Kuroshitsuji y sus personajes pertenecen a Yana Toboso. Los demás personajes y las alteraciones de la historia son de la humilde autora que escribe este relato.

He tenido que cambiar el género a Mature por algunos temas a tratar a partir de este capítulo en adelante.


Allí estaba Bartolomé, besando y dejando a su pequeña presa asfixiada por la falta de aire. Dejó los gélidos labios de Gregory para observar su rostro con más atención, notando que aquellos labios tenían una coloración un tanto rojiza al natural. Aunque le gustaba el labial negro que siempre lucía, este aspecto natural era mucho mejor a su punto de vista.

Ese era el verdadero Gregory Violet, el jovencito que no se escondía de la vista de todos con sus sombras y su capucha. Allí estaba bajo todo su esplendor, piel de porcelana, cabello negro y liso hasta sus hombros, grandes ojos violeta, boca rojiza. Pero había algo inusual en aquellos ojos.

Normalmente lucían faltos de vida, de brillo, como los ojos de un bello arlequín, pero en esta oportunidad estaban contenidos con lo que parecían ser miedo e ira. Mucha más ira que miedo en sí. Violet estaba enfadado consigo mismo "Esto es lo que me gano por no comer, no dormir y fumar. No ser lo suficientemente fuerte como para poder pelear con este demente. Me lo tengo merecido por imbécil."

Bartolomé se acercó al cuello del ojivioleta, llenando sus fosas nasales con la esencia de rosas que parecía desprenderse de forma natural de Gregory. Tentado, lamió el delicado cuello, produciendo que un diminuto chillido de horror saliera de esa garganta.

-No me temas Gregory, no voy a herirte.

"Eso es lo que todos me han dicho siempre."

No hubo una respuesta hablada para esas palabras. No existen respuestas que puedan ser dadas a las mentiras. El mundo apesta, todos son carbones disfrazados de diamantes, y como dice William Shakespeare, "El infierno está vacío y todos los demonios están aquí." La única comedia romántica que le había llegado a gustar a Gregory, e irónicamente algunas de sus frases se aplicaban a su situación actual. La ironía a veces es una desgraciada con un ácido sentido del humor.

El psicópata comenzó a acariciar el cabello de Gregory con mucha delicadeza. Ciertamente este individuo intrigaba mucho al gótico, dado que un momento era delicado, como si le dijera de forma muda "No tengas miedo de mi, te juro que no tengo un arma para herirte, no... No tengo un arma" pero en cuestión de minutos las cosas cambiaban completamente. En aquellos ojos azules se reflejaba una centella de ira, comunicando otro mensaje "Eres mi presa, el desafortunado cordero que cayó en la boca de este hambriento lobo."

-¿Qué estás esperando? -Preguntó el de ocelos violetas, decidido a afrontar de una vez por todas su descarrilado y enloquecido destino.

-¿Perdón?

-Termina con este asunto de una vez. Viólame, amigo mío. Se que no soy ni seré el único en caer en tu jueguito macabro. Gástame, ¿Qué esperas?


Cheval noir à dame blanche. Este juego comienza a ponerse interesante para mí. Todos son mis piezas de ajedrez sin saberlo. Absolutamente todos.

Desde los fags que testificaron a mí favor, Arnold, incluso el perro guardián de la reina. Debo estar en lo correcto cuando asumo que tanto Lord Violet como mi padre han amenazado a la reina, messieurs entourant sa prope femme. Quién diría que la misma reina sería otra pieza de mi juego para tener a Gregory de vuelta. Ahora que lo pienso... ¿Qué pensaría mi padre... Si supiera que me he enamorado de un chico? No es que sea culpa mía, quiero decir, uno no escoge de quién se enamora ¿Verdad?

-Al diablo, odíame. -dijo Redmond refiriéndose a su padre. Toda su vida hizo todo lo que se le pidió, como se le fue pedido. Tenía sus libertades, pero no iba a restringirse de amar a otra persona solo por que a su padre no le agradara. De todos modos a él no tenía por qué importarle. Ya tenía a su esposa y una vida hecha. Era momento de vivir como él quisiera, ya tenía 19 años. Dejó de ser un niño hace mucho tiempo ya.

-Arnold.

-¿Qué quieres?

-Préstame tu daga.

-¿Para qué?, -preguntó el "oficial" divertido -¿Piensas matarte?

-No. Tengo alguien a quién salvar antes de morir, luego de que lo logre si vivo o muero me es indiferente. Dame la daga.

-Ya, ten.- Una daga le fue pasada entre las rejas.

-Gracias.

Redmond tomó la daga, y sin pensarlo dos veces, con su mano disponible sostuvo su coleta de rubios cabellos y la cortó con la daga. Su cabello llegaba a sus hombros de nuevo, como en la primera ocasión que salvó a Gregory en aquella fiesta del duque.

-Wow, ¿Se puede saber que ha sido eso?

-No te importa. Gracias por prestármela. -Contestó el rubio lanzando la daga en dirección a un tablero de dardos que colgaba en la pared, dando justo en el centro.

-Eres bueno con la puntería, ¿Dardos o flechas?

-Dagas, dardos y flechas.

-Interesante.

-Puedo preguntar ¿Cómo han sacado los análisis forenses tan rápido? Creí que tardarían más que dos días, casi tres.

-Maquinaria de nueva tecnología, traída directamente de Alemania.

"¿Será eso suficiente para dejarme en libertad?"

-No olvides nuestro trato. El joven con vida, o las terribles consecuencias.

-Mañana investigarán la zona con canes. Relájate mocoso.


-Ahhhhh... Sebas-chan me ha dejado solo otra vez. -Lloraba Grell, que aún estaba en la catedral abandonada.

-¿Me llamaste?

-¡Ah! Sebby-chaaaaaaaaaaaan, sabía que no podías resistirte a mi. -Dijo el shinigami cerrando los ojos y posando para un beso. Sebastián le pasó por al lado para proceder a subir unas escaleras que estaban bien escondidas.

-¿Uhm? ¡Vuelve Sebas-chan! -Gritó Grell, al tiempo que corría tras el endemoniado mayordomo.

Mientras tanto, Ciel ya estaba de vuelta en el dormitorio, pero no hacía más que mirar a la ventana de la habitación que compartía con McMillan. No podía dormir.

"¿Por qué Sebastián me trajo de esa forma? Había mucho más para investigar en esa catedral. ¿Intenta esconderme algo?". El ojiazul volteó de forma abrupta a la puerta cuando escuchó una llave siendo introducida en el cerrojo. Ciel puso su mano bajo la almohada, asegurando la pistola en su agarre. Un niño sumamente astuto, dado que nunca iba desarmado a ningún lugar.

El joven soltó la pistola bajo la almohada cuando vio que el intruso era Lawrence Bluer.

-¿Ocurre algo, prefecto?

-¿Te he despertado? Perdóname Phantomhive, es solo que creí haber escuchado a alguien salir del dormitorio. Todo está bajo control. Buenas noches.

-Bonne nuit, prefecto.

Y dicho esto, la puerta volvió a cerrarse con seguro.

"Entonces por esto me trajo con tanto apuro. ¿Hay algo que este jodido demonio no haga bien?" Las imágenes de hace unos días atrás comenzaban a correr por la mente del niño, como cortas películas mudas y monocromáticas. La cercanía de los labios del ojiescarlata con los suyos propios, el calor en las mejillas, el sudor frío, los latidos acelerados. Ciel sintió que sus mejillas se estaban tornando rojas, por lo que abrazó sus piernas mientras cerraba los ojos fuertemente. "¿Qué me has hecho, Sebastián?"


-Como me lo esperaba, la catedral aún conserva su cobertizo.

Grell seguía a Sebastián en rotundo silencio, dado que el mayordomo parecía realmente concentrado en lo que fuera que estuviera haciendo. El mayordomo chasqueó los dedos, haciendo que cientos de velas se prendieran para permitir una mejor vista del lugar.

Había un gran crucifijo de madera negra, que aunque estaba algo desgastada por los años aún lucía maciza. Caminó hasta esa cruz para analizarla más de cerca, y notó que había unos trozos de cuerda atascados en las grietas de la madera, que tenía un leve olor a rosa. Siguió inspeccionando el cobertizo, y encontró una sustancia en el piso. Se agachó, y tomando un poco de aquel polvo extraño con sus dedos, lo acercó a su nariz. Retiró su guante para tomar un poco más del polvo y lamer su dedo índice para saborearlo, haciendo que a Grell le sangrara la nariz mientras presenciaba aquel acto.

Los ojos de Sebastián brillaron una vez que sus papilas gustativas procesaban el sabor.

-Opio. "Entonces alguien estuvo aquí además del joven Gregory." Ignorando por completo la presencia del shinigami con la nariz sangrante, limpió los rastros que hubieran podido quedar de Ciel en la catedral y partió al dormitorio de la institución.