No confundas mi personalidad con mi actitud:
mi personalidad es quien soy yo;
mi actitud depende de quién seas tú… (Anónimo)
CAPÍTULO 5:
"La verdadera cara"
Lo primero que Simba sintió cuando despertó a la mañana siguiente fue una fatiga general, que le hacía querer quedarse dormido durante un día más. Sin embargo, sintió un aroma llegar a su nariz y una pequeña patita tocando su frente repetidas veces. Era algo que solo podría estar haciendo ella… Abriendo los ojos poco a poco, Simba comprobó que tenía razón al encontrarse a Kiara delante de él, con una gran sonrisa adornando su rostro. El Rey no pudo evitar compartir su alegre expresión.
—¡Papá! —gritó Kiara, emocionada, restregándose contra la melena roja de su padre—. ¡Ya estás despierto!
—Kiara… —dijo Simba en un susurro. De pronto, todos los recuerdos de lo que había acontecido el día anterior vinieron a su mente—. No vuelvas a asustarme así nunca más… —añadió, asustado con el tan solo hecho de recordar que pudo haber perdido a sus dos hijos.
—Lo siento, papá… —se disculpó la pequeña, enterrando su hocico aún más en la melena de su padre—. Yo no quería…
—No te preocupes, Kiara —la interrumpió su padre, separándose un poco de ella y acostándose bocabajo—. Lo único que me importa es que ambos están bien —le dijo con una sonrisa.
—Sí… He aprendido la lección y no lo volveré a hacer más. Decepcionar a mis padres ha sido un auténtico castigo… —dijo Kiara inocentemente, bajando la cabeza para luego elevar su mirada de pupilas dilatadas y brillantes.
—No cuela, Kiara —le dijo rápidamente Simba, con una sonrisa divertida—. Una wiki castigada, tú y tu hermano —declaró.
—No podría estar más de acuerdo —le respaldó una voz femenina.
Padre e hija miraron al frente, encontrándose a Nala quien, junto con Sarabi y Sarafina, entraba al lugar donde el Rey y el Príncipe se hallaban descansando. Una mirada severa cayó sobre Kiara. La noche anterior ambas tuvieron una pequeña charla en la que la Reina dejó ver lo decepcionada que se sentía por que su hija hubiera desobedecido a su padre, pero a la vez le mostró su alivio por que ambos se encontraran bien, teniendo en cuenta de lo que era capaz Zira. Antes de irse a dormir, Nala le hizo saber a Kiara que, cuando Simba se despertara, ambos elegirían un castigo apropiado para los dos. Una semana sonaba perfecta para ella.
—Oooh… —se quejó la menor, echando las orejas atrás.
La mirada de Nala enseguida se suavizó cuando cayó sobre Simba. Rápidamente, fue trotando al lado de su pareja y lo acarició con afecto.
—¿Estás bien, Simba? —le preguntó, angustiada.
—Sí, no te preocupes —le respondió él, feliz de tenerla al lado.
—Bien —dijo Nala, separándose de él repentinamente y proporcionándole un pescozón.
—¡Au! —se quejó Simba—. ¿A qué viene eso? —le preguntó, frotándose la cabeza.
—¡Eso por asustarme! ¿¡Es que acaso estás mal de la cabeza!? —preguntó Nala enfadada.
—¿¡Que si yo estoy mal de la cabeza!? ¡Yo he sido el que ha sido atacado! —le recordó el Rey, frunciendo el ceño.
—Mira, mira, Sarabi, ¿no es adorable? —preguntó de pronto Sarafina, mirando a su consuegra, divertida—. Ya se comportan como un auténtico matrimonio.
Y ambas se echaron a reír, juntándoseles Kiara también, que se reía más por el porrazo que por el chiste de las dos adultas. Nala se quedó mirándolas un momento y luego miró a Simba. Esbozó una pequeña sonrisa y luego trató de contener su risa tan bien como podía. Simba las miró a las cuatro, molesto.
—¡No tiene gracia! —protestó, sonando como un niño pequeño.
Un gemido llamó la atención de todos, haciéndoles contemplar a Kopa despertándose. Al principio, el Príncipe miró algo confuso las vendas que cubrían su costado, luego pareció recordar todo lo que había pasado y miró al frente, encontrándose con su familia.
—¡Kopa! —dijo Kiara, contenta, corriendo al lado de su hermano—. ¡Lo siento mucho, Kopa! —le dijo, abrazándolo por el cuello fuertemente.
—¡Kiara… que necesito respirar! —le dijo el cachorro, bastante incómodo.
Kiara lo soltó un poco, sin quitarle la vista de encima—: Gracias por salvarme —añadió sonriendo.
—De nada… —le dijo él, encogiéndose de hombros, como si no fuera algo importante.
—Te la debo, si quieres algo, pídemelo —le dijo su hermana con ojos brillantes de admiración.
Kopa colocó una pata bajo su mentón, pensativo. Finalmente, dijo—: Bueno, dame la mitad de tu ración de comida por un mwezi y en paz.
—… … ¿Sabes qué? El deber de un hermano mayor es proteger a la hermana pequeña, así que en el fondo no te debo nada por cumplir con tu obligación —le dijo Kiara sonriente.
—¡Eso no es justo, Kiara! —se quejó el mayor.
—Venga, va, si te vas a sentir mejor te dejo que me digas varias opciones y yo elijo—le dijo la cachorra, meneando la pata en el aire, sin el más mínimo interés.
—¡Es que tú no tienes que elegir la que más te guste, Kiara, yo soy el que decide! —le dijo su hermano, haciendo un puchero.
—A ver, ustedes dos, ya paren… —dijeron Nala y Simba a la vez, con los ojos entrecerrados de cansancio.
—Mira, mira, Sarafina, ¿no es adorable? —dijo entonces Sarabi, mirando a su consuegra, divertida—. Ambos se están comportando como padres de verdad.
Y ambas leonas se echaron a reír una vez más, mientras el matrimonio real las miraba con el ceño fruncido y los mofletes inflados de molestia.
—¡No tiene gracia! —se quejaron los Reyes.
—Mamá, papá, siento lo que ha pasado… —dijo entonces Kopa, cabizbajo—. Prometo que no volverá a ocurrir, y siento haberlos decepcionado. Eso ya es…
—Déjalo, Kopa —le interrumpió Kiara, colocando una pata consoladora en su hombro—. Ya estamos castigados una wiki…
—Oooh… —se quejó el mayor al igual que había hecho su hermana anteriormente.
Los adultos solo se miraron sonriendo, felices de que todo estuviera bien… Al menos, por el momento.
—¿Seguro que puedes solo?
—Sí, mamá…
—Porque, si necesitas ayuda, a mí no me importa acompañarte…
—Descuida.
—¿Por qué no dejas que Nala vaya contigo?
—Nala se va a encargar de la otra mitad de la frontera; así será más rápido.
—Al menos, llévate a Timón y Pumbaa contigo…
—¿A patrullar las fronteras? —Simba soltó una pequeña risa—. Está bien, mamá, ¿qué es lo que pasa?
—Nada… —La antigua reina desvió la mirada.
—Mamá…
Sarabi suspiró—: Simba, acabas de despertarte tras haber sido herido por… Por esa. —Su madre arrugó el hocico, asqueada ante la mención de Zira—. Ahora que eres padre imagino que comprenderás mejor por qué no quiero que vayas a patrullar las fronteras tú solo.
Simba echó las orejas para atrás y le dedicó a su madre una mirada llena de lástima. Sí, era cierto, cuando tuvo hijos empezó a entender muchas más cosas que sus padres hacían o le decían cuando no era más que un cachorro; no le hizo falta mucho pensar para sentir en carne propia lo que su madre estaba viviendo. Es más, Simba había prohibido salir de la guarida a Kopa durante los primeros días, no sólo por su castigo, sino porque temía que fuera a hacerse daño si salía de la seguridad de la cueva familiar. Antes de que Simba pudiera hacerle saber a su madre que la comprendía, Sarabi se acercó a su hijo y comenzó a acariciarlo cariñosamente.
—No puedo volver a perderte, Simba… —le confesó con voz rota.
Y en la garganta del joven Rey se formó un nudo que le impidió hablar. En su lugar, acarició a su madre y la acercó más a sí mismo abrazándola con una pata. Sarabi estaba tan acostumbrada a no dejar ver a la manada cómo de rota se encontraba que al final acababa haciéndolo también con su hijo, inconscientemente. Simba jamás se lo echó ni se lo echaría en cara, sabía que sus padres fueron educados para ese papel, eran gajes de su oficio y nos les quedaba opción. El problema venía cuando él, como el resto de leonas, de verdad se creía que su madre era de piedra, y se olvidaba de que pasó cerca de cuatro años llorando y sufriendo la muerte falsa de su hijo. Podía notar que su madre estaba luchando por no dejar salir las lágrimas, y eso lo destrozaba más.
—Mamá… —dijo con una débil voz—. Mamá, está bien…
Y eso logró que la antigua reina rompiera en llanto. Simba intentó ser fuerte para darle consuelo; porque ahora le tocaba a él. Nadie sabía las pesadillas que Sarabi tuvo cuando Scar le contó a la manada que su esposo e hijo habían muerto en una estampida, nadie sabía lo mucho que lloró en silencio y soledad, nadie sabía lo rota que se sentía, nadie sabía cuánto deseaba poder abandonar este mundo para poder reunirse con su familia de nuevo. Nadie. Sarafina fue la única que supo ver más allá, y se quedó a su lado noche tras noche, y le ofreció su hombro para llorar y palabras confortantes que lograban calmarla. Y su hija, Nala, una vez creció, también se convirtió en un gran apoyo. Cuando ella se fue, exiliada por Scar, le tocó el turno a Sarabi de consolar a Sarafina, quien parecía que iba a tardar más tiempo en levantar cabeza, creyendo que no volvería a ver a su hija nunca más. Poco sabían ambas madres que estaban equivocadas, pues Nala regresó, trayendo a Simba de vuelta a su hogar.
La primera vez que Sarabi vio a su hijo, pensó que estaba soñando. Era como si Mufasa hubiera vuelto de la muerte para ayudarla a ponerse en pie, para salvarlas a todas. Cuando se enteró de que quien estaba frente a ella era Simba y no su esposo, la felicidad siguió presente, siendo acompañada de una gran fe. Su hijo estaba vivo, había vuelto, estaba dispuesto a luchar contra Scar por tomar su lugar como legítimo Rey. Pero fue torpe y creyó en las palabras de su cuñado. De verdad se creyó que su hijo había tenido algo que ver con la muerte de Mufasa. Su hijo, quien había adorado a su padre en vida, disfrutando cada segundo de su compañía… Ni siquiera a día de hoy se lo perdonaba. El no haberse interpuesto entre Scar y su hijo, el haber dudado de él… El no apoyarlo como era debido en sus decisiones como Rey. Era algo imperdonable. Y, aun así, su hijo estaba ahí, brindándole apoyo, dejándole ver que él estaba ahí y que no tenía intención de irse, de abandonarla otra vez. Fue suficiente para calmar su llanto, para desahogarse, para sentirse liberada de las cadenas que la habían tenido presa durante todo ese tiempo.
Simba, por su parte, estaba intentando no romperse ante su madre, pues sabía que así solo la haría sentir más culpable. Sentía tanta ira… Todo el sufrimiento que su madre tuvo que pasar por culpa de Scar… Scar. El joven león dejó de lado todos los sentimientos negativos por un instante. Scar era el responsable de la muerte de su padre, del dolor de su madre, de sus inseguridades… Y ahora era también responsable de que sus hijos siguieran con vida. Y él, también. Simba dudaba que Scar se hubiera vuelto altruista de pronto. Si Scar hacía algo era porque ya había pensado muy detenidamente qué podría sacar de provecho, qué ganaría con tal acción, de qué manera podría usarlo a su favor.
Actualmente, la relación que él mantenía con su tío no era la mejor; a decir verdad, ya no había relación, así de simple. Scar era tan consciente como Simba que él le estaba dejando estar en el reino por bondad, una que, a ojos de la manada entera, no merecía. Y el Rey, en el fondo, estaba de acuerdo con ellas. Si él se hubiese dejado llevar por su sentir, Scar habría estado ya exiliado desde hace mucho tiempo, o incluso hubiera dejado que las hienas lo hubiesen hecho pedazos. Pero la culpabilidad lo hubiera vuelto loco con el tiempo, y además se unía el hecho de que Scar tenía hijos. No quería separar a unos cachorros tan pequeños de su padre; él sabía perfectamente cómo se sentía eso, no deseaba que nadie más tuviera que pasarlo. Sus acciones y razones eran puras, nobles, salían del corazón; las de Scar… Eran todo lo contrario. Scar jugaba, maquinaba, destrozaba, pensaba solo en él y en nadie más. Si había salvado a sus hijos era porque algo ya tenía en mente preparado para él y su familia, y el no saberlo lo desquiciaba.
—No lo entiendo… —acabó diciendo en voz alta, una vez su madre se hubo separado de él.
—¿El qué? —preguntó ella, confusa.
—No entiendo por qué lo ha hecho —confesó Simba, meneando la cabeza.
Sarabi se puso rígida. Lo sabía, sabía que ella sería la primera en quien su hijo confiaría para decirle que no comprendía las razones que Scar tuvo para salvar a sus nietos. Podía ver que Simba desconfiaba de su tío – y muy justificadamente – pero ella sabía que, en este caso, las acciones de Scar no fueron hechas desde la frialdad o el egoísmo. Seguía odiando a su cuñado por todo lo que había hecho, pero mentir no estaba bien, y ella fue la única que vio claramente cómo su esposo sufrió en vida cada vez que escuchaba o se enteraba de lo que el resto de la manada pensaba de su hermano; Mufasa les había tenido que parar los pies las pocas veces que las leonas se despistaban y lanzaban una mala palabra contra Scar, mientras ella se mantenía en silencio, escuchándolas despotricar contra su cuñado. Sabía que estaba mal, pero nunca encontró razones para hacerlo. En el fondo, Sarabi jamás se llevó bien con Scar, odiaba cómo trataba a Mufasa y ese odio que le dedicaba sin motivo, cuando Mufasa siempre intentó llevarse bien con él y tener una buena relación. Pero por mucho resentimiento que tuviera, mentir estaba mal, y Sarabi nunca fue conocida por ser una mentirosa… Ni tampoco lo fue por ser una chivata.
—Eso es algo que deberías hablar con él —le dijo con una sonrisa serena.
Simba, enseguida, mostró un gesto de desaprobación unido a decepción. Lo último que se esperaba era que su madre también le insistiera en que debía ir a hablar con su tío… Sarabi sintió un pinchazo en su pecho al ver la mirada de su hijo. Seguro que pensaba que le estaba traicionando, pero ella le había hecho una promesa a Rafiki. Ella tampoco estaba muy convencida de que esto fuera un buen plan – la actitud de su hijo lo corroboraba – pero si esa era la voluntad de Mufasa, ella, como su esposa, amiga y madre de su hijo, lo haría.
—Simba, no es mi lugar decírtelo —le explicó, tratando de sonar convincente—; tampoco es el lugar de Nala o ninguna otra leona. Si de verdad quieres saber el porqué de las acciones de una persona, lo mejor que se puede hacer es preguntarle.
—Mamá, él… —Un largo suspiro en un intento de controlar su ira—. Eso no se puede aplicar con él, mamá; él miente en todo lo que dice —dijo con rencor.
—No lo hará, no en esto —dijo rápidamente su madre con una expresión seria en su rostro—. Confía en mí.
Simba miró al suelo, gruñendo por lo bajo. Él jamás dudaría de la palabra de su madre, era consciente de que nunca le aconsejaría algo que fuera a hacerle daño, pero eso… La miró por un momento, viendo cuán en serio le estaba hablando. Él confiaba en su madre, pero no en su tío… Sarabi se dio cuenta de la incertidumbre de su hijo y, delicadamente, se acercó a él para acariciarlo.
—No tienes por qué decidirlo ahora, ni siquiera te estoy diciendo que debas hacerlo… Tampoco que debas perdonarlo —le dijo en un susurro afectivo, utilizando ese tono maternal que era característico solo de las hembras—. Todo eso depende de ti, serán tus decisiones y nadie puede juzgarte por ellas. Hijo, decidas lo que decidas, yo te apoyaré y estaré a tu lado…
Y entonces, madre e hijo se fundieron en un intercambio de caricias. Las palabras de Sarabi no ayudaron a Simba a decidirse, pero sí a sentirse mucho más seguro de lo que se había sentido en mucho tiempo.
La noche cayó justo cuando Simba finalizó de patrullar las fronteras del reino. No había pasado nada en meses, ni una sola hiena se había atrevido a volver al reino tras el desastroso final que tuvo el reinado de Scar. Scar. Simba se había pasado el resto del día soñando despierto, recordando las palabras de su madre una y otra vez. Sarabi parecía estar muy segura de que hablar con Scar era lo mejor que podía hacer; Rafiki, antes de todo el incidente en las Tierras Oscuras, se lo había dejado claro también. Ambos eran los más sabios del reino y los que poseían más experiencia, y fueron los dos quienes le dijeron que debía ir a hablar con Scar directamente sobre todo lo que había pasado.
Inconscientemente, Simba elevó la vista, observando un cielo nocturno que estaba plagado de estrellas. De nuevo, sus ojos se quedaron clavados en esa estrella pequeña que trataba de brillar más de lo que era capaz. Cada noche, Simba estaba más seguro de que esa estrellita era su padre, tratando de hablar con él. También apreciaba como su brillo parecía disminuir conforme pasaba el tiempo, y eso lo entristecía en enorme medida.
De pronto, la mente de Simba llegó a la conclusión de que quizá ser así de cabezón y negarse en hacer caso a los consejos libres de malicia de su madre y Rafiki no era lo más sabio. Puede que su padre tratara de hacerle ver que estaba tomando el camino erróneo, y el joven Rey tenía que admitir que tendría toda la razón del mundo. Si él se dejaba dominar por la testarudez jamás podría encontrar las respuestas que necesitaba. Él ahora mismo tenía una oportunidad de oro, tenía vivo y bajo su mando al causante de todos sus males, podía preguntarle todo lo que quisiera y no permitiría un no por respuesta, ni más juegos mentales o mentiras. Solo la verdad.
Con pasos decididos, Simba se fue directamente al árbol de Rafiki. Esta noche iba a tener las respuestas que él quería, no iba a dejarse achantar por Scar. Ya no era un cachorro, podía defenderse solo, y, además, si su tío pensaba que todavía podía jugar con su cabeza estaba muy equivocado. Simba ya no era ningún inocente, conocía sus pecados y podía lanzárselos en cara siempre y cuando le viniera en gana, teniendo razones más que justificadas. Tenía también la corazonada de que Scar no se atrevería a pelear con él cuerpo a cuerpo, teniendo en cuenta que su cojera aún perduraba y podía vencerlo fácilmente.
Simba se encontró delante del baobab de Rafiki mucho más pronto de lo que esperaba. Entonces, se fijó en que estaba jadeando y su cara ardía; de seguro había hecho el viaje a zancadas, preso de su furia. Sacudió su cabeza y lanzó un profundo suspiro para calmar sus latidos y, acto seguido, se acercó al tronco del árbol. Entrecerrando los ojos, Simba trató de ver la oscura figura de Scar entre las hojas del árbol sin mucho éxito.
—Scar —llamó de pronto, firmemente.
Sin respuesta. Frunció el ceño. No iba a darse por vencido. Se tomó la libertad de adentrarse en el árbol, teniendo ahora una mejor visión de las ramas. Aun así, seguía sin ver a su tío. Arrugando la nariz, Simba comenzó a olfatear el ambiente, captando un leve aroma que conocía muy bien.
—Sé que estás aquí, Scar —dijo molesto.
Unos pocos segundos después, dos ojos verdes resplandecieron en la oscuridad, en lo alto de una de las ramas, clavándose en su piel. Simba no mostró ningún sentimiento, aunque por dentro admitía que la mirada era capaz de congelar su alma. Lentamente, Scar descendió por la rama, sin molestarse en bajar del todo. Tomando asiento, observó a su sobrino de arriba abajo.
—Ah, Simba, ¿qué ha ocurrido para que me dediques un hueco de tu apretada agenda real? —preguntó el mayor, con un sarcasmo marcado en cada palabra.
Simba solo rodó los ojos ante la mordacidad de su tío—: Ahórrate tus comentarios, Scar; he venido solo porque quiero que me respondas a algunas preguntas.
Fue entonces el turno de su tío de fruncir el entrecejo—: ¿Y qué te hace pensar que voy a contestarte? —le preguntó con una molestia clara en su voz.
—El hecho de que estás en mi reino y yo tengo máxima autoridad sobre ti —respondió rápidamente Simba, decidido a no flaquear dijera lo que dijera Scar.
—Bueno, ¿y quién es el responsable de que siga aquí? —le dijo, mostrándose impasible.
—Yo conozco los motivos de mis acciones, Scar, y no tengo por qué explicártelos; lo que necesito es conocer los tuyos —explicó Simba con pasividad y observando a su tío fijamente, esperando ver algún indicio de sentimiento en sus facciones. Nada. Vaya una sorpresa…
—Si tú no tienes necesidad de explicarme tus razones, ¿por qué yo he de explicarte las mías? —inquirió Scar, elevando una ceja.
—Porque yo soy el Rey; yo soy quien hace las preguntas y quien necesita saber todo lo que sucede en su reino —le volvió a recordar Simba, viendo como esta vez sí había tocado un punto débil en su tío.
El león oscuro arrugó su semblante—: Por supuesto, de tal palo tal astilla —comentó con una sonrisa ladeada—. A papá también le encantaba recordarle a los demás cómo él estaba por encima de cualquier ser viviente por puro azar.
Simba enterró las garras en la madera, reprimiendo un rugido en lo más profundo de su garganta—: No te atrevas a mencionarle, Scar —le advirtió entre dientes.
—Ah, pero, Simba, ¿cómo voy a responder a esas preguntas que matraquean tu mente si no puedo nombrar al protagonista? —preguntó Scar, con un fingido tono de inocencia.
—En ese caso, solo podrías mencionarlo cuando yo te haya formulado la pregunta; ni antes, ni después —respondió Simba, serenamente—. Aunque no son esas las razones que venía a averiguar.
—¿Oh? ¿Y qué otras necesitaría saber su real majestad? ¿Hay algo más importante que saber la causa que ocasionó tu gran pérdida? —dijo Scar, claramente disfrutando de la incomodidad que le estaba causando a su sobrino.
Simba no iba a dejarse vencer tan fácilmente. Respirando hondo, explicó—: ¿Qué causas podrías explicarme que ya no conozca? Sé que asesinaste a tu hermano porque el único sentimiento que aflora dentro de ese témpano helado al que llamas corazón es el odio; eres incapaz de sentir nada más. Y, si alguna vez has llegado a sentir un poco de amor, lo has sentido solo por ti, ya que también estás incapacitado para amar de verdad a otro ser que no seas tú.
Era algo que había tenido incrustado en su pecho desde que supo toda la verdad, era todo lo que pensaba de Scar ahora mismo. El cariño se fue, la esperanza de que pudiera haber algo bueno en el raro de su tío, también. Nada podía cambiar sus pecados, nada podía justificar sus crímenes. No había nada puro en Scar; dentro de él solo había oscuridad y él se encontraba preso de ella y no parecía querer escapar. Scar era feliz siendo un monstruo, se regocijaba del sufrimiento ajeno y lo disfrutaba aún más cuando era él quien lo provocaba.
Algo sorprendido, apreció un brillo en los ojos de Scar que expresaba dolor. En un principio, creyó que su mente le estaba haciendo ver cosas; de todas formas, él no estaba acostumbrado a herir a los demás y no sufrir culpa alguna. Pero según pasaban los segundos, el brillo seguía ahí, sin presentar indicios de querer desparecer. Scar clavó sus esmeraldas en su piel, y Simba sintió su alma ardiendo por la intensidad del odio que ahora desprendían sus irises. El Rey no pensaba que necesitara tener cuidado con las palabras que pronunciaba ante Scar; si lograba causarle algún tipo de daño se sentiría satisfecho, pues no sería ni la mitad de lo que él le hizo pasar. Sin embargo, cuando su deseo se hizo realidad, el monarca sintió más sorpresa que otra cosa. No pensó que en verdad su afirmación pudiera molestar tanto a su tío, pero lo había hecho. De verdad había logrado perturbar la impasibilidad de Scar, algo que nadie había logrado jamás. Podía también apreciar que el león mayor no estaba para nada contento de que al fin alguien pudiera igualarse en su juego de palabras, en su intercambio de pullas.
Tras unos minutos de completo silencio, Simba observó a Scar clavando sus zarpas en la madera y apretando el mentón. Y, entonces, la sorpresa fue siendo sustituida poco a poco por un gran gozo. Le tenía donde quería, le había demostrado que ya no le temblaba la voz si tenía que ponerlo en su sitio, que de verdad había dejado el pasado atrás y sus palabras no podían herirlo más. No solo eso, le había hecho ver que ahora él tenía la sartén por el mango, que él también podía poseer una lengua viperina y no tenía miedo de usarla contra él, que ahora era su turno de devolverle todo el daño ocasionado. Pero poco a poco, y disfrutando cada momento lentamente. Aunque el silencio de Scar le resultaba placentero, Simba no pensaba irse de ahí hasta tener la respuesta que quería.
—Y es por eso que tengo mucha más curiosidad en saber por qué —habló, rompiendo el silencio y sin molestarse en ocultar cuánto se estaba deleitando con la actitud de su tío—. ¿Por qué un monstruo como tú se interpondría entre su pareja y yo para salvar la vida de mis hijos?
Ahí estaba. La palabra que Scar había estado esperando que saliera de la boca de su sobrino desde que había escuchado su declaración anterior. Monstruo, traidor, asesino… Eran palabras que estaba acostumbrado a oír dirigidas a su persona, pero hacía tiempo que no le dolieron tanto como hoy. Por alguna razón, el que Simba fuese el que se la dedicó le afectaba de una manera más especial. Y eso lo enfurecía. Aunque no tanto como ver que su sobrino sabía que le había hecho daño y lo estaba disfrutando. A diferencia de lo que Simba pensaba, él no se mantuvo callado por el dolor ocasionado, sino porque comenzó a recordar cosas, cosas que lo incapacitaban para hablar, para hacerle callar, para hacerle irse y dejarle en paz, al menos por esa noche…
En cierto sentido no creía que tuviera que explicarle nada a Simba. Él hizo lo que hizo porque sí, y él no era nadie para interrogarlo, por muy rey que fuera… Esa prepotencia era heredada de Mufasa, él lo sabía bien. Ya fuera cachorro, joven o adulto, su fallecido hermano no desperdiciaba ninguna oportunidad para recordarle que si estaba viviendo en el reino fue por su acto de bondad y debía agradecérselo hasta con su vida si hacía falta; no había momento del día en que Mufasa no le recordara a Scar cuál era su lugar: a su sombra, en donde debía permanecer callado y obedeciendo ciegamente todas sus órdenes, como el resto de la manada hacía.
Scar siempre se negó.
Hubo un tiempo en que todo le daba igual. No le resultaba importante si su hermano era legítimo rey o no, si él merecía la corona o no; no le importaba si todos tenían una idea equivocada de él y se dedicaban a darle de lado. Esa gente nunca fue su familia, jamás lo aceptaron, había aprendido a vivir con ello… Pero no pasaba por alto la actitud de Mufasa, sus acciones, sus formas… Mientras el reino entero creía que Mufasa puso alma y corazón en arreglar las cosas con el antipático de su hermano, la verdad era que Scar lo había estado intentando mucho más tiempo, había intentado mentalizarse de que las cosas debían ser así, que ni Mufasa ni él eran iguales y, por tanto, su puesto en el reino debía ser distinto. Scar no era un príncipe, no fue educado para saber cómo debía comportarse la realeza según qué situaciones; su hermano, sí. El problema no era quién se sentaría en el trono y quién no, el problema nació de las traiciones, de la falsedad, de las mentiras… Scar no sabía cuándo llegó a su límite, pero llegó. Finalmente, ya no soportó más y conforme pasaban los días la locura se apoderó de él, cegando su juicio, haciéndolo hacer cosas que él jamás pensó que sería capaz de hacer.
Elevó su vista, fijando su mirada en los ojos de su sobrino, que mostraban una clara felicidad al haber quedado claro que era superior a él. Scar arrugó el hocico una vez más. Por supuesto, Simba no sabía ni la mitad, era un ignorante de todo lo que había pasado, y aun así estaba involucrado en todo el asunto. Además, como el resto del reino, Simba creía que su padre era una especie de dios: tan perfecto, sin un solo fallo, digno de respeto y amor incondicional por el tan solo hecho de existir… Simba conoció la mejor parte de Mufasa… y la peor parte de él. Monstruo… ¿Que tengo en el pecho un témpano de hielo, dices…? pensó Scar, sus ojos brillando intensamente de ira. De pronto, una pequeña sonrisa se formó en su rostro, una que pasó desapercibida por su sobrino a causa de la oscuridad y la rapidez con la que la hizo desaparecer. Su sobrino había venido ahí a por una respuesta, y la iba a tener. Y para más inri, iba a ser la respuesta más sincera que le habría dedicado en toda su vida. Una que no vas a olvidar.
Simba esperó pacientemente, soportando la mirada fija que su tío tenida clavada en él. Se sorprendió al ver que Scar se levantó y descendió de la rama donde había estado acostado durante toda la conversación en completo silencio. Durante unos segundos el Rey pudo descansar de la mirada penetrante de Scar, algo que agradecía, y suspiró aliviado. Sin embargo, el león de dorado pelaje tuvo que contener el aliento cuando comprobó que su tío se paró a su lado. El rojo de sus ojos se juntó con el verde de Scar por un mero momento en el que ni tío ni sobrino pronunciaron palabra. Ambas miradas eran ilegibles, pero denotaban un indescriptible cansancio. No fue hasta en ese instante que Simba se dio cuenta de lo agotado que en verdad lucía su tío; era cierto que él jamás fue el león más jovial de la sabana, pero ahora mismo Scar parecía tener encima el doble de edad con esas bolsas adornando sus ojos.
El león mayor fue el primero que separó su mirar del contrario y, con un movimiento de cabeza, le indicó al más joven que lo siguiera. Simba esperó que su tío hubiera andado un par de pasos al frente para poder seguirle sin tener que estar muy cerca de él. Ninguno de los dos leones se atrevió a pronunciar palabra. Simba sentía la tensión sobre sus hombros, haciendo que cada paso fuera más pesado que el anterior. Intentando entretenerse, decidió mirar a su alrededor, comprobando que ambos ahora se encontraban donde se hallaban descansando los antiguos reyes del reino. Cuando llegaron a la tumba de su padre, Simba notó a Scar mirándola con el rabillo del ojo, haciendo una mueca. Y, de verdad, tuvo que poner mucho de su parte para no atacarlo ahí mismo. En su lugar, hizo una pequeña reverencia con la cabeza y luego, continuó el camino.
En el momento en que Scar giró hacia la parte trasera del árbol, Simba recordó que, la última vez que había ido a visitar a su padre – cuando se había enterado de su paternidad – Scar lo había sorprendido, saliendo justamente de ese lugar. Simba se había olvidado por completo del asunto, y ni siquiera le dio importancia a ir a ver qué había en ese lugar; supuso que habría más tumbas, pero se dio cuenta que no había ni una más. El Rey pasó a mirar a su tío con una ceja elevada, bastante perdido. Por un momento pensó que le estaba tendiendo alguna trampa, pero descartó la idea: él ya no tenía ningún aliado y no podía combatirlo personalmente. Por lo tanto, Simba no se sentía nervioso ante la idea de que Scar pudiera tener la loca ocurrencia de atacarlo en solitario.
—¿Cuántos hijos tengo, Simba? —preguntó de pronto el mayor, haciéndole sobresaltarse.
Simba se tomó un tiempo para contestar, no comprendiendo el porqué de la pregunta. Rápidamente, echó un vistazo a su alrededor, tratando de sacar algo en claro de adonde lo había llevado su tío. Nunca había visto la parte trasera del árbol; estaba de cara a la dirección contraria al reino, y por lo tanto ni él ni ningún otro miembro de la manada estaba interesado en saber lo que se encontraba allí. La imagen era, por supuesto, igual que lo que él ya había visto en el otro extremo. Notó a su tío mirarlo de soslayo, haciéndole entender su impaciencia.
—Tres —respondió Simba, rápidamente.
—Mal —dijo Scar con la misma celeridad, esbozando una (¿triste?) sonrisa—. Yo tengo cuatro.
Acto seguido, Scar se apartó de delante de Simba, dejándole ver mejor lo que había frente a ambos. El Rey empinó las orejas al comprobar que en el suelo se hallaba un pequeño lirio que, inexplicablemente, resplandecía gracias a su color blanco en la oscuridad de la noche. Inmediatamente, Simba ató cabos. No quería pensar que la idea que acababa de surcar su mente era cierta, deseaba estarse equivocando o que Scar lo estuviera engañando, pero ambas opciones eran absurdas cuando Simba recordaba lo evasivas que tanto su madre como Nala fueron a la hora de explicarle el porqué del descenso de Scar a la locura durante sus últimos meses de reinado.
—Deduzco por tu cara que nadie te lo había dicho.
Y Simba esta vez sí tuvo que elevar la vista. La voz de su tío dejaba al descubierto que esto no era mentira: estaba realmente rota. Un tono de voz que no le había oído jamás y que sabía que era real cuando vio las esmeraldas de Scar totalmente apagadas. Desde que había vuelto – o, mejor dicho: desde que había comenzado a fijarse – los irises de su tío siempre se hallaban brillando, ya fuera por ira, por aburrimiento o por molestia. Ahora no había nada. Estaban vacíos y sin vida.
—Mi madre me dijo que debía hablarlo contigo —le respondió sinceramente, su voz incapaz de elevarse más del volumen de un susurro.
Una breve expresión de sorpresa por parte del león mayor—: ¿Sarabi te dijo que vinieras a hablar conmigo? —preguntó, escéptico.
—Sí. Y Rafiki también —añadió Simba, asintiendo con la cabeza.
—Bueno, eso sí es una sorpresa —comentó Scar, apartando la mirada y clavándola en la pequeña tumba.
El Rey tragó con algo de dificultad—: Nala y mi madre me dijeron que… Unas hienas te traicionaron y… por eso más de la mitad fueron exiliadas.
—Mmmh… E imagino que has estado desde ese día preguntándote qué pasó, ¿eh? —dijo Scar.
Simba calló, sin saber bien qué debía decir. De pronto, toda la confianza que tenía se esfumó. De todas las cosas que pudo haberse imaginado, esto sin duda no estaba en su mente. De repente, Simba comprendió por qué su madre le había dicho que Scar no iba a mentir y que era algo que solo podía explicarle él. Sintió un pinchazo en su hombro izquierdo, justo donde Zira le había herido el día anterior. Con tan solo recordar que Kopa estaba más herido que él, sintió sus piernas flaquear. Si Scar no se hubiese puesto de por medio, él hubiera perdido también un hijo… La cabeza le seguía advirtiendo que debía tener cuidado, pero el corazón ahora le estaba gritando que la acción de su tío fue sincera.
—¿Qué pasó? —preguntó, rompiendo el pesado silencio.
Simba notó a Scar tensarse. Sabía que quizá no era sabio preguntarle; desconocía cuánto tiempo hacía de la pérdida, pero no pudo contener la pregunta por más tiempo dentro de su cabeza. Observó que su tío vaciló un poco al hablar, algo que logró llamar su atención ya que no era común ver a Scar titubear a la hora de usar su mordaz lengua. Simba acabó por comprender que en juegos mentales su tío siempre pisaba sobre seguro, pero cuando la cosa se trataba de expresar los sentimientos, Scar podía hasta tartamudear.
—La manada entera se cree que, porque tuviera afinidad con las hienas, todas eran mis amigas —empezó diciendo el mayor—. Tu padre también lo creía así —añadió, con algo de resentimiento. Simba se esforzó en dejarlo pasar, excusando a su tío por la gravedad situación—. Pero eso está muy alejado de la verdad. Yo era amigo de unas pocas, pero no de todas. No entendían que en verdad hubiera algunas que me detestaran.
Ante eso, Simba elevó las orejas, curioso—: Yo creía que todas estaban contentas de tenerte como rey —comentó, ganándose una pequeña risa seca por parte de Scar.
—Las hienas llevaban décadas exiliadas por tu familia, Simba; durante años tuvieron que soportar hambre y penurias por culpa de los de nuestra raza, viendo morir a sus cachorros sin poder hacer nada al respecto. Por supuesto que estaban contentas de que por fin su exilio fuera eliminado… Pero muchas no podían soltar su odio hacia los leones. Claro que la actitud de las leonas no ayudaba mucho… —Una breve pausa en la que Scar se tomó la libertad de mirar a su sobrino con el rabillo del ojo, comprobando que tenía su total atención—. Shenzi es la Matriarca del clan. Cuando yo ascendí al trono, ella y yo decidimos dirigir el reino compartiendo los deberes: ella se ocuparía de mantener a raya a su clan y yo haría lo mismo con las leonas. Lamentablemente, Shenzi no podía controlar a su pareja y la influencia que ejercía sobre las demás. —Ante el recuerdo de la hiena macho, Scar tuvo respirar hondo un par de veces para no perder el autocontrol delante de su sobrino—. Supongo que ni Sarabi ni Nala se mostraron tan reacias a explicarte cómo llegaron Zira y las otras al reino, ¿verdad? —preguntó, con una ladeada sonrisa.
—Hum… No… —dijo Simba, pillado un poco desprevenido por el cambio de tono que su tío utilizó tan repentinamente—. Ellas me dijeron que Zira era la líder de un grupo de leonas, del cual formaban parte la madre de Kula y las otras dos leonas que me atacaron a mí, a mi madre y a Nala. —Simba frunció el ceño ante la ira que sentía al recordar el evento—. También que las dejaste quedarse y te casaste con Zira. —Se encogió de hombros. Luego, sus ojos se entrecerraron, denotando confusión—. A partir de ahí, no pude comprender mucho más… Ni siquiera me dijeron que tenías un hijo más del que yo creía.
—Hija —corrigió Scar—. Nuka y ella eran mellizos; pero ella nació primera. Como tus hijos —explicó observando detenidamente a Simba por la reacción que éste pudiera tener con la mención de sus hijos.
Sin embargo, el Rey no mostró ningún atisbo de molestia—: Es decir, ella iba a ser la heredera —comentó más para sí que para su tío, tratando de entender la situación.
—Ambos lo hubieran sido —aclaró el mayor.
—Yo creía que la Ley decía que solo el primogénito podía ser coronado Rey —dijo Simba, confundido.
—La Ley… —repitió Scar, soltando una pequeña risa burlona—. También la Ley dice que solo el heredero puede ser presentado ante el reino y el único al que se le pueden enseñar las lecciones reales —dijo mirando a su sobrino, divertido.
Simba decidió callar. La conversación de las leonas que él había escuchado disimuladamente se le vino a la cabeza; ahora comprendía por qué Rafiki le había aconsejado el hablar con Scar del problema en primer lugar. Él conocía las razones de por qué decidió tratar a ambos cachorros por igual: quería evitar una rivalidad fraternal que pudiera volverse odio. Si su tío lo había hecho por el mismo motivo era desconocido, pero Simba sentía algo de fe en ver que, en verdad, Scar no estaba satisfecho con lo que había pasado entre él y su padre… No obstante, Simba no había pensado en la posibilidad de hacer a Kiara reina, junto con su hermano; la negativa de las leonas ante el simple de hecho de educar a ambos como herederos lo echó para atrás, y decidió que, de momento, así estaba bien. La voz de Scar lo devolvió al presente.
—Pero volviendo a tu pregunta… —dijo al comprobar que su sobrino no iba a comentar nada—. Durante los primeros años del reinado, Shenzi pudo mantener a su pareja controlada, cabe decir que por aquel entonces contaba con un mínimo apoyo del clan; cuando ese apoyo fue creciendo yo tuve que interponerme también, pues Shenzi no podía sola. Evitamos que las leonas pudieran quedarse drásticamente sin sus cachorros; Nala puede corroborar esta parte de la historia, si no me crees —dijo al notar la mirada escéptica de Simba—. Irónicamente, pude evitar que ellas perdieran a sus hijos, pero yo no pude impedir que Zira y yo perdiéramos a la nuestra —explicó ahora con un semblante algo triste, algo que el más joven jamás había visto en el rostro de su tío—. Los dos eran pequeños… No más de un mes. Shenzi y yo bajamos la guardia porque su pareja y las demás hienas no habían ocasionado problemas por un largo tiempo, incluso antes de que ellos nacieran. Ambos estaban ese día bajo la vigilancia de Zazu, pero ¿qué puede hacer un pájaro contra cuatro hienas? —Scar sacudió la cabeza hacia los lados y apretó el mentón. Simba podía notar toda la impotencia que su tío debía estar sintiendo—. Él solo pudo volar para avisarnos, pero cuando llegamos era tarde.
El mayor de los dos tuvo que reprimir un gruñido de frustración al recordar el cuerpo sin vida de su hija ante él. De pronto, sentía como si la escena estuviera pasando ante sus ojos de nuevo, olvidándose por completo de que su sobrino estaba enfrente. Todo era tan real… El llanto de Zira repleto de rabia y su mirada repleta de odio, dedicada exclusivamente a la hiena que se encontraba con el hocico y las zarpas manchados de sangre, sonriendo de oreja a oreja, disfrutando de la angustia de los Reyes; la mirada desaprobadora que le echó a Zazu, quien solo supo achantarse, pues era la misma expresión que Mufasa le había dedicado el día que su hijo se escapó al Cementerio de Elefantes y fueron atacados por las hienas; el cuerpo de Shenzi temblando, gritándole a su pareja qué es lo que había hecho y recibiendo respuestas que solo hacían a su sangre arder más…
—En un principio, no vimos a Nuka, pero cuando Shenzi dejó de gritarle a su pareja, todos le escuchamos llorar. Fui yo al primero que vio después de aquello. Zira no quería ni mirarlo —le explicó, sintiendo algo de rechazo ante la conducta de su esposa para con su hijo—. Ella jamás fue la mejor madre con Nuka, a nuestra hija la toleraba más… Quizá era porque se parecía más en apariencia a ella, y por tanto a su madre, según me contó, pero nunca he estado del todo seguro… La escena que presenciaste el día que la exiliaste no fue nada en comparación a cómo lo trató a partir de entonces. No estoy orgulloso de decirlo, pero yo no fui de mucha ayuda. Para aquel entonces yo ya… —Un movimiento en el aire con su pata derecha en su búsqueda de la expresión correcta; Simba no pudo evitar recordar a su hija, quien también tenía la manía de hacer eso—. Digamos que ya había perdido casi toda mi cordura y conforme pasaban los días las cosas no mejoraban. No fue de gran ayuda que una sequía llegara al reino en el momento menos oportuno —comentó, apretando los dientes de rabia al recordar cómo la manada entera lo culpó hasta del horrendo clima—. Zira estaba embarazada en aquella época, así que unos meses después nació Vitani y, poco antes de que tu llegaras, Kovu. Decir que era una madre cariñosa con ellos es mentir, pero al menos no era tan feroz como con Nuka…
Mi hijo siempre ha tenido… Una dependencia bastante grande conmigo, como habrás podido comprobar; después del incidente y de que yo exiliara a la pareja de Shenzi y todos aquellos que estaban de su parte, esa dependencia se acentuó. Nuka sabía que ahora tenía todavía menos el apoyo de Zira, así que se pasaba todo el tiempo conmigo, escondiéndose de su madre, que, por aquel entonces, tenía que cuidar a Vitani y, posteriormente, a Kovu. —Un profundo suspiro lleno de cansancio. Scar se pasó una pata por la cara, agotado—. El problema era que Nuka no recordaba nada de lo que había pasado. —Simba, quien había estado escuchando la historia con la vista fija en la tumba, pasó a mirar a su tío directamente, sin comprender—. Según Rafiki, es como un mecanismo de defensa: su cerebro ha reprimido el recuerdo porque le causaba mucho sufrimiento, pero aun así Nuka tenía pesadillas noche tras noche; me dijo que lo único que podía hacer era tener paciencia y que existían las mismas posibilidades de que el recuerdo permaneciera oculto para siempre o, por el contrario, lo acabara recordando. También que nosotros teníamos total libertad de explicárselo si él deseaba saberlo, pero siempre con delicadeza. Imagino que no hace falta que te explique que, con Zira, esa opción sonaba a una mala broma. —Una breve pausa en la que Scar vaciló en si debía seguir o no—. Me pasaba las noches al lado de él, todo con tal de que no despertara a Zira y, presa de la ira, pudiera hacerle algo… Hoy en día también lo sigo haciendo. Nuka se pone aún más nervioso si no me ve ahí cuando se despierta. Al principio creí que era por la costumbre, pero Rafiki me explicó que podía deberse a que yo fui el primero que él vio después de haber perdido a la hermana que no recuerda. —De nuevo, el león mayor lanzó un profundo suspiro—. Zira me sigue culpando, junto con Nuka, de haber perdido a su hija. Supongo que tiene razón, yo lo debí haber visto venir.
Scar calló, considerando que no debía explicar nada más. Simba lo miró fijamente, incapaz de separar la vista de él. Su tío había perdido a su hija… El hecho era terrible de imaginar, pero todo empeoraba cuando los detalles se añadían: Scar había perdido a su hija por culpa de unos animales en los que él decidió confiar ciegamente; así como él había perdido a su padre a causa de su tío, en quien Simba siempre tuvo confianza incondicional. Así que, al final, ambos eran un padre que había perdido a su hija y un hijo que había perdido a su padre a manos de animales que ellos creían ser de fiar, y se sentían completamente culpables por ello. Simba no quería pararse a pensar cuál de las dos opciones debía ser peor.
El Rey se fijó mejor en su tío. Ahora podía entender por qué lucía siempre tan cansado: la culpabilidad y las noches en vela por ocuparse de un hijo que sufría lo estaban desgastando cada día. Sus pensamientos cayeron en Kopa, en lo cerca que estuvo de perderle a él y a Kiara… si no hubiera sido por Scar. Su parte más fría y racional le decía que estaba siendo un estúpido, pero Simba no podía evitar creer completamente en la sinceridad de la acción de su tío. Él había salvado a sus cachorros porque conocía el dolor que eso ocasionaba; sin embargo, Scar no sentía nada por él, jamás le había demostrado que sintiera otra cosa más que rechazo y odio hacia su persona, por lo que el salvar a sus hijos para evitarle un profundo daño seguía sin tener sentido. Quizá era porque Scar, por alguna razón, sentía algo por los cachorros, pero enseguida descartó esa idea. Ni siquiera los conocía, Simba no les había hablado de él, esa alternativa no tenía el más mínimo sentido.
—Supongo que estarás pensando que es justo —dijo de pronto Scar, rompiendo el pesado silencio que se había formado entre ambos. El monarca elevó una ceja, dejándole ver su desconcierto—. Yo pensaba que le había arrebatado la vida al hijo de mi hermano, después de haberle hecho daño… Hubo días en los que en verdad creía que él, de alguna forma, me la había devuelto quitándome a mi hija y dejándome a un cachorro totalmente destrozado. O quizá tenga todo que ver con ese equilibrio del que él siempre hablaba: terminé sufriendo el mismo daño que le deseé a él.
Vaya, eso era una sorpresa… Simba no pudo tan siquiera evitar mostrarla en su rostro. ¿Estaba de verdad Scar admitiendo que lo que había hecho estaba mal y que por eso se merecía un castigo? Él desconocía si su padre podía ser capaz de maldecir a su hermano o a cualquiera desde los cielos, pero sí sabía que, aun siendo capaz, jamás lo haría. Sin embargo, esa afirmación ayudaba a Simba a comprender por qué Scar se mostraba tan irascible ante la mención del nombre de su hermano. Él creó una ley que nos prohibía pronunciar el nombre de Mufasa en su presencia le había explicado Nala; Esa fue la primera vez que él nos golpeó a alguna de nosotras. Aunque suene increíble, él nunca se había mostrado violento al principio de su reinado fue así como su madre había comenzado la explicación de lo que había pasado en su ausencia.
Negando con la cabeza, Simba dijo—: No, Scar… Sé que lo hiciste estuvo mal… Realmente mal… —recalcó, mirando acusatoriamente a su tío—, pero tus hijos no tenían la culpa. Dudo que mi padre tuviera algo que ver y, si así fue, estoy seguro de que él tuvo que ver en que perdieras solo un hijo y no los dos… —comentó sinceramente, disminuyendo su tono de voz ante la mención de su padre. Su vista cayó sobre la tumba de la pequeña prima que ya no sería capaz de conocer—. ¿Cómo se llamaba? —preguntó algo apenado.
Scar se tomó un momento para responder—: Binti…
"Princesa" pensó Simba, diciendo el significado del nombre en su mente. El silencio volvió a reinar entre ambos, y la cabeza del más joven estaba trabajando a toda velocidad, pensando en todo lo que había acontecido. La culpabilidad inundó su pecho cuando pensó que él había alejado a Scar de sus dos hijos, que eran tan inocentes como Nuka y la pequeña Binti, dejándolos a merced de Zira, quien, sospechaba, no les colmaría del cariño y amor que necesitan los niños para crecer sanos y seguros de sí mismos. Aparte de eso, se unía el hecho de las palabras que le había dedicado a su tío anteriormente. Si bien era cierto que Scar solo le había mostrado su peor cara, también lo era el que él, como todos, tenía un lado bueno, pero, por alguna razón, lo permanecía oculto. No le importaba mucho. Esto era una buena señal pues, oculta o no, su tío sí poseía algo de bondad dentro de él, y eso le hacía tener fe en que las cosas podían solucionarse.
—Lo siento, Scar —dijo Simba, rompiendo la tensión y echando las orejas para atrás.
Por un mero segundo, las esmeraldas de su tío brillaron con sorpresa—: ¿Tú? ¿Por qué?
—No debí hablar sin tener idea de lo que había pasado.
—Tú no lo sabías —dijo rápidamente Scar, encogiéndose de hombros.
—Aun así… —trató de decir Simba, pero paró en seco y decidió expresarse de otra forma—: Si no hubiera sido por ti, yo también habría perdido a uno de mis hijos, seguramente a los dos. —Sintió un nudo en su garganta—. Dudé de la honestidad de tus acciones. Quizá tenga justificación, pero aun así era una herida que sigue abierta para ti, y no debí juzgar tan rápido y a la ligera sin ser conocedor de todo lo que había detrás. Hice lo mismo con Zira. Ella obró mal, pero… Jamás debí dejar que tus hijos lo pagaran. Ahora Nuka está separado de sus hermanos, tú no puedes ver a tus hijos y ellos están a merced de… de la loca esa… —Al darse cuenta de lo último que había dicho, añadió—: Con perdón…
—No… "Loca" podría ser una buena definición… —dijo Scar rodando los ojos. Luego suspiró, exhausto—: Hiciste lo que consideraste mejor, Simba; Zira atacó a tu familia y tú querías protegerlos, cualquiera hubiera hecho lo mismo.
—Pero, tus hijos… —intentó decir Simba, asombrado por la actitud de su tío.
—Zira hubiera luchado con uñas y dientes para que no los separaras de ella… Ya la escuchaste, no quiere que ninguno de sus hijos esté bajo tu mando. —Se podía notar claramente lo en contra que Scar estaba de la actitud de su pareja—. Ni siquiera yo podía hacer nada… El Rey puede decidir por su hijo primogénito sin importar la edad, pero no tiene voz y voto en los demás hijos, ahí la madre es la máxima potestad. Así que, teniendo en cuenta que yo ya no tenía la corona en mi poder y la corta edad de ambos cachorros, Zira mandaba y yo no podía oponerme.
Simba notó la rabia unida a la impotencia brillando en los ojos de Scar. Podía ver claramente que, si de Scar hubiera dependido, habría alejado a sus otros dos hijos de Zira y los habría criado él junto con su hermano. También sabía que su tía política no tenía intención alguna de entablar una conversación tranquila con él para llegar a un entendimiento por el bien de los pequeños; Zira se preocupaba solo por ella y por completar su eterna venganza contra el mundo. Antes de conocer el porqué del descenso de Scar en los últimos meses de su reinado, Simba pensaba exactamente lo mismo de su tío, es más, se lo había dejado saber antes de que el león lo trajera a este lugar tan privado e importante para él. Pero ahora Simba tenía que retractarse: Scar se preocupaba por sus hijos y los amaba sin importar qué, y eso era un punto muy a su favor.
El Rey miró de soslayo a su tío, quien se encontraba con la mirada clavada en la tumba de su hija. En ese instante, Simba recordó que, la vez que fue a visitar a su padre, Scar estaba viniendo de aquí, encontrándose con él en mitad de su momento de fragilidad. Comenzó a pensar en cuántas veces su tío vendría a visitar a Binti, qué se le pasaría por la cabeza cuando tenía en frente la tumba de una cachorra que era hija suya. La duda de por qué se había enfrentado a su esposa para evitarle el sufrimiento de la pérdida de sus hijos lo carcomía por dentro, pero era consciente de que, en ese momento, no sería sabio preguntar. En su lugar, hizo otra cosa que, tras saber las circunstancias, le pareció más justo.
—Scar, yo… te quiero dar las gracias por lo que hiciste por mí y por mis hijos —dijo sinceramente Simba, provocando un semblante de sorpresa en su tío—. Si tú no te hubieras interpuesto… no quiero ni imaginar lo que habría pasado… —comenzó a decir, no queriendo ni pensar en esa posibilidad.
Para su fortuna, Scar lo interrumpió—: Ahórratelo, Simba, sé que lo haces por formalismos y no porque lo estés sintiendo —dijo con una expresión aburrida.
El más joven calló, no esperando para nada esa respuesta. Frunciendo el ceño, le contestó—: No, Scar, mi agradecimiento es sincero.
—Por favor, Simba… —dijo el mayor, soltando una risa socarrona—. Sé que detestas mi presencia y el hecho de que si sigo aquí fue por una torpeza tuya.
La declaración logró encolerizar al Rey—: Mis acciones salen del corazón, Scar —dijo enfadado. Luego, rodó los ojos—. Pero entiendo que tú no seas capaz de comprenderlo… De todas formas, tú solo haces las cosas tras haberlas maquinado en tu mente y saber que obtendrás una recompensa —añadió, disfrutando cuando vio el fastidio en los ojos de su tío.
—Vaya, ¿este es el mismo Rey que hace dos minutos se estaba lamentando porque sentenciaba demasiado rápido? —preguntó retóricamente, chirriando los dientes—. Dime, Simba, ¿en qué te basas para acusarme de tales cosas?
—¿En serio necesitas que te lo explique? Si de verdad posees esa gran inteligencia de la que siempre presumes, imagino que no te costará entenderlo solito —espetó el monarca, enterrando las garras en la tierra.
—Oh, por supuesto… —dijo Scar poniendo los ojos en blanco—. Me etiquetas por un solo crimen del cual no conoces las razones de por qué sucedió.
—Las conozco a la perfección, Scar —gruñó Simba, preso de furia—; no podías soportar que eligieran a mi padre antes que a ti. Lo que hiciste lo hiciste porque eres tan débil que dejaste que la envidia te poseyera.
Scar soltó una carcajada por lo bajo, realmente entretenido por la contestación de su sobrino. Simba lo observó patidifuso, sin comprender qué era tan gracioso.
—¡De verdad que eres un ignorante! —comentó su tío, enmascarando su enojo con una sonrisa—. ¿En serio te crees que mi hermano fue elegido antes que yo? ¿Que en verdad lo que hice lo hice porque envidiaba su trono? —preguntó, dejando ver a su sobrino cuán estúpido le parecía su razonamiento—. Respóndeme a una cosa, Simba… ¿Sabes cada cosa que he vivido, cada cosa que he sentido? ¿Has caminado por el mismo sendero que yo, tropezándote donde yo me tropecé? ¿Has recibido la misma cantidad de golpes que yo y con la misma intensidad? ¿Cuáles son tus conocimientos sobre mí y mi historia para juzgarme fríamente? Tú, que me acusas de cometer una atrocidad porque estaba ciego de envidia, ahora mismo, cual hipócrita, estás acusando a otro ciego del rencor y no objetivamente, viendo solo los pecados de una parte y obviando los de la otra… Así que, dime, ¿me conoces acaso lo suficiente para poder impartir un juicio sobre mí y mis acciones? —preguntó indignado, estando ahora hocico con hocico con su sobrino, que lo miraba en silencio, asimilando sus palabras. Al ver que no iba a recibir una respuesta, se separó un poco de su contrario y, tras mirarlo de arriba abajo con una mueca de disgusto, añadió—: Tú no conoces nada de mí… Ni siquiera sabes mi nombre.
Ante la última declaración, Simba arqueó una ceja, extrañado. Iba a preguntarle qué había querido decir cuando, a sus espaldas, sonó la voz infantil de Nuka. Ambos leones se dieron la vuelta, encontrándose con el hijo mayor del león oscuro, bañado en llanto. Inmediatamente, Scar se fue al lado de su hijo, agachando su cabeza para estar a su altura.
—Nuka, hijo, ¿otra pesadilla? —preguntó preocupado.
El pequeño solo asintió—: Me he despertado y no estabas… —explicó, ahora abrazando a su padre y aferrándose a su melena negra.
Con un suspiro cansado, Scar colocó una pata confortante en su espalda—: Tranquilo, Nuka… Vamos a dormir, esta vez prometo que me quedo contigo —le dijo, lamiendo su cabeza.
Simba se quedó en silencio, observando la escena, incómodo. Pensó que lo más correcto sería irse, pero la actitud de su tío lo mantuvo en el sitio. Jamás había visto a Scar ofreciendo un consuelo tan sincero a ningún ser vivo. Hasta su tono de voz parecía tan extraño en sus oídos… Era como si el león que se encontraba frente a él no fuera Scar, el león insensible, imperturbable, sarcástico e hiriente que todos odiaban; el que le había hecho tanto daño…
Cuando Nuka se calmó un poco, se separó de su padre, pero manteniendo aún el acercamiento, caminando pegado al mayor. Antes de irse, Scar le dedicó una mirada de refilón a su sobrino, quien se puso rígido al sentir el resplandor de sus ojos ardiendo en su piel. Luego, se marcharon, y Simba se quedó solo con sus pensamientos.
En un solo minuto, Scar fue capaz de mostrar que podía ser tanto un alma herida como un despiadado verdugo. Comprobó que sus palabras podían causar tanto daño como consuelo en un tiempo récord; que él podía mostrarse totalmente indiferente con unos y compasivo con otros. Dos personalidades totalmente opuestas, pero igual de influyentes para quienes estuvieran a su alrededor. Y Simba solo podía preguntarse: ¿cuál de las dos era la verdadera cara de Scar?
