Capítulo 7
Reconciliación
Esa mañana llegué muy temprano al instituto y me encaminé a la sala de profesores para poder hablar con el señor Lauren.
Llamé a la puerta y esperé unos instantes. Me atendió una señora mayor muy corpulenta y morocha, con aspecto de profesora, pero no la había visto jamás dando clases.
—Buenos días—la saludé respetuosamente con una sonrisa dibujada en mis labios. — ¿Se encuentra el profesor Lauren? —le pregunté.
—Sí—me respondió, evaluando mi aspecto de pies a cabeza, seguro estaba intentando reconocerme de algunas de sus clases, sin éxito alguno se limitó a preguntar. — ¿Quién lo busca?
—Jasmett Cullen.
—Ahí viene—me dijo la señora, gritando a continuación el nombre del profesor a los cuatro vientos, mientras se retiraba.
Esperé unos segundos apoyada en el umbral, hasta que escuché la alegre voz del señor Lauren.
— ¡Señorita Cullen! —exclamó maravillado el profesor al verme. —Que sorpresa encontrarla por aquí tan temprano ¿A qué debo el gran honor de su visita?
—El día de ayer durante las clases de apoyo presencié un momento muy desagradable—le comenté con tono y gesto formales. —Todas las alumnas de la clase de apoyo están aprobadas en la materia, y no tienen ningún tipo de dificultad en comprender las matemáticas señor, ¿Saben por qué van a ocupar el lugar de los que SI poseen dificultad en la materia?
—Desconozco… ¿Por qué? —peguntó intrigado el profesor.
—Por el señor Max Samuels—le dije, pronunciando el nombre del vampiro con desagrado. —Le pido por favor que se haga algo al respecto, yo no puedo seguir impartiendo las clases junto con ese muchacho…
—No señorita Cullen, pero no puedo sacarlo de la clase…
— ¿Por qué?
—Como le dije anteriormente, estamos necesitando alumnos que nos ayuden con las clases, y el señor Samuels es un alumno ejemplar—me explicó el profesor, derramaba orgullo al pronunciar el apellido de Max.
—Bueno, pero póngalo en otra clase entonces, en otro turno—le pedí, casi le suplique.
—No puedo.
—¿Cómo que no puede? —le pregunté incrédula.
Él se quedó mirándome contrariado e importunado, para después responderme.
—Vera señorita Cullen…—me dijo mirando a ambos lados, como si fuera a contarme un improperio. —Lo que voy a contarle era confidencial entre el señor Samuels y yo, pero viendo el problema al que usted se enfrenta tiene que saber, que el señor Samuels no quiso dar clases de apoyo el año pasado cuando yo se lo pedí. Y este año vino a anotarse para dar clases cuando se enteró que usted también las impartiría, pidiendo específicamente compartir la tutoría con usted.
— ¿Qué que? —le pregunté perturbada.
—Lo que escuchó señorita Cullen, yo no sé qué tipo de relación tienen el señor Samuels con usted y tampoco es de mi incumbencia—me dijo el profesor en un susurro. —Pero por favor no le diga lo que acabo de contarle.
—No, quédese tranquilo que no diré nada…—le dije, sin comprender el motivo de lo que había hecho Max. —Pero… ¿Por qué pidió eso el señor Samuels?
—No tengo ni la menor idea —respondió con sinceridad y una pizca de curiosidad en la voz. —Pero tampoco lo cuestioné, que el imparta clases es un gran alivio para mí como se imaginará...
—Qué raro…—murmuré, más para mí misma que para que el profesor lo escuche.
—Si…Ah… respecto a su malestar con las alumnas—continuó diciendo. —No puedo separarla del señor Samuels, pero tomaré exámenes hoy, entregando la nota en el día, puede pedir las pruebas para ingresar al aula, que solo se adhieran los que sacaron menos de 6 ¿Le parece?
—No era lo que esperaba, pero eso también estaría bien—le dije conformándome. —Así podrán ingresar los que realmente tienen problemas con matemáticas.
—Gracias por comprender—me dijo con voz amable y complacida. —Y le aclaro que a usted no le tomaré el examen por supuesto, así que puede eximirse de la clase.
—Gracias—le dije, y me marché hacia el patio trasero.
Tendría dos horas libres, para vagar por las instalaciones del instituto sin nada que hacer. Lo bueno radicaba en que no tendría que encontrarme con Camille en estas horas, para escuchar las explicaciones que seguramente querría darme sobre ella y Max.
Me dirigí hacia el gimnasio, para ver si se encontraba Emmett por ahí. No me sorprendió hallarlo anotando algo, en sus tableros.
—Ey, Emm—le grité al entrar al gimnasio.
—Shhhhh—me calló mirando hacia todos lados, frenéticamente.
—No hay nadie—le dije en un susurro.
—Nunca se sabe—me contradijo con una sonrisa burlona. — ¿Cómo está mi tesorito? —me pregunto dándome una suave palmadita en el hombro.
—Bien, cansada…
—No, no ¡Hoy ni el papa te salvará de tu clase! —me dijo Emmett entrecerrando los ojos, mirándome con expresión calculadora.
— ¡Tío!—le dije con ojos aspirantes. — ¡Por favor, por favor, por favor!
—No, no y no
—Solo las vueltas—le pedí, juntando las palmas de mis manos, en un gesto de súplica.
—Está bien, está bien—dijo dándose por vencido al ver mi expresión. —Procura llegar quince minutos tarde a la clase.
— ¡Gracias!
—De nada…—me dijo negando con la cabeza. — ¿Y porque no estás en tus clases?
—Porque el profesor de matemáticas me permite faltar, como soy la que doy las clases de apoyo.
—Siempre te salvas de todo…
—Es mi encanto natural—le dije con una sonrisa.
—Sí, lo sé mejor que nadie, todos los días soy presa de tu encanto natural—se quejó mi tío. —Eres la mismísima reencarnación del demonio.
Pasé mis dos horas libres, conversando con Emmett, quien mientras tanto ponía las notas de sus alumnos. Tuve que rogarle para que no me desapruebe, ya que estaba a punto de hacerlo. Por supuesto que Max y Camille tenían un rotundo diez. El tiempo se pasó rápido, y luego de despedirme, me dirigí a la clase de Lengua y literatura. Fui la primera en ingresar al aula y me senté en mi lugar habitual.
Camille llegó junto con el profesor, y al sentarse a mi lado, me miró con un gesto de disculpa, el cual ignore completamente, ella no tenía nada porque disculparse conmigo.
—Tuvimos un examen de matemáticas re difícil, el cual obviamente desaprobé, por eso llegué tarde—me dijo rápidamente en voz muy baja, mientras sacaba sus libros. — ¿Por qué faltaste?
—Después te cuento, está por comenzar la clase—le dije inconscientemente, de manera cortante y monótona.
Ella asintió con gesto afligido y ambas comenzamos a escuchar las ocurrencias del profesor Arnold.
— ¿Por qué no fuiste a la clase de matemática? —me preguntó Camille, mientras salíamos del aula de Lengua y Literatura y nos dirigíamos a la cafetería.
—El profesor me dijo que no era necesario que presencie esa clase—le expliqué.
— ¿Por qué? —me preguntó.
—Porque soy la que da las clases de apoyo y se supone que tengo muy claros los temas—le respondí de forma impaciente, de lo cual me arrepentí al instante porque un gesto triste se instaló en su cara.
—Es coherente—dijo con voz apesadumbrada, mientras se posicionaba en la fila para comprar los alimentos.
—No tengo hambre, voy a reservar una mesa—le dije, yéndome hacia la mesa vacía más cercana con pasos rápidos, pero torpes.
Dejé caer mi cuerpo fatigosamente sobre la silla. El aire de Forks me hacía sentir extremadamente cansada todo el tiempo, algo tenía este pueblo o sus habitantes que me desestabilizada.
Evalúe el gran salón de comidas con la mirada detenidamente, al lado de mi mesilla se encontraba una mesa redonda donde se sentaban seis muchachas que parecían muy humildes y disciplinadas, todas ellas eran algo bonitas, no hermosas, pero simpáticas y resueltas. De no ser amiga de Camille, me habría sentado con ellas. O quizás me hubiera sentado en la mesa de los "bichos raros", que se encontraba en una esquina de la cafetería y estaba ocupada por algunos alumnos y alumnas, con los que jamás había conversado, nadie conversaba con ellos, es más, ni siquiera conversaban entre ellos.
A tres mesas de la mía, se encontraba el sitio de las chicas más populares del instituto, entre ellas estaba Janet. Se notaba hasta en la distancia que tenían muchas cosas en común: todas eran lindas, esbeltas, delgadas pero sinuosas, atléticas, muy huecas y por supuesto, todas estaban perdidamente enamoradas de Max. En ese momento se encontraban mirando un punto fijo con caras de pocos amigos, y cuchicheando indomablemente. Miré lo que ellas observaban…Como no imaginarlo, miraban al vampiro que se encontraba en la fila de los alimentos detrás de Camille y ambos conversaban reconfortadamente. Se me revolvió el estómago ante esa situación y aparté la mirada, enviándola nuevamente a la mesa de las muchachas presumidas, las cuales parecían encontrarse tan sorprendidas como yo, ante el hecho de que Camille trabara una conversación con Max.
—Te traje esto—me sorprendió Camille extendiéndome un chocolate con almendras, con una sonrisa.
—No tengo hambre, gracias—le dije, intentando mantener mi voz lo más amable que me fue posible.
— ¿Estás enojada? —me preguntó, mientras dejaba el chocolate al lado de mi mano, y se sentaba en la silla.
—No
— ¿Segura?
— ¿Por qué debería estar enojada? —le pregunté con irritación, sin poder contenerme.
— ¿Por qué me fui con Max? —me consultó en un susurro, dubitativa.
— ¿Y por qué debería molestarme que te vayas con Max?
— ¿Por qué te gusta? —me preguntó salvaguardando su voz baja, tímidamente.
—No me gusta—le dije en un bufido. — Pero… supongamos por un segundo que me gustara…—le propuse. — ¿Te consideras buena amiga yéndote con él, sabiendo que me agrada?
—No me digas así…—me pidió de modo triste, acongojado. — ¿Estás indicando que soy mala amiga?
—No, solo te estoy preguntando cómo te sientes, "sabiendo" que a mí me gusta Max y yéndote con él.
—Me fui con él para hablar de ti…
— ¡Genial! —exclamé perdiendo totalmente los estribos. — ¿Te vas con ese idiota para hablar de mí? ¿Hablas de mí, a mis espaldas y encima con ese proyecto de ser humano? —le pregunté señalando la mesa en la que se encontraba sentado Max, quien miraba la situación con el ceño fruncido, tan apenado como Camille.
—No te pongas así Jazz, por favor, yo solo…
—Tu solo piensas que él me gusta y te pones a hacer de celestina—le acusé mordazmente. — ¿Sabes una cosa? Puedes quedártelo, te lo obsequio con un moño en su preciosa, perfecta y simétrica cabeza, él no me gusta, ni me agrada, ni nada y ni siquiera sé si me agradas tu después de lo que acabas de hacer—le escupí entre dientes.
Las lágrimas emprendieron su recorriendo por los ojos y mejillas de ambas, pero antes de desarmarme y pedirle perdón de rodillas, me marché de la cafetería, dejándola sentada sola en nuestra mesa, sintiendo como todas las miradas, incluidas las de Max, se posaban en nosotras.
Ingresé al aula historia y me senté en la mesa de siempre. Estaba sola, todos los demás aún estaban almorzando felizmente en la cafetería con sus compañeros.
Los lagrimones comenzaron a caer más abruptamente de mis ojos cuando caí en la cuenta que me había comportado muy mal con Camille. Ella estaba muy lejos de ser una mala amiga. Por el contrario, era muy buena, simplemente... Simplemente era metida, se metía en mi vida continuamente. Quizás era eso lo que hacían los amigos, meterse en tu vida, para hacer lo que ellos creen correcto. Al igual que la familia.
¿Pero por qué me molestaba que hablara con Max? ¿Por qué me fastidiaba que se metiera entre Max y yo?
Ya era hora que admitiera mis sentimientos. Max me gustaba. Quizá no para que sea mi novio ni nada eso, sabía que eso estaría mal, pero me gustaba como persona al menos.
No podía culpar a mi amiga si ella estaba enamorada de Max y deseaba tener una relación con él, ella lo había visto primero y en infinitas ocasiones me había preguntado si me gustaba y yo se lo había negado rotundamente. Tampoco podía enojarme si solo se había metido para unirnos, de hecho yo me metí en su vida, llevándola al cementerio a ver su hermano, algo que podría haber terminado mal.
Tampoco podía pelearme con mi única amiga por ese vampiro, debería disculparme con ella, me había comportado como una estúpida lunática.
Max entró al aula, y se sentó sigilosamente a mi lado. Era en vano secarme las lágrimas, debido a que él ya las había visto, y de todos modos había escuchado toda mi discusión con Camille en la cafetería. Pero igual las escurrí meticulosamente de mis ojos.
—Te peleaste con Camille—me dijo con voz suave y agradable. Continuó hablando al ver que yo no le respondía. —No fue una pregunta de todos modos
—Lo sé, por eso no te respondí.
—Lo sé, por eso no te pregunte—me dijo, esbozando su típica media sonrisa de suficiencia, que me alucinaba. — ¿Se puede saber por qué te peleaste?
— ¿Por qué preguntas cosas que ya sabes? —le pregunté, con la voz pastosa debido a la congoja.
— ¿Por qué siempre me respondes con preguntas? —me cuestionó, ocasionando que me gire hacia él y lo mire con fiereza. No tengo ni idea de qué fue lo que vio en mi rostro, pero su expresión divertida paso a estar abatida en ese segundo que miró mis ojos. —Lo siento…
—Solo cierra el pico—le dije bruscamente.
Él asintió con un simple gesto de su cabeza y apartó su mirada de mi rostro.
Las clases pasaron lentamente. Las horas se hicieron de chicle, estirándose y estirándose, haciendo que los últimos segundos de clase parezcan una eternidad.
Al finalizar biología, me dediqué a pasear por el instituto, de un pasillo a otro. Para poder llegar a la clase de educación física tarde, como había arreglado con Emmet.
—Llega con veinte minutos de retraso, señorita Cullen—me dijo Emmet mirando escrupulosamente, con voz serena pero prudente.
—Lo siento profesor.
—Vaya a sentarse a las gradas por favor—me dijo señalando las escalinatas. —Espero que no opaque sus notas desaprobando esta simple asignatura—me dijo guiñándome un ojo.
Rodeé mis ojos y me senté en las gradas, a observar el partido, que ese día, parecía ser de básquet.
Por lo poco que entendía de ese complicado deporte, Camille estaba marcando a Max, cosa que hacía realmente bien, pero no lo suficiente como para sosegarlo. Se seguían mutuamente de un lado al otro del gimnasio, riendo y gritándose alegremente. Camille sujetaba a Max por el pecho, o extendía los brazos alrededor de su cintura. En esos momentos deseaba ser tan buena atleta como Camille, para saber jugar y tener una buena excusa para tocar a Max de ese modo. Cosa que jamás pasaría.
Proferí un sonoro suspiro de indignación, algo que Max pareció oír y se detuvo en seco a mirarme, en ese momento Camille aprovecho su descuido para marcar un tanto. Max se golpeó la cabeza con la palma de la mano y Camille se le río en la cara.
Al finalizar el partido, me dirigí al aula de matemáticas a las corridas para impartir mi clase. Esperaba que nadie haya llegado aún, para solicitar las pruebas antes de que ingresaran.
Tal como esperaba, el salón se encontraba vacío. Dejé mi bolso en la mesa del profesor y me instalé en la puerta, para controlar a los que iban ingresando. La primera en llegar fue Janet, flaqueada por otras 5 chicas tan lindas y tontas como ella.
—Buenos días Janet—la saludé cortésmente, con una sonrisa de idoneidad pintada en mi rostro.
—Hola—se limitó a decirme, con cara de asco.
—Necesito corroborar tu prueba de matemáticas, la que el profesor tomo el día de hoy—le pedí.
—Claro—dijo con una sonrisa. Todas las muchachas comenzaron a revolver en sus bolsos. Janet fue la primera en encontrarla y me la extendió—Ten.
La observe con detenimiento, parecía un chasco, había sacado seis. La nota justa para poder presenciar la clase.
—Adelante—le dije entre dientes, con una sonrisa apretada.
Las demás muchachas me mostraron sus evaluaciones y todas superaban el seis. Las despedí cordialmente indicándoles que no podían estar en la clase. Se fueron bufando e insultándome, pero no me importó. Pasó lo mismo con varias muchachas más, menos Camille, a la que no le pedí la prueba y la hice pasar lanzándole una mirada apenada. Siguieron ingresando chicos y chicas, muchos que no habían asistido la clase anterior. Para cuando se llenó el aula, podía asegurar que la única persona que estaba allí por Max era Janet. Esperé a mi compañero por diez minutos, pero no llego así que comencé mi clase.
—Buenos días a todos, disculpen la tardanza, estaba esperando a mi compañero, pero parece que no vendrá el día de hoy—dije con voz sonora y segura, dándole una mirada de preponderancia a Janet. — ¿Algún tema en común que no comprendan? —consulté mirándolos a todos. Evan alzo la mano en alto primero. — ¿Si Evan?
—Yo no comprendo las ecuaciones dobles, me mareo—dijo mirando a su alrededor, ya que todos asintieron.
— ¿Nadie comprende? —indagué. Y todos comenzaron a murmurar, pidiendo que les explique ese tema. —De acuerdo, observen—les pedí, tomando un marcador, y comenzando a explayar el tema en la pizarra.
Expliqué meticulosamente, cada paso y cada anotación.
Al finalizar, dejé el marcador y me dirigí a la clase.
— ¿Se comprendió? —consulté observando a los chicos, que poseían sonrisas y gestos relajados, parecía que habían entendido. Todos asintieron confirmando mi teoría.
—Perdón por la tardanza—interrumpió Max la clase, ingresando por la puerta apresuradamente. —Me demoré en una conversación con el profesor de educación física—explicó.
No le dije nada, solo le dedique una larga mirada de aborrecimiento.
—Tuve que hacer un filtro en la clase—le expliqué en voz bien alta para que todos oyeran, dirigiéndome a la primera mesa. —Solo una alumna desaprobó el examen para babosearse contigo y perturbar la clase, debes gustarle mucho—le dije con una sonrisa sarcástica pintada en mis labios.
Todos los chicos comenzaron a reír a carcajadas, mientras que Janet murmuraba la palabra "idiota".
Resolví las dudas de los alumnos de adelante, mientras Max resolvía las dudas de los de atrás. Llegue hasta Camille y la ayudé como si fuera una alumna más. Él se dirigió hacia Janet y yo presté especial atención para oír con detenimiento lo que hablaban
—No, no sé ese tema—le decía Max.
—Son fracciones, son fáciles, tienes que saberlo—le discutía Janet descorazonada.
—No, lo siento, pero no tengo la menor idea—le dijo, simulando ofuscación. —Jasmett ¿Comprendes fracciones? —me preguntó Max, y tuve que contenerme para no reír.
—Sí, lo sé.
—Explícaselo a ella por favor, que parece no saberlo—me pidió con gesto serio.
—De acuerdo…
—No—se negó Janet. —No quiero que ella me explique.
— ¿Cómo que no quieres que te explique Jasmett? —le preguntó Max, comenzando a irritarse.
—No quiero que ella me explique, quiero que lo hagas tú.
—Acá se viene a aprender—le dijo Max, con tono serio y crispado. —Tanto yo, como Jasmett, explicamos los temas, sino quieres aprender, por favor te voy a pedir que te retires— le dijo señalándole la puerta.
—Pero…—comenzó a protestar la muchacha.
—Ahí está la puerta—le repitió.
Janet recogió sus cosas de forma brusca y se marchó con paso apresurado, podría jurar que oía como lloriqueaba en su camino hacia la puerta. Su tristeza me dio pena, solo un poco.
—Creo que fuiste muy duro con ella—le susurré a Max solo para que él escuchara mi reflexión.
—Eras tú la que no querías que ellas "perturbaran" nuestra clase—explicó Max, resaltando la palabra perturbaran. —A mí no me interesa si están o no, no estoy aquí para ellas —manifestó en tono reservado, encubriendo algún tipo de significado recóndito entre sus palabras.
Al transcurrir las doras correspondientes tomé mi bolso, saludé a todos de forma general y salí del aula sin mirar atrás. Pero al llegar a la puerta de salida del instituto Camille me detuvo.
—Jazz—dijo, gritando a mi espalda. —Espera por favor.
—Camille…
—Lo siento tanto…—me dijo interrumpiéndome. —Siento mucho haberte hecho enfadar, metiéndome en tus cosas y queriendo hacer de cupido entre tú y Max, tambi…
—Cam—la detuve. —Yo soy la que tiene disculparse, tú no hiciste nada malo, en la cafetería me comporté de forma muy grosera y descortés contigo, no importa si quisiste ayudarme o si te gusta Max…
—No, no me gusta Max, para nada—se defendió. —Solo lo hice de metida para que estén juntos, y me arrepiento, prometo no inmiscuirme nunca más en tus cosas…
—No, tú eres mi amiga, y como tal, debes meterte en mis cosas—le pedí. —Soy yo la que estuvo mal, perdóname por favor…
—Jasmett, estaba tan triste...
—Lo sé, lo siento—me disculpé. —No tengo mucha experiencia en esto de la amistad, perdón...
Ninguna de las dos pudimos contenernos más, y nos estrechamos en un intenso abrazo.
—Debes irte, seguramente Renesmee te está esperando—me dijo Camille soltándome, después de unos minutos que estuvimos abrazadas.
—Sí, tienes razón—le dije con una sonrisa. — ¿Quieres que te lleve hasta tu casa?
—No gracias, ya arreglaron mi auto.
—De acuerdo, nos vemos mañana—le dije despidiéndola con un nuevo abrazo pequeño.
Cuando llegué a mi hogar, me sumergí en la tranquilidad de mi balcón a continuar con la lectura de mi libro. Estuve allí por horas, hasta que una mano golpeó la puerta de mi habitación, haciendo que vuelva a la realidad. Dejé el libro sobre la mecedora y fui hasta la puerta, la abrí de un tirón y allí se encontraba mi madre de pie, tan hermosa y tranquila como siempre.
—Hola mamá—la saludé.
—Hola mi vida—me dijo, rodeándome con sus delgados pero fuertes brazos. —Está lista tu cena, y además hay reunión familiar.
— ¡Genial!—masculle irónicamente, debido a que las reuniones familiares eran un engorro.
—Creo que el tema de hoy te interesara—me dijo mi madre. Mientras bajaba las escaleras acompasándose a mi paso.
— ¿De qué quieren hablar?
—Ya verás…—me respondió mi madre misteriosamente.
Cuando llegamos a la gran mesa del comedor, en mi lugar había un enorme plato rebosante de comida, así que me senté en ese sitio, y comencé a engullir mi pescado frito con vegetales.
— ¿Qué tienes para decirnos Emmett? —preguntó Carlisle diplomáticamente a mi enorme tío, quien poseía una enorme sonrisa de tonto en los labios.
—Tendremos visita—dijo Emmet.
— ¿Quién? —preguntó Esme, intrigada.
Todos los demás lo miraban desde sus asientos inquisidoramente, menos Alice que tenía en su rostro marcada una sonrisa que iba de oreja a oreja.
—La familia Samuels.
—¿Qué? —pregunté, escupiendo el pescado por toda la mesa y atragantándome.
—Como oíste, cochina—se burló Emmett. —La familia de Samuels viene de visita, mañana viernes a la tarde.
—No puede ser—bufé.
—Sí, puede ser—dijo tercamente mi tío.
—Papá, no puedes permitir esto—me dirigí a Edward, ignorado a mi tío.
— ¿Por qué? —preguntó mi padre.
—Por qué… por qué no, él sabrá que yo vivo entre vampiros y puede no gustarle la idea…
—A mí me parece una idea fantástica—dijo Renesmee con voz suave y decidida. —Él es un gran muchacho, yo lo conocí el otro día, sería un buen amigo de Jasmett.
—No estoy de acuerdo contigo—la contradijo Jasper, y yo le dediqué a mi tío una profunda mirada de agradecimiento. —No creo que un vampiro sea buena compañía para Jasmett.
— ¡Vamos Jas! —le dijo Alice, golpeándole dulcemente el hombro. —Él es tan inofensivo para un humano, como yo lo soy para un emparedado.
—Eres un hipócrita—le gritó Jacob a mi tío Jasper. — ¿Ella convive diariamente con más de media docena de vampiros, y dices que ese muchacho es mala compañía?
—No lo conocemos—se defendió Jasper. Emanando tenues rompientes de paz y tranquilidad, que acompasaron mi tenso estado de animo
—Yo sí lo conozco—dijo Emmet, con la sonrisa aun a flor de piel. —¡Es genial!
—Yo también lo conozco—lo apoyó mi padre. —Es un buen chico, y su familia también lo es, sería muy buena compañía para Jasmett.
— ¡Papá! —le grité indignada. —Es un vampiro.
—Todos nosotros lo somos y solo leí buenos pensamientos en su mente la vez que lo vi—me respondió mi padre, en un vano intento por tranquilizarme.
— ¡Yo no soy un vampiro! —gritó Jake encrespado en su defensa, pero todos lo ignoramos rotundamente.
—Solo lo viste una vez, hace semanas, sus pensamientos pudieron haber cambiado—manifesté.
—No, solo tenía pensamientos amables…
Luego de esa frase todos comenzaron a hablar entre ellos formando un enorme bullicio, y no pude oír más nada, hasta que mi abuelo pidió el silencio.
— ¡Por favor! —exclamó sonoramente, provocando un mutismo monumental. —No nos estamos oyendo entre nosotros, sometámoslo a votación—pidió. — ¿Emmett?
—Yo voto que deben venir—exclamó eufórico. Y luego miro a Rosalie de forma amedrentadora.
Yo también posé la vista en mi tía, rogándole con los ojos, y negando con mi cabeza.
— ¿Rose? —le preguntó mi abuelo, al notar que no emitía sonido alguno.
—Yo voto que no—dijo mi tía en un susurro apenas audible.
Ante sus palabras, yo respire aliviada lanzándole una larga mirada de agradecimiento, y mi tío bufo harmoniosamente.
—Lo siento Jasmett—comenzó a decir mi tía Alice con su voz cantarina y ya imaginé su respuesta. —Pero sé a ciencia cierta, que esto será un bien para ti—continuó explicando lazándole una larga mirada a mi padre, quien frunció el ceño con desagrado. —Yo voto que sí.
—Yo voto que n…—comenzó Jasper, pero se detuvo en seco cuando Alice golpeo sus costillas.
— ¡Eso no se vale! —me quejé señalando a la tía Alice, que comenzó a mirar hacia arriba haciéndose la distraída. —No es democrático, ella…
—Él aún no ha votado—se defendió sacándome su pequeña y sonrosada lengua.
—Tramposa—balbuceé.
—Yo voto que sí, que vengan—dijo Jasper, con gesto irritado.
—Jacob y yo votamos que sí—dijo Renesmee con un gritito de felicidad, aplaudiendo levemente.
—Jake no dijo nada—la contradije.
—Yo sé lo que él va a decir—respondió con su típica sonrisa de autosuficiencia.
—Tú no sabes nada—le dije, comiéndola con la mirada, con el ceño extremadamente fruncido.
—Yo voto que sí—afirmó Jake, mirándola con ternura.
—Perrito faldero—cuchicheé, cruzando mis brazos sobre mí pecho.
—Edward y yo votamos que sí—dijo mi madre, observando a mi padre por el rabillo del ojo, quien asentía con gesto serio.
Edward a pesar de querer que nos visiten, parecía algo indeciso y preocupado.
—Bueno, esto parece unanimidad…—comenzó a decir mi abuelo.
—Yo aún no he votado—me quejé tercamente.
—Por más que votes, ya hemos ganado—me discutió el grandulón de mi tío.
—No me interesa, quiero dejar en claro mi disconformidad con esta situación, así lo recuerdan cuando estén dejando flores sobre mi tumba.
— ¡Jasmett! —me gritaron todos al unísono haciendo que me sobresalte.
—Que malos chistes que haces, niña—me reprendió mi abuela.
—Lo siento, solo quiero votar que NO.
—De acuerdo, pero por más que Esme y Carlisle voten que no también, el SI ya gano—me dijo mi tío, con gesto obstinado.
—Ya lo sé, aprendí a contar en preescolar.
—No parece…
— ¡Emmett! —lo reprendió Rosalie, dándole un sonoro y fuerte codazo en las costillas. —Pareces de tres años cuando te pones a discutir con Jazz.
—Tonto—le dije a mi tío, sacándole mi lengua. Él hizo lo mismo con la suya.
—Bueno, esto parece ser un acuerdo total—dijo mi abuelo con una sonrisa, su voto parecía ser un "sí" también, seguramente se moría de ganas por conocer a esta familia. — ¡Mañana tendremos visitas!
Esa noche me fui a acostar temprano, ni bien finalicé mi cena. Tardé mucho tiempo en conciliar el sueño y cuando lo hice tuve una pesadilla espantosa en la que yo moría.
