Cuando Roxas se despertó a la mañana siguiente, temió que todo hubiera sido un sueño y que Axel volviera a mostrarse tan distante como antes, pero su inquietud se disipó cuando cruzó su mirada con la del pelirrojo. Éste le sonrió.

-Buenos días- saludó Roxas, devolviéndole la sonrisa y desperezándose como un gato.

-Buenas- respondió Axel. Y por el brillo de sus ojos, Roxas supo que lo que había pasado la noche anterior era real-. ¿Qué tal has dormido?

-Como un... ¡uaaaaaaah!... tronco- bostezó Roxas-. ¿Y tú?

-Estupendamente.

Aunque ninguno de los dos decía nada ni se paseaban de la mano por los pasillos, resultaba evidente que entre ellos había ya algo más que amistad. Miradas cómplices, algún que otro comentario de Axel, un leve sonrojo de Roxas de repente, roces disimulados... No había que ser un lince para darse cuenta de lo que pasaba entre ellos.

Ninguno supo nada de sus abogados durante un par de tranquilas semanas. Ambos aprovecharon aquellos días para conocerse mejor. Axel averiguó, no sin cierto asombro, que Roxas tocaba el piano desde muy pequeño, y el rubio le prometió darle un recital algún día.

-Pero no te esperes nada del otro mundo- le advirtió Roxas-. No se me da mal, pero tampoco es que sea un niño prodigio. Soy del montón.

-Nah, seguro que te subestimas- replicó Axel, sonriendo.

Además de tocar el piano, Roxas era bastante bueno en defensa personal y había seguido un curso de esgrima en Inglaterra durante un verano entero. Lo malo era que, siguiendo el consejo de su hermano, prefería recibir el primer golpe para, en caso de que le denunciaran, poder alegar que fue en defensa propia, y eso le daba ventaja a quien intentase agredirle.

El rubio procedía de una familia más o menos rica, y al morir sus padres, la herencia que les dejaron resultó ser suficiente para que los tres hermanos pudieran estudiar en la universidad. Roxas, sin embargo, quería entrar a la academia de policía. Había tenido sus desacuerdos con Sora, pero al final había conseguido convencerle. Lo único que le faltaba tras el permiso de su hermano era conseguir graduarse en el instituto y cumplir los 21 años para entrar a la academia. Roxas ya tenía el graduado y su nota final era excelente, por lo que en eso confiaba en no tener problemas, pero después de haber sufrido un proceso judicial dudaba mucho que le aceptaran.

Axel, por su parte, también resultó ser una caja de sorpresas. Al contrario que Roxas, procedía de una familia pobre, se había criado en los barrios más bajos de Los Ángeles y había aprendido a pelear en las calles. En lo único que se parecían en ese aspecto era en que Axel también era huérfano; sus padres habían muerto cuando él tenía cinco años en un accidente de tráfico. Sin embargo, a fuerza de persuasión y tejemanejes (y es que el pelirrojo tenía un pico de oro cuando se lo proponía) había ido reuniendo dinero de trabajos temporales hasta poder pagarse unos estudios en condiciones. A los veinte años se había visto envuelto casi sin querer en una operación de Xemnas Black para desmantelar una de tantas bandas, y el jefe de la División Roja había quedado tan satisfecho con su actuación que se las había ingeniado para contratarle. La versión oficial es que le habían dado una beca para estudiar criminalística.

Roxas pronto descubrió también que Axel era una mezcla entre el abuelo que cuenta batallitas y la princesa Sherezade de Las Mil y Una Noches: todos los casos federales en los que había participado y que ya estaban resueltos, se los narraba con pelos y señales, pero interrumpía la historia en el momento de mayor tensión y no seguía hasta el día siguiente. Esto provocaba frecuentes quejas de Roxas, pero Axel se justificaba diciendo:

-Lo siento mucho, pero odio matar el suspense.- Entonces sonreía con maleficencia y no importaba cuánto insistiera Roxas, el pelirrojo no soltaba prenda hasta el día siguiente.

En cuanto a sus vidas amorosas, también había bastante que contar. Roxas había tenido muy mala suerte con las chicas. El primer año de instituto estuvo con una chica distinta en cada trimestre, y acabó recibiendo bofetadas de las tres. En verano prefirió no acercarse demasiado a los miembros del sexo opuesto. Dos años después lo intentó con otra, con la que no sólo terminó discutiendo sino que además fue el mejor cotilleo de todo el instituto durante años. La última había sido Naminé, la única con la que realmente había estado a gusto... hasta que se había dado cuenta de que lo que sentía por ella no llegaba más allá de la amistad. Naminé había sido la única con la que había cortado de mutuo acuerdo, y también la única con la que seguía hablándose. Ella le había sugerido alguna vez si realmente le atraían las chicas, y meses más tarde Roxas se dio cuenta de que en realidad no.

Axel, por su parte, lo había tenido claro desde que tenía poco más de quince años, pero de varios chicos con los que intentó ir en serio, la relación sólo había funcionado con el último, su actual abogado. Sin embargo, éste había terminado dejándolo cuando Axel entró en el FBI, pese a que luego él entró también. Axel no quiso hablar demasiado de su relación con Saïx. Una sombra muy parecida a la que surcaba sus ojos cuando hablaba de los Whiteland aparecía en la cara del pelirrojo cuando mencionaba el tema, así que Roxas dedujo que se arrepentía de algo que hizo mal y no insistió.

Naturalmente, no todo fue conversación. También hubo noches de ardiente pasión. Se acostaron, no una ni dos veces, sino bastantes. Al principio experimentaron: probaron distintas posturas, se turnaron... Pero enseguida se dieron cuenta de que ambos estaban más a gusto como lo habían hecho la primera noche, y repitieron todas las demás. Axel cada vez iba más lejos, y Roxas no ponía objeciones a ello. Alguna noche tuvieron serios problemas para reprimir los gritos de placer y no despertar a los demás presos. Lo único que fastidiaba a Roxas era que Axel nunca dormía en su cama, siempre se subía a la suya propia cuando el rubio se quedaba dormido. Era cierto que no le gustaría que el guardia los encontrase así, pero no dejaba de fastidiarle el no poder dormir abrazado a su chico.

Sería incorrecto decir que Roxas vivía aquellos días en una nube. Más bien sentía como si se abrasara lentamente, como si su amor fuera un fuego cuyas llamas confortaban y a la vez consumían su corazón. En las noches de sexo, es decir, todas las noches, Axel avivaba aquel fuego hasta que el rubio sentía como si las llamas fuesen a engullirlo por completo, pero no le asustaba; deseaba aquel calor, aquella pasión tan difícil de controlar con la que Axel le trataba. Le hacía sentir mucho más vivo y completo que cualquier otra chica antes, como si hubiera perdido en algún momento una parte de sí mismo y Axel se la hubiese devuelto. Con el tiempo averiguaría qué era: tras tantas muertes en su vida, él había perdido su corazón, y Axel lo había encontrado y se lo había quedado, dándole el suyo a cambio.

Ni siquiera el hecho de que Sora no diera señales de vida preocupaba a Roxas. Y aunque lo hubiera hecho, aquel problema se solucionó dos semanas y tres días después de que los dos reos de muerte se confesaran sus sentimientos.

Un guardia fue a buscar a Roxas por la mañana, mientras su grupo limpiaba los conductos de ventilación del primer piso. Le esposó y llevó a la sala de visitas, donde un impaciente pero sonriente Sora martilleaba con los dedos en la mesa, esperando a que el cristal se volviera transparente. Cuando lo hizo y Sora vio a su hermano, su cara se iluminó aún más de lo que ya estaba.

-¡Lo conseguí!- fue lo primero que dijo-. ¡Los he encontrado, Roxas!

Roxas se quedó en blanco un momento por lo inesperado de la exclamación de su hermano y luego su cerebro empezó a procesar la información.

-Que has... ¡Oh, cielos! ¡Sora, eres... Eres un hacha!- exclamó, levantándose y apoyando las manos en el cristal, ilusionado. Sora también se puso en pie-. ¿Cómo lo has conseguido?

-Bueno... ¿Te acuerdas de Riku O'Ryan? Ya sabes, mi amigo de la infancia, el que se convirtió en hacker- Roxas asintió, se acordaba de Riku... y no eran precisamente recuerdos agradables, pero eso era otra historia-. Bueno, pues le pedí el favor, y lo consiguió, tenemos a los dos turistas. No sólo eso, sino que ha descubierto cómo se editó el vídeo para que salieras tú. Es algo llamado "superposición de imagen" o algo así. El caso es que lo ha revertido y tenemos la cara del verdadero asesino. He dado la brasa en el jurado hasta que he conseguido que me aseguraran que te sacarán dentro de dos días- explicó Sora rápidamente, entusiasmado. La cara de Roxas se fue iluminando conforme su hermano hablaba.

Iban a conseguirlo. Axel y él, los dos saldrían de la cárcel. Podrían irse a vivir a un piso, podrían buscarse un trabajo normal y corriente que los sustentara. No más noches anhelando los cálidos y reconfortantes brazos de Axel rodeándole. Podrían hacer lo que quisieran... podrían vivir.

-... no saben exactamente por qué a ti, pero Riku dice que seguramente sea mera casualidad, que eres fácilmente reconocible y tu coartada era muy difícil de mantener. En cualquier caso, Roxas, ¡vas a salir de aquí!- Sora había seguido hablando, aunque Roxas captó sólo partes de la frase. En aquel momento sintió unas irrefrenables ganas de abrazar a su hermano, y maldijo el cristal que los separaba.

-Gracias, Sora- dijo, con la sonrisa más luminosa que mostraría en mucho tiempo.

-Te lo prometí, hermano. Te prometí que te sacaría, y siempre cumplo mis promesas- Sora le guiñó un ojo-. Espero que no hubieras hecho amistades muy profundas...

Roxas se sonrojó y desvió la mirada.

-Bueno, no es... un amigo, la verdad, pero no hay de qué preocuparse, él también va a salir- dijo, rascándose la nuca-. Había pruebas que le habrían salvado de la pena de muerte si no se hubieran perdido, pero al fin las ha encontrado.

-¡Vaya, me alegro! Me lo presentarás, ¿no?

-Cla-claro que sí...

Roxas fue desviando la conversación sutilmente, evitando nombrar a Axel, pues su hermano había estado metido hasta las cejas en la investigación del asesinato de sus padres y sin duda conocía el nombre del culpable. Acabaron hablando de fútbol, hasta que el guardia entró en la parte de la sala de Sora y se dio unos golpecitos en el reloj con el dedo para indicarles que fuesen acabando. Se despidieron y el cristal se volvió opaco.

Mientras el guardia lo conducía de nuevo a su celda, pues se le había pasado la hora de la comida, Roxas juraría que si saltaba flotaría y se daría un cabezazo contra el techo. La alegría le hacía sentir como si flotara; ni siquiera notaba el hambre. Cuando la puerta de la celda se cerró, Axel no tuvo tiempo de preguntarle qué tal había ido, pues Roxas se lanzó a sus brazos y secuestró su boca en un apasionado beso. Axel se apresuró a apartar ropa de su camino y ambos acabaron cayendo en la cama del rubio, semidesnudos.

-¿Qué tal... ha ido?- jadeó Axel, pues el beso no le había dejado respirar apenas.

-Lo ha... conseguido. Saldré de aquí pasado mañana- respondió Roxas, rodeando su cintura con las piernas. Axel sonrió, aquella sonrisa de tiburón ante su presa que resultaba tan condenadamente sexy.

-Eso se merece una celebración- murmuró, empezando a cubrir de besos el torso de Roxas y desnudándole del todo.

Varias horas después y muchos kilómetros más lejos, Saïx, el abogado de Axel, garabateaba una nota en un cuaderno mientras tomaba un café en un bar de Modesto, California. Las letras que escribía no parecían tener sentido, aunque se detenía cada pocas líneas, meditaba unos segundos y seguía escribiendo, como si él sí comprendiera lo que ponía. Cuando acabó, firmó la nota como "Lunar Diviner", arrancó la hoja, se la guardó en un bolsillo interior de la gabardina, cerca del bajo de ésta, y guardó el cuaderno en un maletín de cuero que tenía en el regazo. Lo entreabrió lo justo para ver el brillo de una pistola y una placa entre dos carpetas y un ordenador portátil. Cerró el maletín, apuró el café y dejó unos dólares sobre la mesa.

Cuando se levantó, la cámara de seguridad del local le hizo un guiño desde encima de la barra, donde una camarera sacaba brillo a unos vasos con un trapo. Saïx miró a la cámara por encima de los cristales de sus gafas de forma que se viera su rostro claramente y salió del local con el maletín en la mano.

Echó a andar por la calle. Ya se había hecho de noche, pero las farolas lo iluminaban todo casi como si fuera de día. Otro hombre con una gabardina muy parecida a la suya aguardaba junto a un semáforo. Tenía el cabello corto y un par de tonos más oscuro que el suyo, y un mechón ocultaba casi la mitad derecha de su rostro. Era un poco más bajo y delgado que Saïx y llevaba un pesado libro bajo el brazo. Sus fríos ojos azules se clavaron en Saïx cuando éste llegó a su altura.

-¿Listo?- preguntó.

-Sí- respondió Saïx-. ¿Y tú, Zexion?

-Por supuesto- replicó él.

-Bien. En marcha. El superior nos espera.

Sin más palabras, ambos echaron a andar calle arriba, sin darse cuenta de que una figura vestida con un chándal negro de terciopelo, las manos enterradas en los bolsillos y la capucha puesta ocultando su rostro los seguía sigilosamente (pese a los siete centímetros de tacón de aguja de sus botas) a varios metros de distancia.