Disclaimer: los personajes pertenecen a Stephanie Meyer y la historia es de nccm, yo solo la comparto con todas ustedes.


Nunca Te Amaré

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Capítulo 7. ¿Quién es ella?

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El frío me estaba aturdiendo la movilidad o aparecía rápido o caminaría desnuda por el medio del yate. Llegó con una toalla al poco tiempo ayudándome a subir, la brisa me iba a petrificar, subí las escalerillas rápidamente para correr al camarote. Toda mi piel parecía pellejo de gallina, mis músculos temblaban y mis dientes castañeaban sin parar. Que frío, que frío era lo único que podía pensar.

Me quedé paralizada un momento cuando entre al camarote, quería moverme pero no podía de la tembladera. Edward me veía y se reía, el muy tonto como soportaba esto, estaba en pantalones cortos y sin camisa con todo el cabello mojado, viéndolo así era bastante sexy. Isabella podrías dejar de ver a Edward y concentrarte en quitarte el frío, bueno el podría devolverme el calor, otra vez el sexo en mi cabeza es que acaso es como la droga o qué.

Me volvió a ver y se acerco a mí con una manta cubriéndome, lo extraño fue que se quedo conmigo y movía sus manos para darme calor.

Seguro estaba con frío porque se quedo bajo la manta. Alce mi rostro para verlo, me quedé hipnotizada con el color de sus ojos, el día de playa o el agua salada los había puesto mas verdes, mas profundos, mas lindos porque nunca los había visto así, pero bueno tampoco es que tenía mucho tiempo viéndoselos. De repente algo aún más extraño ocurrió, su cabeza se fue inclinando para acercarse más a la mía y más y más hasta que me beso, no podía salir de mi impresión, pero que tonta ni que fuera la primera vez, digo después de todo. Lo que pasa es que era distinto, como decir, tierno.

Seguía como una idiota con los ojos abiertos de par en par moviendo nuestros labios, se estaba volviendo incomodo el beso pero pasó su lengua por mis labios pidiendo permiso para besarme como Dios manda y mis rodillas flaquearon ante esa petición, a lo que solo pude suspirar y relajarme mientras me sostenía aún mis brazos y menos mal que lo hacía estaba a punto de caerme.

Me sentía como en una película antigua donde el beso era lo más importante y no se permitía hablar de sexo, pero es que tampoco me importaba, estaba era disfrutando su aliento mezclado con el mío, de sus labios rodeados por una barba naciente y peligrosa que hacía cosquilla en mi mentón. Me preguntaba donde estaba el piso porque no lo sentía, será que me estaba cargando y no me daba cuenta porque sino no estaría flotando. Estaba disfrutando la caricia de nuestras bocas, tanto así que solo me faltaba alzar una de mis piernas hacia atrás. Mis pulmones estaban reclamándome oxigeno sin que les hiciera caso, que se esperaran unos segundos más pero sentí que volvía a tocar el piso, que la lengua de Edward salía de mi boca y sus labios se alejaba de mí. Nos quedamos viendo y yo pensaba si aún estaba moviendo mis labios por como era su mirada y ahora que le decía. Vi todo el panorama a mí alrededor, seguía sin ocurrírseme nada, debí ir a bañarme y no pararme aquí. Eso es el baño.

— Este, yo — Respiré y balbuceé tonterías moviendo mis manos — me voy a la ducha. — Dicho esto fui a refugiarme sin voltearme y escuché que decía.

— Genial yo voy a ver a que hora cenamos tengo hambre.

El agua templada me calmo después del momento en otra dimensión, era la única teoría para entender lo que había pasado entre los dos hacía poco. Salí de la ducha para vestirme para encontrarme de nuevo en apuros, que me ponía si todo lo que tenía era transparente, traslucido o muy escotado para llevarlo sin sujetadores y con Giorgio velando mejor evitaba otra pelea.

Busqué algo que me apeteciera ponerme, encontré un vestido blanco ajustado también al pecho y de tirantes, me mira al espejo, me quedaba bien pero se me veían de nuevo los pezones, que fastidio. Me senté derrotada en la cama hasta que acordé de las chaquetas toreras que había metido, busqué una verde que se cruzaba y amarraba de lado. Justo cuando me la puse Edward apareció por la puerta. Me quejé por las bolsas de nuevo y me aseguró que mañana estaríamos en un pueblo y que podría comprar algunas cosas.

Nos sentamos a comer la cena en la mesa de la cubierta, estaba deliciosa, Giorgio era buen cocinero. Comí como troglodita, la gula se apoderaba de mí debido al exceso de actividad física de la tarde, si seguía de esta manera por fin los músculos de mis abdominales se marcarían. Después que mi barriga estaba tan llena que deseaba explotar me tomé una última copa antes de irme a dormir, los parpados me pesaban como yunques. Caí en la cama incapaz de quitarme la ropa solo pude con la chaqueta porque me apretaba un poco.

Cuanto tiempo dormí, pues ni idea, había perdido el horario totalmente solo el brillo incandescente sobre mi cara me indicó que era el momento de levantarme. Estiré mi mano por la cama pero estaba solita, me estire completa y bostecé a mis anchas, eran cosas que solo hacía estando sola.

— Ahora quien fue atrapado por Morfeo — Su voz proveniente del baño me asustó, no tuve tiempo de reaccionar cuando me dijo — No sabía que tenías complejo de oso, ¿cómo lográs abrir la boca de esa manera?

— Déjame en paz — Que fastidio era compartir el cuarto, ahora debía comportarme siempre y si en la noche me daba ganas de lanzarme un gas. Por eso me gustaba dormir sola.

— Levántate que nos espera un largo día y quiero llevarte a desayunar en un lugar muy bonito en el pueblo — También conocía Grecia, este si tuvo tiempo libre.

— ¿Conoces también el lugar? — Pregunté recordando la noche en Roma.

— Sí, hace unos años tuve que tomar un tiempo libre para pensar y me quede unos meses por Europa — Pensar, será que le pido que lo repita, bueno no le salió muy bien regresó peor a casa. Ya recuerdo cuando desapareció sin explicación, hicimos apuestas de donde estaba, si supiera que lo había apostado que estaba en un centro de rehabilitación.

— Uhm — Seguí pensando en Roma — Supongo que aquí también hay otra Bella — Puse mi cara más irónica.

— No hay una Raquel, una Gema, un a Rocío y una Cecilia sí pero otra Bella que yo recuerde no — Estaba disfrutando con mi pregunta.

— Promiscuo — Murmuré sentándome en el borde de la cama.

— Ya no te molestes — Se sentó a mi lado — Aprovechando que sacaste el tema pues voy a aceptar que la cagué, no debí actuar así pero para la próxima no te vayas corriendo de celos.

— Serás idiota, yo no estaba celosa, estaba furiosa — esas palabras no se escucharon como pensé — Quiero decir — Traté de arreglarlo — Yo estaba molesta porque me tuviste todo el día hablado Italiano y traduciendo para ti cuando hablas mejor que yo, eso fue lo que pasó — Mejor córtalo que te estas enredando.

— Bueno, estoy segura que la pasaste bien considerando la hora de tu regreso y por favor no vengas con los viejos — No me creía.

— Te juró Edward Cullen que estuve en una fiesta en la plaza de puros señores mayores — Puse mi cara de sería y seguridad para que me creyera.

— Está bien te creo solamente porque esa es la clase de amigos que siempre he pensado que tienes, puros viejos.

— Voy a llamar a Alice para ver que opina de tu comentario — Hice simulando buscar mi móvil.

— Ni se te ocurra o te quedas viuda.

— Mejor, así no tengo que planear el divorcio — Que idiota Isabella como se te ocurre decir eso, arréglalo, algún ser supremo que me de luz para arreglar la embarrada, ah ya sé — Quiero decir por tu adulterio en Roma — Ojalá se lo crea.

— No trates de arreglarlo, quedamos en hablar de eso al llegar a casa.

— Lo que pasa es que te parece lógico estarte acostando con cualquiera pero a mí no, así que de ahora en adelante tu y yo con condón por delante — Me empecé a reír sola como tonta — Me salió en verso ¿No te da risa?

— Isabella, quedamos en hablar en casa pero hay algo que debo decirte — Ahora con que me vendrá se pudo muy serio — Yo no imaginaba que iba a llegar a esto contigo, nunca me planteé hacer el amor bueno sexo mejor dicho — Cambió la palabra ¿por qué? — Lo que necesito que quede claro es que — Hizo una pausa — En vista de que si pasó te quiero proponer algo — Volvió a respirar, habla de una vez — Bueno, como explicarte, yo voy a mantenerme, digamos… fiel por respeto a ti — Mis oídos no podían estar escuchando eso, mi mente estaba procesando una información no codificada en ningún programa que tuviese — No me mires así, entiende que se puede decir que nunca tuve una relación de verdad así que mientras nos toqué estar casado y sigamos manteniendo relaciones, pues seré decente y monógamo para ti.

— ¿Estas hablando en serio? — Puse mi cara para analizar la suya.

— Sí, muy en serio y creo que no tengo ni que decir que espero lo mismo de ti — Si claro la experimentada de mí, edad: 24, relaciones sexuales: 6, numero de hombres: 1, definición: fracasada.

— Eres muy idiota cuando quieres o pretendes regodearte de tu condición de primerísimo en la vida de Isabella — Me enojé un poco.

— No te molestes, teníamos que dejarlo claro, ¿es un trato? — Dijo alzando la mano para un apretón.

— Es un trato — Apreté su mano en señal de promesa y pensando que la ganadora de esto era yo, ahora si tenía que comprar el libro que había pensado.

— Ya que estamos hablando y siendo responsables pues lo del condón no me gusta pero creo que deberíamos aplicarlo porque es mejor que el coitos interruptos — Ahora también habla Griego, que coño es eso, luego buscaría, me sonaba de algo pero no recuerdo.

— Edward ¿Qué te preocupa? ¿Embarazo? — Asintió — Quédate tranquilo tomo la píldora — Cuando dije eso me dio un poco de pena, a parte de Alice solo él lo sabía y el muy se estaba riendo –

— Por lo visto tu si pensaste en consumar nuestro matrimonio cariño — Su sonrisa era gigante, parecía el guasón. Nota interna: borrar de la agenda agradecer a Alice lo de las pastillas y apuntar joderla por hacerme pasar esta pena.

— No te regodees mucho lo hice pensando en que eras capaz de violarme, con lo libidinoso que eres — Su sonrisa aumento — Además fue Alice que me obligó — ¿Por qué coño se sigue riendo?

— Claro!, sí ahora culpa a Alice y al libidinoso de Edward — No pude evitar reírme con vergüenza, estaba clara que yo era ninfomana no tenía que ir al psiquiatra, mi mente solo pensaba en sexo.

— ¡Patán! – Le dije golpeándolo con la almohada y parándome a cepillarme, lo escuché gritarme ya dentro del baño.

— Disfrutar no hace mal a nadie, anótalo en tu palma — No lo soportaba, de verdad que si no fuera por mi nueva descubierta enfermedad le pegaría.

Me cepillé y lavé mi cara para despejarme la pena que cargaba encima. Hice pipi y me recogí en una cola todo mi cabello, solo se soltaron algunos mechones. Me puse las sandalias en el cuarto por el frío del piso, estaba escogiendo algo para bañarme cuando me arrastro afuera del yate diciendo que eran las vacaciones que dejara de bañarme cada dos segundos, me defendí llamándolo asqueroso pero me dijo que él se había bañado temprano. Me llevaba de la mano como niño al colegio, yo iba atrás tratando de alcanzarlo mientras me decía que si no acelerábamos no llegaríamos al desayuno porque se acababa. Le dije que iba en sandalias que no podía correr se volteó y me dijo

— Faltan tres cuadras, móntate en mi espalda y te llevo.

— Ni lo sueñes, además así tardamos más, no vas a correr con más peso.

— Móntate o no comemos — Dijo mientras se volteaba y agachaba para permitirme subir.

— No estoy de acuerdo con esto, que conste cuando nos caigamos — Dije mientras me montaba y rodeaba su espalda con mis piernas, las cuales agarró. Mis brazos se pasaron por su cuello mientras empezaba a trotar. Empecé a jugar gritándole — ¡Vamos caballito! — Él hacía como que relinchaba, todos los que pasábamos se quedaban viéndonos y riendo.

Llegamos en diez minutos a una casa blanca donde una señora un poco gorda gritaba a uno de los chicos que atendían. Edward me bajó y me llevó de la mano diciéndome en un susurro que le siguiera la corriente. La señora se percató de nuestra presencia y sonrió efusivamente caminado hacia nosotros.

— Edward, ¡Volviste! — ¿Qué tanta gente podía conocer en el mundo?

— Calíope cariño siempre cumplo mis promesas — Se fundieron en un abrazo.

— ¿Quién es la chica? — Fue la primera pregunta que hizo al separarse.

— Ella es Isabella y es mi esposa. — Dijo mostrando su anillo muy orgulloso, ahora si que no entendía nada.

— No lo puedo creer, te casaste, pensé que iba a morir antes de verlo — Se volteó a mi — Isabella bienvenida a mi casa — Dijo abrazándome y llevándome con ella — Tienes que contarme como lo hiciste y muéstrame tu anillo para convencerme que no le pagó a alguien — Si supiera.

—Bueno que le puedo decir, el cupido fue su padre el nos presentó jurando que seríamos la pareja ideal de cada uno y dos meses después aquí estamos — Dije mostrando mi dedo son mis anillos de compromiso y de boda, no era mentira solo alteré la verdad.

— Bueno cariño yo cumplo mis tratos y juré que si el aparecía casado le regalaría un desayuno a él y a su esposa — Se rió efusivamente — Ustedes serán los primeros clientes que comerán gratis bajo este techo en quince años desde que abrí — Se alejo de mí y fue a hacía Edward. Yo reía por los comentarios, Caliope era una señora muy simpática.

— Me venciste guapo, ¿Estás seguro que no lo hiciste por el desayuno? — Le reclamaba.

— No seas tan tacaña Calíope trato es trato, así que a pagar — Se acercó a mi y dándome un suave beso en los labios — Mi vida pide todo lo que quieras, que el desayuno es gratis.

La comida fue deliciosa, muchas cosas típicas de Grecia, un buen queso, un buen pescado y un buen pan. Caliope se sentó con nosotros a comer y comenzó a contar las anécdotas de Edward cuando pasó un tiempo acá. Me contó el origen del trato que hicieron. En algunas ocasiones Edward tocaba mi mano o me volvía a besar. Era realmente confuso, la persona que tenía al frente era totalmente distinta a la que conocía, el tipo patán ya no estaba y este no me desagradaba en lo más mínimo, por el contrario era interesante, divertido y hasta culto. Me había demostrado que hablaba varios idiomas, conocía la historia del país y algunas otras cosas. ¿Cómo pueden existir dos personas en un mismo cuerpo? Lo más raro es como puede ser una tan distinta de la otra.

Estuvimos como tres horas allí compartiendo y riendo. Salí con una bolsa de queso y una botella de miel en la mano. Caliope nos dijo donde encontrar una tienda para comprarme un traje de baño y nos fuimos en esa dirección. Me probé varios modelos y Edward decidió cuales eran los mejores, me regaló tres porqué no llevaba mi cartera, la había olvidado en el apuro. La señora de la tienda mostró unos vestidos y él solo asentía que los metiera en la bolsa. Finalmente, salí una con tres trajes de baños en la bolsa y uno puesto, tres vestidos, unos lentes de sol y unas zapatillas nuevas. Edward compró otros lentes de sol para él y una toalla. Caminamos un poco más hasta que llegamos a un balneario de aguas termales, me explicó que el agua era caliente porque venía del Monte Vesubio. Nos bañamos en una de las áreas donde la temperatura del agua alcanzaba los 40° C, la otra no me atreví porque era más caliente. Salí totalmente renovada de aquel baño y volvimos a la marina donde estaba el yate con el atardecer.

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Llevar las cosas en buen plan con Isabella no era tan mala idea, es decir, no me caía tan mal como antes, era fastidiosa, metódica y medio robótica pero también un lado gracioso e interesante. Por lo menos el tiempo que teníamos que pasar juntos hasta separarnos no sería tan jodido. Podríamos ser como compañeros de casa y bueno ya que habíamos probado la intimidad continuarla hasta que recobráramos la libertad.

Así que al mal tiempo buena cara, decidí aprovechar para ganar una apuesta pendiente con Calíope, vieja tacaña pero genial. La conocía desde la ultima vez que pasé dos meses por acá cuando decidí alejarme un tiempo para olvidarla, quizás si dejaras de pensar en ella la olvidarías idiota, no la recuerdes es una …bueno el caso es que Calíope tenía un restaurante que abría temprano para desayunos y quedaba cerca de donde me hospedaba aquella vez, todo los días venía después de mis parrandas y ella me decía que algún día encontraría una que me chica que me amarraría y pagaría mi vagabundería y ese día celebraría regalándome el desayuno para los dos. Le dije que eso nunca pasaría y menos después de todo, otra vez Edward, te gusta el dolor o que coño. Pero en vista de mi nueva obligada condición a sacarle provecho al asunto, pero tenía que apurarme porque si llegaba después de la diez me cerraba la puerta para preparar el almuerzo. Isabella ayer si pudo nadar como Aquaman para que no la alcanzara pero hoy corría como tortuga y si pasaba un minuto de la hora, estaba acabado

— Faltan tres cuadras, móntate en mi espalda y te llevo — Iba a comerme ese desayuno gratis sí o sí.

— Ni lo sueñes, además así tardamos más, no vas a correr con más peso — Si esta bastante flaquita para llevarla encima.

— Móntate o no comemos — Dije casi como una orden y ella se montó a regañadientes.

— No estoy de acuerdo con esto, que conste cuando nos caigamos — Siempre tan cobarde y rígida. Empecé a trotar, menos mal que eran cuadras planas, si pesaba un poco pero serían los huesos o el cerebrote que se gastaba. No me esperaba que la niña empezara a gritar riendo — ¡Vamos caballito! — Después me llamaba infantil a mi, pero que más me daba aproveche su espontaneidad para seguirle el juego y comencé a relinchar. Todos nos veían extrañados, mejor me dejaba de estas cosas o me volvería mariquita, pero me gustaba escucharla reír, no era algo muy común. Llegamos a tiempo, todavía las puertas azules de la casa blanca estaban abiertas

Calíope se emocionó por mi visita, se alegraba de verme casado como ella deseaba, que superase todo aquello, si supiera lo que significaba en verdad todo esto, no celebraría mucho, yo nunca me hubiese casado si no fuera obligado, nunca más me enamoraría.

Me había ganado mi desayuno, ella compartió con nosotros y estaba encantaba con Isabella, pero yo también la estaba pasando demasiado bien, tenía que controlarme, no podía dejarle ganar espacio en mi vida, por las vacaciones me permitiría relajarme pero al regresar las cosas volverían a su lugar, compartiríamos la casa y lo que fuese necesario pero hasta allí. Además, Isabella no era el tipo de persona de mi estilo, yo quería una chica arriesgada y espontanea, libre y sin ataduras, ni siquiera tenía el porte de mi prototipo de mujer, me encantaban las chicas sensuales y voluptuosas.

Regresamos por la tarde a la marina, después de pasar el día en las aguas termales. Nos metimos directo al camarote. Yo me duché mientras Isabella se tumbo en la cama cansada, cuando salí la encontré dormida, estaba relajada no parecía aquella chica encartonada de siempre.

Me acosté a su lado a descansar pero me quedé dormido. Volví a soñar con ella, con aquel odioso día que la encontré en mi cama revolcándose con mi mejor amigo, la veía disfrutando, gimiendo en los brazos de ese maldito, me veían y se reían en mi cara, me decían que la están pasando de lo mejor. La ira volvía a sentirla en mi pecho, las ganas de golpearla de hacerle daño aunque sea físico porque esa desgraciada estaba vacía por dentro. Luego los veía marcharse le gritaba a ella cuanto la odiaba pero ni siquiera volteaba. Me desperté sudando, porque tenía que recordarla, porque me removía los sentimientos, porque justo en este momento salía de aquel sitio donde estaba desterrada.

Golpeé el colchón con fuerzas, descargando toda la furia que me corría por dentro. Estaba desorientado, no sabía ni donde estaba, busqué a mí alrededor tardando unos segundos en reconocer donde estaba. En el barco, en mi Luna de Miel, con la mujer que nunca soñé.

Hablando de esa mujer donde estaba y me recordé en el acto de Popeye. Me paré sin ni siquiera darme cuenta que estaba aún en toalla, esperaba que ni se le hubiese ocurrido acercarse porque ahora si no me agarraba desprevenido, mire mi reloj y eran las once de la noche. Abrí la puerta con fuerza, escuché algo caerse mientras avanzaba con rabia cuando ya iba salir la vi. Estaba recogiendo una cucharilla del piso.

— Me asustaste, siempre tienes que ser tan violento — Se me bajo la calentura que llevaba y respiré.

— ¿Qué haces? — Pregunté tajante, no iba a responder las razones de mi comportamiento.

— No lo ves — Me dijo sirviendo algo en una tasa y poniéndolo en la pequeña mesada con fuerza — Estaba calentando un poco de leche para darte porque estabas gritando dormido pero ahora creo que deberías tomarte un tranquilizante o cualquier otra cosa que te quite lo alterado, si te da la gana te la tomas, allí te la dejo — Me pasó por al lado molesta pero la tomé del brazo.

— Lo siento, no quise asustarte, tenía pesadillas y me pare desorientado.

— Por eso tienes que tirar las puertas y golpear el piso de esa manera, a que se debe ahora tu inestabilidad.

— A nada, gracias por la leche — Le respondí secamente.

— No hay de que y suéltame por favor, me estas haciendo daño — Mierda la estaba apretando demasiado. La solté y ella se volvió para irse.

— Isabella — Me miró molesta — Quédate conmigo. — Por qué le había pedido eso, por qué la necesitaba ahora aquí, que me estaba pasando. Se acercó a mí y me beso sin preguntarme y sin esperármelo. Mis manos se posaron en su cintura como un reflejo y las suyas se aferraban a mi pelo aún húmedo.

La subí de a la barra de la cocinilla cuando la temperatura de mi cuerpo subió por sus caricias, no sabía como lo hacía pero cada vez que la tocaba me olvidaba de todo. Mis manos se restregaban por sus piernas, ella aún llevaba su vestido y debajo solo el traje de baño.

Sentía su calidez, la pasión que me daba en cada beso, llevé mis manos hasta su tanga y se la deslicé por las piernas, ella aflojó la toalla de mi cuerpo y la envestí con un poco de fuerza, descargando las frustraciones que me acompañaban en ese momento, ella me hacía olvidarlas cuando estabamos juntos, sintiendo sus manos calientes sobre mis nalgas pidiendo placer. Su cabeza estaba echada hacia atrás, sus gemidos eran fuertes y su respiración era casi nula. Verla así me provocaba una excitación por encima de lo normal, ella se desinhibía entre mis brazos, convirtiéndose en otra persona.

El juego seguía, sentía su cuerpo humedecido acariciando el mío, la baje de ese lugar recargando su peso sobre mis manos, aguantándola ahora por sus nalgas y sus piernas en mi cintura, la pegué contra la pared e incremente la fuerza con que la tomaba y la rapidez de los movimientos.

Su cara ahora reposaba en mi hombre, sentía su aliento hirviendo mientras ahogaba sus gritos en mi piel y sus dedos se clavaban en mi piel. Un ultimo grito salió de su garganta antes de soltarse totalmente y una ultima entrada me libero de todo lo que me soportaba mi cuerpo. Seguía apoyada a la pared cuando alzó su cara para verme, su cara brillaba del sudor, parecía un ángel, uno que me estaba gustando demasiado contra mi propia voluntad.

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Estaba profundamente dormida cuando empecé a escuchar su voz, primero pensé que me estaba llamando, despertándome para fastidiar pero luego lo vi a mi lado profundamente dormido solo con una toalla, como estaba de bueno el niño. Su cara era atormentada fruncía el ceño y jadeaba, claramente estaba teniendo una pesadilla, seguro soñaba que le quitaban su dinero o que se acababa la cerveza del mundo. No pude evitar reírme de mis tonterías dejaba que me tomara pero seguía pensando tonterías de él. Me pare a lavarme la cara y cepillarme para acostarme, volvió a hablar.

— ¡Maldita!, ¡Te odio! — Me asusté pensaba que empezábamos desde cero a pelear pero seguía dormido y ahora moviéndose — ¡Eres lo peor Tanya!, ¡Te odio! — Me quedé helada, quien era esa tipa y por que la llamaba en sueños. La curiosidad me estaba matando, debía recordar el nombre de esa para preguntarle a Alice, no me olía muy bien la cosa, por algo la odiaba, bueno aunque conociéndolo no era difícil que odiara a alguien pero porque la recordaba en sueños.

Decidí antes de despertarlo hacerle un poco de leche caliente eso lo ayudaría a dormir y de paso a mi porque estaba que me caía y si iba a pasar toda la noche así pues sería una tortura, más con mi curiosidad martillándome el cerebro. Con cuido y sin mucho ruido me fui a la cocina del yate, era un lugar chiquito con dos hornillas unas alacenas pequeñas, una mesita tipo barra para comer y una nevera pequeña. Busqué una olla y serví un poco de leche del envase, la coloqué en la cocina a calentar, se me ocurrió ponerle un poco de miel como lo hacía mi nana porque me acorde de la botella que me había regalado Calíope.

Le eché un poco y empecé a revolverla, se me hacía agua la boca por tomar un poco. Un ruido me exalto y solté la cuchara, era un portazo y unos pasos marcados en el entablado del barco. Se dibujó la figura de Edward tras de mí, continuaba solo con la toalla y su cara seguía descompuesta podría decirse que molesta.

— Me asustaste, siempre tienes que ser tan violento — Parece un ogro sino fuera tan bello sería Shrek.

— ¿Qué haces? — Me dijo casi de regaño, ni que fuera mi papá.

— No lo ves — Le iba a responder grosero pero decidí respirar y servirle la leche porque a mí se me habían pasado las ganas — Estaba calentando un poco de leche para darte porque estabas gritando dormido pero ahora creo que deberías tomarte un tranquilizante o cualquier otra cosa que te quite lo alterado, si te da la gana te la tomas, allí te la dejo — De buena le hago algo para que venga con su agresividad, parece esquizofrénico.

— Lo siento, no quise asustarte, tenía pesadillas y me pare desorientado.

— Por eso tienes que tirar las puertas y golpear el piso de esa manera, a que se debe ahora tu inestabilidad — Ah si a Tanya, se me olvidaba, si hacía cuentas este chico tenía una lista de chicas para hacer el solo las olimpiadas.

— A nada, gracias por la leche — Te ayudo y te haces el ofendido cabrón y yo pendeja por meterme donde no me llaman. Me volteé para irme pero me tomó del brazo con fuerza.

— No hay de que — Dije molesta — Y suéltame por favor, me estas haciendo daño — Agregué viendo con rabia por donde me estaba tomando. Me soltó e intenté irme de nuevo.

— Isabella — Me llamó cuando caminaba al camarote, volteé molesta pero me dejó fría cuando soltó — Quédate conmigo. — Por qué me pedía eso, su cara gritaba que me necesitaba, que estaba dolido o algo así. Mi instinto o no se que cosa me hizo acercarme a él para preguntarle que le pasaba pero en el recorrido perdí la brújula y prácticamente salté sobre él a besarlo.

Me respondió sin demora marcando mi cintura con sus manos mientras que yo me fui por su cabello. Como el calor de la hornilla mi cuerpo se fue calentando ante sus besos, como podía ser tan débil siempre con él y estremecerme solo con sus besos, sería que era la reencarnación de Eros. Me montó en la barra apretando mis piernas con fuerzas, mi manos se perdieron en su espalda, mi intimidad era estaba caliente para él. Subió su manos hasta el sitio donde deseaba que se posaran, rozando mi entrepierna me quitó el traje de baño y subió la tela de mi vestido mientras con un dedo deshice el nudo que apretaba la toalla en su cintura. Su miembro rozo mi sexo haciéndome temblar y luego entró sin contemplación dentro de mí haciéndome perder el control de mi cuerpo que ahora solo lo dominaban los instintos. Me arqueé para sentirlo más dentro de mí, estaba perdiendo el sentido mis ojos no visualizaban nada a mi alrededor, me aferré a sus nalgas para indicarle que fuera a lo más profundo de mí.

En un movimiento inesperado me cargó y abrí las piernas ajustándolas en su cintura para no permitirle alejarse de mí, no quería que se perdiera ni un segundo aquel contacto de fuego sobre mi piel. Ahora era yo quien estaba sujetada por las nalgas y empotrada contra una pared mientras me envestía con fuerza.

Quería gritar hasta enmudecerme, escondí mi cabeza sobre su piel, estuve a punto de morderlo cuando sus envestías me estaban provocando el éxtasis y apretaba con fuerzas desesperada por llegar un movimiento más y grité ahogada en su hombre mientras en una ultima entrada el se dejaba correr. Lo miré vencida pedazo de encuentro que habíamos tenido. Algo me decía que cuando se acabasen los iba a extrañar bastante.

Me apoyó al piso me temblaban hasta los dedos de los pies, me quedé apoyada un momento sin decir nada mientras el recogía su toalla del piso. No esperé a que se voltease tenía que irme de allí, me había perdido como loca delante de él portándome sin ningún tipo de cordura, esta no era yo, alguna fuerza sádica se ponderaba de mi cuerpo. Me bañe y coloqué mi pijama para dormir, me acoté a su lado, de espalda suponiendo que estaba dormido.

— ¿Por qué te fuiste así? — Preguntó al oído, será que deseaba volverme loca. Cambié mi posición quedando de frente a él.

— Tenía mucho calor, quise cambiarme — Me miró dudando.

— ¿Qué te pasa? — Volvió a preguntar. Nada tonto que a penas quedan dos días para regresar y tengo miedo de en que nos convertiremos al llegar.

— Nada, tengo sueño. — Algo estaba raro entre los dos existía demasiada amabilidad, sospechaba que después no iba a encontrar la forma de defenderme de sus ataques.

Sin decirle mas nada, la oscuridad fue tomando terreno y me dormí profundamente. Por la mañana desperté ya estábamos regresando a Atenas por solicitud de Edward, me dijo que antes de irme quería que fuer a los sitios que le había comentado hace unas noches. Así fue esa tarde pasamos por el Partenón. Nunca había tenido la oportunidad de verlo más allá que en fotos, mi boca se abrió como un niño conociendo a Micky Mouse, el esplendor de lugar era hipnotizante.

Me quedé como cinco minutos parada viéndolo a lejos antes de acercarme y tocar el frío mármol del que estaba hecho. Mas sorprendente fue oír a Edward contarme la historia completa del lugar, a veces me preguntaba donde estaba metido el cretino con el que llegué, no porque lo quería de vuelta sino porque no entendía como era tan distinto cuando quería. Visitamos otros templos de la Acrópolis de Atenas como el Templo de Atenea, el Teatro de Dioniso, Erecteión. Todo era para dejar de respirar. Me maravillaba con cada construcción o escultura que veía. Tomé tantas fotos hasta agotar la memoria de la cámara fotográfica, en unas solo estaba el paisaje, en otras se las tomaba a Edward distraído y otras yo posando para mi álbum, fueron pocas pero también nos tomamos algunas juntos, unas donde nuestras cabezas eran gigantes por tomarlas nosotros mismos y otras en donde le pedíamos ayuda a alguien.

Estaba teóricamente acabada cuando puse mi cuerpo sobre el asiento del avión de regreso a casa. Hicimos escala en Roma nuevamente pero solo tres horas antes de continuar a casa. De regreso dormí un buen tiempo y el otro lo utilizaba para leer o eso simulaba para no tener que hablar con Edward. Cobarde, hasta la medula esa era yo, no me atrevía a preguntar bajo que reglas viviríamos ahora, que tipo de convivencia llevaríamos. Al principio lo tenía muy claro, comunicación igual a cero pero ahora me parecía inmaduro, quiero decir cuando llegara a casa todavía su olor me acompañaría en la piel. Acaso íbamos a llegar y sacar las caretas de la guerra o seguiría en alza la bandera blanca.

Edward también iba callado, viendo una película. De vez en cuando nos veíamos a la cara pero volteábamos sin decirnos nada. Apenas una semana pasó desde que veníamos peleando por los ataques de uno al otro y ahora por lo menso en mi caso iba mordiéndome la lengua tratando de no decir nada fuera de lugar o buscando las palabras para redefinir nuestra relación. No pretendía que fuéramos la familia feliz ni mucho menos, pero mientras buscábamos la forma de encontrar la libertad teníamos que vivir bajo el mismo techo y si mis cálculos no me fallan trabajar bajo el mismo techo.

Me acordé de Alice, no podía contarle nada de lo ocurrido, se burlaría de mí hasta por el Facebook, la conocía muy bien. Se iba a dar cuenta, ni yo misma reconocía un ápice de inocencia en mi rostro, parecía en mi frente decía "Adicta al sexo". Lo que no había hecho en mi vida en una semana lo había aprendido muy bien. Bien dicho aquello que el que escupe hacía arriba le cae la saliva en la cara, tanto que mi lengua venenosa habló de mi libidinoso esposo y ahora era yo la que parecía coneja, pero bueno era solo con él, en cambió él lo hacía hasta con Rose. No Rosalie, ahora como le explicó todo. Antes podía decirle me obligaron pero lo odio con toda mi alma, ahora que le iba a decir la carne es débil o algo así. Otro problema más solucionar este embrollo. Edward Cullen no podías haberte buscado otra sino una de mis mejores amigas, que más podía suceder.

El avión aterrizó y más loca se comían los pensamientos, recogimos nuestro equipaje y salimos a buscar un taxi para regresar. Que emotivos nuestros padres para casarnos todo pero para mandar a alguien a buscarnos pues nada que se las arreglen total ya cumplieron nuestros caprichos. Mejor dejo de pensar en papá antes que me de una aneurisma por la rabieta.

— Bien dicen que después del matrimonio, la familia pasa a ser la esposa e hijos — Me dijo riendo, por lo menos mantenía el buen humor.

— ¿Por qué? — Le pregunté a pesar que prevenía por donde venían los tiros.

— No mandaron ni el perro a esperarnos — Otro punto de vista, triste pero cierto.

— Bueno, no podemos hacer más que buscar un taxi porque no creo que se aparezcan — Ni tampoco quiero, para que, si nos ven así pensaran que tuvieron un acierto en casarnos y del dicho al hecho hay mucho trecho.

— Me esperas aquí con las maletas mientras busco uno — Solo asentí y me apoyé sobre al maleta grande.

Pasaron unos minutos y nada, estaba desesperada por llegar a casa de nuevo. Prendí mi teléfono, lo había cargando antes de venir. Mensajes de Alice y de Mamá, de lo más solicitada había estado.

Le escribí a Alice que había llegado pero que no me llamara todavía porque venía catatónica del sueño, que en cuanto me despertara la llamaba. Será cuando consigas borrar los ojos de sexo que tienes o cuando encuentres una escusa lo suficientemente lógica para explicarle como pasaron las cosas, podría decirle que me violó y después para que no fuera violento me dejé, pero en lo que se lo contará a Jasper estaba perdida. Aunque debía advertirle a Edward que no fuera e hacer una narración porno de nosotros a mis amigos, bueno ni a nadie.

Lo vi acercarse a lo lejos veía sonriendo, cuanto tiempo duraría este humor. Por lo visto muy poco, se borró su sonrisa justo cuando sentí una mano posarse sobre mi hombro. Si Edward esta caminando hacía mí y nadie vino por nosotros, entonces quien me toca.

Me volteé y no lo podía creer, los ojos se me aguaron en el acto. Por fin había regresado, tanto tiempo sin tener noticias de él y extrañándolo hasta médula. Sin pensar en nada brinque hacía él guindándome de su cuello. Empezó a darme vueltas como siempre mientras mis carcajadas se oían hasta en los aviones que acababan de despegar. No podía dejar de verlo, estaba alucinando de alegría cuando sentí un carraspeo tras de mí. Mierda Edward, me bajé se sus brazos y lo miré, su cara no era muy amigable, algo me decía que no estaba muy a gusto con mi aptitud.


¿Quién será? :O

¡Denle una linda y calurosa bienvenida a Tanya! (con todo el sarcasmo posible)

Bueno chicas, no creerán que los problemas son generados por ellos dos nada más... Les aseguro que hay más personajes deseosos de peleas.

Sip. Ayer actualicé. Pero como no pude el viernes... digamos que es una capitulo de disculpa(?)

¡Saludos!

Iris.