¿Hola?

Antes que nada, quiero disculparme. Sé que es una mierda cuando no se actualizan las historias y odio cuando pasa eso, pero más odio atrasarme yo. Mi explicación no es muy original, a decir verdad; sucedió que, como comenté en el cap anterior, empecé las clases nuevamente y me está costando horrores habituarme a la rutina de la escuela. Es una tortura, porque, además, mis profesores no son ni cortos ni perezosos y no tardaron nada en mandar tareas a raudales, así que estuve ocupada entre una cosa y otra.

Por si fuera poco, este capítulo se me resistía con todas sus fuerzas. Nunca me costó tanto escribir un capítulo.

De nuevo, lo siento muchísimo. No era mi intención tardar y les pido disculpas. En fin, espero que el capítulo compense la espera, aunque no estoy muy segura de él. Ya qué.

Disclaimer: todo lo que reconozcan es de J.K. Rowling; el resto es mío.


Make You Feel Better.

Capítulo 6. Dos horas, un segundo.

Comenzó a desesperarse cuando se dio cuenta que la oscuridad no era producto de sus ojos cerrados, sino que estaba en una habitación completamente a oscuras. Estaba sentado e intentó incorporarse, pero no llegó muy lejos, porque un dolor lacerante lo atravesó desde las muñecas y tobillos hasta el último término nervioso de su cuerpo. Jadeó de dolor.

Aterrado, se dio cuenta de que estaba encadenado a una fría pared de piedra. Inspiró con fuerza para calmarse, pero no lo consiguió. Su corazón latía de forma tan acelerada y su respiración era tan irregular que temió que le diera un ataque allí mismo.

De pronto, cayó en la cuenta de que sus muñecas y tobillos sangraban, y se sobresaltó cuando un murciélago entró por una ventanilla diminuta, gorjeando escalofriantemente, poniéndole los pelos de punta. Justo cuando pensaba que nada podría empeorar la situación, apareció él nuevamente, alto e imponente como un rey ante su sumisa corte. El horror lo golpeó, lo penetró de tal forma que gritó.

Lucius sonrió con desdén y el desprecio de su abuelo fue tan doloroso para Scorpius que cerró los ojos y bajó la cabeza, abatido.

- Eres una decepción para la familia, Scorpius –le espetó fríamente Lucius, y su nieto deseó que le gritara, porque su frialdad era peor que un puñetazo en el estómago-. ¿Cómo puedes hacerle esto a tu padre? Con lo que le costó superar la guerra, tú decides involucrarte con ellos conscientemente… ¿Es esto una venganza contra tus padres, niño? ¿No has tenido una buena infancia?

- No es eso… -la voz de Scorpius era muy débil e indefensa en comparación con la de su abuelo.

- Entonces, ¿por qué les haces esto, muchacho desagradecido? –escupió con desprecio Lucius-. ¿Por qué deshonras de esta manera a tus padres, a mí…?

- Yo no…

- Eres un traidor, Scorpius –condenó Lucius, y el odio que su abuelo inyectó en aquellas palabras fue peor que una sentencia a muerte-. ¡Un traidor! ¡¿No te das cuenta de lo que haces…? Terminarás como ese despreciable e idiota de Sirius Black…

Scorpius levantó la cabeza y sus ojos relucieron débilmente cuando sintió unos pasos bajar apresuradamente por la escalera que llevaba a aquella estancia. Merlín, ¿dónde mierda estaría?

Narcissa apareció de pronto en la lúgubre habitación, pálida como un muerto y enfadada como una banshee.

- Lucius, deja de atormentar a Scorpius –jadeó con furia-. ¡Y no menciones a mi primo! Sabes perfectamente que…

- Sólo sé que este chico –señaló con desprecio a su nieto- es como es gracias a los genes de tu primo. Ambos traidores a la sangre. Sirius y Scorpius han traicionado a la familia, Scorpius ha deshornado a sus padres… ¡Y a nosotros también, ¿cómo puedes estar tan pasiva? –estalló.

Las mejillas de Narcissa se encendieron con furia.

- ¡Él no ha deshonrado a nadie! –gritó-. ¡Scorpius es un buen muchacho, no ha hecho nada malo!

Scorpius cayó en ese momento en un estado de semiinconsciencia, pues los siguientes minutos transcurrieron como un borrón. Sólo sabía que su abuelo lo odiaba y que su abuela lo defendía, lo que se traducía en que él había provocado una discusión entre sus abuelos. El sonido de una bofetada lo devolvió abruptamente a la realidad.

Miró con horror la mano levantada de Lucius, el rostro de Narcissa girado a un lado, y sintió la furia correr por sus venas como si fuera una enfermedad mortal. Intentó ponerse en pie, pero las cadenas lo retuvieron y el metal oxidado se hundió en su piel de forma muy dolorosa. Las lágrimas se le saltaron.

- ¡Scorpius! –la voz horrorizada de su madre consiguió que levantara la cabeza y la observara.

Los siguientes minutos fueron una tortura digna de la Inquisición. Draco, en algún momento que él no supo precisar, había aparecido y la discusión más violenta que Scorpius hubiera presenciado jamás se desató delante de sus ojos. No tenía en claro quién peleaba con quién, ni de qué lado estaba su padre o su madre, sólo sabía que toda su familia estaba discutiendo por su maldita culpa y que deseaba que todo parara.

- Merlín, deténganse –susurró, pero, entre los chillidos del murciélago y los gritos de sus padres y abuelos, su suplicante murmullo se perdió.

El corazón de Scorpius se retorcía de manera dolorosa, mientras él se hundía más y más en el remordimiento y la culpa. Pero todo, absolutamente todo, fue peor cuando escuchó unos sollozos que consiguieron que su corazón se partiera.

Giró la cabeza con brusquedad y vio a Lyra llorando con desconsuelo. Sus hipidos y sollozos convulsionaban su pequeño cuerpecito mientras miraba a sus padres discutir a través de un millón de lágrimas que se desbordaban de sus ojos azules. Entonces Lyra también lo vio, y su llanto se incrementó al ver a su hermano encadenado. Se la veía tan sola y tan triste allí, que Scorpius hizo el ademán de incorporarse, pero se mareó por el dolor que le produjeron las cadenas clavándose en su carne y su sangre escurriéndose por el brazo.

Entonces, despertó con un sobresalto. Sudaba y su corazón latía aceleradamente. El sentimiento de horror, culpa y miedo fue tal, que no pudo volver a conciliar el sueño.

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Ese lunes, Albus estaba acostado en un sofá de la Sala Común de Gryffindor, esperando a Rose para desayunar y luego ir pitando hacia la clase de Encantamientos. Se estaba muriendo de frío y sueño, pero no iba a plantar a Rose. Estaba a punto de volver a dormirse cuando alguien lo zarandeó, sobresaltándolo de tal manera que el corazón casi le salta del pecho.

Miró a Rose, que le sonreía en forma de disculpa.

- Lo siento, ¿te desperté? –preguntó, ayudándolo a incorporarse.

- Algo así, no importa –respondió el muchacho, haciendo un gesto vago.

Se puso en pie y se pasó una mano por el rostro, cansado. Odiaba despertarse temprano con todas sus fuerzas. Apartó el rostro de sus manos y, cuando sus ojos se encontraron con los de Rose, se sorprendió, pero no dejó que se entreviera en su expresión. Las irises azules de su prima parecían más despejadas allí donde antes parecía haber un velo que los cubría desde el intento de violación, como si se hubiera encerrado en sí misma luego de aquello. Se preguntó qué habría pasado para que Rose mostrara signos de mejoría y se alegró sinceramente por ella.

Ambos salieron de la Sala Común rumbo al Gran Salón y Albus decidió que comentar algo sobre el aspecto un poco más saludable de Rose no sería malo.

- Tienes mejor semblante que ayer –comentó con tono casual, preguntándose interiormente si había actuado discretamente.

- Me siento un poco mejor –respondió ella, utilizando el mismo tono de voz que su primo.

Albus no pudo reprimir una sonrisa.

- Vaya, me alegro –dijo el muchacho de cabello negro. Siguieron caminando durante un rato, hasta que Albus recordó algo-. Oye, ¿sabes que dentro de dos semanas nuestros padres irán a la ceremonia en memoria de Andrómeda, verdad?

Rose asintió. A pesar de todo lo que estaba atravesando durante ese mes, no se había olvidado de la ceremonia en conmemoración de su querida tía abuela Andrómeda, muerta desde hacía aproximadamente un año.

- Claro que lo recuerdo. No he estado tan perdida, ¿sabes? –replicó ella.

Decir que Albus experimentó un jubiloso alivio al notar que su prima sacaba a relucir su vivo carácter sería quedarse corto.

- Pues no lo parecía. Pero me alegra que ya estés mejor –dijo, dedicándole una ancha sonrisa a Rose, quien se la devolvió pero de forma mucho más moderada.

De hecho, ella misma se sentía feliz y aliviada de haber salido de su propio mundo; quizá lo más curioso es que se había abierto ante Scorpius Malfoy, con el que no había hablado demasiado y al que, sin embargo, le debía muchísimo. Recordó que, cuando había hablado con Scorpius el día anterior, ya no se sintió frágil y vulnerable como un bebé sin padres que la protegieran, sino amparada y segura. Había sido eso (o por lo menos eso creía ella) lo que había conseguido que el velo transparente desde el cual últimamente miraba el mundo se elevara de sus ojos como si fuera una cortina. Scorpius no sólo la había salvado de una violación, sino que estaba consiguiendo que se sintiera mucho mejor y la había sacado de su encierro mental.

Sin embargo, tampoco es como si, de pronto y por obra divina, volviera a ser la chica bromista de antes. Sí, había mejorado, pero seguía sin superar del todo el tema del intento de violación, aunque lo hacía poco a poco. Además, estaba el inquietante y curioso hecho de que, ahora, sin Scorpius a su lado rodeándola con sus fuertes brazos, se sentía más desprotegida que el día anterior.

De pronto recordó, con una oleada de calor en sus orejas, el beso en la mejilla que le había dado espontáneamente a Scorpius. Recordaba haber sentido el impulso de agradecerle de alguna forma todo lo que estaba haciendo por ella y no había tenido mejor idea que besarlo en la mejilla. Ahora que lo pensaba, ¿cómo demonios se le había ocurrido hacer aquello? Era obvio que Scorpius era la clase de chicos a los que no les gustaba especialmente el contacto físico y, además, eran únicamente compañeros de curso. Dejando de lado el hecho de que él la había salvado, claro.

Pero no se arrepintió. Durante el efímero pero glorioso segundo en el que sus labios tocaron la piel de él, se había sentido en el paraíso.

Todavía rumiaba aquel recuerdo cuando llegaron al Gran Salón y se sentaron en la mesa de Gryffindor. Poco rato después de que empezaran a desayunar, apareció Mia Hewitt, la mejor amiga de Rose, que no tardó nada en sentarse a su lado. Casi inmediatamente, un incómodo silencio se instaló entre los tres. Sucedía que para todo el colegio era agua pasada que Mia estaba enamoradísima de Albus, pero para el muchacho ella no era más que una amiga. Rose no entendía por qué su mejor amiga se torturaba de esa manera al obligarse a ver a Albus todos los días, sentándose con ella y su primo todas las mañanas para desayunar. Era el único momento que compartían ambos.

- ¡Hola! –dijo una voz de pronto.

Rose giró la cabeza y vio a James sentándose al lado de Albus y sirviéndose con evidente entusiasmo unos trozos de tocino. Comenzó a relatarles una divertida anécdota sobre el día anterior, a la que Rose poca atención le prestó, porque, justo en el instante en el que James comenzaba a hablar, vio entrar por la puerta a Sebastian Blishwick.

Y todo el mundo sabía que, cuando Sebastian aparecía, Scorpius Malfoy no tardaba en hacer acto de presencia.

Se descubrió a sí misma observando a ambos amigos entrar al Gran Salón. Se concentró en el muchacho rubio y casi sonrió al verlo con un rostro que evidenciaba que aún no se despedía de su almohada. Scorpius lucía un semblante tan adormilado y distraído que Sebastian, aguantando las carcajadas, tuvo que apartarlo del camino de un grupito de niñas de segundo de Slytherin. El joven Malfoy se sentó de espaldas a la mesa de Gryffindor y su mejor amigo frente a él.

Pese a su sorpresa, se sintió un poco mejor con sólo verlo y sonrió verdaderamente por primera vez en un mes y medio. Sus acompañantes la miraron con alegre sorpresa, pero, obviamente, confundieron el motivo de su sonrisa, pensando que se reía de la anécdota de James.

En ese momento llegaron las cartas y su primo mayor dejó de comer y hablar para mirar las lechuzas. Sólo una le entregó una carta, la cual era de sus padres, y se mostró un poco decepcionado. Rose también recibió una carta de sus padres, en la cual le profesaban toda su preocupación sobre su estado de ánimo.

Scorpius, por su parte, también recibió una carta de Maria. Casi se enfadó cuando la leyó. ¿Qué le importaba a ella Rose Weasley? Y ¿qué demonios le hacía pensar que él podía llegar a tener noticias sobre ella? Y las tenía, claro, pero lo que le irritaba era que su prima lo sugiriera.

- ¿Y esa cara? –preguntó Sebastian al ver la expresión de enfado en el rostro de su mejor amigo.

Él apretó los dientes.

- Maria –dijo entre dientes, como toda explicación.

Por supuesto, Sebastian no entendió nada, porque Scorpius y su prima solían llevarse bien. Levantó una ceja. Algo estaba pasando y no estaba enterado de ello.

- Entonces, ¿qué sucede?

- Nada –refunfuñó Scorpius-. Sólo es Maria.

- Pues precisamente por eso te pregunto –se obstinó el muchacho de pelo negro-. Muy pocas veces te pones de ese humor por Maria. En realidad, tú casi nunca te enfadas.

- ¿Es eso un insulto? –gruñó el joven Malfoy.

Sebastian lo miró asombrado.

- No, era un comentario. ¿Por qué te pones así? –inquirió con desconcierto-. Ayer estabas de muy buen humor, no sé si lo recuerdas…

- Ayer fue ayer, hoy es hoy –recitó el rubio con el ceño fruncido.

Su mejor amigo no salía de su asombro.

- Oh, vamos, ¿qué te ocurre? Jamás te había visto así. ¿Qué mierda te ha dicho Maria? –insistió e hizo el amago de inclinarse sobre la mesa para tomar la carta de la muchacha.

Scorpius se apartó. Estaba de mal humor y confundido, y no necesitaba al joven Blishwick para empeorarlo.

- No es sólo Maria, ¿de acuerdo? –dijo entre dientes-. Es que…no he dormido bien. Sólo es eso.

Sin embargo, la pobre excusa de un mal sueño pareció convencer tanto a Sebastian como al señor Malfoy en su ocasión, porque el muchacho lo miró con desconfianza en sus ojos negros.

- Por Merlín, ¿crees que soy estúpido? Ayer caíste rendido en tu cama apenas subimos al dormitorio. Y por la noche llegaste sonriendo y no se te quitaba la sonrisa de la cara. Me extraña que pretendas que crea en esa mentira de que has dormido mal.

Se miraron fijamente a los ojos. Por debajo de la irritación, Sebastian pudo leer la confusión y la lucha interna en los ojos de Scorpius. Sí, definitivamente allí pasaba algo que perturbaba a su amigo de una manera que no llegaba a comprender. Se le cruzó por la cabeza una idea, una locura, porque conocía a Scorpius y dudaba que él pudiera llegar a hacer algo que iba contra sus principios.

Honrarás a tus padres, dice el cuarto mandamiento de la Ley de Dios. Eso estaba tan grabado a fuego en la mente de Scorpius que nadie se atrevía a dudar de que no lo cumpliera. No es que fuera religioso, en realidad era un completo ignorante de ello, pero su abuela una vez le habló sobre ese mandamiento. Y hubo una época en la que las palabras de su abuela eran sagradas.

Por eso, la idea que se le acababa de cruzar por la cabeza a Sebastian era tan disparatada como que los cerdos vuelen. Por tal, eliminó aquel pensamiento un instante después de haberlo pensado. Era completamente absurdo.

Pero entonces, ¿a qué se debía el mal humor de Scorpius? ¿Verdaderamente había dormido mal? Lo dudaba, él mismo había visto a su mejor amigo dormirse incluso antes de que su cabeza tocara la almohada.

No tuvo tiempo de seguir interrogándolo, porque en ese momento dieron las nueve y el joven Malfoy no tardó en ponerse en pie. Con un suspiro, Sebastian lo imitó. Durante el resto del día no dejó de observarlo atentamente, y no se molestó en ocultarlo. Descubrió, no sin cierta sorpresa, que Scorpius tenía ojeras y lucía cansado. Estuvo todo el día meditabundo y distraído, completamente perdido en sus pensamientos. Su mejor amigo estaba igual a como había estado antes de las vacaciones de Navidad, y eso le preocupó.

Por eso, cuando llegó la hora de ir al entrenamiento de Quidditch, se sintió reticente a dejarlo en la Sala Común.

- ¿No necesitas compañía? –inquirió cuando tuvo que irse.

Scorpius, que contemplaba distraídamente por la ventana, lo miró con sorpresa.

- ¿Por qué lo dices?

- Bueno… es que no luces muy bien –contestó.

El muchacho rubio suspiró. Ya no parecía irritado o enfadado, sino simplemente cansado. Sebastian hubiera preferido que estuviera colérico, porque verlo así de fatigado era peor que cualquier otra cosa.

- Sólo estoy un poco cansado. En serio, estoy bien. No voy a morir si te vas por dos horas –dijo.

El joven Blishwick compuso una sonrisa sarcástica.

- Oh, vamos, Scorpius, sabes que no puedes vivir sin mí.

La broma logró su cometido: Scorpius sonrió. Levemente, como siempre, pero sonrió, al fin y al cabo.

- Me descubriste –dijo con ironía.

Ambos sonrieron.

- Entonces, ¿estarás bien? –volvió sobre el tema Sebastian.

Scorpius puso los ojos en blanco.

- Que sí, Sebastian, que sí. Pareces mi madre –resopló.

Blishwick sonrió y no dijo nada. No es que pensara que a Scorpius le pudiera pasar algo malo si no estaba a su lado, pero tenía un aspecto tan… extraño. No encontraba otra palabra para definirlo. Lucía cansado, como si hubiera estado librando una batalla interna durante todo el día y todavía no hubiera un bando vencedor. Estaba preocupado de que, durante esas dos horas lejos de él, le ocurriera algo que lo cambiara.

Pero, ¿cuántas cosas pueden pasar en dos horas?, reflexionó Sebastian. Además, ya está grandecito, puede cuidar de sí mismo. Aquí no pasará nada, concluyó. Casi se rió de su preocupación.

Lo que Sebastian no sabía era que podían pasar muchas cosas en dos simples horas. En realidad, el mundo de alguien se puede dar vuelta en menos de dos horas. Sólo se necesita un segundo.

.

.

Scorpius se frotó la sien. Le estaba empezando a doler la cabeza por los jodidos deberes de Aritmancia. Pensó en dejar la asignatura, pero luego recordó a su padre y lo que había sucedido el día anterior, y se le ocurrió que seguir con Aritmancia era una absurda manera de compensar el hecho de que hubiera consolado a Rose Weasley.

Luego de haberla consolado, ni siquiera recordaba a sus padres. Estaba demasiado ocupado pensando en la calidez que sintió cuando ella le besó la mejilla y en lo inusitadamente feliz que se había sentido al verla en mejor estado. Que fuera gracias a él era algo casi insignificante, le bastaba con que ella presentara signos de mejoría. Se había sentido tan contento que no había dejado de sonreír como un tremendo idiota. Y se había ido a dormir con la misma sonrisa imperceptible, feliz de que Rose estuviera un poquito mejor.

Pero luego llegó aquella horrible pesadilla para atormentarlo.

Su familia entera se había peleado por su estúpida culpa y su hermanita había llorado. No le importaba que fuera un sueño, porque estaba lo suficientemente impresionado para no volver a acercarse a cualquier Weasley en su vida. Tal vez por eso, y por su falta de sueño, se había irritado tanto con la carta de Maria. Sí, había sucedido algo con Weasley, pero no iba a volver a suceder. Jamás.

Sebastian, al principio, no había sido de mucha ayuda al insistirle tanto con saber qué le sucedía, pero luego se sintió agradecido de que su amigo se preocupara por él, hasta el punto de insinuarle que podía faltar al entrenamiento de Quidditch para hacerle compañía. Sin embargo, él se había ido a entrenar y Scorpius fue a la biblioteca con la inútil esperanza de que una luz se prendiera en su cerebro y se convirtiera repentinamente en un erudito de la Aritmancia.

Y estaba completamente dispuesto a que ningún Weasley (o Potter, en su defecto) viniera a joderle la vida.

Claro que las cosas nunca salen como uno quiere.

- Hola, Malfoy –lo saludó la alegre voz de Albus Potter.

Scorpius levantó la vista en el exacto momento en que el muchacho se sentaba frente a él en la mesa. Pero, ¿qué mierda le pasa a Potter?, pensó Scorpius con irritación. ¡No me deja en paz ni a sol ni a sombra! ¿Es que no se da cuenta que no quiero tener nada que ver con su condenada familia?

No se molestó en contestar, pero eso no desanimó a Albus.

- ¿Qué haces? –curioseó, inclinándose para ver qué libros eran. Scorpius señaló con un gesto vago sus cosas de Aritmancia-. Ah, vaya, Aritmancia. Veo que no la has dejado –Albus sonrió.

Al rubio no le costó mucho recordar aquella lejana conversación, pero le asombraba que el otro también se acordara de aquello.

Pero, como estaba decidido a que Albus se largara de su vista lo más pronto posible, se limitó a encogerse de hombros. El muchacho pareció darse cuenta de sus intenciones, pero, cuando al joven Potter se le metía algo entre ceja y ceja, era imposible hacerlo desistir. Y en esos momentos estaba empecinado en ser amigo de Scorpius Malfoy.

- Oh, vamos, no entiendo por qué no quieres ser mi amigo –soltó Albus en tono amistoso.

Scorpius casi sonrió. Si supiera…

Se sentó mejor, cruzando los brazos, y lo miró directamente.

- Y tú, ¿por qué quieres serlo? –devolvió-. Apenas hemos cruzado cien palabras en nuestras vidas.

Albus se quedó pensativo durante unos instantes.

- Verás, Rose es mi prima favorita. Desde pequeños hemos sido muy unidos y siempre hemos sido los mejores amigos. Tú la has salvado de una violación y no quieres que nadie te agradezca. La única manera que se me ocurre de compensarte por lo que has hecho es siendo tu amigo –explicó.

Scorpius no se molestó demasiado en mostrar su sorpresa. Realmente no se esperaba esa respuesta, aunque, si era sincero, nunca se había puesto a analizar los motivos por los cuales se movía Albus.

- No hace falta que me agradezcas en modo alguno –respondió con serenidad.

- Ya, eso piensas tú, pero yo me siento en deuda contigo. Yo, Rose y toda la familia –dijo el muchacho de pelo negro con convicción.

- Mira, de verdad, no es necesario que hagas todo esto –dijo Scorpius-. Incluso acepto tus agradecimientos, si eso te hace sentir mejor –añadió a último momento.

Albus sonrió levemente.

- ¿Crees que voy a dejar el tema así? –inquirió-. Scorpius Malfoy, te guste o no, voy a ser tu amigo. Y voy a empezar ahora.

- ¿Es eso una amenaza? –se burló Scorpius.

- No, ya te lo dije. Es una forma de agradecerte que hayas salvado a Rose –respondió Potter.

El joven Malfoy decidió no discutir. Tenía un plan para hacer desistir a Albus, y éste consistía en ignorarlo hasta que se cansara. Nadie podía ser tan insistente como para hacer caso omiso de la aplastante indiferencia de Scorpius Malfoy.

Pero no toda va según lo planeado, y eso quedó demostrado para Scorpius por segunda vez en el día…

- Oh, mira –dijo alegremente Albus-. Ahí está Rose. –informó, e hizo una seña hacia una persona a espaldas de Scorpius.

…y es que Scorpius no podía ser indiferente con Rose Weasley. No necesitó más de un segundo para darse cuenta, cuando se giró para verla acercarse tímidamente hasta su mesa de estudio.

- Hola –saludó la muchacha.

- Siéntate, Rose –Albus indicó una silla junto a él.

La muchacha miró dubitativa a Scorpius, que no había dejado de mirarla desde que se había acercado a ellos, pero no había expresión alguna en su rostro; simplemente la observaba.

El joven Malfoy asintió, como dando su consentimiento, y Rose se sentó. Un silencio incómodo se impuso entre los tres y Scorpius, contrario a sus costumbres, no lo disfrutó. Pensó en su horrible pesadilla y consideró echarlos, pero no pudo. Hubiera espantado a Albus, pero no podía con Rose. Sencillamente le era imposible.

Por hacer algo, miró con desánimo sus libros de Aritmancia, pensando que todo era una jodida mierda. Rose captó sus movimientos y se inclinó para ver qué observaba.

- Vaya, ¿estudias Aritmancia? –preguntó asombrada. Scorpius la miró y asintió-. Yo también –sonrió-. No sabía que tú también.

El rubio se encogió de hombros.

- No me extraña. Toda mi vida he compartido estas clases con los de Ravenclaw –comentó.

- ¿Y te gusta? –preguntó Rose.

Scorpius esbozó una leve sonrisa.

- No, en absoluto. De hecho, se me da fatal Aritmancia –contestó.

- ¿En serio? –se extrañó ella-. Qué raro, en Pociones eres muy bueno –comentó, haciendo referencia a las clases impartidas por la profesora Rusself, en las que el rubio destacaba notablemente-. Pensé que te iba igual de bien en el resto de las materias…

- Sólo Aritmancia se me resiste –dijo él.

- ¿Quieres que te ayude? –se ofreció Rose.

- ¿Eres buena?

- Podría decirse que sí.

Albus observaba el intercambio de palabras en silencio, sorprendido de que su prima consiguiera sacarle más de dos palabras secas a Scorpius y, asimismo, de que el joven Malfoy hubiera logrado que Rose no se mostrara tan alicaída. Era extraño y sorprendente, como si lo que necesitara uno lo tuviera el otro.

Scorpius podía afirmar que, durante aquella hora, aprendió con Rose más que con la profesora Serwin. No es que de pronto fuera un genio, pero pudo comprender y terminar de forma decente los cálculos de Aritmancia.

Luego, la conversación derivó en los profesores, y Albus sí participó en aquella charla. Scorpius tenía la sensación de que nunca había hablado tanto con alguien que no estuviera en su círculo de afectos y Rose pensó, extrañada, que la cercanía de Scorpius obraba maravillas en ella. Dejaba de sentirse frágil y asustada para poder erguir la cabeza con más fuerza.

Sebastian, cuando volvió de su entrenamiento, fue directo hacia la biblioteca, sabiendo que su mejor amigo estaría allí. Se quedó de piedra cuando, a unos metros de él, vio a Scorpius reír brevemente junto a Albus Potter y Rose Weasley.

Por algún motivo, la escena le causó gracia y casi se carcajeó. Se apoyó en una estantería para verlos bien, divertido y extrañamente contento. A veces, aunque no lo pareciera, Scorpius podía ser una caja de sorpresas.

Finalmente, decidió acercarse.

- Pero miren a quiénes tenemos aquí –comentó con desfachatez, dejándose caer en la silla al lado de la de Scorpius.

Rose y Albus se sobresaltaron y miraron al joven con cierta sorpresa. Scorpius lo miró fijamente y su mejor amigo le regaló su más amplia sonrisa. La diversión brillaba en sus ojos negros.

- Hola –saludó alegremente Sebastian a los primos Weasley-. Sebastian Blishwick.

Luego de las presentaciones, los cuatro se quedaron en silencio. Scorpius quería irse de allí pitando y llevarse con él a su mejor amigo, Albus se veía entusiasmado y abierto ante la perspectiva de hacer nuevos amigos, Rose lucía un poco incómoda, y Sebastian sonreía ampliamente.

Finalmente, el silencio se prolongó tanto que hasta el joven Malfoy se sintió tentado de romperlo.

- Y… ¿qué tal el entrenamiento? –preguntó a su mejor amigo.

Éste sonrió mientras se sacaba una ramita del pelo despeinado a causa del viento.

- Oh, genial. Lo único malo fue que el estúpido de Yaxley le dio con el bate a la snitch –comentó con despreocupación-. Y yo, como buen capitán que soy, lo mandé a la mierda.

Scorpius puso los ojos en blanco. Había ido a suficientes entrenamientos de Sebastian como para saber que esos comentarios eran falsos.

- Sí, claro –replicó con sarcasmo-. Sebastian, lo que tu madre tiene de severa, tú lo tienes de benigno.

El joven Blishwick se puso una mano en el pecho, fingiendo emoción.

- Oh, Scorpius, es lo más dulce que me has dicho en tu vida –dijo, con una voz falsa de lloriqueante de emoción. Luego sonrió de tal manera que nadie hubiera dicho que hace menos de un segundo había hablado con tanta dulzura-. De todos modos, dejé a Yaxley corriendo por el campo de Quidditch en compañía de Warrington.

Las comisuras de los labios de Scorpius se arquearon hacia arriba.

- En calidad de supervisor, me imagino –dijo con despreocupación.

Sebastian sonrió ampliamente.

- Por supuesto –rió.

Warrington era un muchacho alto, sumamente musculoso y ancho de espaldas. Era tan amenazador que haría que hasta el más orgulloso Slytherin llorara pidiendo a su madre.

Scorpius, Rose y Albus también rieron.

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.

Luego de la cena, Scorpius y Sebastian fueron directamente hacia la Sala Común, pero no se entretuvieron mucho allí y, antes de que quisieran darse cuenta, ambos estaban tumbados en sus propias camas. No hablaban, y el silencio que reinaba era pensativo.

Sebastian Blishwick podía jactarse de ser una de la persona que mejor conocían a Scorpius Malfoy. Sabía leer las emociones escondidas tras su máscara de indiferencia a la perfección, que el muchacho solía llevar cuando estaba en presencia de gente que no perteneciera a su círculo de afectos. Cuando estaba a solas con Sebastian, sin embargo, se quitaba aquella máscara de reserva y dejaba que sus sentimientos se pintaran con total libertad en su rostro.

Pero, aun así, muy pocas veces mostraba tal apariencia absorta, como si debatiera tranquilamente qué hacer.

Sebastian lo comprendía. Esa tarde había sido una de las más divertidas, no sólo para él mismo, sino también para Scorpius. La habían pasado bien, había sido una tarde muy agradable, como si los cuatro fueran amigos. Y, Merlín, cómo carcomía eso la consciencia de Scorpius.

- Hemos pasado una buena tarde, ¿eh? –dijo Sebastian.

Scorpius lanzó un suspiro resignado.

- Sí, es verdad –contestó.

- Y Rose Weasley parecía más contenta que de costumbre –continuó el muchacho de cabello negro.

- Eso también es verdad –concedió Scorpius.

- Y Potter es simpático.

- Sí.

- Y tú quieres tirarte por la ventana.

- No, porque no iría a ninguna parte. Estamos en las mazmorras –dijo con voz petulante.

Sebastian bufó.

- Sabes lo que quiero decir.

- Sí, pero todavía no tengo pensamientos suicidas –replicó.

El joven Blishwick decidió pasar aquel comentario por alto.

- Bueno, todavía no somos amigos suyos, así que no hay motivo de preocupación –concluyó.

Scorpius hizo un ruidito de incredulidad.

- ¿Todavía? –cuestionó con sarcasmo-. Olvídalo, no pienso amistar con esos dos en mi vida. Jamás, ¿me oyes? Jamás.

Su mejor amigo se giró para mirarlo con una mezcla de sorpresa, inquietud y diversión.

- Bueno, tampoco te pongas así –repuso con tranquilidad-. Pero no puedes negar que Rose Weasley lucía más recuperada.

- ¿Y eso qué viene a cuento? –preguntó Scorpius.

- Creo que es gracias a ti.

El silencio que siguió a esas palabras fue tan aplastante que Sebastian pensó que morirían ahogados bajo su peso. Escrutó el rostro de su amigo, pero éste había vuelto a colocarse su máscara de indiferencia, para que Sebastian no se diera cuenta que sus palabras le habían calado hondo.

Scorpius quería ayudar a que Rose superara el intento de violación. Se había dado cuenta de ello tras las palabras pronunciadas por Sebastian, pero era algo que siempre había estado allí, aunque no se diera cuenta. Por algún motivo la consolaba y abrazaba, se preocupaba por ella, y ese motivo era que deseaba ayudarla. Quería que ella consiguiera sonreír y olvidara aquel incidente horrible.

Él tenía en alto concepto las opiniones de su mejor amigo y reflexionó con calma y cautela sobre sus palabras. En realidad, lo que había dicho tenía sentido. Rose y él apenas eran conocidos, de acuerdo, pero él la había salvado. Había sido un punto de luz entre tanto horror y desesperación mientras aquel desgraciado comenzaba a violarla. Cabía la posibilidad de que ella se sintiera más reconfortada en su presencia.

Entonces, recordó las palabras de otra persona cuya opinión Scorpius tenía en cuenta. Su padre le había dicho que no quería que se mezclara con los Weasley y los Potter. Sin embargo, Scorpius decidió que aquello era una buena causa. Iba a ayudar a una persona a superar un hecho traumático, no tenía nada de malo.

Decidió que ayudaría a Rose Weasley y, cuando ella ya estuviera repuesta y feliz, se desentendería completamente del asunto y nunca más volvería a cruzar una sola palabra con ellos. Su padre no tenía por qué enterarse.

Scorpius sonrió misteriosamente y Sebastian no se equivocó al pensar que se avecinaba un cambio en su vida.


Entonces... ¿el cap compensó la demora? Espero que sí, como también espero que les haya gustado.

Por cierto, siento haber matado a Andrómeda. Al principio no pensaba hacerlo, pero luego me di cuenta que, si no lo hacía, más adelante iba a haber un gran, gigantesco, abismal, fallo en la historia, y no me quedó de otra.

Como siempre, mi especial agradecimiento a MusicBlack95, myflights, beautifly92, RoseBlack-Malfoy, Reipersecutoria, saritadinamita19, lolilla, anakaulitz, vivian, y affy bp por dejar sus reviews, que me encantan. También agradezco a las personas que agregaron la historia (o a mí) a favoritos o alertas. Y también a los que sólo leen.

Y me disculpo de nuevo por la tardanza. Espero que no se vuelva a repetir, pero no les prometo nada. Claro que me esforzaré para traerles un capítulo nuevo el viernes, pero es posible que tarde más en subir, ya que he empezado la maldita escuela.

A ver, creo que no hay nada más para decir... No, no lo hay.

Un beso, Keiian.