Título del capítulo: Caza y captura
Prompt: #6 "Felicidad"
Género: Drama
Categoría: PG / T
Palabras: 1403
Yao llegó entonces a una simple conclusión: Iván no podía vivir sin poder controlarlo, y él mismo no podía separarse del ruso. En definitiva, estaba tan enfermo como él. E igual de perdido.
— Si quieres que las cosas entre los dos estén bien, debes cambiar —le dijo al oído, ya que no podía liberarse del intento de abrazo que el de ojos lila le había dado.
— No —contestó con simpleza—. Si cambio podría ser peor. ¡Y ya no me querrías! ¡Me abandonarías, lo sé! –comenzó a desesperarse.
— ¡Ni siquiera lo has intentado, aru! —lo regañó—. Si no lo intentas me iré, y si es para peor, ¡por lo menos sabré que trataste!
— ¡¿Entonces qué demonios ganaría yo, Yao?! —se separó del chino para mirarlo a los ojos, con los suyos ligeramente humedecidos—. ¡Ya estoy harto, harto, de ser abandonado una y otra vez por los que quiero! —lo sujetó de los hombros con fuerza—. Por ello, aunque tenga que atarte a mí con una cadena, ¡lo haré!
— ¡¿Pero qué clase de estupidez estás diciendo!? —se zafó de los brazos de Iván—. ¡No puedes tratar a la gente como si fuese de tu propiedad!
— No, ¡pero sí puedo controlarla! —amagó a tomar al pelinegro del brazo, pero éste, al ver en los ojos del ruso ojos toda la irracionalidad que el temor le había provocado, fue más rápido y comenzó a caminar hacia atrás, alejándose.
— Eso es lo que tú crees, aru —Iván le siguió los pasos—. ¡Pero esa es la misma razón por la cual todos te abandonan! —esas palabras parecieron surtir efecto en Rusia.
— ¡He sido así toda mi vida, por cientos, miles de años! ¡Es lo que más resultado me ha dado! —Yao chocó de espaldas contra una pared y comenzó a caminar de costado—. ¡No puedes pedirme que cambie de un día para el otro!
— ¡No soy idiota! —gritó indignado—. Anoche te dije que para que pudiese ser feliz contigo tú no deberías ser tú aru. Pero fuiste tú mismo quien pidió una oportunidad. ¿¡Acaso tan desesperado estabas como para decir cualquier cosa!? —por la cara del rubio, el chino supo que había dado en el clavo.
Reaccionando, Iván dio una zancada para atraparlo, pero hábilmente China logró esquivarlo para escapar de quien ahora tenía un gesto psicópata en el rostro. Sintió cómo su corazón empezaba a latir con fuerza, como si fuese a salírsele del pecho. Nunca antes el ruso le había causado tanto miedo como en ese momento. Continuó caminando, aumentando la velocidad con cada paso, para no poder ser alcanzado. No sabía qué podría hacerle si lo alcanzaba, ni tampoco quería saberlo.
Terminaron corriendo como nunca en sus vidas por toda la casa, uno con las lágrimas empezando a escapárseles de los ojos y arrojando casi cualquier cosa que encontraba en el camino del otro; quien torpemente esquivaba los objetos que caían a sus pies. En un descuido, cuando Yao casi chocó con un mueble bajo que se encontraba en la sala de estar, Iván logró capturarlo tomándolo de un brazo. Automáticamente el chino intentó obligarlo a que lo dejase ir golpeando el agarre del ruso, clavándole las uñas también, sin embargo no podía lograrlo mientras con la misma mano apartaba la del de bufanda. Tanto la situación como el estado mental de ambos se iban tensando, y, ¿cómo podría ser de otra manera cuando el pelinegro chillaba, ordenando entre insultos que lo soltase al mismo tiempo que Iván susurraba "eres mío, solo mío" al punto de parecer totalmente fuera de sus casillas?
Harto de esa pelea que no llevaba a ningún lado, Rusia tironeó del brazo que certeramente había sujetado para traer el cuerpo de China hacia el suyo. Éste, dejando escapar un último grito de terror, logró proporcionarle en el estómago un golpe propio de las artes marciales que tan bien dominaba para dejarlo sin aire.
Unos segundos después, el cuerpo inconciente de Iván yacía desplomado boca arriba sobre el piso. Yao, entretanto, se encontraba sentado en una esquina de la habitación, llorando sus últimas lágrimas y agarrándose la cabeza hasta que consiguió tranquilizarse.
El amante del vodka despertó unas horas después, cuando el cielo ya se había tornado negro, cosa que no notó porque todavía no había abierto los ojos. Le estaba dando más importancia al dolor de estómago. No sólo era dolor, también hambre. En el momento que recordó el puñetazo que Yao le había regalado se sentó en la cama que misteriosamente estaba ocupando y abrió los ojos de par en par. Dejó que un gemido de dolor se le escapase de los labios. Levantarse tan repentinamente no había sido una buena idea.
Luego de masajearse la barriga para que su malestar se aliviase, miró por primera vez a su alrededor: estaba en la habitación que compartía con el chino, su ropa estaba delicadamente doblada a los pies del futón y a su lado había una bandeja con bocadillos, a la que examinó extrañado. Había comida, pero quien seguramente la había preparado no estaba allí. Pensó entonces que lo más probable era que ni siquiera estuviese en esa casa, no obstante había desacertado.
Yao deslizó la puerta liviana tratando de hacer el menor ruido posible y aparentemente no se esperaba que el rubio ya estuviese despierto, por su cara de sutil sorpresa. Sin querer darle vueltas al asunto para evitarse algún que otro disgusto, Iván inquirió:
— ¿Qué haces aquí? —el otro hombre se quedó quieto en su lugar, mordiéndose el labio inferior. Los dos dejaron pasar un rato en silencio, hasta que el que yacía en el futón no lo aguantó más—. ¿Por qué decidiste ayudarme en vez de huir? Acabas de desperdiciar una gran oportunidad…
— No es que no haya pensado en hacerlo, aru… —apartó la vista de Rusia y se permitió ser honesto—. Pero simplemente no pude dejarte. No en ese estado, aru. No sintiéndome culpable por haberte lastimado.
— O eres muy tonto, o eres muy bueno, Yao —éste se acercó lentamente para arrodillarse a su lado mientras el justamente golpeado tomaba uno de los bocadillos que estaban a su lado—. Tu vida se ha vuelto un infierno y no puedes abandonar a quien tiene la culpa de ello —y por fin se llevó algo de comida a la boca.
— ¿Y qué hubieras hecho en mi lugar, aru? —dijo con voz suave. El otro contestó una vez que terminó de masticar.
— No puedes hacerme esa pregunta. No puedes preguntarle eso a alguien que no tiene ni la más mínima pista de cómo te sientes —se llevó una mano a la cara para restregársela. Estaba cansado. Quería que esto terminase de una vez. Para bien o para mal, ya le daba lo mismo.
— Yo… Yo creía que podrías ver algo en esto que acabo de hacerte —Iván no apartó las manos de su rostro, pero separó sus dedos para verlo con vagueza a través de éstos—. Esperaba que… pudieses ver que a pesar de todo lo que me has hecho, me importas y sigo cuidándote.
— Sé sincero, Yao —ordenó así sin más. El chino se rascó la nuca.
—Tienes razón. No entiendo por qué no me he ido, por qué te traje aquí, por qué te preparé algo de comer, por qué demonios si me asustas tanto estoy aquí a tu lado sentado —suspiró, dirigiendo el soplido hacía arriba, lo que hizo que los pocos cabellos que tenía sobre la frente temblasen ligeramente. Por un rato sólo se oyó el ruido del masticar de Rusia—. Dudo que encuentre la respuesta a eso. Por lo menos por ahora —levantó la mirada y la clavó en el techo—. Pero creo que lo único que podemos preguntarnos en este momento es… ¿Y ahora qué?
El otro hombre abrió la boca, no para contestar, sino para meterse otro trozo de fruta en ella. Sin embargo, luego de oír la última frase de China, no lo hizo y se apoyó el pedazo de comida en los labios. Después de recapacitar un poco supo que no llegaría a ninguna conclusión.
Sin previo aviso, una chispa se encendió en su mente. De una vez por todas, se metió en la boca el trozo de fruta que ya estaba tomando temperatura por haberlo tenido demasiado tiempo en la mano.
Entonces su mirada se encontró con la de su acompañante.
¿Seguiría la oportunidad todavía en pie?
N/A: Fiú, sí que tardé esta vez. El próximo capítulo será el último. ¡Voy a tratar de escribirlo lo más pronto posible!
