Beyblade no me pertenece...
Edición a cargo de Hannika Adreatos
-oO0( Ojos del Corazón )0Oo-
Por Kiray Himawari
Capítulo VII
Así Kai se fue, tardó tres semanas en volver. Mientras tanto el psicólogo iba cada tercer día sin faltar. Según él iba mejorando, aunque yo no me sentía mejor. Cuando Kai estuvo en Tokio de nuevo siguió yendo a sus caminatas por el parque sombrío, pero yo ya no sentía la vitalidad para acompañarlo. Sin darme cuenta dejé de ser yo. Mi carácter fue tornándose hostil, ya no me molestaba en darle las gracias a Irina, ni siquiera me gustaba mi trabajo, pero seguía yendo porque me distraía. Perdí el gusto por vivir. La curiosidad, la alegría y la sonrisa que me distinguían se fueron esfumando, yo no entendía porqué. Mi padre me había dejado asegurada, a pesar de que no era gran cosa, no me hacía falta nada. Un día ya sin pensar en lo que podía enfurecer a Kai, entré a la habitación donde estaba aquel piano blanco, sentí la necesidad de tocarlo. Kai no estaba así que entré, comencé a tocar el piano, olvidé cerrar la puerta y…
– ¿Qué demonios haces aquí? – dijo Kai gritando enfurecido.
– Sólo estoy tocando el piano. – respondí calmada y sin dejar de tocar.
– Abandona este lugar ahora, está prohibido entrar aquí. ¿Por qué gozas rompiendo mi quietud? – su sangre hervía de furia.
– No seas egoísta. – me detuve en ese momento.
Me levanté y caminé hacia él, lancé una bofetada sin miramientos, su cabeza giró con el impacto y cuando volvió me miró con mucha rabia, yo había cruzado la línea, mas no me disculpé, antes bien hice una sonrisa irónica. Me miró fijamente y sonrió, era la misma sonrisa irónica que yo había producido. Era como un juego. Nos quedamos mirando por un largo tiempo. Luego se acercó a mí…
– Lo que necesitabas era madurar, encontrar a tu verdadero yo. – me dijo muy seguro de lo que decía.
– Tal vez tengas razón, sí era así y nunca lo supe. –
Sin darme cuenta me había convertido en una persona diferente, compartíamos ciertos rasgos, era algo peculiar. Varios meses después del incidente, en el parque sombrío…
– Ya es tiempo de acabar con esta farsa, dejémonos de rodeos y hablemos como nunca – dije a Kai.
– ¿Y de qué quieres hablar? ¿De tus sentimientos? – estaba burlándose de mí.
– No, de los tuyos. Sé que eres del tipo que teme abrirse por miedo a ser lastimado, pero te aseguro que después de contarlo dejará de preocuparte el daño que alguien pueda provocarte, es sólo cuestión de dejar de sentir. – dije muy segura.
Bajó la cabeza por un instante.
– De acuerdo, pretendamos que funcionará. –
– Bien, ahora dime ¿por qué viajas tanto a Rusia? –
– La razón es muy simple, mi madre está enterrada en Rusia. –
– Eres listo, sé que no es esa la razón, puesto que tu madre está enterrada aquí en Tokio. Vamos dime la verdad. – incité
– Tienes razón, pero no puedo decirte lo que ocurre en verdad, no aún. –
– ¿Por qué no? ¿Temes que te haga daño? –
– No podrías dañarme. –
En ese momento la sangre se hizo presente, cómo el día en que cayó inconciente, se limpió inmediatamente.
– Tus viajes a Rusia tienen que ver con esto, ¿cierto? –
Su mirada fue de sorpresa.
– ¿Tú…? – pronunció confundido.
– Sí, así es, ya lo sé todo. Ayer mientras estabas tocando el piano, tú teléfono sonó, era un medico ruso, le mentí y dije que era tu prima y fue así que me dijo la verdad. Estas desahuciado Kai. –
Al decir esto sus ojos quedaron fijos, no esperaba lo que acababa de decirle.
– Ahora entiendo muchas cosas, – continué – tus viajes a Rusia, tus mareos constantes, tus hemorragias, tu melancolía, tu tristeza. Esos medicamentos que escondiste el día que entré a tu alcoba son para inhibir los efectos de tu enfermedad. La pregunta es ¿por qué ocultarlo? –
Comenzó a sonreír.
– En verdad que tu astucia no es suficiente. Yo no estoy desahuciado, estás muy equivocada. Es verdad que tengo un problema, pero no es nada que afecte mi juicio. ¿Qué te hizo pensar eso? –
– Tu medico…–
– Estás loca, el medico no habla japonés fluidamente, has entendido mal. Creí que eras más astuta, pero ya veo que no. –
– Sea lo que sea, dime entonces que ocurre con tus viajes a Rusia. –
– Soy libre de hacer con mi vida lo que quiera, me gusta ir. ¿Necesitas más explicaciones? No lo creo. –
– Tal vez tengas razón. Te creeré por ahora. ¿Por qué trabajas en la compañía si dices odiarla tanto o es sólo que te disgusta? –
– Me hago cargo de todo eso por mi destino. –
– ¿A qué te refieres con destino? –
– Tengo que preservar lo que es de mi familia, lo que queda de ella. Es mí deber, sólo eso. –
– Pero si no te gusta entonces no deberías hacerlo. –
– Suena sencillo, pero es más complicado que eso. –
– Explícame, tengo tiempo. –
– No debería importarte esto. –
– No, pero me importa. –
– Yo debo conservar la herencia de dos familias, no importa si me agrada o no, es cuestión de destino y obligación, y esto es mi destino. –
– Y ¿para quién la conservas? –
– Ese es mi deber y debo cumplirlo. –
– No has contestado a mi pregunta. –
– Las personas debemos cumplir con un destino, no deberías quitármelo. –
– Ya sé, pero no puedes ignorar el hecho de que algún día no estarás para seguir cuidando de todo eso. –
– Hoy no me preocupa. –
– Entonces tienes algún plan. –
Miró su reloj.
– Debo irme. –
– Siempre te vas para evadir mis preguntas, eso de platicar no es lo tuyo. –
– ¿Vienes? –
Ya iba unos pasos adelante, lo seguí, teníamos una reunión.
Las cosas iban mejorando entre ambos. Vivíamos bajo el mismo techo, nunca fue necesario hablar demasiado, eso aprendí a su lado. Íbamos juntos a las reuniones, caminábamos juntos, meditábamos juntos, había un lazo especial. Kai por su parte realizaba sus viajes a Rusia, eran constantes. Aunque en ocasiones insistía en preguntar acerca de eso, Kai sólo respondía con una sonrisa irónica y nada más.
Un buen día…
– Vas a Rusia, ¿cierto? –
– Sí. –
– Quiero ir contigo. –
– No puedes. –
– Sí puedo, claro que puedo. –
– Sí puedes, pero no lo harás, esto es mi asunto y nada más. –
Por más que insistía nunca lograba convencerlo. Sin darme cuenta dejó de regañarme todo el tiempo, parecía protegerme más bien.
Cuando llegó de Rusia se dirigió a su habitación para cambiarse, pues debía ir a la compañía a una de las tantas reuniones importantes que tenía. Al bajar pidió a Irina que alistaran la camioneta, ella así lo hizo, luego dirigiéndose a mí, me dijo que era hora de irnos, una vez parados frente a la camioneta…
– Dame las llaves – ordenó al chofer.
Éste así lo hizo. Mirándolo extrañamente…
– ¿Qué haces? – pregunté.
– Voy a manejar, ¿algún problema? –
– No, es sólo que no sabía que manejabas, nunca te vi hacerlo. –
Hizo una de sus sonrisas burlonas.
– ¿Tienes miedo? ¿A caso no confías en mí? –
Al decir esto se subió a la camioneta y sin pensarlo más yo también lo hice. Ya en camino…
– Quiero decirte algo. – dijo un poco apenado.
– Dime. – contesté intrigada.
– Yo…– titubeaba – Tengo que decirte algo muy importante, tiene que ver con los viajes a Rusia. –
Me sentí emocionada, al fin me contaría que había tan importante en Rusia.
– Debo confesarte que…
Un estruendo muy grande detuvo sus palabras. El ruido hizo que cerrara los ojos y cuando los abrí me di cuenta de que un auto rojo se había impactado con nosotros, la mayor parte del lado de Kai. Volteé a verlo, pero lo que vi es algo que hasta hoy día intento borrar de mi mente. Kai tenía el volante incrustado en el abdomen y pecho. La sangre era demasiada. Le hablé.
– ¡Kai!… ¡Kai!, contesta. –
Pero mis palabras eran en vano, intentaba acercarme, pero un dolor intenso me lo impedía.
– ¡Kai!, ¡despierta! –
Kai abrió los ojos y cuando intentó responder a mi llamado, intentó desprenderse del volante, mas no pudo hacerlo, en ese momento volteó a verme y con lágrimas en los ojos pronunció mi nombre…
– Hinata…– casi sin aliento.
– ¡Kai!, ¡Kai! – grité con desesperación.
La ambulancia llegó enseguida. Un paramédico me sacó rápidamente y entre tanto le decía:
– ¿Dónde esta Kai?, ¿está bien? ¡Sáquenlo de allí! –
