Día 7: Almas gemelas

Repasaba una y otra vez el plan en su cabeza, tratando de no delatarse al pensar tanto en ello pero al mismo tiempo intentaba no olvidar detalle alguno de lo que esperaba hacer. No había lugar para las dudas, ya no. La rutina con la que iba a competir con Mila estaba terminada y casi pulida salvo algunos detalles que podrían resolver fácilmente gracias al profesionalismo de ambos; gracias a esa capacidad, compromiso y su torpeza de los últimos días logró conseguirse algunos días fuera de Rusia con su novio.

Cinco días maravillosos en Barcelona. Porque si algo es cierto es que el hombre siempre vuelve a los lugares donde fue feliz, y las mejores cosas que le habían pasado sucedieron en tierras hispanas; volver a encontrarse con los ojos de soldado, su primer beso, y sus primeras vacaciones juntos. Más de alguna vez el ruso y él se tomaron unos días de descanso para ir a España, redescubriendo ese país como una tradición muy de ellos; así que cuando pensó en el mejor lugar para hacerlo ese fue el destino indiscutible.

Salieron desde muy temprano del hotel tomados de la mano, visitaron algunos museos y comieron en el mismo lugar donde lo hicieron cuando Yuri hizo su debut maravilloso en el GPF de Barcelona. Y ahí estaba, una de sus cosas favoritas en el mundo, asomándose por la comisura tierna de sus labios; una sonrisa calmada, relajada y natural. Le parecía imposible que algo en el mundo fuera así de hermoso, y sin embargo lo era.

— ¿A dónde vamos? – la pregunta del menor lo hizo reaccionar con un gran suspiro mirando al frente.

— ¿En serio no lo recuerdas? – preguntó con ese aire misterioso que Yuri juraba que hacía a propósito y que se le daba tan bien. No le gustaba creer que alguna obviedad escapaba de sus ojos, pero cuando él lo decía, algunas veces simplemente quería dejarse sorprender.

El chico ruso sólo lo miró achicando los ojos y con los labios fruncidos.

No fue sino hasta que doblaron la esquina que todo tuvo sentido, desde lejos podían verse las largas escaleras que subían hasta la pequeña terraza adornada en la fachada con lo que parecían pedazos de azulejos, y la sonrisa que tanto le gustaba al kazajo se ensanchó como sólo él podía lograr que sucediera.

Ladeó el rostro y lo miró al comprender apenas una parte. — ¿En serio? – preguntó el rubio con una mezcla de incredulidad y diversión. El moreno sólo se hizo de hombros, como hacen los niños cuando son descubiertos en medio de una travesura. Lo cierto es que aunque habían vuelto a Barcelona más de una vez, pero no habían vuelto a La Pedrera desde entonces.

Yuri no contuvo la sonrisa que se asomó en sus labios al recordar ese lugar. Sentía de nuevo la adrenalina recorrerle la piel al huir de sus fans en la motocicleta de un extraño, y sin embargo, llegaba a la misma conclusión siempre. Esa fue la primera de muchas decisiones acertadas cuando se incluía a Beka. No había otro camino si no era el kazajo, sus fuertes brazos rodeándolo y su pecho donde podía reposar la cabeza y sentirse a salvo de todo y todos. — Aquí me trajiste cuando me salvaste de mis fans locas. – recordó con media sonrisa al emprender el ascenso de las escaleras. Sí. Sus fans estaban completamente locas, pero no las cambiaría por nada porque eran las mejores y más apasionadas. Eran un punto importante en su carrera.

El kazajo soltó una risa modesta y dio un apretón más a la manita de Yuri enlazada a la suya. — Lo que no sabías es que ibas a terminar con otro fan. – completó con un guiño divertido, un gesto tan inusual en el moreno que el rubio casi sintió como si su corazón se hubiera detenido por un momento.

Yuri resopló y con un gesto divertido empujó con el hombro a su novio. — ¡Uy! Y que lo digas. A veces no sé quién es peor.

Roló los ojos y como respuesta el kazajo lo empujó de vuelta para sujetarlo por al cintura luego y atraerlo hacia sí, robándole un beso, deteniéndose en seco a mitad de las escalinatas. La mano derecha sobre su mejilla de porcelana y la otra en su cintura, las manos del ruso en su nuca. El tiempo podría haberse detenido en ese momento, con el atardecer entintando todo con sus tonos naranjas al caer. Pero ni el sol abrazador de España en verano lograba ser tan cálido como esos labios rosas y húmedos sobre los suyos, besándose con tanto amor que ambos sentían su pecho inflarse de puro amor.

El primero en apartarse fue Plisetsky, dejó su frente recargada con la otra y apenas abrió los ojos lentamente, mordiéndose el labio inferior con ansias. La visión de Otabek aún con los ojos cerrados y el sonrojo en sus mejillas por el beso compartido fue tanto que Yuri casi se le avienta encima para seguir devorándole la boca. — ¡Mierda! Otabek… quiero comerte completo. – gruñó con una sonrisa traviesa que Otabek reemplazó con un gesto tierno al besar su mejilla y emprender el camino escaleras arriba de nuevo. — Calma, tigre. Lleguemos arriba y luego volvemos al hotel.

Luego de hacer un puchero infantil continuó caminando hacia arriba. Al estar finalmente en la cúspide de la Casa Milà el menor se recargó observando como el sol caía, con el moreno a sus espaldas abrazándolo y besando amorosamente su sien sobre los cabellos rubios.

— Te amo. – la voz grave susurró a oído del ruso, rozando con sus labios la orejita blanca.

— Y yo te amo a ti. – contestó al aire la vocecita al aire, sujetando los brazos fuertes con sus manos tranquilas.

El aire corrió entre ellos estremeciendo al menor cuando la espalda ancha que solía protegerle de todo, incluso de las inclemencias del tiempo, se hizo de hombros y acomodó un poco de cabello detrás de su oreja para evitar que el aire juguetón revolviera su melena larga. Ante el carraspeo miró sobre su hombro derecho encontrándose con aquel muchacho de undercut y cabello negro hincado sobre su rodilla y con evidente cara de nerviosismo.

— ¡¿Qué dem…?!

— No, déjame hablar. – pidió mirando al suelo, sobándose el tabique de la nariz con una mano y con la otra suplicando que el ruso dejara de hablar. Yuri se detuvo con las palabras atoradas en la garganta, porque sabía que cuando Otabek estaba por decir algo importante lo mejor era dejarlo hablar porque suficiente bronca tenía consigo mismo y sus ideas en la cabeza. — La primera vez te vi tenías esa mirada indescifrable que me sirvió como recordatorio y bálsamo los días en América, no tienes idea de cómo esa simple mirada del niño que hacía todo bien en Rusia me sirvió para esforzarme cada día. Y luego, cuando te volví a ver aquí mismo, con exactamente la misma mirada sentí que debía tenerte cerca a como diera lugar. – agregó con un suspiro largo, la mirada perdida. — Y ser tu amigo fue la excusa más válida que encontré para ello. – y se rio, de sí mismo y la pobreza de sus palabras para expresarle a Yuri todo lo que significaba en su vida. — Si te soy sincero no creí que ese camino empedrado por las calles de Barcelona me llevaría hasta este punto. No creí que la felicidad que describen las novelas de amor y los chickflicks fuera real, pero ahora lo sé. – y levantó la mirada para clavarla en los ojos verdes que tanto amaba. La sinceridad podía palparse en sus palabras y Yuri lo sabía, después de tanto tiempo juntos. Aprendió a interpretar sus silencios y sus risas, todos los gestos no verbales del moreno para conocerlo mejor. Porque era más fácil verlo fruncir los labios que decir realmente cuando no quería algo.

— Beka…

— Y estoy completamente seguro de que eso es gracias a ti, Yura. – de un bolsillo sacó una cajita azul marino de terciopelo, abriéndola para dejar ver un anillo de oro, dentro tenía grabada al inscripción "Te amo" en ruso, inscripción que Yuri notaría hasta un par de meses después. — ¿Te casarías conmigo, Yuri Plisetsky?

La mirada del kazajo estaba esperanzada y a la expectativa, ansiando una respuesta como si realmente cupiera la posibilidad de una negación para él. Yuri lo veía, lo veía con un silencio apabullante y con el corazón en la garganta latiendo desbocado. Tragó pesado y su rostro se deformó hasta patear uno de los muro de la baranda y soltar un gritito frustrado al tiempo que se apartaba varios pasos. — ¡Idiota! ¡Por eso no podías concentrarte en la práctica con Mila! – se giró rápidamente sin cambiar el gesto, acercándose a él los mismos pasos que se apartó. — ¡Eres un reverendo imbécil! ¡Estabas más preocupado en esto! ¡Aún sabiendo que te amo, idiota! – gruñó de nuevo, frustrado y haciendo de ello un escándalo, suerte que no había gente allí para presenciar la escena.

Otabek se puso de pie y miró al rubio con calma, quedándose muy cerca y sin apartar la mirada de sus ojos. — ¿Esa es tu forma de decir que si? – preguntó un poco confuso. Yuri aún lograba sorprenderlo a veces.

— ¡Claro que si idiota! – y aunque lo gritó se lanzó a sus brazos para besarlo con toda la ternura del mundo, contrastando con sus gritos.


Si, si. Ya sé que no tengo vergüenza porque esto debió terminar hace mil años y yo sin hacerlo. Pero es que la uni me comió, lo juro. De todas formas ya está, más vale tarde que nunca así que auí está por si alguien se quedó con la duda xD

jessicaraya: ¡Que bueno que te haya gustado el beso! Creo que en este cap se contesta tu duda xD perdón por dejarte en ascuas tanto tiempo.

justshuls: jajajaj juro que es seguridad de Yuri, al principio si estaba celoso de Mila acercándose a Beka pero ahora que el kazajo es suyo no le importa :3

hanekoc-han: ¡Que bueno que te gustó! Me alegro que te guste como desarrollé esto :3

NRitsuka: Ay! Que linda! Que bueno que te haya gustado la escena, me alegra saber que quedó justo como quería :3