N/A

Antes de seguir la historia, quería disculparme por los días de retraso. Estuve de viaje por estos días y no tuve acceso a internet. Me sentí aislada de todo. (No les avise antes porque se suponía que si iba a haber conección, pero me engañaron miserablemente) Impresionante el tiempo que hay disponible cuando uno no está conectado xDDD

Me alegré al descubrir el par de mensajes que me han dejado y me sentí muy feliz de que les haya gustado la historia. Cada mensajito me hace el día. Así que espero que sigas disfrutando de la historia.


Sesión


Para cuando volvemos a casa el sol se irgue orgulloso iluminando todo a su paso. Peeta parece estar mucho más tranquilo después de nuestro paseo. Incluso nos quedamos dormidos después de que se desahogó. Por lo menos yo lo hice, como siempre, yo recargada en su pecho y el rodeándome con sus brazos. Ni si quiera noté el frío de la mañana.

Nos encontramos con que todos instalaron una mesa grande en el patio trasero de la casa, haciendo barbacoa. Es un lio mientras todos se mueven entrando y saliendo por la puerta de la cocina, poniendo la mesa y haciendo ensaladas. Para cuando nos ven llegar, todos se paran en seco y se nos quedan mirando por unos momentos. Peeta y yo nos extrañamos e instintivamente nuestras manos se sueltan.

-¿Haciendo travesuras en el bosque? – pregunta Haymitch en su maldito tono burlón.

Peeta y yo nos miramos. Recién nos damos cuenta que estamos despeinados por habernos recostado en la manta. Tanto su traje como mi vestido están desordenados y fuera de lugar. Aún llevo el saco de Peeta rodeándome, por lo que paso un poco desapercibida, pero sólo un poco. Reconozco que, si no fuera porque yo misma estuve en el bosque, pensaría lo mismo que Haymitch.

-¿No les dio frío? – pregunta ahora Johanna con una sonrisa torcida.

-No… nosotros no… - trata de explicar Peeta completamente sonrojado. Pero Johanna le interrumpe.

-Vamos tortolitos… debe ser erótico estar rodeados de vegetación y sonidos de animales. – nos lanza una sonrisa pícara.

Esa frase nos deja mudos. Las risas de todos hacen coro cuando atravesamos, completamente rojos, hacia el interior de la casa. No nos molestamos en dar explicaciones que sabemos serán completamente ignoradas.

Nos separamos para ir a nuestras respectivas habitaciones. Me doy una ducha rápida. Retirándome los restos de maquillaje y lavo mi cabello. Apenas salgo, me seco con rapidez y me visto con un sencillo short, mis típicas botas y una blusa, manga larga, que cubre los moratones con la forma de las manos de Peeta.

Para cuando bajo y veo desde la puerta, sin asomarme, Peeta ya se encontraba recibiendo las burlas y bromas de todos. Veo a Haymitch removiéndole el hombro– Muy bien chico, me haces sentir orgulloso.

-¡Cuenta detalles sucios! – agrega Johanna que esta recargada en la mesa, justo al frente de él.

Por un momento pensé que Gale se podría incomodar, pero me sorprendo al verlo tan divertido y disfrutando del nerviosismo del chico rubio. – Y tan tranquilo que te ves… - le dice a Peeta quien lo mira incrédulo. Los comentarios de Haymitch y Johanna son de lo más normal ¿Pero de Gale?

Me extraña de sobremanera el comentario de mi madre al decir que no nos molesten, que ya estamos grandecitos para hacer lo que nos plazca en el bosque. Lejos de ayudar, todos lanzan otra fuerte carcajada.

Peeta solo se limita a sonrojarse y guardar completo silencio. Seguramente bajó antes para evitar que yo me avergonzara más de la cuenta ¿Cuándo dejará de protegerme?

Finalmente todos nos ponemos a comer. Aún no podemos explicar cómo fue que desaparecimos la noche anterior y reaparecimos pasado el mediodía. En un principio intenté explicar, pero considerando que, sin importar lo que digo, las burlas continúan, me resigno a comer en silencio al igual que Peeta.

La tarde avanza y la sobremesa se extiende hasta casi llegar al anochecer y se une a la hora de la cena. Por suerte la carne y los pasteles, que ayer hicimos con Peeta, no se desperdician.

Todos aportan con las historias de sus nuevas vidas:

Marina cuenta que conoció a Gale cuando él iba revisando unos papeles mientras caminaba. Prácticamente la arrolló cuando no notó que ella estaba parada viendo un folleto en la pared. Se odiaron de inmediato. Ninguno había tenido una buena mañana ese día. Después descubrieron que tenían que trabajar juntos, pues Marina le fue asignada cómo su ayudante para que luego ella tomara su puesto en la Planificación de Defensa para cuando a él lo ascendieran. Fueron meses en los que tuvieron que aprender a tratarse, o por lo menos no llevarse mal. La amistad se fue abriendo camino. Gale cuenta que le extrañaba que, una chica tan dulce, pudiera tener esos conocimientos estúpidamente mortíferos sobre armas y estrategias de guerra. Luego empezó un rumor de que ellos eran novios y ni siquiera les importó. Estaban tan concentrados en su trabajo que no tenían interés en empezar algún tipo de relación y ese rumor le servía a ambos. Ninguno de los dos se dio cuenta cuando esa falsa historia se terminó por volver en realidad, hasta que él le robó un beso y ella se lo respondió de inmediato.

Cressida, por su parte, cuenta que con un nuevo grupo de camarógrafos y Pollux se han dedicado, desde que terminó la rebelión, a documentar los avances que ha tenido la reconstrucción de cada uno de los Distritos y el Capitolio. Hace poco les llegó una oferta para empezar con un nuevo proyecto de Plutarch. Una forma antigua de entretenimiento llamado "novelas".

Effie empezó su propia línea de ropa junto con los demás estilistas presentes. Sin tanto maquillaje y mucho más sencilla a las tenidas que estaban de moda hace unos años atrás. Han tenido bastante éxito en el Capitolio.

Annie narra los pros y los contras de su embarazo. Tenía pánico de traer al bebé a un mundo sin que conociera a su padre, pero el apoyo incondicional de mi madre la ayudo a sobrellevarlo. Para cuando el pequeño nació, descubrió que era posible enamorarse incondicionalmente de nuevo y de una manera completamente diferente. Ya no podría imaginarse viviendo sin que su pequeño estuviese a su lado.

Inevitablemente al oír la historia de Annie vuelve a mi mente la pequeña yo con ojos azules de mi sueño. Pero la hago a un lado para no volver a retomar las angustiosas preguntas que me atormentaron el día anterior.

Para cuando llega la noche, nuevamente Peeta y yo nos quedamos sin un lugar para dormir. Solo cuando Beetee lo nota, se nos acerca y nos pasa un extraño artilugio parecido a una manta doblada.

-Asegúrense de que haya espacio para cuando aprieten éste botón. – Apunta un punto rojo en un pequeño panel encima de la extraña manta.

Peeta y yo hacemos espacio en la sala, junto al sofá donde ya está recostada Johanna y presionamos el dichoso botón. Casi como una explosión, la manta se desdobla y se vuelve un colchón de dos plazas.

-Debimos haberle dicho anoche… - Comenta Peeta.

Simplemente atino a asentir con la cabeza apreciando la comodidad del colchón inflable.

Peeta empieza a insistir que yo duerma con Johanna la cama improvisada y él durmiera en el sofá. A lo que me niego rotundamente.

-Si quieres duermo yo contigo… - le dice Johanna levantando varias veces las cejas.

Mi acción inmediata es mirar a Peeta con el entrecejo fuertemente fruncido.

Johanna lanza una estruendosa risa y luego se voltea dándonos la espalda – Solo era una sugerencia… de todos modos ya me acomodé aquí. – se cubre con la manta hasta la cabeza.

Resignado, se recuesta junto a mí, pero esta vez no me rodea con sus brazos. Aún está aterrado por volver a lastimarme. Se limita a darme la espalda mientras nos quedamos dormidos, pero eso no me detiene a que sea yo quien lo abrace por atrás, rodeando mi brazo en su cintura y escondo mi cara detrás de su nuca.

Para cuando me despierto descubro con desilusión el espacio vacío de Peeta, me siento en el colchón y lo busco con la mirada. Basta con llegar a sentir el rico aroma del pan horneado para saber exactamente donde está.

Me pongo de pie sin prestarle atención a los alegatos de Johanna por ser tan ruidosos y me dirijo hacia él.

Cuando llego al marco de la puerta él ya estaba retirando una de las bandejas del horno con unos cuatro panes con nueces. Siento mi estómago gruñir cuando reconozco, además de los panes, el aroma de uno de mis platos favoritos.

-¿Bollos de queso? – me siento una niña que acaba de descubrir la casita hecha de dulces. Apenas soy consciente del brillo que se refleja en mi mirada.

Peeta gira su rostro hacia mí algo sorprendido, al parecer no me esperaba despierta tan temprano, pero luego me sonríe con dulzura para confirmarme:

-Bollos de queso…

Los deja en una canastilla sobre la mesa. Apenas tengo la paciencia para esperar que se enfríen. Ya pronto se irán despertando los demás y me niego a entregar mi preciado botín sin haberlos probado si quiera.

-¡Katniss! – me regaña Peeta cuando muerdo uno y termino lanzándome aire con la mano – Los acabo de sacar del horno.

Me alcanza un vaso con agua fría, como si ya estuviese preparado para este tipo de situaciones. Me tomo el vaso completo y respiro ya aliviada de que el ardor de mi boca desapareciera, aunque me queda algo resentida.

Miro resignada, con el pasar de las horas, cómo mi canastilla de bollos va desapareciendo. No he podido comer tantos como me hubiese gustado por aun tener la lengua adolorida.

Cerca de las cinco de la tarde todos fuimos a la estación de trenes. Robots de carga incluidos. Éstos se unieron al tren como dos vagones más. Nos despedimos de todos los que se dirigen a sus respectivos destinos. Para cuando anuncian la partida, abracé a mi madre con fuerza. Acto seguido, ayudé a Annie a tratar de despegar a su pequeño del cuello de Peeta. Costó bastante trabajo pero finalmente el pequeño lo soltó haciendo un adorable puchero.

Haymitch se retiró a su casa y apenas llegamos a la nuestra, Peeta y yo nos desplomamos sobre el sofá. Es la celebración más agotadora que puedo recordar. Fue agradable tenerlos a todos en el mismo lugar, pero ya para el almuerzo no pude evitar sentir que me invadían mi espacio… nuestro espacio.

Los días siguientes empiezan a pasar como es habitual. Peeta se levanta al amanecer, yo voy a cazar de vez en cuando y preparo alguna cena improvisada para cuando regresa. Haymitch nos acompaña también cuando está más sobrio. Todo seguiría su curso normal si no fuera porque, por primera vez, Peeta y yo nos descubrimos discutiendo en varias ocasiones. Me frustra de sobremanera que se niegue a volver a dormir conmigo después de lo que pasó. El despertar con pesadillas me tiene de mal humor por que no he descansado bien los últimos días. Al parecer a Peeta tampoco ha descansado del todo… se nota en su genio.

Una noche, nos encontramos en la sala; él sentado en el sillón pequeño y yo en el sofá.

-Es difícil que te den dos episodios seguidos… - mi argumento, aunque valido, lo ignora completamente.

-¡Katniss ya basta! No quiero despertar descubriendo que te he lastimado de nuevo. – Su voz esta elevada al igual que la mía.

-¡No me lastimaste!

-¿Desde cuándo dejarte inconsciente no es lastimarte?

-Fue un accidente.

-¡Podría haberse evitado!

Siento su mirada en mis brazos, aunque ya menos notorios, aún están los moratones con la forma de sus dedos. Su mirada toma una expresión llena de frustración. Los cubro con mis manos.

-No fue nada grave.

-La próxima vez que suceda puede que si lo sea – vuelve a mirar a mi rostro bajando un poco el volumen de su voz - Katniss… no quiero perd…

-¡Tampoco quiero perderte! – le interrumpo. Siento que casi desgarro mi garganta por el grito.

Mi confesión hace que se desintegre cualquier defensa que tenía, siento un fuerte nudo se anida en mi garganta.

Peeta guarda silencio completamente sorprendido.

-Te has alejado tanto… - mi voz se corta en varias ocasiones mientras mis lágrimas hacen dibujos en mis mejillas – No te acercas a mí a menos que yo lo haga… - no quiero compasión, pero me siento destrozada con el solo hecho de pensar que lo tengo justo frente a mí y sentirlo a kilómetros.

-Katniss…

Los estúpidos sollozos se apoderan de mí. Me siento debilitada y patética. Quizás el cansancio acumulado también hace su aporte.

-Lo siento… - tartamudea levantándose del sillón.

Me pongo de pie rápidamente. Gran parte de mí, la mayoría, desea lanzarse a sus brazos para refugiarme. Pero esta vez me controla la rabia que siento por descubrir que puede lastimarme de otra manera aparte de la física. Los moratones sanan después de un tiempo. La parte que me duele ahora no se cura con un par de hierbas medicinales.

-¿Katniss…? – me llama cuando empiezo a caminar en dirección contraria de donde esta él.

Se disponía a ir tras de mi – ¡No me sigas! – grito lastimando mi garganta nuevamente. Se queda estático mientras hago mi camino hasta mi habitación y cierro de un portazo.

Me hago un ovillo en la cama, en un burdo intento de consolarme a mí misma. Quizás tenga que resignarme a la idea de nuestra nueva relación es imposible; si se me acerca lo suficiente, corro el riesgo de que me lastime; si se aleja, de seguro vuelve a lastimarme como ahora. Sé que debe estar tan confundido como yo. Pero en mi caso, prefiero cien veces más el riesgo de un par de moratones. Me abrazo a la almohada y termino por liberar esa angustia hasta que finalmente me quedo dormida.

Me despierto varias veces sin poder controlar las pesadillas. Simplemente agradezco que no me despierte gritando para que Peeta no se dé por enterado. Siento el confuso sentimiento de quererlo justo a mi lado para refugiarme en sus brazos pero a la vez no lo quiero cerca por ahora. Ni yo misma logro comprenderme.

Veo el reloj que descansa en la mesita junto a mi cama. Son casi las cuatro de la mañana. Me quedo recostada, ya resignada a no poder volver a dormirme.

Después de varios minutos y cuando las tonalidades del cielo empiezan a tornarse algo más claras, escucho el despertador de Peeta en la habitación continua y cómo se levanta para apagarlo. Se oye la ducha y luego se toma un par de minutos para arreglarse. Sus pasos desde su habitación se detienen justo afuera de mi puerta por unos instantes. Siento la esperanza crecer en mí, pero se derrumba cuando renueva su paso bajando por las escaleras y saliendo por la puerta de la casa. Me duele que ni siquiera se haya dado el tiempo de venir a despedirse. Lo cual es estúpido. Ni yo misma sé si lo terminaría echando a patadas.

Comprendo que quiere darme mi espacio después de nuestra discusión. Parte de mi me pide a gritos que corra tras de él pero contengo el impulso lo más que puedo. Cerca de las siete, termino por darme una ducha corta y arreglarme para hacer lo único que me saca se las cavilaciones; ir a cazar. Saco mi fiel arco y mis flechas del closet y camino rápidamente hasta llegar a mi preciado bosque.

Paso casi todo el tiempo ahí. Recolectando algunos frutos que son lo que término comiendo para el desayuno y almuerzo. Considero que mi desquite emocional fue algo exagerado cuando tengo cerca de ocho conejos, en mi bolsa. Por lo general no cazo más de los necesarios. Que serían dos o tres animales.

Camino a casa, le doy cuatro a Sae, sin necesitar nada a cambio. Ignoro completamente sus preguntas preocupadas por saber que me pasa y simplemente me retiro y vago por el pueblo algunos momentos.

Apenas soy consciente de que mis pasos me encaminan a la panadería hasta que me encuentro parada justo al frente de ésta. Supongo que mi subconsciente hizo lo suyo en medio de mi letargo. Mantengo una estúpida discusión interna, pero termino aceptando que quiero ver a Peeta.

Casi completo los escalones de la entrada cuando siento mi corazón detenerse. Como esperaba, Peeta está ahí. Lo que sobrepasa mi entendimiento, es el hecho que se encuentre abrazando cariñosamente a una chica. Una chica que no soy yo. Reconozco inmediatamente ese cabello rubio y ondulado que cae por su espalda. Es una de las chicas de la fiesta.

Ninguno alcanza a notar mi presencia, por lo que salgo disparada camino a la aldea de los vencedores.

Siento el fuerte vacío que se forma en mi pecho mientras corro. Mi respiración de pronto se empieza a cortar. Me veo obligada a ralentizar el paso por la falta de aire. Quizás encontró en ella algo que no puedo darle yo. Aun ni siquiera termino de comprender por completo mis sentimientos por el panadero. Ella puede que le haya dado la seguridad que quizás yo jamás le daré: un amor correspondido.

¡Es solo un abrazo! Es el gesto más normal del mundo. No los vi besarse o en algo más íntimo. No puedo entender mi reacción. No soy consciente de las lágrimas hasta que el camino frente a mí se torna borroso. Soy un torbellino de emociones sin poder entender ninguna. La rabia de que me haya traicionado. Aunque no hay nada claro entre nosotros que deba traicionar. El odio hacia esa chica que ni siquiera conozco por arrebatarme algo que ni siquiera poseo. El vacío, la pena, abandono. Debería ser capaz de sentir alegría por él si por fin le han correspondido. Pero no alcanzo a experimentarla ni siquiera por obligación.

Abro desesperada la puerta de la casa que no es mía.

-¡Haymitch! – el grito se me corta a la mitad.

No lo veo por ninguna parte. Lanzo mi bolso sobre la mesa y corro por la casa buscándolo, abro las puertas de las habitaciones, golpeo los baños mientras varios intentos del nombre de mi ex – mentor salen de mi boca. Pero el interior está completamente vacío.

-¡Haymitch! – vuelvo a gritar.

Me encuentro bajando las escaleras cuando lo veo al fin aparecer por la puerta trasera. Al parecer estaba viendo sus gansos.

Hago caso omiso a su rostro lleno de confusión y me abalanzo sobre él rodeando su cintura.

-¿Qué ocurre? – me pregunta angustiado – ¿Le pasó algo a Peeta? ¿Tuvo otro episodio?

Niego con la cabeza en su hombro.

Me toma de los hombros para alejarme y poder observar mi rostro deformado por el llanto. – Te ves horrible… - comenta con un rostro compasivo y vuelve a rodearme con sus brazos.

Estoy demasiado alterada para poder responder cualquier pregunta ahora. Acaricia mi cabeza tratando de tranquilizarme mientras desparramos mis sollozos en su camisa.

No soy consciente de cuánto tiempo me quedo ahí; para cuando por fin puedo calmarme un poco, me sienta en una silla cercana a la mesa y, después de unos minutos, me alcanza una taza con leche caliente.

-¿Leche? – pregunto sorprendida.

-Te ayudará a calmar un poco los nervios…

Tomo un sorbo y reconozco que está con algo de miel. La leche calma un poco el dolor de mi garganta, por lo que empiezo a tomarla a pequeños sorbos.

-Es raro que tengas otra cosa que no sea alcohol…

Se sienta al otro lado de la mesa frente a mí y me mira alzando una de sus cejas. Me doy cuenta que mi comentario es completamente ignorado. Está claro que va a ir directo al grano.

-¿Me vas a decir por qué demonios llegaste así? – se sirve un vaso de su típico licor traslucido.

Me cuesta tragar el ultimo sorbo que tomé de la taza y la dejo reposar sobre la mesa. No alcanzo a meditar las palabras que se escapan de mi boca.

-Vi a Peeta con otra chica…

Haymitch abre los ojos incrédulo - ¿Qué? – Lanza una sonora carcajada – eso es imposible, preciosa.

Me sonrojo al reconocer que suena estúpido, pero fue claro lo que vi. Me quedo callada hasta que deja por fin de reírse.

-¡Lo vi Haymitch!

-¿Que estaba haciendo? – odio de inmediato su ridícula sonrisa torcida.

-La abrazaba… - me siento asqueada al recordarlo.

-¿Solo eso? – notoriamente está conteniendo otra carcajada. Me hace sentir tan ridícula contándole estas cosas.

-¡Sí! – casi grito.

-¿No crees que es un poco exagerada tu reacción para sólo haber visto que la abrazara?

Sé que tiene razón, pero no alcanzo a comprender ni yo misma por qué me siento así.

-¿Sabes quién es la chica? – me pregunta.

-No por nombre…

-¿Cómo era?

-Pelo ondulado y rubio… estaba en la fiesta.

Lanza una fuerte carcajada nuevamente. Me sonrojo de sobremanera conteniendo mi rabia.

-¡Es Clarisse! – grita aún más burlesco que antes.

¡Ah! Así que él la conoce.

-¿Quién demonios es ella? – trato de sonar tranquila, pero termino sonando más agresiva de lo que esperaba.

-Es una de sus ayudantes en la panadería…

-¿Por qué la abrazaría?

-¿Cómo voy a saber a eso?

Guardo silencio. Así que es su ayudante en la panadería, la ve todos los días cuando se levanta en la mañana. Siento como mi ira se va acumulando en mis sienes; imaginándome situaciones de ella recibiéndolo felizmente apenas llega a la panadería, amasando juntos, hablándose con cariño. Haymitch se me queda mirando atento a las transformaciones de mi rostro. De pronto hace un comentario que me deja completamente perpleja.

-Es la prometida de Thom… - me dice divertido al ver mi notorio cambio de expresión. Ni siquiera sabía que el antiguo amigo de Gale había vuelto al Distrito después de la guerra. No recuerdo ni siquiera si se apareció en la fiesta la semana pasada.

-Sabes la innata habilidad de Peeta para tratar a la gente. Seguramente estaba nerviosa o algo así…

Eso me suena ridículamente coherente. Me basta con recordar toda la gente que se acercó a saludarlo el día de la fiesta. Me siento demasiado estúpida en este momento. La tormenta de emociones se desvanece completamente. ¿Cómo demonios puedo ser tan idiota? Me dejé llevar por lo que vi, sin siquiera analizar la situación o esperar preguntarle más tarde.

-¿Por qué jamás me conto de eso?

Haymitch se encoge de hombros - ¿Acaso le has preguntado siquiera?

Lo miro pasmada y termino por bajar mi mirada avergonzada. Sigo sin tener idea de la nueva vida de Peeta en el Distrito.

-Te dije que pusieras de tu parte, preciosa. – me regaña y sé, a regañadientes, que tiene razón - Así te evitarías este tipo de escenas.

-Trato de hacerlo, Haymitch… - vuelvo a angustiarme - pero después de su episodio apenas me deja acercarme a él.

Se queda serio de repente. Quizás comprendiendo un poco mi situación.

-Hemos estado discutiendo todos estos días… - termino por confesar con un hilo de voz – lo vi con esa chica y pensé… - ¿Qué demonios pensé? Pensé demasiadas cosas como para concentrarlas en una sola palabra. Se corta mi oración sin saber cómo terminarla.

-Katniss… Peeta sería incapaz de dejarte. – gana mi atención y de paso responde a mi pregunta. Que me llame por mi nombre le da un toque más serio a su comentario. En definitiva eso fue lo que pasó por mi cabeza cuando lo vi en los brazos de la rubia.

Sé, en lo más profundo de mí, que tiene razón. Peeta jamás me abandonaría. Pudo haber iniciado una vida completamente nueva en otro Distrito, como lo hicieron mi madre y Gale; pero regresó al 12 donde ya no está su familia esperándolo, donde los recuerdos de su perdida están en cada rincón. Volvió para seguir siendo parte de mi vida. No le encuentro otra explicación. Me ha cuidado y protegido desde hace meses, incluso de sí mismo.

Comprendo las carcajadas de Haymitch, mi comportamiento fue ridículo. Me siento una completa estúpida por haberme dejado dominar por mis emociones. Casi siento ganas de disculparme con la chica, por haberla odiado tanto sin tener motivo alguno.

Pasan un par de minutos en silencio donde me decido a terminar mi leche. No sabe tan bien cuando ya está fría; pero me resigno a saborearla hasta que me la acabo. Haymitch se queda observándome mientras termina de tomar su vaso frente a él. Me sorprende que esté sobrio y que se tome ese vaso a pequeños tragos. Seguramente es uno de los últimos que le quedan antes de que vuelva el próximo tren.

Me guía en una conversación sin mucho sentido. Sé que es para distraerme de mis pensamientos. Terminamos hablando cosas de poca relevancia, como el estado de sus gansos o del clima

Después de otro par de minutos, ambos volteamos a ver la puerta cuando se abre de golpe y se ve a Peeta gritando el nombre de Haymitch completamente angustiado. Recién me doy cuenta de la oscuridad que hay afuera. Pasé más tiempo aquí del que esperaba.

-¡Haymitch! – repite nuevamente. Se queda callado con los ojos abiertos cuando nos ve sentados en la mesa.

-¡Ah no! ¡Suficiente sesión por hoy! – gruñe mi ex – mentor.

Veo sorprendida cuando Haymitch se pone de pie y se me acerca pasándome mi bolsa de caza. Me levanta de mi silla tomándome de un brazo y prácticamente me lanza sobre Peeta. Él me recibe sosteniendo mis hombros cuando choco con su pecho.

-¡Sana y salva¡ Supongo que era lo que buscabas…– le ladra a Peeta que está tan perplejo como yo. Él le asiente con la cabeza.

-¡Bien! Ya no son unos críos para estar diciéndoles todo – nos empieza a empujar hacia afuera – ¡Ya pueden arreglárselas ustedes mismos! – Hace un gesto de despedida con la mano y cierra la puerta de un portazo.

Nos quedamos parpadeándole un par de veces al trozo de madera frente a nosotros. Peeta no me ha soltado de los hombros cuando por fin nuestras miradas se encuentran. Me siento ridículamente aturdida y avergonzada. No se me ocurre nada que decirle. Peeta lanza un suspiro cansado y se aleja de mí tomándome de la mano para guiarme.

-Vamos a casa.

Me dejo guiar por su cálida mano.


CONTINUARÁ…


N/A

Sé que no ha tenido mucha acción la parejita. Pero aún tengo muchas ideas para esta historia (levantamiento reiterado de cejas)

Espero hayan disfrutado el Capitulo y nos veremos en el próximo.

Un fuerte abrazo a todos y espero sus mensajes.

¡Hasta el próximo Capitulo! ;)