7. Ramen/Sonrojo

Hinata pasó el resto de la mañana sin hacer nada, solo andando por las calles de Konoha. Estas rebosaban de actividad: mujeres yendo a comprar la comida para la semana, niños jugando al balón en mitad del camino, gente charlando alegremente al borde de los puestos… Incluso creyó ver a Konohamaru y su pandilla en una ocasión.

Había pasado ya la una del mediodía cuando Hinata pasó junto al puesto de ramen. Recayó en que ya era hora de comer y que, realmente, estaba hambrienta a pesar de no haber hecho nada en especial en toda la mañana.

Entró en el puesto y un cálido olor la golpeó en la nariz. Cerró un momento los ojos y aspiró el aroma. Esto no hizo si no abrirle más el apetito. Se acercó a donde atendía el dueño del puesto, un hombre de cabellos oscuros con delantal. Tras una fina cortina se adivinaba la figura de su mujer cocinando.

Se sentó y fue a pedir cuando oyó una voz.

- ¡Eh! ¡Hinata!

La muchacha reconoció aquella voz jovial y siempre animada, pero no supo bien como reaccionar. Se giró levemente para mirar a quien le había llamado. Este estaba al otro extremo casi del puesto, con un cuenco de ramen entre las manos.

- N-na-naruto…

- Ven conmigo Hinata, anda, no te quedes sola.

La chica se sonrojó pero se acercó al joven rubio y se sentó en una silla a su lado, que Naruto había acercado con un pie.

- G-gracias – susurró la joven Hyuga.

- De nada, hombre.

Naruto sonreía ampliamente mientras se llevaba a la boca, con ayuda de los palillos, los fideos. Entre ellos había trozitos pequeños de carne.

- ¿Quieres algo? – preguntó el dueño del puesto, con cara amable, mirando a Hinata, después de a Naruto, con una sonrisa condescendiente.

- ¡Si! – saltó Naruto a pesar de que a él no le preguntaban -. ¡Otra ración! Y con muuuuuuuchos fideos.

El hombre rió levemente para decir, alegre:

- No iba a ti. Era para la señorita.

- ¡Vale! Pues para ella otra, ¿verdad Hinata? El ramen de aquí está muy rico. ¡Vaya que si! – soltó su típica coletilla el chico.

El dueño volvió a reirse, esta vez a pleno pulmón. Cuando ambos varones se calmaron un poco, el mayor se giró hacía la chica.

- Yo también una ración de fideos, pequeña – pidió con un hilillo de voz casi inaudible, como era típico en ella.

- ¡Marchando!

Y dicho esto el jefe de todo aquello se metió a la cocina con su mujer, hasta que alguien lo llamará a gritos para encargarle algo más.

- ¿Qué haces aquí, Hinata?

- N-nada… Pasaba por aquí y-y entre p-porque tenía hambre… - contestó con voz trémula la chica, sonrojada de nuevo.

Naruto sonrió y dijo:

- Pues me alegro de que hayas decidido entrar aquí a comer.

Hinata se lo quedó mirando, asombrada, con los ojos muy abiertos. Sus mejillas se tiñeron de un tono aún más rosáceo y bajo la mirada, llevándose las dos manos a la boca, sorprendida. Sus ojos brillaban, al borde casi de las lágrimas.

Lágrimas de felicidad.

El hombre encargado de la tienda salió de entre la cortina y dejó un cuenco con dos palillos frente a Hinata. Estaba lleno de fideos con algo de sopa y trozos de carne o pescado flotando. Pero Hinata, a pesar de mirar el cuenco fijamente, no lo veía apenas. En su mente aún sonaban las palabras de Naruto. Jamás había soñado siquiera con que le dijera algo como aquello. Cerró los ojos un momento.

El chico de ojos azules, a su lado, se comía sus fideos sin reparar, en absoluto, en la cara de la chica, que lo miraba con verdadero cariño pintado en sus ojos sin pupilas, de un color violeta claro más hermoso que las flores mismas.

- ¡Eh! – gritó entonces Naruto, dejando los palillos a un lado. Hinata se fijo en que no quedaba nada en su cuenco. Ni siquiera el líquido que acompañaba a los fideos. El hombre encargado se acercó, corriendo. Parecía haber muchos clientes aquel día -. ¡Ponme otra!

- Ya va – respondió el hombre, yendo hacía el otro lado.

Podía haber muchos clientes en aquella tienda de ramen, pero, sin duda, la mitad del sueldo, al menos, se debía sola y únicamente a Naruto.