¡Hola queridos Terrafofans!

Volviendo al calendario normal aquí estamos un miércoles más con una nueva entrega del nuestro AU. En esta ocasión cambiamos de nuevo de tercio y durante una serie de capítulos vamos a dejar un poquito de lado a Akari para así poder ir centrándonos en el resto de personajes y que desarrollándolos poco a poco. Seguirá saliendo, evidentemente, pero durante las próximas semanas no se enfocarán los capítulos desde su punto de vista.

Hoy os dejamos entonces con nuestro querido y amado Keiji, ambas autoras admiramos y queremos mucho a este personaje, y está entre nuestros favoritos, de hecho probablemente sea uno de los personajes a los que mejor tratamos XDD

- Título: Siempre deja el postre
- Autora: Karuite
- Palabras: 2902
- Personajes: Keiji, Shokichi

Esperemos que os guste, y como siempre ¡muchas gracia por leernos! Cada vez tenemos más visita y estamos muy ilusionadas. Actualmente estamos escribiendo los capítulos 36 y 37, así que os queda mucho por ver, pero si aún así hay algo en concreto que os gustaría ver sobre algún personaje, alguna pareja o lo que sea ¡no dudéis en pedirlo! si nos cuadra y no lo hemos incluido ya podríamos encajarlo en capítulos futuros. Y que conste que no es por falta de ideas, porque tenemos de momento planes para otros 40 y pico capítulos además de los 37 que ya llevamos hechos, y sí, va en serio. En algún momento pondremos en el "ANTES DE LEER" un calendario con los meses en los que se desarrolla cada uno, hay algunos meses como diciembre (aún queda mucho para que empezamos a publicar algo de ese mes) para los que tenemos planeados 20 capítulos. Sí, estamos mal de la cabeza.

Para más información al respecto podéis consultar nuestro tumblr: cockroacheswetdreams

¡Que no os coman las cucarachas!


Siempre Deja el Postre

El aire fresco de la madrugada acarició su rostro como cada día. Una vez más, como cada mañana contemplaba las mismas calles aún iluminadas por las farolas mientras salía a correr. Cada día sin importar el tiempo salía a hacer su ruta. Salir a correr, gimnasio, competir y repetir. Mañana tras mañana. Incansable. Quizá para otros resultase una vida monótona y aburrida, pero este estilo de vida sencillo es todo lo que el campeón mundial de boxeo en peso pluma necesitaba. Con una sonrisa amable saludaba con un gesto a los habituales que se encontraba a su paso. Gente paseando sus mascotas, barrenderos y algún que otro corredor. La gente de todos los días.

Keiji encontraba el placer en las cosas sencillas de la vida. Ver amanecer, descubrir algún animalillo que huía al oírle, contemplar el cambio de estación en los árboles del parque día a día, el despertar del mundo. A veces echaba de menos su tierra natal. Había cambiado la costa desde la que cada mañana contemplaba el amanecer sobre la isla de su madre, en la había nacido, por un estanque de patos. El ambiente rural al que estaba acostumbrado también había cambiado por un barrio más urbanita, pero el parque que se encontraba no demasiado lejos de su actual vivienda había resultado ser un buen sustituto.

Llevaba ya unos años en EEUU. Tras la muerte de su madre, Shokichi, su mejor amigo, había insistido que abandonase Japón y se mudase. Recordó con una sonrisa su primer encuentro con Shokichi.

Hacía poco que había debutado en las ligas menores de boxeo. Acababa de salir de la ducha y se estaba vistiendo tras un combate especialmente duro cuando oyó voces en la puerta del vestuario.

- ¡Oh, vamos! – Protestaba una voz. – ¡Tengo que felicitarle!

- Señor, no se permite el acceso a esta parte del recinto.

Keiji, con una curiosidad desconocida en él, se asomó a la puerta para ver el causante del alboroto. Un hombre corpulento bastante mayor que él vestido con pantalón de traje, camisa con los primeros botones sin abrochar y americana discutía con el de seguridad. Con el ceño fruncido, el pelo negro engominado y de punta y los labios fruncidos en una mueca de descontento parecía más un niño grande con rabieta que un adulto hecho y derecho, pese a la barba de tres puntas perfectamente perfilada que recorría su mandíbula. Al oír el ruido de la puerta el hombre fijo su vista en él. Empujó al guardia de seguridad contra la pared como quien aparta una mosca y fue a su encuentro con una amplia sonrisa.

- ¡Keiji Onizuka! ¡Eres tú!

- Eh… sí… - No sabía bien qué más decir.

- Soy Shokichi Komachi, encantado de conocerte. – Se inclinó brevemente. - ¡Ese combate ha sido espectacular! – La emoción de su voz se reflejaba en los ojos oscuros del hombre. – Te sigo desde que empezaste. ¡Qué técnica! ¡Qué precisión! ¡Qué concentración! ¡Soy un gran admirador tuyo!

- Bueno… – Se ruborizó – no es para tanto. Solo soy un boxeador más que acaba de empezar.

- No me lo puedo creer. – Se llevó las manos a la cabeza incrédulo. – ¡Además eres humilde! – Sacudió la cabeza sin encontrar palabras. – Créeme, ¡vas a ser muy grade! Muy pocos se hubieran levantado en el segundo 8 en tu condición, pero ¡tú sí! Y ese gancho final… Mira, mira – Se subió la manga de la americana y le enseñó el brazo. – ¡Se me pone el pelo de punta sólo de pensarlo! Permíteme que te invite a cenar. ¡Tienes que celebrarlo!

- Me halaga, pero hoy no va a poder ser. – Sonrió amablemente. – Hoy ha sido un combate duro y mi madre me espera en casa.

- Oh. – La profunda decepción de su rostro fue sustituida rápido por otra sonrisa. – ¡No pasa nada! ¡El próximo combate entonces!

El hombre llamado Shokichi se despidió y marcho silbando por el pasillo, y sin darle más importancia, esa noche Keiji cenó con su madre. Su vida siguió con su entrenamiento diario, día tras día. Correr, gimnasio, repetir. Golpear, esquivar, repetir. No volvió a pensar en el enérgico hombre que había corrido a su encuentro y se centró en su próximo combate.

Si bien es cierto que todo el mundo le conocía, Keiji no tenía muchos amigos. Salía a correr desde los 7 años, y a los 15 entrenaba ya en un gimnasio. Huérfano de padre desde muy joven y con una madre enfermiza, Keiji volcaba toda su atención en ella cuando no estaba entrenando, de ahí que sus relaciones sociales fueran escasas.

Los días pasaron y llegó el siguiente combate. Esta vez fue un rival más sencillo, y ganó sin dificultad. Su carácter amable le impedía usar toda su fuerza para ganar un combate por KO, aunque sabía que podría hacerlo si se lo plantease. Empezaban a llamarle el "boxeador deslucido", pero no era algo que le preocupase. Lo único que quería era ganar sin tener que usar más fuerza de la necesaria y no preocupar a su madre.

Estaba recogiendo sus cosas dándole vueltas a estos pensamientos, cuando reconoció una voz en el pasillo.

- ¡Claro que me conoce! ¡Soy su mayor fan!

Sin poder creérselo salió y se encontró a Shokichi. Esta vez llevaba unos vaqueros con camiseta negra y chaqueta de cuero, pero el mismo rostro sonriente al verle.

- ¡Onizuka-san! ¡Qué combate! ¡Eres el espíritu del boxeo hecho persona!

Tras un rato hablando con Shokichi, volvió a rechazar la invitación a la cena, aunque esta vez Shokichi fue bastante más insistente. Con la promesa de una próxima invitación tras el siguiente combate, un desconcertado Keiji se preguntó por qué ese hombre tenía tanto interés en él.

Cuando llegó a su casa y le contó lo sucedido a su madre, incluyendo la escena de la otra vez, le echó la bronca.

- ¡Keiji! ¡Tienes que hacer amigos! Haber ido a cenar con él. Tienes que dejar de preocuparte siempre por tu pobre madre. No voy a estar siempre aquí, cariño. Sabes que me haría feliz que tuvieras unas buenas amistades cuando yo no esté.

Su madre, aunque divertida y bastante vivaracha, era una mujer de salud débil, sobre todo desde la muerte de su padre. Pese a todo, continuó con su rutina inalterable. Correr, gimnasio, repetir. Correr, gimnasio, repetir.

Su siguiente combate era contra el favorito de la temporada. El combate estaba muy igualado. Los rounds se sucedieron uno detrás de otro sin que ninguno de los dos cediera ni un milímetro. Al final del noveno y penúltimo round, ambos boxeadores estaban exhaustos en sus esquinas. Agotado, con un chichón luchando por salirle y sudado, lo único que podía pensar Keiji darse una ducha, irse a casa y cenar tranquilamente. Había hecho ya suficiente para ser un novato. A su alrededor, el público coreaba el nombre de su rival. En ese momento creyó oír su nombre entre la multitud.

- ¡Keiji! ¡Keiji! ¡Keiji!

¿Su madre? No podía ser. Aunque sabía que sí estaría dándole ánimos, estaba en su casa, viendo el combate con las manos entrelazadas en el regazo. Giró la cabeza y en el momento que sonó la campana le pareció ver de refilón al hombre de la barba perfectamente perfilada. Se centró en el rival que tenía delante. Sí, definitivamente gritaba su nombre. Pensando en lo bonito que es oír tu nombre en una marea de enemigos, tras tres largos minutos se alzó con la victoria.

- ¿Otra vez aquí? – La voz derrotista del guardia de seguridad llegó a sus oídos a través de la puerta.

- ¡Ya puedes acostumbrarte porque seguiré viniendo!

Keiji acabó de recoger sus cosas mientras oía la ya típica discusión. Llamó a su madre para advertirle de que no iría a cenar y, esta vez sí, aceptó la invitación de Shokichi.

Cenaron en un restaurante familiar. Como no estaba acostumbrado a los restaurantes, el menú lo pidió Shokichi prácticamente entero. Resultó que el hombre sentía un verdadero interés y admiración por él. Al parecer tenía abono y veía todos los combates que podía en directo, ya fuese categorías bajas o, cuando el bolsillo se lo permitía, grandes competiciones. Hablaba mucho, muchísimo, pero pese a todo se sentía cómodo con él, la conversación fluía.

De aquella cena, Keiji siempre recordaría con una sonrisa el momento del postre. Como buen deportista concienciado con su cuerpo y necesidades, seguía una dieta fundamentalmente de proteínas e hidratos de carbono complejos. Dicho con otras palabras, evitaba las grasas y azúcares, y eso incluía los dulces. Ya que Shokichi decidió el menú, no fue consciente de que a él también le había pedido postre hasta que la camarera dejó la apetitosa tarta de chocolate delante de él.

- Perdona. – Le comentó con una sonrisa. - ¿Te importaría llevártelo? Sigo una dieta sin dulces. Espero que no sea molestia.

Se giró al oír cómo la cuchara se escapaba entre los dedos de Shokichi golpeando el plato de su trozo de tarta estrepitosamente. Se encontró al hombre con los codos apoyados encima de la mesa y la cara entre las manos. Unos sollozos descontrolados sacudían su cuerpo.

- ¡Keiji! – Gimoteó emocionado. – ¡Llevas tu afición tan profundamente que ni fuera del gimnasio te olvidas de que eres boxeador!

Después de aquella cena se intercambiaron correo y número de teléfono. Se veían regularmente y Shokichi no se perdía ni un combate. Aunque todas las apuestas y los gritos estuviesen en su contra, podía oír su voz entre la multitud, animándole, y apoyándole. Cuando ganaba, le invitaba a cenar, y las pocas veces que perdía… también. Su madre estaba feliz de ver que había conseguido un buen amigo que era casi como un padre para él.

Dos años después de su encuentro, Shokichi un día se presentó diciéndole que había conseguido un buen trabajo en EEUU que no podía rechazar. Keiji, que se había acostumbrado a la compañía del afable hombretón, temió que aquello fuese el fin de su amistad, pero nada más lejos de la realidad. Shokichi empezó a escribirle todos los días, narrando sus peripecias por América. Sobre todo le mandaba fotos de las televisiones que iba teniendo, cada una más grande que la anterior. "Keiji – siempre decía – ¡Ahora te puedo ver mejor que antes!". Pese a todo, Shokichi aprovechaba cuando podía para ir a visitarle a Japón, y él aprovechaba para verle cuando competía por EEUU.

A los 21 años de edad, Keiji fue declarado Campeón Mundial de Peso Pluma. Cuando recibió el premio temió por un momento que el escandaloso Shokichi le hiciera una celebración por todo lo alto. En lugar de eso, sabiendo que era amante de las cosas sencillas, compró carne y sashimi de primera calidad, junto con otras delicadezas, y comieron como reyes en casa de su madre. Tenía una foto de aquél momento en la mesita de su cuarto.

Shokichi le demostró además que era un hombre que no estaba sólo para los momentos buenos. Un par de años después de la foto, su madre murió. Aquél día estaba cansada y le dijo que iba a echarse una siesta. Recordaba sus últimas palabras. "Keiji, cariño, tienes que dejar esta vida de monje. Eres un campeón mundial. Mira tu amigo Shokichi. Disfruta de la vida, cielo. Solo tenemos una.". Su madre no se levantó de aquella siesta. Los médicos le dijeron que probablemente había sido un derrame cerebral. Al menos agradeció que no sufriese. Le contó a Shokichi la trágica noticia. Ese mismo día, bien entrada la noche, llamaron a su casa. Con los ojos rojos de llorar, Keiji pensó que sería algún vecino más que también se había enterado. Al abrir la puerta, el corpulento Shokichi le envolvió con sus brazos. No dijo nada. No hizo preguntas absurdas. No hacía falta. Sabía lo que significaba su madre para él y no iba a dejar que pasase el trago él solo y Keiji lloró su pérdida en el hombro de su mejor amigo.

Tanto su madre como él mismo eran muy queridos muy queridos en el barrio. Prácticamente todo el vecindario pasó a darle el pésame. Shokichi estuvo a su lado durante todos los servicios funerarios e incluso unos cuantos días más, pese a que Keiji le insistiese que no era necesario. Nunca olvidaría el apoyo que le prestó aquellos dolorosos días.

Unos meses más tarde, tras la insistencia de Shokichi y para alegría de este último, decidió cumplir la última voluntad de su madre y mudarse a EEUU. Su amigo le había sugerido abrir un gimnasio en un local sin usar en la zona de la universidad en la que era rector actualmente. La idea de poder tener su propio gimnasio y ayudar a otros en temas deportivos le había motivado.

Una vez más, Shokichi fue una ayuda enorme. Le ayudó con el traslado, idioma, los diversos papeleos, búsqueda de piso, e incluso organización del gimnasio. El local que le había buscado su amigo era inmenso, aunque necesitaba arreglo. Dadas sus costumbres nada derrochadoras, tenía dinero ahorrado suficiente para montar su proyecto, aunque incluso si le hubiese faltado, Shokichi (se lo permitiese él o no) habría puesto de su bolsillo cualquier cosa que echase en falta. Después de unas cuantas semanas de reforma, estaba más que satisfecho con el resultado. Además de la típica zona de máquinas de musculación, de cardio y de abdominales a la que no le faltaba de nada, disponía, como no, de una zona orientada a boxeo. Tenía sacos, puching balls e incluso un pequeño ring de entrenamiento. La sala de actividades era bastante grande también. Además, como detalle de su tierra, tenía una amplia sala con tatami orientada a artes marciales.

Lo único que faltaba, era un nombre. Aquí tuvo que rechazar la ayuda de su querido rector, que le vino con nombres tipo "Japanese fitness", "Los músculos y más", "Hoy entrenas tú" y un listado más de nombres del mismo estilo que Keiji prefirió olvidar. Al final puso el nombre que sólo alguien como él conocía a fondo: Doryoku (努力: Esfuerzo).

Con el gimnasio en zona universitaria y un precio asequible no faltaba la gente. Por si eso no fuera poco, Shokichi se encargaba de hacer publicidad siempre que podía anunciando a los cuatro vientos su categoría de campeón mundial. En poco tiempo el gimnasio estaba a pleno rendimiento y resultó ser una actividad muy gratificante.

Keiji intentaba relacionarse con todo el mundo, sobre todo con los más habituales. Una de las personas que acudía con regularidad era Michelle. Aquella mañana, la rubia había llegado bastante más temprano de lo habitual y golpeaba el saco con intensidad, casi podría asegurar que con furia. Era una aficionada al boxeo y solía entrenar por esa zona. Normalmente acudía al gimnasio a última hora de la tarde y charlaba un rato con Keiji, que le daba consejos para mejorar su rendimiento y no hacerse daño, pero ese día le había saludado desde lejos y había ido directa a su rincón.

Preguntándose a qué se podría deberse aquél arrebato de energía, se encontró con Akari mirando fijamente a Michelle, medio boquiabierto y apenas parpadeando. Sentía gran simpatía por el japonés. Como a tanta otra gente, se lo había presentado Shokichi poco antes del inicio de curso. Eran de la misma edad y podía permitirse hablar con él en japonés, cosa que ambos agradecían. Además, era de los pocos que daban uso a la sala orientada a artes marciales y el muchacho acudía regularmente a realizar sus prácticas de jiu-jitsu.

Oyó la risita de unas chicas al ver a Akari babeando sin disimulo mientras miraba a Michelle y decidió salvarle un poco la honra interrumpiendo el concienzudo estudio del cuerpo de la rubia. De paso se enteró de que era su profesora y que además había vuelto Joseph. Eso explicaba de siete sobras la violencia de los golpes de Michelle.

Keiji conocía a Joseph, aunque no personalmente. Bueno, en realidad a poco que estuvieses relacionado con la universidad o sus entornos lo raro sería no saber de su existencia. Atraía las miradas allá por donde fuese no sólo por su espectacular físico, sino también por su personalidad y su ascendencia. Quien más y quien menos sabía de la existencia del clan Gustav Newton. Pero no era por todo esto por lo que Keiji le conocía. Era el tutor de tesis de Michelle, y, aunque ésta no se lo había dicho directamente, tenía una profunda fijación por su tutoreada. De hecho más de una y dos y tres veces le había visto aparecer por la puerta esperándola a que saliese del gimnasio, mientras que Michelle se refugiaba en los vestuarios femeninos hasta que por fin se cansaba y se iba.

Dejó a Akari perdido en sus pensamientos mientras iba a buscar herramientas para ajustar una máquina que le dijeron que estaba un poco floja. A la vuelta, Michelle daba un par de palmadas en la espalda de Akari y se dirigía a la zona de musculación bajo la mirada del japonés. Keiji sonrió para sí. "No puedo creer que sea tan evidente. ¿No estarás apuntando un poco alto, Akari?".

O eso creía. Cuando Michelle acabó su rutina de ejercicios y se dirigía a los vestuarios a Keiji no le pasó inadvertido como, durante un momento, se quedó hipnotizada viendo a Akari realizar una kata. Finalmente siguió su camino con una media sonrisa de aprobación. "Interesante – Se dijo Keiji – Muy interesante".