Esclava del amor
Esta historia NO me pertenece, todos los derechos son de la gran Virginia Henley yo solo tomo su historia y los personajes de Rumiko Takahashi con fin de entretenimiento, sin más preámbulos comencemos.
Su deseo de amar la llevaría a vivir la más extraña de las aventuras.
Capítulo 7
Los dos hombres jóvenes se miraron con odio.
—Te pasaste del límite, esclavo.
—No, Naraku, no es así —dijo Kagome con firmeza—. Lo eligió Inu y actúa según sus órdenes. Ha jurado protegerme de cualquier peligro.
Naraku cambió el tono de inmediato. Se ajustó la banda alrededor del cuello para que el brazo le quedara en una posición más cómoda, y le dirigió una sonrisa de simpatía.
—Inu me ha comentado acerca de su buena fortuna. Permíteme ser el primero en darte la bienvenida a nuestra familia. —Se llevó mano de ella a los labios con tal cortesía que Kagome no podía creer que aquel fuera el mismo que se había comportado como un ebrio o violador brutal.
—Gracias, Naraku. Lamento que te hayan herido.
—Son cosas que pasan. Inu me dijo que preguntara por Myoga. No tengo nada que ponerme, salvo mi armadura.
—Por supuesto. Te mostraré dónde puedes encontrarlo. —Se abstuvo de mencionar que Inu era más alto y ancho que su hermano.
Estaba segura de que Naraku era perfectamente consciente de sus desventajas con respecto a Inu. Miró a Tor con una sonrisa de conspiración—. Te veré al amanecer.
—Estaré listo, señora Kagome.
La barcaza que partió desde Aquae Sulis al amanecer iba repleta de gente y equipaje, pero cuando llegaron al canal de Bristol y subieron a bordo de la embarcación romana, depositaron todo en la bodega y Inu llevó a Kagome al camarote donde iban a dormir; estaba situado entre uno similar, que correspondía al procurador, y el pequeño compartimento que ocuparía Naraku. Los guardias legionarios de Inu y las dos docenas de hombres que acompañaban a Julio colgaron hamacas en la bodega; Tor se ubicó ante la puerta de Kagome, de inmediato decidido a dormir allí.
El viento era inclemente y frío, y Kagome se alegró de haber llevado sus cálidos mantos de piel con capucha. Sin embargo, cuando el barco llegó a la bahía de Vizcaya, el clima se habla tornado demasiado tempestuoso para que ella permaneciera en cubierta. Por desgracia, cuando se resguardó en la cabina pequeña sintió náuseas. .
Inu la acostó en la litera, la arropó, la lavó y atendió todas sus necesidades con tanta ternura como haría una madre con su bebé. La abrazaba y la consolaba, la presionaba con suavidad para que comiera algo, cada vez que vomitaba y le quedaba el estómago vacío.
Kagome no se comenzó a sentir mejor hasta que descendieron en la costa española, pero para cuando se aproximaban a Gibraltar logró recobrarse por completo. Se hallaba junto a la barandilla con Inu, que la rodeaba con los brazos mientras navegaban por el Estrecho, deleitándose con el cálido sol mediterráneo. Aunque no lo creía posible, amaba a Inu cada día más.
Cuando Inu estaba ausente, cada vez que Kagome subía a cubierta Tor la acompañaba. Kagome se sentía agradecida y sorprendida de que Naraku la tratara como a una princesa cada vez que se encontraban, aunque reparó en que el joven pasaba la mayor parte del tiempo con el procurador, quien obviamente mostraba un interés paternal en el hermano de Inu Yasha.
Un día en que el mar azul estaba tranquilo como un estanque y el sol calentaba glorioso, Kagome decidió explorar la embarcación romana.
Tenía un diseño semejante a las naves griegas, salvo por el largo espolón de acero que estaba montado en la proa. Tor le explicó que el espolón se usaba para embestir a los barcos enemigos; luego se bajaba una plancha para que los soldados romanos los abordaran. La joven se estremeció y agradeció que no hubiera habido ningún entrenamiento.
Abrió una puerta pesada y descendió un tramo de escalones de madera. Se detuvo horrorizada por lo que vio. Hileras de hombres desnudos hasta la cintura, de espaldas musculosas empapadas en sudor, empujaban unos remos gigantes. Kagome se cubrió la boca con la mano, en gersto de horror. Se le agrandaron los ojos. Tor la tomo de los hombros con firmeza y la condujo de vuelta hacia los escalones.
En cubierta, Kagome tomo una bocanada de aire y se aferró a Tor como si fuese una cuerda salvavidas. Inu se acerco, curioso de saber por que Tor abrazaba a la muchacha. Cuando estuvo lo bastante cerca para darse cuenta de que pasaba algo malo, la tomo en sus brazos, pero sintió que ella intentaba apartarse.
—¡Galeotes!— exclamó Kagome con odio, sin aliento.
Antes de responder, Inu la llevo al camarote y la sentó en la litera. Ella lo miro con ojos tan acusadores que Inu alzó las manos en ademán de impotencia.
—No puedo creer que seas tan ingenua. Por todos los dioses ¿cómo esperabas que nuestra nave fuera desde Britania hasta Roma? No todos son britanos –agrego a la defensiva—. Algunos son galos, otros son nubios...
—Son hombres, Inu, no importa la raza. Dios mio, ¿cómo pueden los romanos ser tan indiferentes al sufrimiento humano? ¿Cómo puedes condenar a los hombres a una vida de esclavitud en galeras?
—No es una vida. Son diez años. Los galeotes necesitan estar en la plenitud de su fuerza.—Al ver que aquello no lo tornaba más aceptable para Kagome, se arrodillo y le tomó la mano—. Amada, si pudiera enderezar los errores del mundo para ti, lo haría. Quizás en tu época no haya esclavitud, ¿pero puedes decir honestamente que no existe sufrimiento ni injusticia? En recompensa por su trabajo, nuestros esclavos son bien alimentados y disponen de viviendas decentes, y son tan numerosos que ninguno sufre una sobrecarga de trabajo.
Kagome pensó en Londres, donde la situación de ricos y pobres era tan despareja. La clase acaudalada alimentaba un apeInutaisho insaciable por el placer y los lujos, mientras que las jóvenes pobres morían de hambre en silencio en las calles y los niños debían limpiar chimeneas para ganarse la vida y a menudo se quemaban vivos. Kagome razonó que Inu no era el culpable de las condiciones que reinaban en su época, así como tampoco podían culparla a ella de la pobreza y el hambre de la suya.
Kagome acarició la cara de Inu.
—Al venir a roma, te esfuerzas por mejorar las condiciones de todos los britanos. No puedo pedirte nada mas.
—Llegaremos mañana –anuncio Inu—. Sube a cubierta para que disfrutes del mar y del sol.
Aquella última noche a bordo, mientras estaba en los brazos de Inu, le contó lo que había registrado la historia acerca del emperador Nerón.
—Si te es posible, evítalo. Es un loco cuyo imperio degenera en crueldad y tiranía.
—Asesinó a su propia madre. Lo sé todo acerca de Nerón —aseguró Inu.
—No sabes que dentro de tres años incendiará Roma para construir una nueva capital sobre las ruinas.
—¿La ciudad de Roma arderá? —preguntó Inu, incrédulo.
—Sí, pero la nueva Roma será magnífica y perdurará a través de los siglos. Nerón culpará del incendio a los cristianos, pero será tan odiado que se producirá una rebelión masiva en su contra y él se suicidará antes de cumplir treinta y dos años.
Inu miró las vigas del cielo raso del camarote y se preguntó si de veras Kagome habría vivido en el futuro, o simplemente tenía visiones proféticas, como afirmaban tenerlas tantos otros. La atrajo contra su corazón. Mientras estuviesen juntos en ese momento, el pasado y el futuro no le importaban.
A pesar de su temor de ir a Roma, ahora que se hallaba tan cerca que Kagome decidió superar el miedo. Había resuelto acompañar a Inu, y no quería que ninguno de los dos lo lamentara. Aceptaría la ciudad de su amado con todo el corazón, como hacía con todas las cosas; las medias tintas simplemente no iban con su naturaleza. Lo tomaría como un regalo de los dioses. El hecho de poder ver y experimentar la Roma antigua era como un milagro. Se prometió no perder ni un minuto en miedos ni arrepentimientos.
Desembarcaron en Ostia, en la boca del Tíber. El famoso río que los llevaría a Roma era ancho, de turbias aguas amarillas. Inu permaneció junto a Kagome para señalarle todas los puntos importantes de la zona.
Tal como había leído, Kagome vio que en verdad Roma había sido construida sobre siete colinas. Todo era un caos de edificios enormes, tejados dorados, cúpulas, imponentes falanges de columnas de mármol y viviendas particulares rematadas con tejas rojas. Algunas estaban construidas en los valles; otras, en las cumbres, y también había algunas posadas en las laderas de las colinas. Inu le señaló templos, anfiteatros y el gran hoyo que era el Circo Máximo.
—Los olivares de mi padre quedan hacia el sur —dijo al tiempo que señalaba la cadena de las sierras Sabinas, que se extendían en la bruma dorada hacia el horizonte—. Nuestras canteras están hacia él en los Apeninos, donde comienza el río Tíber.
—¿Son canteras de piedra, como en Aquae Sulis?
—No, aquí excavamos mármol. El comercio del mármol es lo más importante de la economía de Roma —comentó Inu con orgullo.
—¿La villa de tu padre está aquí en la ciudad?
—Sí, en las laderas del monte Esquilino. En este momento el mensajero ya debe de haberle avisado de nuestro arribo. Cuando llegue nuestra embarcación nos estarán esperando los caballos, y he solicitado una gran litera para ti.
—Oh, pensé que podríamos caminar por la ciudad –replicó la joven, desilusionada.
—Kagome, aquí vive más de un millón de personas, y la mayoría en las calles. Avanzaremos tan despacio que desde tu litera verás mucho más de lo que quisieras. Debemos atravesar algunos distritos miserables antes de comenzar a subir el Esquilino, donde están las villas de los patricios. La miró a los ojos con expresión seria—. Roma es el crisol de todo lo bueno y todo lo malo del mundo. No existe otra ciudad donde lo divino y lo mundano resulten tan evidentes. No dejes que te abrume.
Ella le dirigió una sonrisa tranquilizadora, y él le besó con suavidad la frente; enseguida llamó a Tor.
—Búscale un asiento a la sombra, en el muelle; demorarán un buen rato en descargar y localiza a los esclavos de mi padre, los que han traído los caballos y la litera. El procurador marchará directo de aquí a su casa, así que yo debo ir a coordinar nuestros planes antes de despedirlo.
A pesar de que Inu se lo había advertido, Kagome no estaba preparada para el tumulto que sofocaba las calles mientras ella miraba fascinada desde la ornada litera de seda, con sus cuatro robustos portadores vestidos con libreas de color amarillo claro.
Cientos de pequeños comercios se apiñaban en las calles, y sus mostradores sobresalían hacia el pavimento para exhibir, en apariencia, todas las mercancías. Panaderías, puestos de verduras, negocios de vinos y restaurantes baratos competían con puestos de alfarería y de ropa. En cada cruce de calles había santuarios religiosos y fuentes de las que el agua brotaba del pico de un águila, la boca de un ternero o los pechos de una diosa. Los cuencos desbordantes arrastraban toda la basura que arrojaban imprudentemente desde los comercios y las ventanas de las plantas altas.
Daba la impresión de que hasta el último centímetro de las paredes de estuco estaba pintado con mensajes y propagandas. La imagen de Mercurio, la diosa del comercio, se hallaba representada en la pared de un cambista, por doquier se veían toscas serpientes pintadas a modo de más guardianes. Kagome vio un celer, o escritor de noticias, en torno al cual se congregaba una multitud ruidosa mientras él escribía con un pedazo de tiza roja acerca de una lucha de gladiadores en el anfiteatro de Tauros.
Había de todo escrito en las paredes, desde notas de amor hasta insultos arrebatados y versos obscenos. Resultaba evidente que las paredes eran el papel de escribir de las masas. Si había un esclavo en venta, su nombre y sus atributos se anotaban en la pared. Si se alquilaba un desván en lo alto de un comercio, también se publicaba en la pared.
Lo único que Kagome encontraba ofensivo era el ruido incesante.
Las personas se gritaban unas a otras para hacerse oír por encima del alboroto que producían las máquinas moledoras de maíz, los martillos de los constructores, los gritos de los verduleros ambulantes, los maestros que daban sus clases en las calles y las voces de docenas de aspirantes a poetas que recitaban infinitas diatribas.
De repente se oyeron los gritos de una docena de guardias pretorianos, ataviados con cascos y pecheras dorados.
—¡Háganse a un lado! ¡Abran paso! —gritaban mientras apartaban a esclavos y vendedores con los mangos de sus lanzas. Hasta Inu y sus guardias tuvieron que desmontar para que pasara el pretor, un magistrado del pueblo.
En la calle siguiente se encontraron con una procesión de sacerdotes y sacerdotisas que tocaban tambores, trompetas y agitaban castañuelas y cascabeles de bronce que llevaban en las manos. Las mujeres eran sirias de piel oscura; avanzaban girando en danzas alocadas, con el cabello al viento, camino al templo de Cibeles para pasar un día de orgía.
De pronto la litera de Kagome se detuvo ante el paso de otra gran procesión. Inu se volvió hacia ella, maldiciendo.
—Debe de ser alguien importante —aventuró Kagome.
Un sucio epíteto cayó de los labios de Inu.
—Ella se cree importante. Su anciano marido es millonario. Debería haber una ley contra semejante ostentación de vulgaridad.
Kagome observó con asombro el paso de una gran aglomeración de apuestos esclavos que marchaban llevando cajas y bultos sobre los hombros. Los seguía un grupo de bonitas y jóvenes esclavas levantinas que lucían velos llamativos, y luego un muchacho egipcio que cargaba un mono amaestrado, y una niña esclava que transportaba un perro faldero que ladraba dentro su canasta. A continuación, vio la banda de músicos de la gran dama, seguida de un centenar de esclavos y libertos que llevaban cajas y baúles llenos de objetos y prendas costosas.
Por último apareció "Su Magnificencia", en una litera que cargaban ocho nubios idénticos. La mujer se recostó contra los almohadones, aburrida del mundo, abanicándose indiferente con un abanico de plumas de avestruz cuyo mango estaba adornado con piedras preciosas. Tenía el cabello negro salpicado con polvo de oro, y Kagome quedó boquiabierta al ver que vestía una túnica que le tapaba sólo las caderas, y perlas en la parte de arriba.
—Tal vez se está mudando de su palacio a una de sus villas del campo. Hasta el pretor hizo detener su litera para saludarla —comentó Inu con desagrado—, lo cual demuestra que incluso los rangos oficiales deben rendirse al brillo conquistador del oro.
Kagome percibió el enojo de Inu al verse obligado a esperar. Le sonrió.
—Esto me da la oportunidad de observar todo a mis anchas. ¡Mira!¡Están jugando a los dados en el pavimento!
Inu miró con arrogancia la multitud que allí se congregaba.
—¡Holgazanes y parásitos! La mayoría son esclavos de los ricos. Sus tareas son tan escasas que les sobra demasiado tiempo y lo malgastan en jugar y entregarse a groseros encuentros sexuales.
A Inu le avergonzaba lo mucho que habían degenerado las costumbres de su ciudad. La gente hacía abiertamente en las calles cosas que sólo deberían hacerse en privado. Los hombres orinaban en las zanjas y las rameras atendían a sus clientes en los umbrales de las puertas. Agradeció a sus dioses que Aquae Sulis nunca cayera en tan bajos niveles.
Al fin dejaron atrás los distritos más comerciales y ascendieron por las colinas. Pasaron por edificios públicos más grandes, como los baños y los templos y establecimientos de salud. Los imponentes arcos de triunfo que se erguían en las avenidas y las estatuas heroicas convertían esa parte de la ciudad en un espectáculo: la arquitectura era de estilo griego, aunque un poco más ornamentada y, en opinión de Kagome, algo vulgar: las columnas presentaban un recargado y florido estilo corintio, y el mármol de llamativos tonos azul, verde y naranja resultaba de bastante mal gusto y ostentaba un exceso de volutas y motivos florales.
Sin embargo, cuando llegaron a la villa de Inutaisho Yasha Kagome no encontró defecto alguno en el gusto exquisito que denotaba, aunque se quedó atónita al calcular lo que habría costado. El exterior sencillo no hizo más que intensificar la impresión de sus sentidos al pasar bajo los pilares jónicos del pórtico. Todas las cámaras estaban construidas alrededor de espacios abiertos, cada uno con un jardín, una piscina y una fuente. La luz y el sol penetraban por todos lados, los cuartos que daban al primer patio eran a la vez numerosos y espaciosos. Una galería abierta rodeaba los pisos de la planta superior. Una docena de esclavos los recibió en la entrada, mientras otra docena entraba en el atrio con bebidas frías y bocadillos. Todos vestían togas de color amarillo claro y llevaban en los hombros insignias con la cabeza de un carnero.
Kagome se quedó atrás mientras Inu y Naraku iban hacia el primer patio y saludaban a los esclavos de mas edad, que trabajaban desde hacia años para la familia. Inu se volvió y la hizo adelantarse.
—¿Cuántos esclavos hay? —preguntó ella en un susurro.
—Ciento cincuenta la última vez que vine. —Le apretó la mano—No dejes que eso te intimide—la llevó por un magnífico vestíbulo bañado en luz y entraron en el segundo patio, más grande y más hermoso que el primero, por el que se accedía a otro grupo de habitaciones que se comunicaban entre sí, los suelos eran de mosaico, y las paredes y pilares, de mármol claro. En el centro, graciosas ninfas en poses de danza lanzaban chorros de agua cristalina hacia el interior de una piscina circular de mármol blanco que estaba bordeada de lujosas plantas acuáticas. Por toda la villa se veían esculturas y delicados objetos de arte apoyados en pedestales tallados.
El mayordomo, Lucas, saludó con afecto a Inu.
—Su padre se encuentra en la alcoba y pide que vaya a verlo. Ya no está joven y fuerte como usted lo recuerda —lo previno Lucas—, pero su orgullo sigue intacto. Le envía saludos a su dama y la verá en la cena.
Lucas golpeó las manos y se acercaron una decena de esclavas de piel aceitunada.
—He seleccionado a estas esclavas para usted, señora. No tendrán otra tarea que atenderla. —Se volvió hacia Inu—: Me he toma la libertad de elegirle una habitación que da al peristilo, no muy alejada de la suya, general.
Divertido, Inu levantó una ceja.
—Las disposiciones son un poco formales, Lucas, lo mismo que tu manera de dirigirte a mí.
—Ahora que es general, lo apropiado es llamarlo por su cargo. Después de la boda, usted y su prometida solicitarán una alcoba más grande.
Los labios de Inu se estremecieron al pensar que deberían dormir separados. Intentaría ser discreto hasta que se casaran y pudiera llevar abiertamente a Kagome a su lecho.
—Ponte en manos de las muchachas —indicó a Kagome—. Sé que estás deseosa de tomar un baño y cambiarte de ropa. Si no tienes suficientes criadas, hay muchas esclavas más con horas libres para ocuparlas.
Las muchachas se llevaron a Kagome, y Tor las siguió como un perro guardián, con la mano apoyada en el látigo. Una vez que todos entraron en la cámara, las muchachas reían y acariciaban los músculos del joven con placer. Tor tuvo la impresión de haber muerto y hallarse en el cielo.
—Me llamo Livi, señora —informó una de las esclavas a Kagome—¿Nos permite atender las necesidades de su guardaespaldas tanto como las suyas?
Tor miró suplicante a Kagome. Kagome sonrió por la perversidad de sus pensamientos.
—Quiero que lo hagan feliz. ¿Creen que será posible turnarse?
—Él dormirá en la habitación adjunta. ¿Hay un sofá allí?
Las jóvenes abrieron la puerta contigua para mostrar a Kagome que en verdad la habitación contaba con un sofá. Kagome entró un momento junto con Tor.
—Gracias, señora Kagome —dijo Tor con fervor.
—Mantén tu arma lista en todo momento —le advirtió ella con expresión seria.
—Así lo haré, señora —aseguró él.
—Estoy segura de que Livi y sus muchachas serán capaces de mantenerte razonablemente a gusto. La pregunta es: ¿podrás tú satisfacerlas? —Kagome atravesó el umbral hacia su propia alcoba, dejando a Tor con una sonrisa de oreja a oreja.
Naraku codiciaba la fortuna de su padre. Siempre había estado salvajemente celoso de que Inu fuera el primogénito y heredero. Pero al menos hasta el momento él había sido el único heredero de Inu. Como Primus Pilus, y luego como general del ejército romano, no era probable que el hermano mayor viviera muchos años. Hasta el momento lo único que Naraku debía ejercitar era la paciencia, y todo llegaría a ser suyo. Sin embargo, ahora que Inu iba a contraer matrimonio, la situación cambiaría. Los hijos de Inu se convertirían en sus herederos y Naraku sólo recibiría un pequeña parte de la fortuna familiar.
En el viaje a Roma había hecho lo imposible por persuadir a Inu de que no se casara. Había difamado a las mujeres en general, tratándolas de perras infieles que se vendían al mejor postor. Señaló que a una concubina se la podía controlar, mientras que a una esposa no. Pero cuando las insinuaciones pasaron de las mujeres en general a Kagome, Inu no las tomó de buen grado. En especial cuando Naraku insinuó que acaso sucedía algo impropio con el viril y joven guardaespaldas. Los ojos dorados del hermano brillaron entonces de una manera peligrosa.
—Creo que soy capaz de controlar a mi mujer, Naraku. Mantén tu vil lengua y tus viles pensamientos alejados de ella, si deseas continuar entero.
—Inu, me interpretas mal. Te prevengo contra las trabas del matrimonio, no contra Kagome. Si has decidido contraer matrimonio, no podrías haber escogido una candidata más bella.
A Naraku le quedaba un solo camino abierto antes de verse obligado a hacer algo drástico. Cuando entró a saludar a su padre se desalentó al ver que la mente del anciano no se había deteriorado junto con el cuerpo.
—Hay un tema muy serio que debo hacerte saber, padre. Inu es un tonto enamorado que no se da cuenta de que esa mujer se casa con él por interés. Está ansiosa de echar mano de tu fortuna. Te juro que es su esclava. ¡Tus descendientes serán hijos de una esclava!
Inutaisho cerró los ojos para calmar el dolor que le causaban las palabras de Naraku. Al cabo de un momento en silencio, abrió los ojos y miró a su apuesto hijo.
—Crees que debo modificar mi testamento. —Fue una afirmación más que una pregunta.
—Sí, así lo creo, padre. Si él está decidido a traer la vergüenza a la casa de Yasha, no debe recibir la parte del león de nuestra fortuna. Esa mujer es una ramera que fornica con el guardaespaldas y hasta aceptó mis insinuaciones.
—Debe de ser muy hermosa para tentarte, Naraku.
—Lo es. Tienta a cualquier hombre que la mire.
—La belleza puede ser una maldición, Naraku. Yo creo que su belleza es una maldición. Cambiaré mi testamento, pero temo que no te hará muy feliz. Ya ves, también yo estoy maldito, Naraku. Maldito para un hijo, y bendito para el otro. Tenía la esperanza de que la carrera militar al menos te curara de tu cobardía, pero hasta eso era esperar demasiado. ¡Sal de mi vista!
Naraku se retiró de la cámara y de la villa. El viejo tirano había sellado su ruina. Naraku se vería obligado a hacer algo más drástico, y debía actuar rápido, antes de que su padre modificara el testamento.
A pesar de estar muy enfermo, el padre de Inu pidió que uno de sus esclavos personales lo pasara del lecho a una silla. Era demasiado orgulloso para recibir a su primogénito en la cama. Sin embargo, la palidez de su piel y la cantidad de peso que había perdido revelaron a Inu el grado de la enfermedad del anciano.
Inu se asombró de lo mucho que había envejecido, pero lo alivió ver la ardiente intensidad de la vida que aún brillaba en los ojos dorados. El general se puso de rodillas para que ambos pudieran abrazarse.
Inutaisho, un hombre práctico y directo, dijo sin rodeos:
—He perdido el uso de las piernas, pero en consecuencia mi cerebro está el doble de lúcido.
Inu le sonrió.
—Siempre serás el hombre más inteligente y más astuto que jamás haya conocido. Me alegra que los años no hayan alterado eso.
—De modo que por fin has traído una prometida a casa. Ya había perdido las esperanzas de tener nietos. Ella debe de ser muy especial, para cumplir con tus severas exigencias.
Inu levantó una ceja y se le dibujó una mueca de protesta en los labios.
Inutaisho levantó una mano autoritaria para atajar las palabras del hijo.
—Te pareces bastante a mí. Tienes principios tan elevados que esperas lo mismo de los demás. El deber antes que el placer, la muerte antes que el deshonor. Tus dioses son la verdad y la justicia.
—Me haces quedar como un hombre insufrible.
—Ambos lo somos. ¿Dónde encontraste una mujer que te merezca? —preguntó el anciano, divertido.
—Es una britana, tan inteligente como encantadora. Espero que nos des tu bendición, padre.
Los ojos dorados de Inutaisho encontraron los de su hijo amado y le sostuvieron la mirada.
—Inu, tu elección es mi elección.
Inu sabía que compartían un vínculo que nada podría destruir. El amor del uno por el otro era incondicional y absoluto. .
—Ahora cuéntame de esa misión que tenéis tú y Julio Clasiciano. Si vais a persuadir de algo a Nerón y el senado, no estará de más tener a tu disposición una suma ilimitada para sobornos. Mi fortuna es tuya, Inu; ya lo sabes.
Inu le comentó el plan de proponer un cambio que beneficiaría a toda la nación de Britania. Apreció profundamente el ofrecimiento de la fortuna de su padre para la noble causa, y aseguró a Inutaisho que jamás la usaría en interés personal. Al retirarse, Inu lo hizo con la certeza de que su padre sabía que él no codiciaba su fortuna, como Naraku.
Cuando Inu subió a buscar a Kagome para llevarla a cenar, le complació que ella hubiera elegido una elegante estola de color verde jade con una palla dorada, y sandalias doradas de plataforma de corcho. Su cabello lucía más hermoso que nunca, excepto cuando lo tenía desparramado sobre la almohada. Se lo habían arreglado en una cascada de bucles que le por la espalda, trenzados con cinta verde y perlas.
Al llegar al triclinio, el canoso Inutaisho Yasha ya se hallaba recostado en el sofá, y Inu se alegró de no haberle mencionado a Kagome su impedimento físico. Ella tenía el corazón tan tierno que lo habría tratado con extrema amabilidad, y Inu sabía que el anciano prefería mucho más que lo trataran como a un hombre.
Inu presentó a Kagome con tal orgullo que el padre supo de inmediato de los profundos sentimientos de su hijo por esa mujer. A Inutaisho le gustó de inmediato. No sólo era tan hermosa que podía dejar a cualquier hombre sin aliento, sino que en su tez clara había algo que le recordaba a la escultura de alabastro de una diosa.
—Mil veces bienvenida, querida. Espero que mi hijo te haga feliz.
—Ya lo ha hecho, señor. —La mirada rápida que dirigió a Inu le hizo saber a Inutaisho lo mucho que ella lo amaba.
—Siéntate junto a mí. Para un viejo, una mujer hermosa es el mejor de los tónicos.
Mientras los observaba, a Inu le divirtió ver que su padre de hecho estaba cortejándola, y le enterneció que ella se mostrara tan gentil como para responder al flirteo, aunque sólo fuera por no desairarlo.
La comida y el servicio fueron impecables, ya que en la villa de Yasha sólo se permitía preparar y servir los alimentos a los esclavos domésticos de rango superior. Cuando estaban al final de la comida Kagome sonrió al padre de su futuro esposo y dijo:
—Tiene una casa magnífica. Gracias por hacerme sentir tan bienvenida.
—¿ Ya te ha llevado Inu a recorrerla? Entonces id, id. —Después se dirigió al hijo—: Muéstrale cómo puede cenar en la piscina si ni siquiera mojarse. Muéstrale los pájaros y los peces. Enséñaselo todo.
Inu la llevó al jardín y la invitó asentarse en un banco de mármol blanco, en la piscina. Brotaban chorros de agua desde abajo del asiento, como si ella los hiciera salir al reclinarse contra los almohadones, pero había una boca de salida subterránea, de modo que la piscina se llenaba sin nunca desbordarse, y el banco parecía flotar.
—Cuando cenas aquí, los platos más pesados se colocan en el borde, y los más livianos, con formas de barcos y cisnes, flotan en la superficie y dan vueltas sin cesar.
Había árboles de boj tallados con formas de animales, y las rosas rosas florecían en abundancia.
—Detrás de las tres piscinas externas hay un conjunto de habitaciones privadas con hermosas vistas a los jardines. La alcoba se aisló y excluye el paso de la luz y cualquier ruido. También dispone de comedor privado. Una vez que estemos casados, podremos pasar tiempo allí.
—Entiendo que deberemos ocupar cuartos separados hasta que nos casemos. No debemos ser indiscretos en la casa de tu padre.
—Él me regañaría severamente si no te tratara como a una virgen limpia y casta.
Regresaron adentro.
—Por favor, no me pidas que te muestre los frescos ni el templo familiar ni la biblioteca esta noche. Hay otra cosa que quiero que veas.
—¿Adónde me llevas? —preguntó Kagome, inocente, mientras subían una escalera de mármol y marfil.
—A ver mi alcoba.
Kagome quedó muy impresionada por las grandes dimensiones de la habitación. Las paredes estaban pintadas con una serie de imágenes que mostraban las campañas de Alejandro. La enorme cama tenía cabezas de carnero talladas, y el balcón daba al jardín y los estanques de peces ornamentales.
—Va contigo. Es absolutamente masculina. Quizá yo no debería estar aquí, Inu.
—¿Acaso mi padre no dijo que te lo mostrara todo?
—Sí, pero... Oh, ¿qué haces? —exclamó alarmada cuando él comenzó a quitarse la ropa.
—Te muestro todo —contestó él con una amplia sonrisa.
—Eres un demonio, Inu Yasha. ¡Sabes que debemos dormir separados!
Él echó la cabeza atrás y lanzó una carcajada que se oyó en toda la habitación.
—Ningún poder sobre la Tierra podrá alejarte de mi cama esta noche. Pronto me ausentaré con Julio por asuntos oficiales. Él accedió a que yo viniera a visitar a mi padre, con la condición de que permanezca con él una o dos semanas mientras agasajamos a los senadores, en forma individual y colectiva. Su convocatoria podría llegar mañana mismo.
Kagome se le acercó con timidez mientras él se sentaba desnudo en la cama.
—¿De veras crees que obtendrás permiso para que nos casemos?
—Julio me asegura que es sólo una formalidad. Si las ruedas de la oficialidad giran demasiado lentas, yo las untaré con un soborno, no te preocupes. Lamento abandonarte, amor, pero con suerte sólo habrá tiempo suficiente para los preparativos para el banquete de bodas y para confeccionarte el vestido de novia. Yo guardo un anillo magnífico, y es probable que mi padre te dé joyas como regalo de bodas.
Ella levantó las manos para desatarse las cintas del cabello.
—¿Me estás sobornando para que me muestre complaciente respecto a la bacanal a la que asistirás?
Él abrió las rodillas y la atrajo hacia sí.
—Por no decir orgías —bromeó. Su expresión se suavizó al ver la inocente mirada de vulnerabilidad de su amada—. Las únicas actividades que planeo gozar son las visitas a los juegos ya las carreras en el Circo Máximo, a las que todos los romanos son adictos.
—Disfruta de tu ciudad sin sentirte culpable, Inu. Ya sabes que yo detestaría esas cosas.
Él le quitó la estola y la arrojó al suelo. Kagome quedó de pie ante él sólo con las sandalias y la mitad de la moneda de oro. Cuando Inu desabrochó la delicada cadena y volvió a cerrarla alrededor de la diminuta cintura, ella se estremeció. Los ojos de Inu se derritieron ante la imagen erótica que ella le ofrecía.
—Esta noche haremos sólo esas cosas que amas con pasión –dijo con voz ronca.
Cuando Inu llegó a la residencia del procurador, se enteró de que aquella tarde Julio Clasiciano había dispuesto llevar a seis senadores a los juegos. También estaba invitado un administrador militar que podía otorgar a Inu el permiso oficial para casarse.
—Julio, lamento no haber traído a mi hermano, Naraku. El pequeño diablo desapareció en las entrañas de Roma en el momento en que llegamos. Estoy seguro de que aparecerá una vez que haya gozado de todos los vicios de la juventud.
—Ya apareció, amigo mío. Anoche lo llevé a la corte y lo presenté al emperador. Él y Nerón congeniaron de inmediato. Creo que lo que atrajo a Nerón fue la belleza de tu hermano, pero me parece que Naraku posee cierto grado de astucia que utilizará en nuestro beneficio. Somos afortunados de tenerlo de nuestro lado.
Inu deseaba con fervor que así fuera. Naraku se valdría de su astucia para beneficiarse él mismo, pero si estaba dispuesto a explotar los vicios de Nerón, podría ahorrarles tiempo e inconvenientes a todos.
Cuando llegaron al anfiteatro Claudiano, a Inu le sorprendió ver a Naraku sentado con el emperador y sus amigos. Reían juntos con tal complicidad que cualquiera habría pensado que Naraku era un viejo miembro del círculo.
Julio llevó a Inu a conocer al emperador; el general le hizo la venia militar, en lugar de saludarse con un beso, costumbre que comenzaba a difundirse en la ciudad.
—Otro hermano Yasha, aunque no del mismo molde. Bienvenido a Roma. Mañana habrá una venatione en mi nombre en el Circo Flaviano. Tú y Julio debéis honrarme con vuestra presencia. Garantizo que jamás visteis algo igual. Habrá leones y leopardos y también osos. Durante toda una semana han diseñado montañas y cuevas, e incluso montaron un pequeño bosque. .
—Será todo un espectáculo, emperador —repuso Julio con el necesario entusiasmo.
Naraku saludó al hermano con un ademán insolente. La mirada que dedicó a Inu daba a entender con toda claridad que podría influir en Nerón para lograr sus propios fines; y en verdad Naraku estaba disfrutando por completo de su nueva posición de prestigio.
Los encuentros de gladiadores fueron numerosos y variados, y se desarrollaban muchos al mismo tiempo para entretener a las miles de personas que se congregaban en el anfiteatro. A las masas les encantaban esos juegos, que eran gratuitos para todos. Ovacionaban a los valientes, abucheaban a los que no mostraban un comportamiento deportivo y hacían apuestas sobre los resultados. Los combates más interesantes eran entre los retiarus, que luchaban con redes y tridentes, y los secutors, que luchaban con el casco, la espada y el escudo tradicionales.
Inu observaba en forma subrepticia a su hermano y el regordete Nerón, que no cesaban de susurrar entre sí. Se preguntaba de qué hablarían con tanta seriedad, pero si hubiese tenido la ocasión de oírlos habría sentido asco.
—¿Estás disfrutando del juego? —preguntó Nerón a Naraku mientras hacía girar los anillos en sus dedos rechonchos.
—Me gusta más el derramamiento de sangre —respondió Naraku con un destello en los ojos—. Cuando un gladiador vencido ruega compasión, la multitud siempre se la otorga.
Nerón sonrió con un gesto afectado.
—Ah, también a mí me gusta ver morir a los hombres, pero debo conformarme con las heridas; no puedo ir contra las masas.
—No te das cuenta de tu poder absoluto, emperador. Apuesto a que, si pones el pulgar hacia abajo cuando derroten al próximo hombre, no tardarás mucho en dominar la voluntad de esta multitud.
Los dos gladiadores que combatían ante el palco del emperador, que estaba decorado con águilas, continuaban luchando sin parar. Los dos eran hábiles, pero al fin el más robusto desarmó al adversario y le apoyó victorioso un pie en la nuca. La multitud enloqueció, vitoreando y cobrando sus apuestas. Cuando el hombre caído levantó el brazo pidiendo compasión, de pronto Nerón dio la vuelta al dedo pulgar. La voz colectiva de la multitud protestó, y Nerón agitó la mano.
—¡Coraje! —urgió Naraku, y tendió su propia mano con el pulgar hacia abajo.
El gladiador victorioso hundió la espada corta en el corazón del caído. La multitud quedó sin aliento. Cuando el vencedor sacó al espada, la levantó en alto y la sangre comenzó a correrle por el brazo, el gentío empezó a vitorear.
Nerón sonrió a Naraku, encantado. Cuando cayó el siguiente gladiador, las masas bajaron los pulgares y festejaron sedientas de sangre cuando el vencedor seccionó en dos la garganta del derrotado y la sangre brotó a chorros sobre la arena.
—Qué bueno es matar —susurró Nerón, sexualmente excitado.
—Es aún mejor cuando tu mano blande la espada.
—Tú eres un centurión. Para ti es fácil; para mí, difícil —contestó Nerón, y apoyó una mano rechoncha sobre el muslo sólido de Naraku.
—Difícil pero no imposible, emperador. —Los ojos de Naraku se detuvieron en la boca pintada de Nerón—. ¿Por qué no nos retiramos a un lugar más privado, donde pueda sugerirte muchas cosas que atraerán tu apetito?
La mano de Nerón apretó la rodilla de su nuevo favorito.
—¿Una lucha más? —susurró con avidez.
Inu Yasha sintió que lo abrumaba una gran tristeza. Quería apartar a su hermano del perverso Nerón. Pero era demasiado tarde.
Naraku era un corruptor, y si era capaz de dar clases de depravación a alguien tan ruin como Nerón, ya no existía posibilidad alguna de que se redimiera. Con Naraku no se trataba de sexo, sino de poder. Inu sabía que su hermano se sentía en la gloria al manipular al emperador de Roma. El corazón se le inundó de tristeza al verlos marchar juntos después de los combates.
En la opulenta alcoba de Nerón, el aire estaba cargado de los perfumes que se pulverizaban desde el cielo raso. A los veinticinco años, a Nerón ya no le atraían las mujeres. Se había inclinado por los hombres, pero los afeminados esclavos disponibles a granel no le resultaban atractivos. Se humillaban con suma facilidad y no soportaban demasiado dolor ni crueldad, ya los sufrieran ellos u otros.
El joven emperador prefería compañeros más musculosos, que no se mostraran reticentes cuando él deseara flagelarlos, y que a la vez fueran lo bastante fuertes para mantener impotente a una víctima mientras él infligía torturas más creativas. Eran demonios desagradables, que carecían de emociones y sensibilidad, y poseían una inteligencia bovina, pero sus grandes atributos físicos le proporcionaban placer.
Naraku Yasha era distinto. Hacía años que Nerón no se sentía tan excitado por un amante. El joven poseía la belleza de una mujer y la sangre fuerte de un centurión. También entendía el efecto narcótico que producía la sangre. Era un ser extraño: un bello bruto.
Nerón se tumbó sobre las sábanas de raso púrpura mientras Naraku lo desvestía. Se abandonaron a una charla excitante para mantener erecto al emperador.
—Hace unas semanas decidí experimentar con uno de esos cristianos trastornados. Le até el pene con una tira de cuero, y luego lo hice beber y beber. Sentía curiosidad de ver qué sucedería cuando se llenara pero no pudiera aliviarse orinando.
—¿Fue excitante? —preguntó Naraku mientras se quitaba la túnica con lentitud.
—En realidad, no. Creí que el pene se le hincharía hasta alcanzar proporciones gigantescas. Sin embargo, fue bastante divertido. Se emborrachó con simple agua. Cuando empezó acorrer de un lado a otro entre gritos, no cesaba de caerse. Pero le explotó la vejiga y murió demasiado rápido.
Naraku ya estaba desnudo, salvo por la funda de cuero negro que cubría el pene, sujeta por una correa que le rodeaba las esbeltas caderas. Algunos centuriones la usaban para protegerse el pene en la batalla. Nerón se puso tieso en el instante en que sus ojos se posaron en esa obscenidad negra. Sin embargo, Naraku quería excitarlo hasta la locura antes de aliviarlo. De modo que describió en detalle cuántas heridas cruentas podían infligirse a una persona, y exactamente dónde y cómo retrasar la muerte durante horas mientras la sangre manaba y fluía.
Cuando Nerón jadeaba de deseo, Naraku lo empujó de espaldas sobre el lecho y le practicó una fellatio. De ningún modo dejaría que el pene corto y gordo de Nerón entrara en su cuerpo. Nerón lo contemplaba con adoración mientras las largas pestañas de Naraku parecían acariciarle las mejillas y la hermosa boca lo succionaba hasta secarlo.
Luego Naraku le ordenó que se pusiera de rodillas. La sensación poder que embargó el cuerpo del joven cuando el emperador de Roma obedeció su orden no se parecía a nada que hubiera experimentado.
¡Eso sí que era placer! y antes de que Naraku terminara con él, Nerón obedecería todas sus órdenes, no sólo por razones sexuales. Él controlaría hasta la mismísima alma de Nerón. ¡Eso sería poder! ¡Eso sería gloria!.
Antes de que terminara el día, Inu recibió el permiso oficial para contraer matrimonio. Aquella noche se sentó a escribir a Kagome para comunicarle la buena nueva. A ella le preocupaba que el consentimiento fuese denegado, lo cual demostraba que estaba ansiosa por casarse con él. Una prisa inexplicable urgía a Inu a hacerla suya. Pensaba que una vez que Kagome fuera legalmente su, esposa, ella no podría volver adondequiera que fuese el lugar del que había venido, ni los dioses podrían arrebatársela.
Como nunca habla escrito una carta de amor, vio que no podía volcar su corazón en la tablilla de cera. En consecuencia, lo hizo como un comunicado militar. Cuando lo releyó, hizo una mueca de disgusto por el tono autoritario y se obligó a agregar una o dos líneas más cálidas: "Cada día que pasamos separados tiene cien horas; cada noche mil. Haz todos los preparativos necesarios para que podamos casarnos en cuanto regrese. Te dejo mi corazón.
Tu esposo, Inu".
Comenzaba a ver las cosas como las veía Kagome. Aunque en otro tiempo había disfrutado de los combates de gladiadores, ahora comprendía que constituían una clara muestra del espíritu despiadado y el desinterés por la vida humana que acechaban detrás de la pompa, los brillos y las pretensiones culturales del imperialismo.
Él y Julio habían pasado la velada agasajando con comida y vino a ciertos senadores, ya la noche siguiente se repetiría lo mismo. Inu se sentía agotado. Aquello era mucho más extenuante que entrenar a los legionarios las veinticuatro horas del día cruzando un río turbulento.
Naraku no había asistido al banquete, y Inu intentó no pensar en cómo estaría pasando la noche su hermano.
Como era de esperar, Naraku se dedicaba a presentar a Nerón otro de los placeres malignos de la existencia. Las calles de Roma eran oscuras y peligrosas por la noche. No había luces y después del atardecer el silencio cubría las avenidas que horas antes bullían de vida.
Sin embargo, los míseros callejones y calles del Subura abundaban en carretas ruidosas y carros que transportaban provisiones.
Esos vehículos tenían prohibida la circulación por las calles concurridas de Roma durante el día. Los ciudadanos comunes en general no salían de noche porque, pese a la vigilancia, había ladrones, carteristas y bandidos llamados siccarii, u "hombres de las dagas".
Los ciudadanos más acaudalados que pasaban la velada cenando con amigos influyentes iban acompañados por esclavos que portaban antorchas. Las clases altas no podían resistir la tentación de desafiar la oscuridad a la hora de la cena, que era el momento más importante de la jornada romana. De modo que en los últimos tiempos se había puesto de moda que los jóvenes nobles disolutos se abandonaran a los placeres malvados de deambular por las calles oscuras y golpear a ciudadanos inofensivos y desprotegidos.
Naraku, Nerón y un número selecto de guardias pretorianos del emperador, que eran también sus íntimos, se pusieron máscaras y se armaron con cachiporras, dagas y otros elementos. Naraku prometió a Nerón que cuando ensangrentara la primera espada, la emoción sería indescriptible. Como estímulo adicional, harían una búsqueda del tesoro. Al amanecer compararían los trofeos que habían recolectado y verían quién había ganado. Contarían puntos por narices, orejas y dedos, y al que obtuviera el mayor número se le otorgaría el mejor de los premios: ¡Un pene cortado!
Livi y las otras esclavas describieron a Kagome todos los detalles de una boda romana. Se casaría con una túnica recta, una prenda hilada en una sola pieza que atraía la buena fortuna. En la cintura llevaría una faja atada con un complicado nudo de Hércules, que debía desatar el novio.
Ella podía estar desnuda debajo de la túnica, pero llevaría un velo sobre el cabello, sujeto con una guirnalda de flores que ella misma debía cortar, entrelazadas con ramitos de verbena, la hierba sagrada.
La ceremonia en sí era un mero asunto civil, y no se requerían ritos religiosos. Sin embargo, siempre había un sacrificio y un adivino que examinaban las entrañas de la ofrenda para ver si los augurios eran favorables. En el altar, el novio mismo, sin sacerdote ni autoridad oficial alguna, hacía la pregunta directamente: "¿Serás mi mater familias?". Luego la novia preguntaba: " ¿Serás mi pater familias?". Entre las exclamaciones de felicitación, pondrían torta y vino sobre el altar y los dedicarían a Júpiter y Juno.
Livi le contó que siempre había una procesión de bodas, en la que la novia se aferraba a la madre y el novio estiraba de ella y la llevaba a su casa, seguidos por flautistas que guiaban a todos los invitados tras los recién casados. La costumbre era un recordatorio del rapto de las sabinas.
Inutaisho Yasha pidió a Kagome que le describiera con exactitud qué quería como ajuar de boda, y él haría que Lucas lo encargara. Cuando llegaron las cajas de madera de sándalo y Kagome vio cuán hermosas eran las prendas, se le hizo un nudo de gratitud en la garganta y se le llenaron los ojos de lágrimas. Le habían dicho que el velo podía ser de cualquier color que ella deseara, y en un momento de imprudencia había elegido el rojo, la antítesis de lo que habría sido "respetable" para una novia de la época georgiana.
El velo de seda color fuego que sacó de la caja era importado de la lejana China y valía su peso en oro. La túnica recta de color crema, hilada en una sola pieza, estaba bordada con rosas en tono crema y cristales que salpicaban los pétalos como gotas de rocío. Las babuchas de cuero color crema tenían perlas incrustadas.
Kagome encontró a Inutaisho en la biblioteca. Cuando el anciano vio cuán contenta se hallaba con esos simples obsequios, deseó verle la expresión cuando recibiera las joyas que había elegido para ella. El joyero más famoso de Roma lo había visitado aquella misma mañana, y Inutaisho había elegido diamantes para su nueva hija. Quiso que se agregara una gran pieza de rubí en el centro de la gargantilla, para que combinara con los hermosos ojos de Kagome, pagó una suma extra para que el trabajo se realizara de inmediato.
El anciano y la joven descubrieron que se llevaban muy bien. La biblioteca era el lugar de la villa que ambos preferían. Cuando Inutaisho le pidió que le leyera, Kagome se sintió halagada como jamás en su vida. Al anciano le agradaba beber un vaso de vino de Setinia, que Kagome le servía con sus propias manos, en lugar de llamar aun esclavo que perturbara su intimidad. Repetían el ritual por las tardes y de nuevo por las noches: Era un elocuente recordatorio de los días preciosos que ella había pasado con su propio padre.
—Livi me ha explicado todos los detalles de una boda romana.
Es asombrosamente similar a las nuestras, en Britania, salvo por un detalle. —Kagome titubeó y continuó—: ¿Es necesario que haya un sacrificio de sangre?
—Es una tradición. Los invitados se sentirían decepcionados; los esclavos murmurarían que hubo un mal augurio.
—La vida es preciosa. Yo no deseo que nadie sacrifique su vida por mí —dijo Kagome, muy seria.
—¿Acaso no comes carne y usas zapatos de cuero, Kagome?—preguntó el anciano con calma.
—Sí. —Sonrió ella con expresión turbada—. Sé que parezco irracional.
—Acompáñame con una copa de vino.
Cuando ella sirvió y le alcanzó la copa, él le tomó la mano.
—Si los esclavos quieren examinar entrañas, deberán hacerlo con los animales sacrificados para el banquete. No quiero verte triste el día de tu boda. Debe ser el día más feliz de tu vida.
—Espero que los invitados se den cuenta de que no habrá procesión.
—Por Supuesto que la habrá. Haremos una procesión por toda la villa y por el peristilo hasta las habitaciones del jardín. Los pilares de la entrada estarán envueltos en lana y la puerta se untará con aceite, que son los símbolos de la abundancia. Inu te cargará en brazos para pasar el umbral y así evitar un tropezón de mal augurio; luego te ofrecerá una taza de agua y un tizón encendido para demostrar que eres merecedora de la protección de los dioses de su familia.
Ella sonrió al anciano.
—Inu es toda la protección que necesitaré siempre.
Los ojos de Inu se agrandaron al ver la transformación que había sufrido el Circo Flaviano. Era exactamente como lo había descrito Nerón, con cuevas montañosas y un bosque. Aunque aún no se habían soltado los animales para la caza, en toda la arena se oían sus rugidos y bramidos.
Julio se sentó entre dos senadores influyentes, lo mismo que Inu. El palco del emperador se hallaba rodeado de guardias pretorianos, pero Nerón y sus íntimos aún no habían llegado. Como la venatione se daba en honor al emperador, la cacería no podía comenzar hasta que él llegara.
Como la multitud se impacientaba, una banda de músicos presentó monos bailarines que iban sujetos con largas cadenas. Estaban entrenados para hacer trucos de circo y mantuvieron entretenida a las masas por un rato. Cuando aquello comenzó a aburrir y la gente gritó pidiendo acción, los gladiadores bestiarii, que cazarían a los animales, desfilaron alrededor de la arena. El público comenzó a elegir sus favoritos y a lanzar apuestas. Las armas eran variadas. Algunos llevaban lanzas, otros arco y flecha, mientras que otros gladiadores preferían espadas o redes y tridentes.
Por fin llegó Nerón, y cuando se paró al frente del palco imperial y levantó los brazos, la multitud enloqueció. Naraku se sentó detrás de Inu y se inclinó hacia delante a susurrar algo al hermano.
—El cerdo gordo cree que lo veneran, pero en realidad están frenéticos por que comience el deporte sanguinario.
Cuando Inu se dio la vuelta para mirar al hermano, las pupilas de Naraku le indicaron que habla tomado una fuerte dosis de narcóticos; se preguntó si los habría tomado para mitigar el dolor.
—¿Cómo está tu brazo? —preguntó Inu. ¡
—No siento nada —respondió Naraku tras apretar el puño—. No te preocupes tanto. —Abrió los dedos—. Tengo a Nerón en la palma de la mano.
Eso era exactamente lo que comenzaba a preocupar a Inu.
Naraku era inestable. Quizás él debiera hablar del tema con Julio. Ese joven bastardo necesitaba que lo encerraran antes de que causara daños irreparables. Inu decidió llevarlo aparte y hablarle antes del inicio de los juegos.
De pronto surgió desde la arena un alboroto ensordecedor, cuando liberaron a los animales. Reinó un pandemonium cuando leones, leopardos y osos comenzaron a atacarse. Los leones peleaban entre sí, los osos enormes desgarraban a los leopardos y los arrojaban por el aire. Las astutas leonas cazaban a los osos en manadas y la carnicería era horrenda. Los gladiadores tenían la fácil tarea de masacrar a los animales salvajes mientras éstos centraban todo su instinto en sobrevivir al ataque de las otras especies.
Inu estaba asqueado. Esperaba una cacería estimulante en la que el hombre se enfrentara a la presa y la supervivencia dependiera del coraje, la destreza, la fuerza y la inteligencia.
Cuando regresaron Julio y los senadores que los acompañaban daban la impresión de hasta encontrar el horrible espectáculo tan repugnante como le resultaba a él.
El general no pudo sino manifestar su desaprobación.
—Creo que ya hemos visto suficiente —dijo Julio mientras se dirigían hacia el frente del palco para despedirse del emperador.
Nerón parecía molesto por su partida:
—No se retiran, ¿verdad? El mediodía se reserva para las ejecuciones. He planeado algunas torturas espectaculares para los enemigos de Roma.
Uno de los senadores, proveniente de una antigua familia patricia, respondió por el resto:
—El senado tiene sesión esta tarde, emperador. Ahora vamos camino a la curia.
Nerón sabía que no le convenía poner objeciones cuando quien hablaba era un venerable senador. Aunque él era el emperador, el senado disfrutaba de tal prestigio y autoridad moral que Nerón la adulaba: podían destituirlo si así la decidían. Aunque el ejército y el emperador eran muy poderosos, el poder supremo del imperio residía en el senado.
Cuando Inu vio que Naraku se proponía quedarse con Nerón para disfrutar de las ejecuciones, clavó en él una intensa mirada de autoridad. Le dirigió un rápido movimiento de la cabeza para indicarle que lo siguiera, y Naraku obedeció de inmediato.
Inu lo llevó a cierta distancia de Julio y los senadores antes de increparlo.
—Yo te cubrí cuando desertaste de tu puesto militar, y si deseas prostituirte con Nerón es asunto tuyo, pero no avergüences la casa de Yasha ni apenes a nuestro padre al alimentar tu adicción a los narcóticos en su villa. ¡Asegúrate de estar limpio antes de volver a entrar en su casa!.
Cuando regresó junto al emperador, Nerón advirtió que Naraku estaba conmocionado.
—¿Qué problema tienes, mi amor? Cuéntale a Nerón para que él de lo resuelva.
—Mi hermano, Inu, y yo estamos muy unidos. El se casará pronto con una britana, y teme que ella lo haya traicionado. Oyó un rumor de que es una espía cristiana que trabaja para las tribus celtas y sospecha que la enviaron para seducirlo. Mi hermano teme por nuestro padre mientras él está ausente con el procurador y los senadores. Me ruega que regrese a la villa de nuestro padre para controlar a esa maldita traidora hasta que él mismo pueda ocuparse de ella.
—Quédate conmigo. Enviaré un guardia pretoriano a que la arreste—lo urgió Nerón.
—No, mi hermano aún no tiene pruebas de su deslealtad, pero es bueno saber que estás dispuesto a ayudar y que infligirás un castigo ejemplar si ella levanta una mano contra la casa de Yasha.
—Por lo menos quédate para las ejecuciones. He ideado algo que llamo "la antorcha humana". ¡Es de lo más espectacular!.
Kagome pasó la mañana en el jardín aprendiendo a tejer una corona de novia con flores y verbena, y luego disfrutó de un delicioso almuerzo en la piscina. Camino a la biblioteca, cuando iba a leerle a Inutaisho, la detuvo Tor para rogarle un respiro en sus extenuantes tareas.
—Señora Kagome, por favor encuentre tareas para Livi y las otras muchachas. No me dejan en paz.
—Se te ve exhausto. ¿Anoche no dormiste nada?
Tor meneó la cabeza. .
—Cuando usted está en la biblioteca con el padre del general, yo quedo a merced de ellas.
—Hay una oficina junto a la biblioteca. Les informaré que debes escribir unas cartas para mí.
—Señora, yo no sé leer ni escribir —dijo él, apenado.
—Ellas no lo saben —señaló Kagome.
Encontró a Inutaisho con ganas de conversar, rebosante de recuerdos de su propia boda, del nacimiento de su primer hijo y de cómo era Inu de niño. La joven podría haberlo escuchado alabar a Inu por la eternidad, y deseó poder dar a su esposo un hijo a su propia imagen.
Sirvió a Inutaisho una copa de vino y se sentó en un banco junto al sofá del anciano. Vestía una túnica de color magenta fuerte que volvía más oscuros los ojos chocolate y los hacía contrastar hermosamente con el cabello castaño. El anciano la admiraba por encima del borde de la copa. De repente la garganta le quemó como fuego. Se llevó las manos al cuello y la copa cayó de sus dedos.
Kagome abrió los ojos horrorizada al ver que el vino le teñía la toga blanca como la nieve y oír los horribles gorgoteos que provenían de su garganta. Quedó paralizada. Sabia que necesitaba asistencia inmediata, aunque también se daba cuenta de que ya era demasiado tarde. Intentó gritar, pero fue in grito silencioso el que emitió. Avanzó tambaleándose hasta la puerta para llamar a Lucas, pero fue Naraku quien entró en la biblioteca, con una acusación en los labios.
—¡Has matado a mi padre!
—¡No! –grito ella sin aliento, y miró de nuevo a Inutaisho, que yacía inmóvil sobre el sofá, con una grotesca mueca de dolor petrificada en el rostro.
Naraku sacó la daga y avanzó hacia Kagome.
—¡Tor! –grito ella.
El esclavo acudió de inmediato, con la mano sobre la empuñadura de la espada, pero antes de que lograra sacarla de la funda, Naraku clavó su larga daga en el vientre de Tor.
Kagome grito de nuevo al ver la pesadilla que se desarrollaba ante sus ojos. Mientras tor se retorcía sobre los mosaicos intentando desesperadamente evitar que se desparramaran sus intestinos por le suelo, Naraku se puso de rodillas y le cortó la garganta.
Lucas y una docena de esclavos de la casa se agolparon en la puerta. Naraku se volvió hacia ellos con fría determinación.
—¡Ella envenenó a mi padre! Su esclavo intentó matarme.
—¡No! –sollozo Kagome—. ¡Fue el!
Lucas sabía que la novia de Inu y Inutaisho sentían un aprecio mutuo.
—¡Ella sería incapaz de hacerle daño! –protesto.
Naraku mantenía una clama increíble. Con calculadora astucia, dijo:
—Si ella no envenenó el vino, debe de haber sido no de los esclavos. Ya sabes lo que sucede cuando un esclavo mata a su amo... Todos los que trabajaban en la casa son condenados a muerte.
Lucas retrocedió horrorizado. Hacía solo un mes que los doscientos esclavos de una morada habían sido crucificados por asesinar a su cruel amo.
—Lucas, envía de inmediato a buscar al Praefectus Vigilum. La mantendré prisionera en la bóveda de seguridad hasta que él llegue.
Kagome se lamentaba por Inu. La muerte de su padre lo hundiría. Naraku la agarró del pelo. Blandía la espada aún manchada con la sangre de Tor.
—Cuando mi hermano se entere de lo que has hecho, se le destrozara el corazón. –Naraku sonrió.
—Inu no creerá que he cometido tal abominable crueldad.
Lagrimas de dolor y tristeza rodaban por las mejillas de Kagome. Naraku la arrastró hasta el sótano, donde se hallaban las bóvedas de seguridad. Tenían una puerta pesada, ventanas con barrotes y una serie de postes y grillos para aprisionar a los esclavos desobedientes.
La puso de rodillas y le esposó las muñecas al suelo. Luego la tomó del mentón y la obligó a mirarlo.
—Eras demasiado fina para exhibirte ante mí. Tu y Inu conspiraron para robarme las tierras y la fortuna de mi padre, pero yo lo tendré todo, y tú, mi hermosa ramera, sólo recibirás tu merecido.
Cuando echó el cerrojo a la puerta, Kagome casi cayó presa del pánico. Ahora comprendía que Naraku debía de estar loco. Había envenenado a su propio padre por interés y lo había planeado todo para que la culparan a ella. Al pensar en Tor, que yacía muerto por haber corrido a ayudarla, su carga de culpa se duplicó.
Intentó superar el miedo y pensar de manera racional. Deberían informar a Inu de la muerte de su padre. Por supuesto, Naraku le llenaría los oídos con sus sucias mentiras, pero Inu sabría que ella era inocente del asesinato. Kagome no conseguía sacarse de las fosas nasales el olor metálico a sangre. Un sollozo escapó de sus labios. Inu vendría. Inu la protegería, del mundo entero si era necesario. ¿Acaso ella no había dicho a Inutaisho que Inu era toda la protección que ella necesitaría por siempre?
Kagome no podía dejar de temblar. Tenía la garganta dolorida de tanto gritar su inocencia, le latían las sienes por los perversos tirones que Naraku le había propinado, y se desvanecían sus esperanzas de que alguien la rescatara de aquella pesadilla.
Cuando llegó, el Praefectus Vigilum creyó todo lo que le decía Naraku Yasha. Kagome negó tantas veces que comenzó a balbucear. Naraku insistía en que ella era esclava de Inu, y en consecuencia la transportaron a la ergastula, la prisión subterránea donde todas las noches encadenaban a la escoria de los esclavos delincuentes en pocilga que sólo podían describirse como perreras.
El hedor a miseria humana volvía fétido el aire. Había cientos de prisioneros, algunos de los cuales eran apenas unos niños, pero la mayoría eran hombres sentenciados a trabajos forzados o a muerte. Le miraron la elegante estola magenta y el cabello chocolate como si fuera una suerte de fenómeno, y durante las primeras horas Kagome dio gracias a Dios por los grilletes y los de los demás esclavos. Era lo único que había entre ella y la violación total.
Naraku volvió con Nerón en el momento en que dejó el ergastula.
La sangre que le corría por las venas casi cantaba. Aquél había sido el día más feliz de su vida, y todavía no había terminado. Cuando pensaba en el día siguiente, la sangre le fluía aún más deprisa. Era exactamente como una obra que se desarrollaba sobre un gran escenario, con todos los elementos de una tragedia griega. ¡Naraku no sólo era el protagonista, sino también el autor!.
Se abalanzó sobre el pecho del emperador, liberando su angustia. Su sufrimiento y su dolor parecían tan reales que Nerón se excitó mucho.
—No puedo contar a mi hermano de la muerte de mi padre, no puedo...¡no puedo! —sollozó.
—Esa mujer debe ser condenada a muerte. Su sufrimiento debe ser mayor que el tuyo. Puedo ordenar que la traigan esta noche, si quieres tortúrala y verla morir mitigará tu dolor.
Naraku estaba tentado a hacerlo. ¡Quería violarla hasta que muriera! Pero el sufrimiento de Kagome no era su objetivo principal; Naraku deseaba vengarse de Inu. Quería que el sufrimiento del hermano fuese la más pura de las agonías.
—No, mi dolor importa poco. Es pensar en el dolor de mi hermano lo que me consume. Él asistirá mañana a las carreras del Circo Máximo. Hace años que ansía verlas. No puedo informarle de la muerte de nuestro padre a menos que consiga mitigar su dolor. Su necesidad de vengarse de la mujer que él mismo introdujo en la casa de nuestro padre debe quedar satisfecha de inmediato. Si yo pudiera hacer eso por él sería como devolverle todo lo que él ha hecho por mí.
—Naraku, la tuya es una excelente sugerencia. Esa mujer debe ser condenada a muerte mañana en el Circo Máximo. Será todo un espectáculo. Media Roma estará allí para presenciar cómo se hace justicia.
—¡La convertiré en una antorcha humana!
—¡Y leones! Me gustaría que hubiera leones. —Naraku veía que Nerón comenzaba a excitarse.
—Sí, sí. Será una carrera más en la que la gente podrá apostar. ¿Qué la alcanzará primero: las bestias hambrientas o el fuego?
—¿Cómo podré agradecértelo, emperador?
Naraku no necesitaba preguntar, pues ya tenía a Nerón a sus pies.
Inu no lograba conciliar el sueño. Horas antes había hablado con los senadores en la curia, y lo había hecho con gran elocuencia. Al referirse a Britania y Aquae Sulis, lo había hecho con el corazón. Él sentía pasión por aquel rincón del imperio donde había pasado tantos años, y todos los senadores percibieron esa pasión y comprendieron la sinceridad de sus palabras.
Después de su discurso, Julio Clasiciano, el procurador de Britania, agregó el peso de sus propias palabras, y cuando ambos se mezclaron con los senadores, tras la reunión, se sentían seguros de haber cumplido con la misión de persuadir al senado de destituir a Paulino como gobernador de Britania. Ya se proponían algunos nombres que podrían reemplazarlo. Hacia la cena, Julio dijo a Inu que estaba muy complacido por lo que habían logrado. Conocía a Julio Petronio Turpiliano, el nombre que más sonaba. Tenía amplia experiencia en el ejército y había sido un exitoso gobernador de Nimes, en la Galia.
—No sucederá de la noche a la mañana, pues los molinos del oficialismo muelen con lentitud, pero hemos puesto las ruedas en marcha y el cambio para bien es inevitable. Aprecio profundamente tu ayuda, Inu. Si no me hubieras acompañado a Roma, esto habría llevado una eternidad. ¿Cómo puedo compensarte?
—Asistiendo a mi boda. Serás uno de los pocos conocidos de Kagome.
—Creo que estarás ansioso por regresar junto a tu amada prometida.
"La palabra 'ansiedad' no describe lo que siento. Sin ella estoy vacío".
—Mañana, después de las carreras, regresaré a la villa de mi padre.
Ya no puedo esperar más a estar casado. Si vuelves a necesitarme, me alegrará regresar, pero sólo después de la boda.
—Qué impetuoso eres. Sin embargo, el amor es tan efímero que debes aferrarte a él y saborearlo mientras dure.
Mientras Inu yacía en la cama, reflexionando en las palabras de Julio, se dio cuenta de que no las compartía. "El amor verdadero, el tipo de amor que yo siento, dura por siempre —pensó—. Yo amaré a Kagome por toda la eternidad." Se estiró. La cama estaba tan vacía sin ella... No sólo la cama; también él estaba vacío, casi despojado.
Cerró los ojos y respiró hondo para mitigar el dolor de la soledad. Le acudió el perfume de Kagome, y una visión de su rostro inundó su cabeza. Tenía un resplandor único, especial. El dolor se tornó más punzante. Deseaba con todo el corazón haber vuelto con ella esa misma noche. Podía prescindir del Circo Máximo con mucha más facilidad que de ella. En la quietud de la noche, imaginó que Kagome lo llamaba, hasta que cayó en un sueño liviano.
—Pronto, mi amor. Pronto—murmuró.
Mientras Kagome se doblaba de miedo y sufrimiento, poco a poco empezó a oír las voces de los esclavos que la rodeaban. Hablaban de golpes, azotes y marcas con hierros candentes. Vio que muchos tenían la frente letras que les habían grabado a fuego. Cada día, al amanecer caravanas de esclavos eran llevadas a latigazos a trabajar en los molinos de harina, atados a la noria para tirar como burros. Otros, en su mayoría niños, trabajaban en los campos hasta que caía la noche. Otros acarreaban piedras y mármol durante quince horas al día para satisfacer la constante demanda de edificios nuevos.
Hablaban de látigos cargados con bolas de plomo en las correas, y carpas carnívoras que se criaban en estanques situados detrás de los corrales de los esclavos. También se hablaba de una rebelión de esclavos. La que había llevado a cabo Espartaco hacía más de cien años jamás se había olvidado, pero Kagome percibía la apatía y la desesperanza en las voces de aquella gente, y sabía que esa rebelión nunca se produciría.
Todos deseaban que los vendieran para entrenarlos como gladiadores, porque la mayoría sabía que de ese modo terminarían en la arena como alimento de los osos o los leones. Por lo menos, como gladiadores tendrían una oportunidad de vencer. Por último, hablaban de crucifixión y la muerte más común, en la furca, en la que la cabeza de la víctima se colocaba en la abertura de dos vigas en forma de V y los azotadores profesionales los flagelaban hasta matarlos.
Kagome no podía soportar más, así que cerró los oídos a todo aquello. ¿Es que los romanos no se daban cuenta de que la brutalidad de la esclavitud destruía tanto el alma del amo como la del esclavo? Jamás debía haber ido a Roma; siempre lo había sabido. El lujo refinado de unos pocos afortunados se compraba con la miseria y el eterno sufrimiento de los muchos que sufrían aquellos tratos brutales. ¿Cómo era posible que los romanos hicieran oídos sordos a los discordantes sonidos de la miseria, el tintineo de las cadenas, el chasquido de los azotes, los gemidos del ganado humano?
—Inu... Inu —susurró, con la esperanza aún encendida en el corazón.
Al amanecer las prisiones de esclavos se vaciaron, salvo el grupo que iba a ser ejecutado aquel día. Cuando dos guardias pretorianos fueron por ella, a Kagome se le hinchó el pecho de esperanza. Cuando les dijo que iba a contraer matrimonio con Inu Yasha y que debían llevarla con él, los hombres respondieron:
—Ya sabemos que es una prisionera especial. El propio emperador nos ha dado órdenes.
La llevaron al baño de la prisión, donde le permitieron bañarse y cepillarse el cabello chocolate. No le quedaba otra opción que volver a ponerse la estola magenta, y una vez que se vistió los guardias la, subieron a una litera y partieron junto con la multitud que se dirigía al Palatino.
—¿Adónde me llevan? —preguntó Kagome, desconcertada.
—Al Circo Máximo —fue la breve respuesta.
" ¿El Circo Máximo? Inu no asistiría a las carreras al día siguiente de la muerte de su padre. ¡Tiene que haber un error!".
—Deben llevarme ala villa de Inutaisho Yasha, en las laderas del Esquilino.
—Tenemos órdenes del emperador —fue la única respuesta obtuvo.
Quizá Inu había acudido al mismísimo Nerón para pedir que la liberaran. ¡Eso debía ser! De nuevo Kagome se llenó de esperanza. Pero cuando una vez más se desmoronó cuando la llevaron a una celda que estaba que debajo del Circo Maximo y la dejaron encerrada allí. En el aire flotaba un olor penetrante a excrementos de caballo.
Presa del terror, Kagome no conseguía comprender por qué la habían llevado a ese lugar. Tenía la garganta tan seca y dolorida que no podía tragar. Deseaba un sorbo de agua helada. Como ignoraba lo que iba a sucederle, su imaginación había comenzado a conjurar las posibilidades más terroríficas.
Mientras se aferraba desesperada a los barrotes de la celda, veía magníficas carrozas adornadas con oro y plata que pasaban por los anchos pasadizos subterráneos. Gritó a los hombres, pero ellos ni siquiera miraron en su dirección. Evitaban el contacto visual como si ella fuera algo abominable.
A continuación llegaron los caballos reales, en grupos de cuatro y de todos los colores imaginables: negro azabache, castaño, ruano, gris, crema y blanco puro. Los animales estaban nerviosos y resultaba difícil controlarlos. Kagome pensó vagamente que aquellos eran los caballos que se utilizaban en las carreras de cuadrigas. Estaban ansiosos por liberar en la vasta arena su energía reprimida.
¿La llevarían en una de esas cuadrigas hasta Nerón? Parecía una posibilidad tan remota, y, sin embargo, todo lo que había ocurrido en las últimas veinticuatro horas tenía mucho de remoto e imposible.
Inu llegó temprano al Circo Máximo. Ese día iban a competir algunos de los corredores de cuadrigas más famosos, cuya destreza él admiraba mucho. Sabía cuán difícil era controlar aun grupo de cuatro caballos mientras se precipitaban por la pista. Para ganar una carrera había que tener en cuenta muchos factores. No sólo resultaban de vital importancia el temperamento y el entrenamiento de los caballos, sino también el peso de la cuadriga, los ejes bien engrasados, el largo de las riendas y las condiciones de la pista.
Sin embargo, el elemento primordial para ganar una carrera de cuadrigas era la actitud del conductor. Era una cuestión de habilidad, coraje, determinación, pero también de temeridad y voluntad de hierro para no aceptar jamás la derrota ¡Se necesitaban redaños!.
Pero Cuando observó como llevaban desde los establos del subsuelo las cuadrigas y los caballos, Inu comenzó a llenarse de entusiasmo. Aunque apenas se había iniciado la mañana, aquél prometía ser un día glorioso. Al terminar las carreras, partiría de inmediato y le daría una sorpresa a Kagome. ¡Éste iba a ser definitivamente uno de los días más jubilosos de su vida!.
Como se había demorado mirando a los competidores, llegó tarde al palco imperial. Todos los ojos se centraron en él cuando entró y saludó a Nerón. Le ofreció una sonrisa de disculpas. Sus rasgos eran tan fuertes y oscuramente poderosos que Nerón se preguntó cómo habría creído que el hermoso era Naraku.
Kagome soltó una exclamación cuando vio el tamaño del guardia que le abrió la celda. Estaba desnudo, excepto por un taparrabos y una antorcha encendida que portaba en las manos. Los músculos del cuerpo brillaban de aceite, y ella retrocedió alarmada al verle la cara. Tenía un alarmante rostro duro y por entero desprovisto de expresión los ojos parecían muertos, de tan indiferentes. ¡Parecía un verdugo!.
De pronto cayó en la cuenta de que su pesadilla acababa de comenzar. Hizo un movimiento con la cabeza para que el gigante no le pusiera las manos encima. Mientras lo seguía por la arena, comenzó a rezar. En el fondo del corazón sabía que su causa estaba perdida y buscó ayuda en san Judas.
"Oh, bendito san Judas, apóstol y mártir, grande en virtudes y rico en milagros, casi hermano de Jesucristo e intercesor de todos los que invocan tu especial asistencia en momentos de necesidad.
A ti recurro desde el fondo de mi corazón y ruego humildemente a quien Dios ha concedido un poder tan grande, que acudas en mi ayuda".
El gran número de personas que integraban la multitud la paralizó. El bullicio de las voces era tan fuerte que le lastimaba los oídos; luego se apago y lo único que oyó fueron los latidos de su propio corazón en los tímpanos. No podía tragar, y el dolor de la garganta se había expandido hasta el corazón. Estaba como en trance, no tenía más que ir hacia adelante. Aunque consiguiera gritar, nadie la oiría. Si corría, la arrastrarían cruelmente de vuelta. Sabía que nada le serviría rogar y suplicar. Lo único que le quedaba era su dignidad. Se aproximó a la estaca que aguardaba, con los últimos restos de dignidad que le quedaban. Levantó el mentón con desdén mientras el guardia le ataba las muñecas y los tobillos a una estaca de dos metros, cubierta de alquitrán. Pero cuando prendió fuego al extremo superior, Kagome empezó a temblar como una hoja. Aunque se hallaba de frente al palco imperial, el sol la cegaba compasivamente; cerró los ojos para evitar el resplandor.
La gran inquietud que Inu sentía en el pecho creció de manera alarmante al ver las miradas de piedad en los rostros que lo rodeaban. Por fin Nerón habló:
—General, lamentamos darle una noticia tan trágica en un día tan glorioso. Su padre ha muerto, envenenado por la mujer que lo ha traicionado. .
—¡No! —La negación fue fuerte y firme, aunque estaba llena de angustia.
Los ojos acusadores de Inu se posaron en Naraku. El hermano se adelantó y levantó el brazo para señalar el centro de la arena.
—Éste es mi regalo para ti, Inu.
Inu se dio vuelta y la vio. De inmediato supo que era Kagome, por el hermoso cabello chocolate. Llevaba puesta su túnica magenta favorita.
—¡No! —Esta vez el grito desgarró el aire. La mezcla de furia, dolor y miedo era palpable. Cerró los dedos helados sobre el corazón y se lo oprimió hasta quedar sin aliento.
Inu corrió hacia el frente del palco y saltó hacia la arena, siete metros hacia abajo. Flexionó las rodillas anticipándose al impacto, y sus pies chocaron con la tierra de la pista. Ya había echado a correr aun antes de enderezarse. En el momento en que aterrizó, en el otro extremo se abrió una compuerta, por la cual se abalanzaron un par de leones hambrientos que no habían comido desde hacía una semana.
La multitud se puso de pie, alentándolo a gritos. ¡Apostaban por él! Una carrera triple para ver quién llegaba primero a la mujer: el guerrero, los leones o las llamas.
Inu tenía una voluntad de hierro. Era un hombre que no reconocía la derrota ni siquiera cuando ésta lo miraba a la cara. Sacó el gladius y deseó que sus piernas poderosas recorrieran el terreno más raudas.
Inu y los leones alcanzaron el objetivo al mismo tiempo. Uno se abalanzó sobre él mientras el otro saltaba sobre Kagome. Aun mientras la espada se hundía en los órganos vitales del león y lo mataba, él escuchaba los gritos de agonía que lanzaba su amada.
Arrojó el cadáver y hundió el arma en el segundo león. Herido de muerte, el animal se alejó de Kagome, pero no sin antes desgarrar con sus grandes zarpas el pecho, un hombro y la garganta de la joven.
—Inu...
Con horror él vio que el cabello chocolate ya estaba en llamas, al arder la estaca alquitranada tan cerca de su cabeza. Le sostuvo la mirada agonizante con sus feroces ojos dorados.
—Te amaré por siempre y más allá —proclamó, y levantó ambos brazos para hundir la espada en el corazón de Kagome.
Como les quedó el ojo!
O.o
Tranquilos muchachas y muchachos! Como ya dije, esto no se acaba hasta que se acaba!
Sigan dejando reviews para actualizar más rápido!
Dudas o preguntas dejenlas en los reviews o a mi correo personal en mi perfil :D
