CAPÍTULO VII — Entrenamiento

Harry pasó una semana descansando, comiendo equilibradamente y leyendo libros que su Maestro le iba dando para que conociera lo que era un elemental. Rafiq le mimaba y cuidaba como a un hermano pequeño y siempre le preparaba postres especiales que, el más joven, agradecía con una sonrisa cómplice cuando oían al Maestro refunfuñar que acabaría pudriendo al chiquillo. Le habían comprado ropa, calzado y todo lo que su Maestro consideró que podría necesitar.

No tardaron en recibir la respuesta del profesor Dumbledore, donde se disculpaba por no haberse dado cuenta de las dificultades que estaba pasando Harry y le pedía que les escribiera para tranquilizar a Remus y a sus amigos.

Su Maestro le explicó que podría incluir las cartas a sus amigos en la que dirigirían hacia Dumbledore y que seguramente recibiría las respuestas de la misma manera, recalcándole que nadie podía saber dónde se encontraba para asegurar su seguridad.

Poco tardó en empezar a escribir sus cartas:

"Hola Moony

Estoy bien, no te preocupes, tranquiliza de mi parte a los señores Weasley y diles que les quiero mucho. El profesor Dumbledore me ha contado que estáis inquietos porque este año no vuelva a Hogwarts, pero no os preocupéis estoy con alguien que me cuida. Seguramente os podré seguir dando noticias mías a través del profesor Dumbledore.

Sé que os ha explicado que he estado un poco en apuros este verano, pero ya todo pasó y sigo en pie, fuerte y preparado para enfrentar mi siguiente aventura.

Mi corazón siempre está contigo cuando miro al cielo y veo la luna, pienso en ti y me da fuerzas. Lo mismo hago con la brillante estrella de Sirius, me ayuda a recordarle y a cicatrizar un poco la herida de su pérdida. No puedo negarte que le añoro, sus risas, sus abrazos ¡Qué voy a contarte!, pero he hablado con él casi cada noche al ver las estrellas y contigo al ver la luna. Quizás pareceré un poco infantil, pero puedo decirte que me ayudasteis a superar la soledad.

Un abrazo de tu ahijado adoptivo que te quiere y te extraña.

Harry"

Cogió un nuevo pergamino y empezó a redactar una nueva carta.

"Hola amigos, os extraño mucho, pero no debéis preocuparos por mí, estoy bien. No me dejan deciros donde estoy, por la dichosa seguridad, aunque puedo deciros que estoy con alguien que me cuida.

Extrañaré mucho Hogwarts, nuestras charlas frente a la chimenea en la sala común, el día a día junto a vosotros, el Quidditch, las noches en el dormitorio con todos (por cierto dad recuerdos a Neville, Seammus y Dean de mi parte).

Hermione no regañes mucho a Ron este año (je je) y Ron intenta aplicarte para que Hermione no deba regañarte (otro je je).

A ti Ginny te encargo que les cuides, ese par van a estar un poco cojos al principio y cuídate mucho tú también.

Supongo que podré seguir enviando noticias a través del profesor Dumbledore y vosotros también escribidme.

Besos y abrazos de vuestro amigo que os quiere mucho.

Harry"

Era domingo noche y, tras la cena, su Maestro le avisó que a la mañana siguiente empezarían con el entrenamiento físico.

— Tu cuerpo debe estar fuerte físicamente para que la magia fluya libremente y puedas controlarla correctamente — le explicó mientras tomaban un té, tranquilamente sentados en el salón principal de la tienda. — En el estado en que te encontrabas era imposible que pudieras controlar tu magia. Pero no te apures, empezaremos con ejercicios suaves e iremos incrementando su dificultad paulatinamente.

— ¿En verdad piensa que puedo ser un elemental, Maestro? — preguntó Harry ilusionado con la idea.

— Sí chiquillo, no tengo ninguna duda, pero debes seguir todas mis directrices y trabajar duramente — le advirtió —. Es una rama de la magia que, aunque tengas predisposición a ella, agota en exceso, puedo asegurarte que la primera vez que utilices uno de los elementos estarás tan cansado que no podrás ni con tu alma. Por eso tu cuerpo debe ser fuerte físicamente antes de empezar el entrenamiento elemental.

— Pondré todo de mí, pero… no tengo varita ¿Cómo voy a hacer magia? — preguntó Harry.

— Todo a su tiempo chiquillo, todo a su tiempo — fue la única respuesta que recibió y tuvo que conformarse.

Rafiq se hizo cargo de su entrenamiento físico y estuvieron una semana con diversos ejercicios físicos y aprendiendo a respirar para que su cuerpo fuera preparándose.

Eran las seis de la mañana del uno de setiembre cuando Rafiq zarandeó suavemente al chico, sacándole poco a poco de su profundo sueño.

— Vamos Harry, levanta, se acabaron las vacaciones. — Insistiendo hasta que vio que empezaba a despertar.

Harry gruñó suavemente, descontento de que le hubieran despertado tan de madrugada. Se levantó perezosamente y, con los ojos a medio abrir, fue hacia el baño a prepararse para el primer día que irían a correr al desierto.

Sus amigos empezaban ese día el nuevo curso y él también empezaría su entrenamiento. ¡Cómo les añoraba! Desearía estar con ellos para coger el tren y volver a Hogwarts. Salió del baño un poco melancólico y se dirigió al comedor. A esa hora Harry no tenía nada de hambre, pero Rafiq le obligó a comerse un pequeño bol de avena con leche y miel y una ensalada de fruta, para aportar las proteínas y vitaminas necesarias a su cuerpo.

El sol empezaba a lucir en el despejado cielo. Hicieron unos ejercicios de respiración y de calentamiento para preparar los músculos antes de partir. Rafiq le cubrió la cabeza con un pañuelo que ató en forma de turbante, para preservarlo del sol, dejando uno de las puntas más larga para que pudiera cubrirse la nariz y boca.

— Vamos a correr todas las mañanas para que tus piernas se fortalezcan — le explicó. — Seguirás mi ritmo, no quiero que te pares, ni que intentes adelantarme. El fin de este entrenamiento no es ganar en velocidad, sino en resistencia.

Harry asintió.

— Llevaremos agua — siguió explicando —, pero no puedes beberla de golpe. Beberás a pequeños sorbos, dejándolos en la boca durante un momento antes de tragar y siempre, siempre, me harás caso en todo sin rechistar. El desierto está lleno de peligros invisibles y hasta que no los conozcas no voy a permitir que tomes ninguna iniciativa ¿De acuerdo?

— De acuerdo.

— Pues empecemos, tapa siempre tu boca y nariz con la tela sobrante del turbante para protegerte de la arena e intenta respirar lenta y profundamente, aunque sé que al principio será difícil, es importante que aprendas a controlar tu respiración. Empezaremos caminando e iremos acelerando el ritmo paulatinamente.

El primer día, Rafiq, fue clemente y solo realizaron una pequeña caminata a través de las dunas, donde le enseñó lo básico de la supervivencia. Los siguientes días fueron incrementando las distancias y aquello fue duro para Harry, todos los músculos de su cuerpo dolían y, pese a las pociones que le daban para paliar el dolor, era un suplicio levantarse cada mañana y conseguir que sus pies dieran dos pasos seguidos sin que una mueca apareciera en su cara. Cada mañana subían y bajaban las cambiantes dunas del desierto, con los pies enterrados en la dorada y caliente arena.

— No puedo más Rafiq — le gritó Harry al terminar de bajar rodando de una altísima duna que acababan de escalar. Estaba exhausto, sin resuello y sin poderse levantar del suelo.

Rafiq se acercó al muchacho desmadejado sobre la arena, con sus ropas mal colocadas, el turbante deshecho y su respiración entrecortada.

— Vamos Harry, calma tu respiración, claro que puedes— le dijo con voz calma, dándole un poco de agua — ¿Te has hecho daño con tu espectacular bajada de esta duna?

— No, creo que no.

— Debes bajar de pie, no dando tumbos como una peonza — se mofó volviendo a colocar el pañuelo en la cabeza del joven. El sol pegaba en todo su apogeo y no quería que quedara inconsciente por un golpe de calor.

— ¿No podemos volver? — Preguntó esperanzado sin hacer caso de la burla —. No puedo dar un paso más.

Rafiq se giró mirando a lo lejos y le habló con voz preocupada.

— ¿Qué harías si en este momento te estuvieran persiguiendo los hombres de tu tutor?

— Correr para que no me atraparan y esconderme si encontrara un lugar para ello, no tengo varita para luchar — contestó desconcertado por aquella pregunta.

— ¿Aunque no tuvieras fuerzas para continuar?

— Supongo.

— Pues corre, porque están tras de ti. Corre por tu vida— gritó y empezó a correr esperando que el muchacho le siguiera.

Harry miró donde señalaba Rafiq y vio que se acercaban unos caballos con jinetes vestidos todo de negro. Creyendo aquellas palabras se levantó de un salto y, sacando fuerzas de flaqueza, empezó a correr siguiendo a Rafiq. No tardaron los caballos en atraparlos y Rafiq se paró, saludando a los jinetes con respeto. Harry estaba enfadado por el engaño, no eran enemigos sino habitantes de una tribu del desierto y, por lo que parecía, conocían a Rafiq. Uno de los hombres miró a Harry con una sonrisa y le ofreció una manzana que aceptó gustoso. El sudor perlaba todo su cuerpo y le quemaban todos los músculos por el agotamiento, el esfuerzo de correr en la arena era el doble que sobre una superficie lisa y aquella pequeña subida de adrenalina, al creer que les perseguían, había acabado con sus pocas reservas de energía.

Cuando los beduinos desaparecieron de su vista, Harry se volvió a tirar al suelo, exhausto.

— No voy a perdonarte este engaño Rafiq, ha sido muy deshonesto de tu parte — Se quejó enfurruñado Harry.

Una fuerte carcajada resonó en aquel silencio que les envolvía.

— Sí eso y encima ríete – masculló Harry.

— Vamos pequeño, tienes mucha fuerza en tu interior, solo hemos de sacarla. Levanta debemos volver.

— ¿Y tú crees de verdad que mis piernas van a obedecerme de nuevo? — preguntó sintiendo que no podría volver a mover ni un solo musculo de su cuerpo.

— Bebe, esta poción te ayudará a recuperar fuerzas para la vuelta — le dijo tendiendo un pequeño frasco, que siempre llevaba consigo por si acaso.

Aquello se convirtió en una tortura de tres horas de sufrimiento para Harry. Volvieron lentamente, con Rafiq ayudando a Harry a caminar, ignorando las súplicas del más joven de que se aparecieran en la tienda y dejaran de caminar. Al llegar, el Maestro le tenía preparadas varias pociones que le ayudaron a recomponerse y le dejaron hacer una pequeña siesta antes de comer.

— ¿Tan terrible ha sido? — preguntó Adel a su asistente, viendo con compasión al chiquillo durmiendo agotado.

— Oh sí que lo ha sido Maestro, su cuerpo está muy débil y le está costando sudores y lágrimas conseguir enfortecerlo.

Tras despertarlo, comieron y por la tarde no le dejaron descansar, Rafiq empezó a enseñarle la lucha con la espada. Ese hombre era incombustible. Terminó aquel día completamente roto y solo pudo resistir por las pociones que le dieron para recuperarse. Aquella noche ni siquiera cenó, logró arrastrarse hasta su cama y se tiró sobre ella, completamente vestido, rendido de un intenso día de trabajo.

Adel entró en la habitación de Harry y sonrió compasivo al verlo, iban a ser días duros para el chiquillo. Su cuerpo debía habituarse al ejercicio, pero era necesario para que tuviera la suficiente resistencia para manejar los elementos. Con un movimiento de varita le cambió la ropa por un fresco pijama y le colocó en la cama correctamente para que pudiera descansar.

— Buenas noches chiquillo, dulces sueños.

Los días fueron pasando y su resistencia empezó a mejorar. Rafiq le llevaba cada día al desierto a correr y le enseñaba como orientarse, para que no se perdiera en aquel mar de arena; cómo sobrevivir; que podía comer en caso de necesidad; donde solían esconderse los animales más peligrosos y, muy importante, como encontrar agua. También aprovechaba aquellos paseos para irle explicando, a modo de historietas, la historia de la magia.

Al volver le dejaban descansar leyendo un libro de teoría de alguna de las asignaturas de Hogwarts y el maestro le ayudaba con las dudas que pudiera tener. Por la tarde, practicaban con la espada.

Al caer el sol, su Maestro le enseñaba el arte de la meditación, le ayudaba a concentrarse y a conseguir abstraerse de su entorno para visualizar su núcleo mágico.

Hacía un mes que se entrenaba físicamente cuando el Maestro comentó que empezarían a alternar el ejercicio por la mañana y clases de magia por la tarde.

— Maestro sigo sin tener varita — comentó Harry compungido.

— No te apures, de momento no la vas a necesitar, tenemos todo el temario de Hogwarts para trabajar, profundizaremos pociones, herbología, historia de la magia, astrología, cuidado de criaturas mágicas y entraremos en el mundo de las runas antiguas y la aritmancia. De las asignaturas prácticas veremos la teoría, pero lo más importante quiero que empieces a hacer magia sin varita, te he estado preparando para ello con la meditación que realizamos cada noche.

Al ver la cara de asombro del muchacho sonrió.

— Tú sigue mis indicaciones y verás cómo pronto la magia obedecerá todos tus deseos.

Los primeros días no hubo ningún resultado con la magia sin varita, y Harry estaba desanimado ante los intentos fallidos, aunque el Maestro siempre le alentaba diciéndole que debía creérselo él mismo para que funcionara. Por otro lado avanzaban rápido en todas las asignaturas y en conceptos teóricos que le ayudaban a entender las bases de la magia. Lo mejor era que empezaba a entender el arte de las pociones con las pacientes explicaciones de su Maestro.

Con aquel programa tan apretado solo paraba para comer y dormir.

Aquella mañana se levantaron con una enorme tormenta de arena y no pudieron salir de la tienda.

— Creo que hoy puede ser un buen día para que descubras tu animago — habló Adel después del desayuno, viendo como una enorme sonrisa aparecía en la cara del joven ante aquella noticia —. Te lanzaré un hechizo y entrarás en meditación, tal como te he enseñado, para contactar tu animal interior. Una vez lo descubras podrás empezar con las transformaciones.

Harry no podía con los nervios ¡Iba a descubrir su animago! Recordó a su padre y a su padrino y no quería defraudarles. Le costó un poco concentrarse y abstraerse de todo, pero al conseguirlo se encontró volando en un cielo azul. ¡Era un pájaro! En aquella especie de sueño, en el que se encontraba, siguió volando y vio cómo se acercaba a un lago, en el que pudo ver el reflejo de su figura reflejada en el agua. ¡Un halcón! un hermoso y elegante halcón, de bello plumaje marrón negruzco con pinceladas cobrizas y una franja blanca en la cola, poderosas garras, fuerte y puntiagudo pico. En aquel momento despertó y miró a su Maestro y a Rafiq con una enorme sonrisa.

— ¿Y bien? — preguntó impaciente el Maestro.

— No nos dejes en ascuas pequeño bribón — añadió Rafiq con un gracioso mohín.

— Un espectacular halcón. ¡Voy a poder volar! — gritó entusiasmado saltando del cojín, en el que estaba sentado, para abrazar a su maestro y luego a Rafiq. Como añoraba volar por los cielos con su escoba y ahora podría hacerlo con sus propias alas.

Los días siguientes, después de volver de su ruta diaria en el desierto que Rafiq no le perdonaba, compaginaban las enseñanzas mágicas con las prácticas para su transformación en animago. Rafiq había ido al pueblo más cercano para comprar un par de libros sobre los halcones, para que el muchacho pudiera conocer la morfología y las costumbres del que sería su animago. Leyendo aquellos libros descubrieron que era un halcón Harris y que era un ave de caza, fuerte y muy rápida, lo que entusiasmó a Harry.

— Mire maestro — llamó Harry enseñándole el libro donde salía su animago. — Dice que si no encuentro conejos o palomas puedo comer roedores, lagartijas y demás reptiles. Parece que mi animago puede cazar a peligrosas serpientes. — Sonrió dando a entender la analogía con él y Voldemort

Tardó un mes en llegar a su primera transformación parcial, pudo convertir sus brazos en sus alas y su maestro le felicitó, animándole a seguir practicando.

Tras aquella liberación de magia no le fue difícil mejorar su magia sin varita, primero con hechizos y encantamientos aprendidos en primer año, para ir añadiendo los de segundo. A partir de ese momento empezó el verdadero entrenamiento para Harry, con un nivel al que nunca habría soñado llegar.

Estaban a mediados de diciembre y pronto serian Navidades, Harry andaba algo preocupado y tanto Adel como Rafiq se dieron cuenta de ello. Pero fue Rafiq el encargado de preguntarle cual era el problema que le preocupaba.

— Nada importante — contestó Harry —. Es que se acerca Navidad y…

— Vamos dime que preocupa a esta joven e inquieta cabecita — insistió mientras corrían por el desierto en su entrenamiento diario.

— Verás… Rafiq ¿podrías darme algunas ideas para realizar un regalo para mis amigos? — Preguntó al fin.

Rafiq sonrió al ver que el gran problema que preocupaba al chiquillo era fácil de solucionar.

— Es fácil pequeño, aquí abundan las piedras y has demostrado ser bueno en transformaciones, un collar para tus amigas al que puedes añadir hechizos protectores y también puedes aprovechar el nuevo encantamiento que aprendiste el otro día para convertir una bolsa en un lugar sin fondo para tus amigos.

— Eres fantástico, esos serían muy buenos regalos. — contestó entusiasmado.

Le dieron un poco de tiempo libre para que pudiera trabajar en los regalos que había ido pensando para cada uno de sus allegados, no quería que llegaran tarde por no haberlos podido terminar a tiempo. Con la ayuda de su Maestro acabó de poner los últimos hechizos a sus regalos y orgulloso vio como partían, con la lechuza de Adel, hacia su destino.

En Hogwarts todo estaba preparado para celebrar la Navidad, los adornos navideños estaban repartidos por todo el castillo y se oían villancicos en cualquier rincón, cosa que ponía de muy mal humor al profesor Snape. Los alumnos debían ir alerta por los pasillos para no encontrarle y que no les sacara puntos por estar en el momento y lugar equivocado.

— ¿Tú crees que nuestros regalos llegaran a tiempo a Harry? — Preguntó preocupada Hermione apoyando su cabeza en el hombro de Ron — No me gustaría que se entristeciera pensando que nos olvidamos de él en estas fechas.

— Dumbledore nos ha prometido que sí le llegaran — le tranquilizó Ron, acariciándole el pelo con cariño.

Era veinticuatro de diciembre y, tras una estupenda cena, estaban sentados frente al fuego en su sala común. Los dos se habían quedado en Hogwarts aquellas Navidades, no quisieron volver a casa porque, con su amigo tan lejos, no podrían disfrutarla. La falta de un elemento en el trío dorado había hecho mella en ellos aquel curso e hizo que se acercaran el uno al otro buscando consuelo. Ron, en un acto de valentía, hacia unas semanas le había pedido para salir a Hermione. Ahora eran pareja oficial y deseaban poder volver a ver a su amigo para compartir aquella noticia.

Con el crepitar del fuego fueron quedándose dormidos en el cómodo sofá, uno abrazado al otro y soñaron con Harry. Al despertarse tenían un montón de regalos que los esperaba y, tras darse un pequeño pico en los labios de buenos días, se lanzaron emocionados a ellos, bueno Ron se lanzó emocionado y Hermione rio del entusiasmo de su novio.

— Son de Harry, Hermione, corre ven, son de Harry.

Ron movía un enorme paquete que señalaba "para Ron de Harry". Impaciente empezó a desgarrar el papel que lo cubría para descubrir un precioso baúl de piedra color arena, con runas grabadas a su alrededor y en la tapa.

Con lágrimas en los ojos empezó a leer la carta que acompañaba su regalo.

"Hola compañero, espero que tu regalo te guste, lo he hecho yo mismo. He transfigurado una piedra para crear el baúl y he grabado runas de protección. Este baúl no tiene fondo, puedes colocar todo lo que quieras en él y nunca se te quedará pequeño, también tiene un hechizo peso pluma, para que no se te dificulte trasladarlo y mi maestro puso en él un hechizo con el que con las palabras "empequeñecer y agrandar" mientras diriges tu varita hacia la cerradura, podrás, como supones, cambiar su tamaño sin que lo que guardes en él se dañe.

Te deseo una feliz Navidad.

Harry"

Hermione abrazó a su novio al ver la emoción que le embargaba y buscó su regalo. Un pequeño paquete lucía una nota "para Hermione de Harry". Con manos temblorosas abrió el paquete, bajo la atenta mirada de Ron, y se encontró con un precioso collar de cuentas de cristal rojas y blancas con unos pendientes de conjunto, que exudaban magia de protección.

Cogió la nota que acompañaba el regalo deseando saber de su amigo.

"Hola preciosa, espero que te guste el regalo. Todo mi cariño está en estas cuentas rojas que te protegerán de muchos hechizos malignos, siempre que lo lleves. Las blancas se iluminaran cuando alguien se acerque a ti con malas intenciones. Solo espero que nunca debas ver la luz que desprenden. Lo he hecho yo mismo transfigurando un cristal roto en las cuentas, una por una y les he grabado una pequeña runa que junto a un hechizo es lo que sirve de protección.

Con lo curiosa que eres, no dudo que estés preguntándote como logré combinar la runa con el hechizo, pero esto deberás esperar hasta que nos veamos para que te lo cuente.

Te deseo una feliz Navidad.

Harry"

Los dos se quedaron abrazados, contemplando los regalos de su amigo y deseando poder volverle a ver.

En ese mismo momento, en el despacho del director, Albus Dumbledore reía leyendo la nota que acompañaba al regalo que acababa de desenvolver, una preciosa cajita de madera con el grabado de un caramelo de limón en su tapa.

"Espero que mi regalo le sea útil profesor, esta caja la he hecho yo mismo y tiene un hechizo duplicador, con solo poner un caramelo tendrá caramelos para siempre. Mi maestro, que tan bien conoce, me ha asegurado que los caramelos duplicados serán completamente comestibles y conservaran todas las propiedades del original.

Feliz Navidad profesor.

Harry"

Y en Grimmauld place Remus desenvolvía, con lágrimas en los ojos, una capa de viaje, de agradable tacto y muy mullida.

"Querido padrino de adopción, espero que te guste mi regalo. Quiero que en los fríos días de invierno estés protegido y caliente bajo esta capa. Habrás notado ya que tiene varios hechizos, uno es para que no pases nunca frio, otro repele el agua y otro es de conservación, tiene también una protección contra hechizos malignos. He de serte sincero, me costó varios intentos colocar el hechizo que repele el agua, pero lo conseguí. (Harry sonríe orgulloso de sus logros) Espero que la disfrutes.

Feliz Navidad, te quiere,

Harry"

Y más paquetes se fueron desenvolviendo, aquel día de Navidad, de parte de Harry, un collar de cuentas con colores azul y blanco para Ginny, con las mismas propiedades que el de Hermione, otras dos cajas duplicadoras para Fred y George, con el nombre de cada uno grabado en la tapa y el aviso de que no abusaran del material que duplicaban y una figura de piedra, en forma de dolmen, con hechizos de protección para la Madriguera.

En las soleadas tierras de Arabia Saudí el maestro Adel había encantado un árbol de Navidad con nieve y bajo él descansaban los regalos que habían llegado. Un emocionado Harry se sentó abriendo los paquetes que sus amigos le habían enviado: libros, montones de dulces, ropa y cartas con noticias de cómo estaban y que sucedía en Hogwarts. Su maestro le había dado el día libre y disfrutaba contagiándose de la alegría del chiquillo.

— Mi varita, Maestro, tengo mi varita — gritó al abrir una alargada caja de madera que le había enviado el director de Hogwarts.

Al empuñarla la magia recorrió su cuerpo, sintiendo un agradable calor llenándole y reconociéndose mutuamente.

— La he extrañado — murmuró acariciándola lentamente, impregnándose de la magia que exhalaba — y ella también me ha extrañado, lo puedo sentir.

— Claro chiquillo, sé que la has extrañado — dijo cariñosamente su Maestro, alborotándole el cabello —. Ya te dije que todo llegaba en el momento apropiado. Ahora abre nuestro regalo — dijo alargándole un pequeño paquete.

Harry abrió el regalo para encontrar un hermoso dije de un halcón de oro con dos pequeñas esmeraldas en los ojos.

Harry no podía articular palabra de la emoción y solo pude darles un caluroso abrazo a los dos.

— No te la quites nunca Harry — le dijo Rafiq cerrando la cadena a su cuello — Con ella estarás protegido y siempre podremos encontrarte. Lleva un potente hechizo localizador.

La espectacular comida que les preparó Rafiq fue la guinda de aquel memorable día.