Mejores Amigos

By Peace Ctrl

Capítulo Siete: Hebi

No habíamos avanzado mucho. Suigetsu no estaba acostumbrado al enorme peso de su espada y nos obligaba a todos a aminorar el paso. No me molestaba mucho, en realidad, pero tenía que admitir que Juugo me causaba mucha, mucha curiosidad. El peliblanco se detuvo por segunda vez en la última hora, sentándose y obligándonos a detenernos. Karin y yo nos volvimos hacia él. Yo, preocupada; Karin, molesta.

-Hora de descanso –bufó-.
-¡Levántate, holgazán! –bramó la pelirroja-.
-Suigetsu… Ya falta muy poco –dije, un poco más diplomática-.

-Chicos…

Todos volteamos consternados a Sasuke, que señalaba con su dedo índice a un hombre yaciendo boca abajo en el suelo, unos cinco metros más adelante. Me acerqué inmediatamente temiendo lo peor, su camisa estaba manchada con sangre y parecía haber llegado hasta allí arrastrándose. Le tomé el pulso y comencé a actuar rápidamente cuando sentí sus débiles pulsaciones. Le di la vuelta para verle el rostro y noté que estaba conciente. Los demás se acercaron e hicimos un círculo alrededor del moribundo.

Tosió sangre un par de veces y le abrí la camisa mientras depositaba su cabeza en el suelo, para examinarlo. No se veía nada bien. Tenía contusiones en el torso, al menos tres costillas rotas y por lo menos una de ellas había perforado el pulmón izquierdo. Y eso sin contar con la terrible herida que tenía en su lado derecho. No había mucho que pudiese hacer por él, y eso me molestaba.

-Está con vida –anuncié-.
Aunque no por mucho tiempo, pensé para mis adentros.

-Viene del escondite del norte –aseguró Karin, cuando pudo verlo y observó la dirección del arrastre del hombre-.

Llené mis manos de chakra y las puse a cada lado de la cabeza del shinobi, llegando al centro del dolor cerebral y adormeciéndolo. Moriría, y no podía hacer nada por ello. Pero al menos no sentiría nada.

Cuando pudo divisar a Sasuke, ensanchó los ojos, y tosió, apresurado por hablar.

-Tranquilo, no te muevas –le ordené-.

-Uchiha Sasu… Sasuke… Sálvanos –rogó-.

Ensanché los ojos mientras levantaba mi vista hacia él. Sasuke mantuvo su inexpresión y se puso en cuclillas para oírle mejor.

-¿Qué ha pasado? –preguntó fríamente, mientras alzaba los ojos y me pedía con la mirada que lo mantuviese con vida-.

Puse un poco de chakra en sus pulmones, para que no tosiese tanto y pudiese hablar. Tomé su cabeza y puse mi mano debajo de su nuca, levantando un poco su torso.

-Todo comenzó… Cuando se escucharon rumores de que Orochimaru había muerto… Los prisioneros iniciaron un motín… A este paso…

Una mueca de dolor se formó en su rostro y me di cuenta de que mi anestesia no serviría de nada con todas las heridas que tenía. Gimió y su cabeza se hizo a un costado, cerrando los ojos.

-Ugh, mierda. A muerto –habló Suigetsu, poniendo una mano en su cadera-.

Levanté mis ojos y lo fulminé con la mirada. Karin, que estaba frente mío, también levantó su cabeza, pero tenía una expresión de alarma. Su mano se levantó y señaló hacia el norte, un montículo de rocas. Levanté una ceja, pero luego vi a un monstruo salir detrás de él. Había saltado sin ningún tipo de escrúpulo, y su cuerpo era enorme. La caída produjo un pequeño temblor y algunas rocas volaron en el aire. Me recordó al poder de mis puños.

Miré a su rostro, aterrorizada. Sus ojos eran amarillos, su piel de un gris azulado. Cabello rojizo largo, y su cara tenía protuberancias, imitaciones de cuernos. Sabía exactamente lo que era, porque lo había visto una sola vez en mi vida. Aunque en otra persona, en otro lugar, y hacía ya tres largos años.

-¡¿Qué rayos es eso?! –exclamó Suigetsu, empuñando su katana, movido por el instinto-.

Apreté mis dientes y mis puños con odio. Sabía la respuesta, pero no tenía pensado responder. Tal vez enfrentarme a este lugar no sería tan fácil como lo había estipulado. Puse mi cuerpo en posición de defensa antes de darme cuenta mientras esperaba alguna orden de Sasuke.

-¡Es el nivel dos del sello maldito! ¡Ha completado la transformación! –exclamó Karin-.

Resistí el impulso de rodar los ojos, aunque a estas alturas no pudiesen ver mi rostro. Me puse a la altura de Sasuke y no logré descifrar su expresión. ¿Cómo. Rayos. Lo hace? El hombre frente a nosotros nos miró a uno y luego al otro, pero se detuvo en él.

-Tú eres…

Su voz era grave, tranquila, pero al mismo tiempo aterradora. Antes de que quisiese moverse para atacarnos, Sasuke ya había avanzado y con Kusanagi desenvainada, lo había dejado fuera de batalla. Me relajé un poco y tranquilicé mi postura, mientras veía donde había caído el hombre y observaba como el sello maldito se dispersaba. Siempre era asombroso.

-¿Quién rayos era este tipo? –preguntó Suigetsu, moviendo con un pie el cuerpo del hombre moribundo, como si fuese algún tipo de… Ugh, no sé-.

Fruncí el ceño mientras me proponía seriamente enseñarle algo de modales para con la gente muerta.

Me agaché para constatar el estado del hombre, y sólo tenía un corte que no afectaba ningún órgano vital. Tal vez perdiese un riñón, pero nada a lo que no se pudiese sobrevivir. Le indiqué en un susurro que detenga la hemorragia, y asintió agradecido. Me puse de pie y Suigetsu y Karin me miraron como si fuese alguna clase de bicho raro.

-Ahí adelante se encuentra el escondite del norte –dijo Sasuke mientras guardaba a Kusanagi, mirando hacia la guarida-. Apresúrense y ayúdenme a encontrar a Juugo.

Por alguna razón, me encantaba verlo pedir ayuda. Eso me aseguraba que al menos seguía siendo humano. Que mi presencia junto a él, esos tres años de tortura junto a Orochimaru no habían sido en vano.

Nos acercamos a las puertas, que tenían un enorme parecido con las de una cárcel. Tres enormes ventanales, cubiertos con gruesas verjas de hierro. Y delante de todas ellas, alrededor de treinta y cinco hombres con el nivel dos del sello. Tragué saliva, nerviosa. Definitivamente no esperaba tener un recordatorio permanente de aquel día.

Suigetsu rió para sus adentros.
-Vaya, vaya… ¿Cómo rayos sabremos quién es Juugo?

-¿Sasuke? –interrogué, apretando mis puños-.

-Karin, ¿es Juugo uno de ellos? –preguntó él, ignorándonos-.

-Dame un segundo.

Puso sus manos juntas para concentrar chakra y cerró los ojos. Levanté una ceja. Realmente no conocía las habilidades de Karin. Sin embargo, esperaba que no se tardase mucho. Los prisioneros se veían muy ansiosos por atacarnos.

-No –habló luego de unos tortuosos cinco segundos, meneando la cabeza-. Juugo no es ninguno de ellos.

-Significa que podemos matarlos, ¿no? –preguntó Suigetsu entusiasmado-.

Chasqueé mi lengua en señal de molestia.

-No ataquen a sus puntos vitales –ordenó Sasuke-.

Suigetsu volvió a reír.
-Pareces un shinobi de Konoha… Debiste haber matado al tipo de antes.

-Vamos.

Nos echamos a correr hacia ellos, y al parecer todos nos tomamos en serio la orden de no matarlos. Tuve que controlar mi fuerza para no darles golpes demasiado graves, y al segundo desmayado decidí simplemente inyectar un poco de chakra en su cerebro. Más eficiente que gastar energía peleando. Podía dejarlos inconscientes si daba en el punto exacto.

No nos tomó mucho tiempo. Suigetsu estaba descansando apoyado en su espada, y Sasuke estaba guardando a Kusanagi. Karin finalmente salió de una puerta que había a la izquierda con un enorme llavero entre sus manos.

-Encontré las llaves –dijo sonriendo-.

Al minuto estábamos caminando dentro, y la verdad era que los corredores no tenían mucha diferencia con los de la guarida del sur. Paredes color tierra, y una lámpara cada dos metros. Me juré a mí misma no volver a entrar a una guarida de Orochimaru nunca más en mi vida. Eran traumáticas.

-Guíanos, Karin –pidió Sasuke, cuando llegamos a una división de tres caminos-.

-¿Por qué haces esto, Sasuke?

Fruncí el ceño en señal de molestia. ¿Realmente tenía que cuestionar todo? Ya les diría el objetivo cuando encontráramos a Juugo.

-Sólo encuéntralo, ¿si? Te pasas el día presumiendo de tu condenada habilidad. ¡Ahora úsala! –se quejó Suigetsu-.

No pude reprimir mi sonrisa arrogante mientras Karin lo fulminaba con la mirada.

-Es por ahí –dijo señalando hacia delante-.

-Por fin…

Suigetsu se nos adelantó y continuó por el mismo corredor de antes, y cuando Sasuke estuvo a punto de seguirlo, Karin lo tomó de la manga del haori y lo jaló hacia la izquierda. Levanté una ceja, y los seguí rodando los ojos.

-¿Qué dem…? –quiso maldecir Sasuke, pero la pelirroja lo hizo callar-.

-En realidad es por aquí –explicó en voz baja-. ¡Apresúrense!

Crucé mis brazos en desaprobación, frunciendo el ceño. ¿Qué rayos acababa de pasar?

-¿Por qué mentiste? –preguntó Sasuke, igual de molesto que yo-.

Pues si tan peligrosa era la guarida del norte, no deberíamos permitirnos dejar a uno de nosotros andar solo por ahí. Y tampoco podíamos permitirnos los caprichitos de Karin.

-Ahora Suigetsu va por el camino equivocado –añadí-.

-Suigetsu es un idiota, no lo soporto. ¡Vamos!

Y volvió a jalar del brazo de Sasuke, empujándolo hacia delante.

-Suéltame, puedo caminar yo solo –se quejó-.

Sonreí arrogante cuando la pelirroja lo soltó avergonzada.

Si había algo por lo que debía de felicitar al imbécil de Orochimaru, eso era lo bien hechas que estaban sus guaridas. Eran un auténtico laberinto, y sin la habilidad de rastrear chakra de Karin –supuse que era eso lo que la hacía tan especial a ojos de Sasuke-; no sé qué habríamos hecho para encontrar la celda de Juugo. Todas las esquinas, todos los cruces en el camino parecían iguales uno del otro. Más de una vez quise preguntarle si estaba segura de que estábamos en el camino correcto, pero la mirada decidida y de suficiencia que tenía lograba responderme antes de que siquiera preguntase.

Miré con desconfianza la enorme puerta de hierro, la única que había en aquel pasadizo. Tenía varios cerrojos, cuatro cadenas y muchos candados. Karin suspiró, moviendo las llaves que tenía en sus manos.

-¿Es aquí? –pregunté-.

Ella asintió.
-Sí. Juugo está aquí.

Pacientemente y bajo nuestra mirada, la pelirroja se dedicó a abrir los cerrojos, utilizando las pequeñas llaves que había en aquel aro. Llegó a la última, y noté cómo cerraba los ojos del nerviosismo. Puso su mano sobre la gran manija que la abriría por completo, decidida a halar de ella.

-Yo entraré, Karin. Retrocede.

Me recliné en la pared, bajando la mirada; aunque manteniendo mi oído alerta a lo que sea que pudiese haber dentro de esa celda. Escuché el chirrido agudo de la puerta, y deduje que Sasuke se estaba asomando por ella.

-¡BINGO! ¡ESTÁS MUERTO!

Obviamente, levanté mi cabeza alarmada y logré ver a un hombre con el sello maldito esparcido correr hacia Sasuke. Karin exclamó '¡Cuidado!' y yo me puse en posición de batalla. Antes de que pudiese hacer nada, él ya estaba corriendo con una mano en la empuñadura de Kusanagi.

Sin embargo, la fuerza monstruosa de Juugo transformado a la mitad hizo que Sasuke no pudiese soportar el impacto, dándose contra la pared y formando una nube de polvo. Karin cayó sentada, y yo apenas tuve tiempo para saltar fuera de la línea del golpe.

-¡Sasuke! –exclamó ella-.

Las risotadas de Juugo me hicieron estremecer, y cuando el polvillo se disipó logré ver su enorme brazo transformado aplastar a lo que era Sasuke. Pero luego algo comenzó a empujarle, y me di cuenta que él también había activado su sello. Su brazo había aumentado al menos seis veces de tamaño, y ahogué un grito de sorpresa al ver su rostro mitad grisáceo con pupilas amarillas.

Sasuke levantó la vista y miró con ojos amenazantes a Juugo.

-¡No, otra copia de mí! –exclamó alarmado-. ¡Pero esta es de alguien bastante bueno! ¡Puede hacer transformaciones parciales! ¡El debe tener un buen control del sello maldito!

El pelinegro frunció el ceño, y yo temí por la vida de Juugo. Sin embargo, su voz suave y diplomática me tranquilizaron.

-No vine aquí para luchar –declaró-. Tengo que hablar contigo, Juugo. Eso es todo.

El otro sólo sonrió divertido, antes de lanzarse de nuevo hacia Sasuke.

-¡Él es fuerte! ¡Es más fuerte que aquella otra copia, Kimimaro!

La espada de Suigetsu, de la nada, impidió que el puño de Juugo tocase el cuerpo de Sasuke. Ambos rebotaron hacia lados contrarios, debido al poder del impacto. En cualquier otra situación, hubiese ensanchado los ojos de una aparición tan repentina, pero había logrado oír los pasos de alguien a la distancia, y algo me hacía suponer que era él. Mientras ellos caían, logré correr al lado de Sasuke, para ver si estaba herido. Por supuesto, había salido ileso. Me abofeteé mentalmente por siquiera preocuparme.

Estaba mirando ausente a Suigetsu y a Juugo. Lo imité. Juugo ahogó un gemido de sorpresa.

-La vez pasada, no utilizaste ese poder –se mofó el peliblanco-.

El origen del sello lo miraba incrédulo.

-Déjame tratar con él, Sasuke –pidió arrogantemente. Luego clavó sus ojos en mí, y los quitó cuando notó que fruncía el ceño peligrosamente. Entonces los fijó en Karin-. Karin, tú sigues.

Chasqueé la lengua molesta, casi al mismo tiempo que lo hizo la pelirroja.

-Detente, Suigetsu. No vinimos aquí a luchar –dijo retrayendo su sello maldito-. Déjame dirigirme a él.

-Las palabras realmente no sirven con él. Tienes que hacerlo escuchar a la fuerza –dijo mientras alzaba de nuevo su katana-.

-¡Ah, sí! ¡Ahora recuerdo! –exclamó Juugo-. ¡Usted es Suigetsu!

Y volvieron a lanzarse golpes. La espada de Suigetsu chocó con el puño transformado de Juugo, para luego tomar distancia empujados por el impacto. Volvieron a golpearse y sucedió exactamente lo mismo. Miré a Sasuke alarmada, y vi que tenía los dientes apretados. Esto iba a terminarse muy pronto. Karin tenía una expresión divertida.

-¡Basta ustedes dos! –exclamé furiosa-.

Cuando estaban por darse el cuarto golpe, Sasuke avanzó y los detuvo con dos invocaciones de serpientes que salieron debajo de cada una de sus mangas. Ambos quedaron inmovilizados, y suspiré aliviada. Volví a abrir mis ojos y el alivio se fue al demonio cuando vi el Sharingan regirar furioso en sus ojos.

-¿Qué tal… -dijo amenazante- …Si los mato a ambos?

Pude llegar a ver el sudor frío correr por la frente de ambos. Su intención ya cumplida –léase: aterrorizar a ambos-, retrajo sus serpientes lentamente; desactivando su kekkeigenkai. El sello maldito de Juugo también se desvaneció poco a poco, dejando a un hombre de cabellos anaranjados atónito. Gritó, aterrorizado, y corrió a encerrarse de nuevo en su celda.

-¡Cierren la puerta! ¡CIERREN LA PUERTA! –exclamó, furioso-.

-Juugo, he venido a liberarte –declaró Sasuke-. Ven conmigo.

-Está demasiado asustado ahora –opinó Suigetsu-.

-No creo que sea eso… –dije, y Karin asintió-.

Sasuke me dedicó una mirada interrogante.

-¡No quiero matar a más gente! ¡Sólo déjenme solo! –exclamó mientras sacudía la cabeza gacha, tomándose los cabellos, al borde de la desesperación-.

-¿Huh? ¿Doble personalidad? –dijo Suigetsu incrédulo-.

Karin se acomodó sus lentes sobre el puente de su nariz, y luego asintió.

-No importa cuánto lo intente Juugo, tarde o temprano pierde el control sobre sí y sucumbe al constante impulso de matar… -dijo con pesar-. Pero él realmente no quiere herir a nadie. Caminar a su lado ya es un gran riesgo, Sasuke –terminó preocupada-.

-¡¿Qué quieren de mí?! ¡Vuelvan a encerrarme enseguida! –exclamó de nuevo, desde dentro de la celda-.
-Orochimaru a muerto y este lugar se está derrumbando –dijo Sasuke amablemente, acercándose a la puerta cerrada-. Caerás con él si sigues aquí más tiempo.

-Bien… -dijo Juugo resignado-. Así no mataré a nadie más.

-Tranquilo… Yo actuaré como tu prisión. Si intentas matar a alguien, te detendré –respondió Sasuke-.

-¿Qué crees que podrás hacer? –dijo incrédulo-. El único que podía calmar esta sed de sangre… -hubo una pausa, que atribuí al dolor de que aquella persona no estuviese allí-. Era Kimimaro –me estremecí-. ¡No iré a ninguna parte sin él!

La cabeza me daba vueltas. Todo parecía querer hacerme recordar aquel día. Cerré los ojos alejando esos horribles pensamientos y los volví a abrir un poco más concentrada.

-Kimimaro era del clan Kaguya, ¿cierto? –evidentemente, Suigetsu no tenía idea de lo que realmente estábamos hablando-.

-Sí. Él y Juugo eran los favoritos de Orochimaru. Estuvieron aquí desde que este sitio se construyó –explicó Karin-. Kimimaro era el único miembro en el cual podía trabajarse sin temer resistencia o violencia. Era muy fuerte… -como si hiciese falta que me lo recordasen-. Era el único que detenía los ataques de Juugo sin salir herido.

-¿Pero él está…?

Sasuke abrió la puerta y enfrentó al Juugo que estaba sentado de espaldas a él. Habló decididamente.

-Juugo, Kimimaro está muerto. Él murió luchando por mi bien.

Se hizo el silencio. Creí conveniente dar unas cuantas explicaciones, pero luego caí en la cuenta de que no era un buen momento para hablar.

-¿El murió… Por tu bien? –dijo Juugo incrédulo-. ¿Entonces tú eres…? –se dio la vuelta para mirar su rostro-. ¿Uchiha Sasuke?

-Sí.

Observé con asombro las emociones encontradas atravesar su rostro, hasta que finalmente se puso de pie y nos siguió de buena gana hasta fuera de la guarida. Los cinco estábamos de pie, yo y Sasuke frente a los otros tres.

-Con ustedes tres completo el grupo, y la primera parte de mi plan –dijo Sasuke-. Es hora de que les explique mis propósitos.

Rodé los ojos.

-Voy a matar a Uchiha Itachi de Akatsuki. Y quiero que me ayuden.

-Lo sabía… -masculló Suigetsu-.

-Karin, tú habías dicho que tenías asuntos que atender –dije-. ¿Qué harás a partir de ahora?

El rostro de la pelirroja se petrificó, y reí para mis adentros.

-Bien, ahora que lo pienso, no es nada urgente… -dijo restándole importancia al asunto-.

-¿Por qué no te dejas de idioteces y eres honesta de una buena vez? –se quejó Suigetsu cruzándose de brazos-. Algo como "Quiero estar al lado de Sasuke ahora y siempre", ¿Quizás? –dijo imitando su voz chillona-.

Solté una carcajada y Sasuke me fulminó con la mirada.

-¡N- No es eso! –exclamó nerviosa-. ¿¡E-en que te basas para sugerir algo así!?

-Mentirosa –acusó-. Estás nerviosa y apenas puedes hablar. Sólo déjalo… Sé la verdad. Hace tiempo, tú hiciste algo a Sasuke…

Mis ojos y los de la pelirroja se ensancharon de sorpresa. Karin le estampó un puñetazo en la cara a Suigetsu, y no pude evitar volver a reír. Aunque la curiosidad me carcomía por dentro, no iba a negarlo.

-Suigetsu, deja de joder a Karin. Te dije que cooperaras con ella –ordenó Sasuke-.

-Aguafiestas –mascullé divertida-.

Volvió a fulminarme con la mirada, yo sólo le mostré mi lengua.

El rostro –derretido-, de Suigetsu comenzó a regenerarse por sí solo. Una técnica fantástica, pensé para mis adentros.

-Culpa mía, culpa mía. Lo siento Karin –le dedicó una sonrisa arrogante-. Pero pienso estar pegado a Sasuke todo el tiempo… -su sonrisa se borró en un instante-. Yo quiero la espada de Hoshigaki Kisame, el compañero de Uchiha Itachi. Samehada será mía.

-¿Estás reuniendo espadas? –dijo Karin incrédula-. Que absurdo.

Suigetsu la fulminó con la mirada.

-Suigetsu… -me quejé-.

-Lo sé, lo sé; Sakura-san –volteó al último miembro-. Ahora tú también eres libre, Juugo. ¿Qué harás?

Juugo miró a Sasuke.

-Kimimaro dijo que la existencia de Sasuke-sama sería como si él reviviese… Necesito ver como de fuerte puede ser un shinobi.

-Entonces está decidido –habló Sasuke-.

Sonreí sinceramente. Los planes marchaban viento en popa. Aunque no conocía a la mayoría de ellos –y no iba a ocultar el hecho de que en el fondo me molestaba-, estaba segura de que todo iba bien.

-Desde ahora, nosotros cinco nos moveremos como uno solo –prosiguió-. Y nuestro grupo será conocido como… Hebi. Hebi tiene un solo propósito… -sus facciones se endurecieron-. Uchiha Itachi.

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+[Author'sNote]+

La verdad es que no pensaba subir el capítulo hoy. Pero ayer me dio un ataque de inspiración y de la nada escribí el capítulo. ¡Gracias por leer!

Disclaimer applied.

+[Peace Ctrl]+
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