NdA: Muchas gracias por comentar!
Capítulo 7 Encuentros y reuniones
Desde finales de septiembre, cuando se habían cumplido dos meses desde la última desaparición –la que había hecho que Harry se quedara sin Mundial- el estado de paranoia en el que vivía el mundo mágico había aumentado sensiblemente. El ritmo de las desapariciones parecía ser de una cada dos meses y la gente pensaba que los criminales iban a golpear ya otra vez. Y lo malo no era que todos estuvieran especulando sobre qué clase de víctima andaban buscando- ¿un mago?, ¿una bruja?, ¿una pareja? – sino que había habido ya tres incidentes en los que alguien había sido confundido con un secuestrador al entrar en su propia casa y había sido atacado por algún pariente nervioso y aterrado. El último había sido el día anterior y la noticia estaba ya en El Profeta y Harry se acercó al despacho de Shacklebolt imaginando que esa era la razón de que le hubiera mandado llamar.
Como era de esperar, Cavan Broderick estaba sentado en su mesa, flanqueando la puerta del despacho de Shacklebolt. Harry había hecho esa especie de preparación mental que hacía siempre que podía saber con antelación que iba a encontrarse con él y se creía preparado para reaccionar única y exclusivamente como un hombre heterosexual.
Pero aquella mañana, Broderick no estaba solo. Había otro hombre con él, un tipo del Departamento de Regulación de Criaturas Mágicas con el que Harry no había hablado nunca, aunque lo había visto por el ministerio. Era alto, apuesto, con el pelo oscuro y un poco largo. Y los dos estaban coqueteando descaradamente. Ni siquiera tuvieron la decencia de disimular un poco cuando él llegó: aquel tipo sólo se alejó un poco sin dejar de comerse a Broderick con los ojos.
-Hola, jefe Potter –dijo Broderick.
Sonreía. Pero no le estaba sonriendo a él. Estaba sonriendo porque aquel imbécil le había estado echando los tejos.
-Hola –contestó secamente-. ¿Está el ministro dentro?
Broderick parpadeó un poco, obviamente confundido por su actitud y Harry cobró conciencia de lo que estaba haciendo. ¿Cómo podía enfadarse por ver a Broderick con otro hombre?
-Sí, le está esperando.
Harry asintió torpemente con la cabeza y entró al despacho de Shacklebolt, luchando por recomponerse de aquel súbito e injustificado ataque de celos. Los dedos aún le hormigueaban por los deseos de sacar la varita y cubrir la cara del amigo de Broderick de pústulas dolorosas o algo así, pero estaba molesto consigo mismo. Ginny era la única por la que debería sentir celos, no podía dejar que Broderick le afectara de esa manera. Ya era bastante malo que le atrajera físicamente como para empezar a actuar como si tuviera ciertos derechos sobre él.
-¿Estás bien, Harry? –preguntó Shacklebolt, amablemente.
-Sí-dijo, obligándose a olvidarse de aquel asunto-. Sí, perdona. ¿Qué querías decirme?
Tal y como sospechaba, Shacklebolt quería hablar con él de los accidentes causados por el miedo a las desapariciones. Harry estaba dispuesto a hacer todos los llamamientos a la tranquilidad que fueran necesarios, aunque sabía que esa presunción de que los secuestradores actuaban cada dos meses estaba basada en el desconocimiento que aún tenían los magos de que los criminales también estaban escogiendo a muggles entre sus víctimas. Hasta donde él sabía, los secuestradores actuaban cada vez que les daba la gana.
Pero Shacklebolt también tenía algo que contarle sobre Hiram Rookwood. Ya habían aparecido los primeros rumores sobre él en el ministerio. Aún eran muy vagos –se decía que quizás Rookwood podía desear probar suerte en política algún día, se mencionaba la palabra "cambio"-, pero los dos sabían perfectamente lo que significaban.
-No me preocupa dejar de ser ministro –dijo Shacklebolt, en tono meditativo-. Son más de veinte años y créeme, eso son muchos años. Lo único que quiero es estar seguro de que mi sucesor pondrá el bienestar del mundo mágico por encima de todo.
-Lo entiendo, pero ¿no es un poco pronto para tirar la toalla? Rookwood ni siquiera se ha postulado abiertamente como candidato. Y tú aún gozas de un fuerte apoyo en el Wizengamot.
En el mundo mágico no había democracia, al menos no como la entendían los muggles. Era el Wizengamot quien ponía y quitaba al ministro de magia –generalmente cada cinco años, pero no siempre- y las reglas para formar parte del Wizengamot eran, cuanto menos, curiosas: algunos puestos en el ministerio, como el de Jefe de Aurores, garantizaban también un puesto en el tribunal, pero él había ganado el suyo mucho antes, al derrotar a Voldemort; el propio reglamento establecía que cualquiera que venciera a un Señor Tenebroso podía entrar a formar parte del órgano de gobierno de los magos. Además, los miembros del Wizengamot podían votar la inclusión de algún mago o bruja destacados en la comunidad y de cuando en cuando, los Inefables se presentaban de improviso y decían que era necesario incluir a una persona determinada, una petición que el tribunal estaba obligado legalmente a conceder.
Pero hasta donde Harry sabía, a su estrafalaria manera el sistema funcionaba. Los magos eran criaturas que podían soportar bastantes desmanes sin levantar un dedo, pero eran poderosos, y los miembros del Wizengamot nunca habrían podido gobernar durante mucho tiempo en contra de la voluntad mayoritaria del pueblo mágico sin arriesgarse a una guerra civil en la que tenían todas las de perder.
-Bueno –dijo Shacklebolt-, desde luego, no planteo retirarme al menos hasta que todo el asunto de las desapariciones esté resuelto. Si en las próximas elecciones el Wizengamot decide apoyar a Rookwood como Ministro de Magia es otra cosa, pero yo no pienso darle el trabajo hecho.
Harry sonrió un poco. Prefería esa actitud. Y sobre todo, prefería a Shacklebolt de ministro. No tenía nada en contra de Rookwood, (Hermione le había estado investigando y no había descubierto nada sobre él que no se supiera ya) pero después de tantos años conocía bien al viejo auror y confiaba plenamente en él.
Cuando Harry salió del despacho y vio a Broderick, se acordó de lo que había pasado un rato antes. El tipo moreno ya no estaba allí y Broderick parecía ocupado con sus cosas, aunque alzó la vista al verlo pasar por su lado.
-Adiós –dijo Harry.
-Adiós, jefe
Parecía un poco más frío de lo normal. Harry sintió el impulso de detenerse y disculparse por haber sido un poco grosero antes, pero esa pausa sólo duró un segundo. Si lo hacía, se pondría nervioso y le daría más oportunidades aún a Broderick de sospechar qué le pasaba. No quería arriesgarse a eso, así que siguió su camino sin más, lamentando tener un cuerpo traicionero que le hacía desear a alguien más aparte de Ginny.
-Papá, ¿tú me quieres?
Draco, que estaba en Hogsmeade con su hija, miró a Cassandra de reojo. La niña le estaba mirando con su expresión más inocente. O quería algo, o había hecho algo malo y estaba preparando el terreno para evitar el castigo.
-No, nada, ni un poquito.
Cassandra resopló.
-Jo, papá…
Él sonrió un poco.
-Tendrás que hacerlo mejor, nena. Sé que quieres algo.
Su hija suspiró con melodramatismo, como si pensara que el universo era injusto por mandarle un padre tan irracional, pero luego volvió a poner ojos zalameros.
-Es que… me gustaría que me comprarais una cosa.
-¿El qué? –preguntó Draco, intrigado. Normalmente, si Cassandra quería que le compraran algo lo pedía sin tantos aspavientos, así que debía de tratarse de alguna petición poco habitual.
-Un caballo. Un caballo alado.
Draco lanzó un ronquido sarcástico. Debería haberlo imaginado, después de ver la cara con la que Cassandra se había quedado mirando los caballos alados de la familia Withers el día anterior. Los Withers, que se dedicaban a la crianza de tales criaturas, eran amigos de Rookwood, y Draco, Astoria y Cassandra habían sido invitados a pasar el día allí con ellos. Draco admitía que eran unos animales hermosos y él mismo había pasado un rato fantástico montando uno de ellos, pero no tenía intención alguna de reabrir las cuadras de Malfoy manor.
-Imposible, Cassie. Un caballo no es un juguete. Y tú empezarás Hogwarts dentro de menos de un año.
-Papá… -suplicó.
-Lo siento, pero no.
La discusión continuó un rato más, porque Cassandra no era la clase de niña que aceptaba alegremente ese tipo de derrotas, pero Draco no se dejó convencer y continuó con sus compras sin alterarse, más atento a las reacciones de las personas que les rodeaban que a las protestas de su hija. Era algo tan automático ya que casi ni se daba cuenta de que lo hacía. Hasta ese momento, nadie había ido nunca a molestarlo delante de los niños, pero Draco no podía estar seguro de que la razón no fuera que, criando a sus hijos fuera de Inglaterra, no les había dado muchas posibilidades.
Sin embargo, nadie les importunó. De vez en cuando alguien les miraba un poco más de lo normal o apretaban un poco los labios, pero eso era todo. Incluso Cassandra terminó aceptando que no iba a tener un caballo alado ni siquiera de regalo de Navidad. Pero cuando salieron de Dervish and Bangers, donde Draco había ido a dejar un reloj para que lo repararan, empezó una nueva crisis.
-Papá, tengo que ir al baño.
-Aguanta un poco y enseguida nos vamos a casa.
Ella empezó a dar saltitos.
-¡Pero es que no me aguanto!
Draco miró a su alrededor. Estaban casi en la puerta de Las Tres Escobas, pero no pensaba entrar en ese sitio.
-Vamos a…
Pero Cassandra no esperó instrucciones.
-Mira, vamos a entrar ahí –dijo, atravesando sin más la puerta del pub de madame Rosmerta.
Draco dio una exclamación de advertencia, pero Cassandra ya estaba dentro. Y él la siguió tras un instante de vacilación, porque no pensaba dejar a su hija sola en territorio hostil, y menos aún cuando había criminales haciendo desaparecer magos y brujas.
Madame Rosmerta estaba en la barra, escuchando cómo Cassandra le preguntaba dónde estaba el baño y le decía que él estaba ahí. La dueña de las Tres Escobas tenía ya unos setenta años y había perdido ese encanto exuberante que había atontado a chicos de las cuatro Casas de Hogwarts, pero ofrecía un digno aspecto de bruja de mediana edad. A Draco le habían dicho que sus dos hijos la ayudaban con el negocio familiar. Él no había vuelto a entrar ahí desde que a los dieciséis años había puesto a madame Rosmerta bajo la Imperius y la había usado para intentar matar a Dumbledore.
Madame Rosmerta nunca le había caído mal. Se había creído superior a ella porque no tenía su dinero ni pertenecía a su clase social, pero no le había parecido realmente antipática ni la había odiado como a los Weasley o a Potter. Y la primera vez que le había hecho la Imperius se había sentido como una mierda después. Y la segunda. Todas.
Pero Draco había recibido rápidamente la impresión de que no habría borrón y cuenta nueva para él. No eran sólo Potter o los Weasley; se había disculpado con Ollivander y éste se había negado a venderle una varita, y luego había ido a arreglar las cosas con Luna Lovegood y su padre le había dado con la puerta en las narices y le había dicho que su hija no quería volver a ver a ningún Malfoy en toda su vida. Draco ya no había tenido ánimos para ir a disculparse con madame Rosmerta y se había limitado a mantenerse lejos de su local.
Y ahora, de pronto, estaba allí de nuevo.
En cuanto ella le vio, se lo quedó mirando con una expresión difícil de identificar. Draco, que pensaba que iba a sentirse nervioso e incómodo, descubrió que podía mantenerle la mirada con facilidad, que estaba absurdamente sereno. Si aquella mujer quería tirarlo a patadas de aquel sitio o cubrirlo de insultos estaba en su derecho; mientras no tocara a Cassandra, él no movería un dedo por defenderse.
-Por favor, señora, ¿dónde está el baño?-Cassandra estaba junto a la barra, con cara de no entender por qué nadie decía nada.
-Es pequeña –dijo Draco, con voz suave y educada- y sólo quiere usar el baño.
Madame Rosmerta lo miró un segundo más y después se giró hacia Cassandra. Draco se tensó involuntariamente, esperando su reacción.
-Está al fondo de ese pasillo –dijo ella entonces.
-Gracias.
Al ver como la niña se iba a paso rápido hacia el baño, Draco se relajó un poco. Su intención era esperarla en algún rincón del pub, alejado de la vista de madame Rosmerta, quien había vuelto a clavar los ojos en él. El local estaba vacío, a excepción de un par de veinteañeros que estaban demasiado ocupados besándose como para fijarse en nada más.
-El baño es para los clientes –dijo madame Rosmerta de pronto.
A Draco le sorprendió porque no había esperado que su víctima de años atrás quisiera servirle, pero por otro lado, era cierto que aquello no era un baño público. Así que asintió y se acercó a la barra. Una parte de su mente le avisó de que madame Rosmerta podía echarle algo desagradable en la bebida, pero Draco no pudo ver que eso pudiera suponer ninguna diferencia. Se sentía extrañamente pasivo, como si nada de esa situación tuviera que ver con él.
-Una cerveza de mantequilla, por favor.
Madame Rosmerta fue a por una jarra y la llenó de cerveza. Después la puso delante de él. Draco había visto bien todos los pasos y estaba seguro de que no le había echado nada al vaso ni había escupido, así que se lo agradeció cortésmente –los modales siempre proporcionaban frases huecas a las que acogerse- y le dio un pequeño y cauteloso trago.
La dueña de las Tres Escobas aún lo miraba como si fuera un insecto y no pudiera decidir si iba a exterminarlo o a dejarlo ir.
-En realidad no tenías intención de dar la cara, ¿verdad? –dijo, en un tono que no era exactamente hostil.
Draco comprendió que iban a hablar del tema, pero aquello tampoco despertó ninguna emoción en él. Madame Rosmerta tenía todo el derecho del mundo a estar furiosa con él y a odiarlo por lo que le había hecho, incluso a pedirle explicaciones. Y él pensaba dárselas, si era eso lo que quería.
-Pensé que lo mejor que podía hacer era no volver a venir aquí –dijo, con sinceridad.
-Quizás. Pero puede que lo mejor fuera disculparse.
Draco dio un pequeño resoplido irónico.
-¿Y de qué serviría? Eso no cambiaría lo que hice.
-Slytherins… -dijo ella, con una ligera irritación-. Uno no pide excusas para conseguir algo. Pide excusas para decir que lo siente.
Draco la miró, mucho más vieja que en su memoria, más sobria, y recordó su expresión al caer por primera vez bajo la Imperius.
-Entonces lo siento –dijo, sencillamente-. Lo siento de verdad.
Madame Rosmerta le estudió con ojos inquisitivos y después asintió y su rostro se suavizó con un atisbo de sonrisa.
-Excusas aceptadas.-Ahora fue Draco quién clavó la vista en ella, tratando de averiguar si lo estaba diciendo realmente en serio o no-. Ha pasado mucho tiempo, demasiado para que sea sano seguir sintiendo rencor. Odio lo que me hiciste, pero puedo entender por qué lo hiciste… y a juzgar por los modales de esa niña y lo que hizo tu hijo el curso pasado, creo que eres sincero al decir que lo lamentas. En lo que a mí respecta, el pasado está enterrado. No tienes por qué mantenerte alejado de aquí, si no quieres.
Estaba siendo sincera y Draco se sintió como si le hubieran hecho un regalo inesperado; por primera vez desde que había entrado allí le costaba mirarla a los ojos.
-Gracias –dijo, en voz baja.
Entonces cogió la jarra de cerveza para darle otro trago y aprovechar esos segundos para recuperar el control de sus emociones.
-Tu hijo se llama Scorpius, ¿verdad?
-Sí. Y su hermana, Cassandra.-Draco agradeció el cambio de tema.
-¿Cuándo entrará en Hogwarts? ¿El curso que viene?
-Sí. Scorpius y ella se llevan dos años.
-Se parece a su madre. Me acuerdo de ella. Dale saludos de mi parte.
La niña salió entonces del cuarto de baño y se acercó a él con intención seguramente de sentarse a su lado y pedir también algo de beber, pero Draco todavía estaba muy lejos de sentirse cómodo allí y no creía que, pese a todo, a madame Rosmerta le entusiasmara tampoco tenerlo en su local, así que se puso en pie antes de que Cassandra tomara asiento.
-¿Ya estás lista?
-Sí.
Draco buscó unas monedas en su bolsillo y las dejó sobre la barra.
-Gracias por todo.
Madame Rosmerta hizo una leve inclinación de cabeza.
-No hay de qué. –Se giró hacia la niña-. Adiós, Cassandra.
Ella pareció sorprenderse un poco de que conociera su nombre, pero sonrió educadamente.
-Adiós, señora.
Draco se despidió también de la dueña de Las Tres Escobas y le puso la mano en el hombro a Cassandra para guiarla hasta el exterior. En cuanto salieron, se le escapó un suspiro lo bastante audible como para que su hija alzara la vista en su dirección, curiosa.
-¿Pasa algo, papá?
-No, estoy bien. Vamos, pasaremos por Honeydukes antes de ir a casa, ¿vale?
La promesa de dulces acaparó la atención de Cassandra. Draco sonrió un poco. No había mentido, se sentía bien.
Muy bien.
Molly Weasley cumplía setenta años a principios de octubre y toda la familia, excepto los niños que estaban en Hogwarts, acudieron a La Madriguera para celebrarlo. Harry se maravilló, como siempre, de que tanta gente pudiera caber en un solo comedor.
Teddy estaba allí, con Victoire. Ahora que llevaban saliendo juntos más de un año se sentían más cómodos a la hora de besarse delante de los Weasley y nadie parecía encontrarlo tampoco algo digno de demasiados comentarios. Por desgracia, Molly también debía de haberse sentido obligada a invitar a tía Muriel. Cuando Lily la vio, soltó un pequeño gemido de protesta y se medio escondió detrás de Harry, quien se armó de valor para soportar las impertinencias que estaba a punto de escuchar.
-Hola, Ginny –dijo, acercándose a su sobrina y dándole un beso en la mejilla-. ¿Has engordado?
Harry vio cómo su mujer apretaba los dientes.
-No, al contrario que tú, sigo pesando lo mismo que a los veinte años –replicó Ginny, con voz fría.
Aquello no desanimó a tía Muriel.
-Hum, yo te veo más ancha. Y ya hablaremos cuando llegues a mi edad, jovencita. Al fin y al cabo, las hijas suelen heredar la constitución de sus madres. Y la tuya no es precisamente esbelta, ¿verdad? –Antes de que Ginny pudiera decir algo, aquella terrible mujer dirigió su atención hacia Harry, a quien le tendió la mano-. ¿Cómo estás, Harry?
-Bien, gracias. ¿Y usted?
Al fin y al cabo, aquella mujer tenía unos ciento treinta años, aunque aparentara sólo unos ochenta, igual que Molly aparentaba cincuenta. El lento envejecimiento de los magos era una ventaja, pero Harry aún pensaba en términos muggles sobre ese asunto y le parecía extraño ver a gente que aparentaba muchísimos años menos de los que tenía.
-No me quejo. Aunque me sentiría más tranquila si consiguierais atrapar a esos malditos secuestradores. Francamente, a estas alturas ya deberíais haberlos capturado, tanta incompetencia es inexcusable. -Harry cerró los ojos para empezar a contar hasta mil y ella fue a por el único objetivo que le quedaba por atacar-. Lily, niña, ¿por qué te escondes?
Pero antes de que pudiera decir nada más, Bill, el único miembro de la familia por el que ella sentía debilidad, acudió al rescate y se la quitó de encima. Harry le envió una sentida mirada de agradecimiento a su cuñado y envió rápidamente a Lily a jugar con sus primos Hugo y Louis.
-Voy a matarla –dijo Ginny, entre dientes-. Tú eres el jefe de Aurores; puedes cubrirme.
-No parece un mal plan.
Ella lo miró con ojos súbitamente angustiados.
-No estoy más gorda, ¿verdad?
Harry se rió.
-No, claro que no.-La besó-. Estás tan guapa como siempre.
Ginny le sonrió, más tranquila, y se fue a la cocina a echarle un vistazo a la cena. Harry fue a sentarse junto a Ron, que hablaba con sus hermanos del éxito que estaban teniendo con la nueva gama de productos Weasley. George le escuchaba con una sonrisa complacida, sin decir gran cosa; Harry sospechaba que le gustaba dejar presumir de esas cosas a Ron porque intuía que lo disfrutaba más que él. Pero por ahí alguien mencionó el apellido Zabini y todos comenzaron a hablar casi a la vez.
-Fred y Roxanne dicen que es muy desagradable.
-Rose también se queja mucho de él.
-¿Zabini? –repitió Fleur, extrañada-. Dominique no nos ha mencionado nada de él.
-Eso es que con los Ravenclaw no se mete –replicó George.
Harry había recibido cartas de James donde aseguraba que Zabini era, como mínimo, Voldemort reencarnado y cartas de Albus que daban una versión ligeramente distinta del asunto.
-Albus dice que hay un pique entre Zabini y Neville –explicó-. Y parece ser que los dos están tratando de boicotear a la Casa del otro.
Ron hizo una mueca extrañada.
-¿Albus ha dicho eso? Vamos, Harry, no me puedo creer que Nev se esté metiendo con los Slytherin simplemente porque sí, como está haciendo ese gilipollas de Zabini.-Se giró hacia Bill y Percy-. Iba al mismo curso que nosotros, parecía que le hubieran metido un palo en el culo. Aunque he de reconocer que nunca se alió con el hurón.
-¿Era simpatizante de Voldemort? –preguntó Fleur.
Ron y Harry se miraron.
-No, creo que se marchó del país con su madre cuando estalló la guerra –contestó Harry. Una vez le había oído hablar como si tuviera prejuicios de sangre, pero tenía la sospecha de que podía haber estado diciendo esas cosas para pasar desapercibido entre los Slytherin de su curso.
-Aun así –dijo Angelina, la mujer de George-, no me parece bien que McGonagall haya contratado a un tipo que se dedica a meterse así con los Gryffindor. ¿Qué pasa? ¿Echaba de menos a Snape?
-Sí, y no creo que tenga nada que ver con Neville –añadió Ron-. No sé de dónde se ha sacado eso Albus.
Entonces intervino Teddy.
-Yo tuve Herbología con los Slytherin en cuarto y quinto y no los dejaba ni respirar. Longbottom tiene fama en Hogwarts de favorecer a los Gryffindor y machacar a los Slytherin.
Victoire lo miró con aire ofendido.
-¡Eso no es verdad!
Teddy se rió. Harry se dio cuenta de que su ahijado no había percibido que su novia no era la única a la que le habían molestado sus palabras. Él estaba, sobre todo, sorprendido. No le había hecho mucho caso a Albus, pero si ahora Teddy también lo decía… Lo que no entendía era por qué no se lo había comentado nunca.
-Claro que es verdad –dijo el muchacho-. Unos Raven de mi curso hicieron los cálculos una vez. No me acuerdo de los números, pero demostraron que desde que Longbottom había empezado a dar clases en Hogwarts, los Gryffindor habían aumentado su puntuación y los Slytherin habían bajado.
-Eso no quiere decir nada –replicó Victoire acaloradamente-. Los Slytherin se portan peor con él que con cualquier otro profesor. Le tienen manía porque él fue un héroe de guerra, como nuestros padres. Es normal que Neville les quite tantos puntos.
Teddy suspiró.
-Soy el único Hufflepuff aquí entre un montón de Gryffindors. –Se encogió de hombros-. Me rindo.
Molly asomó entonces la cabeza desde la cocina para anunciar que la cena estaba lista y Harry fue a ayudar a llevar las fuentes de comida a la mesa. Eso distrajo al resto de adultos, aunque Victoire aún estaba un poco molesta con Teddy. Harry, sin embargo, descubrió que le costaba quitárselo de la cabeza incluso cuando todos se sentaron a comer y pudo disfrutar de la excelente comida de su suegra. Lo que Teddy y Albus contaban de Neville no cuadraba con la imagen que tenía de él y eso le fastidiaba. Aunque quizás era por lo que decía Victoire; los Gryffindor responderían bien ante Neville, del mismo modo que la mayoría de los Slytherin estarían algo resentidos, así que era lógico que hubiera esa diferencia de puntos.
El vino de la cena y el champán con el que brindaron cuando sacaron el pastel dejó a Harry agradablemente mareado. Ya no se acordaba de Neville; Ron le estaba contando sus últimas aventuras al volante de su coche muggle y sus conversaciones con el ordenador de a bordo –debido a su experiencia con sombreros, cuadros y otros objetos del mundo mágico, Ron era incapaz de asimilar que algo que hablara no fuera realmente inteligente-y Harry estaba riéndose tan a gusto que al final se le saltaron las lágrimas.
Pero entonces Harry notó una suave vibración en el bolsillo y al sacar su Avisador, vio que la pequeña bola de cristal estaba sonrosada.
-No fastidies… -dijo Ginny, comprendiendo que debía de haber pasado algo.
Harry pronunció un encantamiento y acercó la bola de cristal a su oído.
-Jefe, soy Roman White. Hay noticias. Los muggles han encontrado el cadáver de uno de los desaparecidos. Es… es muy raro, esto no pinta bien. Creo que debería venir cuanto antes a la BIM. Adiós.
Harry suspiró, sintiendo cómo su leve borrachera retrocedía a patadas en su cabeza. Un cadáver… Siempre había imaginado que los desaparecidos habían sido asesinados, pero poder confirmarlo no le hacía ninguna gracia.
-Harry, ¿ha desaparecido alguien más? –preguntó Ginny.
Ahora todos le miraban muy serios, hasta los tres niños.
-No. No exactamente. Pero… tengo que irme.-Se puso en pie mientras los demás hacían comentarios que indicaban que lamentaban que tuviera que irse, pero lo entendían. Harry besó a Ginny-. No me esperes despierta, ¿vale?
Ella asintió.
-No te metas en líos.
Harry le dio otro beso a Lily y otro a Molly –si se despedía bien de todos, tardaría una hora en salir de La Madriguera- y se Desapareció.
Continuará
