.
Ya no era capaz de llorar. Estaba cansado. Sentía que sus ojos estaban secos aunque sufriera unas inmensas ganas de derramar lágrimas. Su mundo estaba derrumbado. No sabía que más hacer para sobrevivir; sobrevivir es la palabra adecuada para describir la forma de "vida" del joven aristócrata. Ya había perdido lo más importante de su vida. Había estado pendiente de las páginas de sociales de los diarios, que frecuentemente publicaban notas de los primos Andrew. Terrence imaginaba que su pecosa estaba enfrentando el mundo con optimismo. Temía que la niña de sus sueños estaba dejando su pasado compartido atrás. Definitivamente, Terrence ya no tenía nada más para perder.
Pero sus memorias seguían ahí: Dentro de él. Bastaba con cerrar sus ojos para mirarla, para contemplar su sonrisa, para sentirla cerca. Esas locas visiones le confundían a tal grado que extendía su brazo con la esperanza de tocarla; desgraciadamente la sensual figura siempre se desvanecía como en una negra bruma dejando al actor sumido en soledad. La soledad del alma es la más terrible de soportar: ¿Cuántas veces no nos hemos encontrado entre una muchedumbre y nos sentimos completamente solos? O peor aún: ¿Cuántas veces sentimos que ni siquiera logramos identificar nuestra verdadera personalidad?
-Te extraño. Te extraño. ¡Diablos! Tengo mi corazón destrozado; no sé cómo me he mantenido con vida –era más bien como si estuviera resignado a su cruel destino. Quizás sería bueno ya no continuar nadando contra la corriente. Dejarse llevar simplemente como lo hacen las olas del mar que son echadas de una parte a otra.
El muchacho no sabía cómo enfrentar esa soledad; de hecho, tampoco sabía cómo había permitido que todo sucediera. Seguía preguntándose cómo su historia con Candy se había convertido en un recuerdo justo cuando estaba a punto de alcanzar la realidad más hermosa a la que había aspirado. Ahora tenía sus sueños guardados en algún lugar donde no lo alcanzaran, pero era imposible… sus sueños lo perseguían.
-¡Debí haberle hablado! ¡Debí haber confiado en su fortaleza! ¡Debí refugiarme en ella para permitirle apoyarme! ¿En qué rayos estaba pensando? Yo me moría por ser consolado entre sus brazos pero pudo más mi miedo a perderla… debí prevenir que en el teatro ella se enteraría –el muchacho seguía reflexionando con su dolorido corazón –Candy… -más que cualquier momento, Terrence sentía la necesidad de correr al lado de la pecosa y escuchar solo dos palabras de ella: "Te amo". Terrence quisiera escuchar que podría ser feliz.
El chico tomó la armónica sin atreverse a tocarla, a llevársela a los labios. Suavemente deslizó sus largos dedos por el bien conservado instrumento musical. El solo hecho de saber que había estado en las manos de Candy era suficiente para sumergirse en un delicioso paseo casi fetichista. Desearía tener alas veloces para poder visitar a su rubia en la recámara y apoderarse de ella todas las noches. Sentía pasión y sentía ternura por la mujer que deseaba hacer suya completamente. Sin embargo, pareciera como si el aristócrata muriera cada día; solo Su pecosa podría revivirlo. Solo ella. Era emocionante llenar su mente con la figura de la chica. Podría decirse que en esos momentos Terrence creía que tocaba el cielo, desgraciadamente el cielo se le venía encima como en un relato apocalíptico cuando regresaba a su realidad:
Flash Back. New York.
Terry llegó radiante a la casa Marlowe. Estaba decidido a terminar toda relación con Susana para ir en busca de la pecosa que le quitaba el sueño, la dueña de sus más locas e íntimas fantasías, la única que era capaz de hacerlo mover el mundo. Tenía la mirada de un niño frente a un espectáculo celestial. Si hubiera sido posible hasta habría bailado en las calles.
El joven Grandchester –anunció la chica del servicio.
¡Terrence! ¡Qué bueno que vino! –la madre de Susana sonaba apresurada.
Señora Marlowe, necesito hablar con usted –no quería perder tiempo, deseaba ser libre lo antes posible, terminar con esa farsa.
¡Después Terrence! Ahora tiene que acompañarme al hospital –la voz de la señora se oyó urgente. Terry tuvo un mal presentimiento.
¿Al hospital? ¿Por qué? –dirigió la mirada hacia el recibidor-: ¿Dónde está Susana? –entonces siguió a la señora Marlowe que ya caminaba con pasos veloces hacia la salida.
Susana está desde anoche en el hospital –dijo apresurando el paso –no sé que pasa con ella, ahora mismo estaba por salir hacia allá, solo vine por unas cosas que necesitamos –la preocupación de la madre de la ex actriz se hizo palpable. Llegaron hasta donde estaba estacionado el auto de Terry.
¡Vamos! –No podía pensar. No entendía que estaba ocurriendo. Subió a su auto y apretó el volante tratando de canalizar su preocupación y la frustración de no haber podido entablar la conversación planeada. – ¡Diablos Susana! ¡Siempre tan oportuna para hacer tus numeritos! –pensó indignado.
Al llegar al hospital pudieron entrevistarse con el galeno que había estado atendiendo a Susana. Con tono nada alentador el experimentado médico había explicado detalladamente sus sospechas.
-Hemos realizado a la paciente todo tipo de exámenes, sin embargo, no encontramos la causa de sus dolores extremos. Tengo la idea de que la joven está pasando por un proceso de somatización originado por un problema psicológico.
-¿Ella está fingiendo su dolor doctor? –preguntó Terry bastante molesto.
-¡Oh no! La señorita Marlowe realmente siente dolor. Pero yo no soy la persona indicada para hablarle de tales malestares –el médico identificó el signo de interrogación en el rostro del actor y continuó-: Está usted de suerte. Tengo entendido que usted es inglés.
-Así es doctor; pero no entiendo que tiene que ver mi origen con la enfermedad de Susana.
-Nada por supuesto. Pero me imagino que debe usted alguna vez haber oído hablar del Doctor Sigmund Freud, es un famoso psicoanalista que estuvo viviendo los últimos años en Londres. Ya sabe usted, la Gran Guerra ha obligado a mucha gente a migrar de Europa. El doctor está aquí en New York. Supongo que permanecerá unos meses o el tiempo necesario hasta que el conflicto bélico termine.
-¿Quiere decirme que Susana está loca? –No sé por qué no me sorprende –pensó.
-Según lo que yo he escuchado del doctor puedo asegurarle que no. Su prometida no está loca… todavía –aclaró apenado. –De hecho, su presencia es lo que le ha ayudado para no caer en la locura.
-No lo comprendo –Terry y la madre de Susana prestaron más atención al galeno.
-Joven Grandchester, será mejor que visite al doctor Freud. Créame, él es el único que puede ayudarle.
Esa misma tarde al aclamado médico recibió a la paciente. Era un hombre caucásico de unos sesenta años, de mirada amable y trato cortés. Después de unas horas charlando con ella el psicoanalista se entrevistó a solas con Terry y la señora Marlowe:
-La señorita tiene un grave cuadro de neurosis. Es un caso en extremo patológico –les dijo mientras les señalaba dos cómodos sillones invitándolos a sentarse.
-Doctor, por favor, trate de ser sencillo en sus explicaciones. Ninguno de nosotros somos conocedores de la mente humana y sus reacciones –suplicó Terrence.
-Muy bien. Trataré de ser sencillo: Dentro de nosotros hay un YO verdadero. El que contiene nuestros instintos primitivos llamados eros y tanatos, es decir el amor y la muerte; ellos están en ocasiones en conflicto, como un mar embravecido, principalmente cuando sufrimos. Si no vamos por la vida haciendo el amor con todos nuestros conocidos o asesinando a todos los que nos molesten es por nuestra personalidad. La personalidad es la que nos detiene, la que nos dice que debemos refrenarnos de cosas incorrectas, la llamaremos ego o ello, como ustedes quieran. El ego está originado por el súper ego que son todos los principios y valores que hemos aprendido en nuestra vida, ya sea en la familia, en la sociedad o en una religión. Principios como la honestidad, la verdad, el valor, la virtud, la obediencia, la humildad, etc…
-Les comentaré muy someramente lo que le sucede a Susana: Su ego se fracturó con el accidente. Entonces, cuando el amor y la muerte dentro de ella reaccionaron ante el conflicto, el ego no fue capaz de contener el deseo de matar. En su caso, la señorita intentó suicidarse por la amenaza latente de su novia en la noche del estreno de Romeo y Julieta; el amor y la muerte lucharon, esa noche venció la muerte, pero fue controlada por usted joven Grandchester.
-No entiendo –dijo honestamente e interesado el actor. –Fue mi ex novia quien la detuvo del suicidio, no yo.
-Bueno, esa señorita la salvó físicamente, pero usted la ha estado salvando psicológicamente. Ella necesitaba fortalecer su ego fracturado por el accidente, y racionalizó que si usted está con ella, nuevamente el eros y tanatos estarán tranquilos. Obviamente todo esto es inconcientemente, ella no lo hace intencionalmente. Es su mente dañada y enferma la que está trabajando así para protegerla. Usted ahora está sosteniendo su ego fracturado, de tal forma que si ella entra en conflicto, no se convierta en asesina o se vuelva loca. Lo negativo es que usted la rechaza constantemente y su mente, para que evitar que el tanatos (el deseo de asesinar) se salga de control, somatizó ese deseo convirtiéndolo en dolor físico. Es un mecanismo de defensa de la mente, quiere mantenerla bajo control. Si usted deja de sostener su ego, créame: Ella se volverá loca o asesina, puede suicidarse o matarlos a usted o a su ex novia.
-¿Quiere decir doctor que debo permanecer con ella por siempre en el estado en que su mente se encuentra? –el actor sintió que su mundo se derrumbaba; es decir, lo poco que quedaba de su mundo.
-¡Oh no! De hecho, ella me dice que tienen planes de casarse. Yo no se lo recomiendo…-el médico sonaba convincente en sus argumentos.
-Pero doctor –obviamente la señora Marlowe no se quedaría callada: Terrence debía casarse con su hija pasara lo que pasara.
-Señora… su hija está enferma –le dijo con firmeza –Eso es lo que debería preocuparle antes que todo; y si está enferma es porque usted no le ayudó en su infancia a aprender los principios correctos que la mantendrían bajo control toda su vida. Todos somos asesinos en potencia, pero nuestros padres nos enseñaron a distinguir principios y valores adecuados para controlar nuestros instintos primitivos. Cosa que usted no hizo con su hija. Si su ego hubiese sido fuerte, ella jamás habría intentado suicidarse o apoderarse de la vida de alguien más para usarla a su beneficio –le dijo el doctor con una molestia tremenda y luego dirigió su vista directamente al par de zafiros del aristócrata-: Joven Grandchester, no se case con la señorita Marlowe. Ella no lo ama, solo lo está usando para mantenerse bajo control porque su ego no puede controlarla.
–Uf! Por fin un poco de luz al final del túnel –pensó Terry -¿Qué es lo que debemos hacer doctor? –preguntó un poco más optimista. La opinión de un médico de la talla de Freud pesaba muchísimo para Terrence. Además el doctor le inspiró confianza desde el principio.
-Fortaleceremos su ego. Le ayudaremos a mantener bajo control sus instintos primitivos. Le enseñaremos los principios que su madre no le inculcó en la infancia. El ego de todos nosotros se forma a los ocho años, eso significa que la señorita ha perdido mucho tiempo. Una vez que su ego esté fuerte, le aseguro que ella misma le devolverá su libertad. Pero no puede abandonarla ahora, si lo hace las consecuencias pueden ser peligrosas, tanto para la señorita Marlowe como para usted y su ex novia. Yo creo que sobre todo para su ex novia, ella sería la primera a quien Susana quisiera desaparecer si se sale de control.
Por el momento esa era su realidad: Estaba atado a Susana Marlowe mientras estuviera en tratamiento. Una triste sonrisa se refugió en su rostro, pero luego huyó despavorida hacia el fondo del dolor en el que había surgido.
El carnaval del mundo engaña tanto
Que la vida son breves mascaradas.
Aquí aprendemos a reír con llanto,
¡Y también a llorar con carcajadas!
(Reir llorando, Juan de Dios Peza -fragmentos-)
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Durante ese mes los jóvenes herederos habían disfrutado de actividades diferentes. Candy estaba nuevamente trabajando en el Hospital Santa Juana; la única diferencia era que esta vez lo hacía como voluntaria, aún así la enfermera se había ganado el respeto de sus compañeras por su profesionalismo. A los médicos les gustaba trabajar con ella, principalmente en el quirófano pues el tiempo de respuesta de la enfermera en momentos críticos era realmente eficiente. En ocasiones Anthony la recogía al final de su jornada y otras veces Albert le enviaba el chofer, aunque era muy común que Candy lo despidiera para disfrutar de una caminata. Le gustaba detenerse en el Chicago Natural Park, respirar el aire con aroma a pino, ver a las familias sonriendo o simplemente sentarse frente al lago. En esos momentos de soledad la joven se daba el lujo de meditar. Durante los últimos días la atlética y bien proporcionada figura de Anthony Brown se adueñaba con más frecuencia de los pensamientos de Candy. El fuego en la mirada del rubio la asaltaba en los momentos más inesperados. Ella todavía no lograba descifrar la extraña mezcla de ternura y pasión, fuerza y dulzura, delicadeza y arrebato, rebeldía y cordura que el joven manifestaba. Los diferentes matices del muchacho la atraían cada día con más fuerza. Ella podría asegurar que Anthony se había dado cuenta de ello, sin embargo, el muchacho había mantenido su promesa de darle su espacio para dejarla sanar. Sin duda la cortejaba con pequeños detalles como flores y dulces, pero nada se comparaba a las seductoras sonrisas que le dedicaba. Anthony no había vuelto a hablarle de amor; pasaban el tiempo charlando de todo un poco, pero nunca más Candy había vuelto a escucharle un "Te amo", cosa que a la muchacha le parecía decepcionante. Por alguna razón, el cortejo del joven Brown se había convertido en algo que la chica comenzaba a calificar como necesario en su vida.
Annie no había vuelto a Lakewood con sus padres, estaba hospedada en la mansión con sus amigos y Archie estaba empapándose con su tío del negocio de la familia. Deseaba comprender el funcionamiento de las empresas de la familia pues tal vez con ello podría tomar una decisión para elegir una licenciatura cuanto antes. Las constantes visitas al consorcio eran el pretexto perfecto de Archivald para alejarse de Annie y respirar un poco de libertad. Las mujeres continuaban al asedio del chico, sin embargo el no podía acceder a ninguna invitación. Su corazón estaba prendado de unos ojos verde esmeralda que lo acompañaban en sus noches y días. Su hermano le había insistido en que buscara la forma de sacarla de su corazón pero Archie simplemente no podía decirle a su corazón que tales sentimientos eran prohibidos.
-¿Cómo le exiges a tu corazón que no palpite por ella? ¿Cómo le explicas que la mujer de tu vida es la misma mujer que tu hermano ama? –Archie realmente sufría la indiferencia de su gatita – ¡Anthony! ¡Anthony! No es justo –El joven de ojos de miel apretó los brazos del sillón presidencial en que meditaba; era imposible que los celos no invadieran al delicioso muchacho – ¡El único que no te ha abandonado, el único que ha estado contigo constantemente he sido yo! –para Archie, Candy era cruel con él. La indiferencia de la rubia hacia su amor ocasionaba a Archie tristeza incomparable. Estaba sentado en el privado de su tío, con una torre de documentos que debía revisar pero los miró con fastidio. El recuerdo de su gatita le impedía concentrarse – ¿Por qué gatita? ¿Por qué tenías que haberme pedido que hiciera feliz a tu hermana? ¿No te das cuenta que no puedo hacer feliz a nadie si yo no soy feliz? –el elegante heredero cruzó los brazos atrás de su nuca y recargó su cabeza mirando el techo. Este no sería un día bueno en el trabajo.
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Por su parte, Stear continuaba recibiendo evasivas de Paty. Siempre que la buscaba en su casa ella se negaba a recibirlo. Todas las mañanas el sargento acudía puntualmente, a la misma hora para intentar hablar con la joven. Esperaba pacientemente en la sala durante mucho tiempo solo para ver regresar a la mucama con el mismo mensaje: "La señorita le pide que se retire. Ella no desea atenderlo". Si casualmente la encontraba en la calle, era siempre del brazo de Adam y, únicamente el joven empresario lo saludaba; durante las fracciones de segundos que sus miradas se cruzaban, a Stear le parecía reconocer un brillo en la mirada de la chica. Sin embargo, al instante, Patricia cambiaba su semblante y hacía como si no hubiera nadie delante de ellos. Esas situaciones incomodaban a ambos caballeros, por eso siempre el saludo era breve para continuar después cada cuál por su propio camino. Siempre el piloto debía recoger los pedazos de su corazón; el primogénito de los Cornwell no estaba seguro hasta cuando su corazón estaría dispuesto a continuar.
Adam definitivamente había descubierto los sentimientos que su preciosa aún guardaba por el piloto y se había despedido de cualquier posibilidad de ser correspondido. Lo único que deseaba era la felicidad de Paty. En ocasiones, sólo cuando ella se lo permitía, el muchacho se aventuraba por hacerla entrar en razón. Aún no lograba comprender porqué una chica tan dulce como su preciosa podía llegar a ser tan dura con alguien a quien amaba. Obviamente, el joven Benson ignoraba los intentos de Paty por quitarse la vida. Se había atrevido a abogar a favor de Stear pero siempre terminaba escuchando la misma amenaza: Paty se alejaría también de él y eso era algo que no podría soportar.
Pero la joven de anteojos sufría desconsolada cada noche. Siempre se iba a la cama rogando a Dios por que le ayudara a olvidar a Stear pero cuando despertaba, sus primeros pensamientos la traicionaban con la imagen del sargento. Eso sin contar los atrevidos sueños eróticos que últimamente la asaltaban con más frecuencia. La presencia varonil irrumpía en su recámara escabulléndose hasta su cama para desprender con manos ágiles y hambrientas las prendas de la joven, deleitándose con su desnudez. Mientras que ella se armaba de valor para desnudar lentamente al intruso y entregarse a las exigencias de sus deseos. Por las noches la muchacha despertaba agitada, deseando la compañía del guapo heredero en su cama. Irremediablemente terminaba girando de un lado a otro de su lecho, sudada y excitada totalmente. Patricia anhelaba sentirse plena; deseaba casi con locura saciar sus fantasías y convertirse en mujer al lado de Alistear. Su cuerpo completo necesitaba sentir las varoniles manos del piloto, perderse en sus brazos y recibir sus besos.
Por supuesto que el sargento no pasaba sus noches más tranquilo que ella. Soñaba diariamente con hacer suya la graciosa y gentil figura de Paty, con recorrerla totalmente, sin reservas. Cada mañana se juraba que ésta vez ella lo escucharía, pero siempre volvía a casa más desilusionado que el día anterior. Para Paty el sargento estaba muerto… esa era la respuesta que le enviaba con su mucama todas las mañanas cuando el joven la visitaba. Quizás debería darle gusto a la dama y morir. Quizás sería mejor volver al frente. Había vuelto solo por ella, pero si Paty no lo perdonaba, no tenía sentido permanecer en América. Los pilotos aliados estaban cayendo como moscas; cada caída de un aeroplano era una muerte casi segura para el piloto y las bajas en la batalla aérea por parte de los aliados eran sumamente altas. Sí… volvería al frente. Insistiría solo un poco más. Finalmente, si ahora volvía a la guerra Paty ya no sufriría, se lo había dicho claramente: "Usted está muerto"; ni siquiera tendría que despedirse… ahora era solo un fantasma en la vida de su ex novia. Prefería ser un fantasma sirviendo honorablemente a su patria, a ser un fantasma deambulando por el mismo recorrido cada mañana en las calles de Chicago.
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Anthony también acompañaba a su tío frecuentemente al consorcio. Ahora había tomado posesión de su herencia, que era por demás cuantiosa, pues era el siguiente en la línea de poder, sobre él solo estaba Sir William Albert Andrew. Había decidido dejar que su dinero lo siguiera manejando el consorcio pues los negocios no lo atraían mucho, aunque Albert le había hecho notar que la posición que tenía en la familia lo obligaba a entender el funcionamiento de las empresas, cosa que el joven había aceptado, pero sin perder su interés por la medicina. Albert no quería presionarlo pues se veía a sí mismo reflejado en la situación de su sobrino: William tampoco quería fungir como cabeza de la familia pero esa era su posición y lo haría por los seres que amaba. Aunque deseaba entrenar a sus sobrinos para darse el lujo de desaparecer de vez en cuando a alguno de sus destinos favoritos: África. Sus sobrinos estuvieron de acuerdo en apoyarlo y fue así que incluso el inventor había tenido que hacer sus apariciones por la empresa. Aún faltaban varios meses antes de que los chicos se matricularan en la universidad pero William Albert deseaba que aprendieran tanto como fuera posible, había mucho que hacer, de hecho, la misma Candy en ocasiones se unía al equipo sorprendiendo gratamente a sus paladines pues en diversas ocasiones sus instintos la llevaron a hacer las mejores propuestas. Además, con su gracia y buen ver había logrado cerrar algunos tratos ventajosos para los intereses de la familia. Anthony de inmediato, se volvió más agresivo en ese terreno, atrayendo inversionistas que confiaban en el buen trato y los resultados que el joven Brown garantizaba. Sin duda era un hombre completo que acaparaba las miradas femeninas en cualquier lugar.
De hecho Anthony no desconocía del todo el terreno que pisaba. Su padre lo había educado en los mejores colegios conociendo la privilegiada posición de su hijo en el clan de su desaparecida esposa. Anthony sabía de negocios, sabía lo que hacía y podía distinguir con claridad las mejores opciones de entre muchas. Su tío estaba gratamente sorprendido por la educación que su sobrino había adquirido. Hablaba más idiomas que Albert y eso era bastante ventajoso en el mundo de los negocios.
Su fama se extendió rápidamente entre los hombres más acaudalados de la sociedad estadounidense. Y obviamente, las mejores familias de Chicago ofrecían constantemente invitaciones al joven Brown para que los acompañara en cenas ofrecidas en su honor; cenas cuya única finalidad era presentarle al millonario a sus hijas casaderas. Muchas chicas empezaron a asediarlo. Sin ningún recato coqueteaban al heredero en cada oportunidad. De alguna fuente habían averiguado que la fortuna del joven Brown superaba la de William pues el desaparecido William Andrew había dividido su herencia exactamente al cincuenta por ciento entre su hija Rosemarie y William Albert. Al morir Rosemarie, Anthony heredó su fortuna y había que agregarle la cuantiosa fortuna que su padre poseía y heredaría en el futuro, ligeramente superior a la de Rosemarie; además de la flota marítima que algún día sería solo de él. Puesto que William había permanecido oculto ante la sociedad, Rosemarie había heredado el título nobiliario de su padre, mismo que ahora pertenecía a su hijo. Un plus irresistible para todas las familias con hijas en edad de casarse.
Anthony aceptaba las invitaciones porque era un caballero. Pero no había una joven que fuera capaz hasta el momento de mantener una conversación que le interesara. Era un hombre sumamente culto con ideas nuevas y las señoritas que conocía no aportaban nada para él; además sus pensamientos estaban con Candy. El joven la esperaría todo el tiempo que fuera necesario.
A Candice White no le agradaban en lo absoluto tales invitaciones; cada vez que se enteraba de alguna y veía al joven ataviado como un príncipe salir de la mansión, su corazón sentía algo que ella no reconocía porque nunca antes lo había sentido.
-¿Acaso son celos? No, eso no puede ser –trataba de convencerse.
Pero la muchacha no se había preparado para la visión que aparecería bajando las escaleras. Esta noche en especial Anthony se había esmerado más en su arreglo personal; el resultado fue una gallardía inigualable. Candy sintió una molestia apoderarse de ella; la chica que estuviera en los próximos momentos en compañía del joven Brown tendría que ser una tonta para dejarlo ir. Candy hubiese deseado ser ella quien gozara de la encantadora presencia masculina.
-¿Ya te vas? –preguntó. Su tono no pudo ocultar su inconformidad. Candy lo estaba esperando en la estancia disimulando leer un libro. A Anthony le pareció halagadora su reacción. Sobre todo porque la lámpara de pie al lado del sillón en que Candy estaba sentada "leyendo" estaba apagada.
-¡Hola Candy! No sabías que estuvieras esperándome –comentó con aires de importancia disfrutando de molestar un poco a la muchacha.
-¿Yo? ¿Y por qué supones que estaba esperándote? –ella trató de esconder sus sentimientos pero Anthony Brown era muy perspicaz. –Espero que disfrutes la velada –le dijo sarcástica mientras caminaba hacia la escalera para dirigirse a su habitación. Prefirió dar por terminada la charla al verse descubierta.
-¡Candy! – El muchacho la detuvo tomándola del brazo y la acorraló contra el barandal de las escaleras –Tú podrías dar por terminadas estas tontas invitaciones si quisieras –había fuego en la mirada de Anthony y seducción en su voz pero la joven no contestó; únicamente clavó una mirada posesiva en sus ojos, cosa que estremeció al rubio. Anthony decidió abochornarla un poco más y se acercó a ella hablando a escasa distancia de los labios de la joven; ella podía respirar el aliento mentolado del guapo heredero-:
-¿Por qué haces ese gesto? –le preguntó con una media sonrisa – ¿Por qué me miras así? ¿Por qué frunces tus labios? –Continuó en voz baja sin retirarse de ella sonriendo juguetón –¿Estas enojada o quieres un beso? –preguntó disfrutando el nerviosismo de la joven. – ¡Por Dios! Cuando se sonroja de ve muchísimo más hermosa. ¡Qué ganas de secuestrarla y llevarla ahora mismo al paraíso! –pensó el rubio mientras miraba intensamente los labios y los ojos de Candy.
La muchacha cerró los ojos envuelta del aroma de maderas y especies de la colonia del dueño de los ojos de cielo; humedeció sus labios preparándose para recibir un beso. El joven sonrió complacido y depositó un casto beso sobre la frente de Candy.
-Tengo que irme. Un caballero no debe hacer esperar a una dama –dijo un tanto divertido por los celos que descubrió en los ojos de la rubia.
Ella abrió los ojos decepcionada. Iba a protestar, pero cuando Anthony notó la decepción de las esmeraldas no pudo evitar desear complacerlas. El muchacho besó apasionadamente a Candy, la tomó de los hombros firmemente atrayéndola hacia él para que la chica no escapara en un intercambio que la dejó sin aliento por el atrevimiento de morder, succionar y lamer que el heredero había tenido. Cuando se separaron, la muchacha estaba como en un trance. Anthony le sonrió seductor y ahora se acercó para mordisquear el lóbulo de su oreja mientras le recordaba:
-"Tú eres la única que mi corazón aclama". Espero que pronto te decidas a darnos una oportunidad –Candy abrió los ojos para encontrar la mirada coqueta del muchacho apenas a unos centímetros de ella. Luego le dijo con voz suave, recuperando el control –: Ya no puedo quedarme más tiempo; pero espero que pronto ya no tenga que salir a cumplir con estos compromisos –Le dedicó una encantadora sonrisa y luego, tiernamente llevó su puño derecho para dar un ligerísimo golpe en el costado izquierdo del mentón de su prima, un golpe que pareció más una original caricia acompañada de una mirada sumamente intensa. Sin decir más el chico hizo una reverencia y abandonó la mansión dejando tras él a una mujer que se quedó con el deseo de ser besada nuevamente.
Ella comprendía que esas cenas eran importantes para las relaciones de la familia y trataba de mostrarse tranquila; después de todo, no tenía ningún derecho a quejarse. Anthony Brown la atraía, la hacía actuar como tonta, su imagen bombardeaba su mente sacando a la Tais que toda mujer lleva dentro. Por cierto, en este último mes se habían acercado mucho, pero ella aún no lograba liberarse del todo del joven aristócrata; aunque tenía que aceptar que lentamente su recuerdo empezaba a doler cada vez menos.
Con frecuencia confundimos el amor con la fuerza de la costumbre: Estamos tan cómodos con la rutina (aunque la misma nos haga daño) que llegamos a confundirla con felicidad; dicen que la costumbre es más fuerte que el amor. Para decidirnos a darnos una nueva oportunidad después de una relación fallida, primero debemos luchar contra la costumbre de las actividades compartidas. A veces preferimos permanecer en una relación, aunque esa relación no nos haga sentirnos plenos solo por el temor a la soledad; solo porque es más cómodo continuar en lo cotidiano que llenarnos de optimismo y pensar que tenemos derecho a buscar algo nuevo, algo que nos haga brillar, que nos haga sacar lo mejor de nosotros. Nos miramos al espejo y no nos reconocemos, pero insistimos en que debemos permanecer en la relación actual.
Candy no se atrevía a volver a empezar. Ella misma sabía que la chica en su interior no era feliz. La buscaba y trataba de ayudarle a salir pero no lo lograba. Fue hasta que su primer amor regresó a su vida que empezó a sentir que la Candy en su interior se negaba a seguir sufriendo, pero ella no encontraba todavía la manera de rescatarla; Candy quería seguir siendo fiel al dolor de haber perdido a su amado inglés. Entonces… ¿Por qué se quedaba a esperar despierta a Anthony cada vez que salía a una de esas famosas cenas? ¿Por qué vigilaba impaciente la entrada desde la oscuridad de su cuarto hasta verlo aparecer? ¿Por qué a la hora del desayuno ella siempre era la primera en sentarse a la mesa y sus ojos miraban constantemente hacia la puerta del comedor hasta verlo entrar y tomar su lugar? Hasta que Anthony aparecía en el comedor la joven se sentía satisfecha, sus ojos brillaban y un delicado calor la envolvía; sentía que ahora todo estaba bien; pero esos minutos de espera últimamente se le hacían más eternos que antes. La primera sonrisa que el muchacho le dedicaba cada mañana era suficiente para que la joven se sintiera feliz. Albert y Annie se habían dado cuenta de las actitudes de Candy y cada uno se preguntaba hasta cuándo ella lo notaría. ¿Cuánto tiempo más tenía que pasar para que descubriera que se estaba enamorando de su primo nuevamente?
-Pequeña –le dijo el patriarca –necesito hablar contigo. ¿Puedes regalarme unos minutos después del desayuno?
-Albert yo… -Candy prefería compartir esos minutos con Anthony antes de que se fuera a la consorcio y no quería dejar pasar esa oportunidad ni un solo día.
- ¡Vamos Candy! Es importante. De hecho quiero pedirte que esta mañana vayas con nosotros a la empresa, me gustaría tu opinión en un asunto –mintió porque su instinto le indicó que tenía que hacer un buen trueque para convencerla de ir con él a la biblioteca.
-¡Ir con ustedes! ¡Me gusta la idea! ¡Hoy no tengo que ir al hospital! –su entusiasmo sorprendió a los comensales. En realidad a la joven le entusiasmaba la idea de llenar su vista con la varonil figura de Anthony Brown por más tiempo.
-Bueno, entonces termina tu desayuno para que me acompañes –le sugirió; Albert tenía que hacer algo para ayudarle a comprender lo que le sucedía. William conocía mejor que nadie los síntomas que su pequeña presentaba y aunque le doliera, el joven magnate deseaba que Candy se sintiera plena.
Pocos minutos después Albert y Candy se encerraron en la privacidad de la biblioteca. La fotografía de la familia en la última fiesta colgaba de la pared principal, detrás del elegante escritorio. Albert fue directo a abrir las cortinas para permitir la entrada de la solana. Los rayos solares se posaron justo en la enorme fotografía. Candy no pudo evitar que sus ojos se dirigieran directamente a la figura de Anthony; los destellos solares parecían dar vida a los hermosos ojos del heredero.
-¡Dios! ¡Es tan guapo! –La muchacha no pudo evitar pensar en los besos que el audaz muchacho le había regalado –Y sus labios son tan carnosos y tan… deliciosos –pensó mientras se sonrojaba. Fue entonces que Albert encontró la introducción perfecta para lo que necesitaba preguntar.
-¿Hasta cuándo pequeña? –Dijo dulcemente desde el otro lado de su escritorio mientras un sentimiento de tristeza se apoderaba de su alma; pero el magnate lo escondió muy bien.
-¿Eh? –Ella no comprendió lo que Albert preguntaba. Miró a su protector tratando de escabullirse hacia el interior de su amigo.
-¿Hasta cuándo aceptarás lo que sientes por Anthony? –Dijo sin tapujos. Había que ser directo para que la chica no se fuera por la tangente.
-Lo que sucede… -dijo mirando hacia el piso, como si las palabras correctas estuvieran en el tapete –es que tengo miedo de estar equivocada. No tengo derecho a lastimarlo –lo cual era simplemente cierto. Candy no deseaba lastimar a nadie y tampoco deseaba ser lastimada nuevamente.
-¿Sigues pensando en Terry? –preguntó aventurado. Después aclaró –: Lo sigues amando y eso es normal. De hecho yo me preocuparía si ya no lo amaras –los ojos de Albert miraron directo a los de la pecosa adivinando sus siguientes palabras:
-¡Albert! –le dijo la rubia asustada – ¿Cómo puedes decirme eso?
-JaJaJa! No te asustes Candy –El millonario extrañaba esos momentos que compartía con su amiga. Empezó a reconocer el terreno y a sentirse cómodo con la pecosa –Dime: ¿Amas a Stear? ¿Amas a Archie? ¿Amas a Tom? ¿Me amas? –guardó silencio mientras le dirigía una sonrisa que a la chica le pareció un oasis.
-¡Claro que los amo! ¡Pero es distinto! –contestó de inmediato, sin detenerse a pensar en la respuesta –A ustedes les he amado siempre como mis hermanos y a Terry… -miró hacia la ventana con temor de que su dolor fuera descubierto; quizás la calidez del sol pudiese llegar hasta su alma.
-No tienes que explicarme el amor por Terry –la interrumpió. –Y de hecho no quiero volver a escucharlo, ya me martirizaste suficiente –pensó. –Recuerda que yo viví contigo. Pero según me dijiste, es ahora un hombre casado, así que yo espero que hayas tenido tiempo para cambiar el amor que sientes por él –Albert sabía que Candy era una chica fuerte y apelaba a su fortaleza con la esperanza de volver a ver sus ojos llenos de brillo.
-¡Pero hace apenas un mes que supe de su boda. No puedo cambiar ese amor en un mes! –se defendió.
-En un mes no. Pero sí en año y medio. Desde que volviste de New York me prometiste que te esforzarías por seguir adelante lejos de Terry –Albert suspiró para continuar-: Hace un año y medio que se despidieron por que así lo decidieron. ¡Ni siquiera te atreviste a hablarle en aquél teatro de quinta! Si tanto te importa: ¿Por qué no te acercaste a él? ¿Por qué no lo ayudaste una vez más? ¿Por qué no lo sacaste de ese horrible lugar para quedarte con él y enfrentar el dilema de Susana? –el patriarca se dio cuenta de la sensible fibra que había tocado y prefirió que Candy buscara las respuestas a esas interrogantes por sí misma. Prefirió advertirle-: Anthony es un hombre muy asediado. Hasta ahora ninguna chica le ha ofrecido lo que él encontró en ti. Te ama. No entiendo porqué seguir llorando por Terry si él ya tiene una familia. ¿No quieres tener una familia Candy? –Albert sabía perfectamente las debilidades de su pupila y amiga; la mujer que aún amaba – ¿Qué pasaría contigo si uno de estos días Anthony conociera a una mujer que sí quiera estar con él y le ofrezca por lo menos la mínima parte de lo que él espera de ti? –después de soltar semejante pregunta Albert no pestañeó, deseaba analizar cada movimiento de su pequeña.
-¡No! ¡Eso no sucederá! –respondió de inmediato con temor, en un tono que la sorprendió. Después de tal declaración sus miradas se clavaron una en la otra. Ambos guardaron silencio por un momento. Ella asimilando sus palabras y los sentimientos que las acompañaron y él dándole tiempo a reconocer lo que sentía. Ciertamente Candy tembló ante la idea y los ojos de su alma fueron abiertos.
-Me alegro pequeña. Me alegro que te hayas dado cuenta –Albert finalmente habló con un nudo en la garganta. Se levantó de su sillón y fue hasta ella para abrazarla –Si yo fuera tú, no seguiría perdiendo el tiempo. El tiempo es el elemento del que está hecha la vida, si lo desperdicias: Desperdicias tu vida. Créeme, nunca sabes cuando pueda llegar alguien a arrebatarte lo que piensas que siempre será tuyo –le dijo con tristeza.
-Hablas como si te hubieras enamorado y nunca te hubieses atrevido a confesarlo. Dime Albert: ¿Alguien llegó antes que tú porque no encontraste la forma de decirlo? –Candy sintió compasión por el corazón de su amigo cuando descubrió en sus ojos la respuesta –Lo siento Albert –le dijo mientras se aferraba a él con ternura.
-¡Vamos pequeña! No es de mí de quien estamos hablando, sino de ti. – ¡Dios! Tu pelo… ¡Qué bien huele! No creo jamás poder olvidar lo bien que se siente tenerte en mis brazos. Te amo Candy –luego de unos minutos que usó para controlarse, continuó con una sonrisa franca-: Tienes que ser feliz. Hiciste esa promesa a Terry; él te dijo que si no eras feliz te lo reprocharía. Terry está cumpliendo con su promesa. Tú debes cumplir con la tuya. Amarás siempre a Terry; solo debes cambiar la forma de amarlo y creo que no has descubierto que lo has logrado finalmente; creo que estás confundida –luego lanzó un desafío –Si te atrevieras a mirar dentro de ti con detenimiento descubrirías que lo que te digo es verdad, llénate de valor y descúbrelo de una vez por todas.
-¡Gracias Albert! –Candy se cobijó en los brazos de su protector hundiendo su rostro en su pecho, luego levantó su cabeza y se puso de puntitas para besar su mejilla –Iré a cambiarme para acompañarlos, quiero lucir muy bien hoy –le dijo mientras se perdía cerrando la puerta tras de sí con una enorme sonrisa.
Pero si siempre estás bellísima –murmuró Albert una vez que se quedó a solas. Giró sus pasos hacia la pequeña cantina que había en la biblioteca y se sirvió un vaso de whisky.
Estaba a punto de sorber el primer trago cuando descubrió que no era una hora apropiada para beber. ¡No! El no buscaría refugio en el alcohol. Con coraje y frustración arrojó el vaso hacia la ventana. El impacto del veloz vuelo del vaso estrelló el vidrio, llamando la atención de sus sobrinos que acudieron asustados al auxilio del patriarca. Cuando entraron a la biblioteca lo único que encontraron fue la imponente figura de Albert mirando con enojo hacia el vidrio. Luego desvió sus ojos para encontrar las atónitas miradas de sus sobrinos. Los tres muchachos comprendieron el dolor en los ojos de su tío; era como verse en un espejo. Anthony y Albert por un momento cruzaron sus miradas; fue imposible no descubrir el desafío en los ojos de ambos hombres. Los dos se mantuvieron frente a frente. Anthony comprendió la advertencia y el amor frustrado en los ojos de William Albert. Y Albert comprendió que su sobrino no se dejaría amedrentar por nadie en lo que a Candy se refiere, ni siquiera por él. A Anthony no se le olvidaba que había descubierto la personalidad del "Príncipe de la Colina" del que Candy le había hablado; sin embargo, eso no lo detendría. Un pacto silencioso de respeto se selló entre ambos hombres.
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Candy no había podido volver a su apartamento en busca de su cofre. Ese mes había estado bastante ocupada entre el hospital y la empresa. Pero definitivamente debía recuperar pronto su cofre; extrañaba sus tesoros, cada uno de ellos era único y especial. Esa tarde, después de la visita al consorcio, Anthony nuevamente la acompañó al departamento en busca de su cofre y algunas otras pertenencias que la chica necesitaba con ella en la mansión. La pandilla se separó otra vez; ésta vez la dupla Cornwell y Annie habían animado al muchacho a arriesgarse. A hablar con Candy nuevamente sobre sus sentimientos, a averiguar lo que ella estaba pensando.
Una vez más Anthony la esperaba sentado en el pequeño comedor. Cuando Candy lo miró al salir de la recámara su corazón dio un brinco inesperado. Inspeccionó cada centímetro del cuerpo del rubio sin que él percibiera la presencia de la muchacha. La joven estaba tan impresionada por el atlético cuerpo de Anthony Brown que pudo sentir como sus mejillas se sonrojaban involuntariamente. Con nerviosismo Candy volvió a la realidad y giró sobre sus talones para cerrar la puerta de la recámara nuevamente bajo llave; Anthony se había acercado peligrosamente a ella por la espalda, lo sabía porque podía percibir el aliento del muchacho sobre su nuca. Sin poder controlarse más, el joven rodeó a Candy por la cintura y la giró para que lo mirara, sus ojos estaban totalmente oscurecidos; esos minutos solo, invadiendo la intimidad de la morada de la mujer que había amado y extrañado por años le resultaron totalmente excitantes; todo ese tiempo analizando el color y la forma del entorno le había parecido definitivamente erótico. Tenía a la mujer que lo volvía loco encerrada entre una puerta y sus brazos que fungieron como una plácida prisión dentro de la cual la muchacha se sentía excitada hasta el límite. Hechizada por los ojos de Anthony y los recuerdos acumulados del mes, (especialmente los besos en el lago y en las escaleras, así como el baile en el restaurante hacía varias semanas antes y los celos experimentados últimamente por las invitaciones que el heredero debía atender), a Candy le fue imposible moverse. Anthony quitó de sus manos el pequeño cofre y lo colocó sobre el mueble en el que había permanecido el último mes sin retirarse un sólo centímetro de su deliciosa presa. Candy se sentía perdida en ese mundo de nuevas sensaciones. Había estado enamorada, pero era muy joven entonces; ahora ella había madurado y con ella sus deseos y necesidades. Para Anthony la batalla por ser un caballero era muy fuerte, tenía su rostro tan cerca de la joven que ambos podían respirar el aliento del otro; ambos se miraban extasiados descubriendo en el otro los mismos deseos y necesidades. Totalmente entregado a ese sentimiento que por años había sido solo una añoranza, un sueño, el joven cerró la distancia entre ellos, dejando caer ligeramente su cuerpo sobre el de la chica quien cerró los ojos para entregarse al beso que estaba segura, llegaría. –Por favor, que esta vez no se arrepienta –suplicó la muchacha –Y así fue; Anthony tomó sus labios suavemente, profundizando al ritmo que Candy marcaba; en poco tiempo, la delicada caricia de los labios se había transformado en un beso que lo mismo daba que exigía, sus lenguas se entregaron a la danza de la búsqueda, del reconocimiento, del reencuentro. Candy deseó disminuir aún más el espacio entre ellos y llevó sus manos al cuello del joven, tornando en caricias su suave contacto. Anthony presionó más su cuerpo contra el de su amada mientras la liberaba de la cárcel de sus brazos para dirigirlos a la cintura de la joven. Ella arqueó su espalda invitándolo a continuar con el desborde de emociones al tiempo que su instinto la guiaba en las caricias que tímidamente le prodigaba a su compañero. El suave contacto de las manos de Candy sobre la espalda del chico lo enloquecieron respondiendo con caricias en la espalda de ella primero, y luego, lentamente, pues no deseaba ofenderla, llevó sus manos hasta la suave curva de su cadera. Candy no dio señas de molestia, habiendo aprendido una nueva caricia, también llevó una mano a la cadera del joven mientras él ya abandonaba sus labios para besar su cuello:
-Tu cuello es tan exquisito –murmuró mientras su lengua se deleitaba con la piel de la chica al tiempo que notaba que sus hombros solo estaban adornados por unos ligeros moños a modo de tirantes que con gusto habría deshecho en ese momento. Pero se abstuvo pues sentía que no era tiempo, quería ir despacio con ella.
Aunque no pudo resistirse a probar la suavidad de los mismos, así que se dirigió al hombro derecho de la joven y profundizó sus besos mientras complacido la sentía perderse en el apasionado encuentro de sus cuerpos.
-Candy, me estás haciendo temblar, sentirte en mis brazos me hace un hombre completo. No sabes el infinito deseo que me asalta cada noche por besarte de esta forma –le dijo mientras mordisqueaba suavemente uno de los hombros de la muchacha. La declaración del deseo de quien la despertaba a nuevas sensaciones la emocionó sin control.
Anthony volvió a la boca que lo esperaba casi ansiosa y nuevamente la exploró introduciendo su lengua con frenesí; ella sintió como si sus besos fueran un dulce veneno que se apoderaba lentamente de su cordura. El heredero continuaba mordiendo suavemente los labios y succionando de igual forma mientras las caricias de ambos se hacían más y más atrevidas, el muchacho movía sus manos extendidas por los costados de Candy, rozando ligeramente con sus pulgares los senos virginales de la joven, logrando que la muchacha temblara nuevamente y sonriera sensualmente complacida; entonces abandonó nuevamente la boca para dirigirse al otro hombro bajando lentamente por su cuello con deliciosos besos. Sentir a la rubia estremeciéndose en sus brazos, con su piel erizada lo animó para deshacer los moños de sus tirantes.
-Creo que estos moños me están estorbando. No deberían estar aquí –su voz sonaba agitada y seductora. El volumen continuaba apenas audible. El corazón de la muchacha latió con fuerza cuando sintió lo que Anthony hacía:
Con sus dientes jaló los listones para que no obstruyeran más el recorrido de sus besos por la blanca piel de Candy, llenándose con la visión de los hombros desnudos de su novia porque para ése instante ya no necesitaban declaraciones de amor; Candy y Anthony estaban envueltos ya en un silencioso compromiso. Para entonces estaban produciendo las mieles que sus jóvenes cuerpos contenían. Candy sintió su humedad invadirla íntimamente y se percató que su compañero había sucumbido también a sus deseos pues podía sentir la erección de su pene sobre su vientre. Nuevamente los gemidos de placer de la chica se manifestaron; la más sorprendida fue la muchacha, pues apenas empezaba a descubrir la sensualidad dentro de ella. Sus deliciosos sonidos detuvieron al joven, quien se alejó lentamente, detuvo de igual forma sus caricias y disminuyó la intensidad de sus besos. Tiernamente amarró nuevamente los tirantes del vestido de Candy quien estaba cabizbaja totalmente sonrojada sin saber que hacer después de este íntimo intercambio; tenía todavía sus manos aprisionando a Anthony de la cintura así que él la abrazó para cobijarla. Ambos corazones latían locamente, podían escucharlos sin esfuerzo, no dijeron nada, permanecieron totalmente sumergidos en el abrazo. El joven hundió su rostro en el cuello de la muchacha aspirando el olor de su cabello:
-Te amo Candy, perdóname, sé que prometí darte tiempo –su voz totalmente enronquecida y agitada, víctima de la excitación todavía.
-No tienes que esperar más Anthony, tienes razón, ya he sufrido la espera mucho tiempo; un año y medio es suficiente para sanar y volver a empezar –ella buscó su mirada.
-¿Estas segura mi amor? –el joven no podía creer lo que escuchaba, aún no se recuperaba de la pasión que Candy había provocado y esta decisión de la muchacha lo llenaba de alegría e incrementaba su deseo por poseerla.
-Después de lo que me has hecho sentir: ¿Crees que puedo seguir dudando? –los ojos de candy también conservaban la pasión recién descubierta –creo que he sanado, de otra forma, nunca me habría dejado llevar por lo que sentí contigo –aceptó con un poco de timidez –Sólo necesitaba descubrirlo pero nada ni nadie habría sido capaz de mostrármelo, solo tú. ¡Me alegro tanto de tenerte conmigo! –la joven se aferró con más fuerza al cuerpo aún excitado del guapísomo muchacho.
-¡Candy! –Anthony sintió una arrebatadora alegría dentro de sí. Tomó a Candy por su cintura y la elevó en sus brazos dedicándose a girar con ella, totalmente preso de su felicidad.
Más de cuatro años habían pasado para que la pareja lo lograra. Habían sido cruelmente separados por una mentira pero habían sobrevivido. La jornada de vuelta había sido dura para ambos, pero finalmente estaban a punto de lograrlo. Sin renunciar.
-¿Cuándo quieres que hable con el Tío William? ¡Debo pedirle su permiso! –estaba dispuesto a iniciar los protocolos cuanto antes. La tenía presa de su abrazo sin querer liberarla.
-Uhmmm… todavía no –sonrió con picardía –Tan pronto como hagamos oficial nuestro noviazgo, tendremos que cumplir con una serie se reglas y normas que la tía abuela no pasará por alto.
-Tienes razón. Tendremos que vernos con chaperones y hablar en citas previamente autorizadas –musitó hasta cierto punto resignado.
-Además la tía abuela está disfrutando el hecho de tenerte de regreso. Démosle la oportunidad de seguir así sin estar pensando en preparar una boda próxima. Hagamos lo mismo que Archie, sigamos siendo "amigos" por lo menos durante dos meses, antes de hacerlo público.
-Estoy seguro que Stear y Archie nos apoyarán –no dejaba de reír. Tenía su frente sobre la frente de su amada. Se sentía pleno. Se sentía el hombre más feliz del mundo.
-Yo también estoy segura –respondió. Con una sonrisa cómplice sellaron su pacto.
-Debemos irnos antes de que despertemos sospechas –Nuevamente volvió a besarla. La intención inicial era un beso casto y puro, sin embargo lentamente fue subiendo su intensidad hasta que estuvo a punto convertirse en lo que habían dejado pendiente.
-¡Anthony! ¡Vayámonos amor! –dijo eufórica entre los besos y las caricias que su novio le regalaba pero sin poder romper el encantamiento que la mantenía aferrada al cuerpo del rubio.
-¿Cómo me llamaste? ¡Repítelo! –Le suplicó sin separar sus labios de la piel de la heredera, necesitaba volver a escucharla. Anthony necesitaba llenarse de las dulces palabras de su novia.
-¿"Anthony"? –bromeó.
-¡Candy! ¡No seas mala conmigo! –la tomó de la cintura con su brazo derecho y la acercó con fuerza hacia él mientras que con su mano izquierda acariciaba su rostro –Si no me lo dices no regresaremos esta noche a la mansión –la amenazó seductor.
-Ni lo digas "AMOR", la tía abuela nos trae mañana mismo un cura antes de que rompa el alba –bromeó la muchacha.
-Yo no tendría mayor problema de hacerte mi mujer ahora mismo –se le acercó juguetón haciendo alusión al estado en que se encontraba. Cosa que hizo que a Candy se le subieran todos los colores al rostro.
-¡Anthony! ¡Qué cosas dices! –Para Candy todo era nuevo. El único novio que había tenido no era muy bueno para demostrar sus sentimientos y Anthony lo hacía sin contemplaciones –debemos irnos.
-¿No podemos quedarnos un poco más? –Anthony se había acercado nuevamente peligrosamente. Todos los besos del mundo no eran suficientes para satisfacerlo –quiero estar aquí contigo –agregó sugestivo, devorando a la joven con su mirada, haciendo que ella se derritiera con su sonrisa.
-Uhmmm… sólo si me prometes que volverás a besarme –propuso inocentemente.
-Te lo prometo –respondió al instante –y te prometo que lo disfrutarás.
-¡Anthony! –le reprendió juguetona. Empezaba a comprender ese juego de flirteo entre un hombre y una mujer.
Nuevamente el muchacho se embarcó en la dulce tarea de mostrarle a su ahora novia los placeres del amor de pareja. Candy era incapaz de controlar la humedad que la estaba invadiendo nuevamente y se sentía halagada de causar el mismo estado en Anthony, a quien consideraba un hombre fuera de lo normal. Un joven extraordinario –"Un ser magnífico" –recordó que lo definió ante Terry en el Blue River. La pareja hizo un esfuerzo sobre humano por detenerse. Candy consideró prudente abandonar el lugar, así que lentamente se separó de su novio, tomó su cofre y caminó hacia la puerta.
-Será mejor que nos vayamos –le dijo con coquetería.
Mientras su novio la seguía todavía sin poder creer lo que estaba viviendo. Nuevamente la detuvo y se apoderó de su boca –definitivamente el muchacho quería recuperar todo el tiempo perdido –acariciando posesivamente a la muchacha, sintió que estaba perdiendo el control, lo mismo que su amada y decidió terminar con el encuentro. Con su mano libre la tomó posesivamente de la cintura para salir del apartamento y conducirla al auto.
Nuevamente no se percataron que su primo los había esperado a las afueras del inmueble escondido en la oscuridad, como un ladrón. Neal Legan se había dedicado a seguirlos por toda la ciudad durante las últimas semanas. Estaba rabioso. La pareja había permanecido mucho tiempo en el departamento y al verlos abrazados, su mente pudo adivinar lo que había acontecido en el interior.
-¡Nadie se burla de mí! ¡Me las pagarán! ¡Ambos sabrán quien soy yo! –amenazó tajante –Muy pronto Candice White será sólo mía.
Casi al llegar a la mansión descubrieron un trío conversando amenamente en un auto. Descubrieron que eran sus primos quienes tan pronto los vieron:
-¡Se los dije! –Stear no podía dejar de reír.
-¡No lo puedo creer tenías razón hermano! –Archie estaba impresionado.
-¡Basta chicos! ¡Debemos llegar! –Annie sonó enérgica.
-¿Qué hacen aquí? ¿De qué hablan? –dijeron los recién llegados mientras se bajaban del auto y se acercaban a ellos.
-Estamos esperándolos para que no los vean llegar solos, de esa manera creerán que siempre estuvimos juntos –Candy se sonrojó por el significado implícito en las palabras de Archie.
-Bien pensado. Gracias chicos –Anthony estaba feliz, muy feliz. Y Candy también. Dicen bien cuando mencionan que el dinero y el amor no se pueden ocultar.
-Y hablamos de que finalmente se les hizo justicia. Ellos no querían creer que cuando los volviéramos a ver ya serían novios –Stear rió triunfante y realmente feliz por ese par que a su parecer eran tal para cual.
-¿Bueno, pero ustedes cómo supieron lo que pasaría entre Candy y yo? –Anthony estaba intrigado. ¿Era tan obvio?
-¡No se preocupen! ¡Guardaremos su secreto! Por que adivinamos que todavía no quieren decir nada. ¿Verdad? –Candy y Anthony se sorprendieron por las conclusiones de los Cornwell –Lo confirmamos hasta que los vimos porque tienen las mismas miradas que antes de la cacería, aunque mucho más intensas. ¿Hay algo que debamos saber? –nuevamente Stear había acertado.
-No nada –Anthony lanzó una mirada audaz a su novia quien se encontraba sonrojada justo al lado de él. Tomó su mano entrelazando sus dedos, la condujo delicadamente hasta sus labios y la besó pero sin la reverencia propia de los cánones de esa época –Saben lo que deben saber – ahora llevó ambas manos a la altura de su corazón, miró a todos pícaramente con una sonrisa que fue incapaz de esconder lo que la pareja se negaba a revelar.
Muy bien. Entremos –Archie trató de sonar natural, trató de guardar en un rincón sus celos. Y todos los chicos subieron a los autos para entrar a casa.
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Un enorme ramo de Dulces Candies había sido colocado por Anthony en su recámara. Era la mañana del 7 de Mayo. Dorothy abrió las cortinas para permitir que el sol irrumpiera en la habitación. La calidez en su rostro y la luz logró despertar a la perezosa joven. Un delicado olor a rosas hizo cosquillas en su nariz. Sus ojos se iluminaron al encontrar el hermoso arreglo floral con la tarjeta que le recordaba la importancia de la fecha. La muchacha saltó feliz de su cama para darse un baño y reunirse con su familia en el desayuno.
Toda la pandilla felicitó a Candy por su cumpleaños. Cada uno de sus primos abrazó a la heredera. Por supuesto que el patriarca no fue la excepción. Albert regaló a su pequeña un diario personal para que la chica escribiera sus memorias como parte de la familia Andrew. Conocía los gustos sencillos de su amiga, así que optó por un regalo significativo y simple.
Cuando la tía abuela se enteró del cumpleaños dieciocho de la muchacha se sintió decepcionada de no haber sido puesta sobre aviso a fin de preparar la tradicional fiesta de presentación. De hecho, William Albert sabía que si la tía se enteraba sería inevitable dicho evento, y ni a Candy ni a él les agradaba la idea de exponer a la muchacha ante los jóvenes para indicarles que la señorita estaba disponible y podía empezar a recibir propuestas de matrimonio. De cualquier forma, ningún argumento fue válido ante Madame Elroy.
-Prepararemos tu fiesta de presentación en dos meses. Es una tradición -la anciana se refirió severa a su sobrino William-: Candice está en edad de recibir propuestas matrimoniales. Ninguna Andrew se ha casado después de los dieciocho años -nuevamente se dirigió a la joven-: No serás tú la primera. –La matriarca se encargaría de que los mejores partidos del país se presentaran ante William para pedirle la mano de su hija.
Albert sintió miedo. Tuvo miedo ante la inminente pronta pérdida de su pequeña. Sabía que no sería fácil quitarle esa idea de la cabeza a la tía abuela. Iba a protestar y a envolverse con ella en una discusión para defender a su amada pero Candy lo detuvo con un gesto de resignación.
Está bien tía abuela –dijo la pecosa –si usted cree que es lo correcto, eso haremos –la joven se sobresaltó cuando sintió la mano de su novio apretar con fuerza sus muslos por debajo de la mesa en franco rechazo a la idea. Anthony no estaba dispuesto tampoco a que alguien se acercara a cortejar a su novia. Primero tendrían que matarlo; eso claro, si él se dejaba.
-Me alegra que pienses así Candice. Ya verás que te casarás con el mejor partido –la anciana estaba optimista y hasta entusiasmada con su papel de casamentera. Mientras que el patriarca profundizaba en su dolor.
-Sí claro. Al primero que se pare en el umbral de la puerta con la intención de arrebatarme a mi pequeña le parto la cara –era claro que Albert no podía resignarse a la idea.
-De eso puede estar segura tía abuela –en la voz de Anthony se percibía el desacuerdo y el desafío. El muchacho lanzó una mirada posesiva a su novia con el mensaje de que no permitiría que nadie se le acercara.
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Las cosas en New York no iban muy bien para el joven Grandchester. La terapia con el psicoanalista estaba avanzando lentamente. De hecho, el doctor Freud había advertido al actor de que la recuperación de Susana no tenía un tiempo garantizado. Lo mismo podía invertirle seis meses que años.
-¿Por lo menos seis meses? Yo no tengo ese tiempo doctor. Usted conoce cada detalle de la historia. Yo necesito buscar a mi ex novia. Necesito explicarle… -Terrence estaba perdido entre el sentido del deber para ayudar a Susana y el amor intenso que sentía por Candy. Deseaba que el galeno lo exentara de la tarea de seguir ayudando a Susana.
-Joven, usted no tiene ninguna obligación de permanecer al lado de la señorita Marlowe. Nadie tiene el derecho de presionarlo para hacer algo que no quiere, esa fue una decisión que usted tomó –en realidad el experimentado médico sentía compasión por Terry. Podía ver que su ego tampoco era muy fuerte, debido a las circunstancias que rodearon su niñez. Por eso había caído en el alcoholismo. Terrence Grandchester era un alcohólico cuya recuperación estaba dando pasos agigantados por la motivación de recuperar a su ex novia bajo la tutela del psicoanalista que había empezado a sentir simpatía por el muchacho.
-¿Quiere decir que puedo hacerme a un lado en todo este tratamiento? –preguntó con una sonrisa difícil de disimular – ¿Puede Susana salir adelante sola?
-Yo le pediría, si en verdad está preocupado por la señorita, que nos ayude algunos meses más. Después de ese tiempo, si la señorita no lo libera por sí misma, yo la ayudaré para que lo deje partir –le prometió.
-¿Cuántos meses considera oportuno? –Terry estaba cansado de poner las necesidades de Susana antes de las propias.
-Por lo menos hasta que tengamos seis meses de tratamiento.
-Está bien doctor –el plazo no le gustó a Terry, sin embargo, en su Interior se sentía en deuda con Susana –Pero solo ese tiempo. NO voy a participar en esto un día más –Terry miró directamente al médico.
El hombre frente a él era su única esperanza de libertad. Había pasado largas sesiones con él y había comprendido finalmente que su vida no le pertenecía a Susana. Solo nosotros somos dueños de nuestra existencia y de nuestras decisiones. El futuro nos alcanzará de acuerdo a las decisiones que tomemos hoy. Hasta ahora aún no había roto su compromiso con Susana; según la opinión del médico, no había llegado el tiempo todavía. Mientras Terrence continuara apoyando a Susana, debía hacerlo como su prometido para que el ego de la joven no se viera fracturado nuevamente. La única fuerza que lo mantenía era el deseo de proteger a su pecosa de cualquier amenaza de la ex actriz.
…Veo al final de mi rudo camino
Que yo fui el arquitecto de mi propio destino.
Que si extraje la hiel o miel de las cosas
Fue porque en ella puse hiel o mieles sabrosas.
Cuando planté rosales coseché siempre rosas.
(En paz –Amado Nervo –fragmento)
-Por ti mi Tarzán Pecoso, solo por ti mi amor –Terrence tomó su auto y se dirigió a su departamento con el propósito de concentrar sus pensamientos en la chica que se había apoderado de su corazón –Te amo Candy. Pronto, pronto estaremos juntos nuevamente. Espera un poco más, sólo un poco más –rogó con todo su corazón.
-¿Terry? –la pecosa caminaba por las calles de Chicago. Había terminado su guardia en el hospital y se dirigía a la mansión, pero había escuchado claramente la voz de su aristócrata, se giró muchas veces para ubicarlo, pero no encontró la figura que buscaba. Siguió su camino decepcionada –Debí haberlo imaginado –se dijo. Un profundo suspiro abandonó su cuerpo – ¡Dios! ¿Alguna vez lograré dejar de pensar en él? Estoy muy confundida, pero debo tratar de seguir viviendo. ¡Candy! ¡Candy! –Continuó mientras golpeaba su cabeza con su puño –Tienes que sacarlo de tu cabeza. Recuerda que es un hombre casado –terminó con cierta nostalgia en su voz.
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Un mes más había transcurrido. Lentamente la nueva relación entre Candy y Anthony había madurado. En realidad había sido solo cuestión de hacer unos pequeños ajustes aquí y allá para que la vida de la pareja funcionara casi a la perfección.
Ambos disfrutaban escabulléndose en sus cabalgatas matinales. Amaban llegar al lago y pasar ahí el tiempo charlando e intercambiando sueños y deseos. Candy y Anthony podían lo mismo hablar por horas que quedarse en silencio sin sentirse incómodos. La sola presencia del otro era suficiente para que sus corazones se sintieran felices.
Por supuesto que no solo pasaban el tiempo hablando. La pareja, sin darse cuenta, había caído en la situación de la que Anthony le había hablado a su novia: Desde hacía unos días sentían una imperante necesidad de sentir el más mínimo roce de sus cuerpos. El muchacho descubrió ante Candy la deliciosa aventura de dejarse llevar por él. La joven disfrutaba plenamente de las caricias cada vez más atrevidas que su novio le ofrecía. Muy despacio ella aprendía a reconocer ése cosquilleo que se apoderaba de ella con los apasionados besos y atrevidas frases del muchacho.
Ella había sido además muy buena alumna. Ansiosa de corresponder a Anthony de la misma forma, la joven empezaba a sentirse cada día más cómoda y entusiasmada con la creciente intimidad entre ambos.
Esa mañana era especial, su deseo de estar solos los había llevado a un lugar diferente. Candy podía sentir que algo flotaba en el ambiente y no estaba segura de qué era eso exactamente. Pareciera como si el sol brillara más que nunca, como si el canto de las aves arrullara al viento, como si el mismo viento acariciara cada fibra de la muchacha. Esta vez cabalgaban sobre el mismo corcel; Candy estaba sentada al frente y Anthony paseaba juguetón su mano derecha por la cintura de su novia, incrementando el deseo de la muchacha. Con la mano izquierda Anthony guiaba las riendas del equino manteniendo su mentón sobre el hombro derecho de la dama. El paso lento del corcel lograba que las eróticas fantasías de los muchachos fueran más y más atrevidas. Cuando llegaron a esa parte inexplorada de la enorme propiedad, Anthony la ayudó como siempre a bajar del caballo. Las miradas de la pareja eran intensas, parecían comunicarse sus más íntimos secretos. No bien la tuvo de pie frente a él; el joven fue incapaz de controlarse y comenzó a besar a su novia de inmediato. Se apoderó casi fieramente de sus labios mientras que ella correspondía de la misma forma. Sus cuerpos estaban unidos de tal forma que el viento no podía atravesar el abrazo. Ambos estaban perdidos es su deseo de sentirse mutuamente. El joven acariciaba casi desesperado la espalda de Candy; luego arrebató la boina que acompañaba el traje de montar para liberar su cabello. No podía verla, tenía los ojos cerrados, pero se complacía con juguetear con los rizos de su novia. Ella a su vez se aferraba con fuerza al cuerpo de Anthony, entregando en cada beso la ardiente necesidad de sentirse plena. Sin darse cuenta, los muchachos se recostaron sobre el pasto. Anthony estaba dejándose llevar por el deseo que su cuerpo le exigía. Habían llegado hasta tal punto y no quería detenerse, pero tampoco deseaba tomarla sin su consentimiento o simplemente hacer algo de lo que ella pudiera arrepentirse después.
Justo antes de entregarse al punto sin retorno, Anthony continuó besando a su novia quien empezaba a gemir complacida por el peso del cuerpo del joven sobre ella y los apasionados besos recibidos.
-Sé mía –le pidió Anthony hablándole al oído mientras mordisqueaba atrevidamente el lóbulo de su oreja para continuar con el cuello, cuyo sabor lo enloquecía. La había inmovilizado entrelazando sus dedos con los de ella sosteniendo sus manos a los costados a la altura de la cabeza de la muchacha.
Esas palabras hicieron que Candy se sintiera como si un tren estuviera a punto de atropellarla. De pronto se detuvo ante la clara idea de que ambos estaban deseando entregarse mutuamente; pero era algo para lo que no se sentía preparada todavía.
Anthony… -dijo en un susurro, tratando de controlar su agitada respiración –Te amo. ¡Dios! ¡Bien sabes que te amo! –Su novio se detuvo para mirarla a los ojos mientras acariciaba su pelo, tratando de poner atención a lo que escuchaba, aunque estaba muy excitado y tenía sus ojos oscurecidos.
-Sé mía. Sé mi mujer desde hoy –acarició dulcemente una de sus sonrojadas mejillas –te juro que no debes preocuparte –ahora la mano se desplazó para acariciar sus bien torneadas piernas –yo sabré corresponder a tu entrega. Te amo Candy. Te amo –la mirada apasionada y sincera del heredero acompañada de sus manos recorriendo su cuerpo sensualmente por poco convencen a la muchacha.
-No puedo mi amor. No puedo hacerlo. No todavía –contestó sincera –dame tiempo, quiero estar segura cuando algo así suceda.
Anthony deseaba lo mismo que ella: Que cuando la entrega sucediera ninguno de los dos se arrepintiera. Conocía los principios enseñados a la joven por sus madres y sabía de la lucha interna que debería estar liberándose en ella. Después de uno o dos minutos que Anthony invirtió para analizar, respondió:
-De acuerdo. No te preocupes. No soy capaz de ir más allá de lo que tú consideres prudente –le sonreía sincero y complacido con los motivos de la joven que temblaba entre sus brazos. Hizo un esfuerzo enorme por recuperar el autocontrol; deseaba a esa mujer con toda su alma. Luego le dijo seductor-: Pero eso no impide que pueda seguir besándote. ¿Verdad?
-Creo que no –Candy le sonrió coqueta mientras lo atraía nuevamente hacia ella para continuar besándose con la misma pasión que iniciaron.
A partir de esa mañana, en cada encuentro, Anthony insistiría en convencerla de su entrega total; pero la chica respondería siempre lo mismo: "No todavía."
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Unos días después Candy y Anthony no pudieron escabullirse de su grupo. Habían planeado pasar la tarde en el departamento de la chica. Stear deseaba volver al apartamento donde había pasado su despedida antes de ir a la guerra. Aquélla noche no sólo despidieron a Candy para su viaje a New York. Stear se había despedido en su corazón de todos ellos entre música y risas.
Por supuesto que Archie y Annie también quisieron acompañarlos y organizaron una tertulia improvisada. Llevaron bocadillos dispuestos a pasar una tarde amena. Habían invitado a Albert, pero él prefería mantenerse al margen. No le gustaba lo que sentía cuando veía a Candy con Anthony. No le gustaba porque no se sentía bien de sentir celos por su sobrino. Sentía como si alguna vez tuviera que enfrentar los interrogantes de su desaparecida hermana.
Alistear extrañaba mucho a Paty. Todos sus intentos por recuperarla hasta el momento habían sido en vano. Paty regresaba los arreglos florales con los mismos mensajeros. Rompía las notas de amor que le enviaba y se las regresaba con alguna de sus mucamas. Incluso los chocolates que tanto amaba regresaban destrozados víctimas de los zapatos de la muchacha. Aunque a decir verdad, la joven extrañaba los días en que religiosamente el piloto llegaba a su casa a la misma hora, siempre pulcramente ataviado. La primera mañana que no llegó, la joven pensó que algo pudo haberlo detenido, que seguramente más tarde se presentaría, incluso durante aquélla tarde no salió, pero el valiente sargento no la visitó. La segunda mañana la chica se desilusionó, imaginó que ya no le interesaba seguir intentando hablar con ella. La tercera ocasión, no pudo evitar llorar la ausencia de Stear. Lo extrañaba, el solo saber que vendría a buscarla llenaba sus días, pero ahora el piloto no venía más… probablemente no volvería nunca. Días después empezaron a llegar pequeños detalles provenientes de su ex novio, pero la chica se dio a la tarea de devolverlos destruidos. El joven sargento había decidido regresar al frente, aprovecharía la tertulia de esa tarde para dar la noticia a sus amigos; esta vez no se iría como ladrón en la noche. Se sentía deprimido; sin ella su vida no tenía sentido. Se llevaría al frente la última imagen de la muchacha.
No imaginaba que la joven pasaba por la misma tremenda depresión cuya única cura eran los brazos del gallardo sargento. Esa tarde Paty decidió que era tiempo de abrir su corazón.
La pluma se deslizaba suave y presurosa sobre las hojas de su diario. Paty se dio cuenta, que en los últimos años, desde su época de colegiala, las cosas no habían cambiado en nada: Ella seguía con un solo tema sobre el cual escribir: Alistear Cornwell. Con bella caligrafía la muchacha desahogaba su amor por el valiente sargento. Estaba más vulnerable que nunca. Sabía que había perdido valiosos días al lado del hombre que amaba. Había tomado un baño y estaba envuelta en su bata.
Su terapéutica tarea se vio interrumpida cuando el aroma de frescas violetas llegó hasta ella. Paty miró hacia su abierta ventana y descubrió en su balcón la deseada presencia masculina que la miraba embelesado, disfrutando de las líneas femeninas de su cuerpo.
-¡Sargento! ¿Pero cómo se atreve? –sin embargo el reproche no sonó muy convincente. Alistear se sintió complacido al verla sonrojarse y titubear en sus frases.
-Señorita O'Brien –el sargento hizo una reverencia para tomar la mano de la chica y depositar un galante beso en su dorso. Sus ojos, sin embargo, estaban clavados en la oscuridad de los irises de la muchacha.
-¿Qué hace aquí? –reclamó en voz baja fingiendo enojo. Sus pasos se apresuraron hacia la ventana de su balcón para cerrarla y cerrar las cortinas -¿No comprende que puede poner mi reputación en tela de juicio?
-Lo siento señorita. Sí lo sé –respondió con franqueza sin desviar su mirada. El escrutinio del sargento logró sonrojar mucho más a la chica que lo vio acercarse en actitud de acecho –Sé también que le gustan las violetas –Alistear extendió su mano para entregarle las flores, pero la chica no las recibió. El piloto las depositó en el florero al lado de la cama de la muchacha sonriendo con un aire de ausencia.
-¿Pero qué hace? –Volvió a refunfuñar Patricia – ¿También quiere que le invite una taza de té? –aunque se esforzaba por sonar molesta, no podía esconder ante el piloto que se sentía complacida de tenerlo cerca.
-Una taza de té estaría bien –sonrió retador al tiempo que depositaba una de las flores sobre la oreja izquierda de la joven. Ese gesto hizo temblar a la muchacha. La ardiente mirada de Stear entonces la hipnotizó destruyendo su parapeto.
-Sargento –continuó imperante –le ruego que se retire. Usted no debería estar en mi recámara.
-Se equivoca señorita. No hay otro lugar en el que yo deba estar en este momento. Y en cuanto a irme… no se preocupe –el piloto tragó saliva mientras su sonrisa desfachatada se transformaba en una mueca triste –precisamente he venido a despedirme. No quiero volver a escuchar que soy un hombre sin agallas –terminó esforzándose por no perder la cordura, hundiendo sus ojos en los de la mujer que amaba. Esta vez, Stear se llevaría la imagen de una mujer y no la de una chiquilla.
-¿Des…? ¿Despedirse? –Indagó curiosa. La respuesta en los ojos del sargento la dejó sin habla. – ¡No por Dios! ¡Otra vez no! –palideció ante la idea de perderlo nuevamente.
-Paty –Stear la llamó como solía hacerlo en sus sueños, como lo había hecho en antaño, como su amiga –No tengo nada qué hacer aquí. Nada hay que me detenga. Regresé con la esperanza de una vida feliz tras los horrores de los que he sido testigo –no pudo evitar que sus ojos se humedecieran –pero no he encontrado nada de eso. Es mejor darle un objetivo a mi vida que continuar con la figura fantasmagórica en la que me he convertido -su voz se cortó con tristeza antes de decir-: No hay vida en mí, ni tampoco esperanza de vida…
La mirada de Patricia era indescifrable. Stear no podía adivinar los sentimientos de la chica. Se esforzaba por descubrir lo que había dentro de ella pero después de varios minutos en que la pareja de escudriñó mutuamente, el sargento se dio por vencido. Suspiró y buscó nuevamente la mano de la chica para regalarle un beso de despedida. Su mirada había cambiado; había fuego y pasión contenida, pero tendría que llevarse esos sentimientos con él.
-Me temo que llegó el momento. Debo irme –dijo mientras se giraba para abrir la ventana del balcón por el que había llegado.
-¡No! –Paty quiso gritar pero la voz no salía de su garganta –Si él se va… ¡No! ¡Yo tengo que saber el verdadero significado…! –Con voz temblorosa Paty por fin pudo articular una sola palabra-: ¡Stear! –lo llamó con urgencia para que el chico la mirara.
-Paty –El sargento respondió mientras se giraba. Su sangre hirvió dulcemente ante lo que vio: Delante de él estaba la mujer de sus sueños desnuda totalmente. Patricia se había despojado de su bata de baño. La única prenda que vestía era la violeta que el sargento había colocado sobre su oreja. Sus ojos estaban llenos de la misma pasión y el mismo deseo que los ojos de Alistear, pero había algo más en ellos: Decisión. La joven estaba decidida a conocer aunque fuera por única vez lo que significa hacer el amor.
Stear obviamente disfrutó del manjar visual frente a sus ojos. Lentamente escudriñó sonrojado cada centímetro del cuerpo de Patricia: Su pelo, sus ojos, su boca, su cuello. Hasta el momento estaba controlado, pero cuando escudriñó sus bien proporcionados senos, cuya firmeza era indudable, su suave sonrojo se volvió arrollador. Continuó por el valle de su vientre totalmente plano y el monte de Venus. A regañadientes continuo su vista por sus firmes piernas hasta llegar a sus pequeños pies. Pero la vista no era todo lo que el muchacho deseaba saciar. Se acercó a la muchacha para abrazarla. Deseaba tocarla. Embriagar su tacto con la suave y delicada piel de Paty. Paseó sus manos por sus senos, su espalda, su cadera, sus glúteos. Sin avergonzarse, la muchacha empezó a despojar al piloto de sus finas ropas, pero el sargento la interrumpió para tomarla en sus brazos y llevarla hasta su cama, en un placentero viaje en que los besos eran fuego.
Stear se complació con regalar a su paladar el sabor de los pezones de la muchacha. Pareciera que jamás se cansaría de besar y morder los rosas botones de la chica. Estimuló la entrepierna de Paty hasta que la chica no pudo más y llenó los oídos del sargento con deliciosos gemidos, estaba completamente húmeda, lista para recibirlo. Mientras que él estaba más que preparado para penetrar no solo en el cuerpo de la mujer que se entregaba a él, también a su alma. Paty jamás se imaginó que hacer el amor fuera tan dulce; el dolor de su primera vez no fue nada comparado con el placer de entregarse al único hombre que amaría. Cuando el muchacho rompió la barrera de su virginidad, se tomó su tiempo. Después, la hizo suya delicadamente, con dulzura y finalmente, respondiendo a las demandas de la joven, Stear apresuró sus embates hasta que le mostró el cielo a quien desde ahora sería su mujer. Juntos gritaron su placer, su amor, su entrega. Cuando llegaron al climax, Paty le regaló un "Te amo" al hombre de su vida. Se quedaron dormidos abrazados, totalmente cansados, extasiados y felices. Podrían descansar. Todavía faltaban varias horas para encontrarse con la pandilla en el apartamento de Candy.
Stear y Paty despertaron casi el mismo tiempo. El calor del fuego pasional los había abandonado. Ambos despertaron en sus propias recámaras abrazados a su almohada.
-Paty –la desilusión de no haber hecho suya realmente a la joven le hizo derramar un par de lágrimas. No podía renunciar. Stear haría realidad su sueño.
-Stear –Paty estrujó su almohada. Definitivamente: Tenía que cambiar su actitud. Debía recuperar al loco, tonto e inmisericorde de Alistear Cornwell. Ella se encargaría de que Stear permaneciera para siempre en su vida.
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El grupo se dirigió al apartamento. Habían invitado a Paty y Adam para que se unieran a ellos, pero el joven empresario se había disculpado argumentando una junta importante con nuevos inversionistas, lo cual no era mentira. Adam estaba realmente enfocado en hacer crecer su fortuna.
A unos cuantos pasos de llegar al pequeño edificio el grupo escuchó una sonora explosión. Todos se pusieron nerviosos buscando el origen de la misma. En cuestión de segundos descubrieron que el departamento de Candy estaba en llamas.
No muy lejos de ahí, Neal Legan sonreía maliciosamente:
-Si pensaron que podrían continuar viéndose en este lugar se equivocaron. Yo destruiré todo lo que haga feliz a ese par –se sentía satisfecho de haber arruinado la tertulia que sabía sus primos llevarían a cabo.
Mientras el fuego se expandía peligrosamente, la pandilla contemplaba desde la acera cómo un lugar tan significativo era devorado por las llamas. Candy se entristeció viendo sus esfuerzos por ser independiente convirtiéndose en cenizas. Un par de lágrimas abandonaron los ojos de Candy. Anthony la abrazó a fin de que la rubia recibiera consuelo y apoyo. Durante unos segundos permanecieron estáticos, sintiendo cómo el fuego a la distancia comenzaba a subir la temperatura de sus rostros.
-¡Candy! ¡Candy! –le gritó el casero mientras corría hacia ella y hablaba atropelladamente –su amiga, la señorita que siempre me topaba en la iglesia –estaba muy nervioso y trataba de ser coherente con todas sus fuerzas. Se veía visiblemente afectado –la joven que rezaba horas, la de los anteojos –dijo finalmente.
-¿¡Paty!? –exclamó Candy aún sin comprender.
-¡Si ella! –el casero estaba tan asustado que no podía crear una sola frase con facilidad –llegó hace un par de horas, me pidió que le abriera. Dijo que los esperaría adentro, y bueno, yo sé que es su amiga, así que le abrí.
-¡Paty! –la voz del sargento cimbró a todos –sin detenerse a pensar Stear corrió hacia el infierno que cada vez era más poderoso, con la esperanza de encontrarla a tiempo.
-¡Stear! –Archie corrió detrás de su hermano, amaba a Paty y no permitiría que algo le sucediera a una de sus damiselas.
-¡Señor! –gritó Anthony – ¡No les permita entrar! –le ordenó mientras dejaba a Annie y Candy bajo la protección del casero y corrió detrás de sus primos.
-¡Anthonyyyy! –la pecosa tenía mucho miedo, tenía el terror reflejado en su rostro pero sabía que era lo correcto, sabía que los primos no podían ni debían quedarse como espectadores. Dentro de sí la muchacha elevó mil y un plegarias rogando al cielo por la protección de sus amigos –Paty ¿Qué viniste a hacer al departamento tan temprano?
Afortunadamente, los paladines llegaron fácilmente al departamento. Pero tuvieron que derribar la puerta para penetrar en él. Adentro era un verdadero infierno. Las llamas crepitaban en una amenazante y terrorífica canción. Ya sólo algunos muebles faltaban por arder. Con furia y decisión el trío se dividió en un acuerdo lógico, para evitar hablar, el humo era casi sofocante.
Afuera Annie y Candy lloraban abrazadas. Sus mejores amigos, sus compañeros de vida, los chicos que amaban y que las habían aceptado y amado a su vez estaban arriesgando sus vidas para salvar la de Paty, la joven tímida que se había cincelado a sí misma con el sufrimiento y el dolor en una de las mujeres más atrevidas y aventureras de la época.
-¡Paty! ¡Paty! ¿Dónde estás mi amor? –Stear sintió el más grande terror experimentado en su vida. El fuego había devorado la pequeña cocina completamente y se había extendido al resto del apartamento que estaba por ser devorado en su totalidad.
-¡Stear! ¡Aquí estoy! –la débil voz de Paty no pudo ser escuchada, de inmediato se desmayó.
¡Paty! ¡Cof! ¡Cof! – ya era casi imposible respirar –Archie no podía encontrar a su amiga. Se movía desesperado entre los pequeños espacios donde no había fuego pero sus intentos por vislumbrar la silueta femenina eran fallidos.
Anthony trataba también desesperadamente de encontrarla antes de que el departamento de quemara por completo, pero la chica no respondía a sus llamados. Revisó los rincones cerca de la cocina pero no encontró a Patricia. Stear tenía cada vez más miedo de encontrar a Paty demasiado tarde. Finalmente, después de palpar la puerta de la recámara supo que era seguro abrirla. Sus ojos brillaron un poco aliviados. Ahí estaba ella; la encontró desmayada, al punto de la asfixia en el piso. La chica había tenido la precaución de cubrirse con una cobija mojada.
-Paty. Mi Paty: Siempre tan inteligente. Te sacaré de aquí, tú no mereces perecer en este infierno –tiernamente tomó a la joven en sus brazos – ¡La tengo! ¡Ya la encontré! – Gritó –¡Salgan, voy detrás de ustedes! –Stear salió de la recámara con Paty en sus brazos; ninguno de sus hermanos se movió. Ambos prefirieron asegurarse de que no los necesitaría así que salieron únicamente hasta que Stear abandonó el departamento con largos y apresurados pasos. Fue hasta ese momento que los ojos de Anthony se abrieron con terror al descubrir un recipiente de unos cincuenta litros de combustible que al parecer había sido dejado deliberadamente en el lugar. Sus ojos curiosos y rápidos descubrieron una larga mecha que llegaba hasta la puerta principal y que milagrosamente aún no se había encendido, pero sin duda pronto lo haría.
-¡Archie! – Gritó como pudo sumamente aterrado – ¡Corre! ¡Salgamos de aquí! ¡Va a explotar! –Después gritó más fuerte, con sus pulmones envenenados por el humo, haciendo un esfuerzo sobre humano – ¡Sigue corriendo Stear, no te detengas hay combustible en el apartamento!
Anthony inició la carrera y se llevó a Archie consigo, quien se había quedado paralizado por el terror al descubrir una de las fuentes del incendio. Lo tomó de la mano hasta que Archie reaccionó.
Apenas los paladines abandonaron el lugar, la segunda explosión tuvo lugar. Archie y Anthony cayeron al suelo impulsados por la fuerza explosiva, pero ya estaban fuera del alcance del fuego. Annie y Candy corrieron a abrazarlos agradecidas por su esfuerzo de salvar a Paty. Stear llevaba a Paty en los brazos, lloraba desesperado por la vida de su amiga, la única mujer que lo había amado, la joven que era todo para él. No había tomado sus signos vitales, no sabía si estaba viva todavía; de hecho se negaba a examinarla pues no sabía de dónde se aferraría para soportar lo peor. Si estaba muerta él no quería saberlo, no todavía. Quería tenerla entre sus brazos pensándola viva.
-Un poco más, sólo un poco más –decía desesperado –No me dejes Paty, no te vayas. Te amo. Te amo –el sargento aprisionó el cuerpo de la muchacha en sus brazos con mayor fuerza –Por favor Paty quédate conmigo, no te atrevas a abandonarme, no podría vivir sin ti –Se negaba a deshacerse de ella. Estaba temblando y llorando desconsolado. Se sentó en la acera con Paty y Candy tuvo que examinarla en la misma posición.
-¡Stear! ¡Stear! –Le suplicó Candy –Paty necesita oxígeno, está desmayada, pero si no la atendemos pronto puede ser mortal, tiene su cuerpo lleno de Dióxido de Carbono; ¡Por favor, sube al auto! ¡Vamos al hospital! –le mandó la rubia.
-¡Sí! ¡Vamos al hospital! –un momento de lucidez llegó hasta el piloto, se levantó de inmediato y subió al auto de su primo. Anthony condujo sin respetar las señales de tránsito, Archie se sentó en la ventanilla del copiloto e iba haciendo señas para que les cedieran el paso.
"Quizás un hermano nunca será un amigo, pero un amigo siempre será un hermano" escribió Netzahualcóyotl, el "Rey Poeta Azteca". Tenía razón. Los amigos verdaderos se convierten en tus hermanos, están dispuestos a sacrificarse por ti, a arriesgarse contigo, a no dejarte solo en tiempos difíciles. Ciertamente Patricia O`Brien no tenía hermanos de sangre, pero sus amigos cumplían a la perfección tal función.
Pronto Sir William Albert Andrew se enteró de los pormenores y se encaminó directo al Hospital Santa Juana. Las enfermeras lo reconocieron de inmediato, no solo por las gráficas en los diarios, sino por el breve tiempo que había pasado como el paciente del cuarto cero. Además de que su figura y porte atravesando los pasillos del Hospital eran un deleite para las féminas. Albert reflejaba su poder en su andar y en su mirada, pero no solo el poder que da el dinero; hay un poder que va más allá de eso, me refiero a la investidura que te otorgan los principios y valores acumulados en tu vida. De inmediato el mismísimo director de la institución advirtió a los médicos y enfermeras para que se esmeraran en el trato de la señorita O`Brien.
La joven estaría bien. Estuvo unas horas en terapia intensiva mientras su cuerpo era oxigenado. Candy y Albert solicitaron autorización para que la rubia enfermera atendiera personalmente a su amiga; cosa que sorprendió al director; pero conocía a la chica y sabía que era bastante eficiente así que no tuvo ningún problema en aceptar la propuesta. Por supuesto que Alistear no se separó un solo minuto de la cama de Paty. Se sentó a lado de ella sosteniendo su mano; esperando pacientemente a que la chica despertara.
Después de un tiempo que no pudo ser medido debido al nerviosismo de sus amigos; la joven despertó:
-Stear –Paty se había quitado la mascarilla y lo llamó con cierta debilidad. La chica podía sentir su presencia, no lo veía porque el joven estaba ahora sentado en un sillón lejos de ella vigilando su sueño.
-No hables Paty –le dijo suavemente mientras se acercaba para sentarse nuevamente al lado de su cama. Un par de lágrimas de felicidad y agradecimiento al cielo se deslizaron por su rostro.
-Lo siento, lo siento mucho –le dijo emocionada fijando sus ojos oscuros en los ojos del sargento –cuando estaba ahí, rodeada de fuego –continuó nerviosa –en lo único que podía pensar era en ti. En que tendría que irme y en que te causaría un terrible dolor –Paty lo miró como en el colegio, con timidez.
-No digas nada Paty querida –insistió el piloto –hablaremos más tarde, ahora debes descansar.
-Me siento mejor, el fuego recién había empezado cuando escuché tu voz, no creo que mi cuerpo esté muy envenenado –Stear volvió a ver en la chica a la niña que devoraba libros en la biblioteca. Sabía que Paty conocía de lo que hablaba.
-Aún así Paty, necesitas descansar –insistió mientras tomaba de su mano la mascarilla para devolverla a su lugar, es decir, para colocársela nuevamente.
-¡Espera! –le rogó –Tienes razón: No estabas pensando en ti. –Stear la miró con un signo de interrogación en su rostro –Cuando estás frente a la muerte… -continuó ella conmovida –cuando estás frente a la muerte, en lo único que puedes pensar es en las personas que amas –luego lo miró con los ojos llenos de amor y la más grande adoración de la que era capaz –en ésa habitación, rodeada de fuego, solo pude pensar en ti –le repitió –en lo mucho que te amo, en que moriría y tú nunca lo sabrías. Te amo Alistear Cornwell –terminó con un par de lágrimas viajando por sus mejillas.
El sargento estaba rendido ante tales palabras. Se acercó lentamente hacia ella y depositó un suave beso en sus labios; apenas una caricia, pero ése delicado contacto estremeció los cuerpos de ambos. ¡Al fin! ¡Al fin! Patricia y Alistear veían un futuro brillante delante de ellos. Sus corazones se hicieron miles de promesas, sus almas se reencontraron decididas a permanecer unidas, a ser felices.
-Paty… -Stear estaba a mínimos centímetros del rostro de ella –creo que necesito hablar con tu novio. No quiero que lo hagas tú. Por favor, déjame hablar con él, como caballeros –le pidió.
-¿Mi novio? –ella no comprendía a qué se refería
-Sí: Adam. No es correcto mi atrevimiento de besarte. Quiero que nuestra relación sea clara ante los ojos de todos –le dijo decidido; con un brillo en sus ojos que la chica nunca había visto.
-Pero Stear… –trató de hablar Paty.
-¿Qué pasa Paty? ¿No quieres que yo le explique? Por favor, déjame hacerlo –Alistear deseaba proteger a su niña del supuesto enojo de Adam.
-Eso sería algo que yo tendría que hacer si… -fue interrumpida abruptamente.
-No quiero exponerte a su enojo. Déjame enfrentarlo a mí, por favor –insistió el piloto, sosteniendo las manos de la joven entre las suyas.
-¡Stear! ¡Escúchame! –le ordenó Paty un tanto divertida –nunca permitiría que tú hicieras tal cosa. Eso tendría que hacerlo yo si hubiera una relación entre Adam y yo, pero no la hay. Adam es solo un amigo. Yo no podría amar nunca a nadie después de ti –le confesó mirándolo a los ojos emocionada.
-¿Qué? –Stear no podía creer lo que escuchaba – ¿Adam no es tu novio? –preguntó para verificar la información con una enorme sonrisa en su rostro. La misma del Stear adolescente que se había enamorado de Paty – ¡Y yo que me estaba consumiendo por los celos!
Paty entonces alargó su mano hasta el sonriente rostro de su amor. –Mi corazón es solo tuyo. Mi vida misma te pertenece. Nadie sería capaz de llenar tu lugar. Yo solo vivo por ti y para ti.
Para entonces, Stear ya había descubierto que su Paty estaba mucho mejor. Había recuperado su color y sus fuerzas lentamente la inundaban con nuevas y deliciosas sensaciones.
Y sin detenerse a pensar, la besó nuevamente, primero suave y delicado, después intensificó su beso haciéndola incorporar lentamente para que estuviera sentada en la cama; la chica empezó a corresponder al sentimiento de deseo por los besos de ese hombre, el único capaz de hacerla temblar, de hacerla estremecer, de mirar estrellas y escuchar dulces melodías; ella también había estado esperando por ese momento; ambos estaban embriagándose con el recuerdo del erótico sueño misteriosamente compartido. Stear la tenía prisionera en su abrazo, haciéndola arquear su espalda, cosa que agradó a su novia. Cuando terminaron el beso estaban sin aliento, se miraron con los ojos oscurecidos y se abrazaron. Estaban tan hechizados uno por otro que no notaron la presencia del resto de la pandilla. Anthony descubrió la oportunidad perfecta para desquitarse de las inoportunas intervenciones de Stear entre él y Candy.
-¡Primo! Si la sigues besando de tal forma pronto le robarás el oxígeno que acaba de entrar a su cuerpo –le dijo complacido por la pequeña broma. Todos rieron involucrados por la unión de sus amigos.
La pareja permaneció abrazada. Ninguno de los dos se atrevía a mirar hacia la puerta, ambos sabían perfectamente que sus ojos delatarían la desbordante pasión de que eran víctimas. La pandilla se rió de buena gana y abandonó el lugar.
-Será mejor que nos vayamos. Ya nos aseguramos que Paty no podría estar mejor –dijo Archie –todos abandonaron el lugar sonriendo felices, excepto por Adam que había llegado al nosocomio tan pronto se enteró del incendio.
Esa misma noche Paty fue dada de alta. Sus amigos estuvieron felices. Aún no le habían dado aviso a la abuela Marta y se sentían aliviados de que la anciana no se diera por enterada. Aunque Paty les dijo que su abuela se le había escapado nuevamente. Esa tarde, había encontrado una nota diciéndole que se sentía aburrida, así que la aventurera mujer había decidido hacer un viaje sin rumbo fijo. Le dijo a su nieta que tan pronto se estableciera en algún sitio se comunicaría con ella. La joven estaba frustrada. Todos sus esfuerzos por controlar a su abuela habían sido en vano. Se encogió de hombros con la impotencia reflejada en sus ojos mientras sus amigos la miraban divertidos.
-Deberías sentirte orgullosa de ella Paty –dijo Candy –yo quisiera llegar a su edad sintiendo la misma pasión por vivir.
-Claro que estoy orgullosa de mi abuela. Si no hubiese sido por ella yo seguiría hundida en mi tristeza –recordó –ella fue la fuerza que me ayudó a superar la ausencia de Stear –Paty sonrió imaginando la dulce sonrisa de su abuela.
-Bueno, entonces será mejor que vengas con nosotros a la mansión mientras regresa tu abuela –le dijo Stear al mismo tiempo que la tomaba en brazos para sacarla del hospital. Esta vez nada impediría que Paty se quedara a su lado.
-¡Stear! –le reprendió la enfermera –es regla del hospital que los pacientes salgan en silla de ruedas –le explicó divertida.
-¡Lo siento Candy! Pero ni creas que voy a perder cualquier oportunidad para tener a Paty cerca de mí –miró profundamente a su novia y ella se ruborizó en extremo, al punto que escondió su rostro en el pecho de su novio buscando igualmente el contacto que la hacía sentir más mujer que nunca.
-¡Qué remedio! –dijo resignada la enfermera.
-Déjalo –le susurró Anthony al oído –si yo fuera él haría exactamente lo mismo: Aprovechar cualquier oportunidad para satisfacer la necesidad que tiene mi cuerpo del más mínimo contacto con el tuyo –nuevamente la voz y el mensaje hicieron estremecer a Candy. Ella giró su rostro para encontrarse con los cielos de Anthony, descubriendo el más arrebatado deseo; sintió su cuerpo temblar al descubrir que ella empezaba a tener la misma necesidad.
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-¡Cómo te sientes cariño? –preguntó Stear, una vez dentro del auto.
-Mucho mejor –ella aún no podía creer que estuviera rodeada por los fuertes brazos de esa escultura griega (como ella lo llamaba en sus pensamientos).
-Quizás mañana quieras salir a cenar a conmigo –le pidió usando un tono formal y deliciosamente cálido.
-¿Solo tú y yo? –dijo sonrojada ligeramente.
-¡Sip! Solo tú y yo –contestó mientras sin ningún disimulo aspiraba el perfume de su pelo.
-¡De acuerdo! ¡Hagámoslo! –replicó mirando dulcemente al mayor de los Cornwell.
-¡Ven acá! –Con su fuerte brazo el inventor rodeó el cuello de su novia y ella llevó ambas manos para sujetarse del sargento –Paty, eres como una droga, ya no puedo dejar de abrazarte y besarte –al instante el piloto se apoderó una vez más de los labios de Paty. Definitivamente se habían olvidado que no estaban solos, pero las otras dos parejas estaban igualmente disfrutando de la reconciliación de Paty y Stear.
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-¿Candy? –la suave voz de Anthony que se deslizaba a su habitación por la ventana a media noche hizo que ella se girara hacia él.
La chica se encontraba sin poder dormir y estaba sentada con las rodillas recogidas en una esquina de su habitación. Vestida solo con su transparente camisón. Anthony notó que debajo de la sexy prenda Candy no llevaba más ropa.
-¡Anthony! –de inmediato ella se arrojó a sus brazos y comenzó a llorar desconsolada.
-Sabía que estarías en este estado. Fue muy fuerte para ti perder el apartamento –el chico sumió su cabeza en su lugar favorito: El blanco cuello de su novia, mientras la atraía hacia él con ternura.
-Sí amor, ese departamento representa mucho en mi vida –contestó sollozando.
-No llores pequeña, eres mucho más bonita cuando sonríes –esa frase ocasionó una leve sonrisa en la mujer amada.
-Anthony –le dijo presa del dolor que le causaba la pérdida del inmueble y los recuerdos acumulados en él. Lo miró a los ojos decidida, se puso de puntitas para ahora ser ella quien mordisqueara el lóbulo de la oreja del joven, ocasionando que millones de corrientes eléctricas recorrieran su cuerpo –Esta noche…-dijo ella murmurando mientras seguía jugando con su oreja –esta noche no podría negarte nada –le confesó, sintiendo una terrible necesidad de cambiar su dolor por placer.
Su novio la miró con dulzura y ternura ante la vulnerabilidad de la joven. El sabía que era verdad: Candy no podría resistirse en el estado que se encontraba.
-Mi amor –sin desviar su mirada de sus ojos, acarició su mejilla y besó su frente para responder suavemente –Esta noche… -le dijo con suavidad en el oído –esta noche no podría pedirte nada. Te amo.
Ella nuevamente abrazó a su novio. Cuando Anthony la sintió más dueña de sí misma, la tomó en sus brazos y la llevó a la cama. La cubrió con su cobertor, le dio un beso de buenas noches y abandonó la habitación también por la ventana.
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Después de una semana las investigaciones del origen del incendio arrojaban que había sido provocado. También los testimonios de Archie y Anthony que afirmaban la presencia de combustible. Sin embargo, no podían comprender quien quisiera dañar a la familia. Era obvio que el acontecimiento no era para atentar en contra de alguna vida sino más bien para acabar solo con el inmueble. Tales circunstancias hicieron sentir comprometido a William Andrew en la remodelación del edificio, por lo que durante el mes corriente se llevaron a cabo dichos trabajos. Los más entusiasmados eran los miembros de la pandilla que, decoraron a su gusto el nuevo departamento. A la tía no le había agradado la idea de que sus sobrinos tuvieran un lugar así para sus reuniones "clandestinas" había dicho, pero la pandilla la convenció de que pensara en el departamento como "la casa del árbol"; pues ellos necesitaban de un lugar donde se sintieran cómodos y en donde pudieran compartir libremente. Albert había reído por la idea de la tía sobre el departamento, en el fondo sabía que tenía razón: Era peligroso que los chicos tuvieran un lugar tan privado a su disposición, pero confiaba en ellos; todos habían demostrado que sabían conducirse con responsabilidad.
Paty y Stear estaban comprometidos. El inventor le había hecho la gran pregunta durante la cena a la que la había invitado cuando fue dada de alta del hospital. Para la joven había sido la mejor noche de su vida. No podía estar más agradecida con Dios, le había devuelto al hombre que amaba. Estaba realmente feliz. Ella a su vez sorprendió a su novio al decirle que estudiaría Ingeniería Mecánica con él, pues deseaba estar preparada para cualquiera de las locuras del inventor. En ese momento Paty no sabía cuán acertada había sido su elección y no lo sabría sino hasta muchos años más tarde. La pareja había invertido horas trabajando juntos en un taller que Albert había montado para su sobrino, pero se negaban a explicar que era lo que hacían. Las únicas pruebas visuales de su trabajo eran las manchas de grasa que religiosamente formaban parte del atuendo de los enamorados. Solo decían que era una sorpresa, pero nada más salía de sus labios pese a todos los ruegos que la familia había hecho. Habían tratado de sabotear la sorpresa pero siempre eran sorprendidos por Paty y/o Stear, definitivamente, no hubo manera de echar a perder la sorpresa.
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Días después Terry caminaba a primera hora del día enfurecido por las avenidas de New York. Sus largos pasos eran la mejor prueba de que el joven tenía urgencia de llegar a su destino. Había preferido caminar para tratar de serenarse, sin embargo eso no había sido posible. Sus ojos estaban llenos de fuego. Habría sido capaz de aniquilar con su mirada a las Marlowe si las tuviera frente a él.
Llevaba la última edición del periódico en sus manos. Tan pronto la doncella abrió la puerta del departamento de Susana, el joven se introdujo con el mismo paso largo y acelerado, furioso arrojó el diario al regazo de Susana que lo esperaba nerviosa en el recibidor.
-¿Puedes explicarme que diablos significa esto? –El muchacho olvidó que estaba hablando con una dama – ¿De dónde sacó este bastardo semejante mentira?
-Bueno Terry, yo no quise esperar más –la chica usó nuevamente su tono manipulador, pero las sesiones con el doctor Freud durante ese último mes habían servido de mucho al actor. La interrumpió:
-¡Al diablo contigo Susana! –Le gritó furioso –Siempre piensas únicamente en ti. No hay nada importante ni antes ni después de ti. –Terry se acercó amenazante hasta la joven –Tengo dos meses apoyándote en cuerpo y alma con esta terapia. Exijo que me digas la verdad: ¿Estas avanzando o simplemente estás actuando? ¿Nos has estado mintiendo al doctor y a mí? –Se inclinó para mirarla fijamente, fulminándola con el par de zafiros que arrojaban fuego –No tenías derecho a publicar una mentira de este calibre. Aún no vamos a casarnos. El doctor te ha dicho que no puedes contraer matrimonio en semejante estado. ¡Por favor Susana, ayúdate un poco más! No es noticia de primera plana, pero para mañana todos los Times del país estarán publicando la noticia. ¡No debiste haberlo hecho! ¡No tenías derecho!
-Eso es todo lo que te preocupa Terrence. –le dijo un tanto burlona –Ya entiendo: No quieres que Candy se entere que pronto nos casaremos –la muchacha levantó la voz para después sonreír triunfante-: Pues entérate de una vez por todas: Hace un par de meses le escribí para decirle que nos casaríamos en secreto. Según ella, por lo que le escribí, tú y yo ahora somos marido y mujer, estamos muy enamorados y estamos planeando tener familia –Susana terminó la cruel noticia sabiendo que tenía controlada la situación. Terrence sin duda, estaría sufriendo al igual que la enfermera de Chicago.
-Estás más mal de lo que yo creía –Terrence la miró desafiante – ¿Y a dónde crees que te llevará haberle mentido? ¿Acaso no te das cuenta que es fácil que yo eche abajo tu maldad? –Sonrió sabiendo que la verdad siempre sale a la luz.
-Pues deberías leer más seguido los chismes de sociales: Tu Candy ha estado saliendo con su primo –la sonrisa burlona de Susana penetró hasta los huesos del aristócrata –a mí me parece que hay algo entre ellos; por lo tanto ha valido la pena escribirle. Ella ha decidido olvidarte –luego agregó con saña-: Entiéndelo, ponlo en tu cabeza bien grabado: Candy no te ama, nunca te amó, te abandonó sin tomarse la molestia de luchar un poco. Yo esperaba resistencia de su parte, pero a ella no le importó dejarte conmigo.
Terry la miró con desprecio, estaba a punto de enfrascarse en una de sus cotidianas peleas, pero prefirió no continuar y salió del apartamento azotando la puerta tras de él. Aún no eran las siete de la mañana, el muchacho aprovecharía el tiempo para caminar un rato.
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Al día siguiente por la tarde en Chicago, una paloma se detuvo en la ventana del pabellón de pediatría en el Hospital Santa Juana. Los niños se mostraron deslumbrados por el inesperado visitante y llamaron la atención de la enfermera más bonita para ellos. A Candy se le iluminó el rostro al notar que no era cualquier paloma. Era una paloma mensajera y ella estaba a punto de confirmar sus sospechas sobre quien era el responsable. Tomó el mensaje y leyó:
Mi amor: Te he extrañado mucho durante el día y, aunque me muero por tenerte a solas en mis brazos me temo que tenemos que reunirnos con mis primos. Te estoy esperando ansioso.
Te amo.
Anthony
Candy miró el reloj. Faltaban algunos minutos para terminar su turno pero consiguió el permiso para retirarse. Divisó a su novio de pie en el árbol de siempre. Su atuendo revelaba su buen gusto, su colonia inundó el olfato de Candy transportándola a las varias ocasiones en que al hundir su cabeza en el pecho de Anthony había sentido que sus rodillas se doblaban, sus ojos se llenaron del buen ver del hombre que le había mostrado el cielo en sus caricias y sus besos, que por cierto se hacían cada vez más demandantes. La heredera estaba muy complacida con su relación.
-¡Anthony! –para la rubia los momentos que pasaba junto a él se habían convertido en los mejores del día. La muchacha se arrojó a los brazos del joven.
-¡Candy! Te ves hermosa –la recorría con su mirada complacido. Orgulloso de la mujer que su corazón había elegido.
-¿Qué es todo esto de la cita con los chicos? –caminaban de la mano hacia el auto con paso apresurado.
-Parece que Stear y Paty nos mostrarán el resultado de sus horas de trabajo –dijo tratando de adivinar cuál sería la sorpresa –Anthony le había abierto la puerta de su auto.
¿A dónde vamos? –mientras subía graciosamente al asiento del copiloto y Anthony lo rodeaba. Candy en verdad se llenaba con la imagen de su novio. Cada día se sentía más atraída por él.
-A la mansión –dijo una vez al volante –pero antes-: Se acercó a su novia con un intenso deseo y la besó apasionadamente antes de que ella pudiera emitir cualquier protesta. La joven se entregó a la caricia de los labios de Anthony rodeando su cuello casi de inmediato. Sus lenguas se conocían ya muy bien y ya ambos habían aprendido muchísimo sobre los puntos que los hacían explotar cuando el otro los tocaba. El beso se prolongó mucho más de lo que Anthony había planeado y es que cuando se trataba de Candy, todo concepto de tiempo y espacio se reducía a nada. Cuando terminaron el beso ambos estaban sin aliento.
-Creo que es mejor que nos vayamos – miró a su rubio divertida por el riesgo que habían tomado al besarse en la vía pública. La clandestinidad de su relación le daba cierta emoción que incrementaba sus deseos.
-Sí. Eres irresistible –dijo sin deseos de echar el auto a andar.
-¡Vayámonos ya! –sonó imperativa.
-¡De acuerdo! Pero tú y yo tenemos algo pendiente –concluyó seductor, lo que hizo que a la enfermera se le erizara la piel y sonriera. Ya su timidez era historia, Candy era feliz y se sentía cómoda con su novio, le gustaba improvisar y explorar; cosa que volvía loco a Anthony.
Al llegar a los campos de la mansión en que Stear los había citado a todos, los chicos no podían creer lo que tenían frente a ellos. Era una cómica postal de Paty y Stear vestidos con trajes de pilotos. Habían construido un aeroplano y esa tarde les mostrarían a todos que la experiencia inventiva del piloto había dado frutos, sobre todo ahora que contaba con una eficiente asistente. Lo curioso era que por fin Stear había cambiado de conejillo de indias, esta vez sería Paty la que, si el avión fallaba debía saltar con un paracaídas, sólo que este paracaídas era el que había salvado la vida de su novio en la "Gran Guerra", era la única pieza de tela a la que el piloto podía confiar la vida de Paty.
Todos estaban ahí, inclusive Albert había dejado un momento sus obligaciones para apoyar a su sobrino. La abuela Martha estaba también presente pues había vuelto entusiasmada por el compromiso de su nieta, le había pedido a Paty que le cediera el lugar pero Paty se negó rotundamente:
-Tú serás después de mí abuela, pero no antes –le había dicho.
-Está bien, qué remedio –replicó resignada y todos rieron ante las ocurrencias de la anciana.
Stear y Paty abordaron el aeroplano, Paty se mostraba segura y confiada, si tuvo miedo de subirse a un aeroplano de fabricación casera, supo esconderlo muy bien. Alistear se aseguró de que su prometida no corriera ningún peligro ajustando a la perfección el paracaídas de la joven. Todos se admiraron del profesionalismo desarrollado por el piloto. Y estaban orgullosos de él. Pero el más sorprendido fue Stear cuando vio que Paty se apoderaba del la cabina del piloto y le indicaba su lugar justo atrás de ella. Los corazones se detuvieron ante la magnífica muestra de vuelo que Paty protagonizaba. Su novio estaba asombrado por la vista que tenía; mirar pilotear a su novia lo excitó en extremo, tenía ganas de tomarla ahí mismo; fue hasta entonces que comprendió el enorme amor de su novia.
La sensación de libertad, el viento en la cara, la adrenalina del peligro y la placentera presencia de Alistear otorgaron a la joven la sensación más completa de que estaba viva. Nunca olvidó su primer vuelo en esa nave fabricada por ellos mismos.
Por su parte Alistear se sentía orgulloso por el logro de haber construido un buen aeroplano. Se felicitó por haber logrado regalar a su novia lo que tantas veces soñó mientras estaba en el frente: Un vuelo juntos, aunque hubiera preferido ser él quien piloteara la nave. Se emocionó hasta las lágrimas al recordar a su amigo Domy que había muerto en sus brazos y su triste historia de desaparición y recuperación. Pensó en sus amigos Frank y Raoult a la vez que elevó una plegaria por su bienestar.
No te sientas vencido, ni aún vencido,
No te sientas esclavo, ni aún esclavo,
Trémulo de pavor piénsate bravo
Y arremete feroz ya mal herido.
Ten el tesón del clavo enmohecido
Que ya viejo y ruin vuelve a ser clavo;
No la cobarde estupidez del pavo
Que amaina su plumaje al primer ruido.
Procede como Dios que nunca llora,
O como Lucifer que nunca reza,
O como el robledal, cuya grandeza
Necesita del agua y no la implora…
¡Que muerda y vocifere vengadora
Ya rodando en el polvo tu cabeza!
(Piu Avanti –Almaforte)
El aterrizaje fue sin novedad. Las felicitaciones no se hicieron esperar y Paty convenció a todos para que se cambiaran con los trajes que habían comprado para ellos y el resto de la tarde todos pudieron disfrutar de el paseo que Stear y Paty compartían con ellos. Inclusive Annie se atrevió a subir y el avión despegó después de miles de recomendaciones de Archie para su hermano tras haber vigilado otras miles que el paracaídas de la tímida estuviera perfectamente colocado.
Las parejas decidieron cenar fuera para festejar el triunfo del primer vuelo del Aeroplano SYP-1916; Albert declinó la invitación argumentando que tenía mucho trabajo, aunque la verdad era que no deseaba salir con ellos sin pareja pues se había percatado perfectamente del juego de sus sobrinos y sus novias.
Los chicos eligieron el mismo restaurante de siempre, después de todo el dueño ya los identificaba a la perfección y se esmeraba en su atención. Nunca esperaban a que se les asignara una mesa pues siempre había una disponible para ellos, pero esa noche los hicieron esperar un momento antes de entrar a la zona de comensales. Fue entonces que todos lo notaron: Candy no había dicho nada pues tenía su vista clavada en la primera página de la edición de la tarde del Chicago Times, para ser precisos, en la gráfica bajo el título:
Romeo y Julieta vuelven a vivir en Terrence y Susana.
A pesar de la discreción de los preparativos, la próxima boda de la naciente estrella de Broadway Terrence Grandchester con la señorita Susana Marlowe no pasa desapercibida para los medios...
Ilustrando la reseña del malamente sonado acontecimiento había una fotografía de la pareja. Ella sonreía feliz, plena, y realizada; había un aire de triunfo que no se molestaba en ocultar. Por su parte, Terry tenía la mirada fija en la lente de la cámara como queriendo hacer contacto visual con alguien del otro lado, su mirada transportó a Candy a la cubierta del Mauritania pues estaba perdida en algún punto de un lejano mar, aunque sus ojos no estaban húmedos a Candy le pareció que estaban ligeramente ausentes y tristes. ¿A dónde se fue el arrebato?, ¿A dónde la arrogancia?, ¿A dónde el brío?, ¿A dónde el coraje? Su estómago se retorció y sintió un dolor en su pecho, ligero, pero perceptible. Descubrió el engaño del que había sido víctima con la carta de Susana, el engaño que la llevó a decidirse por reconstruir su vida. Obviamente se molestó en extremo por no haber escuchado el consejo de Anthony para buscar a Terry en New York. ¿Por qué Susana le había mentido? ¿De qué tenía miedo la ex actriz? ¿Será acaso que Terry seguía pensando en ella?
Mientras tanto Anthony la miraba con dolor. Se sentía frustrado por la reacción de su novia; de pronto sintió que todo el tiempo transcurrido había sido una mentira, que ella seguía amando al aristócrata cuya fotografía la había hechizado al grado de olvidarse de él. No soportó la escena y abandonó el lugar después de varios minutos de espera por la atención de su novia dejando a sus primos preocupados; sin embargo ninguno se atrevió a detenerlo; en el fondo comprendían la decepción que el heredero debía estar viviendo. Tampoco se atrevían a hablarle a Candy. ¿Qué le dirían? Decidieron esperar a que saliera del ensueño por sí misma. Sin embargo los minutos pasaron y la chica continuaba en un remolino que la arrastraba a vivencias pasadas, al encuentro de miradas, de peleas, de frases, de promesas, de reencuentros y de despedidas. ¿Despedidas? ¡Despedidas!
Volvió a la realidad, miró a sus primos como intentando reconocer el lugar. Se sintió apenada. Las miradas un tanto recriminatorias de sus amigos la ubicaron.
-¿Anthony? –preguntó avergonzada y con la voz quebrantada.
-Se fue hace media hora –Archie se sintió ligeramente complacido por lastimarla.
-Debo irme –no era capaz de sostenerle la mirada a ninguno de ellos. Se sentía culpable por la reacción de Anthony y muy confundida por lo que la crónica le había hecho sentir.
-¡Vayámonos! –dijo Stear, quien se había convertido en una especie de líder para el grupo.
-¡No! ¡Me voy sola! –sin darles tiempo de reaccionar Candy abandonó el lugar. Sus amigos decidieron respetar su decisión. Después de todo Candy sabe cuidarse a sí misma.
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Había pasado las últimas tres horas dando vueltas en su auto. Se lamentó de su suerte una y mil veces. ¿Por qué Candy le había mentido? Estaba dispuesto a esperar hasta que ella estuviera lista pero ella misma le había dicho que no había más necesidad de ello. Había también revivido las ocasiones en que durante el último mes la había sentido temblar en sus brazos, con el más breve y casto contacto.
Tan solo la noche anterior habían tenido una íntima sesión de besos y caricias que se había convertido en la mejor hasta el momento. Se habían aventurado por primera vez a visitar el renovado apartamento de la rubia solo por el placer de estar a solas. Ambos sabían que era comprometedor pero su deseo de estar juntos fue mayor al miedo al escándalo. Compraron algo para cenar y pusieron una linda mesa alumbrada por la tenue luz de las velas en el centro de la misma. Rieron como chiquillos ante las múltiples anécdotas que no se habían compartidos y terminaron encendiendo el fuego de la chimenea para sentarse en el sillón y disfrutar de su calor. Pronto el joven terminó la charla para embarcarse en la dulce tarea de explorar la boca de su novia, el intercambio, como sucedía últimamente se había vuelto muy pasional, pues ambos jugueteaban con sus lenguas explorando mutuamente los sensibles lugares que los hacían estremecer. Anthony podía hacer un mapa con los ojos cerrados de la piel de Candy, adoraba sentir estremecer a su novia cuando besaba detrás del lóbulo de su oreja y luego continuaba por la sensible piel de la nuca. Esa noche ya no pudo resistirlo y deshizo los dos primeros botones de la blusa de Candy; disfrutó el tiempo que le llevó atreverse pues esperaba la resistencia de la chica sin embargo ella lo miró rogándole que continuara. Sólo descubrió la blusa lo suficiente para permitirle besar libremente los hombros desnudos de ella pues había descubierto las delicias que ambos experimentaban con esa caricia. Cuando se ocupaba en ello, ella se recostó sobre el sillón a fin de estar más cómodos y Anthony se colocó sobre su delicado cuerpo. Ella también había deshecho la botonadura de la camisa de su novio quien ya la miraba con esos ojos obscurecidos que tanto amaba mientras delicadamente introducía sus manos paseando las yemas de sus dedos sensualmente por el firme torso del joven, sus fuertes brazos y sus bien proporcionados abdominales, logrando encender los más íntimos deseos de su compañero, quien a su vez, sin poder detenerse más, quitó totalmente la blusa de Candy; cuando la tuvo así, únicamente con el corsé cubriendo su piel y la rítmica respiración que ocasionaba el suave vaivén de sus senos, tuvo el deseo de arrebatarlo también, pero se detuvo, cubrió la suave piel apenas descubierta y que por primera vez tenía el placer de admirar con delicados besos que hicieron que la joven lanzara sonidos de placer, esta vez esos sonidos no lo detuvieron, quería que su novia experimentara más, posó una de sus manos sobre sus senos de tal forma que pudo sentir aún a través de la tela la erección de su pezón. Esa nueva caricia para la rubia la hizo estremecerse aún más y todas las emociones se combinaron cuando su novio se atrevió a deslizar su mano bajo de su falda, recorriendo una de sus piernas sin dejar de besarla. Ella se dejó de llevar hasta el punto de hacer cuanto él creyera conveniente compartir con ella, su novio tuvo que llamar a todas las fuerzas del universo para no llevarla a su recámara y tomarla ahí mismo pues sabía que ella lo deseaba tanto como él. Sin embargo, se había propuesto no volver a pedirle que se entregara a él. Sabía que cuando el momento llegara, ambos lo reconocerían. Pero la había sentido, casi habían tocado el cielo. Un sin fin de frases como te amo y te quiero acompasaron la rítmica melodía de besos y caricias.
No podía estar fingiendo sus emociones. ¿O sí? ¿Realmente ella podía mentir al tal grado? ¿Qué había sucedido con ella?
-¡Debí haberle preguntado! ¡Debí acercarme a ella en lugar de salir huyendo! –Ya se sentía más tranquilo. – ¡Diablos! Siempre he sido dueño de mis acciones y he mantenido la cordura. ¿Porqué no puedo hacerlo en lo que se refiere a ti mi amor? –Estacionó su auto frente al pórtico dispuesto a darle las buenas noches a su novia e invitarla a cabalgar por la mañana.
-¡Anthony! Qué bueno que ya regresaron. Estaba preocupado –Albert esperó unos instantes para ver entrar a su pequeña.
-Buenas noches tío. Disculpa la hora; sé que es muy tarde pero no me había dado cuenta hasta que estacioné el auto –mantenía su vista fija en las escaleras y deseaba terminar la conversación para ir a buscar a Candy a su recámara. -No puedo permitir que pase la noche en el mismo estado en que la abandoné, necesito decirle cuánto la amo, besarla y perderme en sus ojos.
-¿Y dónde está Candy? –Albert miraba hacia la puerta.
-¿Candy? ¿No ha llegado todavía? Bueno está con mis primos –se encogió de hombros pensando que debía esperar pero estaba dispuesto a hacerlo; sin darle la mayor importancia se sentó mientras añadía –: ¿Puedo hacerte compañía mientras llegan? Necesito hablar con Candy.
-¡Anthony! Los chicos volvieron hace más de dos horas y Candy no venía con ellos. ¡De hecho, ellos dijeron que tú y ella estaban juntos! –su tono exigía una explicación.
-Pues no. Candy y yo no estábamos juntos. Cuando me salí del restaurante la dejé con ellos –aún no comprendía lo que estaba sucediendo.
-Ellos dicen que Candy fue a buscarte –ahora ya estaba exaltado, ¿Cómo habían sido tan descuidados?
-Pero tío… -Anthony buscó la respuesta y arqueó sus cejas – ¡Yo tomé mi auto! ¿Cuánto tiempo pasó para que ella saliera tras de mí? –el joven se esforzaba por armar el rompecabezas, empezaba a sentirse contrariado.
-¡¿Cuánto tiempo pasó?! ¡Tú me lo preguntas! Soy yo el que debería estar preguntando tal cosa –ahora Albert estaba gritando y su volumen atrajo al resto del grupo.
-No vi que saliera tras de mí –ahora se sentía acongojado, mantuvo la serenidad para evitar que su mente se nublara.
-Tío: Pasó media hora para que Candy saliera del restaurante después de Anthony. Le dijimos que nos iríamos con ella pero salió corriendo diciendo que se iría sola. –Stear comprendió su error – ¡No debí permitirlo!
-¡Son las once de la noche y su prima está sola en las calles! –Albert dejó salir su frustración. –Anthony: Candy estaba contigo. Sé que hay algo entre ustedes y hasta hoy he permitido que salgan juntos porque siempre he confiado en que la cuidarás. No sé que sucedió. Pero si sacas a una chica de su casa la debes regresar sana y salva pase lo que pase. Una discusión no es razón suficiente para que dejes a la chica con la que sales en la calle. ¡Siempre debes escoltarla a casa! ¡Confié en ti! ¡En ustedes tres! ¡Pero me refiero a ti Anthony porque sé muy bien que cuando salen lo hacen en parejas! –había un fuego de furia en los ojos del patriarca – ¡Y tú estabas con Candy! ¡Tú debiste traerla a casa! ¡Ella era tu responsabilidad! ¡Y después de ti, la de tus primos! ¡Por Dios muchachos, no nací ayer! –Albert clavó sus ojos como agudas espadas, era claro que estaba contrariado y fuera de control, estaba de pie frente a él con los puños cerrados deseando con todas sus fuerzas que su pequeña entrara a la mansión –¡Candy mi amor, el sólo pensar que algo pueda pasarte me transforma! ¡Dios! ¡Cuánto la amo!
-Cálmate tío, confiemos en que Candy está bien y pronto llegará a casa. Ella es fuerte y sabe defenderse –Archie trató de conciliar la situación aunque su voz se escuchaba realmente alterada; había salido de su habitación enfundado en sus pijamas de seda pero pronto la comodidad había pasado a sincera preocupación.
-¿Qué dices Archie? ¿Que mantenga la calma? ¿Que Candy sabe defenderse? –los ojos de Albert desprendían fuego, solo un observador experimentado habría descubierto que estaba temblando – ¡Eso era antes! Cuando Candy era solo una enfermera ante la sociedad, ¡Pero hoy todo Chicago y probablemente todo América sabe que Candy es mi hija! ¡Mi única heredera! ¿Crees que Candy sepa protegerse de eso? ¿No recuerdan acaso que el incendio de su departamento fue provocado? –fue hasta ese momento que los chicos entendieron la dimensión del problema. –Esperemos un poco más –alcanzó a decir.
Pasaron otras dos horas y Candy no había vuelto a casa. Ahora William Albert Andrew y sus sobrinos estaban en completo silencio. Anthony se levantó del sillón y se dirigió a la puerta.
-¿Qué haces Anthony? –preguntó el magnate.
-Lo que debí hacer desde que supe que Candy no estaba en casa: Voy a buscarla –el joven estaba totalmente fuera de sí. Tuvo miedo, la sola idea que su novia estuviese en peligro lo traicionaba ocasionándole sentimientos de furia y deseaba hacer algo para mantenerse bajo control.
-Espera. Debemos organizarnos –finalmente el patriarca se había cansado de seguir esperando también. Paty y Annie: Encárguense de buscarla en la mansión, por supuesto no lo hagan ustedes, despierten a la servidum….. ¡Esperen! ¡Todavía no sé qué pasó! Tal vez si me lo cuentan pueda adivinar dónde está. Recuerden que Candy se mueve según sus problemas –al parecer mantener la cabeza fría estaba dando resultados –Voy a encontrarte pequeña así tenga que buscar por debajo de todas las piedras de Chicago o de donde sea. Te traeré de regreso a mi lado, me haces mucha falta, te necesito. Necesito verte aunque estés enamorada de mi sobrino.
Los chicos explicaron detalladamente lo que sucedió esa noche. Cada uno aportó su propia versión y todas llegaban al mismo nombre: Terrence G. Grandchester. El patriarca se sintió tan molesto como Candy al descubrir la mentira de Susana, lo cual fue una ventaja:
-Así que Terry…-dijo tratando de pensar como Candy en esa situación; mientras los chicos lo miraban esperando su liderazgo. – ¡Diablos! ¡Pensé que lo había olvidado! ¿Por qué mi amor? ¿Por qué no puedes ser feliz y olvidarlo? –Nadie conoce mejor a Candy en lo que concierne a Terry que su propio protector. –Anthony: Ve al departamento. No te conformes si no responde a tu llamado. Búscala dentro del closet si no la ves a simple vista. Stear: Dirígete al Natural Park, especialmente cerca del lago. Lleva una lámpara y algún sirviente porque tendrás que buscar entre las ramas de los árboles, especialmente en el más grande, está cerca de una hermosa banca tallada al lado sur, lo reconocerás de inmediato. Archie y Annie vayan a la estación de trenes; si no la ven, sigan las vías en dirección al este, recorran solo cinco kilómetros, a esa altura volvió a ver a Terry y solía escaparse muy seguido cuando estaba triste, sé que es una locura, así que si alguien tiene una mejor idea le agradeceré que la comparta. Paty: Tú te encargarás de despertar a la servidumbre y hacerlos ir al lago, al establo y al hospital, en la entrada principal solamente; trata de ser discreta para no despertar a la tía Elroy. Yo iré al teatro y al hotel en que Terry se hospedó en su gira, cuando se ponía melancólica solía hacer el mismo recorrido de esa noche, me lo contó tantas veces que me lo sé de memoria. Anthony, antes de ir al departamento llama a la granja de Tom y pídele que vaya al Hogar de Pony, si fue para allá ya debe haber llegado; recomiéndale que no le diga nada a sus mamás. También llama a la mansión en Lakewood.
-Lakewood? –preguntó Anthony extrañado – ¿Qué puede haber en Lakewood que le recuerde a Terry?
-Anthony, sé dónde buscar a Candy cuando se trata de Terry, pero tratándose de ti solo puedo pensar en Lakewood, y como yo la he visto últimamente, puede ser que no esté pensando en Terry, créeme hacía tiempo que no la veía tan feliz, ella te ama; así que además de ir al departamento tendrás que buscarla en los lugares especiales para ustedes –Anthony sintió que la vida se le iba, pero tomó todo su aplomo para hacer lo que debía. No era el momento de derrumbarse. Todavía no.
-Nunca debí abandonar el restaurante- se dijo abrumado antes de salir de casa.
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Era más de medio día y el panorama se presentaba desalentador para el Clan Andrew. Todos estaban reunidos en la biblioteca, se sentían agotados pues no habían dormido, tampoco se habían bañado todavía y ninguno había desayunado. La búsqueda había sido infructuosa, Candy no estaba por ningún lado. Lo único que sabían era que aproximadamente 20 minutos después de haber abandonado el restaurante la habían visto llegar a su departamento, pero nadie la vio salir. Solo habían visto un auto muy elegante estacionado a esa misma hora. A estas alturas había sido imposible ocultar la situación de la tía abuela Elroy quien, se mostró preocupada.
-Esto no está bien. A Candy no le gusta que se preocupen por ella. Ya se habría reportado si pudiera. –Albert estaba al borde de la desesperación aunque trataba de mantener la cabeza fría. Sus sobrinos ya habían caído en el desaliento –Pequeña, mi amor, ya no me asustes, vuelve pronto por favor, te necesito. Necesito saber que estás cerca, ver tus ojos y tu sonrisa.
-Albert, piensa un poco más. Si no se ha comunicado con nosotros ni con sus madres, a quién más puede llamar? –Paty sorprendió con su autocontrol. Adam había llegado para unirse a la pesquisa.
-No lo sé. Quizás a alguna compañera del hospital.
-No lo creo. Antes de ellas estamos nosotros, estoy seguro de eso –dijo Anthony cabizbajo, cargando sobre sus hombros toda la responsabilidad de lo que estaba sucediendo, apenas y pudo hablar.
-Anthony: Discúlpame por lo que dije anoche –William Albert entonces comprendió lo atormentado que debía sentirse su sobrino –yo sé lo complicado que es cuidar a Candy. No debí responsabilizarte. Cualquier cosa que sea que acontezca, no lo tomes como tu culpa. Candy siempre ha sido así, recuerda que se nos fue tras la noticia de tu muerte y luego se escapó del San Pablo, quizás estamos exagerando la situación.
-Tío, tú y yo sabemos que hablaste con la verdad. Todo esto es culpa mía. Debí traerla sana y salva a casa –estaba por colapsarse –Tengo entendido que las veces que se ha marchado dejó notas tras ella, esta vez no lo hizo. Algo debe ocurrirle, puedo sentirlo, algo está mal con ella. ¡No debí apartarme! –Ya para este momento Anthony estaba sacando fuerzas de alguna fuente desconocida inclusive para él.
-No es momento para lamentos. Pensemos –dijo Archie – ¿A quién podríamos preguntarle si la ha visto o sabido de ella?
-Al doctor Martin – respondió con un rayo de esperanza el patriarca.
-¿Alguien más? –preguntó el rubio, quien ya caminaba en dirección a la puerta. Al llegar a la puerta se giró para examinar a los presentes. Era un joven bastante sagaz e inteligente, muy observador y realista.
Todos se miraron obviando la misma idea pero sin atreverse a decirlo en voz alta. Cuando el joven Brown vio las miradas obtuvo su respuesta:
-Terrence Gram. Grandchester –apenas en un susurro, arrastrando las palabras, aún con el peso del mundo sobre sí Anthony se mantuvo erguido con una serenidad digna de un monarca. –Llámalo –con voz firme se dirigió a su tío mirándolo con insistencia y exigiendo su ayuda.
-Pero Anthony –Albert sabía que debía agotar todas las posibilidades, debía llamar; aún así no estaba seguro de estar preparado para descubrir que Terry y Candy pudieran estar juntos.
-No perdemos nada. Si se comunicó con él nos quedaremos tranquilos –Anthony prefería saberla bien, aunque fuera con él.
-Es imposible que estén juntos, el viaje a New York es mucho mas largo que las horas que Candy lleva desaparecida. No pueden estar juntos. ¡Los conozco a ambos y son incapaces! –No debía permitir que Candy perdiera lo que tenía con Anthony, había pagado muchas lágrimas por sus sonrisas y Albert se encargaría de que sus sonrisas no se borraran nuevamente.
-¡Pero quizás lo llamó! ¡Sólo pregúntale si Candy se ha comunicado con él! Quizás Candy sintió la necesidad de hablarle y Terry sepa a dónde está. Pregúntale cuando fue la última vez que hablaron –la insistencia de su sobrino tenía firmes argumentos, Albert fue incapaz de debatirlos. Pero antes quiso saber:
-No estarás pensando mal de Candy, ¿Verdad Anthony? –el magnate defendió a su amada con la misma mirada de advertencia que le había dirigido aquélla mañana en la biblioteca después de romper la ventana.
-¡Claro que no! Solo quiero agotar todos los recursos. ¡La quiero de vuelta en casa! Ella pudo llamarlo por cualquier razón antes que a nosotros. No voy a hacer ninguna conjetura. Ya estoy pagando muy caro la primera –seguía controlando el tempestuoso mar que amenazaba con convertirse en huracán.
-Está bien. Lo haré –dijo resignado.
El patriarca buscó el número en su agenda, pidió varios teléfonos a la operadora hasta que finalmente le contestaron en el teatro. Le comunicaron con el director de la compañía tras haber pedido hablar con Terry. Se presentó y nuevamente solicitó hablar con el joven actor. El millonario palideció de pronto
-Entiendo. Gracias –colgó. A sus sobrinos no les gustó el gesto. Albert recargó su espalda en el sillón y habló con miedo mientras golpeaba con sus dedos de la mano derecha el escritorio como señal de nerviosismo –Terry no se ha presentado en el teatro, desapareció misteriosamente después de el ensayo matutino hace dos días –logró decir con un gesto de derrota.
-¡No puede ser! –dijo el grupo.
-¡No! ¡No puede ser! ¡Aquí hay algo raro! ¡Candy no se fue con Terry! ¡Ella no se fue con él! –de alguna manera Anthony no se sentía intranquilo, por el contrario, una sensación de fe lo invadió. La seguridad con la que habló conmovió a todos. ¿Cómo hacía para continuar de pie ante las evidencias? Su erguida figura con la puerta a sus espaldas era como la de un gladiador esperando por su presa.
En ese momento el mayordomo llamó a la puerta; iba a anunciar a alguien que supuestamente esperaba en el recibidor, pero ese alguien había caminado tras él sin que el mayordomo lo percibiera siendo conducido a la biblioteca, donde se encontraba reunido el patriarca Andrew con sus sobrinos y sus amigas.
-Adelante –contestó el magnate.
El extraño se adelantó entonces al anuncio del mayordomo y saludó. Anthony se movió ligeramente para permitir el libre acceso al visitante.
-Buenos Días –La penetrante voz y la figura imponente de un hombre elegantemente vestido dejó sin habla a los chicos. Detrás de él venía George Johnson.
-¡Duque de Grandchester! – no podía creer lo que estaba pasando. Para William la situación se complicaba enormemente.
-Sir William –el tono ceremonioso y a la vez apenado del padre de Terrence puso nerviosos a todos –necesitamos hablar sobre nuestros hijos –logró decir preocupado, respiró profundo y continuó –ellos están juntos en este momento.
El fuerte golpe del puño de Anthony contra la puerta a sus espaldas impidió que el Duque terminara su mensaje. Toda la cordura lo había abandonado súbitamente, sus ojos se prendieron de furia, sus nudillos sangraban y su respiración se agitó.
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De mi escritorio: ¡Chicas! (Bueno, si hay algún chico también: ¡Hola!) Les entrego mi último capítulo, espero que les agrade. Mil perdones por que es un capítulo muy largo pero el chistecito de hacer sufrir un poquitín a mi buen amigo Stear me salió muy caro. Quise dividirlo en dos, pero la verdad es que no soy buena continuista. No supe dónde dividirlo apropiadamente. Además, ya me urge colocar a Terry frente a Candy para que el triángulo esté completo. Veamos que hacen el Duque y el Conde para quedarse con la "Señorita Pecas". ¿Creen que Susana se quede tranquila?
Disculpen por tanta poesía. No pude evitarlo. Mientras estaba escribiendo, llegaban a mi mente y simplemente las escribí. En esta ocasión cité tres de mis favoritas.
He contestado previamente sus Reviews y les agradezco por su apoyo mucho, mucho, mucho. Algunas recientemente se reportaron… Bienvenidas Gizah, Jennie y Acuario Alor (a quien en verdad valoro que lea la historia porque está sufriendo con las escenas C/Anthony). Espero seguir contando con su apoyo y que nuevas lectoras se animen a darme su opinión.
Solo hay dos anónimos que debo responder:
Lady bug: Gracias por tus porras, espero que te guste la pareja final.
Claudia: Gracias por autorizarme para subir el capítulo siete. Y pues sí… hasta yo hubiera dicho YUPI si en verdad pudiera transformarme en la gota traviesa. Me alegra que hayas incluido a Grandchester en la competencia. No dejes de escribirme, por fa!
GRACIAS A TODAS/TODOS POR LEER. ELLO INCLUYE A LAS/LOS ANONIMOS.
Que tengan un lindo día!
Con cariño:
Malinalli
