Capítulo 6


—Por favor, cuídate…

Fue todo lo que Candy le dijo y lo miró a los ojos, mostrando los suyos aguados y sinceros, le mantuvo la mirada por incontables segundos, una dulzura y honestidad, una pureza de la que Terry aún en su necedad no pudo pasar por alto.

—Regresaré. Yo siempre gano, Candy.

Le secó las lágrimas con sus dedos varoniles y no pudo evitar dejarle un beso, jamás podía resistirse a esos labios que tanto le habían seducido desde que la conoció. Lo vio partir con Albert e incluso Robert, además de cientos de sus hombres. Su corazón dio un vuelco. No podía evitar imaginarse lo peor, no verlo regresar jamás, o entero, como su padre.

—Él es un rey… sus hermanos son príncipes… ¿por qué tienen que ser ellos los que se enfrentan? ¿Para qué tienen un ejército?—preguntó Candy histérica, provocando a Sir William que deseaba estar batallando y no ahí con ella.

—En nuestras tierras, todos los hombres somos formados para la milicia, sin importar la cuna. En Midderlands, habemos hombres de verdad.

—¿Y si pierde? ¿Qué pasará?

—No va a perder y aunque así fuera, Robert o Albert tomarían su lugar, si todos murieran, su padre buscará un suplente hasta que su hijo, si es que es un varón tenga la edad de regir.

Este hecho angustió más a Candy. La mentira sobre el embarazo había crecido mucho más de lo que imaginó, no hallaba cómo escapar de ella, sobre todo si ese supuesto embarazo le garantizaba su vida o la libraba de cualquier sádico castigo que Terrance se le ocurriera imponerle. Más que todo eso, deseó que pudiera ser cierto, aún había esperanzas mientras no viera el sangrado. Las esperanzas duraron muy poco cuando recordó la dura sentencia de Terry.

"Tan pronto nazca el niño, me lo entregarás y te irás lo más lejos posible de mi vida".

—Tranquila, niña, tu amado regresará en una pieza, como siempre.

—No es mi amado. Me preocupo por él como lo haría por cualquier persona.—le reprochó a Meredith.

—Claro, como no.

Se habían atrincherado en un pasadizo secreto del palacio, con mucha suerte jamás las encontrarían.

Se debatía una lucha a sangre en las afueras del palacio. Terry al ver muchos de los suyos caídos lamentó no prestar oídos a los rumores y jamás pensó que el grupo de rebeldes fuera tan grande, no tenían organización ni destreza, pero sí muchas ganas de matar, mucho odio.

—Creen que pueden llegar desde su isla de mierda e imponer su voluntad. Hoy pondremos fin a toda la maldita dinastía Iraski.—vociferó el líder.

—Mátenlos a todos, especialmente a la zorra traidora. No tengan compasión por nadie. Tomaremos lo que es nuestro.

—¡Sí!

Se enfrentaban contra los soldados reales, caían a diestra y siniestra porque los hombres de Terry sí tenían destreza y eso les daba ventaja. Terry peleaba contra un rebelde, aunque su destreza era impecable, su oponente era desordenado, lo que no le permitía predecir cómo atacaría. Espada contra espada, Terry llegó a herirlo varias veces, pero no eran heridas de cuidarse.

—Te dije, que Terrance Iraski era mío.

El líder sacó al rebelde del medio y se enfrentó a Terry. Ese sí parecía haber sido bien intruído en combate. Ninguno había herido al otro, sus espadas chocaban contra cada movimiento. Terry logró herirlo en el brazo, pero a su vez él recibió una herida cerca del pecho.

—¡Qué poco te durará el reinado!—Terry seguía luchando, pero entonces vio que a Robert no le estaba yendo muy bien, aunque daba la pelea, le habían clavado varias flechas y cayó. Esto lo distrajo y el lídel rebelde lo despojó de la espada.

A Robert lo habían dado por muerto, mientras el que lo hirió se enfrentaba a Albert. Terry tenía que sacar sus tácticas a puño limpio, esquivando la espada de su enemigo. Esquivó varios movimientos mortales, maniobraba para recuperar su espada, pero le fue imposible.

—No necesito una espada para matarte.

Pese al movimiento del líder con la espada, Terry logró agarrarle el brazo en el cual la manejaba, tan fuerte, que el filo se acercaba al mentón del que la portaba. Con una fuerza sobrehumana, Terry se la enterró desde el mentón hasta que le salió por el cráneo. Era su manera favorita de matar.

Se acercó a Robert, vio que estaba vivo, aunque en condición crítica por las flechas clavadas en la espalda.

—¡Llévenlo con el doctor!—ordenó.

—Su Gracia, el palacio está rodeado de rebeldes, no podremos llevarlo hasta el doctor sin…

—Si dejan que se muera, lo pagarán con sus malditas cabezas.

Apresurados, el soldado se echó el pesado cuerpo de Robert al hombro mientras otros dos le cubrían la espalda y otros más se debatían contra los que se habían apoderado del castillo.

—¡Dios mío!—exclamó Candy cuando vio llegar a Robert en esas condiciones. Se acercó a él y llorando tomó su mano.

—Candy…

—No te atrevas a morirte, ¿qué sería de mí en este infierno sin ti?

—Ya, por el amor de Dios, no se va a morir.—el doctor la apartó y con los debidos cuidados comenzó a sacar las flechas que por fortuna no habían tocado partes lamentables, aunque sí habían infligido bastante dolor.

Horrorizada, Candy observaba todo, Meredith y otras mucamas rezaban, ella solo pedía que Terry estuviera bien y que por fin toda esa pesadilla terminara. Entonces invadieron el escondite. Alguien debió seguir a los soldados que llevaban a Robert.

—Aquí está la zorra traidora.

Entraron al menos cinco hombres, pero no contaban con Sir William. Si inició una lucha, Sir William era un mercenario, aunque no pudo evitar que mataran a varias mucamas e hirieran a Meredith, desfigurándole el lado izquierdo de la cara, logró evitar que dañaran a Robert y al doctor. Pero no pudo contra uno de los hombres, el que tenía a Candy.

—No, por favor. Por favor…

—Tranquila, zorra. No vamos a matarte, eso dependerá de tu rey…

—¿Qué es lo que quiere? ¿Por qué no nos dejan en paz?

—Si tu rey te ama lo suficiente, se rendirá voluntariamente a cambio de tu miserable vida y la de tu hijo.

—¿Rendirse? Terrance jamás lo haría…

—Lástima… sería un desperdicio matar a una buena ramera como tú.—pasó su lengua por la cara de Candy, provocándole náuseas y un llanto de impotencia.

Sir William planeaba su estrategia para recuperar a Candy, tenía al desgraciado en sus manos, solo era cuestión de un movimiento certero, pues tenía a Candy con el filo de la espada en el cuello.

—Das un paso más y ella se muere. ¿Sabes lo que te haría tu rey si dejas morir a la portadora de su heredero?

En ese momento el doctor le enterró una daga en el corazón, silenciándolo para siempre. Candy corrió a los brazos de Sir William, quien no estaba acostumbrado a ningún acercamiento afectuoso. Puso los ojos en blanco, pero recibió a Candy en sus brazos e intentó una caricia paternal.

Terry, Albert y los soldados que quedaban seguían luchando hasta acabar con el último rebelde. Sus cabezas y extremidades adornaban el suelo. La lucha que se había extendido largas horas había terminado. Terry solo deseaba volver a casa y saber que Candy y su hijo estaban bien.

—Necesitan volver a nacer para poder vencernos.—exclamó Albert con orgullo a la vez que pateaba varios cadáveres

—Tenemos que estar preparados a toda hora. No podemos permitirnos otro ataque sorpresa. ¿Sabes cuántos hombres he perdido?

—El mañana es un regalo para un soldado. Es un misterio. Matar o morir.

Fue justo ahí cuando un rebelde que se había escondido apareció de la nada y clavó su espada en el abdomen de Terry, hiriéndolo de gravedad. Albert luchó hasta vencerlo, pero el daño ya estaba hecho.

Albert cargó su cuerpo moribundo hasta el palacio. Todos estaban horrorizados. La vida se iba escapando de los ojos de Terry.

—¡Terrance!—Candy corrió para acercarse, pero Sir William se lo impidió.

—Deja que el médico haga su trabajo.

—¡Yo tengo que estar a su lado! Es mi deber…—se safó del agarre de su protector.

No quedó más remedio que dejarla con ellos mientras el doctor hacía lo que fuera por salvarlo. Había perdido mucha sangre y estaba pálido. Como si toda su fuerza e imponencia se estuviera consumiendo con cada minuto que pasaba. Aunque deliraba, se negaba a cerrar los ojos.

—¡Está sufriendo! ¡Haga algo! ¡Ay Dios! Está tan caliente…—Candy pasó la palma de su mano por la frente sudada de Terry que a penas lograba aferrarse a la vida.

—Candy…—la llamó con un hilo de voz.

—No te mueras, por favor, ¡prometiste cuidarme!—él le sonrió aunque sus ojos se iban.

—Cierra la boca, pequeña, interrumpes mi paso al más allá.—tuvo la osadía de bromear en esas circunstancias.

—Hasta moribundo a usted le gusta torturarme.

Los ojos de Terry se cerraron en ese entonces. La vida para Candy se apagó una vez más. Ver su cuerpo imponente postrado en esa cama, su frente perlada de sudor, la tranquilidad de su semblante suavizaban las líneas de expresión de su frente, se veía vulnerable. No hacía otra cosa más que llorar.

—No está muerto aún. Le di una posión que lo hará dormir pesadamente para que sufra menos.

—¿Sufrir menos? ¿Qué pretende hacerle?

—Tengo que colocar cada cosa en su lugar, desinfectar y sellar la herida. A fuego.

—¿Fuego? Eso es algo… tan salvaje, tan…

—¿Quiere estar a lado de su esposo?

—¡Por supuesto!

—Entonces deje de cuestionar mis métodos.—el doctor perdió la paciencia con ella, Candy sabía que tenía esa gracia, optó por obedecer.

Se mantuvo atenta todo el tiempo, veía a Terry hacer gestos de dolor, pero de su boca no salía ningún sonido, ni se movía. El doctor metía las manos en la herida, acomodando órganos mientras recitaba unas palabras en una lengua extraña. Limpiaba todo con unos extraños untos y pomadas.

—Este proceso es muy largo, debería irse a descansar.

—Me quedaré aquí hasta que termine y Terrence despierte.—se cruzó de brazos y alzó el mentón con altivez.

—Lo que quise decir, niña, es que tu presencia me incomoda, además de que si Su Gracia estuviera en sus cinco sentidos en este momento, no te querría a ti aquí, sino cuidando de su hijo como es tu deber.

—Yo soy la reina, usted debe dirigirse a mí con más respe…

—Sir William, por favor, llévesela, por el bien del rey y del mío.

Candy fue obligada a descansar. Aunque no sería posible conciliar el sueño. La vida podría volver a cambiarle. Terrance era un desgraciado, pero era el único que podría protegerla, aún si la mandara lejos. Qué angustia le provocaba eso. Desde que había vuelto a ver a Anthony, no dejó de pensar en Terry, empezó a admirarlo y anhelarlo más que nunca. Terry jamás la había golpeado de la forma en que Anthony lo hizo, Terry aún con sus maneras brutas la había protegido siempre, Anthony la había negociado como a cualquier cachivache. A Anthony no parecía importarle abusar de ella, sabiendo que era casada y que pertenecía a otro. Terry había muerto de celos de solo imaginarla siendo tocada por otro.

La había rescatado muchas veces, había sido gentil y ella había disfrutado de sus pocos episodios de ternura. No la había forzado a unirse en su cama. Un deseo irracional se había metido dentro de ella desde entonces. Quería despertar a ese Terry una vez más, su lado pasional, su ternura, incluso su fiereza, porque su indiferencia la estaba matando.

—Tienes que dormir.—le dijo Meredith.

—Yo no puedo dormirme mientras él se está muriendo, ¿por qué les cuesta tanto entenderlo?

—Porque eres la reina y tu trabajo es cuidar de su heredero, ¿por qué eres tan necia?

—¡Porque lo amo y no quiero que le pase nada!—se arrepintió en seguida de confesar eso.

—Dime algo que no sepa.—dijo Meredith con desdén mientras pasaba su mano por el vendaje que tenía en la cara.

—Él es mi esposo… yo juré amarlo…

—Ujum.

—¡No es de su incumbencia!

—Eso está a simple vista, niña. Te brillaban los ojos cada vez que llegaba, además ansiabas que llegara para provocarlo con tus impertinencias, ¿o lo vas a negar?

—Me había acostumbrado a él… a veces era dulce, ¿sabe?

—Te dije que él no era malo, tú has sido la necia.

—Yo solo no quiero que se muera… no puedo soportar que se me muera nadie más…

Su llanto desolado hizo que Meredith se conmoviera y no tuvo más remedio que emplear el papel de madre y arrullarla en sus brazos fuertes y acogedores. La arrulló hasta que por fin se quedó dormida.

Candy despertó con los primeros destellos del alba, se sentía muy mojada. Se sentó con pereza en el borde de la cama y con decepción vio el sangrado llegarle. Solo había sido un retraso. Recordó a Terry. Se puso de pie inmediantamente, pero fue hacia la alberca que ya estaba preparada con agua tibia. Se deshizo de la bata manchada que probaba irrefutablemente su infertilidad. Lloró de angustia mientras se sumergía en el agua. Terry iba a despreciarla más cuando se enterara de que no había ningún hijo y por lo visto, tampoco había esperanzas de que lo hubiera.

No fue a desayunar ni nada, fue directamente a donde Terry.

—Cerramos la herida, no hubo infecciones, pero… no he podido bajarle la fiebre.

Candy lo vio temblando, delirando, sus labios varoniles y sensuales estaban pálidos, lo tocó y estaba ardiendo. Se sentó a su lado, acarició su cabello mojado de sudor, besó su frente y pasó suave su mano por la herida vendada.

—A pesar de todo, tú has sido el único hombre que me ha hecho sentir protegida. Pensé que eras invencible y que nada podría pasarme mientras tuviera tu favor… Nunca te lo dije, pero fue así.

Recostó su cabeza en su pecho para sentir su corazón latir y en su cara podía sentir su respiración cálida. Entrelazó su mano en la suya, mojó su torso con sus lágrimas.

—No la mates. No mates a mi mamá… Por favor…—lo oyó desvariar

—Shhh… yo voy a cuidar tu sueño hasta que te recuperes. Ya pasó lo malo.—le dejó un beso en los labios.

Albert y Robert que ya se había recuperado bastante fueron a ver a Terry, pero al ver la escena salieron disimuladamente. Solo Sir William se había quedado en una distancia prudente, tenía que proteger a su rey ante cualquier posible acto de traición.

—Me hubiera gustado conocerte antes, en otras circunstancias… pero no me arrepiento de haberte conocido de todos modos. Me gusta imaginar que podemos empezar otra vez, donde ya no nos odiemos.

La fiebre subía más cada vez, los delirios aumentaban. El doctor junto con dos hombres sumergieron a Terry en una alberca con agua helada. Tiritaba como un niño desvalido y abandonado en el invierno más frío.

—Ya sáquenlo, lo van a matar antes de tiempo…—Candy era consumida por la angustia al ver el sufrimiento de Terry.

Lo sacaron temblando y encogido de frío y lo pusieron en la cama nuevamente donde deliró hasta quedarse dormido otra vez.

—Se va a poner bien, Candy. Mi hermano es una roca. ¿Sabes algo? Los Iraski no agonizan, sus muertes son súbitas y honoríficas, si un Iraski se niega a morir, ni la cripta podría quebrar esa voluntad.

—Tú lo admiras mucho.

—Yo amo a mi hermano.—enfatizó Robert.

—Estoy segura de que él también te ama a ti.—se acomodaron juntos en un sofá de la recámara de Terry, esperando una mejoría.

—Mi hermano es la única persona que me amó además de nuestra madre.

—Terry en sus delirios mencionaba a su madre… no la mates, por favor no mates a mi mamá… ¿qué sucedió con su madre?

Terry despertó en ese momento, débil, pero lúcido. Se sentía mareado y que algo le quemaba por dentro. Las primeras caras que vio fueron las de Candy y Robert, también la del leal William, las personas que más amaba y estimaba, aunque él jamás lo dijera.

—¡Terry! ¿Cómo te sientes?—Candy corriendo hacia él se le fue encima de emoción.

—¡Oh!—se quejó.

—Lo siento. Temíamos que no despertaras jamás.—le brindó una sonrisa amplia y sincera, acompañada de sus preciosos ojos aguados, cargados de esperanza.

—Yo siempre gano, pequeña.—acarició la mejilla de Candy.

Del gesto de cercanía las lágrimas de ella terminaron de caer rodando por unas mejillas que no podían dejar de sonreir.

—Yo le dije que un Iraski solo moría con honor, no era tu día.

—¿Acabamos con todos esos desgraciados?

—Te apuesto que no le quedarán ganas de volverte a enfrentar.—respondió Robert.

—Ya no tienes nada de qué preocuparte, excepto por ti… ¿quieres comer algo? Pide lo que quieras y haré que te lo traigan.—la emoción de Candy conmovió y despertó la curiosidad de Terry.

—Ahora no. ¿Estuviste conmigo todo el tiempo?—la atrajo más hacia él.

—Casi. Tu doctor es muy prepotente, no me respeta, me trata como a una semejante y me echó porque yo le incomodaba, ¿puedes creerlo?—se indignó. Terry suspiró y Robert se encogió de hombres, validando lo que era obvio.

—¿Cómo está mi hijo? ¿Te has cuidado bien?—Terry puso su mano en el vientre de ella.

Toda expresión de felicidad se rompió en ese momento en la cara de Candy. El miedo y la angustia volvieron a recorrerla.

Continuará…


¡Hola! Tardecito, pero aquí está. Me he propuesto tomarme este finde para actualizar esta historia que tanto interés les ha despertado y porque ustedes se lo merecen, haré todo lo posible por actualizar varias veces esta semana.

Muchas gracias por comentar, niñas, por sus palabras de aliento que moralmente me levantaron bastante. Aún no se resuelve mi situación del todo, pero estoy tranquila, decidí no volverme loca y vivir la vida que solo es una.

Las quiero,

Wendy Grandchester