Al fin maldición T_T
Tenía muchas ganas de publicar algo, pero el tiempo y la desmotivación... digamos que no me permitieron el gusto.
Aprovecho ahora que estoy algo más descansada, aunque volveré a la desaparición con una nueva semana llena de trabajos, ensayos y pruebas... LOS ODIOS D:
Disc: ñe ñe los personajes no son mío. Propiedad de Tetsuya Nomura (pff creo que se me olvidó el nombre xD)
Meh, se viene se viene... no puedo decir nada más que eso
Vista fija en el horizonte.
El atardecer era seco. No había mayor movimiento en el vaivén de las olas del mar y era escaso el viento que acariciaba sus rostros con sutil suavidad. El celeste cielo costero se fue tornando poco a poco algo anaranjado, profundo rojizo y, en algunos sectores más alejados, algo morado. El sol se ocultaba justo detrás del mar frente a los azules ojos del enfermo esquizofrénico.
Invadido por el temor de lo que podría suceder, Roxas permaneció con su cabeza apoyada en el regazo de Axel, medio oculto. De vez en cuando temblaba, pero una suave caricia en la cabeza por parte del pelirrojo le calmaba nuevamente.
No se hablaban, tampoco podían mirarse o hacerse algún tipo de señalética. Sin embargo, la comunicación entre ellos se llevaba a cabo como una suerte de telepatía. Sabían lo que el otro sentía y se entregaban palabras de aliento para consolarse mutuamente a través de simples gestos, suaves y cariñosos.
Por una parte, Roxas temía llegar a cometer tal acto de suicidio inconciente a medida que el sol se ponía y la noche iba cayendo sobre sus cabezas. Y, por otro lado, estaba Axel completamente frustrado que no se imaginaba una vida sin su rubio amigo y enamorado, pero sabía que si no lo dejaba, nada malo sucedería, por lo que prefería mantenerse a su lado en cada momento que él lo necesitase.
Los suspiros iban y venían constantemente por parte de ambos jóvenes. Se dejaban embriagar por el dulce y salado olor costero; delicada sal sabrosa y acaramelada les recorría el cuerpo entero.
Axel tembló producto de un escalofrío que recorrió toda su espalda. Rió para romper el hielo, justificándose con su abrupto movimiento de vértebras, algo torpe y descontrolado. Pero Roxas ni se inmutó del movimiento, a lo que el pelirrojo volvió a encerrarse en su seria expresión amarga.
Pasaron los minutos, las horas, y la noche al fin había llegado. La luna resplandeciente de todas las noches de pronto había desaparecido completamente, sin dejar ni un solo rastro de ella. El cielo tan solo era iluminado por las miles de estrellas que se asomaban tras las nubes y que por fin podían mostrarse bellas, sin tener que soportar el segundo plano que adquirían, opacadas por aquella esfera gigante que se ausentaba ahora. En el mar, su reflejo era una réplica exacta de lo que el universo transmitía, haciendo desaparecer por completo la línea divisora del horizonte, allí en la plena oscuridad del infinito.
Roxas había permanecido apoyado sobre Axel todo ese tiempo. Tan solo se levantó una vez su cabeza, y fue para estornudar. Ahora seguía cómodamente tendido, casi dormido producto del cansancio.
-Puedo escucharla, Axel. –dijo con voz leve el rubio. –Pero no logro verla.
-¿Qué dice? –preguntó en seguida el pelirrojo con calma. Miraba al horizonte desafiante. –Nunca me lo has dicho.
-Quiere que la alcance. –respondió Roxas extendiendo su brazo izquierdo hacia el frente. –Tengo que llegar a ella.
Axel mantuvo su mirada fija. Su respiración se agitó debido a la impotencia que crecía en su mente y corazón, los bellos de su cuerpo se erizaron y sus músculos se contrajeron.
Por fin Roxas se levantó, estirándose completamente. Dio una vuelta alrededor de Axel y luego se sentó a su derecha, en la arena.
-No puedo entender el por qué de esa sonrisa. –dijo Axel desviando su rostro para evitar al rubio. –a mí no me causa ninguna gracia.
-A mí tampoco. –respondió Roxas. –Pero tampoco se trata de estar serios toda la noche.
-¿Y qué esperas? –Axel comenzaba a perder la paciencia y a demostrar su enojo en contra del mundo, la vida, la injusta situación en que ambos se encontraban. -¿Acaso soy tu material? ¡Yo no puedo quedarme de brazos cruzados viendo como tu pequeña mente es absorbida por una estúpida idea, una tonta voz que nunca es emitida! No puedo, Roxas. ¡Y tampoco sé que hacer! –agregó soltando toda esa rabia acumulada con una voz fuerte, casi gritando, con lágrimas que salían de sus ojos disparadas y gestos corporales brutos y descontrolados, pegando puñetazos al aire.
-Pues tan solo quédate conmigo y hablemos. –Roxas no atinó a decir nada más. Se mantenía en plena calma. Su rostro tranquilo y neutro mostraba plenitud, sus ojos una esperanza, quizás, inalcanzable. A pesar de su situación, prefería permanecer sereno, disfrutando del momento, del ahora. Sin embargo, también se sentía frustrado por no lograr calmar a Axel, quien se suponía era lo suficientemente fuerte como para ayudarle a superar su trastorno y a recobrarle la conciencia.
-¿Cómo puedes estar así de tranquilo en una situación como ésta? –agregó Axel confundido, aún, por la ambigüedad de la sonrisa del rubio. –No lo ocultes, Roxas. Sé como te sientes ahora.
-Lo sé y no lo oculto. Es solo que prefiero vivir con una sonrisa a morir amargado por esa "estúpida" idea, como tú dices. –Roxas se acercó al pelirrojo y posó su mano izquierda en el hombro de éste. –No tienes por qué frustrarte. Solo quiero pasarlo bien contigo. Por favor ayúdame. –le dijo al oído como un susurro.
Axel ladeó su cabeza hacia donde estaba Roxas, le miró a los ojos y también susurró-: lo dices como si fueses a morir... –Arqueó sus cejas hacia arriba, cruzó sus ojos con los de Roxas por una mínima fracción de segundos. Flectó sus rodillas, apoyó sus brazos en ellas y luego ocultó su cabeza en el espacio que dejó entre su torso y sus piernas. –… y no quiero que eso suceda. –añadió con un nudo en la garganta.
Con sus azules ojos el rubio miró al pelirrojo con lástima. Se sintió completamente extrañado y perdido por lo que estaba viviendo ahora mismo: Debía ser él quien se encogiera de hombros, llorando por su triste futuro. Pero era Axel el que parecía estar sufriendo más de lo que podría haber sufrido él, y no sabía cómo consolarle, ya que sería como consolar a su persona y no lo necesitaba, menos proviniendo de él mismo.
-No hay luna esta noche. –comentó el pelirrojo de repente, olvidando por completo que ya habían hablado de eso. Tragó un poco de saliva, apaciguando su angustia y anterior llanto. –El cielo se ve más limpio y hermoso sin esa luz molesta y exagerada. –miró al cielo con el entrecejo fruncido, con odio.
Un frío y melancólico silencio invadió la escena. De vez en cuando soplaba una delgada capa de viento que abrazaba a ambos jóvenes por sus espaldas. Chocaba con el mar imponente, forzándole a aumentar su agresividad en el oleaje. Así, poco a poco la lucha entre ambos elementos fue creciendo, soplando un viento cada vez más veloz y helado, y a su vez creciendo el tamaño de las olas del mar que se acercaban más y más a los pies de quienes estaban sentados cerca de la orilla.
Los escalofríos aumentaban, por lo que ambos jóvenes comprendían que el frío era más intenso y corrían el riesgo de enfermarse. Pero no deseaban irse de aquel lugar. No aún. No querían romper aquella escena, ni tampoco deseaban alejarse. Se necesitaban mutuamente ahora, aunque cada uno tenía una idea completamente distinta y éstas no se relacionaban para nada: Axel comprendía que su rubio amigo le necesitaba moralmente para superar su estado de locura y pasar el día a día con mayor alegría y seguridad. Sin embargo, aquel inocente chico desconocía completamente el deseo abrumador y flameante que escondía el pelirrojo, que a pesar de ser bastante obvio para quienes les rodeaban, Roxas no podría darse ni la más mínima cuenta debido a su completa desconcentración y desconocimiento frente al tema. Pero a fin de cuentas, lo que importaba ahora era la tranquilidad de saber que podían mantenerse unidos porque las circunstancias así se dieron.
De pronto, Axel se levantó con firmeza. Caminó en línea recta hacia la orilla del mar, se sacó los zapatos y arremangó los pantalones en el camino y se dejó rozar por la salada agua, insoportablemente congelada. El pelirrojo contrajo todos sus músculos, los bellos de todo su cuerpo se erizaron y un cosquilleo infernal recorrió su espalda. Pero no se dejó vencer por esa estúpida debilidad, especialmente después de haberse desnudado para ir a salvar a su amigo en un pasado cercano. Se enderezó y se abrazó fuertemente. Mantuvo siempre la mirada fija en el horizonte con el entrecejo fruncido, nariz enroscada y labios semi abiertos para mostrar los dientes.
Roxas, mientras, miraba la escena algo indescifrable cómodamente sentado en la fina arena de la playa. No demostró sorpresa, tampoco extrañeza, ni mucho menos curiosidad. Tampoco se sintió triste por haber quedado solo, o feliz por crear alguna imagen errónea de lo que podría hacer el otro. Tan solo se mantuvo con sus rodillas al pecho, abrazando sus piernas, con la cabeza erguida para lograr ver con mayor amplitud lo que estaba sucediendo.
Era tanto el frío que hacía, que Roxas tuvo que refregarse los brazos para entrar en calor. Mas no pudo continuar con aquel método debido a un sorpresivo grito que le asustó y luego molestó, lo que le hizo llevar las manos a las orejas para tapárselas.
-¡GRANDICIMA HIJA DE PUTA!- gritó de pronto Axel con furia. Pateó el agua y recogió algunas piedras y conchas para lanzarlas, pero el mar se las devolvía continuamente. -¿¡Por qué tienes que entrometerte en mí vida!? ¿¡Por qué me lo quieres quitar!? ¡¡El me pertenece!! –continuó gritando. Su voz fue perdiendo fuerza a medida que pronunciaba las palabras. Tosió con fuerza y luego escupió al mar con la cabeza gacha. Respiró como si estuviese enfermo, con cierta dificultad y congestión, y luego alzó la vista nuevamente. –No me lo arrebatarás… -dijo entre dientes. Pequeñas gotas de lágrimas corrieron por sus mejillas y se dejaron caer libremente, hasta integrarse con el mar. Luego, un sollozo desgarrador.
En ese momento Roxas abrió sus ojos por completo. Al ver que su amigo se arrodillaba frente al mar y se rompía en llantos, atinó a levantarse, correr hacia donde él estaba y tomarle de la cintura para arrastrarlo a un lugar donde no llegaran las olas. Luego de tironearlo y dejarlo recostado en la arena, fue en busca de las zapatillas que había tirado para que no se pierdan. Volvió con Axel y se sentó a su lado, agarrándole de los hombros para que dejara de retorcerse en el suelo.
-¡Ya basta! Axel, escúchame. –le ordenó Roxas. Sus cejas estaban fruncidas de tal modo que demostraba su molestia frente a la actitud del pelirrojo. Su voz, más dura que nunca, resonó con fuerza y se impuso ante cada sonido ajeno. -¿Cómo crees que me siento yo ahora? ¿Cómo puedo confiar en que me ayudarás si de desmoronas así de fácil? ¡Se supone que eres mi pilar, aquel que me sostendrá en los momentos cruciales que quizás yo ni sepa!
-¡Tú no entiendes! –respondió Axel desesperado. Se sentó a lo indio y llevó sus manos a la cara. Continuó con sus llantos.
-¿¡Y qué es lo que quieres que entienda!? –Continuó Roxas pidiendo explicaciones. -¿Cómo voy a saber si no me dices? Yo te conté sobre esto que me pasa, y lo hice porque sé que estarás en cada momento conmigo. ¿No puedes hacer tú lo mismo? –El rubio se acuclilló junto a Axel y le pasó la mano por la espalda. Le miró con ternura y, suavizando su voz, casi como un susurro, añadió-: Seguiré junto a ti a pesar de lo que digas. Te lo debo, amigo mío.
Axel cerró los ojos con fuerza y empuñó ambas manos, rasguñando la piel de la palma de la mano. Sollozó frente al rubio, ahora demostrando profunda tristeza y decepción. Aquella palabra: amigo. Le era tan frustrante escuchar algo como eso. ¿Cómo le podía decir que no se alejaría nunca? Estaba completamente convencido de que, una vez dicha la verdad, la amistad se acabaría. "Dos hombres no pueden estar juntos" repetía una y otra vez en su mente mientras Roxas le miraba y acariciaba la espalda con delicadeza.
-¿Dije algo que no debía? –añadió Roxas después de unos minutos de silencio en que dejó llorar a Axel. –Hazme saber si en algún momento te lastimé.
Ambos cruzaron sus ojos, mirándose mutuamente a las pupilas del otro. Era un deseo insaciable el que invadía a Axel por tomar a ese rubio de ojos azules y entregarse como siempre deseó. Pero el mínimo gesto asustó al esquizofrénico, por lo que se frenó y relajó. Pasó sus manos por los ojos para secarse las lágrimas y respiró profundamente, manteniendo su rostro en alto.
Roxas se levantó nervioso por lo que pudo haber sucedido. Pasó por su imaginación aquella escena que el pelirrojo quería llevar a cabo, mas confió en que nada de eso ocurriría. Axel no podía sentirse atraído por él, nunca. Jamás.
Como era de costumbre, el tiempo pasó volando frente a sus ojos. La madrugada ya había llegado y con eso un intenso frió que ahora ya no soportaban.
Tenían la opción de abrazarse, lo cual ya habían hecho varias veces. Pero ahora que el rubio había intuido un extraño comportamiento en Axel, decidió permanecer solo a su lado, sin rozar ni tener contacto físico por algunos sectores que le ponían los pelos de punta y le ocasionaban unas repentinas cosquillas.
Axel se levantó y arregló su cabello, intentando sacar los granos de arena que se le habían introducido. No dijo nada, solo se movió con calma y lentitud.
-¿Qué haces? –preguntó Roxas algo asustado. Estaba sentado a su lado y le miraba desde arriba.
-Solo me limpio el cabello. Estoy muy cansado y tengo frío. –respondió con naturalidad. -¿Nos vamos?
Roxas permaneció en silencio con la cabeza gacha. Axel le miraba desde arriba con las cejas levemente arqueadas hacia arriba. –No creo. –dijo Roxas con suavidad. –Aún no quiero irme.
-Te vas a enfermar. ¿Estas seguro que no quieres ir? Te acompaño. –continuó Axel.
-Estoy seguro…
Se miraron por un segundo, pero de inmediato desviaron sus ojos. Ambos estaban avergonzados y muy nerviosos. Por una parte, Roxas no sabía qué pretendía Axel, y por otra, el pelirrojo comprendía que su actuación no fue la correcta, sino que insinuante y necesitada.
-Me da miedo dejarte solo…-dijo entonces Axel con una voz ligera. –No quiero que te pase nada.
-No me pasará nada. Confía en mí, por favor. –Roxas respondió con la misma suavidad. Se levantó y le miró. Posó sus manos en los hombros de Axel y añadió-: Me iré luego. Pero quiero estar solo un segundo.
-Está bien. –respondió el pelirrojo con la cabeza gacha. Dejó que Roxas soltara sus hombros y luego, con un movimiento rápido, abrazó a Roxas con fuerza, cerrando sus ojos a la vez. –Si algo te sucede…
-Eso no pasará…y no quiero que te sientas culpable.
Se separaron y Roxas se alejó del pelirrojo, caminando en dirección al mar. Axel permaneció inmóvil mirándole. Luego, completamente resignado, tomó el camino a casa por los cerros, dejando solo al rubio con la vista fija en el horizonte.
