Capítulo 6
Nuevo plan
Nuevamente, como muchas otras veces en las que había caído rendida en la mecedora de mi balcón, amanecí en la comodidad de mi cama. No recordaba quien me había movido de lugar, pero sí tenía presente en mi mente el gélido contacto de los brazos que lo habían hecho. Pensé inmediatamente en mi padre y en la seguridad que él me brindaba, igual a los brazos que me habían mecido. Mi cuerpo solo me indicaba que había tenido una noche relajada, dormitando plácidamente sin ninguna pesadilla irrumpiéndome. El despertador me indicó que aún quedaba tiempo antes de partir hacia el instituto, así que me quedé recostada unos minutos más mirando el techo.
Me resultó muy difícil discutir con esa parte de mí que estaba convencida de que el reencuentro con Max del día anterior había sido un sueño. Ni la lógica ni el sentido común estaban de mi lado. Me aferraba a las partes que no podían ser de mi invención, como el olor de Max y el sonido de risa aun reminiscente en mi mente. Estaba segura de que algo así jamás hubiera sido producto de mis propias fantasías.
Me sentía extrañamente bien, el conocido agujero en mi pecho no era tan profundo como otras veces. Quizás había sido la ilusión de haberme dormido en brazos de Max o la conversación que efectivamente habíamos tenido, o quizás fue el hecho de darme cuenta que aún había un futuro para nosotros. Pero ya no me sentía tan incompleta.
Me despegué de un salto de la cama y me vestí con mi uniforme escolar como siempre lo hacía. Antes de bajar a desayunar observé mi figura en el espejo. Mi pelo estaba arremolinado alrededor de mi rostro en delgadas ondas y mi rostro se veía fresco, las ojeras que solían habitarlo habían desaparecido, observándose nada cansado. Definitivamente había dormido bien. Como estaba de ánimos y tenía tiempo de sobra, me senté en el tocador para arreglarme. Maquillé mis pestañas con bastante máscara y le di un toque de rubor a mis mejillas para opacar la palidez de mi tez. Luego acomodé mi cabello con mis dedos tanto como mis bucles me lo permitieron. Tomé el bolso que había dejado en el sillón la tarde anterior y bajé a la cocina con paso apresurado.
—Buenos días, cariño—me dijo Esme al verme aparecer por la puerta.
Se encontraba de pie junto a la encimera con mis tortitas ya listas sobre la mesa. Le sonreí al ver su rostro, tan agradable e iluminado como siempre.
—Abuela—le dije, arrojándome a sus brazos para tomarla en un fuerte abrazo. Le habría partido algún hueso si hubiera tenido la fragilidad humana.
— ¿Qué ocurre? —me preguntó divertida y sorprendida con mi arrebato de cariño.
—Te extrañaba—le dije sin soltarla.
— ¡Pero si siempre estuve aquí! —exclamó deshaciendo nuestro enlace para observar mi rostro. — ¿Te encuentras bien, corazón?
—Perfecta—le respondí sin poder dejar de sonreírle.
—Siéntate antes de que se te enfrié el desayuno—me pidió y obedecí en el instante. —Estás muy bella—me dijo mientras tomaba asiento a mi lado.
—Gracias—le respondí a su cumplido con una sonrisa.
— ¿Se debe a algo o alguien especial? —preguntó de forma sugestiva.
—Solo estoy feliz—manifesté con espontaneidad logrando que sus ojos se iluminen con mis palabras.
—No sabes cuánto me alegro por ti—me dijo dulcemente acariciando mi cabello.
Me zampé todas las tortitas mientras le describía a mi abuela cuan aburridos habían sido los primeros días de clase.
Emmett interrumpió justo en nuestro saludo de despidida.
—Yo te llevaré, mocosa—me informó al mismo tiempo que me entregaba un ruidoso beso en la mejilla.
—Hola tío—le dije sonriendo.
— ¿A qué se debe esa felicidad? —me preguntó alzando sus cejas en un gesto de genuina sorpresa.
— ¿No puedo ser feliz? —le pregunté fulminando con la mirada, él solo elevó sus hombros comprendiendo que era mejor no decirme nada más. —Adiós, abuela—volví a despedirme y le dediqué un rápido abrazo antes de salir camino al auto.
—Hoy vamos en el Jeep—me avisó entusiasmado, refiriéndose a su monstruoso auto todo terreno del color del oro.
—No bromees—le dije rodando mis ojos. —Necesito una escalera para subirme a ese auto ¡Es espantoso!
—No insultes a mi Jeep—me regañó con fingido gesto serio.
Entramos al garaje y se dirigió conmigo hacia la puerta del copiloto. Me levantó sin esfuerzo alguno y me dejó sentada sobre el asiento del copiloto, al mismo tiempo que decía con voz excesivamente cabellorosa:
—Madame—me dedicó una grotesca reverencia con su mano
—Mosieur—le dije pestañeado de forma excesivamente sugerente.
Se movió con garbo hasta el lado del conductor, abriendo la puerta y quedando sentado en el asiento, todo de un solo movimiento. A pesar de estar acostumbrada a su destreza y desenvoltura, no podía dejar de admirarlos.
— ¿Tienes tus alarmas de pánico? —preguntó dejando de lado todas las bromas al tiempo que le daba arranque al motor.
—Uno en el bolsillo—le dije tocando el objeto a través de mi pantalón de jeans. —Y otro en el bolso.
— ¿Los llevas siempre contigo? —continuó preocupado.
—Sí—afirmé haciendo un esfuerzo por recordar dónde estaban los demás. —Uno está el pantalón de educación física, otro en mi mesa de noche y tengo varios en un cajón que los voy guardando en la ropa a medida que la uso.
—Debes tenerlos siempre—me repitió. —Y ante la menor sospecha, por más mínima que sea, lo activas.
—Lo sé.
—Y cualquiera de nosotros llegará a tu ubicación.
—Ya sé cómo funcionan, Emmett— le dije con voz suave para tranquilizarlo. — Me lo explicaron cuando me los entregaron y aún lo recuerdo.
—Solo quiero estar tranquilo respecto a tu seguridad—me dijo relajando un poco su rostro. —Ahora que tú eres casi adulta ya no jugamos como antes, ni pasas tanto tiempo con nosotros, pero te amamos con locura y nos preocupamos por ti, lo sabes ¿Cierto?
—Claro que lo sé—le dije acercándome hacia su hombro para depositar mi cabeza en él. —Yo también los amo con locura a pesar de ser una pésima sobrina adolescente.
—No, Jasmett—me dijo con rostro sensato, dándome a pensar que iba a negar considerarme pésima. —No eres adolescente.
—Muy gracioso—le dije dándole una suave palmada en su brazo.
Dejó el auto en su lugar del estacionamiento cerca de la entrada y me dio un abrazo antes de bajar de un salto. Me deslicé con dificultad fuera del vehículo, casi cayendo al trastabillar en el suelo. Se rio de mi torpeza antes de volver a darme un ligero abrazo de despedida y dirigirse hacia la puerta de entrada. Lo observé marchase con su paso distinguido y decidido, arrancando los suspiros de varias compañeras. Me imaginé que la fantasía de tirarse a un profesor crecía en la mente de todas las alumnas cuando lo venían.
—Lindo Jeep—me dijo un hombre de voz grave y carrasposa que pasaba por mi lado.
—Sí, claro—le dije de forma sarcástica al observarlo.
Nunca lo había visto antes en mi vida, era corpulento y de gran estatura. Sus cabellos negros estaban rasurados casi al ras, logrando que el tatuaje de su cuello llame aún más la atención. Aparentaba unos veinte años y estaba vestido con chaqueta de cuero y jeans rasgados. Logró desconcertarme su presencia en el estacionamiento del instituto. No era un alumno más, debido a lo desprolijo de su vestimenta que no cuadraba con el habitual uniforme, y tampoco parecía ser profesor exactamente por el mismo hecho.
— ¡Patrick Meyer!—gritaba el director en mi dirección haciendo que me sobresaltara y dudara por medio segundo cual era mi nombre.
—Ese soy yo—me dijo el hombre que me había hecho el alago del vehículo.
Esbozó una sonrisa que me pareció seductora antes de volverse hacia el Sr. Lafrod.
—Patrick—repitió el director. —Acompáñeme a mi oficina.
El aludido caminó con pasos hoscos hasta el director, se veía como un orangután en comparación con la galanura de los hombres de mi familia. De espaldas se veía incluso más imponente que de frente, debido a que de alguna manera extraña, algo en su rostro le daba cierta calidez.
— ¿Quién es ese? —me preguntó Camile cuando llegó hasta mi lado, observando lo mismo que yo.
—No tengo ni la menor idea—confesé, aun dirigiendo mi mirada hacia donde había marcado su paso el desconocido. —No tiene aspecto de alumno.
—Ni de profesor—coincidió mi amiga conmigo. — ¿Viste la cantidad de tatuajes que tenía?
— ¿El del cuello?
—Y en las manos—se espantó mi Camille. —Y no pude verlos, pero si tiene esos tatuajes en las manos, los tiene en los brazos.
— ¿Tú crees?
—Completamente—afirmó. — ¿Quién se tatúa hoy día?
—No lo sé—respondí con sinceridad. No sabía quién podría querer marcar su cuerpo de esa forma, los tatuajes habían pasado de moda hacía años. — ¿Tú no sabes quién es? Siempre estás al tanto de las novedades de Forks.
—Ya no—me dijo mientras nos encaminábamos hacia nuestra clase. —Adams ocupa todo el tiempo libre que me queda—agregó con fastidio, parecía que le molestaba que su novio pudiera llegar a ser un tema de conversación.
— ¿Cuándo te vas a arreglar con él? —pregunté con sutiliza ignorando su intención de no hablar sobre él.
—Parece que nunca—respondió de forma seca.
No pude seguir indagando ante la frialdad de sus palabras, se percibía que no era un tema de conversación que deseara abordar, así que mantuve la boca cerrada.
Las clases transcurrieron de forma extremadamente lenta. Estaba esperando desesperadamente que llegara la hora del almuerzo para poder ver a Max, ahí comprobaría que nuestra conversación no había sido un sueño, había prometido que no me evitaría.
El único momento trascendente del día fue cuando todos quedamos extrañamente sorprendidos en la clase de Geografía, debido a que el profesor presentó a Patrick Mayer como un nuevo alumno del instituto de Forks. Pero más nos asombramos cuando le pidió amablemente que contara algo sobre él a sus compañeros y este le dio una tajante negativa, para ir a sentarse en la fila del fondo del aula con cara de pocos amigos. La mayor parte del alumnado lo observaba con miedo y desprecio, yo preferí no observarlo en absoluto. Tenía cosas más importantes y atractivas en las que pensar, Max.
Una vez sonó el pitido que anunciaba el inicio del tan anhelado almuerzo, recogí todas mis cosas de forma extremadamente apresurada y corrí hacia el comedor, dejando atrás a Camille quien era mil veces más atlética que yo. Una vez allí, solo pedí una bebida y me senté en nuestro espacio de siempre, con vista preferencial hacia la mesa que solía ocupar Max. Camille se me unió a los minutos, aún mantenía un gesto impertinente.
—Estabas tan ansiosa por venir al comedor que creí estarías muerta de hambre—me dijo al sentarse frente a mí, observando la soda que relucía en la mesa.
—Solo esperaba encontrarme Max—le confesé sin sentir culpa, observando en todas direcciones buscando su rostro sin éxito alguno.
Ella hizo un gesto de desaprobación con su cabeza, pero no expresó nada verbalmente en mi contra, su rostro juicioso ya lo decía todo. Adams se nos unió al instante y las mariposas revoletearon en mi estómago al saber que Max estaba por llegar.
Mis manos comenzaron a sudar frio y mi corazón comenzó a latir alborotada al ritmo apresurado de las mariposas en mi panza, en el momento que escuché el sonido de su risa aterciopelada a mis espaldas. Sin poder evitarlo me giré para encontrarme con la profundidad de sus insondables ojos del color del topacio. Me dedicó una sonrisa arrebatadora que detuvo los latidos de mi corazón, era tanta su perfección que dentro de mi estupefacción me olvidé de devolverle el gesto y solo me quedé observándolo boquiabierta ¿Cómo hacía para verse cada día más hermoso que el día anterior? Caminó con galantería hacia la mesa que siempre ocupaba y se acomodó allí junto a sus amigos.
No había sido un sueño, habíamos hablado y estaba cumpliendo su promesa.
—Jasmett—me llamó la voz de una chica haciendo que vuelva a la realidad que me rodeaba.
Era Kat, una chica menuda de cabellos color castaño y rostro cetrino que no me había dado el tiempo de conocer el año anterior.
— ¿Si? —le pregunté observándola sin poder ocultar mi confusión, no entendía a que venía que me estuviera hablando.
—Me enteré de que te separaste de Max…—comenzó a decir y apartó su mirada de mi rostro para dedicarla en la bandeja con comida que sostenía con actitud nerviosa. —Y me preguntaba si te molestaría que nos sentemos en su mesa ahora que vuelve a estar soltero—dijo las palabras de forma atropellada y yo no supe qué responderle ¿Me estaba pidiendo permiso para flirtear con mi exnovio? —No quería ser grosera contigo y pasarte a llevar…
Menos mal que no intentaba ser grosera, porque si lo hubiera intentado no se cuan peor me podría haber sentido, no tenía palabras para describir el dolor que me generaba el puñal que sentía atravesado en el pecho. Aún seguía sin saber qué contestarle y Camille me salvó.
—Siéntate donde te apetezca—le dijo con una sonrisa de fingida cortesía. —A Jasmett ya no le importa ese inútil.
La muchacha se marchó después de sonreírme y junto con su grupo de amigas se acercaron a la mesa de Max, donde tomaron asiento después de que Tayler les diera cálidamente la bienvenida. Observé el gesto de desaprobación de Max y la disculpa tatuada en su frente cuando me miró, confirmándome que había escuchado la pregunta que Kat me había hecho. Intenté evitarle la consternación y le sonreí tanto como el peso de mis labios afligidos me permitió, para no volver a dedicarle una segunda vista a su mesa. Lo que había creído que sería un gran momento de relajación observando la belleza de Max, empezaba a convertirse en un infierno. Me lamenté haber estado todo el día pendiente del almuerzo, para encontrarme con esto.
—Es mejor que se siente con Kay, antes que con Janet—me dijo Camille. — ¿No crees?
¿Se suponía que eso debería hacerme sentir mejor? Particularmente prefería que no se sentara con ninguna mujer que no sea yo. Solo asentí y no le dije nada de lo que verdaderamente pensaba. Dirigí mi mirada hacia la mesa de Janet, para descubrir que observaba con recelo a Kat y murmuraba con sus estilosas acompañantes, destilando veneno. Quizás Camille tuviera razón, si tenía que verlo con otra mujer que no era yo, prefería a Kat mil veces.
—Parece que va a superarte rápido—dijo Adams en tomo mordaz al tiempo que esbozaba una sonrisa complacida.
Su comentario me arrebató la poca alegría que aun poseía, sentí mi rostro enrojecer de la furia cuando exploté.
— ¿Por qué te portas de ese modo tan hostil conmigo? —escupí entre dientes, respirando de forma agitada por la furia que estaba dejando de contener.
—Solo fue un comentario—intentó quitar el peso de sus palabras.
No le quitaba el ojo de encima, fulminándolo, pero por el rabillo pude observar la mirada asesina que estaba dedicándole su novia.
—Desde que Max y yo rompimos te empeñas en mantenerte distante—ignoré el intento que realizó por disminuir el peso de su frase. —Y no entiendo qué es lo que te hice para que pases de ser amable a tener una actitud desagradable conmigo.
— ¿Quieres saber qué hiciste? —preguntó de repente desafiante.
—Adams…—le dijo su novia a modo de advertencia.
—Ella quiere saberlo—le dijo él sacando a relucir el sarcasmo en su voz. —Estoy aburrido de tu melodrama, vas por la vida deprimida y todos tienen que estar pendientes de lo que ocurre contigo, cuando tu ni te das cuenta de lo que pasa a tu alrededor.
—Adams—volvió a decir Camille, esta vez de forma más amenazadora, pero él la ignoro.
— ¿Crees que eres la única que está mal? —soltó mordazmente.
—Yo…—comencé a balbucear, la verdad de sus palabras y la crueldad con la que las expresaba me había dejado sin aliento. —Lo siento, no sabía que te sentías así…
—No, por supuesto que no lo sabias porque solo miras tu ombligo—su tono de voz no dejaba de ser cáustico, a pesar de la pena con la que intenté disculparme. —Solo deseo que Max se olvide pronto de ti y Camille se dé cuenta de lo insufrible que eres para no tener que volver a escuchar tu nombre.
Nuevamente la ferocidad de sus palabras y la dureza de su rostro me golpearon como la bola de una grúa de demolición en el estómago, dejándome totalmente sin aire. Sentí mis ojos anegados en lágrimas comenzar a desbordarse.
—Oye—lo llamó una voz brusca. —No es forma de tratar a una chica.
Hasta ese momento no me había percatado de que el chico nuevo estaba sentado en la mesa contigua a la nuestra, y que, por su interrupción, había estado escuchándolo todo.
— ¿Y tú quién eres? —le preguntó Adams con actitud desafiante.
—Soy amigo de la chica Jeep—le respondió dedicándome una sutil mirada.
Se levantó de su asiento y caminó dos pasos largos hasta posicionarse al lado de Adams.
— ¿Amigo de quién? —se confundió Adams, al tiempo que se levantaba de su silla como si tuviera un resorte implantado en coxis en un claro intento por no quedar en desventaja de estatura frente a su inquisidor.
Camille y yo solo veníamos perplejas la situación que se desplegaba frente a nosotras, no pudimos siquiera hacer el ademan para interferir, dado que estábamos igual de desorbitadas.
—Amigos—interrumpió Max posicionándose entre ellos, no supe de donde había salido, parecía que simplemente se había materializado en ese lugar. —Deberíamos calmarnos.
—Alguien debería enseñarle a este de aquí cómo tratar a una dama—escupió el tal Patrick con su mandíbula tensa, mirando con desagrado hacia Adams.
—Gracias por defender a Jasmett—le dijo Max con su voz aterciopelada, mantenía su tono cordial y su cara de serenidad intacta. No supe si fingía o si realmente estaba tan relajado, yo estaba entrando en un ataque de nervios.
— ¿Es tu novia? —le preguntó Patrick alzando sus cejas en señal de genuina confusión.
Max meditó dubitativo por un segundo su respuesta, parecía que intentaba formular una completa y metódica oración, cuando en verdad solo tenía que decir un monosílabo.
—Sí—afirmó Max logrando que los latidos de mi corazón se detengan en seco.
No sé si imaginé el gesto de desagrado en el rostro de Adams cuando Adams dio su respuesta, o si simplemente había mantenido ese semblante por la discusión en la que se encontraba embrollado y yo no me había dado cuenta.
—No me pareció que seguían juntos—lo contrarió con irreverencia. —Por las mierdas que le dijo este capullo me sonó más a que te dejó...
—Yo hablaré hablaré con Adams—propuso posicionando su mano de forma campechana sobre el hombro de Patrick, el gesto de Max comenzaba a descomponerse, dejando de verse tan sociable como antes. —Si no te importa—agregó simulando que le daba derecho de opinión al interpelado, pero yo sabía que no iba a tener muchas posibilidades de seguir debatiendo contra Max.
—No me convences—lo contradijo haciendo un movimiento con su hombro para que Max suelte su agarre. —No deberías permitir que nadie le hablé así a tu "novia"—le dijo a modo de indirecta poniendo especial énfasis en la última palabra y luego preguntó de forma caninamente provocadora. — ¿O tengo que enseñarte modales a ti también?
Percibí en el gesto tergiversado de Max que esa pregunta había sido la gota que rebalsó el vaso de su paciencia. A pesar de estar paralizada en mi asiento por lo pasmoso de la situación, el miedo por lo que pudiera llegar a hacer Max me superó y decidí interceder para evitar una masacre.
—Creo que no es para tanto…—dije cuando pasé cerca de Adams, para dirigirme hacia Max. Me posicioné lo suficientemente cerca de su brazo como para sentir la frialdad que emanaba su cuerpo, deseando que la calidez del mío lo apaciguara, al menos un céntimo.
Pero él no me dejó seguir interfiriendo, avanzó un paso más hacia Patrick, bloqueándome la visión de este con su cuerpo, a modo de escudo.
—Mira, Patrick—comenzó a decir con voz mesurada. — No me importaría destrozarte la cara aquí mismo, pero no creo que tus antecedentes necesiten más peleas—le dijo como sugerencia, pero sonó más amenazante que sugestivo, escuché como Adams soltaba una risa burlona a mis espaldas. —¿O sí? —agregó provocativo.
Solo podía ver su espalda desde la posición en la que me había dejado, pero imaginé que su rostro estaba rígido como la piedra, al igual que su postura. Patrick se tomó su tiempo para responder ante la amenaza implícita de Max, haciéndome dar cuenta del extraño silencio que nos rodeaba. Giré mi cabeza por toda la cafetería para advertir que todas las cabezas de los alumnos presentes en la cafetería estaban vueltas hacia nosotros. Me sorprendió que el director no haya aparecido para frenar la discusión.
—No busco problemas—dijo al fin, su voz se escuchaba un pelín más serenada pero igual de brusca. — Solo que no soporto a los imbéciles con un complejo de inferioridad tan grande que necesitan mal tratar a las mujeres para sentirse mejor con ellos mismos.
—No podría estar más de acuerdo contigo—le dijo Max para mi sorpresa y para la de Adams, quien acalló sus risitas anteriores. —Pero este no es el caso que tú planteas, así que te recomendaría no meterte en situaciones que no conoces—le dijo y esta vez sí sonó a modo de honesta sugerencia. —No todos son tan comprensivos como yo.
—Solo dile a "éste" que no se cruce en mi camino—dijo Patrick, pronunciando la palabra "este" con desprecio, antes de comenzar a caminar hacia la salida del comedor.
Max se dio media vuelta y me dedicó una fugaz mirada severa, para luego posar sus ojos en su amigo, con un rostro más ensombrecido aún. Algo en su forma de mirarme me hizo creer que, en parte, me culpaba a mí de lo que había ocurrido, como si yo hubiera incitado al chico a nuevo a defenderme. Quise decirle algo para salvaguardarme de su acusación no formulada, pero me sorprendió darme cuenta de que el resto de su grupo se había acercado hasta donde estábamos nosotros, posicionándose detrás de Adams como si fueran sus guardaespaldas. Pensar en que Adams necesite otro guardaespaldas además de Max me hico sonreír. Las posturas feroces de Tayler, Carl y Eric solo duraron hasta que Max habló con voz fiera y seca.
—Adams, necesito hablar contigo.
Observamos como los dos se alejaban, la compostura de Max aún era rígida. No me hubiera gustado estar en las zapatillas de Adams en ese momento.
—Wow—exclamó Camille parecía más maravillada que asustada por su novio. —Nunca había visto a Max tan enojado, realmente es de temer.
—Cam—le llamé, la pena comenzó a invadirme al notar que Max tenía razón, había tenido una parte de culpa en la situación que se había desencadenado. —Lo siento mucho, no era mi intención que ocurriera esto.
—No es tu culpa—contradijo. —Adams se lo merece hace rato.
— ¿Qué pasó? —preguntó Tayler confundido, mirándonos de hito en hito.
Ellos solo habían acudido como sostén de sus amigos al verlos enmarañados en una posible pelea, pero claramente no habían escuchado nada de lo que había ocurrido antes.
—Adams trató mal a Jasmett—les explicó Camille hablando de su novio como si se hubiera merecido la corrección. —Y el tatuado saltó en su defensa.
— ¿Lo conoces? —me preguntaron al unísono los amigos de Max, observándome confundidos.
—No—respondí igual de confundida que ellos. —Lo vi hoy día temprano antes de entrar a clases, pero solo eso.
Ellos asintieron sin quitar la estupefacción de sus semblantes.
—Qué extraño—murmuró Tayler.
—Oye Jass—me llamó Eric, su tono era extrañamente amable considerando que desde mi ruptura con Max se habían mantenido demasiado distantes conmigo. —Lamento como nos comportamos contigo estos días.
—Sí—se unió Carl a la disculpa. —No sabíamos que había ocurrido entre ustedes y tomamos partido por Max…
—Fuimos idiotas—concluyó Tayler haciendo un esfuerzo para sonreírme. —Ya sabes, hombres…
—No hay problema—les dije devolviendo la sonrisa.
—Era tiempo de que se disculpen—les dijo Camille con severidad. —Para ser hombres son bastante cotillas.
Nos dirigimos juntas hacía nuestra próxima clase a paso apresurado, no porque llegáramos tarde, sino porque aún sentíamos la adrenalina convertida en nerviosismo corriendo por nuestras venas, lo que nos ponía inquietas. Tal es así que ni siquiera prestamos atención a las cosas que explicaban los profesores.
Aun no entendía qué había ocurrido, Adams tratándome de forma violenta, ese nuevo alumno defendiéndome como si fuera mi amigo, Max diciéndole que era mi novio, todo eso en solo unos minutos. La información aún no se organizaba en mi cabeza.
Haciendo un análisis profundo de lo que realmente me importaba, podía concluir que las clases ya habían llegado a su fin y el único momento que lo había visto en todo su esplendor, habían sido dos segundos mientras pasaba a mi lado. Lo demás, solo fue observar como coqueteaba con otras chicas y como casi le rompe los huesos de la mandíbula al estudiante nuevo. Definitivamente no era suficiente para mí verlo pasar solo unos segundos por mi lado, ni aunque me sonriera como lo hizo, necesitaba más de él, mucho más. Debería encontrar la forma de mantenerlo cerca, aunque él esté cegado con su plan.
Una idea brilló en mi mente, si no podía tenerlo a él, al menos tendría a su entorno, a sus cosas, a los lugares que más le gustaban. Debería rodearme de todo lo que más me recordaba a Max. Juntarme con sus amigos del instituto para hablar sobre él sería una tarea imposible, a pesar de que ya no me odiaban y se habían disculpado, estaba completamente segura de que no confiaban en mí después de nuestra ruptura. Para mi suerte, la sociabilidad de Max me daba otro margen de grupo de amigos, la manada. Ellos estarían contentos de verme, o al menos eso creía. Se habían comportado muy compresivos conmigo y con mi sufrimiento en el funeral de Lean. Pronunciar su nombre en mi mente envió una punzada de dolor hacia mi estómago, demostrándome que aún no superaba la culpa que me oprimía por haber sobrevivido en su lugar.
Incluso, también podría ir a ver a Candy o llamarla para encontrarnos en algún lugar, sentía que ella podría contarme muchas cosas sobre Max y su vida antes de conocerme. Candy se había mostrado emocionada con nuestra relación desde el primer momento, estaba casi segura de que le daría felicidad verme, no tanta felicidad como me daría a mi verla a ella, pero algo de alegría al fin.
Este nuevo plan cada vez me atraía más.
El mayor problema de esta estrategia, seria conseguir que mis padres me privilegien con la libertad de andar sola por todo Forks. Para eso, deberían dejar su desmedida protección, algo que realmente dudaba que hicieran. Ya consideraba que eran bastante permisivos al dejar que solo Emmett vigilara mis movimientos en el instituto y no hicieran turno rotativos entre toda mi familia para mantenerme una mayor guardia. Pero en algún momento debería recuperar mi libertad, no podían mantenerme yendo de las clases a mi casa por toda la eternidad. Creía que era el momento adecuado para hacerlo, ya habían pasado algunos meses desde lo ocurrido y no había tenido ni noticias de Caroline. Ese sería el primer paso de mi nuevo plan, convencer a mis padres de que bridarme la libertad, aunque sea condicional, sería lo mejor para todos.
Si Max iba a llevar a cabo sus propias estrategias para que podamos estar juntos en paz, yo tendría mi propio plan para poder estar junto a él, a pesar de la distancia.
