Capítulo 6: Una sorpresa para Donna
Tras preparar todo para la boda llegó el gran día...
– ¡Papás! –exclamó Sophie al ver llegar a Bill y Harry en el puerto.
– ¡Sophie! –exclamaron los dos a la vez–. ¿Cómo estás? –le preguntaron bajando del barco.
– Bien, y muy, muy feliz de que hayáis podido venir todos.
– ¿Y cómo está tu madre? –preguntó Harry.
– Bien, aunque un poco agobiada, para ser sincera –rió Sophie.
– ¡Bill! –exclamó Rosie corriendo hacia el puerto junto a Tanya.
– ¡Rosie! –exclamó Bill alegrándose al verla y dándole un abrazo y un beso.
– Yo después de almorzar iré a echar una mano a tu madre –dijo Harry–. Tú procura no darle sorpresas esta vez –le advirtió Harry.
– No te preocupes, estoy segura de que al final todo sale como mi madre quiere que salga –dijo Sophie.
– ¿Qué quieres decir? –le preguntó Bill algo confuso.
Sophie no dijo nada, solo se limitó a sonreír de la misma forma que cuando le dijo a sus amigas que había invitado a sus tres padres.
– Sophie... –le dijo Harry alzando una ceja y mirándola a los ojos mientras le hablaba en el mismo tono que utilizan los padres cuando quieren sonsacar algo a sus hijos.
– Está bien... He invitado a mis abuelos a la boda –dijo Sophie.
– ¡¿Qué has hecho qué?! –exclamaron Rosie y Tanya a la vez enormemente sorprendidas.
– Pero espera un momento –dijo Tanya–, la madre de Donna está muerta y ella no sabe quién es su padre.
– No –dijo Sophie–, se suponía que mi abuela estaba muerta, porque eso es lo que el su último novio le dijo a mi madre la última vez que ella trató de contactar con ella, pero en realidad mi abuela se había ido a Las Vegas, así que le mandé una carta explicándole todo y diciéndole que si ella sabía quién era mi abuelo, que lo invitara, que me gustaría conocerlos y ver a toda la familia reunida al menos una vez en mi vida. De todas formas, a juzgar por lo que mi madre me ha contado de ella, dudo que venga.
– Tu madre te va a matar –dijo Tanya aún sorprendida por lo que había hecho Sophie.
– Eso es solo si se entera, pero no se va a enterar –dijo Sophie.
– Eso espero, de todas formas, yo también creo que lo mejor es no decirle nada a Donna de momento –dijo Tanya.
– ¿Decirme qué? –preguntó Donna corriendo hacia ellos.
– ¡Mamá! –exclamó Sophie–. ¿Qué haces tú aquí?
– Venía a recibir a Bill y Harry, no he podido venir antes porque estaba ocupada en el hotel –dijo Donna–. ¿Qué es lo que estabais tratando de ocultarme?
– No es nada, mamá.
– Sophie... –le dijo Donna mirándola a los ojos y tratando de hacerla confesar.
– Está bien. Simplemente... es que... He tenido un pequeño problema con el vestido, pero no te preocupes, ya lo he arreglado yo misma –mintió Sophie.
– ¿Estás segura de que es solo eso? –le preguntó Donna sin creer a su hija–. ¿No hay nada que quieras contarme? –le preguntó en tono de interrogatorio.
– Sí, es solo eso. Simplemente no quería preocuparte, como te vi tan agobiada con lo de la apertura... Pero, de verdad, mamá, no hay nada de lo que preocuparse –dijo Sophie esperando tener razón en lo que decía–. Por cierto, yo me voy a quedar aquí esperando a Ali y Lisa, así que vuelve tú al hotel con Tanya y Rosie, yo iré luego.
– Y Bill y yo vamos a almorzar primero en un restaurante de por aquí para que tú puedas seguir ocupándote de las cosas del hotel –dijo Harry–. En cuanto acabemos iremos a ayudarte.
– Gracias chicos –dijo Donna con una sonrisa.
Cuando Donna iba hacia el hotel con sus amigas se encontró con un coche y se detuvo de inmediato. El hombre, al ver que estas se detenían se bajó del coche a saludar.
– Buenos días –dijo en español quitándose el sombrero.
– Creo que me he puesto cachonda –dijo Tanya mirándolo fijamente.
Donna se rió al oír a su amiga y se bajó del coche a saludar.
– Buenos días –dijo Donna.
– Buenos días –dijo Tanya, poniéndose delante de Donna para acaparar la atención de aquel apuesto hombre hispano–. Yo soy Tanya, Tanya Chesham-Leigh, y soy rica y estoy soltera –dijo Tanya extendiéndole la mano para que la besara.
– Veo que su belleza no se limita a sus delicadas manos y a sus brillantes ojos, Doña Tanya –dijo el hombre besándole la mano.
– Y yo soy Rosie Mulligan, cocinera y escritora de éxito, soltera de momento –dijo Rosie tendiéndole la mano.
– Veo en sus ojos que usted tiene el valor de un león, la pasión de una pantera y la sabiduría de un flamenco –dijo besándole la mano a Rosie.
– ¿Los flamencos son sabios? –le preguntó Rosie a Tanya en voz baja.
– Tú déjalo hablar –le contestó su amiga en voz baja embelesada por el encanto y el acento de aquel hombre hispano.
– ¿Y usted, preciosa diosa griega de cabello dorado y ojos del color del mar? –le preguntó a Donna cogiendo su mano.
– Soy Donna, Donna Sheridan-Carmichael, dueña del hotel Bella Donna –dijo Donna.
– ¿Donna? –dijo impresionado el hombre–. No puede ser –dijo incrédulo y muy impresionado.
– ¿Ocurre algo? –preguntó Donna bastante confundida–. ¿Quién es usted y qué hace en esta isla? –le preguntó Donna mirándolo a los ojos.
– He venido a la boda de una jovencita llamada Sophie –dijo el hombre haciendo que Donna se sorprendiera–. Yo soy Fernando, Fernando Cienfuegos –dijo el hombre en voz alta y clara.
Nada más oír sus palabras Donna se quedó blanca como un papel y sintió que todo a su alrededor daba vueltas y que sus piernas le fallaban.
– Ay, Dios –dijo tambaleándose ligeramente.
– ¡Donna! –exclamaron sus amigas a la vez agarrando a su amiga por miedo a que fuera a caerse.
– Por la reacción de Donna apuesto a que usted es el abuelo de Sophie –dijo Tanya.
– Así es, recibí una invitación para asistir a la boda de mi nieta, aunque por lo que veo la futura novia no le dijo nada a su madre –dijo el señor Cienfuegos mientras vertía un poco del agua de su botella su pañuelo de mano y mojaba la frente de su hija para espabilarla.
– En cuanto llegue al hotel esa jovencita se va a llevar la bronca de su vida –dijo Donna muy enfadada–, me da igual que estén sus amigas delante.
Al oír las palabras de Donna, Rosie y Tanya se miraron asustadas sabiendo lo que se le venía encima a la pobre Sophie el día de su boda.
– Pero Donna, ¿acabas de conocer a tu padre y lo único que piensas es en regañar a tu hija? –dijo el señor Cienfuegos.
– Así es –dijo Donna enfadada–, porque Sophie no solo me ha desobedecido, también me ha mentido, y aunque ahora sea una adulta y no pueda castigarla, no se va a librar de una buena bronca después de lo que ha hecho, me da igual que se case esta noche.
En cuanto Sophie llegó al hotel, ella y sus amigas se dirigieron a saludar a Donna.
– ¡Hola! –dijeron las tres jóvenes a la vez entrando en el hotel.
– ¡Sophie Sheridan! –gritó Donna muy enfadada nada más ver a su hija.
– Me parece que te has metido en un buen lío –dijo Lisa a Sophie en voz baja al ver a Donna tan enfadada.
– Ya lo creo que sí –dijo Donna–. ¿Cómo es que has invitado a tu abuelo sin permiso?
– Lo siento, mamá –dijo Sophie en tono de culpa–, yo solo –dijo triste– quería reunir a la familia por una vez en la vida. Nunca he tenido una familia como la del resto de mis amigas, y cuando supe que tenía un abuelo –dijo Sophie con los ojos brillosos– no pude dejar pasar la oportunidad de que viniera a mi boda. Ahora... por fin estoy empezando a sentir que mi familia está completa.
– Oh, Sophie... –dijo Donna sintiéndose culpable por haberle gritado así a su hija–. Siento haberme puesto así –le dijo abrazándola–, y más el día de tu boda, pero es que ya sabes lo que me molesta que me mientas y que no confíes en mí para contarme las cosas.
– Lo siento, mamá, quizá debí haberte preguntado primero. Las dos hemos crecido sin un padre, y como yo me alegré de conocer a los míos pensé que tú te alegrarías de conocer al tuyo. Yo ahora estoy muy feliz y quería que tú sintieras lo mismo. Además, a juzgar por las cosas que me has contado de la abuela mi abuelo debe ser una persona muy especial, porque a alguien debiste salir tú –rió Sophie.
– Por lo que veo, no te llevas muy bien con Ruby –dijo el señor Cienfuegos.
– No, mi madre ni si quiera apareció el día en que me gradué de la universidad, y cuando le dije que me quedé embarazada de Sophie me dijo que no me molestara en volver a casa. Después de eso nunca volví a verla, ni si quiera fui a su funeral cuando me dijeron que había muerto –dijo Donna yendo al cuarto con Sophie para ayudarla a prepararse para la boda.
– ¿Muerto? –dijo el señor Cienfuegos–. Pero si fue ella quien me envió la invitación.
– Eso es lo que le dijo el último novio de la señora Sheridan le dijo a Donna la última vez que ella trató de contactar con su madre –dijo Rosie–, pero en realidad ella se se había ido a Las Vegas en busca de fama y diversión.
– ¿Y Donna no sabe nada de eso? –les preguntó el señor Cienfuegos.
– No, y será mejor que nadie le diga nada. Ahora todo va bien entre ella y Sophie, y no me gustaría que se volvieran a pelear antes de la boda –dijo Tanya.
