En el País de las Maravillas

«¿Cómo estás?»

Emma se sentó al lado de la niña que miraba con atención y curiosidad de taza de chocolate caliente

«…»

Emma se dio cuenta de que ella aún no había escuchado la voz de la niña que, mirándola bien, tenía bastante parecido con Regina.

«Entonces, ¿es verdad que vienes del País de las Maravillas?»

«Hm, hm»

«¿Me puedes contar cómo llegaste a ese lugar?»

«…»

«Haré todo lo posible por traer de vuelta a tu madre»

La pequeña la fusiló con la mirada antes de soltar un sonoro «¡No es mi madre!» que dejó a Emma con la boca abierta. Le parecía que todo era como un deja vu, como cuando Henry afirmaba que Regina no era su madre…

«Mi madre…¡yo la abandoné! Si no me hubiera metido en aquella madriguera, si no me hubiera quedado encerrada allí abajo…Si no hubiera atravesado el espejo y encontrado a ese hombre…»

«¿Qué hombre?»

Alice entonces suspiró, cerró los ojos y rememoró el momento en que todo cambió

Llevaba caminando al menos una hora por ese camino que atravesaba las altas hierbas. Después de su encuentro con aquella oruga, Alice estaba algo desorientada. Caminó más y más, curiosa ante ese nuevo escenario y, entonces, cuando estaba dispuesta a dar marcha atrás, percibió un extraño olor, como…a pan de especias y a menta. Se dejó guiar por ese dulce aroma y pronto llegó a una pequeña casa. La rodeó y se encontró con un inmenso banquete.

«¿Hay alguien?»

Al no obtener respuesta, avanzó y se maravilló ante los platos tan apetecibles que se encontraban sobre la mesa. Y cuando cogió una rebanada de pan de especias, una voz masculina resonó detrás de ella

«Pero, ¿qué veo…?»

Ella se sobresaltó y soltó la rebanada

«Lo siento…No quería pasar, pero nadie respondía, pensaba que la mesa había sido abandonada»

«Nunca te había visto por aquí…»

«Perdonadme, olvido las buenas maneras: me llamo Alice»

«¡Bienvenida al País de la Maravillas, Alice!»

«¿El País de las Maravillas? ¿Es el lugar donde nos encontramos, de verdad?»

«¡Por supuesto! Pero, dime, ¿cómo has llegado hasta aquí?»

«Oh, pues había salido a buscar champiñones cuando me crucé por el camino con un hermoso conejo blanco…lo seguí y me caí por una madriguera»

«Un conejo blanco…Entones, ha funcionado…» murmuró él, intrigado «¿Y después?»

«Aterricé aquí, en fin, en una sala que me ha traída hasta aquí»

De repente, los ojos del hombre se exorbitaron y una sonrisa casi demoniaca se dibujó en su rostro

«¿Atravesaste el espejo?» dijo abruptamente

«Sí. ¿Por qué?»

«¿Sola?»

«Sí»

«Es mi oportunidad» murmuró de nuevo el hombre sin que la niña lo escuchara.

«Pero, debería volver, se hace tarde y mis padres se van a preocupar»

«No, no, no. Déjame ofrecerte una taza de té y unos dulces, ¡debes tener hambre!»

«Prefiero que no. Es tarde, ¡pero volveré!»

«¡No!...Insisto» Retiró una silla en la que Alice se sentó «Una simple taza de té. No llevará mucho tiempo. ¿Y no querrás ser maleducada desairando a tu anfitrión, verdad?»

«Bien…Por supuesto que no. Creo que un té no me hará mal»

«¡Evidentemente!» dijo él jovialmente antes de servirle el té en una gran taza de porcelana. Ella dudó, pero rápido se llevó la taza a sus labios y sintió deslizarse por su garganta el té de aromas florales, mientras que el hombre reía interiormente.

«Está muy bueno»

«Gracias»

Pero algunos segundos después, la cabeza comenzó a darle vueltas, no se sentía muy bien. Mareada, dejó la taza en la mesa y se masajeó la sien

«Yo…yo no me encuentro muy bien…Debería regresar»

«No, deberías descansar un poco antes…»

«Yo…¿Quién…sois vos?»

Y antes de que sus párpados se cerraran por completo y de que solo discerniera una sombra en el hombre que tenía en frente, escuchó un murmullo, como un eco «Jefferson. Me llamo Jefferson» Después, cayó en un pesado sueño.

Cuando se despertó, estaba sola y la noche había caído. Miró alrededor de ella, el hombre había desaparecido, ese…Jefferson. El té sobre la mesa estaba frío. Se levantó

«Eh, oh, ¿hay alguien?»

El viento fresco atravesó sus cabellos haciéndola temblar. Tenía un mal presentimiento. Entonces, sin pensarlo, se puso a correr, esquivando las inmensas flores e incluso a la oruga. Se volvió a encontrar, con alivio, ante el espejo que había franqueado algunas horas antes. Pero cuando llegó el momento de pasar…Su mano chocó con una pared de vidrio. Ella entrecerró los ojos y se dio cuenta de que ya no veía la sala circular al otro lado, solo su reflejo.

«No…» acarició la superficie, como para encontrar una grieta…pero finalmente nada, solo un cristal, un espejo, imposible de atravesar. ¿Por qué? Eso no lo sabía…Solo sabía que ya no podría volver a casa.

Entonces pensó en sus padres que debían estar muertos de inquietud, preguntándose lo que le habría sucedido…Se maldecía por ser tan curiosa…

Se quedó ahí algunos minutos, que se transformaron en una hora, antes de que el frío se apoderara de ella. Decidió volver atrás y regresar a la pequeña casa. Antes no tuvo la oportunidad de entrar, y lo que allí descubrió la asombró: centenares y centenares de sombreros de toda clase y formas…Y debajo de todo eso, divisó una mesa, una cama, una silla…

Cansada, decidió pasar allí la noche. Mañana, encontraría una solución.

«Pero nunca la encontraste…» dijo Emma

«No…Ni buscándola por todos los sitios. Sólo encontré esa entrada y salida. Encontré muchas cosas como un laberinto, pero nada que me hiciera salir de allí»

Emma comprendió que lo que la pequeña había vivido era algo duro de vivir. Después pensó en Jefferson…Ese sombrerero loco no había dudado en dejar a la niña encerrada en el País de las Maravillas, para poder salir él, aunque ella no comprendía todavía por qué.

«¿Qué es eso?»

Emma siguió la dirección del dedo de la niña señalando el fondo de la sala

«Ah, eso es una Jukbox»

«¿Una qué?»

«Una…una máquina que hace música»

«Oh. Y eso, ¿qué es?»

«Una cafetera. Hace café»

«Oh…¿Y eso?»

La curiosidad de la niña era normal: acababa de llegar a este mundo que era nuevo para ella, y de diferente manera. Ella se acordaba del efecto que le había producido su llegada al Bosque Encantado: aquellas cosas, aquellas criaturas… Y ahora esta pequeña había sido arrancada de su ambiente para dejarla en este, más hostil, incluso para un nativo.

«Sé que estás perdida. Pero encontraremos a Regina, te llevará de vuelta a tu casa y…»

«Esa Regina…¿es la reina, eh?»

«Bueno…De cierta manera sí»

«Y es mi madre…»

«Parece ser que sí. Pero ya lo aclararemos más tarde. De momento, te vas a quedar aquí con Ruby y Henry»

«Henry…¿Es ese chico?»

«Sí»

«¿Es…es el hijo de Regina?»

«De alguna manera. Es mi hijo, pero…es complicado. Toma, acaba tu chocolate. ¡Henry!»

«¿Sí?»

Emma se dirigió a él

«Escucha, me gustaría que…me gustaría que la cuidaras. Está un poco perdida, confío en ti, ¿ok?»

«¿Vas a traer a mi madre?»

«Voy a hacer todo lo posible, te lo pro…»

Suspendió la frase, acordándose de las palabras de Regina sobre la cantidad de promesas que ella podía hacer, y acabó por sonreír acariciándole afectuosamente los cabellos

«Solo cuida de ella»

«Entendido»

«Dime una cosa, tu madre me ha dado esto, ¿sabes qué abre?»

Emma le enseñó la llave, pero el muchacho permaneció dudando ante ella

«Dado su tamaño, yo diría que de un baúl o de un mueble»

«Ok, gracias» Después se dio la vuelta hacia Snow y David «Vuelvo a casa de Regina. Debó encontrar algo»

«¿Qué?»

«Todavía no lo sé, pero está encerrado en algo que se abre con esta llave» dijo ella mostrando la llave que sutilmente le había dado Regina

«Voy contigo»

«No»

«¡Ni una palabra de dejarte sola otra vez!»

«Yo también» afirmó Charming

Emma debía reconocerlo: no habían pasado mucho tiempo como padres e hija desde que sus recuerdos habían vuelto. Emma no deseaba ni esperaba verdaderamente ese momento, aunque haber reencontrado sus padres era un reto.

«Bien, entones, vamos»