COOPERACIÓN MÁGICA INTERNACIONAL

o Educando a niños y niñas mágicos

CAPÍTULO 7

Londres, Ministerio de Magia. Despacho de la señora Granger-Weasley

La señora Granger-Weasley estaba muy, pero que muy satisfecha. Había recibido, vía lechuza, un documento en el que ordenada y sistemáticamente se respondía de manera concisa y precisa a sus cuestiones preliminares sobre la educación mágica en España y Portugal. Y eso que eran más de treinta.

El hecho de venir impreso en papel y encuadernado con canutillo ,además, le produjo una agradable sensación no exenta de cierta nostalgia. Después de haber liquidado el Asunto Voldemort, es decir, al mago tenebroso más terrible de la Historia reciente (de Reino Unido e Irlanda exclusivamente, aunque eso no lo podía reconocer en voz alta) Hermione se había dejado arrastrar por la corriente de la sociedad mágica inglesa. Mucho había tenido que ver el haberse casado con un Weasley. Eso significaba mucho de pergamino, plumas de ave y tinteros y lechuzas, entre otras cosas, y nada de felétonos, ni televisión, ni muchísimo menos ordenador, por muy simpáticos que pudieran parecer a los miembros de su familia política. Porque todo el mundo sabía que los ingenios muggles no se deben mezclar con magia (¿no?). Aunque había decidido que sería útil disponer de un automóvil. Con dos niños muy pequeños, de cuatro y dos años, podía ser a veces mejor opción que la escoba. Un día de éstos, tendría que ponerse a la tarea de convencer a Ron...

Con muchísima satisfacción, tomó pluma y empezó a hacer anotaciones y comentarios en un pergamino aparte.

Cuando iba por la mitad del rollo le asaltó la duda sobre si enviar aquella petición adicional, para profundizar en el conocimiento de la materia, sería abusar de la confianza de la señora Pizarro, que con tanta amabilidad y prontitud había respondido a sus preguntas. "No", concluyó en seguida, convencida de que las dos brujas debían parecerse mucho. La española debía tener sangre mezclada – siguió razonando Hermione – y puede que fuera más joven que ella, habida cuenta de que aún usaba el papel.

Satisfecha, volvió a hundir la cabeza en el pergamino.

Madrid, Ministerio de la Federación Mágica de España y Portugal. Despacho de la señora Pizarro.

Cecilia, ¡Por fin!, podía dedicarse a trabajar con normalidad. El "asunto Aguado" ahora estaba en manos de Alberto, y el "rollo" que había pedido la inglesa también estaba listo. Finalmente, Cecilia echó marcha atrás y ella misma respondió el cuestionario. Al fin y al cabo ¿qué iban a pensar por ahí de su Ministerio si ella descubría que era una funcionaria de Tributación, enganchada a última hora y de mala manera para aquel asunto?. Hubieran dado una muy mala imagen oficial. Y Cecilia, como buena funcionaria, no dejaría que eso pasara si pudiera evitarlo.

Ultimadas aquellas dos cosas, podía redactar el informe de tributación muggle tan feliz. Aunque fuera otro rollazo. Se puso a teclear muy contenta, agradeciendo como siempre que se ponía al ordenador que en su colegio muggle se hubieran empeñado en enseñarles mecanografía con unas máquinas de escribir vetustas.

Madrid. Domicio particular de los Fdez. de Lama – Pizarro.

- ¡AL-BER-TOOOO! ¡GUARRO!

Alberto padre no levantó la cabeza del cacharrito que andaba manipulando, aunque lo había oído perfectamente. Esa era Isabel.

- ¡Marranete! ¡Cerdícola! ¡Cochino!

Ahora se desconcentró y tuvo que parar lo que estaba haciendo. Esa otra era Mencía, siempre más creativa con el lenguaje.

- ¡IROS A LA PORRA! ¡LAS DOS!

Ahora era su hijo.

- ¡¿CÓMO DICES?! ¡VEN AQUÍ INMEDIATAMENTE!

- ¡AHHH!

Se escucharon entonces varias carreras por el pasillo, un golpe sordo como de alguien que se había caído y un gran BUAAAA que, sin lugar a dudas, correspondía a Cristina. Ya no podía permanecer al margen. Tenía que poner orden, antes de que los tres mayores se mataran entre si o lesionaran a Cristina. Se levantó y avanzó a grandes zancadas. No había hecho más que entrar en el pasillo cuando una llorosa Cristina se le abrazó a las piernas.

- PAPAAAAA! ¡PUPAAAAAA! ¡AQUIIIIII! ¡BETOOOOO!

Cogió a la niña en brazos mientras ella se señalaba con el dedito un punto de la frente en el que empezaba a aparecer, como un volcán, un chichón de buen tamaño. La besó en la mejilla y siguió andando. El escándalo llegaba hasta la habitación del niño, donde éste había conseguido atrincherarse.

- ¡SAL INMEDIATAMENTE!

- ¿Qué pasa aquí?

- Este niño, que además de cara es un guarro.- Una sulfurada Isabel aferraba el picaporte con ganas.

- Estaba en el baño y me hizo salir con urgencia porque tenía ganas de hacer pis.- Empezó a explicar Isabel, bastante roja.

- ¡Alberto! ¡Abre la puerta!¡Ya! – Alberto padre, bebé en brazos, quería tenerlos a todos a la vista. Mandó callar a las mayores y volvió a insistir. Su hijo, finalmente, claudicó tras varios intentos y salió al pasillo con una expresión huraña.

- ¿Qué ha pasado?

- Pues lo que te decíamos -. Siguió Mencía.- Que se metió en el baño con prisas, no levantó la tapa y cuando he ido yo me he encontrado todo hecho un desastre.

- ¡Pues hazlo desaparecer, si tanto te molesta! – Bramó el niño.

- ¡A callar! ¿Por qué tiene Cristina un chichón?

- Porque ES-TE NI-ÑO –Isabel recalcó las sílabas – salió corriendo cuando le dijimos que tendría que limpiar el váter y la empujó.

Alberto padre no dijo nada. Enganchó al niño por el brazo y lo llevó hasta el baño que los cuatro hermanos compartían. Efectivamente, aquello no estaba presentable.

- Ahora lo vas a limpiar.- Dijo muy serio.

- ¡Papá! ¡son unas exageradas! Con un toquecito así... – el niño hizo un gesto significativo con la mano.

- La cuestión, Alberto, no es esa. La cuestión es que no tienen por qué encontrarse el baño así. Ni ellas, ni nadie.

- Pero yo no se conjurar ese hechizo para limpiar..

- ¡Ya estás yendo a por un trapo!

El niño se fue enfurruñado. Alberto se giró hacia sus hijas.

- Y vosotras dos, no quiero volver a oír estos escándalos.

Isabel abrió la boca para protestar, pero recibió un oportuno codazo de Mencía. Alberto, disgustado, se sintió mal por haber dejado la atención al chichón de Cristina en último lugar.