—Deberías haberme llamado —dijo Laxus abriéndose camino entre la multitud que observaba la escena en silencio.

Las ruinas del almacén principal de la casa Lupan en Roma despedían un resplandor anaranjado en la media luz de antes del amanecer. El calor del fuego le quemaba la cara y el humo hacía que le ardieran los ojos y le llenaba la boca cada vez que respiraba.

—No quería sacarte del lecho nupcial sin darte ocasión de consumar la noche.

Laxus emitió un sonido gutural. Lo cierto era que habría agradecido la interrupción, cualquier cosa que apartara su mente del recuerdo de Lucy con aquella fina combinación y el calor de su cuerpo.

—Hay tiempo de sobra para esas cosas. No habrías sufrido la ira del Lobo de Mar. La casa Lupan está antes que cualquier asunto personal, ya lo sabes. Mi matrimonio no cambia nada de eso.

—Pensé que te vendría bien un poco más de tiempo antes de tener que enfrentarte a esto. Además, nos estábamos arreglando bien sin ti —aseguró Bickslow con la túnica manchada de ceniza y la cara arrugada por el cansancio.

—Cuéntame lo peor… ¿cuánto hemos perdido? ¿Todo? ¿Se ha quemado el envío de comino y canela del señor Appio? ¿Las ánforas de aceite? Vamos, hombre, dime algo. ¿Se ha podido salvar algo?

—Mis hombres y yo hemos conseguido sacar las especias y las sedas. Puede que hayamos perdido cinco o seis ánforas de aceite de oliva, pero nada más —Bickslow se pasó la mano por la frente—. Casi todo estaba ya en las barcazas. Tu obsesión por zarpar temprano nos ha favorecido una vez más. Puede que proteste, Laxus, pero tus reglas han vuelto a salvarnos.

—Habrá que retrasar la salida.

Laxus vio el alivio reflejado en el rostro de Bickslow. No había duda de que el capitán habría zarpado si Laxus se lo hubiese ordenado, pero habría sido una locura. Una tripulación cansada cometería errores y los errores podían ocasionar la pérdida del cargamento, algo que no podía permitirse después del incendio.

—Sólo unos días —dijo su amigo con algo menos de preocupación—. Los hombres están agotados y no querría echarlos a la mar ni contando con la gracia de Poseidón y de Hermes. No todos somos Laxus Dreyar.

—Tenéis dos días. Los planes han cambiado; en lugar de ir a Corinto, os dirigiréis hacia el norte a recoger un envío de vino y volveréis en cinco días. Mergus y su tripulación harán el viaje a Corinto.

—Dos días y una travesía corta y fácil… es muy generoso por tu parte, Laxus —reconoció bajando la cabeza—. Más de lo que me habría esperado.

—Espero que dediquéis esos dos días a prepararos y no a vivir en la taberna de Kana.

Una enorme sonrisa iluminó el rostro de Bickslow.

—¿De dónde has sacado esa idea? —preguntó con una carcajada.

Laxus se puso las manos en las caderas y observó las ruinas humeantes. En cuanto Bickslow regresara tendrían que descubrir si seguía en pie la frágil tregua que habían acordado con Orga. Lo que menos deseaba era romper el acuerdo sin motivos suficientes, pero el instinto le decía que Orga había tenido algo que ver en aquel fuego.

—¿Tienes idea de qué lo provocó? —preguntó Laxus mientras un grupo de hombres se dirigía con agua y escobas a sofocar un nuevo foco de techo—. Parece demasiada coincidencia que se haya incendiado justo hoy. ¿Se hicieron todas las comprobaciones de seguridad? ¿Sabes si alguien se dejó encendida alguna lámpara de aceite?

—Los hombres siguieron tus instrucciones como hacen siempre; tienen demasiado aprecio a su paga como para arriesgarse a hacer enfadar al Lobo de Mar. Saben bien lo que les pasa a los que no obedecen las reglas.

—Muy bien. ¿Entonces cómo empezó el fuego?

—Laxus, sabes bien que el fuego siempre es un problema en Roma. He perdido la cuenta de todos los edificios que se han incendiado desde marzo. Esta misma noche he visto al menos cinco fuegos más en el cielo —dijo Bickslow encogiéndose de hombros—. Gracias a Precht, no pasó lo peor —aseguró señalando al vigilante nocturno.

—No sé cómo pasó —admitió Precht con evidente cansancio. Se tambaleaba ligeramente, pero parecía empeñado en seguir en pie sin ayuda.

Laxus tendría que asegurarse de que el veterano vigilante visitara un médico y no iba a aceptar sus excusas de siempre. Precht conocía a Laxus desde niño y era una de las pocas personas que le decía al Lobo de Mar todo lo que pensaba, pero esa vez tendría que obedecer sin rechistar.

—Había revisado ese almacén hacía una hora y no había notado olor a humo ni nada de eso —dijo Precht y parecía a punto de echarse a llorar—. Fui porque había oído un ruido, pero resultó ser un perro. Cuando me di media vuelta, se echó sobre mí.

—Sé que has hecho todo lo que has podido, Precht, como siempre.

Precht había demostrado su valía como navegante hasta que un accidente había puesto fin a sus días en el mar. Su hijo mayor también había formado parte de la tripulación de Laxus hasta el día del rescate de Jude Heartfilia, que había desaparecido en el mar. Una enorme ola lo había arrastrado al agua junto con el joven senador, el primer marido de Lucy. Desde la cubierta, Laxus no había podido hacer otra cosa que observar con horror.

—Gracias, Laxus Dreyar.

—Fue una suerte que mis hombres y yo volviéramos justo en el momento en que Precht iba a dar la señal de alarma —aseguró Bickslow poniéndole una mano en el hombro al vigilante—. Nos pusimos manos a la obra en cuento vimos las llamas.

Precht se aclaró la garganta y se apartó de la mano de Bickslow.

—¿Qué ocurre, viejo amigo? —le preguntó Laxus—. ¿Qué me estás ocultando?

—Tienes enemigos muy poderosos, Laxus —intervino Bickslow—. Hay alguien que quiere destruirte.

—Muchos lo han intentado sin conseguirlo.

—En la puerta del almacén había una tablilla con una maldición —respondió por fin Precht—. Estaba tratando de quitarla cuando vi el fuego.

—Qué cosas intentan nuestros rivales —dijo Laxus con voz tranquila. Él no creía en esas cosas, prefería confiar en el trabajo y sus propias habilidades, pero había otros que eran supersticiosos—. Los dioses siempre han estado de mi lado y siguen estándolo.

—No son los dioses los que me preocupan. Son esos Heartfilia. Nunca deberías haberte casado con una de ellos. Tu padre siempre decía que eran peligrosos, que no se podía confiar en ellos y que siempre encontraban la manera de no cumplir con los acuerdos. No me extrañaría que hubiera alguna trampa en el contrato de matrimonio. El padre de Jude Heartfilia contribuyó a la proscripción de tu padre.

—Eso nunca se demostró.

—Pero tu padre siempre lo decía —de pronto empezó a temblarle la voz—. No me extrañaría que estuvieran detrás de este incendio. Recuerda bien lo que te digo… seguro que pagaron a alguien para que hiciera el trabajo sucio.

—¿Con qué finalidad iban a incendiar el almacén? —Laxus sabía que su padre había culpado al padre de Jude Heartfilia de tramar la proscripción. De hecho, ése había sido uno de los motivos por los que él había exigido un precio tan alto por el rescate, pero Jude Heartfilia había demostrado ser un hombre de palabra; no había intentado posponer la boda y había cumplido todas sus exigencias. Laxus había querido asegurarse de que el contrato no dejara ninguna escapatoria que le diera la posibilidad de no cumplirlo. Aún había una, pensó apretando los labios, podrían anular el matrimonio por no haber sido consumado, pero Jude no podría imaginar que no había habido consumación. No, los nervios de Lucy habían sido completamente sinceros—. Supongo que tienes alguna razón para decir eso, Precht. No voy a permitir que cuestiones la integridad de mi suegro sin evidencia alguna.

—No sé, es una corazonada. Me pregunté quién se beneficiaría de ese fuego… pero claro, qué sabe un esclavo, como yo de cómo se comporta todo un senador romano —Precht lo miro con ojos ardientes—. Lo cierto es que es demasiada coincidencia. ¿Por qué esta noche? Fíjate bien lo que te digo, seguro que tu mujer pedirá ver a su padre hoy mismo.

—No establezcas conexiones donde no las hay.

En ese momento Precht lo miró, emitió una especie de quejido y cayó al suelo redondo.

—Un médico, rápido —gritó Laxus al tiempo que se arrodillaba junto al vigilante y trataba de escuchar su respiración. Era muy tenue e irregular—. No me mandéis al primer matasanos que encontréis, quiero alguien que sepa lo que hace.

—Como digas, Laxus Dreyar.

Laxus miró a su capitán.

—Bickslow, límpiate un poco y ve a mi casa a esperar a mi mujer.

—Pero aquí hay muchas cosas que hacer…

—Haz lo que te digo, Bickslow —Laxus miró la tablilla con la maldición y enseguida vio que Bickslow comprendía—. No debe estar sola, quiero ser yo el que le cuente lo del fuego y no quiero que se preocupe sin necesidad.

—¿Qué vas a hacer?

—Voy a asegurarme de que este incendio no le ocasiona más daños a la casa Lupan. Quiero que los augures lean bien los restos del fuego y que bendigan el lugar — volvió a mirar la tablilla. Fuera quien fuera el responsable de dicha maldición, había pagado muchos denarios por ella. ¿Había pagado también para que alguien provocar el incendio?—. El fuego puede ser el símbolo de un nuevo comienzo, no sólo de la destrucción de los sueños. Todo depende de la interpretación que haga el sacerdote.

/—/

La luz del sol entraba en la habitación filtrada por los tablones de los postigos cuando Lucy despertó de un extraño sueño sobre lobos, mares agitados y alguien a quien debía rescatar. Un hocico frío le empujó la mano.

—Korina —le dijo a la perra que estaba junto a la cama—. He tenido un sueño muy raro.

La perra ladró una sola vez.

Lucy parpadeó varias veces con una extraña sensación de desorientación hasta que se dio cuenta de que su boda no había sido ningún sueño. Ya no estaba en su pequeño dormitorio ni tenía su vida perfectamente organizada; ahora era la esposa de Laxus Dreyar y estaba al mando de la villa más grande de todo en monte Aventino.

Se había casado con un hombre al que apenas conocía, un hombre al que debería odiar, pero después de la noche anterior, le resultaba completamente imposible hacerlo. La mayoría de los maridos habrían insistido en disfrutar de los privilegios que les daba el matrimonio, pero él no. El había tenido en cuenta sus necesidades. Eso sin duda significaba algo.

Su boca se curvó en una sonrisa al recordar la sensación del cuerpo de Laxus junto al suyo. Quizá aquel matrimonio no fuera tan malo, siempre y cuando él estuviera dispuesto a tratarla como a una igual. Lucy tenía intención de cumplir sus votos, de ser una buena esposa; le demostraría que podía hacer algo más que llevar la casa, podría ayudarlo en los negocios y quizá entonces él empezara a valorarla como algo más que un símbolo de su nuevo estatus.

Se levantó de la cama y se dirigió a una puerta abierta tras la cual encontró un pequeño vestidor en el que alguien había dejado todas sus cosas. Se puso su túnica azul y se arregló un poco el pelo. Un día tras otro esperando que Spetto vistiese a Lisanna había servido para que Lucy supiese arreglarse sin ayuda. Unos pocos posos de vino en los labios y estaría lista para reunirse con su marido y empezar su nueva vida.

Suspiró con decepción al darse cuenta de que no parecía haber ni rastro de Laxus. ¿De verdad había creído que estaría allí esperándola, o que despertaría abrazada a él? Sin duda él tenía miles de cosas que hacer.

La noche anterior le había parecido muy amable, pero seguramente lo que había ocurrido era que Laxus no había tenido el menor deseo de dormir con ella… igual que le había pasado a Gray. Lucy cerró los ojos y trató de no pensar en el nudo que tenía en la garganta.

—Korina, no puedo pasarme aquí todo el día esperando que aparezca Laxus —dijo esforzándose por sonreír—. Tengo que encontrarlo y decirle que tengo que ir a casa. Lisanna no tiene la menor idea de cómo cuidar a mi padre.

Empezó a ponerse los posos del café y al volver a dejarlos en la mesa se dio cuenta de que allí había un frasco que no era suyo. Dentro vio unas pastillas marrones. No sabía cómo, pero las pastillas de su padre habían acabado entre sus cosas.

Trató de no dejarse llevar por el pánico. Su padre llevaba tres calendas sin sufrir ningún ataque y, si los dioses así lo querían, quizá no volviera a tener ninguno, pero debía tener esas pastillas siempre a mano por precaución. Lucy tenía que explicarle a Lisanna lo que debía hacer en caso de que tal ataque se produjera; era imprescindible que supiera exactamente cuándo administrador las pastillas pues, según les había dicho el boticario, aquella medicina podría hacerle más daño que beneficio si no se tomaba de la manera indicada.

Sabía que iba en contra de la tradición, pero debía volver a casa.

Enseguida.

No tenía elección.

Estaba segura de que Laxus lo comprendería en cuanto se lo explicara. Tenía que comprenderlo. La vida de su padre corría peligro. De pronto recordó las últimas palabras de su padre con un escalofrío, debía mantener en secreto los asuntos familiares. No podía contárselo a Laxus sin traicionar a su padre; tenía que hacérselo entender sin romper la promesa que le había hecho a su padre.

Salió al atrio, pero no encontró a nadie allí, ni siquiera un sirviente. Korina la miró con curiosidad.

—Ha debido de pasar algo —dijo Lucy agachándose a acariciar a la perra—. La casa está demasiado tranquila. Será mejor que vayamos a averiguar qué ocurre, después nos iremos a ca… a la casa de mi padre.

Pasaron por varias habitaciones, todas ellas decoradas con magníficos frescos y una amplia variedad de estatuas, pero en ninguna de ellas encontraron a nadie. Estaba a punto de rendirse y volver a su habitación cuando oyó un ruido proveniente de la última habitación.

Abrió la puerta con cautela y asomó la cabeza. Era el comedor. La mesa estaba preparada con platos de queso, fruta y pasteles.

Comprobó con decepción que el hombre que ocupaba el diván central no era Laxus. Lucy frunció el ceño e intento volver a salir.

—Está despierta. Es casi la hora de comer —dijo el hombre en tono relajado al tiempo que le indicaba otro diván para que se sentara.

—No puede ser. Yo nunca me levanto tan tarde.

—Laxus aseguro que se levantaría tarde, pues había sido una noche muy larga y necesitaría dormir —le dijo con una enorme sonrisa en los labios—. Es agradable ver que el novio conoce bien a la novia.

—¿Usted es…? —empezó a preguntar Lucy, aunque lo que realmente quería saber era dónde estaba Laxus. Ya lo buscaría más tarde, decidió mientras rezaba para que no le pasará nada a su padre por culpa de su retraso.

—Bickslow, su capital más antiguo —dijo como si eso lo explicase todo—. Coma —le ofreció un plato de higos, queso y pan—. Y cuénteme algo de usted. Laxus apenas ha dicho nada. Es muy ladino. Yo ni siquiera sabía que estaba buscando esposa y de pronto me dice que está prometido.

Korina se acercó aquel hombre y le puso a las patas en las piernas. Él le dio un trozo de pan.

—¡Korina! —tenía que sacarla de allí antes de que Laxus la obligará a hacerlo.

—No ha hecho nada, tranquila —dijo Bickslow dándole más pan que la perra aceptó moviendo la cola como una loca—. Hay más que suficiente para todos.

—No sé por qué ha hecho eso, normalmente se comporta mucho mejor.

—Es culpa de los apetitosos manjares que hay en la mesa. No sé dónde encontraría Laxus a este cocinero, pero por Hércules que hace los mejores pasteles del mundo. Pruebe uno.

Bickslow le acercó un plato lleno de pasteles. Nada más sentir el aroma a miel a Lucy le empezó a rugir el estómago y se dio cuenta de que apenas había comido nada el día anterior. Así que aceptó un pastel y le dio un mordisco.

—Muy bueno.

—Tiene que comer algo más.

—¿Siempre es usted tan generoso con la comida de otro?

—Soy de la familia —aseguró Bickslow con total normalidad—. Laxus deja que viva aquí cuando mi barco está en puerto.

—No me lo había dicho —no podía dejar de pensar que debía marcharse inmediatamente, pero tampoco quería ofender a aquel hombre. Quizá pudiera servirle de aliado.

—Puede que estuviese pensando en otra cosa —dijo observando su figura—. Volverá en cuanto pueda.

Lucy asintió. Si no se había molestado en despertarla al marcharse, seguramente tampoco se molestaría si su esposa iba a visitar a su familia. Lo único que tenía que hacer era decirle a Bickslow dónde iba, así de sencillo. Sería mejor que lo hiciera cuanto antes, así que se puso en pie y chascó los dedos para avisar a Korina de que se iban. Le diría la verdad a medias al capitán y se marcharía. Con un poco de suerte, estaría de regreso antes de que Laxus hubiese vuelto.

—Toda esta comida es muy tentadora, pero debo hacer otras cosas. Esta casa…

—No me diga que Laxus ya la ha puesto a trabajar. Vamos, venga a sentarse —dijo mostrándole de nuevo el diván—. Su presencia alegra cualquier habitación.

—De verdad, yo…

—Aquí te encuentro, Lucy, comiendo pasteles con uno de mis capitanes —la voz de Laxus interrumpió sus palabras—. Se guro que Bickslow se los ha comido todos.

Lucy cerró la boca de golpe, pues la excusa que iba a dar ya no servía de nada. Se volvió hacia su marido, que se había detenido a acariciar a Korina.

El pelo le brillaba como si acabara de lavárselo. ¡Había estado en los baños! Eso era lo que lo había apartado de su lado. Los baños. Y ella preocupándose de que algo fuera mal. Al menos podría haberle dejado un mensaje, que era lo que había hecho Gray siempre que salía con sus amigos.

Laxus agarró un pastel y se lo dio a la pera. La muy traidora se lo comió de una sola vez y luego se tumbó en el suelo para que le rascara la tripa.

Lucy se ató bien el manto que llevaba sobre los hombros. Ella no se dejaría comprar tan fácilmente como Korina. Guardaría silencio hasta que Laxus le diera alguna explicación.

Su rostro parecía más duro, había en él ciertas arrugas que no habían estado ahí la noche anterior. El Lobo de Mar había vuelto. Entonces volvió a recordar las historias de Lisanna y se dio cuenta de que había estado muy equivocada al creer que entre ellos podría haber paz.

—Os deseo buena fortuna —dijo Bickslow poniéndose en pie—. Tu esposa ha estado haciéndome compañía y debo decir, Laxus, que eres un hombre de suerte por haber encontrado una mujer así. Con alguien como ella, también yo me plantearía el matrimonio.

—Lo creeré cuando lo vea —respondió Laxus con afecto—. Lucy ¿vas a saludar a tu marido o es que las Furias te han quitado la lengua durante la noche? Nunca me ha parecido que tuvieras problemas para hablar.

—Mi voz es mía, al menos eso aún lo es —no sólo estaba furiosa porque hubiese desaparecido sin decirle nada, lo que más le molestaba era que esperara un caluroso recibimiento por su parte. Claro que deseaba verlo, pero no así.

—Parece que sí que tienes voz. Ven a saludarme, esposa —dijo tendiéndole los brazos y con una tierna sonrisa que hizo desaparecer la dureza de su rostro—. Estabas completamente dormida cuando tuve que irme.

—Deberías haberme despertado —¿cómo esperaba que lo saludara? ¿Con un beso? Lucy rechazó la idea a pesar del recuerdo del maravilloso sabor de su boca.

Pero fue él el que lo hizo, se acercó y le dio un suave beso en la mejilla. Un embriagador olor a sándalo borró todos los pensamientos de su mente. Pero en cuanto volvió a separarse de él, volvieron también los pensamientos.

El Laxus que tenía delante era muy diferente al que la había abrazado la noche anterior. Quizá si se hubiera despertado cuando él, podría haberle dado las gracias por ser tan considerado con ella, pero ahora, delante de su capitán…

Lucy se puso recta.

Todo aquello era absurdo. Su único propósito en la vida era asegurarse de que su padre estaba bien. Le había prometido a Natsu que cuidaría de él y, lo que era más importante, se lo había prometido a su madre en su lecho de muerte. De manera inconsciente, había puesto en peligro la vida de su padre; debía hacer algo antes de que fuera demasiado tarde. Laxus no podría negarle que fuera a visitar a su familia, por muy poco usual que fuera. Al fin y al cabo, él había estado en los baños.

—Vine aquí a buscarte —comenzó a decir con voz tensa. Hizo una pausa, respiró hondo. Era más difícil de lo que había esperado—. Quería saber cómo conseguir una litera para ir a visitar a mi padre.

—Te despediste de él ayer mismo. Una visita al día siguiente de la boda podría provocar habladurías y pondría en duda los augurios de nuestro matrimonio —respondió Laxus mirándola fijamente sin el menor indicio de la ternura anterior. Le había puesto la mano en el hombro, impidiéndole que se moviera. El pecho que tan acogedor le había resultado la noche anterior era ahora un rígido muro—. Ahora ésta es tu familia. Ahora eres responsabilidad mía.