Love is always patient and kind; it is never jealous, love is never boastful or conceited; it is never rude or selfish; it does not take offense, and is not resentful. Love takes no pleasure in other people's sins but delights in the truth; it is always ready to excuse, to trust, to hope, and to endure whatever comes. Love does not come to an end.
CAPITULO 7
LOVE IS NEVER SELFISH
Parte 1
(El amor nunca es egoísta)
·
·
·
·
·
Para proteger la paz en Konoha y más importante aún, a ti Sasuke Uchiha… vivió como un fugitivo, un traidor, un criminal, rezando por la liberación que le traería la muerte. Cambió su orgullo por deshonra y el amor que tenías hacia él por tu odio.
Y aun así… Itachi murió con una sonrisa en el rostro.
Tobi ― NARUTO 401 Ilusión
·
·
·
·
·
El recuerdo del calor del desierto quedó atrás cuando el sol fue remplazado por las nubes y éstas pronto comenzaron a mostrar por qué esa tierra se llamaba el País de la Lluvia. Itachi fue lo suficientemente habilidoso para evitar cruzar las altas montañas que separan el desierto de los valles húmedos, pero aun así el desvío por el este los demoró al menos un día más de Amegakure.
Recorrieron aquellos páramos desolados en silencio, caminando entre las ciénagas lodosas sin quejarse, ni detenerse si quiera a comer algo. El pelo de Hinata goteaba y le caía por los hombros, aun cuando se había protegido con la capucha de su manto. Estaba calada hasta los huesos y la temperatura sólo seguía disminuyendo mientras se internaban al norte de aquel país.
Itachi por otro lado permanecía impasible aunque se veía más pálido de lo normal con el frío y el agua que le caía por el rostro. Sus labios tenían un anormal color blanquecino y sus finos ojos delineados de espeso negro se veían incluso más afilados con el poco color en sus mejillas.
Ambos estaban completamente empapados, pero eso no les parecía importar. Después de todo, esa era una misión, no un paseo. El cuerpo se les entumecía, sus narices ardían al respirar y sus manos estaban heladas. Sin embargo, no se detuvieron, siguieron caminando sabiendo que queaban al menos dos días para llegar a la ciudad que habían fijado como su destino. Itachi no sabía si quería ingresar a la base de la organización que se llamaba a sí misma Akatsuki, pero al menos alrededor de Amegakure podría averiguar qué era lo que estaba pasando ahí.
De vez en cuando pasaban por las ruinas de alguna construcción y Hinata las observaba con melancolía, sin entender el motivo por el cual entre más avanzaban, más frecuente se hacía la visión de escombros. No había visto si quiera una casa en pie en todo el día. Las cosas estaban corroídas por el tiempo. No se imaginaba qué fuerza de la naturaleza o catástrofe había ocurrido en ese lugar para que todo tuviese ese aspecto tan desalentador.
Sin embargo, cuando pasaron a las afueras de una Villa casi destruida por completo, en donde lo único que había en pie era el cimiento de las paredes, su templanza y serenidad se quebraron y no pudo seguir caminando, impactada con la visión de la más grande de las miserias. Era un villa fantasma en donde nadie habitaba, ni si quiera un alma. Lo comprobó, pues tenía el byakugan activo y no pudo encontrar a nadie ahí, ni si quiera habían perros o gatos abandonados por sus dueños.
―¿Qué pasó en este país para que todo este así? ―le preguntó a Itachi poniendo una mano en su pecho, pudiendo sentir la desolación de esa tierra como un llanto permanente que intentaba ser lavado por la lluvia sin éxito alguno―. No hay vida aquí, sólo… destrucción. Esto no parece un país, sino un cementerio.
―La guerra. Una guerra ocurrió aquí ―respondió Itachi con seriedad y al mismo tiempo calma. Hinata se preguntó a sí misma como era posible que Itachi le respondiera con tanta serenidad. Ambos parados uno al lado del otro mirando en dirección de la ciudad fantasma, encontraron en aquel momento que el silencio era una buena compañía. Algunos minutos pasaron antes de que Itachi volviera a hablar―. Varias guerras, en realidad. El País de la lluvia queda entre el país de la Tierra, el País del Viento y el País del Fuego. Cada vez que nuestros países han luchado, éste ha sido el escenario escogido para ello. Aunque el país de la Lluvia no tuviese participación alguna en estas disputas, quedaron en medio de todo.
―Una guerra… ―susurró Hinata mirando el suelo. Hasta ese momento nunca le había tomado el peso a esa palabra. Había visto los conflictos bélicos como un recuerdo en las páginas de historia de los libros de la Academia, pero ahora que observaba con sus propios ojos las consecuencias de cerca, podía entender por qué algunos incluso habían llegado tan lejos como para querer raptarla para ponerle fin al conflicto, la razón por la cual el padre de Neji se había sacrificado―. ¿Por qué lucharon? ―preguntó nuevamente.
―Dinero. Poder económico ―respondió Itachi―. Me gustaría decirle que había razones más fuertes para llegar a este punto de miseria humana, pero no las hay. Este es el mundo shinobi en que vivimos.
Hinata asintió en silencio. No necesitaba más explicaciones que esa. Itachi la observó de reojo entendiendo que así como él, la joven se sentía estremecida por la desgracia de ese País. Todo aquello parecía una gran tragedia que podría haber sido evitada. A él, en lo personal, lo hacía recordar su infancia, recorriendo Konoha en ruinas, viendo la pila de cadáveres que se acumulaba cada vez que había un ataque, los escombros, la hambruna, el constante miedo de que no volvieran sus padres después de una misión, de que esa fuese su última noche vivo, de que los cadáveres se levantaran de sus tumbas y reclamaran por su vida.
Se dio la vuelta y siguió caminando. Podía entender a la gente de ese país y sinceramente le hubiese gustado hacer algo por ellos. Su corazón sentía dolor por la situación, por lo mismo no le extrañaba que la generación que había vivido como daño colateral de guerra quisiera su venganza. Vivir en un lugar pacífico era sin duda un privilegio y tener que ver ruinas en Amegakure todo el día le recordaba el motivo por el cual debían proteger Konoha con sus vidas.
Cuando la luz comenzó a hacerse más escasa, Itachi supo que debían detenerse. Caminaron algunos kilómetros hasta encontrar una casa abandonada en medio de un páramo, cuya puerta estaba caída, sus ventanas rotas y su techo desplomándose a pedazos.
―¿Ves a alguien por los alrededores? ―preguntó Itachi.
Hinata negó; mantenía el byakugan activo.
―No… no hay nadie en kilómetros a la redonda, taicho.
―Bien. Pasaremos la noche aquí ―dijo adelantándose a ella y caminando con calma hacia la casa abandonada.
―Aun puedo seguir ―le respondió Hinata un tanto preocupada de que el motivo para detenerse fuera ella. No quería ser una molestia.
―Necesitamos descansar, secarnos y comer. Estamos a un día de caminata de Amegakure y no sé qué nos espera allá ―le indicó Itachi sin mirar atrás.
Hinata miró hacia el horizonte, si seguían en esa dirección llegarían a la aldea oculta de la Lluvia. No tenía un buen presentimiento acerca de ello. Sin embargo, no alegó y siguió a Itachi quien movía con cuidado la puerta de madera hacia un costado para dejarla entrar.
Cuando ambos estuvieron dentro de la ruinosa construcción, la joven notó lo horrible que era la guerra. Su estómago se revolvió. Había retratos en las paredes que contaban la historia de una familia común y corriente, un padre, una madre y tres niños. Notó que aunque la mesa había sido carcomida por el tiempo, sobre ella estaban los platos y servicios como si las personas que habitaban ahí nunca hubiesen podido sentarse a comer. Un oso de peluche tirado y olvidado a los pies de la escalera evidenciaba que quienes hacía años vivían ahí habían salido de prisa para nunca más volver. Enredaderas y musgo crecía en las paredes, invadiendo el hogar que alguna vez había tenido vida. Casi pudo escuchar los gritos de los niños en los retratos, huyendo de la muerte y la destrucción en la que involuntariamente habían quedado atrapados.
Por su su parte Itachi permaneció en silencio, para luego avanzar al comedor. Retiró su capa mojada para dejarla colgando de una silla rota. Hinata hizo lo mismo, ambos sin mirarse, sabiendo que eventualmente tendrían que sacarse el resto si no querían enfermar. Se miraron fijamente un instante, preguntándose qué hacer ahora, ¿Cómo poder quebrar esa barrera entre ambos?
―Debe haber algo que nos sirva para secarnos en algún lugar de esta casa ―Itachi fue el primero en decirlo y Hinata asintió, siguiéndolo por las habitaciones abandonadas.
La casa estaba realmente intacta pero en malas condiciones. De vez en cuando una gotera caía por diferentes lugares evidenciando que el techo estaba roto. Por años nadie había entrado allí; el polvo que cubría todo, las telas de araña y el desgaste que el tiempo había hecho en las paredes, el techado y los muebles se los indicaba.
Sin embargo, si alguna vez había habido ropa dentro de esos cajones había sido devorada por las ratas que de vez en cuando caminaban de un lugar a otro, huyendo con la presencia de Hinata e Itachi. Ambos entendieron que tendrían que dormir con la ropa mojada y sin decir nada, volvieron a bajar al primer piso.
―Tal vez deberíamos prender fuego ―Hinata fue la primera en sugerirlo pero sin duda estaba en la mente de ambos.
―Si alguien ve luz proveniente de una casa abandonada es probable que quieran saber quién está aquí ―dijo Itachi estrujándose la cabellera―. Atraeríamos todo tipo de personas, desde ladrones a Shinobis.
―Sí ―respondió Hinata suspirando―. No importa. Un poco de agua no nos matará, ¿Verdad?
Su esperanza hizo que Itachi se sintiera más optimista con todo ese asunto. Como miembro de ANBU, estaba acostumbrado a ese tipo de condiciones adversas, pero le preocupaba que Hinata no lo estuviese. La observó de costado un segundo, y volvió a mirar en frente con más seriedad, sin dejar que se notara lo que pensaba.
Si ella estaba dispuesta a quedarse con la ropa mojada no podía hacer nada al respecto, la mera idea de que ambos se desvistiesen ahí, solos… era demasiado inapropiado como para haberlo si quiera mencionado. No le importaba su desnudez, pero no sabía qué pensar de la de ella. ¿Qué tal si se ofendía si él le daba la instrucción que se sacara la ropa? Era demasiado caballeroso como para haber hecho que una chica pasara una situación tan vergonzosa como esa.
Dormirían en el comedor del primer piso, pues las ventanas en el lugar los dejaba ver hacia afuera. Pero aquello no era realmente agradable, no había nada ahí aparte de la mesa y el sonido del viento que se filtraba a través de las ventanas rotas. Los futones en el piso de arriba estaban deshechos, la ropa de cama también estaba en dudoso estado y Hinata sinceramente consideró que los ratones se las habían estado comiendo. Por ello, se sentaron contra una pared atrás de la mesa y decidieron quedarse en esa posición hasta que saliera el sol nuevamente.
Comieron un par de galletas de avena cada uno (de las que Nekobaa-sama les había convidado para llevar en sus portakunais) y permanecieron en silencio hasta que la habitación comenzó a oscurecerse por completo. La noche había caído sobre ellos y lo único que escuchaban era el sonido de la lluvia. No obstante, Hinata permanecía con el byakugan activo, completamente concentrada en observar hacia los alrededores. Quería serle útil a Itachi de alguna forma, le había prometido que sus ojos verían donde los suyos no podían hacerlo.
―Desactive el byakugan, Hinata-san ―le dijo con amabilidad―. No es necesario, estaremos bien aquí.
Hinata miró sus ojos negros brillando suavemente en la oscuridad. No había dudas en su voz y aquello la hacía sentirse segura junto a él.
― Sí, Itachi taicho ―respondió obediente.
La joven no sabía cuánto habría pasado sentada junto a él en silencio mientras ambos escuchaban el sonido de la lluvia y de su propia respiración; Le pareció agradable. Había personas que encontraban en la conversación con otros un sentimiento de comprensión, pero con Itachi le pasaba todo lo contrario… sentía su silencio. Podía entender que estar así con él significaba que no necesitaban de palabras innecesarias para sentirse cómodos, más bien, era en la quietud que encontraba en él… un lugar donde sentirse grata y en confianza.
Se habían conocido por años, pero no a fondo, como mucho ella tenía un poco más de contacto con Sasuke con quien había realizado algunas misiones, pero ni si quiera se podía llamar a sí misma su amiga. Las pocas veces que habían cruzado palabras habían significado la diferencia entre la tristeza y la alegría para ella, por lo mismo, admiraba a Itachi Uchiha y lo consideraba una persona bastante especial. Lo sentía así cuando miraba sus ojos amables.
La verdad, Hinata Hyūga tenía dificultades cuando se trataba de relacionarse con el resto… su timidez le impedía poder conversar con fluidez y mucho menos exteriorizar sus sentimientos.
Cuando había tratado de acercarse a Naruto, su forma de ser explosiva la maravilló… sin embargo, ¿Cómo podía llamar su atención si apenas podía hablarle? Cuando estaban juntos, los silencios entre ambos eran incómodos. Él no era grosero ni mucho menos, esperaba que Hinata le hablara y hacía un gran esfuerzo por entenderle, pues ella tenía la mala costumbre de hablar bajo y a veces tartamudear cuando estaba cerca de él. La invitaba a comer ramen, le conversaba una y otra vez sin parar de sus aventuras, de la forma en que se convertiría en Hokage y como planeaba superar definitivamente a Sasuke. Hinata lo escuchaba con una sonrisa, deseando poder ser igual a él, una mujer con carácter, que pudiese expresar lo que deseaba, que tuviera la fuerza necesaria para seguir sus sueños y luchar por ser una mejor kunoichi. Pero, ella sólo escuchaba, nunca hablaba, no sentía la confianza para decirle a Naruto lo que sentía ni lo que pensaba. Muy en el fondo sentía que si el rubio veía realmente lo poca cosa que era se sentiría decepcionado, temía no ser lo suficientemente buena para él.
Por ese motivo, ese silencio entre ella e Itachi se le hacía tan placentero. Le daba la oportunidad de poder pensar lo que quería decir, sin sentirse presionada a hablarle sólo por cortesía. De esa forma, con él mirando hacia enfrente sentado justo al lado de ella, podía configurar con cuidado lo que estaba a punto de preguntar.
―¿De verdad el país de la Lluvia se encuentra en este estado sólo… por un conflicto económico? ―había estado deseando cuestionarlo sobre ese tema, después de todo Itachi había vivido una guerra y ella no.
―Así es ―respondió con calma―. Las aldeas Shinobi existen como bases militares para llevar a cabo misiones de índole monetaria. De esa forma, cada aldea comienza a producir dinero y a mover masas de activos ―Hinata asintió, ella entendía esa parte. Cada misión que ellos realizaban significaba dinero que ingresaba a las arcas de la Aldea y que luego se utilizaban en diferentes cosas―. Cuando una aldea se fortalece demasiado, las otras comienza a perder clientela, pues los señores Feudales y el resto de las personas buscan protección en el más fuerte. Es por ello que un país pierde ingresos al no recibir suficientes misiones, y al mismo tiempo, pierden la capacidad para costear sus necesidades más básicas. Aquello lleva a la pobreza, al desabastecimiento, y finalmente, al hambre.
Hinata miró en frente con tristeza. Entendía aquello. Konoha tenía un grupo militar muy fuerte y por ese motivo el resto de los países aledaños buscaba protección en la Aldea de la Hoja por cualquier conflicto que se generara en los países que bordeaban al País del Fuego, ya fuera de índole interno o externo. Lo que Itachi decía tenía sentido… si una aldea se volvía más fuerte que las otras, las misiones comenzaban a escasear para el más débil y eso significaba menos dinero que recibir.
―Si un país tiene una aldea shinobi poderosa y eficaz, las personas buscan vivir en ese país, llevando consigo sus riquezas para así ser protegidos. Pero no sólo los ricos buscan vivir en lugares fuertes y pacíficos, también las personas más humildes como los vendedores, los agricultores y los artesanos. Más personas en un solo país se traduce en la concentración de las fuerzas de producción en una sola nación en desmedro del resto que debe comenzar a importar alimentos y productos ―continuó, suspirando, no sabía si Hinata lograba comprender el impacto que significaba para el resto de las naciones que una sola de ellas comenzara a sobresalir en fuerza militar y seguridad. De hecho, el último ataque de Suna hacia ellos había sido realizado con ese pretexto, debilitar a Konoha―. Los shinobis luchan este tipo de guerras para así poder asegurar que ninguna aldea sea más poderosa que la otra, evitando que se acumulen las riquezas y factores productivos en un sólo lugar ―Itachi notó el silencio y la tristeza en Hinata, pero no podía decirle las palabras que ella quería escuchar. No había nada que la pudiese consolar, eso era lo que tenían, debían trabajar como shinobis para poder mantener a salvo su propia tierra―. Ese es el sistema shinobi actual, por injusto que parezca. Lo mejor que podemos hacer es proteger Konoha de cualquier amenaza y esperar que algún día un nuevo sistema sea establecido que remplace al actual.
―Sí, Taicho ―dijo la joven con una sonrisa amable.
Pero aun así, no podía dejar de pensar en las consecuencias que dichas guerras traían para las personas que no eran shinobis, que sólo podían protegerse escondiéndose y huyendo. Aquello la entristecía. Tal vez su padre tuviese razón, era demasiado gentil para ser shinobi. Neji se lo había dicho en más de una ocasión cuando eran niños, le había pedido que se diera por vencida con la idea de convertirse en una kunoichi porque su manera de ser distaba mucho a la de un ninja… ella no tenía el corazón de hierro como el resto de su familia; No debería haberle importado lo que había pasado con los niños de ese hogar, pero mientras cerraba los ojos, lo único que podía imaginar era el sufrimiento que las guerras les debieron haber causado.
¿Y qué importaba? Ese era un país enemigo, estaban ahí pues la mayoría de los criminales buscados en el mundo shinobi se escondían en Amegakure. No debió haber sentido pena por ellos, pero no lo podía evitar. Suspiró sintiéndose deprimida. Tal vez cuando amaneciera, volvería a ver las cosas de una forma más positiva.
―Buenas noches, Taicho ―dijo en un susurro acurrucándose en el suelo, utilizando sus propias manos para descansar.
―Buenas noches, Hinata-san ―respondió él apoyando su cabeza contra la pared y mirando el techo.
·
·
·
·
·
Itachi podía notar que todo el tema de la guerra le era un tanto difícil de lidiar a Hinata. La podía comprender en silencio. Él había visto los horrores que los conflictos entre las naciones causaban, y por lo mismo no tenía nada que reprocharle por verse tan triste.
Se dedicó por bastante tiempo a observar una gota que caía hasta que los ojos se le cerraron y dormitó un poco. Como siempre, no tuvo sueños y mucho menos un descanso reparador. Sin embargo, el sonido de un estornudo lo despertó poniéndolo alerta.
Lo que notó inmediatamente al recuperar la consciencia era lo mucho que había bajado la temperatura. Un escalofrío recorrió su espalda y terminó abrazándose a sí mismo en esa posición, sentando contra la pared. Sin embargo, casi por instinto miró hacia el costado para ver a Hinata y notó que la joven estaba tiritando. No le extrañó, ambos estaban mojados y la temperatura en esas tierras no era muy alta. ¿Estaría aun despierta? Pensó en que tal vez debía decirle que se sacara la ropa mojada, pensó en la posibilidad de prender fuego, meditó sobre ir a revisar todo nuevamente en caso de que encontrara algo que le sirviera como manta… pero lo único que atinó a hacer fue extenderse en el suelo y apegar su cuerpo a la espalda de Hinata.
Si Itachi Uchiha hubiese sido como el resto de los hombres de Konoha, de seguro que ese tipo de proximidad con otro le habría causado al menos vergüenza, pero él era distinto, no existía esa malicia típica masculina en su persona. En ese sentido, era tan inocente como Hinata. Cerró los ojos nuevamente, extendió sus brazos hacia ella y la acercó abrazándola por la espalda, apegando sus cuerpos para que no hubiese espacio vacío entre ellos. En cosa de segundos sintió como el calor se concentraba entre ambos y supo que esa técnica de supervivencia shinobi estaba dando resultado. Sólo agradeció que la chica estuviese durmiendo y que hubiesen tenido que hablar de lo que estaba haciendo, aquello SÍ lo habría avergonzado.
Esa fue la primera noche en años en que Itachi Uchiha logró dormir hasta el amanecer.
Por el contrario, fue la noche más larga en la vida de Hinata Hyūga.
Abrió los ojos de par en par cuando sintió a Itachi abrazándola. Su corazón se aceleró, su estómago se retorció, sus dedos comenzaron a temblar. Nunca pensó que él haría algo así de la nada, sobre todo con alguien como ella. No le había preguntado si se podía acercar, no había hecho de aquel acto algo por lo cual ambos tuvieran que detenerse y conversar al respecto… simplemente se había posicionado atrás de ella cubriéndola con sus brazos y apegando su cuerpo en búsqueda de calor.
No le molestaba su cercanía, más bien, la ponía nerviosa. Sin embargo, no un nerviosismo que le hubiese impedido hablar, moverse o pensar, más bien, era una sensación cálida en su estómago, algo que hormigueaba, que le recorría los nervios, que le provocaba escalofríos en la piel. Su respiración se aceleró y se dio cuenta que no quería si quiera cerrar los ojos, ¿Sería todo aquello un sueño?
No pudo evitar imaginarse cosas que tal vez eran impropias de una señorita al sentir la respiración de Itachi contra su cuello. Su nariz le estaba rozando el lóbulo y aquello le produjo sensaciones que nunca antes había experimentado. ¿Qué tal si le besaba la piel? ¿Qué tal si sus manos bajaban desde sus costillas hasta sus caderas apegándola aún más a su cuerpo? ¿Qué hacer si Itachi Uchiha tomaba su hombro y la forzaba a recostarse de espalda contra el suelo y se posicionaba sobre ella, observándola a los ojos con esa mirada tan intensa que la hacía sonrojar? ¿Sería capaz de detenerlo? ¿Se dejaría llevar por su instinto sabiendo que alguien como él sería incapaz de lastimarla? Despegó los labios, quería preguntárselo, quería saber qué era lo que estaba haciendo, saber por qué se sentía tan bien estar así con él… pero antes de que pudiera formular palabras, escuchó la forma en que la respiración de Itachi se suavizaba.
Estaba durmiendo.
Aquello la hizo sonreír. Él no era una persona que encontrara el sueño con facilidad, por el contrario, le había confesado durante esa noche en que ambos observaban la luna que no era una persona que pudiese dormir así como así, pues los recuerdos en sus sueños lo atormentaban. Se sintió realmente contenta de que Itachi Uchiha hubiese podido encontrar la suficiente calma para quedarse dormido estando ella entre sus brazos. Por lo mismo, activó su byakugan. Sería ella quien protegería su sueño esa noche, velaría que pudiese dormir sin riesgos de ser atacados en la oscuridad.
No había nadie ni nada en kilómetros. Con suerte veía insectos y animales pequeños cazando entre los altos pastizales. Sin embargo, no desactivo su dojutsu. Protegería el sueño de Itachi aunque eso significara no dormir. Lentamente subió sus manos hasta la parte de su cuerpo en que Itachi había dejado las suyas… y en un acto casi atrevido de su parte, entrelazó sus dedos con los suyos, acariciando su piel con las yema del pulgar.
·
·
·
·
·
