Esta historia pertenece a MS, y los personajes a SM, yo sólo la adapte a nuestra pareja favorita porque me pareció demasiado buena como para ignorarla. Espero que les guste tanto como a mi, y recuerden que yo no gano nada con esto, sólo la satisfacción de realizar mi buena acción del día. Esta historia consta de 14 capítulos, espero que la disfruten tanto como mi historia anterior.
Bye
oOoOoOoOoOoOoOoOoOoO
Extraños en el tiempo
Capítulo 7
Tony se levantó del suelo y se sacudió las rodillas de los vaqueros. De pronto, se quedó paralizado y miró hacia sus manos vacías. ¡La caja! ¿Dónde estaba la caja? Al darse cuenta de que debía habérsele caído, escrutó con la mirada a su alrededor, pero no aparecía por ninguna parte y el agujero luminoso que había atravesado había desaparecido.
—Oh, no —musitó.
Se palpó rápidamente los bolsillos y encontró el frasco de cápsulas. Por lo menos eso no se le había caído, pensó. Suspiró aliviado y, por primera vez, comenzó a mirar a su alrededor.
Aquel era su dormitorio… o al menos lo había sido hasta hacía un momento. Estaba muy diferente. Y la diferencia más notable era el niño que dormía acurrucado en una enorme cama y los tres desconocidos que lo acompañaban.
Estos se volvieron lentamente y miraron a Tony confundidos.
Tony se aclaró la garganta, dio un paso hacia atrás, sonrió y dijo:
—Hola…
La única luz que iluminaba la habitación era la de las lámparas de aceite, pero fue suficiente como para saber que ninguna de esas tres personas se alegraba de verlo por allí.
De hecho, se acercaron hasta él y lo rodearon con expresión de extrañeza.
Uno de ellos era un hombre grueso, de pelo negro, el otro alto, delgado y con el pelo muy rubio. Ambos iban vestidos con anticuados trajes. La mujer era mayor que ellos, tenía el pelo plateado y el rostro cubierto de arrugas. Cuando vio al niño, estuvo a punto de caerse de la impresión. Los dos hombres la sujetaron y uno de ellos la abanicó hasta que estuvo en condiciones de volver a enderezarse.
—¡No la sueltes, Jasper! Por el amor de Dios, se te va a caer.
—¡No se me va a caer! Ya la tengo. Por el amor de Dios, agarra esa silla, Emmett.
¿Jasper? ¿Emmett? Tony miró fijamente a los dos hombres. Estaba demasiado impresionado para moverse. Dios santo, ¡estaba en la misma habitación que Jasper Whitlock y Emmett McCarty!
Uno de ellos acercó una silla, sentó en ella a la mujer y siguió abanicando su rostro. Al cabo de un momento, esta abrió los ojos, sonrió débilmente y miró a Tony.
—¡Me has dado un susto de muerte! ¿Qué ha sido ese resplandor? ¿Y cómo has podido llegar hasta aquí?
—¿Quién eres, hijo? —el más joven de los dos científicos se inclinó hacia él—. ¿Dónde está el señor Masen?
Tony imaginó que era preferible no hablar demasiado. Si decía la verdad pensarían que estaba loco, y solo Dios sabía lo que les hacían a los locos en aquella época.
—No lo sé.
—Eso ahora no importa, Jasper—dijo el hombre más mayor—. Lo único importante es sacar inmediatamente a este niño de aquí.
—De ningún modo —Tony se cruzó de brazos—. He venido a ver a Ben y no voy a marcharme sin verlo —alargó el cuello hacia la cama, pero no consiguió ver al niño.
La mujer pestañeó como si estuviera a punto de llorar y le acarició a Tony la cabeza. Este le dirigió una sonrisa angelical. Con la abuela Kate, aquel recurso siempre le había funcionado.
—Qué niño tan dulce, ¿eres amigo de Benjamin?
—Sí, señora, y creo que Ben se pondrá mejor si vengo a verlo.
—Oh, querido —dijo la mujer.
—Jovencito —intervino Emmett—, siento decirte que Benjamin está muy enfermo y no puede recibir visitas.
—Pero yo ya estoy aquí —lo contradijo Tony—. Así que podría dejarme pasar unos minutos con…
—Señora Cope, ¿usted conoce a este niño?
—No —contestó ella, y se dirigió entonces hacia Tony—. Sé que te costará entenderlo, pero lo hacemos por tu bien, querido.
—Oh, lo comprendo perfectamente. Creen que puedo contagiarme por estar cerca de Ben. Pero yo tuve la misma enfermedad hace mucho tiempo, así que soy inmune, de verdad.
Los dos científicos intercambiaron miradas. Uno se bajó las gafas hasta el puente de la nariz y miró a Tony sin disimular su curiosidad.
—¿Y qué sabe un niño de tu edad sobre los contagios y la inmunidad?
Tony se encogió de hombros.
—¿Y cómo te las has arreglado para entrar aquí, jovencito? —preguntó el otro hombre otra vez.
—Ya se lo he dicho, he venido a ver a Benjamin. Me he puesto a abrir puertas y he llegado hasta aquí.
—¿Y el señor Masen es consciente de su presencia en esta casa jovencito? —preguntó uno de los científicos.
—Claro —contestó Tony.
—Imposible —replicó el hombre. Parecía muy complacido consigo mismo—. Ha ido al pueblo, a buscar al médico.
—Se ha ido, sí, pero no tienen idea de…
—Señora Cope, envíe a alguien a comprobarlo. Encontraremos a los padres de este muchacho y llegaremos al fondo de todo este asunto.
—Muy bien, señor —contestó ella, mirando con pesar a Tony. Se acercó hacia la puerta y la abrió.
Uno de los hombres alargó el brazo, como si pretendiera agarrar a Tony, pero este fue más rápido que él. Se deslizó por debajo de su brazo y salió corriendo. Intentaron atraparlo, pero él, con la agilidad que le daba la práctica, se deslizó por la barandilla de las escaleras, corrió hasta la cocina y salió de la casa a toda velocidad.
Edward no estaba tan concentrado intentando arreglar el dispositivo como para no advertir la presencia de Bella. De hecho, estuvo a punto de pedirle que saliera de la habitación. Estando Bella tan cerca, le resultaba difícil concentrarse, dejar de recordar cómo se había sentido al estar con ella. Ninguna mujer había sido capaz de conmoverlo a un nivel tan profundo. Ni de distraerlo de su trabajo.
Solo Bella.
Bella permanecía sentada en la cama de Tony con varios libros abiertos ante ella. Le había preguntado a Edward en qué podía ayudar y él le había propuesto que intentara recopilar toda la información posible sobre sus dos colegas. Solo volviendo al pasado, esperaba Edward, podrían encontrar la forma de salvar a los dos niños sin interferir en el desarrollo del remedio contra la enfermedad.
Mientras tanto, él ya había averiguado cómo llegar al punto exacto al que Tony había ido. Según las cifras que había introducido en el ordenador de Tony, en dos días la máquina habría recuperado toda su fuerza. Tony había vuelto hasta el día previo a que Edward abandonara el pasado. Él y Bella intentarían regresar hasta allí, aunque habría ciertas complicaciones para hacerlo. Pero ya se preocuparían por ellas cuando llegara el momento.
Volvió a revisar la información que él y Tony habían estado introduciendo en el ordenador y suspiró frustrado.
En cuestión de segundos, Bella estaba detrás de él, dándole un masaje en los hombros. Le sorprendía que fuera tan amable con él a pesar de sus contradicciones en aquella crisis. Y también lo confundía.
—Llevamos horas trabajando —dijo Bella—. Es hora de hacer un descanso.
—No es el trabajo lo que me desespera —respondió él, mientras dejaba caer la cabeza hacia delante—. Estoy acostumbrado a trabajar. Es la frustración.
Bella dejó de masajearle los hombros.
—¿Entonces no estás consiguiendo nada?
—Sí, pero sé que iría más rápido si fuera capaz de utilizar todas las capacidades del ordenador de Tony —sacudió la cabeza y frunció el ceño—. En mi época me consideraba casi un genio, y ahora mismo me siento como un estúpido.
—No eres ningún estúpido, Edward.
—¿Ah no? Ahora mismo, cualquier niño sabe más de ciencia que yo.
—Creo que te estás olvidando de algo —replicó Bella, haciéndole mover el cuello hacia delante y hacia atrás.
—¿De qué?
—Ni siquiera los físicos más importantes de este siglo han conseguido viajar a través del tiempo. Y tú lo has hecho con herramientas que ahora mismo serían consideradas primitivas. Has conseguido algo que todos consideran imposible.
Edward se volvió para mirarla.
—Sí, lo he conseguido, ¿verdad?
—Claro que sí. Y esa es la razón por la que sé que vas a encontrar una solución para este desastre. Tienes que hacerlo, Edward, cuento con ello.
Edward bajó la mirada. No quería defraudarla. Saber que había una mujer que contaba con él, que creía en él, era algo nuevo para Edward y no estaba muy seguro de cómo gestionarlo.
—Vuelves a tener ojeras, Edward. Mira, estoy tan ansiosa como tú por resolver todo esto, pero creo que sería mejor que descansaras un rato. Iré a preparar algo de comer.
Edward consiguió esbozar una sonrisa y le acarició el pelo.
—Conseguiré que vuelva Tony Bella. Te lo prometo.
Bella intentó volver el rostro antes de que Tony pudiera ver sus lágrimas, pero no lo consiguió. Edward era demasiado astuto.
—Debes pensar que soy la persona más egoísta del mundo…
Edward se levantó de un salto, tomó el hermoso rostro de Bella entre las manos y la miró a los ojos.
—Bella, eres madre, y al igual que cualquier otra madre, harías cualquier cosa para proteger a tu hijo. No veo nada egoísta en tu actitud, de hecho…
—¿De hecho qué? —preguntó Bella con un susurro.
Edward inclinó la cabeza, incapaz de mirarla a los ojos.
—Bella, esto te hace todavía más bella ante mis ojos. Y no me acuses de estar intentando seducirte. Es verdad, y te aseguro que eso me resulta tan increíble como puede resultarte a ti. Jamás en mi vida me he fijado demasiado en ninguna mujer, salvo en su aspecto. Pero contigo… —se interrumpió, no sabía siquiera cómo terminar aquella frase.
Bella buscó su rostro.
—Espero que Tony esté bien.
—Tony es muy inteligente. Con su ingenio, sabrá salir de cualquier apuro.
—Sí, sé que lo hará.
Por alguna razón que no acertaba a comprender, Bella creía cada una de las palabras que Edward Masen decía. Él le había dicho que todo saldría bien y ella, que el cielo la ayudara, lo aceptaba como si fuera el evangelio. ¿Se habría vuelto loca? No, no era eso, se dijo mientras colocaba los sándwiches en un par de platos. Bella creía en Edward porque estaba plenamente convencida de que era capaz de conseguir cualquier cosa que se propusiera.
Aquello la inquietó un poco, porque le parecía que Edward también se había propuesto abrirse un camino hacia su corazón. Intencionadamente o no, había ido minándole el terreno desde que había entrado en su vida. Era un hombre con un aire pícaro, brillante y atractivo y ella podría enamorarse perfectamente de él. Al parecer no había aprendido tanto del pasado como pensaba. Mantener su corazón inmune a los considerables encantos de Edward Masen era una cuestión de supervivencia. Él pronto se iría. Muy pronto, y ella tenía que ayudarlo a encontrar la forma de hacer volver a Tony y de que él pudiera regresar al pasado para intentar curar a su hijo. Definitivamente, no podía permitirse el lujo de crear vínculos afectivos con él.
Pero confiaba absolutamente en su capacidad para conseguir salir de todo aquel lío. Había viajado cien años en el tiempo, se dijo a sí misma; rescatar a un niño no podía ser mucho más difícil.
A dos niños, se corrigió, sintiéndose un poco culpable. Dos. Tony y Benjamin.
Abrió el armario de la cocina y vio la taza de Tony con los gigantes de New York y sintió una intensa debilidad en las rodillas. Haciendo un gran esfuerzo de voluntad, consiguió enderezarse y pestañeó con fuerza para secarse las lágrimas. Tenía que conseguir que Tony regresara.
Sintió algo cálido en la pierna, bajó la mirada y vio que era la gata, frotándose contra ella.
—Supongo que podrás quedarte en casa —le dijo, acariciándole la cabeza—. Serás una bonita sorpresa para Tony cuando vuelva —se enderezó y frunció el ceño.
Después volvió a buscar en la despensa una lata de atún y dos cuencos. Vació la lata en un cuenco, llenó el otro de agua y colocó ambos cuencos en el suelo.
—Por si tengo que irme —le dijo a la gata, y abrió ligeramente la puerta, para que el animal pudiera marcharse si así lo deseaba.
—¡Bella! —gritó Edward desde el piso de arriba—. ¡He encontrado algo!
Con un plato en cada mano, Bella subió corriendo las escaleras.
Casi esperaba encontrarse con un enorme agujero como los que salían en las películas de ciencia ficción flotando en medio de la habitación, pero lo que se encontró al entrar en el dormitorio fue a Edward inclinado sobre la pantalla del ordenador.
—¿Qué es eso? —le preguntó Bella, cruzando la habitación y dejando uno de los platos frente a él.
—Los efectos secundarios. Estoy casi seguro de que Tony no los va a sufrir. Mira esto —señaló la pantalla—. Todavía no había completado las pruebas cuando vine aquí. Principalmente porque… iba contra reloj. Pero Tony y yo metimos todos los datos en esa máquina, y ese programa que él descargó es sorprendente. Ha encontrado correlaciones entre los datos que ni siquiera se me habría ocurrido buscar.
—Intenta explicármelo, Edward.
—Resumiendo, Bella, cuanto más grande es el objeto, mayores son los efectos secundarios. Yo he sufrido unos efectos muy intensos, pero Tony es mucho más pequeño que yo. Si esos cálculos son correctos, no creo que haya enfermado.
Bella cerró los ojos mientras sentía cómo el alivio destensaba cada uno de sus músculos.
—Si no está enfermo, entonces aguantará hasta que lo encontremos. Sé que lo hará.
Edward asintió, pero Bella advirtió que su sonrisa no era del todo sincera. La tristeza y la preocupación nublaban su mirada.
—Te gustaría tener la misma seguridad sobre Benjamin, ¿verdad?
—¿Sabes leerme el pensamiento, Bella?
Bella le acercó el plato y le quitó las gafas.
—Come, Edward. Necesitas descansar la vista. Y háblame sobre Benjamin.
Edward cerró los ojos.
—Si lo perdiera…
Bella posó la mano en su mejilla.
—No vas a perderlo —le aseguró—. Te lo prometo.
Edward cubrió la mano de Bella, se la llevó a los labios y le besó suavemente la palma.
—Eres un tesoro Bella Swan.
—Come —le ordenó Bella.
Y Edward obedeció.
