Capítulo 7 Un día singular
Uno ruido en la ventana despertó a Harry de madrugada. Abrió los ojos y, a través de la cortina, distinguió la silueta de Hedwig. La lechuza había salido el día que habían llegado, y no había vuelto, hasta ahora. Harry se levantó, y fue a abrirle.
-¡Hasta que volviste! –le dijo Harry con rencor-. ¿No te parece mucho pasarte tres noches fuera?
Hedwig lo miró, extrañada. Probablemente la joven apariencia de su amo la había desconcertado. Pero lo reconoció de todos modos, lo saludó con un par de "uhh uhh", y voló a su jaula a tomar agua.
Harry se quedó en la ventana, mirando para afuera unos segundos. Su mirada se detuvo en la casa de Sonia. Notó una media docena de jóvenes que salían de la casa. Uno de ellos se tambaleaba, y los demás se reían. Vio a Sonia despedirse de ellos, y al grupo amontonarse en un automóvil. Harry se quedó mirando a Sonia. ¿Acaso se juntaban ahí todos los días, ella y sus amigos? Aunque no se había divertido en la fiesta, de todos modos sintió algo desagradable en el estómago. Ella le había caído bien, a pesar de todo lo que le habían dicho. Deseó poder ser su amigo. ¿Por qué no podía hacerse amigo de ella¿Era tan raro que dos vecinos de edades similares se hicieran amigos? Después de todo, Sonia no debía ser tanto mayor que él. Debía tener a lo más 18 años, y él cumpliría los 16 dentro de un mes…
Estaba pensando en eso cuando notó que la chica miraba en dirección a su ventana. Rápidamente juntó la cortina. ¡No lo podía ver así¿Qué pensaría Sonia si veía que parecía un niñito de 9 años¡Probablemente se reiría! Y no querría ser amiga de él. ¡Peor aún¡¡¡Ella era muggle¿Cómo haría para explicarle su nuevo aspecto? No… no podía dejar que lo viera.
Pero Sonia tenía otros planes. Harry vio a través de la cortina que la chica caminaba en dirección a la casa de la señora Hartmann, y se detuvo frente a la ventana tras la cual se ocultaba. Vio que recogía algo del piso, y lo lanzaba contra su ventana.
-¡Oh no! –murmuró Harry-. ¿Y ahora qué demonios hago?
Una piedrecilla golpeó su vidrio. Y luego otra. Y luego otra… ¡Si seguía así, alguien podría despertarse! Finalmente, Harry se decidió. Se envolvió con la bata de levantarse, puso la silla contra la ventana, y se paró en ella. Si al menos se veía alto, puede que ella no notara su nuevo aspecto. Abrió la ventana, y ella dejó de lanzarle piedrecillas apenas lo vio.
-Hola Harry –lo saludó ella.
-Hola Sonia –la saludó Harry con la voz lo más baja que pudo y que a la vez le permitía hacerse oír-. No puedo hablar ahora. Vete por favor…
-Perdona lo del otro día –le dijo ella-. ¿Te metí en problemas?
-No. No te preocupes –contestó Harry, restándole importancia. ¡No pensaba permitir que ella se diera cuenta de que SI le había causado problemas! Se moriría de la vergüenza si alguien llegaba a saberlo…
-Oye… Tengo una idea –le dijo ella-. En mi casa hay una piscina, y Fredy, mi hermano, la acaba de llenar ayer. ¿Quieres venir más tarde a bañarte?
-No… No puedo –se disculpó Harry, maldiciendo su suerte. ¡Claro que le hubiera gustado ir¿Por qué tenía que tener tan mala suerte? Tenía que inventar algo. Una excusa cualquiera. ¡Rápido!
-¿De verdad no puedes? –preguntó Sonia, visiblemente desolada-. ¿Y mañana?
-Es que estoy enfermo –mintió Harry-. Tengo que guardar cama por una semana… ¿Hablamos dentro de una semana, quieres? Ahora no puedo.
-Está bien –le dijo ella-. Lo siento… ¡Que te mejores!
Y tras decir esto por fin se fue. Harry cerró la ventana, aliviado de que no se hubiera dado cuenta de su problema de edad.
Harry iba a volver a la cama, cuando sintió pasos en el pasillo. Edelmira acababa de levantarse. Decidió bajar tras ella. Tenía hambre. El día anterior casi no había comido. Saltó de la silla, y se tropezó con la bata. Calló al suelo con un sordo "tump". Se levantó, y se la sacó. Tendría que tener más cuidado con la ropa particularmente amplia.
-Buenos días Harry –lo saludó Edelmira, cuando Harry llegó a la cocina-. ¿Tu conciencia te permitió dormir?
-Buenos días señora Edelmira –la saludó él. Se sentó en la mesa de la cocina. Había unas galletas en una fuente, y comenzó a comer-. Si pude dormir. Siento lo que pasó ayer. De verdad que lo siento.
-Si sé –lo tranquilizó ella, sonriendo-. Sólo estaba bromeando. Veo que tienes hambre… Te voy a hacer desayuno apenas le lleve a la señora su agüita.
Edelmira tomó el jarrito de la tisana, y se detuvo. Se volvió hacia Harry.
-¿No haz vuelto a echarle nada, espero? –preguntó dudosa.
-¡Claro que no! –se defendió Harry.
Edelmira subió, y Harry continuó atacando las galletas. Al poco rato volvió, y no venía sola. Snape también se había levantado.
-Harry –le dijo apenas lo vio-. Sube a tu cuarto.
-No quiero. Tengo hambre.
-Déjalo en paz, Severus –intervino Edelmira-. Harry no comió nada, ayer.
-Va a comer en su cuarto –contestó Snape. Se acercó a Harry, le tomó la mano, y lo obligó a levantarse-. Va a quedarse en su cuarto por lo que queda de esta semana, y la próxima.
-¡Pero recién es martes! –se quejó Harry, tratando de resistirse-. ¡No me voy a quedar dos semanas enteras en mi cuarto!
-Si. Si lo harás –contestó Snape en tono que no admitía réplicas-. Te VAS a quedar encerrado por dos semanas. Te VAS a quedar de 9 años hasta el domingo. Y te VAS a quedar sin postre. ¿Está claro¿O necesitas que te lo aclare de otro modo?
Harry, por supuesto, no quería que se lo aclararan de otro modo, como Snape había insinuado. De modo que dejó de luchar y siguió al brujo. En un intento por recuperar un poco de su mancillada dignidad, trató de que le soltara la mano. Dios… ¡Cómo le molestaba que lo tratara cómo a un niño! Pero Snape le apretó más la mano. Claramente, quería mortificarlo con eso.
-¡Deje de tratarme cómo a un niño! –se quejó Harry, apenas estuvieron en su cuarto.
-¿Te molesta, no? –respondió Snape con calma-. Deja de comportarte como un niño, y yo dejaré de tratarte cómo a uno.
-¡No me comporto como niño! –se defendió Harry, picado-. Me equivoqué, lo sé. Pero ya le dije que no lo volveré a hacer.
-Te creo.
-¡Entonces por qué me quiere encerrar en mi cuarto! –se quejó Harry-. Dos semanas es mucho tiempo. Demasiado. ¡Es medio mes¡Y sólo tengo dos meses de vacaciones!
-Lo sé, Harry. Yo también tengo sólo dos meses de vacaciones –respondió Snape. Se sentó en la cama, y le hizo signo de que se fuera a sentar a su lado. Harry obedeció, a regañadientes.
-¿Le estoy echando a perder sus vacaciones de nuevo¿Es eso¿Es por eso que me quiere encerrar? –preguntó Harry con pesar.
-No, claro que no –murmuró Snape. Se quedó en silencio un rato, luego continuó-. Imagina por un momento que fueras un adulto, Harry. Imagina que la señora Helena no hubiese podido ser salvada. ¿Te imaginas lo que hubiera pasado?
Harry entendió adonde quería llegar. Tragó saliva. ¡Claro que lo había pensado! Esos pensamientos lo habían torturado todo el día anterior.
-Si hubiera muerto, yo sería un asesino –murmuró.
-Justamente, Harry. Podrías haber ido a la cárcel. ¿Te imaginas?
Harry no contestó.
-Creo que dos semanas encerrado en tu cuarto te van a ayudar a reflexionar. O eso espero. Si vuelves a intentar algo semejante, puede que tengas menos suerte. Podrías terminar preso. Y yo no quiero que eso te ocurra.
-Pero ella no murió. Está bien. Y dos semanas es demasiado tiempo. Ya le dije que no voy a volver a hacerlo –se quejó Harry.
-No insistas. Y si te sigues quejando como un niño, te vas a quedar de 9 años por las dos semanas en vez de una. ¿Quieres eso?
-¡No! –respondió Harry.
-Entonces deja de quejarte, y asume las consecuencias de tus errores –contestó Snape. Luego cambió de tema-. Veo que tu lechuza volvió. ¿Ya comenzaron a llegarte las cartas de tus admiradores?
-No –respondió Harry, molesto por la burla-. Déjeme en paz.
Snape se puso de pie, y se fue hacia la puerta.
-Bueno, Harry. Te "dejaré en paz" –le dijo poniendo énfasis en la expresión -, si eso es lo que quieres.
Algo en su voz notaba un poco de pesar, y Harry se sintió culpable por el modo en que le había contestado. Snape salió, y cerró la puerta en forma seca. Harry, arrepentido, salió corriendo detrás de él.
-Lo siento –dijo rápidamente-. Perdóneme por contestarle de ese modo. De verdad… no quiero que me deje en paz. Lo dije sin pensar.
-Está bien, Harry –le dijo el otro-. Vuelve a tu cuarto.
Harry volvió, y cerró la puerta con enojo. Miró ese cuarto, lleno de flores y vuelitos… Dos semanas. ¡Dos semanas! Aunque entendía el mensaje de Snape, no se resignaba.
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Pasó el día. Harry aprovechó el tiempo empezando los deberes para el colegio. Edelmira le trajo el desayuno, el almuerzo, la cena. Sin postre claro. Era nada más un detalle¡pero Harry se hubiera comido de buen grado un chocolate! Se sentía apesadumbrado. Cansado. Enojado…
Al menos, Snape no lo había encerrado. Podía salir al baño cuantas veces quisiera. De hecho, salió varias veces aprovechando esa concesión, con el único fin de cambiar de aire. Era una tontería, lo sabía. Pero era una tontería permitida, de modo que no había ningún problema.
Aprovechó también para escribirles a Ron, a Hermione, y a Draco (no gran cosa, ya que se habían visto hace muy poco; pero aprovechó de recordarles su nueva dirección). Hedwig lo miró con resentimiento, cuando vio que le ataba nada menos que tres cartas. Pero no protestó, y salió volando valientemente después de escuchar la indicación de entregar primero la de Draco. No tenía deseos de que Ron y Hermione vieran que también le escribía a su amigo de Slytherin. Harry la observó, hasta que no fue más que un puntito en la noche. Todavía se sentía molesto. Miró para la calle, la casa de Sonia. ¿Por qué se tenía que quedar encerrado?
Snape llegó al poco rato. Traía el vasito con poción.
-¿Cómo pasaste el día? –le preguntó.
-Encerrado, por supuesto –contestó Harry-. ¿Cómo quiere que lo pasara?
-No me refería a eso –contestó Snape con paciencia-. Pero si no quieres hablar está bien. Te traje la poción.
Harry no tomó el vaso que Snape le tendía.
-Voy a pasar dos semanas encerrado en mi cuarto. ¿Qué más da que aspecto tenga, o mi edad¿No podemos olvidar lo de la poción? –sugirió.
-¿Te molesta tener que tomártela? –preguntó Snape.
-Si, la verdad es que si –contestó Harry fastidiado.
-Bueno, esa es justamente la idea –respondió el otro, sonriendo. No se estaba burlando, pero a Harry le molestó de todos modos.
-¿Pero para qué? Igual me tengo que quedar encerrado. Y de todos modos ya me dejó en ridículo delante de la señora Helena y Edelmira. Ya consiguió avergonzarme, si es lo que quería. ¿Para qué me va a obligar a tomarme una poción que no necesito, durante una semana?
Snape no pudo dejar de encontrar que había algo de lógica en lo que Harry estaba diciendo. Pero no pensaba ceder, y de todos modos la poción no le haría ningún daño, como Harry insinuaba que podría.
-Esta poción, en esta dosis, no te va a hacer daño –insistió-. No tengas miedo.
-¡Pero para qué! –insistió Harry-. ¡Estoy harto de que mi ropa me quede grande!
-Bueno Harry… Si te gustara no sería un castigo –razonó el brujo.
-¡Pero si ya me castigó¡Voy a estar dos semanas encerrado!
-Ya deja de refunfuñar, y tómatela –contestó Snape, viendo que podrían seguir discutiendo por horas sin que el chico se resignara.
-¿Qué pasa¿Se le acabaron los argumentos? –contestó Harry, picado.
-Harry, no voy a seguir discutiendo esto contigo –murmuró Snape-. O te la tomas tú, o te obligo yo.
La mala suerte existe, y Harry pronto lo comprobaría. A veces hechos sin gran relevancia cobran importancia cuando ocurren al mismo tiempo que otros.
Harry estaba furioso. Sin pensar, tomó el vaso que Snape le tendía. Pero, en vez de bebérselo, lo arrojó con fuerza contra la puerta. Tuvo mala suerte, porque la puerta se abrió, y lo recibió la entrante señora Helena.
Los tres se quedaron mirando, por unos segundos. Snape estaba lívido, furioso, y estupefacto. La señora Helena estaba confundida, y estupefacta. Harry estaba asustado, y estupefacto. En resumen: los tres estaban estupefactos.
-¿Qué es esto? –preguntó finalmente la señora Helena.
-Yo… -contestó Harry-. Lo siento señora Helena. No sabía que entraría.
Snape seguía en silencio. Parecía contar, mientras miraba un punto fijo en el muro.
-¿Y qué demonios me lanzaste? –preguntó la señora Helena mirando la mancha que había quedado en su blusa.
-Es… poción de esa para rejuvenecer –confesó Harry, mirando el piso.
-¡O sea que, no contento con ENVENENARME con ella, ahora me la LANZAS encima! –se enojó la viejita-. Ya vas a ver, BRIBÓN.
Y la señora se lanzó sobre Harry, con la firme intención de darle unos bastonazos. Harry se alejó rápidamente, poniendo estratégicamente la cama entre él y la furiosa anciana.
-Ven acá, malcriado… –siguió diciendo la señora, mientras se acercaba a él. Pero Harry no pensaba dejarse atrapar, y escapó saltando por encima de la cama. Intentó correr hacia la puerta, pero la puerta se cerró antes de que la alcanzara. Trató de abrirla, pero no pudo. Se volvió, y vio a Snape, varita en mano. Ya no parecía estar furiosamente contando. Al contrario, sonreía maquiavélicamente, mirándolo directo a los ojos.
-Déjeme abrir la puerta –rogó Harry. Snape se cruzó de brazos, y negó con la cabeza. Parecía estarse divirtiendo.
La viejita, durante ese tiempo, había alcanzado a Harry. Y Harry sintió, resignado, dos bastonazos en la parte de su cuerpo contra la cual todos insistían en ensañarse.
-¡Esto es por envenenarme! –dijo ella dándole el primero-, y por lanzarme porquerías encima¡caramba! –agregó dándole el segundo-. ¡Y que no te sorprenda atacándome de nuevo, malcriado! O te va a ir mucho peor. Puede que tengas a mi niño en un bolsillo. Pero a mi no. Atrévete a hacer otra tontería en mi casa, o a andar lanzando cosas, y te las vas a tener que ver conmigo.
Ya descargada su furia, la viejita trató de abrir la puerta. Al no poder, se dirigió a Snape agitando su bastón, y Snape rápidamente retiró el hechizo. La viejita resopló, satisfecha, y salió murmurando "¡Hombres! Son todos unos…".
-¿Por qué permitió que me hiciera eso? –se quejó Harry, apenas el murmuro de la viejita se perdió escalera abajo.
-Mocoso malcriado… -murmuró Snape. Pero no lo dijo con resentimiento, todavía parecía divertido con lo que había pasado-. Te lo merecías.
-Bueno, usted también se lo merecía, ayer –se burló Harry, picado.
-¡Ah! Con que con esas andamos… -se burló Snape-. ¡Ya vas a ver!
Harry intentó escapar, pero Snape fue más rápido. Comenzó a hacerle cosquillas.
-¡Suel… suel…suélteme! –rogó Harry, riendo convulsivamente.
-¡No hasta que olvides lo que viste ayer! –contestó Snape, mientras seguía haciéndole cosquillas.
-No… por favor… no siga… -insistió Harry, tratando de soltarse, sin conseguirlo.
-Dime que lo olvidaste –insistió Snape, riendo y haciéndole cosquillas sin piedad.
-Es… está bien… lo que quiera… pero… pero pare ya… -contestó Harry, retorciéndose.
-¡Dilo! –insistió Snape-. Di "olvidé lo que vi ayer".
-¡Olvidé lo que vi ayer! –contestó Harry rápidamente, y Snape lo soltó. Harry cayó al suelo, jadeando.
-Así me gusta –se burló Snape, apuntándolo con un dedo-. ¡Tengo a Harry Potter sometido a mis pies!
-En sus sueños… -contestó Harry, poniéndose de pie de inmediato. Pero tampoco lo dijo de mal modo. De hecho, sonreía.
Snape recogió el vaso, que había caído sobre la alfombra sin quebrarse.
-Espérame aquí "mocoso malcriado y bribón" –dijo burlándose-. Voy a buscar tu postre.
-Vaya no más "mi niiiño" –se burló Harry de vuelta, imitando la voz de la anciana.
-¡Espérate a que regrese! –lo amenazó Snape, jugando. Y tras decir esto se alejó por el pasillo.
Harry escuchó sus pasos en la escalera, y se agarró las costillas. ¡Vaya cosquillas! Harry ya no se sentía tan miserable. Sentía que estaba en una especie de realidad paralela. La anciana del terror, persiguiéndolo con su bastón… Snape, haciéndole cosquillas… Sentía que estaba rodeado de marcianos. Eso era: alguien había secuestrado a su familia, y habían puesto a esos reemplazos. Un momento… No eran su familia. Bueno, daba igual. Esos seres con los que vivía. No era la dulce e indefensa ancianita. No era el frío, cruel y temido profesor de pociones.
Dicho brujo volvió, con otro vaso de poción. Harry lo aceptó sin protestar, y se lo tomó.
-¿Te sientes mejor ahora? –preguntó Snape, cuando recibió el vaso de vuelta.
-Si a que le duelan a uno las costillas y el trasero se le puede llamar mejor… -contestó Harry, con algo de amargura.
-Me refiero de humor –dijo el otro serio.
-Si, supongo que si –contestó Harry encogiéndose de hombros.
-No le vuelvas a lanzar nada a la señora Helena, Harry –le advirtió el brujo.
-No se lo lancé a ella –se defendió Harry-. Usted lo vio. ¡Fue mala suerte que entrara justo en ese momento!
-Bueno. Pero no lances nada más mientras estés acá, en su casa. ¿Entendido?
-Está bien. ¡Pero, de todos modos, no tenía ningún derecho a agarrarme a bastonazos! Usted debió haberme defendido –contestó Harry con resentimiento.
-Si, supongo que tienes algo de razón –admitió Snape-. Pero, considerando que casi la matas, y que le lanzaste algo en su propia casa, tiene derecho a defenderse. ¿No crees?
-Ella no es nada mío –murmuró Harry-. No tenía ningún derecho.
Snape suspiró, e hizo algo que sorprendió muchísimo a Harry. Lo abrazó.
-Es verdad. No es pariente tuyo –reconoció-. Pero es pariente mío¿no¿Y no somos nosotros casi parientes¿La palabra transitividad te dice algo?
Harry no contestó. Se sentía extraño. ¡Snape había cambiado tanto! Es verdad: nadie en esa casa tenía su sangre. ¡Pero, en poco tiempo, los había llegado a querer más que a los Dursley! Era todo un poco confuso. Snape no era Sirius. Y, sin embargo, que bien que se sentía el abrazo...
-¿En qué piensas, Harry? –le dijo Snape, interrumpiendo sus pensamientos.
-En eso de la familia –admitió Harry-. Es que… nadie aquí es mi familia.
-No lo es, en el sentido convencional –razonó Snape-. Pero mi tía abuela te quiere, Harry. Te considera como un nieto. ¿No te has dado cuenta?
-Si –murmuró Harry-. Pero no por eso le voy a aguantar cualquier cosa. No quiero que me vuelva a dar de bastonazos, ni que se burle de mi.
-Y ella no quiere que le faltes el respeto, ni que la envenenes –dijo Snape, riendo-. Así que están empatados. ¿No te parece?
Harry gruñó algo parecido a un "si usted lo dice" no muy convencido. Snape lo abrazó más fuerte. Harry, sintiendo que era a la vez extraño y reconfortante, no intentó alejarse.
-He notado que no sabes cómo llamarme delante de los demás –comentó Snape. Harry se encogió de hombros, pero no respondió.
-Considerando que mi hermano me heredó el cargo… ¿Te parece "padrino" un título aceptable desde hoy? –sugirió Snape.
Harry se sintió un poco angustiado. Pensó en Sirius, y se le apretó el estómago. ¡No quería reemplazar a Sirius! Y, sin embargo, era verdad: cada vez que hablaba de Snape no sabía como llamarlo. "Profesor" era un término objetivamente realista, pero eso no justificaba delante de los demás el estar viviendo con él. "Padrino", en cambio, era un término que no se prestaba a confusiones. Vivir con un "padrino" era algo que cualquiera podía entender. Y, si Sirius había dejado a Snape a cargo¿sería una ofensa a su memoria el llamarlo padrino también?
-Está bien… -susurró Harry, finalmente.
-¿Entonces quedamos en que somos familia, y que yo soy tu padrino? –resumió Snape.
-De acuerdo –murmuró Harry. Se soltó suavemente del abrazo, y miró a su recién nominado "padrino". Tenía una última duda y, ya que estaban hablando de familia, decidió aclararla de inmediato-. ¿Y la señora Edelmira?
Snape miró para otro lado, y no contestó. La verdad, es que no estaba seguro él mismo.
-No, supongo que ella no –respondió al fin-. Aunque vivamos en la misma casa, si la señora Helena no la considera familia, entonces nosotros tampoco debemos hacerlo. Pero eso no significa que no te quiera, o que no la tengas que respetar también.
-Entiendo –respondió Harry.
-¿Por qué sigues triste? –preguntó Snape.
-No es nada… me estaba acordando de Sirius –mintió Harry. La verdad era que, de pensar en Edelmira, había saltado a recordar a la señora Weasley. Asociación de ideas. Pero eso no pensaba reconocerlo delante de nadie. Por un loco momento se había imaginado que tenía un padre, una madre, y una abuelita. ¡Pero no¡No debía pensar en tonterías! Se sintió algo avergonzado.
-Es normal que lo extrañes –contestó Snape-. Aunque a mi nunca me cayó bien, debo reconocer que todo lo que le pasó fue muy injusto. Perdió a sus amigos, estuvo preso por un crimen que no cometió, no pudo prácticamente estar contigo. Y tú casi no pudiste estar con él. Es natural sentir pena, y espero que con el tiempo sea cada vez más soportable.
Harry sonrió débilmente. Era extraño que Snape le hablara así. Años antes, hubiera creído que le era imposible decir dos palabras sin expresar rencor o sarcasmo.
-Mejor acuéstate a dormir –sugirió Snape. Sonrió-. Ha sido un día medio extraño para ti, supongo.
Harry asintió, y Snape se fue deseándole buenas noches. Cuando la puerta se hubo cerrado, Harry se puso el pijama, y se metió en la cama. En sus hombros, aparecieron dos figuras.
A¡Que emocionante!
D¡Bah! Que cursi…
A: Insensible.
D: Ridículo.
A¿Tanto te molesta que el chico sea feliz?
D¡Claro que no! Pero se está dejando dominar por el tirano y la vieja loca.
A: Tú no entiendes nada… ¿No ves que está feliz?
D: No. Veo que está confundido, y que está acostado boca abajo.
A: Eso va a pasar pronto. Y, a largo plazo, será feliz rodeado por una familia.
D: No son su familia.
A: Es lo mismo.
D¡Van a amargarle la vida! Si lo dejaran en paz, Harry podría irse dónde quisiera, a vivir la vida que quisiera. Para eso sus verdaderos padres le dejaron dinero.
A: Ya va a tener tiempo para eso, en unos años más. Todavía no está listo.
D: Está perfectamente listo. Por si no lo has notado¡está cubierto de pelos, y pronto le saldrá barba! Claro que con la poción del tirano, cómo lo vas a notar…
A: No me refería a eso. ¡No sé para que insisto en hablar contigo!
D: Reconoce que me adoras…
A: Oh, cállate.
AN: Extraña familia¿no creen? Pobre Harry. Este capítulo quedó triste. Pero el próximo será más alegre ;) ¡Gracias por sus reviews!
