Chapter 7
Mientras tanto, en el refugio de los jóvenes italianos.
Ambos hermanos discutían con el alemán y el español que los habían estado ayudando. Los cuales estaban sentados en un sofá frente a los jóvenes en otro un poco más pequeño. El moreno lucía de unos 24 años y se notaba más gentil y tranquilo. Un poco rústico y moderno al mismo tiempo, si bien el lugar no era del todo elegante o pretencioso se las arreglaba para ser incluso acogedor y cómodo.
Todo pintado de café claro, beige y algo de rojo. Sofás algo sencillos y mullidos combinando y todo decorado con armas o cuadros simples. En una mesa pequeña colocada en el centro se encontraban unas botellas de soda y licor.
—Ya lo hablamos antes y siguen sin entender una mierda, —Comentó molesto el alemán.
Lovino no le dio tiempo ni de siquiera dar un suspiro, inmediatamente, dejando salir su enojo, gritó: —¡No es nuestra culpa, bastardo! ¡Tú nos dejaste solos en primer lugar!
—Parecían capaces —Le respondió el español, de una forma más amable.
—¡Tú calla, maldito bastardo!
—No, y me llamo Antonio, —Le respondió con seriedad en su voz y una expresión que no parecía cambiar de una simple felicidad extraña—. Les dimos el día para que fueran como niños normales y lo desperdiciaron peleándose.
—¡No soy un niño!
—Tu hermano sí lo es. —Respondió secamente.
Antonio le dedicó una mirada fija y seria, adornada con esa eterna sonrisa la cual no decía absolutamente nada sobre sus emociones en ningún momento. Feliz o no, él sonreía. Lovino bufó, cruzándose de brazos y echándose hacia atrás en el sofá, molesto.
Feliciano trató de hablar, tratando de calmar el asunto, pero fue interrumpido por Ludwig sentenciaba seriamente que el italiano todavía era muy joven como para seguir con todo aquello.
—¿Qué?...¡No lo soy! Ludwig créeme por favor, soy lo bastante maduro y…
—Maldición, aquí mandamos nosotros. —Protestó Lovino.
—Pero tenemos responsabilidad con ustedes, —Le contestó Antonio.
—Y sigo insistiendo en que Feliciano sigue siendo muy joven, —Siguió Ludwig—. Podrías esperar un par de años.
—¡Pero…! —Feliciano fue a abrazar al mayor, casi suplicando—. Per favore! Per favore! No soy tan joven, puedo seguir y…
—Feliciano, —Habló calmado Ludwig—. Solamente no vas a salir de nuevo y punto.
Entonces Lovino se atrevió a gritarle enfurecido: —¡¿Y quién dijo que tú dabas las ordenes, bastardo?!
Ludwig lo miró por unos segundos, apacible. Después sólo contestó serio y calmadamente: —Yo tengo poder desde que casi los matan el año pasado en ese incendio y se llevaron a su hermano postizo.
Sin esperar ni un segundo, el recuerdo del suceso se hizo presente en la mente de ambos italianos, abofeteándolos sin piedad.
Ludwig se encontraba con Antonio esperando afuera de un establecimiento de un solo piso, la parte trasera para ser exactos. Mientras que los hermanos italianos andaban dentro del lugar, robando documentos del cantón.
—¿Los tienes? —Preguntó apurado el mayor de los hermanos, Lovino, mientras metía en una mochila algo desgastada varios documentos en carpetas y sobres.
—Sí. —Asintió Feliciano, llevando algunos papeles enrollados y dándoselos.
El lugar era un verdadero desastre. Mesas rotas, sillas volcadas y papeles y libros tirados por doquier; además de estar rodeados de cadáveres y con sus ropas más que sucias por la sangre mezclada de varias personas.
—Entonces larguémonos antes de que llegue la policía —Decía enganchándose la mochila y tomando del brazo a su hermano menor—. ¡Eliot! —Llamó a su otro hermano.
— ¡Voy! —Se escuchó desde más lejos una voz sólo un poco más joven que la de Feliciano.
Corrió a ellos un chico de tal vez doce años, tan sólo un año menor que la del italiano del medio, Feliciano, pero se escuchaba más infantil. Él tenía el cabello lacio y un rulo algo chueco saliendo de su lado izquierdo de la cabeza, ojos verde claro y piel crema. Corría con un arma de fuego en mano, la cual le dio al mayor para que la guardara en la mochila. Lovino le tomó la otra mano y juntos trataron de salir.
No se percataron de que uno de los cuerpos no era precisamente un cadáver aún, y, aprovechando el tiempo que ellos tardaron, logró hacer un corto circuito con una computadora. "Al menos no saldrán ilesos, pequeños bastardos." Así que en un par de segundos la mitad del gran lugar estaba envuelto en llamas abrazadoras, las cuales no se apagaron ni con los aspersores.
El sonido de la explosión los aturdió junto con el calor que los envolvió por completo; corrieron tomados de la mano buscando la salida trasera. Gracias a que los dos adultos escucharon la explosión los encontraron aún adentro. Ludwig y Antonio, para proteger a los jóvenes, usaron sus chalecos para cubrirles la cabeza y luego los llevaron a la salida lo más rápido que pudieron.
El problema surgió al salir. Se toparon con la justicia, así que Ludwig tomó a Feliciano de la mano mientras que Antonio tomó a Eliot en la espalda y a Lovino abrazándolo lo mejor que pudo, para protegerlos al mismo tiempo que corría detrás del alemán.
El fuego aumentaba su poder y tuvieron que apresurarse para encontrar la otra salida que les quedaba, la de emergencias. La adrenalina recorría sus cuerpos por completo, la necesidad de salir y escapar era lo único en sus mentes. Varios policías los siguieron y trataron de seguirles el paso, pero el lugar tenía sus pasillos y cabinas, y ellos tenían la ventaja; sin embargo hubo una nueva explosión y detuvo la persecución por un momento. No pudiendo seguir se enteraron, ambos bandos, que debían salir lo más pronto posible si no querían morir.
Antonio siguió a Ludwig, el cual en vez de usar la puerta metálica, que obviamente el calor ya la había vuelto inservible al lograr expansión térmica, terminó rompiendo una ventana alta y salió para poder atrapar a Feliciano quien fue ayudado por el español. Luego fue Eliot y Lovino, después Antonio logró subir y salir. Ahora les quedó correr más que la policía.
Al haber estar más tiempo en el fuego y haber llevado más carga, Antonio no pudo seguir llevando a los menores así que los tomó de la mano y los hizo llevar el mejor paso posible; al igual que Ludwig el cual también resentía el esfuerzo. El menor de los italianos no podía correr tan rápido y al girarse vio que poco faltaba para que descubrieran su localización por lo que, sabiendo que estaba causando más lentitud y que no quería que atraparan a sus hermanos adoptivos, se soltó y corrió en dirección contraria.
—¡E-Espera! ¡Oye, ¿Qué haces?!—Lo llamó Antonio, confundido.
—¡Maldición! ¡Eliot! —Gritó Lovino.
—Alcáncenos luego, —Les dijo Ludwig siguiendo con Feliciano, el cual estaba más que preocupado.
Antonio aceptó y junto con Lovino se devolvieron para buscar a Eliot. Pero pronto escucharon algo y se detuvieron en seco.
—¡Soy el único que queda!
La voz se parecía a la del menor, sollozando y con tono de súplica y miedo decía lo que venía a su mente para convencer a los oficiales: —Lo lamento…en verdad… Yo no quise pero me obligaron y eran lo único que tenía… Ellos murieron y…
—¿Esos se quedaron adentro? —Preguntó un policía incrédulo.
—Sí, —Lloró más fuerte que antes, causando lástima: —Me lograron sacar pero ellos se quedaron adentro quemándose junto con los cadáveres. ¡Todos murieron!
La conversación continuó. Y Antonio entendió que no podía regresar a menos que quisiera que ese sacrificio fuese en vano, al menos si decía algo sobre "obligar" no le causaría tantos problemas al chico. Decidieron regresar y luego buscar una manera de traerlo de vuelta; a menos que consiguiera familia, después de todo, ellos lo habían adoptado.
La molestia y cierta pesadumbre se mostraron en el rostro de ambos italianos. Lovino estaba cruzado de brazos con la mirada un poco baja; finalmente bufó comentando: —Maldición, pero al menos él está bien.
—No sabemos dónde está —Reprochó Ludwig, con Feliciano sobre sus piernas abrazado a él, le acariciaba la espalda en forma fraternal.
—Pero él dijo que fue obligado, nos salvó el pellejo e hizo constar su inocencia…Aunque fuera falsa., —Comentó el español.
—Entonces si él pudo tener un plan en tan rápido momento, —Comenzó Feliciano—. Yo también puedo, no puedo quedarme atrás de fratello.
—No puede ser… —Suspiró pesadamente el alemán, extendiendo sus brazos a lo largo del sofá y haciendo su cabeza para atrás.
—Entonces mi hermano no queda fuera de todo y punto. —Afirmó Lovino.
—¿Cómo llegamos a este punto? —Preguntó Antonio dado a los giros de la conversación.
—No tengo idea… —Respondió el mayor mientras miraba al techo.
Era ya tarde, y el tiempo empezaba a enfriarse más de lo normal. Los últimos dos días habían sido más fríos y este no hacía cambios aparentes.
Siguieron hablando mientras poco después llegaron a la sala una mujer elegante, de cabellera rubia y larga atada en un moño dejándose caer varios mechones; ojos azules y tez fina y blanca. Ella es delgada y de lo que es considerado un cuerpo torneado y firme. A su lado le acompañaba un joven de cabello chocolate más lacio, corto antes de los hombros, ojos marrones oscuros y piel blanca. Él utilizaba ropa tradicional hongkonesa.
—Hemos llegado…o algo así. —Anunció el menor.
—Afuera está algo frío, chéris —Habló sonriente la mujer francesa—. Deberían de usar abrigo incluso aquí adentro —Decía acomodándose la larga gabardina violeta que traía puesta.
Lovino la miró con molestia y simplemente espetó: —No tengo ganas, maldita sea.
—El pecho de Ludwig es mejor —Dijo infantil el menor de los hermanos.
—Apártate. —Ordenó Ludwig.
El rubio no esperó nada, se lo quitó de encima rápidamente. No era un pedófilo como para recibir esa clase de comentarios tan desvergonzados de un mocoso.
La mujer rió sutilmente, cubriendo su boca con la mano. Comentó con una ligera sonrisa: —Déjalo, parece que es tu protegido.
—Marianne, no lo apoyes —Le dijo Lovino—. Es un bastardo.
—Déjenlo ya —Dijo Ludwig, molesto, dejando al menor a un lado y cruzándose de piernas masculinamente.
Segundos después Antonio, colocándose del lado de los deberes y con una sonrisa, llamó al hongkonés amablemente y este simplemente lo volvió a ver. Mientras el español tomaba una botella de licor de la mesa frente a él, preguntó al muchacho: —Kuroi, ¿Lograron enviarlo?
—Sí —Respondió sin ninguna emoción aparente—. Me voy a mi cuarto, creo que tengo frío.
Dicho esto Kuroi se fue tranquilamente hasta el pasillo para llegar a su habitación. Marianne lo miró alejarse, y mirando al grupo con una sonrisa dijo complacida: —Fue sencillo.
—Al fin —Suspiraron los cuatro al mismo tiempo.
—Bueno, si me disculpan —La mujer se giró a punto de irse.
—Dale de comer al marica ese —Dijo en forma despectiva Lovino.
—Qué cruel eres, mon cher —Le dijo sin mucho ánimo antes de ir.
Los demás se quedaron hablando en la sala mientras Marianne se iba a la cocina a preparar algo para el rehén. Después de unos minutos llegó con un vaso de leche tibia y un plato de comida para el joven canadiense encerrado en la parte más oculta y profunda de toda la guarida, buscó la celda de él. Cuando la encontró abrió la puerta y cerró tras su entrada. Matthew estaba acurrucado sobre sí mismo en una esquina, temblaba de frío puesto que ese cuarto estaba falto de calor y sobretodo estaban ya entrando en el invierno.
—Mon amour… —Suspiró la francesa, compadecida, hacia el muchacho—. Cómo te tienen…
Era la primera vez que lo veía y ella tenía algo de tacto por lo que no le agradó verlo tan deplorable, aunque fuera un rehén. Se sintió un poco mal al verlo, ella era cuanto menos cinco o diez años mayor que él y realmente para Marianne era como si viera a su hermano menor en su lugar, sólo que más joven. No, no le hacía ninguna gracia, podía ser cruel con quienes lo merecían, pero no con inocentes y menos de esa forma.
Matthew se asustó al verla, ignorando el saludo extrañamente amable, y se abrazó con más fuerza. Al verla acercarse, aunque borrosa, sólo optó por dar balbuceos temblorosos y emitiendo nada más que miedo y cansancio.
—N-No me hagas daño… Po-por favor, me he portado bi-bien… S'il vous plait.
Suplicó. En la semana tenía dosis de golpes, si se acordaban una comida por día y las únicas palabras que recibía eran insultos y amenazas. Su mente y cuerpo estaban cansado e incuso su rostro pálido y ojeroso, aparte de notarse con manchas de golpes y cortadas, evidenciaba que había bajado de peso considerablemente. No, no la pasaba nada bien, era horrible a decir verdad.
Marianne se compadeció más al verlo de cerca, no hizo movimientos bruscos y amablemente le dijo: —No te haré daño, no soy una bruta. Comprenez vous?
El joven la miró de reojo a como pudo, viéndola acercarse con suavidad y poniéndole una bandeja con comida en frente. Y comida fresca y humeante, no desperdicios o añeja. Matthew vio el plato, desconfiado, aunque prefería que lo trataran amablemente y con calidez, sentía incómodo y extraño que lo trataran de tal forma en un lugar como aquel.
—Eh… Nunca me dan… A-Algo así. —Dijo en voz baja.
—Yo la preparé así que come, no está envenenada…—Pasó un dedo por el borde en donde había algo de salsa y lo lamió— ¿Ves? Si yo estoy bien probando esto tú también puedes.
El canadiense sólo la miró, desconcertado. Pero sintió su estómago rugir y se acercó con timidez tomando el cubierto. Lentamente se llevó un bocado, la mujer sonrió complacida.
—Está… —Decía apartando el tenedor—. Rico… Gracias…
Matthew se sintió bien, algo apenado por la mujer tan amable ya que al principio fue desconfiado, pero le agradaba. Se sentía un poco mejor y le daba algo de tranquilidad, sólo un poco, tener algo de bonita atención estando capturado.
—No hay de qué, mon cher —Dijo en tono suave.
Matthew siguió comiendo con paciencia. Mientras tanto, unos pocos minutos después, Marianne se quitó su abrigo y se lo colocó al muchacho sobre los hombros de él.
—¿Eh…? —Él la volvió a ver, sorprendido.
—Tranquilo…—Dijo al sonreír—. Solía ser de un hombre así que no importa si tú te lo pones, además aquí hace frío.
Sus ojos mostraron una amabilidad linda y acogedora, pero rara, Matthew realmente no quiso saber la razón de "solía".
—Es…es que…
No pudo seguir. Se avergonzó y apartando la vista se abrigó volviendo a su posición anterior contra la pared, retraído nuevamente. Un leve rubor cubría sus pálidas mejillas, no creía que ella le diera un abrigo; es más, no cría que alguien, un enemigo, lo tratara tan bien. Matthew sólo pudo decir una palabra más antes de sumirse de nuevo en sus pensamientos.
—Gracias…
—Por nada —Dijo amablemente.
Marianne cogió el plato con la mitad de la comida y el vaso vacío y se fue del cuarto volviendo a ponerle seguro al llavín.
Matthew no sintió tanto frío, le redujo un poco al menos. Pasaba siempre en el mismo lugar. Estaba harto de esa horrible celda, ¿Acaso esos tipos no entendían que Alfred jamás haría tales cosas? ¡Sus demandas eran inaceptables! Al parecer no, pero se sentía mal, enfermo, adolorido. Se preguntaba cómo estaría su cachorro Kumajiro.
Al mismo tiempo Francis se encontraba en la casa de los hermanos, llegó específicamente para darle de comer al cachorro. Pero claramente no quería eso solamente; buscó el paquete que le había traído a Alfred hace días. Lo encontró cerrado aún en el mismo lugar que Matthew lo había dejado.
Francis sonrió levemente, casi haciendo una mueca que no decía nada en realidad. Con el sobre en mano, cubierto con una fina capa de polvo, suspiró mientras sacaba un cigarrillo para colocarlo sobre su boca.
—Sabía que ni le había echado el ojo… Qué descuidado que es.
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Disculpen la demora, el cole me sigue comiendo viva. Pero esta historia me gusta tanto que debo sacar tiempo para dedicarle tiempo así que aquí está el cap.
Gracias por su atención, nos leemos, ¿merezco reviews?
