Hogar.
De Hiroko Katsuki.
Cada vez que Hiroko veía los ojos café de su hijo menor, recordaba cuando le sostuvo en brazos por vez primera.
Dicen que las mujeres no aprenden del dolor: Son las únicas que pueden atreverse a volver a sufrir todo lo que el embarazo y la lactancia conlleva tantas veces como les plazca.
Pero no es que Hiroko disfrutase sufrir: Lo que realmente amaba, era aquella recompensa que sólo podía verse en la sonrisa de su hijo.
Y debido a que ella no gozaba de la tristeza, su alma tendía a agitarse cada vez que lágrimas se derramaban por las mejillas de Yuri, o peor aún, cuando las sonrisas que mostraba no tenían vida.
Ella era capaz de notar todo esto, puesto que siempre había observado hasta el mínimo cambio en los gestos de sus niños.
Conforme Yuri crecía, Hiroko comenzó a sentir esa distancia que inevitablemente se desarrolla cuando los hijos empiezan a intentar descifrar su lugar en el mundo. Sabía que su participación en la vida de este se vería reducida, sobre todo por la decisión del menor de sus hijos de entrenar lejos del hogar.
Después de todo, es parte de lo que implica crecer, y ella lo aceptó con gusto, porque no había nada que le hiciera más feliz que ver a los tesoros de su existencia formar sus propios caminos.
Eso no implicó que dejase de preocuparse por la alimentación, las horas de sueño, la carga de trabajo y la salud en general del menor de los Katsuki.
Tampoco evitó que siguiera religiosamente la temporada de patinaje artístico pese a no tener conocimientos básicos del tema. Lo único que necesitaba saber, era que su niño se había esforzado para llegar ahí.
Y a ella realmente le gustaba intentar comprender el mundo que Yuri había creado para él.
Si bien la distancia le impedía ver de manera directa los pequeños cambios que irían consolidando a Yuri como persona, ella seguía siendo quien mejor le conocería aunque mil años pasasen.
Después de todo, ya le amaba desde mucho antes de conocerle. Y ese amor le había llevado a protegerle, educarle, vigilarle e instruirle lo mejor que pudo.
No había guía para ser madre. Pero cada vez que veía a Yuri, su corazón gritaba con amor "está bien".
Ese sentimiento era el que quería transmitirle a su pequeño siempre. En las victorias y en las derrotas.
Por eso, procuraba llenar el katsudon que le preparaba con ese mensaje.
"Has hecho bien, Yuri".
De Toshiya Katsuki.
Él siempre había sido un hombre sonriente. Amable y con facilidad para convivir con otros.
Cuando se casó con Hiroko, creyó haber alcanzado la felicidad máxima.
Dios, cuán equivocado había estado.
Un nuevo tipo de felicidad se manifestó cuando tocó a la recién nacida Mari por primera vez. Su niña. Su princesa.
Y este se multiplicó cuando su pequeño campeón nació.
Al principio, había esperado que se interesase en el soccer. Pero cuando vio lo que lograba hacer sobre la pista de hielo tras poner su corazón ahí, no le importó.
Decidió que también le gustaba el patinaje artístico aunque no lo comprendiera mucho.
Después de todo, nada que hiciera brillar a su hijo podía ser negativo.
Antes de darse cuenta, se encontró viendo cada vez más competencias que partidos. Y si en otra época no se hubiese perdido ninguno donde su equipo favorito jugase, con el ingreso de Yuri a ese mundo se vio dándole prioridad a las competencias donde él bailaba aunque fuera el mismo día de un torneo importante.
Perdió amigos en el proceso, pero no lo notó.
Lo único que podía notar era el crecimiento que su hijo menor mostraba en todos los ámbitos posibles, situación que siempre le hacía gritar desde el fondo de su corazón "¡ese es mi hijo!".
Y no porque Yuri debía sentirse agradecido de ser su hijo.
Más bien, Toshiya se consideraba infinitamente bendecido de ser el padre de Yuri Katsuki.
Podía decir sin lugar a dudas que su mayor logro era haber contribuido al nacimiento de sus hijos. Si le preguntaban por su tesoro más valioso, ni siquiera pensaría en mencionar los artículos coleccionables que había reunido al paso de los años.
No, no. Él tenía, además de su esposa, dos tesoros llamados Mari y Yuri.
Dos joyas que, deseaba no tan secretamente, pudiesen ser valoradas como merecían.
Y que Dios proteja a Viktor si se atreve a herirlo.
De Mari Katsuki.
Cuando Yuri nació, Mari lloró.
Pero no de tristeza porque le hubiesen desplazado su lugar como la bebé de la familia: Sus lágrimas eran totalmente de alegría. En su corazón infantil había deseado un hermanito al cual proteger, y ese 29 de noviembre su deseo se transformó en realidad: Y mayor fue su dicha, cuando sus ojos se cruzaron con los del recién nacido y este sonrió de una manera tan pura e inmaculada que Mari, con sólo 7 años de edad, juró silenciosamente que protegería esa sonrisa para siempre.
Conforme el tiempo pasó, fue olvidando que se hizo esa promesa cuando niña.
Sin embargo, esto no implicaba que sus acciones dejasen de respetar esa línea de pensamiento: Muy por el contrario, cada día su pequeño hermano hacía cosas que sólo provocaban que su amor y preocupación crecieran en partes iguales.
Cuando Yuri se cayó por primera vez al intentar caminar sobre la pista de hielo y se lastimó, fue ella quien lo llevó en su espalda hasta la casa.
Cuando Nishigori molestaba a Yuri, ella molestaba a Nishigori.
Cuando Yuri decidió que quería tener un poodle, fue ella quien le llevó al refugio animal.
Cuando Yuri quiso comprar posters de Viktor, fue ella quien le regaló los dos primeros.
Cuando los patines de Yuri se desgastaron, ella puso de su mesada para comprarle unos nuevos.
Cuando Yuri dijo que quería ser patinador profesional, fue la primera en felicitarlo.
…Cuando Yuri se mudó a Detroit para entrenar, Mari lloró todas las noches en silencio durante un mes.
Cuando Yuri falló su primera Final del Grand Prix, a Mari le habría gustado estar a su lado para abrazarlo.
Cuando Yuri volvió a Hasetsu, Mari quería ayudarle a retomar su camino.
Cuando Viktor decidió tomar bajo su cuidado a Yuri, Mari supo que podía dejar a su precioso hermano menor en las manos del ruso.
Cuando Yuri ganó plata en su segunda Final del Grand Prix, Mari lloró con la misma alegría que le había embargado cuando su hermanito bebé llegó a su casa hacia tantos años atrás.
Cuando vio a Yuri y Viktor sonreírse, supo que todo había valido la pena.
