CAPÍTULO 7

Con el doctor barbudo a un lado y John al otro, Greg fue capaz de dar sus primeros pasos. Eran pequeños y vacilantes, sus piernas aún no respondían del todo bien, pero se sentía como si hubiera dado un salto mortal perfecto. No podía quitar su sonrisa de la cara, e incluso quiso salir al pasillo para ver algo más que las cuatro paredes. Y cuando cruzó la puerta de su habitación le pareció entrar en un mundo nuevo. Había gente, enfermeras, parientes de pacientes... Todos iban y venían, pendientes de sus vidas y Greg no pudo evitar sentirse sobrecogido. Cuánta vida había al otro lado de la puerta, y cuánto se había quedado al margen todo ese mes. Era capaz de ver de una forma más optimista su vida, y estaba alegre. Por primera vez en mucho tiempo sonreía de verdad, sonreía por saber que podía salir adelante y por sentir que nada se le iba a poner por delante.

En cuanto dio unos pasos por el pasillo, algunas enfermeras se acercaron a él y le empezaron a dar ánimos para que siguiera caminando. John y el doctor barbudo hacían comentarios, y todos se reían con ganas.

—Greg, creo que puedo ir pensando en darte el alta.

Greg le miró esperanzado.

—¿De verdad?

—Sí, pero no te emociones mucho. No será hasta dentro de varios días, primero tienes que empezar la rehabilitación.

— ¡Qué buena noticia, Greg! —le dijo John.

No paraba de sonreír. ¿Cómo podía haber visto todo tan negro el día anterior? Alzó los ojos de sus pies para mirar al frente, y vio a Mycroft yendo directamente hacia ellos. Tenía la chaqueta de su traje doblada cuidadosamente sobre el brazo, el chaleco impecablemente abrochado y las mangas de la camisa recogidas hasta los codos. A eso le juntas el mechón de pelo rebelde que le caía sobre la cara y obtenías la visión más informal de Mycroft que Greg había visto desde que le conocía. Le sentaba bien no parecer tan formal.

— ¡Mycroft, puedo caminar! ¡Y me darán el alta!—dijo sonriente, sin poder aguantar las ganas de decírselo aunque aún estaba un poco lejos, y aunque él podía verlo perfectamente. Mycroft le contestó con una sonrisa igual de sincera:

—Magnífica noticia, Gregory.

— ¿Quiere ayudarle? —dijo el doctor barbudo apartándose un poco de Greg, y Mycroft aceleró el paso. Le agarró cuidadosamente por el brazo, imitando la postura anterior del doctor.

—Iré ahora a arreglar los papeles para que puedas empezar esta misma tarde con la rehabilitación. Cuanto antes recuperes la movilidad, mejor.

—Gracias, doctor—contestó Mycroft al ver que Greg no contestaba. Estaba demasiado absorto mirándose los pies para no caerse, aunque con John y Mycroft no podía hacerlo.

John miró su móvil, que había vibrado justo cuando se había ido el doctor.

—Mycroft, ¿te importa ayudar sólo a Greg? Me llama Sherlock.

El mayor de los Holmes accedió sin ningún problema y John se fue con el móvil en la oreja.

— ¿Has comido ya? —le preguntó Mycroft cuando se quedaron solos.

—Acabo de hacerlo, y he podido aguantar yo solo los cubiertos—era algo muy simple, pero Greg estaba orgulloso de sí mismo.

—Supongo entonces que ya te encuentras mejor.

Obviamente se refería a la llanto del día anterior, y Greg al recordarlo sintió un poco de vergüenza.

—Siento que tuvieras que verlo, no debía haberme puesto así.

—Es completamente normal, Gregory. No hay nada de lo que avergonzarse. Es más, me alegro que te desahogaras conmigo.

Cuando Mycroft dijo eso, recordó que aún tenía una conversación pendiente con él. Sin embargo, Greg no tenía muchas ganas de comentarlo. A pesar de conocerse durante tan poco tiempo y a pesar de todo lo que había pasado, se habían pedido perdón, y se llevaban bien. Mycroft ni se parecía a lo que se había imaginado, y esperaba que pasara lo mismo con él mismo. ¿Qué sentido tenía recordar todo lo anterior?

—Mycroft, ¿podrías pasarme un cigarrillo?

— ¿Cómo sabes que fumo?

—Por favor, algunos días apestas a tabaco. Es una tortura, así que responsabilízate y dame un cigarrillo.

—Creo que eso sería infligir las normas.

Greg le miró durante un largo medio minuto.

— ¿En serio, Mycroft? ¿En serio te preocupas por eso?

—No voy a dejarte fumar mientras estás ingresado. Es más, como fumador ocasional te recomiendo que dejes de fumar. Otra vez.

Greg soltó una carcajada mientras Mycroft le ayudaba a sentarse en la cama.

—No salió muy bien la primera vez, y por llevar la contraria a mi ex soy capaz de cualquier cosa.

Mycroft sonrió mientras dejaba su chaqueta doblada sobre el respaldo de la butaca.

—No superarás tu divorcio si sigues haciendo cosas por ella.

Mycroft se sentó, y Greg le miró con cara de "tienes razón", porque la tenía. Justo el día anterior había tenido la oportunidad de volver con su ex y no lo hizo, todo un adelanto por su parte, por supuesto, pero no era suficiente.

—Está bien, pero sólo lo haré si tú también dejas de fumar.

La sonrisa de Mycroft desapareció y le vio ponerse a la defensiva mientras cruzaba las piernas y agarraba su paraguas (¿cuándo había llegado hasta allí?).

—Yo soy fumador ocasional. No tengo que dejarlo porque no estoy enganchado.

—Ya, claro. Así que si busco en tu chaqueta no encontraré un paquete, ni un mechero.

—Tampoco he dicho que no lo lleve encima. Lo necesito para emergencias.

—Mycroft—dijo Greg, advirtiéndole.

Se miraron a los ojos, viendo quién aguantaba más. Era un reto visual, como si fueran perros. Tras un largo rato, Mycroft apartó la mirada y suspiró.

—Está bien, pero sólo lo haré para que te resulte menos difícil. No estoy enganchado.

—Eso decimos todos.

Mycroft abrió la boca, seguramente para recriminarle, pero no llegó a decir nada. En ese momento se abrió la puerta y apareció Susie. Estaba mejor peinada que el día anterior, y su blusa azul le hacía juego con sus ojos. Le sentaba muy bien. Demasiado.

—Hola, Mycroft—dijo su exmujer tendiéndole la mano que no aferraba desesperadamente el bolso. Más pronto que tarde tendría que comprarse uno para reemplazarlo.

El mayor de los Holmes se levantó mientras se alisaba el chaleco y le devolvió el saludo.

—Buenas tardes, Susan. ¿Qué tal el día? —Greg tuvo que aguantar un resoplido: Mycroft tenía su sonrisa de político, y esa no era muy buena señal.

—Bien, muy bien. Contenta por el tiempo, no siempre se puede disfrutar de este sol.

—Eso mismo pensé cuando pisé la calle esta mañana. El tiempo de Londres siempre me parecerá muy curioso.

—Veo que tienes un paraguas. Así que hombre previsor, ¿eh?

—El tiempo es traicionero, mejor llevarlo siempre encima.

Los dos se rieron como si fuera el mejor chiste del mundo, y Greg no pudo evitar molestarse. Carraspeó todo lo fuerte que pudo para que le prestaran atención.

—Siento interrumpir la agradable conversación...

—Perdona, Greg—dijo Susie apartándose de Mycroft y avanzando hacia él. Dejó el bolso a los pies de Greg y se agarró a la barandilla de la cama—. ¿Qué tal estás hoy?

—Está mucho mejor—Mycroft no iba a dejarlo estar, él también se acercó a la cama e impidió que fuera el mismo Greg quien contestara—. De hecho, empezará esta misma tarde la rehabilitación.

— ¿De verdad? —Susie sonrió, pero sonrió a Mycroft. ¿Qué narices estaba pasando ahí?

—Sí, estoy mucho mejor. Dentro de poco hasta me darán el alta.

—Eso es estupendo, Greg—sí, era estupendo pero seguía sonriéndole a Mycroft. Greg atravesó al mayor de los Holmes con la mirada, pero le ignoró por completo.

—Ha sido un día muy duro para él—continuó diciendo Mycroft como si él no estuviera en la cama, mirando la escena atónito—. ¿Qué te parece si le dejamos descansar y te invito a tomar algo a la cafetería?

Las mejillas de Susie se tiñeron un poco de rojo y miró a Greg de reojo, que seguía sin poder creerse lo que estaba pasando ante sus narices.

— ¿Te importa, Greg? —le preguntó su exmujer. ¿Qué se supone que debía responder a eso?

—Eh... No, claro que no...

—Luego subiré para despedirme.

Mycroft abrió la puerta para Susie, sonriente (aunque era su sonrisa política) y la cerró tras él, dejándole solo. Y tras un minuto intentando asimilar la situación, sólo pudo decir:

— ¿Qué cojones ha pasado?

Mycroft estaba ligando con su exmujer, y ella le seguía el juego delante de sus narices. ¡Y era ella la que quiso volver con él! Estaba muy enfadado, tanto con su exmujer como con Mycroft. De ella aún se lo podía esperar, las malas costumbres dicen que nunca se van, pero de Mycroft... ¿Por eso le había dicho que tenía que superar el divorcio, para salir con Susie? Eso era lo que realmente le enfadaba.

Vio el libro que le había traído Mycroft encima de la mesilla de noche y lo tiró de un manotazo hasta el otro lado de la habitación.

O-O-O-O-O

Susie cumplió con su palabra y tras el café subió para despedirse, y le amenazó con volver mañana si no le hacía caso a Mycroft (quien por cierto, nada más entrar en la habitación notó que Greg había tirado su libro nuevo). Cuando se quedaron los dos a solas Greg se puso a ver la televisión como si la película le interesara muchísimo, ignorando completamente a Mycroft.

—Greg, ¿por qué está tu libro en el suelo?

—No sé cómo ha llegado hasta allí—los dos sabían que era mentira, pero Greg no le iba a dar el gusto de admitirlo.

—Gregory, qué te ocurre—Mycroft recogió el libro del suelo y lo puso sobre la mesilla.

No era una pregunta, era una exigencia. Le exigía una explicación, aunque seguramente ya sabía lo que pasaba. Greg, como toda respuesta, agarró el mando y cambió de canal. Mycroft suspiró exasperado y se acercó a su cama.

—Gregory...

—Será mejor que te vayas, Mycroft—volvió a cambiar de canal.

—Crees que he intentado seducir a tu exmujer—Greg volvió a cambiar de canal, pero presionó tanto la tecla a causa de su enfado que se saltó varios canales de golpe—. Claro, por supuesto que es eso.

Mycroft volvió a suspirar y se sentó sobre la cama. Greg le decía con una mirada asesina "levántate de mi cama", pero la de Mycroft decía "no pienso hacerlo".

—Gregory, jamás intentaría nada con tu exmujer. Sólo hacía lo mejor para ti.

Al escuchar la patética excusa de su amigo no puso evitar reírse sarcásticamente.

— Así que ahora te tengo que dar las gracias por ligar con mi exmujer—cambió la risa sarcástica por el mayor enfado que recordaba en mucho tiempo—. ¡Por el amor de Dios, Mycroft! ¿Es que no sabes lo que estás haciendo? ¿Acaso no sabes todo lo que ella me ha hecho y lo que puede hacer?

—Nada más verla deduje por qué había venido hoy, y no me pareció bien. Por eso la llevé a la cafetería—por su tono de voz, Mycroft estaba aburrido. ¡Aburrido!

—Ah, no te pareció bien que viniera a verte. Ya. No hace falta que me des explicaciones, si quieres tirártela allá tú, será tu problema. Pero hazlo en otro sitio que no sea delante de mis narices, ¿quieres?—no podía entender esa pasividad de Mycroft, y eso sólo le enfadaba aún más.

— ¿De verdad crees que yo haría algo como eso? —preguntó Mycroft levantando las cejas, con la típica mirada de los Holmes de "yo lo sé todo". De verdad odiaba cuando ponían esa cara cualquiera de los dos hermanos.

—Sí, porque te recuerdo que estuve casado con ella más de diez años, y que nos separamos hace meses por una razón. Susan es capaz de hacer cualquier cosa, y de hecho es capaz de ligar conmigo delante cuando el día anterior me pidió otra oportunidad. Si aun sabiendo eso la has invitado a un café, me espero cualquier cosa de ti. Y ahora, por favor, vete de mi habitación.

—Por favor, Gregory, no defiendas lo indefendible—Mycroft se restregó la cara con las dos manos, como si intentara explicarle algo a un niño—. Llevaba ropa de marca recién comprada, y con su sueldo no se la puede permitir. La compró para una ocasión especial, o mejor dicho para un propósito en concreto. Peluquería, manicura, tratamiento facial y maquillaje—enumeró con los dedos—. Todo ello hecho esta misma mañana, e incluso se ha puesto una de sus mejores colonias, si no la mejor. El tic nervioso del pómulo derecho cuando entró en la habitación responde a un efecto de…

—Vale, ya basta—no quería que enumerara todo aquello de lo que no se había dado cuenta.

—No te he contado ni la mitad aún. Y seguro que solo con eso puedes hacerte una idea de por qué había venido a verte. Quiere hacerte cambiar de opinión sobre vuestra relación.

Greg no tuvo más remedio que apagar la televisión, aunque tenía que admitir que no le importaba mucho lo que Channel 4, o mejor dicho, lo que ese reportero llamado Patrick O'Brien tuviera que decir sobre las falsificaciones de arte en China.

— ¿Qué narices me estás contando? ¿De verdad esperas que me crea algo tan absurdo? ¡Nada más entrar fue directa hacia ti!

—Porque manejé la situación. No iba a permitir que te plantearas darle una oportunidad a esa relación acabada—dijo Mycroft como si fuera lo más obvio del mundo—Greg se le quedó mirando, atónito, sin saber qué pensar. Mycroft suspiró otra vez mientras se sacaba un papel del bolsillo—. Justamente porque sé lo que es capaz de hacer—recalcó con su entonación, haciendo alusión a lo que Greg le había echado en cara momentos antes—, actué de una manera que la llevó a un malentendido—le extendió el papel a Greg, que lo cogió dubitativo. Era el número de teléfono de Susan, escrito de su puño y letra—. En la cafetería le expliqué que no quería nada con ella, aunque no se lo tomó muy en serio. Me dio su número y vino a despedirse. Pero conseguí mi objetivo, no va a volver a molestarte con vuestra relación.

Greg miraba el número (además, el verdadero) de su exmujer, y miró a Mycroft, sin entender del todo qué pasaba.

— ¿Qué? ¿Has ligado con ella para que me deje en paz?

—Exacto. Y para que te lo creas, quédate con el papel. Tíralo, quémalo, lo que prefieras. Yo no lo quiero.

La cabeza de Greg funcionaba a toda máquina para buscar una contestación, o simplemente para decir algo. Pero era una situación tan surrealista que no se le ocurría nada.

—Has podido memorizar el número—dijo en un susurro, viendo si así podía desbancar la historia de Mycroft.

—Por supuesto que lo he hecho con sólo verlo. Lo del papel es puramente simbólico, pero quiero que veas que te estoy diciendo la verdad. Siempre puedes preguntarle a tu exmujer cuando la veas la próxima vez.

Greg se sentía estúpido y contrariado. Estúpido por no entender la situación, y contrariado por la actitud de Mycroft. ¿Cómo podía atreverse a hacer y deshacer su vida como quisiera?

—Susie es mi problema, no el tuyo—se puso lo más serio que pudo, para dar a entender cómo se sentía—. No te tienes que meter de esa forma en mis asuntos, por mucho que alegues que te preocupas por mí o que lo haces por mi bien. Soy un adulto que puede hacerse cargo de sus problemas, y hay un límite para todo, Mycroft. Esta vez te has pasado, y mucho.

Sin embargo, lo que más le molestaba era que probablemente Mycroft no entendiera lo que había hecho. Sabía que él hacía lo que quería en su trabajo, y seguramente se creía con el derecho de hacerlo con todo lo demás. Pero si iban a ser amigos tenía que dejarle muy claro que no podía permitir esa actitud suya. Y lo que muchísimo menos iba a admitir delante de él era que se sentía aliviado por algún extraño motivo.

El mayor de los Holmes le miró un rato, y después bajó su mirada hacia las sábanas de la cama.

—Mis disculpas, no quería que te enfadaras. Es tu decisión hacer lo que quieras con esa relación acabada—. ¿Eran imaginaciones de Greg o notaba en el tono de voz de su amigo que estaba ofendido?

—Por supuesto que sé que está acabada, ¿acaso me has tomado por idiota? —Mycroft volvió a mirarle—. No me hará cambiar de idea, por mucha ropa de marca que se compre. Nunca me he dado cuenta de esas cosas, de todas formas.

Greg empezó a reírse de sí mismo, y el ambiente pareció relajarse un poco entre los dos. Parecía que Mycroft iba a decir algo, pero apareció el doctor barbudo para llevarle a su primera sesión de rehabilitación. Entre el doctor y Mycroft le sentaron en una silla de ruedas para llevarle al sótano, donde estaban las salas de rehabilitación y donde tenía que hacer sus ejercicios solo. Quería seguir hablando con Mycroft, pero era otra conversación que tendría que esperar.

La cual, al final, entre unas cosas y otras no continuaron. Greg siguió con la rehabilitación cinco días más hasta que recuperó la movilidad suficiente para que le dieran el alta, y antes de darse cuenta estaba en su casa sorprendiéndose de la cantidad de vida que había en la calle. Algo normal por otro lado, había estado encerrado un mes en el hospital. Y poco a poco todo pareció volver a la normalidad. Estuvo otras dos semanas de baja laboral (lo que le dio tiempo de sobra para tachar todo en la lista de cosas por hacer, como comprar el microondas), aunque el último día no pudo seguir metido en su casa y fue a New Scotland Yard para ir acostumbrándose otra vez al ajetreo.

Todos se quedaron muy extrañados al verle en el trabajo antes de tiempo. Todos los de su planta le saludaron, le preguntaron cómo estaba… Lo típico que siempre se dice en esos casos. Pero no parecían muy entusiasmados, o eso creía Greg hasta que justo antes de irse, cuando cerró la puerta de su despacho, se encontró con una fiesta sorpresa. Una fiesta programada para el día oficial que le tocaba volver, y todos se le quejaron de broma diciendo que habían tenido que adelantar todos los planes. Bebió con sus compañeros y amigos, recibió muchos regalos que consiguió meter en una bolsa llena de purpurina morada, y se divirtió como no lo hacía desde años atrás.

Salió bastante tarde de NSY, un poco más achispado de lo que debería, aunque sin llegar a estar borracho. El olor a humedad le asaltó nada más pisar la calle y respiró hondo para captar bien el olor. Le encantaba.

—Deberías estar descansando en casa, Gregory. Aún estás de baja.

Greg abrió los ojos y vio a Mycroft frente a él, apoyado en el paraguas, sonriéndole. Se habían seguido viendo desde que salió del hospital, pero Mycroft tenía bastante trabajo atrasado (por su culpa, por querer pasar tanto tiempo en el hospital) y no podían hablar todo lo a menudo que le gustaría a Greg. Aunque claro, después de haber estado viéndose todos los días durante horas, era normal que la nueva situación le pareciera poco. Y después de la discusión sobre Susie se intentaba mostrar un poco frío cada vez que salía un tema relacionado. Aunque tenía que admitir que Susie apenas había vuelto a hablar con él, y desde luego no le pedía otra oportunidad.

—Me ahogaba en casa, y llevaba mucho sin trabajar. Simplemente tengo ganas de volver.

— ¿Has conseguido averiguar lo que querías de los terroristas? —Greg le miró, sorprendido de que lo supiera, pero era inútil ya que Mycroft tenía la mirada de "yo lo sé todo"—. Vamos, Gregory. Es obvio que quieres seguir en el caso.

—No he conseguido nada de nada. ¿Contento?

—Para serte sincero, sí. Cuanto menos tengas que ver con ellos, mejor.

Greg suspiró, cansado de tener otra vez esa conversación.

—Ya te lo dije, Mycroft. No fue tu culpa…

—Sí la fue, Gregory, y por mucho que digas lo contrario no cambiará. Te quedarás alejado del caso y dejarás que nos ocupemos desde el gobierno.

— ¡Joder, Mycroft! —Greg se sentía como un niño pequeño que hace una rabieta en la calle ante la impasibilidad del adulto—. ¡No puedo dejar las cosas como están! Necesito saber qué relación tenía Schmidt con Russ, qué pistas son las que dejé salir a la luz…

—Lo hago por tu bien, Gregory.

—Es mi trabajo, y sabes que no me podrás detener.

—Tienes muchos más casos de los que ocuparte.

—El resto no son el de Schmidt.

Mycroft entrecerró los ojos, escrutándole.

— ¿Por qué insistes tanto?

—Orgullo de policía disparado.

Se miraron desafiantes unos segundos eternos, cada vez aumentando más la tensión entre ellos. Al final, Mycroft suspiró y apartó la mirada, algo que se estaba volviendo costumbre. No sabía cómo, pero Greg siempre se salía con la suya.

—Te dejaré leer los informes. Esta vez de verdad—dijo Mycroft antes de que Greg le recordara que ya le había dicho eso mismo para dejarle encerrado—. Pero a cambio no participarás en la investigación—Mycroft volvió a mirarle, y un escalofrío recorrió su espalda—. Es información confidencial. No creo que tenga que advertirte de las consecuencias si lo divulgas en Scotland Yard, esto o cualquier otro dato que descubra el encubrimiento del caso Schmidt.

Greg tragó saliva. Como le dijo el mismo Mycroft, él era lo que llamaba consecuencias. Y Greg sabía que no quería enfrentarse a él. Por el momento.

—Gracias.

Su amigo carraspeó, le sonrió y se apartó a un lado para mostrarle la puerta abierta de su limusina negra.

—Entonces, si está todo aclarado… ¿Te apetece ir a tomar algo?

—Por supuesto—Greg se montó en el coche, intentando que la purpurina de la bolsa con los regalos no se esparciese mucho por la moqueta del vehículo.

Por fin había conseguido acceso a los informes, pero sabía que aún tendría que pelear mucho para que le dejaran intervenir. Su orgullo de policía no le permitía dejarlo como estaba, aunque algo sí le tenía que agradecer a los terroristas: que le dieran ganas de vivir otra vez.


¡Hasta aquí el capítulo de hoy! Y el más largo de los que llevo hasta ahora. Más cosillas interesantes para interpretar, ¿eh? No os podréis quejar con este capítulo, se van viendo cosas interesantes entre estos dos ;). A lo mejor la trama está yendo un poco rápido, pero es que si no se va a hacer eterno y no quiero hacerlo aburrido. Por cierto, cuando el capítulo anterior dije que Susie era la primera mujer que aparecía no me acordé de Donovan :S Pobre, no quiero menospreciar a la sargento pero es que no es un personaje muy importante y me olvido de ella sin querer...

Como siempre muchísimas gracias por leer la historia, seguirla, comentarla... Y sobre todo por haber aguantado hasta aquí, aunque espero que sigáis aguantándome el resto de capítulos que quedan :D Ya sabéis que me encanta leer los reviews y que me animan muchísimo, así que ¡no seáis tímidos! (debería empezar a escribir en femenino, ¿verdad? Jajajaja No creo que haya muchos hombres por aquí).

¡Un beso y hasta el siguiente capi!