Disclaimer aplicado

Historia original de Linda Howard

ADVERTENCIA: Esta historia es una adaptación de un libro, yo solo la paso al mundo Fairy Tail por puro amor al fandom y al Jerza. Si no les gustan las adaptaciones y prefieren leer el libro, están en su derecho, pero es mi derecho pedirles que si no les gustan, no sigan leyendo y absténganse de comentar negativamente.

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El Hombre Perfecto

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Capítulo 6

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A la mañana siguiente, Erza saltó de la cama temprano, decidida a marcharse a trabajar antes de que apareciese Jellal. Aunque el corazón se le aceleraba por la emoción de pensar en volver a fintar con él, la cabeza le decía que era muy posible que Jellal hubiera consultado la lista en Internet la noche anterior, al regresar a casa después de haberse atiborrado de comida china. Jellal era peor que un pitbull a la hora de soltar una cosa, y no había dejado de pincharla para que le revelara el resto del contenido de la lista. Erza no quería de ningún modo saber lo que opinaba él de todo lo que había más allá del punto siete de la lista.

Estaba ya saliendo por la puerta a la intempestiva hora de las siete de la mañana cuando vio que su contestador automático estaba otra vez lleno de mensajes. Fue a pulsar el botón de borrado, pero titubeó.

Dado que sus padres estaban de viaje, podía suceder cualquier cosa: Uno de ellos podía ponerse enfermo, o podía ser que se diera algún otro tipo de urgencia. ¿Quién sabe? También era posible que hubieran llamado Millianna o Wally para pedir disculpas.

—No caerá esa breva —murmuró al tiempo que oprimía el botón de lectura.

Había tres mensajes de tres periodistas, uno de prensa y otro de televisión, que solicitaban una entrevista. Dos que habían colgado, seguidos el uno del otro. La sexta llamada era de Lissanna Strauss, que se presentó como hermana de Mirajane Strauss. Su voz tenía los tonos melosos y modulados de un locutor de televisión, y la informó de que la encantaría reservarle una entrevista en Buenos días, Fiore para hablar de la Lista, que estaba literalmente barriendo el país. El séptimo mensaje era de la revista People, que le solicitaba lo mismo.

Erza luchó para contener la creciente histeria que la invadió al escuchar a otros tres que colgaron.

Quienquiera que fuese había esperado mucho tiempo, en silencio, antes de colgar. Idiota.

Borró las llamadas; no tenía intención de devolver ninguna de ellas. Aquella situación había pasado de ser tonta para convertirse en algo completamente ridículo. Consiguió salir del camino de entrada sin toparse con Jellal, lo cual quería decir que la mañana comenzaba de manera apacible. Se sentía tan bien que sintonizó la radio en una emisora de música country y escuchó a los Dixie Chicks cantar que Earl tenía que morir. Incluso tarareó ella misma la canción, y se preguntó si Jellal el policía opinaría que la muerte de Earl era un homicidio justificado. Tal vez pudieran hasta discutir del tema.

Supo que estaba obsesionada cuando la idea de discutir con Jellal le resultaba más emocionante que, pongamos, ganar un premio a la lotería. Jamás había conocido a nadie que no sólo no parpadease ante algo que dijera ella, sino que además fuera capaz de seguirla —verbalmente— sin romper a sudar. Era algo muy liberador, el hecho de poder decir algo y que él no se sorprendiera. A veces tenía la sensación de que Jellal disfrutaba provocándola. Era engreído, irritante, macho, inteligente y tremendamente sexy. Y mostraba la debida reverencia hacia el coche de su padre, además de haber lavado y encerado bastante bien el Viper.

Tenía que empezar a tomarse la píldora, y rápido.

Encontró más reporteros frente a las puertas de Hammerstead. Alguien debía de haberles pasado información acerca de qué automóvil conducía ella, porque comenzaron a destellar los flashes de las cámaras cuando frenó la marcha para que el guarda levantase la barrera. Éste le dijo con una sonrisa:

—¿Quieres llevarme a dar un paseo y ver si cumplo los requisitos?

—Ya te llamo yo —replicó Erza—. Tengo la agenda llena hasta dentro de dos años y medio.

—Ya, claro —dijo él con un guiño.

Era tan temprano que el pasillo verde vómito estaba vacío. Sin embargo, no era tan temprano como para que no se le hubieran adelantado algunos de los pirados. Se detuvo a leer el nuevo cartel del ascensor: RECUERDA: PRIMERO LO SAQUEAS, LUEGO LE PRENDES FUEGO. LOS QUE NO CUMPLAN ESTA NORMA SERÁN SUSPENDIDOS DEL EQUIPO DE ASALTO. Bueno, ya se sentía mejor.

Un día sin cartel en el ascensor era algo terrible que soportar.

Llegó a su oficina antes de darse cuenta de que los reporteros y el guarda no la habían molestado. Ellos no eran importantes. Era mucho más interesante su batalla con Jellal, sobre todo desde que ambos sabían adonde conducía. Nunca había tenido una aventura, pero se imaginó que la que tuviera con Jellal iba a chamuscar las sábanas. No era que tuviera la intención de ponérselo fácil; Jellal iba a tener que luchar para hacerla suya, incluso aunque ya estuviera tomando la píldora. Era por principio.

Además, resultaría divertido frustrarlo un poco.

Mirajane Strauss también había ido temprano a trabajar.

—Oh, estupendo —dijo, y sus ojos se iluminaron al ver a Erza sentada a su mesa—. Necesito hablar contigo, y tenía la esperanza de que llegases temprano para charlar sin público alrededor.

Erza gruñó para sus adentros. Veía perfectamente lo que se le avecinaba.

—Anoche me llamó Lis —comenzó Mirajane—. Ya sabes, mi hermana. Bueno, pues es que ha estado intentando ponerse en contacto contigo, y ¿sabes una cosa? ¡Quiere llevarte a su programa! ¡Buenos días, Fiore! ¿No es emocionante? Bueno, a vosotras cuatro, naturalmente, pero yo le he dicho que probablemente serías tú la portavoz del grupo.

—Ah... Creo que no tenemos portavoz —dijo Erza, un poco perpleja por la suposición de Mirajane.

—Oh. Bueno, si lo haces tú, serás tú la portavoz.

Mirajane parecía estar tan orgullosa que Erza buscó una manera diplomática de decir «ni hablar».

—No sabía que tu hermana buscaba entrevistas para programas.

—Oh, no lo hace, pero ha hablado con la persona encargada de ese tema, que ha mostrado mucho interés también. Esto supondría un puntazo para Lissanna —le confió Mirajane—. Corre el rumor de que las otras cadenas probablemente se pongan en contacto contigo hoy, por eso Lis quería adelantarse a ellas. Esto podría impulsar enormemente su carrera.

Lo cual significaba que si ella, Erza, no cooperaba, le echarían directamente la culpa de los posibles traspiés en la carrera de la hermana de Mirajane.

—Puede que haya un problema —dijo Erza con una expresión lo más contrita posible—. El marido de Levy no está nada contento con toda esta publicidad...

Mirajane se encogió de hombros.

—Entonces acudid sólo tres al programa. En realidad, seguramente lo mejor sería que fueras tú sola...

—Lucy es mucho más guapa...

—Bueno, sí, pero es muy joven. No posee tu autoridad.

Genial. Ahora poseía «autoridad».

Intentó valerse de aquella autoridad para infundir firmeza a su tono de voz.

—No sé. A mí tampoco me gusta toda esta publicidad. Preferiría que todo se olvidara poco a poco.

Mirajane la miró horrorizada.

—¡No lo dirás en serio! ¿Es que no quieres ser rica y famosa?

—Rica, no me importaría. Famosa, no. Y no veo cómo el hecho de ir a Buenos días, Fiore puede hacerme rica.

—¡Podrías sacar un contrato para un libro! Uno de esos anticipos multimillonarios, ya sabes, como esas mujeres que escribieron el libro sobre las reglas.

—¡Mirajane! —gritó casi Erza—. ¡Pon los pies en el suelo! ¿Cómo puede la Lista convertirse en un libro, a no ser que se dediquen trescientas páginas a hablar de la longitud del pene de un hombre?

—¿Trescientas? —Mirajane adoptó una expresión dubitativa—. Yo creo que sería suficiente con ciento cincuenta.

Erza buscó a su alrededor algo con que propinarse un coscorrón en la cabeza.

—Por favor, por favor di que sí a Lis —rogó Mirajane juntando las manos en la clásica actitud de súplica.

En un ramalazo de inspiración, Erza dijo:

—Tengo que hablar con las otras tres. Será el grupo entero, o nada.

—Pero si has dicho que Levy...

—Hablaré con las otras tres —repitió Erza.

Mirajane puso cara de descontento, pero era evidente que reconoció parte de aquella misteriosa autoridad que creía que poseía Erza.

—Pensaba que ibas a volverte loca de alegría —murmuró.

—Pues no es así. Me gusta tener mi intimidad.

—Entonces, ¿por qué publicaste la Lista en el boletín?

—No fui yo. Cana se emborrachó y se lo contó todo a Sherry como se llame.

—Oh. —Mirajane puso aún mayor cara de descontento, como si se diera cuenta de que Erza estaba todavía menos emocionada por toda aquella situación de lo que ella había supuesto.

—Toda mi familia está furiosa conmigo por esto —se quejó Erza.

A pesar de su desilusión, Mirajane era una mujer agradable. Se sentó sobre el borde de la mesa de Erza y cambió su expresión por otra de solidaridad.

—¿Por qué? ¿Qué tiene que ver con ellos?

—Exactamente lo que yo pienso. Mi hermana dice que la he avergonzado y que ya no va a poder entrar en la iglesia con la cabeza alta, y mi sobrina ha conseguido la transcripción completa en Internet, de modo que Millianna también está enfadada por ese motivo. Mi hermano está furioso porque lo he avergonzado delante de los hombres de su trabajo...

—No veo cómo, a no ser que hayan hecho comparaciones unos con otros en los lavabos y él no haya dado la talla —comentó Mirajane, tras lo cual soltó una risita.

—No quiero pensar en eso —dijo Erza, y a continuación rio también. Se miraron la una a la otra y rompieron a reír a carcajadas hasta que se les saltaron las lágrimas y el rímel se les corrió. Aun riendo, se fueron al lavabo de señoras a reparar los daños.

A las nueve en punto llamaron a Erza al despacho de su inmediato supervisor.

Se llamaba Ashford M. de Wynter. Cada vez que oía pronunciar aquel apellido, creía estar soñando con Manderley. Deseaba ansiosamente preguntar si la M significaba «Max», pero le daba miedo averiguarlo. Tal vez él jugara a mantener aquella fantasía, pero siempre iba vestido con un estilo muy europeo, y había quien le había oído hablar con cierto acento británico.

Además de eso era un gilipollas.

Algunas personas lo son por naturaleza; otras se lo ganan a pulso. Ashford de Wynter combinaba ambas cosas.

No le ofreció a Erza que tomara asiento, pero ella se sentó de todos modos, con lo cual recibió un ceño fruncido por su atrevimiento. Sospechaba cuál era el motivo de aquella pequeña conferencia y quería estar cómoda mientras él la machacaba.

—Señorita Scarlet —comenzó, con una expresión peculiar, como si olfateara algo desagradable.

—Señor de Wynter —repuso ella.

Otro ceño fruncido, de lo cual Erza dedujo que no era su turno de hablar.

—La situación que se vive a la entrada de la empresa se ha vuelto insostenible.

—Estoy de acuerdo. Tal vez, si usted probara con una orden judicial... —Dejó que la sugerencia surtiera efecto, pues sabía que él no poseía autoridad para conseguir dicha orden aunque hubiera razón para ello, lo cual dudaba. La «situación» no estaba poniendo en peligro a nadie, y los reporteros no estaban obstaculizando el paso de los empleados.

El ceño fruncido se transformó en una mirada de furia.

—Su inclinación a hacer chistes no es bien recibida. Sabe muy bien que esta situación es obra de usted. Resulta indecorosa y molesta, y la gente está descontenta.

Por «gente» debía entenderse «sus superiores».

—¿Por qué es obra mía? —preguntó Erza en tono manso.

—Esa vulgar Lista que ha escrito...

A lo mejor Minerva y él habían sido separados al nacer, musitó Erza para sí.

—La Lista no es mía más que lo es de Cana Alberona. Ha sido producto de una colaboración. —¿Qué le pasaba a todo el mundo para que la hicieran a ella la única responsable de la Lista? Y una vez más, ¿qué era aquella misteriosa «autoridad»? Si gozaba de semejante poder, a lo mejor debía empezar a usarlo más a menudo. Podría hacer que la gente le permitiera pasar primero en las cajas del supermercado, o que su calle fuera la primera en limpiarse tras una nevada.

—Señorita Scarlet —dijo Ashford de Wynter en tono dominante—. Por favor.

Aquello quería decir: por favor, no me tome por idiota. Pero ya era tarde; Erza ya lo tomaba por idiota.

—Su vena de humor es muy apreciada —añadió—. Es posible que no sea usted la única que ha participado en esto, pero es innegable que ha sido la principal instigadora. Por lo tanto, le corresponde a usted rectificar la situación.

Aunque pudiera quejarse de Cana ante sus amigas, Erza no estaba dispuesta a mencionar el nombre de otra persona a deWynter. Éste ya conocía los otros tres nombres. Si decidía creer que la mayor parte de la culpa era de ella, no había nada que pudiera decir para hacerlo cambiar de opinión.

—Está bien —dijo—. A la hora de comer saldré a la entrada y les diré que usted no aprueba toda esta publicidad y que quiere que despejen la propiedad de Hammerstead o de lo contrario ordenará que los detengan.

DeWynter parecía haberse tragado un pez.

—Ah... No me parece la mejor manera de resolver las cosas.

—¿Qué sugiere usted?

Ahí quedaba eso. El semblante del supervisor quedó totalmente inexpresivo. Erza ocultó su alivio. Su ego habría quedado hecho trizas si deWynter hubiera sido capaz de pensar una solución factible cuando ella no había sido capaz de sugerir una ni siquiera no factible.

—Ha llamado una persona del programa Buenos días, Fiore —prosiguió Erza—. La mandaré a hacer gárgaras. También se espera que llamen de la revista People, pero simplemente no atenderé la llamada. Toda esa publicidad gratis no puede ser buena para la empresa...

—¿La televisión? ¿La televisión nacional? —preguntó débilmente deWynter. Estiró el cuello igual que un pavo—. Ah... Sería una oportunidad maravillosa, ¿no?

Erza se encogió de hombros. No sabía si sería maravillosa o no, pero no se podía negar que era una oportunidad. Por supuesto, acababa de meterse ella misma en una encerrona; publicidad era precisamente lo que no quería. No cabía la menor duda de que tenía un grave defecto de personalidad, ya que no podía soportar permitir que Ashford deWynter se impusiera a ella en nada.

—Tal vez debiera proponer la idea a la autoridad que corresponda —sugirió al tiempo que se levantaba del asiento. Si tenía suerte, alguien de las altas esferas vetaría la idea.

DeWynter se debatía entre la emoción y la renuencia a permitir que ella supiera que tenía que pedir permiso, como si Erza no supiera exactamente cuál era su puesto y cuánta autoridad conllevaba el mismo. Se encontraba en el término medio de los mandos intermedios, y eso era todo lo que iba a dar de sí. Nada más regresar a su mesa, Erza convocó un consejo de guerra. Lucy, Cana y Levy accedieron a reunirse para el almuerzo en el despacho de Cana.

Explicó la situación actual a Mirajane y pasó el resto de la mañana, con la ayuda de Mirajane, encajando y esquivando llamadas.

A la hora del almuerzo, las cuatro amigas, fortalecidas con una selección de galletas sin sal y refrescos sin azúcar, se congregaron en el despacho de Cana.

—Yo creo que podemos declarar la situación oficialmente fuera de control —dijo Erza con pesadumbre, tras lo cual informó a todas acerca de la hermana de Mirajane y de las llamadas que había recibido aquella mañana de la NBC y de la revista People, tal como había pre-dicho Mirajane.

Todas volvieron la vista hacia Levy.

Levy se encogió de hombros.

—No me parece que merezca la pena tratar de apagar el fuego en este momento. Gajeel está enterado. Anoche no vino a casa.

—Oh, cariño —dijo Cana en tono compasivo alargando una mano para tocar a Levy en el brazo—Cuánto lo siento.

Levy tenía los ojos enrojecidos, como si se hubiera pasado la noche llorando, pero parecía tranquila.

—Yo no lo siento —dijo—. Esto no ha hecho más que sacar las cosas a la luz. O me quiere o no me quiere. Si no me quiere, debe salir de mi vida inmediatamente y dejar ya de hacerme perder el tiempo.

—Vaya —dijo Lucy, mirando a Levy con el asombro dibujado en sus bellos ojos—. Ahí tú, pequeña.

—¿Y tú? —preguntó Erza a Cana—. ¿Has tenido algún problema con Bacchus?

Cana contestó con una sonrisa irónica, de estar de vuelta de todo:

—Con Bacchus siempre hay problemas. Digamos simplemente que ha reaccionado al estilo típico de Bacchus, vociferando y bebiendo cerveza a lo bestia. Cuando salí de casa esta mañana aún estaba durmiendo.

Seguidamente, todas miraron a Lucy.

—No he sabido nada de Natsu.—dijo ella, y sonrió a Erza—. Tenías razón en lo de las ofertas para medírsela y los chistes. Yo me estoy limitando a decir a todos que voté por treinta centímetros, pero que vosotras quisisteis reducir la cifra. En general, eso los deja fríos.

Cuando dejaron de reír, Cana dijo:

—Muy bien, mi idea de conceder una entrevista no ha funcionado. Qué demonios, ¿qué os parece si dejamos de intentar guardar silencio y nos divertimos un poco con todo esto?

—DeWynter va a proponer a los de arriba la idea de obtener publicidad de alcance nacional gratis —dijo Erza.

—¿Y no van a lanzarse a por ella igual que una mujer hambrienta sobre una chocolatina? —Se burló Levy.—. Estoy con Cana. Vamos a sacar la lista a la luz y a divertirnos de verdad; ya sabéis, añadirle unas cuantas cosas, extendernos en discusiones y explicaciones.

Wally y Millianna se iban a enfadar, pensó Erza. Bueno, peor para ellos.

—Qué demonios —dijo.

—Qué demonios —la secundó Lucy.

Se miraron unas a otras, sonrieron y Cana sacó lápiz y papel.

—Bien podemos empezar ya mismo a darles una historia que merezca la pena sacar en los medios.

Levy sacudió la cabeza con gesto melancólico.

—Esto va a atraer a todos los locos del país. ¿Alguna de vosotras recibió anoche llamadas absurdas? Un tipo, creo que era hombre, pero pudo ser una mujer, me dijo susurrando: «¿Cuál de las cuatro eres tú?». Quería saber si yo era la A.

Lucy dijo sorprendida:

—Oh, yo también he recibido una llamada de ésas. Y hubo dos que colgaron y que pensé que pudiera tratarse del mismo tipo. Pero tienes razón; por la forma en que susurraba, no se distinguía muy bien si era hombre o mujer.

—Yo tenía cinco llamadas en el contestador de personas que colgaron sin decir nada —comentó Erza—. Desconecté el teléfono.

—Yo salí—dijo Cana—. Y Bacchus estrelló el contestador contra la pared, de modo que de momento no recibiré mensajes. Esta tarde compraré uno nuevo de camino a casa.

—Así que probablemente las cuatro hemos recibido llamadas del mismo individuo —dijo Erza, un tanto inquieta y agradecida por el hecho de tener a un policía de vecino.

Levy se encogió de hombros y sonrió.

—Es el precio de la fama —dijo.

Erza se fue a casa mascullando para sí todo el rato, aunque se acordó de detenerse en la clínica a hacer acopio de píldoras anticonceptivas para tres meses. La alta dirección había decidido que explotar la situación para conseguir toda la publicidad que pudieran era sin duda beneficioso, y a partir de ahí todo se había acelerado. En nombre de las demás, aceptó acudir a una entrevista en Buenos días, Fiore; aunque no alcanzaba a comprender por qué estaba interesado un programa informativo matinal cuando era obvio que no podía entrar en los detalles más jugosos de la lista. Tal vez fuera un ejemplo del deseo de aquella cadena de imponerse a otras cadenas. Entendía que sintieran interés publicaciones como Cosmopolitan o incluso alguna de las revistas para hombres. Pero ¿qué podía publicar People, aparte de una visión personal de las cuatro amigas y del impacto que la lista había provocado en sus vidas? Era evidente que el sexo vendía hasta cuando no se podía hablar de él.

Las cuatro debían acudir a la filial de la ABC en Magnolia a la supuestamente razonable hora de las cuatro de la madrugada, y la entrevista sería grabada. Tenían que venir ya vestidas, peinadas y maquilladas. Un corresponsal de la ABC, que no sería Diana ni Charlie, iba a desplazarse hasta Magnolia en avión para realizar la entrevista, en lugar de dejarlas sentarse en un plato vacío con minúsculos auriculares en las orejas, hablándole al aire, mientras les formulaba las preguntas alguien situado en Crocus.

Contar con una persona real y en directo haciendo la entrevista era evidentemente un gran honor. Erza intentó sentirse honrada, pero lo que sintió fue cansancio ante la idea de tener que levantarse a las dos de la mañana para vestirse, peinarse y maquillarse.

No vio ningún Pontiac marrón en el camino de entrada contiguo, ni ninguna señal de vida en el interior de la casa.

Desastre.

Bubú traía pedazos de relleno de los almohadones prendidos a los bigotes cuando la saludó. Erza ni siquiera se tomó la molestia de echar un vistazo a la sala de estar. Lo único que podía hacer a aquellas alturas para proteger lo que quedaba de su sofá era cerrar la puerta para que el gato no pudiera entrar en la habitación, pero en ese caso trasladaría su frustración a algún otro mueble. El sofá ya había que mandarlo a arreglar; pues que se desahogase con él.

Una sensación súbita y sospechosa, y una visita al cuarto de baño le indicaron que le había llegado el período, puntualmente. Dejó escapar un suspiro de alivio. Estaba a salvo de su inexplicable debilidad por Jellal en los últimos días. A lo mejor debería también dejar de depilarse las piernas; de ninguna manera iba a embarcarse en una aventura amorosa con las piernas cubiertas de vello. Deseaba mantener a Jellal a distancia por lo menos un par de semanas más, sólo para frustrarlo. Le gustaba la idea de que Jellal se sintiese frustrado.

Al entrar en la cocina miró por la ventana. Seguía sin verse el Pontiac, aunque supuso que quizá Jellal estuviera conduciendo su todoterreno, como había hecho el día anterior. Las cortinas de la cocina estaban echadas. Resultaba difícil frustrar a un hombre que no estaba allí.

En aquel momento entró un coche y se detuvo detrás del Viper. Se apearon dos personas, un hombre y una mujer. El hombre llevaba una cámara alrededor del cuello y cargaba con una serie de bolsas. La mujer llevaba un bolso grande e iba vestida con una chaqueta blazer a pesar del calor.

No merecía la pena intentar esquivar a más periodistas, pero no pensaba permitirles que entrasen en su cuarto de estar sembrado de relleno de sofá. Fue hasta la puerta de la cocina, la abrió y salió al porche.

—Pasen —dijo con voz cansada—. ¿Les apetece un café? Estaba a punto de preparar una cafetera.

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Jim contempló el rostro reflejado en el espejo. A veces desaparecía durante semanas o meses, pero allí estaba, en el reflejo, como si nunca se hubiera ido. Hoy no había podido ir a trabajar, pues temía lo que podría pasar si las viera en carne y hueso. Aquellas cuatro putas. ¿Cómo se atrevían a reírse de él, de insultarlo con su Lista? ¿Quién se creían que eran? Ellas no pensaban que él fuera perfecto, pero él sabía la verdad.

Al fin y al cabo, lo había entrenado su madre.

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Gajeel estaba en casa cuando llegó Levy. Por un instante se le contrajo el estómago en una náusea, pero no se permitió titubear. Ahora mandaba el respeto por sí misma.

Abrió la puerta del garaje y entró en la casa por el zaguán, como siempre. Dicho cuarto daba a la cocina, su hermosa cocina, con sus armarios y accesorios de color blanco y sus relucientes cacharros de cobre colgando de una barra por encima de la isleta central. Su cocina estaba sacada de un libro de decoración, y era su pieza favorita de la casa, no porque le gustase cocinar, sino porque la encantaba el ambiente que tenía. Había un pequeño invernadero lleno de hierbas, helechos y flores pequeñas que llenaban el aire de perfume y frescor. En aquel espacio había introducido dos sillones, una mesa, además de un escabel superacolchado para descansar los pies y las piernas. El invernadero era en su mayor parte de cristal glaseado, lo cual dejaba entrar luz abundante pero reflejaba el calor y el frío. La encantaba acurrucarse allí con un buen libro y un té caliente, sobre todo en invierno, cuando fuera el suelo estaba cubierto por una manta de nieve pero dentro se estaba cómodo y calentito, rodeado por su jardín perpetuo.

Gajeel no estaba en la cocina. Levy dejó el bolso y las llaves en el sitio acostumbrado sobre la isleta, se quitó los zapatos y puso a calentar un hervidor con agua para hacer té.

No lo llamó ni fue a buscarlo. Supuso que se encontraría en su guarida, viendo la televisión y alimentando su rencor. Si deseaba hablar con ella, que saliese de su cueva.

Se puso un pantalón corto y un top ceñido. Aún tenía un buen cuerpo, aunque más musculoso de lo que a ella le gustaba, resultado de años de formar parte de un equipo de fútbol femenino. Hubiera preferido tener la constitución esbelta de Lucy, o las curvas delicadas de Erza, pero en conjunto estaba satisfecha consigo misma. No obstante, al igual que la mayoría de las mujeres casadas, había perdido la costumbre de vestir prendas entalladas y por lo general usaba ropa holgada de algodón en invierno y camisetas flojas en verano. Tal vez hubiera llegado el momento de empezar a sacar el máximo partido a su imagen, tal como hacía cuando Gajeel y ella eran novios.

No estaba acostumbrada a que Gajeel estuviera en casa a la hora de cenar. Para esa última comida del día solía encargar algo a domicilio o bien tomarse algún plato preparado para el microondas. Supuso que Gajeel no comería nada aunque ella cocinase algo (mira, eso le indicaría si a él le entraba el hambre, ¿no?). Regresó a la cocina y sacó uno de los congelados. Era bajo en grasa y en calorías, así que podría darse el capricho de tomarse un helado después.

Gajeel emergió de su guarida mientras ella estaba apurando los últimos restos del helado. Se quedó allí de pie, mirándola, como si esperara que ella se precipitara a pedirle disculpas para así empezar a soltar la diatriba que tenía ensayada.

Pero Levy no le hizo el favor. En vez de eso le dijo:

—Debes de estar enfermo, ya que no estás trabajando.

Gajeel apretó los labios. Todavía era un hombre guapo, pensó Levy desapasionadamente. Era esbelto y de piel morena, y el cabello le había clareado sólo un poco en comparación con cuando tenía dieciocho años. Siempre iba bien vestido, con colores oscuros y trajes de seda, además de llevar calzado deportivo caro y de piel.

—Tenemos que hablar —dijo en tono grave.

Levy alzó las cejas a modo de cortés interrogante, tal como habría hecho Erza. Erza era capaz de conseguir más cosas con sólo levantar una ceja que la mayoría de la gente con un mazo de hierro.

—No era necesario que dejaras de ir a trabajar para eso.

A juzgar por su expresión, Levy percibió que aquélla no era la reacción que esperaba Gajeel. Se suponía que ella concedía mucha más importancia a la relación entre ambos... y al estado de ánimo de él.

Bien, había que ser dura.

—Creo que no te das cuenta del grave daño que me has causado en el trabajo —comenzó Gajeel—. No sé si podré perdonarte alguna vez por haberme convertido en el hazmerreír de todos. Pero voy a decirte una cosa: no existe la menor posibilidad de que arreglemos esto mientras tú sigas andando por ahí con esas tres putas a las que llamas amigas. No quiero que vuelvas a verlas, ¿me oyes?

—Ah, de modo que es eso —contestó Levy comprendiendo de pronto—. Tú crees que puedes valerte de lo que está pasando para decirme a quién puedo tener de amiga y a quién no. Muy bien. Vamos a ver... Si dejo de ver a Cana, tú puedes dejar de ver a Jason. En cuanto a Lucy... oh, ¿qué tal Curt? Y Erza... Bueno, si yo dejo a Erza, tú vas a tener que dejar a Steve, como poco; aunque, personalmente, Ste-ve no me ha importado nunca, así que me parece que deberías aportar algún otro extra para equilibrar la cuestión.

Gajeel se la quedó mirando como si le hubieran crecido dos cabezas. Él y Steve Rankin llevaban siendo amigos íntimos desde el instituto. En verano iban a ver a los Sabertooth y en invierno a los Lamia Scale. Habían hecho muchas cosas de las que forjaban la amistad masculina.

—¡Estás loca! —exclamó.

—¿Por pedirte que te olvides de tus amigos? Pues ya ves. Si tengo que hacerlo yo, tú también.

—¡Yo no soy el que está haciendo trizas nuestro matrimonio con absurdas listas de a quién consideras tú el hombre perfecto! —chilló Gajeel.

—No es «quién», sino «qué» —corrigió Levy.— Ya sabes, cosas como consideración, por ejemplo. Y fidelidad. —Al decir esto último observó fijamente a Gajeel, preguntándose de repente si el poco afecto que había recibido de él en los dos últimos años no obedecería a una razón más básica que un simple distanciamiento.

Él apartó la mirada.

Levy hizo acopio de fuerzas para reprimir el dolor que empezaba a acecharla. Lo metió en una cajita y lo escondió bien adentro para poder continuar durante los próximos minutos, días y semanas.

—¿Quién es ella? —preguntó en un tono tan natural como si le estuviera preguntando si había recogido la ropa de la tintorería.

—¿Quién es quién?

—La otra. La mujer con la que siempre me comparas en tu mente.

Gajeel se sonrojó y ocultó las manos en los bolsillos.

—Yo no te he sido infiel —murmuró—. Estás intentando cambiar de tema...

—Aun cuando no me hayas sido infiel físicamente, lo cual no sé si creerlo o no, hay alguien que te atrae, ¿no es así?

Gajeel enrojeció aún más.

Levy se acercó al armario y sacó una taza y una bolsita de té. Puso la bolsita dentro de la taza y vertió agua hirviendo encima. Al cabo de un minuto dijo:

—Creo que tienes que irte a un motel.

—Levy...

Ella levantó una mano sin mirarlo.

—No pienso tomar ninguna decisión precipitada sobre divorciarnos ni separarnos. Quiero decir que debes irte a un motel a pasar esta noche, para que yo pueda pensar sin tenerte por aquí intentando dar vuelta a las cosas y echarme a mí la culpa de todo.

—¿Pero qué hay de esa maldita lista...?

Levy agitó una mano.

—La lista no tiene importancia.

—¡Y una mierda! Todos los compañeros del trabajo se burlan de mí diciendo que a ti te gustan las pollas gigantes...

—Y lo único que se te ocurre contestar es: sí, me habéis hecho polvo —dijo Levy en tono impaciente—. Así que la lista se ha vuelto un tanto obscena. ¿Y qué? A mí me parece bastante graciosa, y es evidente que mucha gente opina lo mismo. Mañana vamos a salir en Buenos días, Fiore. La revista People quiere hacernos una entrevista. Hemos decidido hablar con todo el que nos lo pida, así todo este asunto terminará cuanto antes. Dentro de unos días surgirá otra historia, pero hasta ese momento vamos a divertirnos mucho.

Gajeel la miró fijamente, sacudiendo la cabeza en un gesto negativo.

—No eres la mujer con quien me casé —dijo en grave tono acusatorio.

—Pues perfecto, porque tú tampoco eres el hombre con quien me casé yo.

Gajeel dio media vuelta y salió de la cocina. Levy bajó la vista a la taza de té que tenía en la mano, luchando por contener las lágrimas. Bueno, ahora las cosas estaban claras. Hacía mucho tiempo que debería haber visto lo que estaba ocurriendo. A fin de cuentas, ¿quién sabía mejor que ella cómo actuaba Gajeel cuando estaba enamorado?

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Cuando Cana llegó a casa Bacchus no estaba dormido en el sofá como de costumbre, aunque había visto su vieja camioneta en el camino de entrada. Fue hasta el dormitorio y lo encontró metiendo ropa en un petate de lona.

—¿Vas a alguna parte? —le preguntó.

—Pues sí —respondió él en tono hosco.

Cana observó cómo hacía el equipaje. No tenía mal aspecto con su estilo de bebedor de cerveza, cabello demasiado largo, sin afeitar, rasgos ligeramente marcados y su atuendo habitual consistente en vaqueros ceñidos, camiseta ceñida y botas desgastadas. Tres años más joven que ella, siempre con problemas para conservar un empleo estable, ajeno a todo lo que no fueran deportes... Desde luego, no era precisamente el partidazo del siglo. Gracias a Dios, no estaba enamorada de él. Llevaba años sin enamorarse de nadie. Lo único que quería era compañía y sexo. Bacchus le proporcionaba sexo, pero no le hacía mucha compañía que digamos.

Bacchus cerró la cremallera del petate, lo agarró por las asas y pasó de largo frente a Cana.

—¿Vas a volver? —le preguntó ella—. ¿O he de enviarte el resto de tus cosas al sitio a dónde vas?

Él la miró con cara de pocos amigos.

—¿Por qué preguntas? A lo mejor deberías buscarte a otro más dotado que me sustituya a mí, ¿no crees? Alguien que tenga una polla de veinticinco centímetros, tal como te gustan.

Cana puso los ojos en blanco.

—Oh, por favor —musitó—. Dios me libre del orgullo masculino herido.

—No lo entenderías —repuso él, y para su sorpresa Cana detectó una pizca de dolor en su voz áspera.

Cana se quedó estupefacta viendo cómo Bacchus salía furioso de la casa y se subía a su camioneta cerrando de un portazo. Levantó la grava al salir del camino de entrada.

Estaba atónita. ¿Bacchus, herido? ¿Quién lo hubiera pensado?

Bueno, podía regresar o no. Cana se encogió mentalmente de hombros y abrió la caja que contenía el contestador nuevo. Lo conectó hábilmente y, mientras grababa un mensaje de bienvenida, se preguntó cuántas llamadas se habría perdido debido a que Bacchus había arrojado el aparato contra la pared. Aunque se hubiera tomado la molestia de contestar al teléfono, no habría anotado ningún recado para ella, estando de semejante humor.

Si hubiera algo importante, ya volverían a llamar.

Apenas había terminado de pensar eso cuando sonó el teléfono. Levantó el auricular.

—Diga.

—¿Cuál de las cuatro eres tú? —susurró una voz fantasmal.