Zuko había pedido a Piandao que continuara su entrenamiento a las armas, poco después de haberse convertido en el nuevo Señor del Fuego. También le había propuesto quedarse en el palacio, pero el maestro había rechazado la oferta, prefiriendo desplazarse una vez por semana hasta la capital.
Había sido culpa de Sokka, a decir verdad. El joven de la Tribu del Agua había alardeado de ser el mejor discípulo del maestro, según sus propias palabras, y Zuko se había negado a aceptarlo. Claro, Sokka se las apañaba bastante bien con una espada, y había podido darse cuenta de esto cuando se habían entrenado juntos, en el Templo Aire del Oeste. Pero, incluso si tenía mucho potencial, a Sokka le faltaba todavía mucho trabajo para alcanzar el nivel de Zuko. Por eso, el joven monarca se negaba a creer que Sifu Piandao haya dicho tal cosa. ¿Acaso habría visto algo en Sokka que él mismo no había percibido? De todos modos, Zuko había decidido retomar su entrenamiento, para volverse todavía mejor e impresionar a Sokka la próxima vez que lo vería. ¡Ja! ¡Ya verían entonces quién de los dos era el más hábil entonces!
Durante el entrenamiento, Zuko vio por el rabillo del ojo cómo Suki e Hipo lo estaban observando, y se esforzó en impresionarlos. Era un poco infantil de su parte, y lo sabía, pero no lo podía evitar. Al final de las dos horas, y tras haber intercambiado los saludos usuales con Sifu Piandao, Zuko agarró una toalla para secarse el sudor, mientras Suki e Hipo se acercaban para felicitarle.
- ¡Jolines, tío! – dijo Hipo enseguida. ¡Eso fue impresionante! ¿Cuántos años te hicieron falta para adquirir tal nivel?
- Oh, empecé a los diez años – contestó Zuko, el pecho hinchado de orgullo. Fue una idea de mi tío Iroh, a decir verdad. En esa época, mi Fuego Control era…
Zuko se interrumpió de repente, invadido por recuerdos poco agradables. Se mordió el labio inferior, vacilando, pero avisó las miradas interrogantes de sus dos compañeros y continuó en voz baja.
- Bueno, digamos que nunca fue muy bueno. ¡Cuando nací, mi padre incluso creyó que no tenía ningún don!
"Y casi se deshace de mí" pensó con amargura.
- Al final, resulta que sí lo tenía, pero Azula siempre fue mejor que yo. Yo era… mediocre en comparación. Entonces, mi tío le pidió permiso a mi padre para enseñarme el manejo de las armas. Así, incluso si nunca llegaba a ser un Maestro del Fuego competente, no sería completamente indefenso. Mi padre aceptó, y así empezó mi entrenamiento – concluyó Zuko, abochornado.
- Si me permite, mi Señor – intervino entonces Piandao, acercándose del grupito. Su hermana resultó ser un prodigio, pero usted no era nada malo. Además, creo recordarme que usted tenía varias razones para sentirse trastornado en esa época, y eso influye mucho en el control que uno puede ejercitar sobre su elemento, según lo que me dijeron.
Zuko no dijo nada, pero bajó la cabeza con una expresión sombría. Piandao lo miró con algo de compasión, antes de darle palmaditas en el hombro y de alejarse definitivamente. Suki e Hipo, por su parte, habían asistido sorprendidos al intercambio.
- ¿De qué estaba hablando Piandao, Zuko? – preguntó Suki con dulzura.
- Mi madre desapareció cuando tenía nueve años, y mi primo Lu Ten murió en la guerra un poco antes – contestó Zuko sin atreverse a mirarla. Mi tío Iroh se quedó ausente durante casi un año, viajando al mundo de los espíritus para encontrar la paz interior, según lo que me contó. Pero eso no importa – la cosa es, que mi Fuego Control resultó muy debilitado por esos acontecimientos. Además, durante un año, me quedé solo y sin aliados, con mi padre y mi hermana que aprovechaban cada oportunidad para burlarse de mí e humillarme. Cuando mi tío volvió, quiso hacerse cargo de mi entrenamiento, pero el daño ya estaba hecho. Habían logrado convencerme de que era un inútil, ¿entienden?
Zuko suspiró, avergonzado por su debilidad de entonces. Ése seguramente había sido el peor año de su vida… Bueno, el peor no. El peor había sido su primer año de destierro, cuando su quemadura todavía le dolía todo el tiempo, y que además sufría del rechazo de su padre, de la humillación, y de la humildad de su nueva vida. Echaba de menos al palacio, a los sirvientes y a todo el lujo que siempre le había rodeado. Tenía ganas de volver y de suplicar otra vez a su padre para que lo perdonara. Pero sabía que así no le convencería de que era digno de ser su heredero… Así que apretaba los dientes, y esperaba la noche para llorar en su almohada. Pero ése no era el tema, y Zuko sacudió la cabeza, volviendo al presente cuando Piandao tomó la palabra de nuevo.
- Fue entonces cuando Iroh le pidió a Sifu Piandao que me enseñara el manejo de las armas. Pronto me di cuenta de que me gustaba, y que además se me daba bastante bien. Poco a poco, el manejo de las espadas me ayudó a recobrar la confianza en mí mismo que había perdido, y mi Fuego Control también se puso a mejorar. Puedo decir que les debo mucho a los dos… a mi tío y a Piandao.
Zuko cruzó por fin la mirada de Suki, la cual le sonrió con ternura. Enseguida, el chico sintió su corazón dar un brinco, y apartó la mirada. ¿Desde cuándo Suki le causaba esas sensaciones? ¡Él estaba enamorado de Mai, maldita sea! Miró a Hipo, quien estaba examinando a sus espadas con mucho interés.
- Ah, es verdad – recordó el joven monarca – tú también tienes una espada. ¿Te apetecería entrenarnos juntos, algún día?
- Ah, bueno, la verdad es que no soy tan bueno como tú – confesó Hipo, ruborizándose un poco. ¡Pero, si me dejas el tiempo de ir a buscar a mi espada, te puedo enseñar un truco que seguro te interesará!
Normalmente, Zuko comía con Piandao después de su entrenamiento, pero por suerte, al llegar el maestro le había informado que no podría quedarse hoy para el almuerzo. Por eso, Zuko asintió, y sonrió levemente cuando vio el mayor ponerse a correr. No sabía porque se sentía tan confortable con el otro chico. Tenía la impresión que le entendía perfectamente, y ya le había contado cosas que no había contado a nadie – por ejemplo, lo humillado que se sentía cuando tuvo que mendigar en el Reino de la Tierra. Qué curioso… Había conocido a Hipo al día anterior, y no sabía casi nada de él, pero sin embargo sentía que podía confiar en él. ¿Por qué sería?
Hipo volvió, y enseguida se puso a enseñarles la particularidad que tenía su espada: ¡podía inflamar la hoja! ¿Cómo lo hacía, si no tenía Fuego Control? El vikingo se puso a explicarles que usaba la saliva de un dragón, el Pesadilla Monstruosa, que inflamaba gracias a un mechero disimulado en la empuñadura.
- Ingenioso – apreció Zuko. Así te podrías hacer pasar por un Maestro del Fuego, sin problemas.
- Ah, eso no sería tan diferente de su propósito de origen… - sonrió Hipo. Uso ese truco cuando estoy rodeado de dragones salvajes, para que me vean como uno de los suyos. También puedo provocar explosiones, usando el gas del Cremallerus Espantosus, del cual tengo una reserva disimulada en la empuñadura también. ¡Así!
Zuko y Suki retrocedieron de algunos pasos, impresionados por la demostración.
- Vaya – dijo Suki. Y ese… Cremallerus Espantosus, ¿es otro tipo de dragón? ¿Hay muchas especies diferentes, en tu mundo?
- ¡Sí, hay un montón! – contestó Hipo. Incluso tenemos un libro entero con las diferentes especies, sus características y sus puntos débiles… Os lo enseñaré algún día.
Hipo se interrumpió de golpe, realizando lo que acababa de decir.
- Oh, bueno… Os lo enseñaría si supiera cómo regresar a mi mundo – gruño con abatimiento.
- No te preocupes. Estoy segura de que Aang encontrará la manera – le dijo Suki, frotándole el brazo para confortarlo.
Zuko no sabía porque, pero ese gesto le molestó. Y mucho.
- Venga – le dijo a Hipo, apartándole de Suki para llevárselo más lejos. Háblanos un poco más de tu mundo, y de sus dragones.
Durante el almuerzo, le tocó a Hipo contarles acerca de su mundo, de cómo los dragones habían sido siempre considerados como enemigos por el pueblo de Berk, hasta que él estableciera una amistad con uno de ellos y convenciera a la gente que los dragones no eran criaturas malvadas, sino animales cariñosos y fieles. Les habló de la vida en Berk ahora, de cómo cada aldeano poseía a su propio dragón y de cómo se divertían organizando carreras entre ellos.
- ¡Y yo soy el mejor jinete de dragones, claro! – alardeó, antes de adoptar una expresión más seria. Bueno, más bien lo era… Ya no tengo mucho tiempo para competir, con todo ese rollo de ser el nuevo jefe, y blablablá.
Zuko lo entendía perfectamente. Él tampoco no tenía mucho tiempo para divertirse, desde que se había convertido en el nuevo Señor del Fuego. Pero de todos modos, no se lo hubiera permitido mientras quedaban tantas cosas por hacer para restablecer la paz y la harmonía en el mundo. Siempre supo que era su destino gobernar la Nación del Fuego, y convertirla en un modelo para el resto del mundo. Y no se divertiría o descansaría antes de lograrlo. Nunca había deseado ser otra persona, una persona vulgar, porque era orgulloso de quien era. Por sus venas corría la sangre de Sozin y del Avatar Roku, y por eso Zuko sabía que era el único en poder restablecer el balance, y cambiar las mentalidades en la Nación del Fuego. No era su estilo echarse atrás por culpa de las dificultades: ese nuevo desafío no era tan diferente de su entrenamiento al Fuego Control, a las armas, o de su búsqueda del Avatar. Le costaría trabajo, pero se esforzaría hasta conseguirlo. Nadie más que él podía hacerlo, de todas formas.
- Siento lo de tu padre – dijo finalmente, cambiando de tema.
- No es culpa tuya… Eh, nunca te dije que había muerto, ¿cómo lo adivinaste?
- Era bastante lógico. Si te convertiste en el nuevo jefe, seguramente fue porque el precedente había muerto, ¿me equivoco? O también podría ser que lo derrotaste y lo encerraste en prisión, pero no todo el mundo tiene una familia tan complicada como la mía – ironizó Zuko.
- Sí, tienes razón – sonrió Hipo. Mi padre murió hace poco… Y a mi todavía me cuesta acostumbrarme a mis nuevas responsabilidades. A veces no es fácil.
Zuko esbozó una mueca de simpatía.
- ¿Y tu madre? – preguntó de repente Suki, con esa mirada astuta que el Señor del Fuego había aprendido a temer.
- Mi madre… Mi madre fue capturada por dragones cuando yo todavía era un bebé. Siempre creí que había muerto, pero recientemente me enteré de que estaba viva y se había quedado a vivir con ellos – contestó Hipo sin disimular su amargura.
Zuko comprendía mejor, ahora, porque al mayor le había costado tanto entender sus razones para perdonar a Ursa. Sintió pena por Hipo, pero no sabía que decirle. Nunca había sido muy bueno consolando a la gente…
Buscó la mirada de Suki, quien le hizo un gesto que significaba: "¿A qué esperas? ¡Di algo!". Pero antes de que Zuko pudiera abrir la boca, entró un sirviente para recordarle que se tenía que preparar para las audiencias de la tarde.
- Ah, sí, enseguida vengo… - suspiró Zuko, sintiéndose fastidiado antes de empezar.
Sabía de antemano que se pasaría la tarde oyendo quejas, quejas y más quejas sobre su modo de gobernar. Y eso no le entusiasmaba para nada.
- Bueno, el deber me llama. Podéis asistir a las audiencias si queréis – propuso el Señor del Fuego, suplicando a Suki con la mirada.
No sabía porque, pero la presencia de la chica le ayudaba a soportar mejor las críticas y los insultos. Sentía como si alguien le apoyaba, y eso le hacía sentir mejor. Pero nunca lo confesaría, claro – no sería para nada honorable. De todos modos, estaba seguro de que Suki ya lo sabía.
