Aviso: Los personajes de Captain Tsubasa fueron creados por Yoichi Takahashi
Advertencia: contenido lime.
Destruyendo a Sanae
Por
Y. Honey
Capítulo VII
Una nueva mentira de Tsubasa
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La vista desde el balcón de la suite del hotel era fantástica; desde allí podía apreciarse la hermosa arquitectura de Paris y más allá la majestuosa Torre Eiffel se alzaba orgullosamente como el símbolo más reconocido de la capital de Francia. Y Sanae no soportaba salir a mirarla. En realidad, la joven mujer detestaba la ciudad entera. No porque no le gustara, ni porque tuviera algún problema con las personas que vivían allí. No. Ella detestaba París porque representaba en conjunto su más reciente fracaso marital. Había estado ya cuatro días en Francia, y desde que habían llegado, lo único que había hecho con su marido era visitar museos y hacer paseos por zonas de relevancia histórica de la ciudad y sus diversos atractivos turísticos. Y claro, también había visitado el Stade de France y el Parc de Princes, ambos estadios en la capital, en donde Tsubasa había dado demostraciones y participado en el entrenamiento de los jugadores de la selección Francesa y los del club Saint-Germain respectivamente. En pocas palabras, Sanae había pasado alrededor de doce horas diarias fuera del hotel junto a su marido, pero en ningún momento había podido acercarse románticamente a él y cuando lo intentaba por las noches, lo único que obtenía eran evasivas por parte de su esposo, quien simplemente argumentaba estar muy cansado para hacer el amor con ella.
"Y claro, Taro Misaki no se nos ha despegado ni un maldito segundo." Pensó la enfadada mujer mientras se terminaba su café, mirando con ojos fríos la manera en que su marido y Taro conversaban del otro lado de la mesa. "Estúpido Taro. ¿Acaso no puede desayunar, comer y cenar él sólo?"
—Para el día de hoy los llevaré a ver mi negocio— anunció el joven Misaki.
— ¿Tú tienes un negocio? — preguntó Sanae, honestamente asombrada ante esta revelación.
—Soy dueño del treinta por ciento de unos viñedos— dijo Taro sonriendo—, compré mi parte hace un año, pues me imaginé que necesito tener algo para cuando me retire del futbol, y la verdad me ha ido bien. Nuestro producto se vende bastante.
—Nunca te he visto anunciar vinos— intervino Tsubasa.
—Un deportista no puede promocionar bebidas alcohólicas hasta después de su retiro mi querido Tsubasa— rió Taro—, pero eso no me impide invertir dinero en ello.
— ¿Dónde tienes tu viñedo? — quiso saber Sanae, que debido a la curiosidad no se dio cuenta de la inflexión en las palabras de Taro cuando se dirigió a su marido.
—En Chablis— dijo el joven Misaki—, iremos en tren y pasaremos todo el día allá. De hecho, el vino blanco en tu boda fue cortesía de mi viñedo, Sanae, es el Chardonnay más fino que producimos.
—Es cierto…— dijo Tsubasa sonriendo—, recuerdo que algunas botellas decían 'Chablis' en la etiqueta.
— ¿Está muy lejos de París? — inquirió la mujer.
—En tren llegaremos en dos horas— les aseguró Taro—, comeremos en el viñedo, podemos montar a caballo si les parece, y volveremos al hotel antes de cenar. ¿Qué opinan?
Sanae pensó que quizás salir de París podría ayudarle con su creciente mal humor, por lo que no dudó en aceptar la invitación de Taro, una mirada a su marido le dio a entender que él estaría de acuerdo con cualquier cosa que ella decidiera, lo cual la complació.
—Iremos con gusto— dijo ella—, creo que será interesante.
—No se arrepentirán— afirmó Taro.
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El viaje en tren resultó ser, en efecto, tan rápido como había dicho Taro, aunque Sanae pasó el trayecto entero dormitando, pues no tenía nada que agregar a la tediosa conversación centrada por completo en el futbol, que compartían Tsubasa y Taro, así que se sintió bastante feliz cuando por fin llegaron a la estación en Chablis y fue capaz de bajar del vagón, estirarse y poder hablar de algo distinto, en este caso la región que visitaban.
—Un empleado del viñedo vendrá por nosotros— anunció el joven Misaki luego de hacer una llamada por celular—, podemos esperarlo por acá.
Guiados por Taro, el matrimonio Ozora salió de la estación y se encontró esperando en la calle por un espacio de veinte minutos hasta que un automóvil blanco llegó por ellos. El chofer resultó ser un gran fan de Tsubasa, y Sanae tuvo que ofrecerse a tomarle fotografías con su marido y junto a su marido y Taro, y no sólo eso, también aprovechó para conseguir autógrafos. Una vez que el empleado estuvo satisfecho, los llevó hasta el viñedo del que Misaki era socio. Si bien el chofer intentó explicarles algunas cosas, Sanae y Tsubasa no hablaban francés, por lo que Taro, que iba en el asiento delantero, tuvo que hacerla de intérprete durante todo el camino. Este detalle desanimó un poco a Sanae, que si bien dominaba el inglés y su portugués y español eran bastante buenos, no sabía nada de francés.
"Espero que al menos hablen en inglés durante el tour…" pensó la mujer mientras se recargaba en el hombro de su marido, disfrutando que no intentó separarse de ella.
Unos minutos más tarde, el grupo finalmente llegó a los viñedos, los cuales cubrían tres hectáreas y eran manejados por cuatro socios, siendo Taro el más nuevo entre ellos, y les explicó que para ganar esa posición había tenido que ganar en una puja que le había costado sus ahorros de tres años enteros, pero las ganancias del último trimestre le habían recuperado ya una cuarta parte de su inversión, por lo que estaba muy satisfecho. Sanae tuvo que admitir que Taro había tenido una buena idea al hacerse socio de esta empresa, por lo que hizo una nota mental de sugerirle a Tsubasa que invirtiera en algo más adelante, quizás en alguna marca de artículos deportivos o cualquier otro negocio que les reportara ingresos constantes en el largo plazo, tan sólo esperaba que su marido le hiciera caso en eso.
— ¿Qué tal si recorremos los viñedos a caballo? — Sugirió Taro una vez que él y sus invitados habían bajado del auto—, les prometí que haríamos eso y así puedo aprovechar para explicarles lo que he aprendido acerca de este negocio.
—Por mí está bien— dijo Tsubasa.
—Estoy de acuerdo— aceptó Sanae, sintiéndose más animada de poder romper la rutina de explorar París sin descanso.
—Perfecto, vengan conmigo— invitó Taro—, tenemos los caballos detrás de aquellas cabañas.
Desafortunadamente, Sanae no tardó en descubrir que montar a caballo no era uno de sus talentos, ya que por más que lo intentó no pudo sentirse cómoda en su montura, a diferencia de Tsubasa y Taro, que no parecían tener el menor problema. Intentó seguirlos durante casi veinte minutos, poniendo atención a las explicaciones de Taro, pero el calor y la incomodidad no tardaron en convencerla de que ya era hora de regresar a las cabañas, sentarse a disfrutar del día y quizás probar alguna otra variedad del vino blanco que producían en estos viñedos.
—Oye, Taro— llamó Sanae— ¿Crees que sea posible regresar?
—Si eso quieres— respondió el joven Misaki—, aunque todavía no les he mostrado el sistema de riego y la pequeña cancha de futbol en donde juegan los empleados.
—A mí me interesa ver eso— opinó Tsubasa de inmediato.
—Pero a mí no— discutió Sanae—. Está haciendo mucho calor y no me siento cómoda, volvamos a las cabañas, ¿por favor?
—Tengo una idea— dijo entonces Tsubasa—, te acompañaremos de regreso y entonces nosotros iremos a ver esa cancha de futbol mientras tú descansas un poco.
—No venimos aquí a ver canchas de soccer— declaró Sanae molesta—, además, mientras tú y Taro van a jugar, yo no tendría nada qué hacer, no sé hablar francés.
—La esposa del capataz habla inglés bastante bien— recordó Taro—, le puedo pedir que te muestre la destilería tradicional que hay aquí mientras nosotros vamos a la cancha.
—Taro, la verdad eso no me interesa— dijo Sanae—, aprecio lo que haces por nosotros, pero preferiría pasar un rato agradable con mi marido en las cabañas, al menos allá está fresco y podemos conversar en calma.
Tsubasa y Taro intercambiaron una discreta mirada mientras la mujer se limpiaba el sudor con la manga de su camisa. El joven Misaki alzó los hombros, pues no sabía qué hacer en esta situación, pero Tsubasa no tardó en encontrar una solución al dilema.
—Volvamos a las cabañas entonces, Sanae— dijo él, consiguiendo así que su esposa sonriera complacida—, hablaremos un rato y tomaremos una copa de vino o algo... pero si te parece bien, luego de eso en verdad quisiera ir a ver esa cancha de futbol mientras nos preparan la comida, sólo tardaremos media hora más o menos… ¿te parece bien?
Comprendiendo que su marido no dejaría de insistir hasta que le permitiera hacer lo que le pedía, Sanae decidió aceptar la pequeña victoria que había conseguido y asintió; al menos así podría tener a Tsubasa con ella por un rato en las cabañas y suponía que dejarlo practicar un poco de futbol antes de la comida no le causaría problemas.
—Está bien, Tsubasa— concedió finalmente ella—, descansemos un poco y después tú y Taro podrán ir allá. Supongo que mientras lo hacen puedo ir a ver esa destilería que mencionó Taro.
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La cancha de futbol de los viñedos en realidad estaba bastante cerca de las cabañas, a sólo cinco minutos a pie, ubicada detrás del garaje donde guardaban los camiones que transportaban el producto. El campo de juego en realidad sólo era un terreno rectangular de alrededor de nueve por cinco metros, con porterías marcadas por estacas en los lados opuestos. Era muy simple en realidad, pero a los empleados les servía bastante bien para entretenerse cuando no tenían nada qué hacer y en ese momento sólo Tsubasa y Taro estaban allí, practicando pases con una pelota que los choferes les habían prestado.
—Pensé que Sanae no nos dejaría venir— comentó Tsubasa mientras practicaba balanceando la pelota en un pie, para luego patearla en dirección de Taro.
—Fue buena idea ceder un poco para convencerla— le contestó Taro al recibir el pase con la rodilla izquierda—, admito que a mí no se me ocurrió eso.
—Bueno, yo la conozco mejor que tú— dijo el joven Ozora.
—La verdad no quiero que se moleste más, ya ha estado de un humor bastante irritable desde que llegamos a París— comentó Taro.
—No puedo culparla— observó Tsubasa—, ella no quería venir a Francia.
—Tal vez no debimos hacer el cambio de planes sin consultarla— suspiró Taro—, espera un poco mientras devuelvo el balón, creo que será mejor hablar mientras caminamos a solas.
Tsubasa Ozora metió las manos en los bolsillos del pantalón y observó cómo su amigo llevaba la pelota hasta el garaje, pudo escuchar las risas de los choferes luego de que Taro les contara una anécdota que obviamente había sido divertida, pero no pudo oír gran cosa pues la distancia le impidió identificar lo que se decía, además de que él no sabía francés, así que aun si hubiera escuchado no habría entendido mucho. Mirando a Taro cuando regresaba a su lado, Tsubasa no pudo contener una ola de amor y deseo invadirle el pecho con fuerza suficiente para ahogar de nuevo el remordimiento que ver triste a Sanae le causaba. No podía evitarlo, amaba a Taro y ya no podía imaginar su vida sin él. Estos días en los que no había podido estar cerca de él habían sido una tortura para el joven futbolista, y estos momentos en los que podían estar solos eran algo que Tsubasa atesoraba por sobre todo lo demás.
— ¿Te arrepientes de lo que hicimos cuando cambiamos el viaje?— preguntó Tsubasa cuando Taro regresó.
—No, honestamente no— contestó el joven Misaki, que comenzó a andar hacia los estrechos senderos que se habrían entre las vides—, hay momentos en que me siento mal por haberle hecho esto a Sanae, pero…
— ¿Pero qué? — preguntó Tsubasa mientras seguía a Taro.
—Saber que no estarías conmigo me ayuda a olvidarme de ella— admitió el otro muchacho—, sé que sueno como un idiota egoísta, pero…
Taro se detuvo al sentir las manos de Tsubasa, que iba detrás de él, tomarlo fuertemente por los hombros.
—No eres el único idiota egoísta— confesó el joven Ozora—, yo me siento igual que tú. Hay momentos en que el remordimiento es insoportable, pero pensar en separarme de ti es todavía peor. No podría vivir sin tener una relación contigo, te amo demasiado.
Taro esperó a que Tsubasa lo soltara para girarse a mirarlo.
—También te amo— le reafirmó—, nunca lo dudes.
Ante estas palabras, Tsubasa comenzó a cerrar la distancia entre ellos, pero Taro lo detuvo.
—Aquí no— le pidió—, sígueme, en lo profundo de las parras no habrá nadie que pueda molestarnos o vernos por accidente.
Y Tsubasa lo siguió; caminó junto a él a través de las vides hasta llegar a una parte alejada de los caminos de tierra en la que no se escuchaba nada que no fuera el viento. Y fue allí en donde las palabras ya no fueron necesarias, Taro simplemente permitió que Tsubasa lo abrazara por la espalda, disfrutando el momento en que los labios de su amado se deslizaron por su cuello mientras sus manos le recorrían el pecho y lentamente descendían…
—Parece que alguien aquí ya despertó— sonrió Tsubasa al notar la reacción entre las piernas de Taro.
—Es tu culpa…— suspiró el joven Misaki.
—Pues entonces deberé hacer algo al respecto— le murmuró seductivamente Tsubasa al oído, al tiempo que desabrochaba el pantalón de su amado, liberando la prueba de su excitación y tomándola suavemente con su mano derecha.
—Tsubasa… espera— Taro miró a su alrededor, preocupado que algún trabajador se acercara.
—Relájate… no pienses en nada — pidió el joven Ozora, besando nuevamente el cuello de su amante—, sólo déjame hacer, déjame tocarte… lo necesito…
Y Taro se lo permitió, abandonándose al placer que Tsubasa le proporcionaba, gimiendo con sus rítmicas caricias, su mente nublándose y elevándose cada vez más hasta que, temblando, arqueó la espalda y alcanzó el límite, bautizando las hojas de las parras frente a él con el blanco y caliente testamento de su clímax.
—Oh… Tsubasa…— Suspiró el joven Misaki, girándose para besar apasionadamente a su amante, sus manos buscando entre sus piernas, descubriendo que él compartía su excitación—, creo que tengo que pagarte por lo que acabas de hacer…
Sin decir más, Taro se arrodilló frente a Tsubasa y comenzó a llevarlo a un paraíso de placer y lujuria.
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Sanae estaba cansada y lo único que le interesaba en ese momento era tomar un largo baño a fin de quitarse el sudor luego de haber pasado un largo día en Chablis. Si bien el paseo había comenzado a ponerse tenso, luego de que le permitió a Tsubasa ir a practicar futbol con Taro las cosas mejoraron; su marido regresó de la práctica de muy buen humor y ya no hubo ningún indicio de tensión entre ambos, vaya, si hasta Taro cambió y se comportó aún más a la altura de las circunstancias, permitiéndoles estar solos por el resto de la tarde.
— ¿Quieres algo de cenar? — preguntó Tsubasa desde la cama, en la que se había sentado para mirar el menú.
—Algo ligero estará bien, pan y café, por favor— respondió ella antes de entrar al baño.
Mientras la tibia agua acariciaba su cuerpo, la joven mujer suspiró con desencanto y recargó su frente en el limpio mármol. Otro día más estaba por terminar. Otro día más en que su marido no había hecho ningún intento de acercársele como ella lo necesitaba. Incluso comenzaba a dudar que algún día ella y Tsubasa estuvieran juntos como marido y mujer. Seguía confiando en que su atractivo era suficiente, desde luego, las miradas que otros hombres le habían dedicado en las calles de París lo confirmaban, y era por ello que no entendía qué era lo que mantenía apagadas las llamas de la pasión dentro de su esposo.
Para cuando terminó con su ducha, Sanae había decidido que ya no podía esperar más. Tomaría las cosas en sus propias manos y no aceptaría una negativa por parte de su marido.
La mujer salió del baño envuelta sólo con una toalla y descubrió que su marido estaba ocupado mirando un partido de futbol. En la mesa de la habitación podía ver una bandeja en la que estaban un plato con migajas de pan y una botella de refresco vacía. También había otro plato en donde, protegidas por un domo de cristal, estaban dos piezas de pan dulce y junto a ellas un termo en el que seguramente había café caliente.
—No estoy seguro de qué pan dulce te gusta— se disculpó Tsubasa sin dejar de mirar el televisor—, así que espero esos croissants estén bien, son de chocolate y crema, y el café todavía está caliente.
—Ah…— respondió ella, ignorando las palabras de su marido, colocándose justo frente a él y bloqueando la pantalla.
— ¿Qué pasa, Sanae?
Por toda respuesta, la mujer dejó caer la toalla con que se cubría, revelando a Tsubasa su hermoso cuerpo desnudo por primera vez.
—Pasa que es hora de que tú y yo hagamos el amor, ya no puedo esperar más.
La reacción de Tsubasa fue de absoluto terror, aunque se cuidó de no mostrarlo para no empeorar las cosas. Estaba sentado en un sofá individual, por lo que no podía simplemente levantarse y escapar, así que cuando su esposa se sentó en sus piernas y apoyó sus manos en sus hombros, atrapándolo sin ninguna posibilidad de huida, comenzó a intentar pensar en alguna excusa para detener a Sanae.
—Te aseguro que será algo hermoso, mi amor— le prometió Sanae, sintiendo cierto placer al sentir el aliento de su marido, que había bajado la mirada, sobre sus senos. La mujer interpretó eso como interés en mirar su cuerpo, y eso la hizo sentir halagada, quizás al fin podría tener lo que deseaba con todas sus fuerzas—. No te limites sólo con mirar, querido, puedes tocarlos. Son tuyos.
—Sanae, yo…— comenzó Tsubasa, pero no pudo decir más, Sanae lo silenció con un hambriento beso, y su única respuesta fue paralizarse mientras su mujer acariciaba su pecho, para luego sentirla frotar su entrepierna de una manera que habría vuelto loco de deseo a cualquier hombre.
A cualquiera menos a él.
— ¿Porqué? — Murmuró Sanae entonces, al darse cuenta de que a pesar de sus mayores esfuerzos su marido se mantenía totalmente flácido—, no lo entiendo… ¿a-acaso no me quieres?
—No es eso…— dijo Tsubasa, aprovechando esta oportunidad para inclinarse y envolver a Sanae con la toalla, usando esos segundos para buscar alguna excusa, mentira, lo que fuera, con tal de evitar que Sanae volviera a intentar hacer algo como esto.
— ¿Pero entonces qué demonios te pasa? — Le preguntó ella, haciendo un gran esfuerzo para no gritar su frustración.
—Yo… lo que sucede es que… es un secreto— dijo Tsubasa al fin, pensando que quizás sería mejor dejar la farsa de lado y decirle a Sanae la verdad—. Es un secreto que… me avergüenza decirte esto, pero yo…
—Tsubasa…— la mujer se llevó las manos al rostro. Las palabras de su marido le habían hecho llegar a una conclusión que la sacudió de pies a cabeza—, Tú… ¿eres impotente?
— ¿Qué? — Los ojos de Tsubasa se abrieron al máximo al escuchar las palabras de su mujer. Su primer impulso fue negarlo, pero de pronto se dio cuenta de que esto era de hecho benéfico para él. Si Sanae pensaba eso… entonces dejaría de intentar seducirlo, y le daría además una buena razón para solicitarle el divorcio en un año, tal y como él y Taro habían planeado.
—Tsubasa… yo… perdóname— dijo ella, cayendo de rodillas a causa de la impresión mientras apretaba la toalla contra su pecho—, nunca imaginé que sufrías de disfunción eréctil… ¿es… es algo reciente?
—No… no es reciente, yo nunca… nunca he tenido una… reacción física al… sexo… ni siquiera en la secundaria cuando Ryo nos mostró su enorme colección de pornografía, yo…— Tsubasa hizo una pausa, notó lo triste que parecía estar su esposa y se sintió bastante mal, pero no podía, ni quería, retroceder—, lo siento mucho Sanae… no puedo amarte como tú lo deseas…
—Hay medicamentos que puedes tomar, no es el fin del mundo— comentó la mujer, recordando haber leído algo sobre este trastorno en la universidad.
—Sanae, no voy a tomar ningún tipo de medicina que pueda arriesgarme a un escándalo de dopaje— dijo Tsubasa con firmeza, pues si había algo que no pensaba poner en peligro era su carrera futbolística—. Discúlpame, pero eso no está a discusión.
—Lo suponía…— dijo ella en voz baja mientras se levantaba sin atreverse a mirarlo.
— ¿Qué vas a hacer? — preguntó Tsubasa al notar que Sanae comenzaba a vestirse apresuradamente.
—Necesito salir— respondió la mujer con un tono nervioso en su voz—, esto es… necesito estar sola para poder pensar y digerir esto… regresaré más tarde… no me busques, Tsubasa.
—Pero…
—No me pasará nada, sólo…— Sanae se puso un suéter y se calzó sus zapatos—, déjame asimilarlo durante un par de horas… ¿está bien?
—Está bien— aceptó Tsubasa—, y Sanae… perdóname por esto.
—No es tu culpa— dijo ella, que sin más cerró la puerta de la habitación y se marchó.
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Sanae no regresó a la habitación hasta pasada la medianoche, se había refugiado en una esquina del bar del hotel, en donde no había bebido nada, y se alegró de encontrar a su marido ya durmiendo. No se sentía capaz de siquiera intentar hablar con él. Podía entender que Tsubasa sufriera esa condición física, pero eso no significaba que la aceptara. Odiaba admitirlo pero la situación la enfurecía, la hacía pensar que la vida era injusta sólo con ella y que sus fallidos deseos de consumar su matrimonio eran una monumental broma que le estaba jugando la diosa Inari Okami.
Sintiéndose incapaz de compartir la cama de Tsubasa ahora que sabía que nunca podrían consumar su matrimonio, Sanae salió a la terraza y se sentó en una de las sillas de madera, su mirada recorriendo la ciudad sin ponerle ninguna atención. Intentó convencerse de que no necesitaba hacer el amor con Tsubasa, de que no necesitaba sentirlo dentro de ella, de que no necesitaba que la hiciera suya… pero le fue imposible. Ella necesitaba esas cosas, y por culpa de una horrible jugada del destino, el hombre que amaba y que había elegido nunca podría dárselas.
No pudiendo controlar más su angustia al darse cuenta de que su matrimonio siempre estaría incompleto, Sanae volvió a abandonarse al llanto.
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Notas:
Originalmente el encuentro entre Tsubasa y Taro en los viñedos era mucho más explícito, y me tardé varios días en lograr editarlo para poder publicarlo en la página, hasta que al final terminó en la versión que has podido leer aquí, la cual me parece es bastante aceptable.
Los estadios mencionados al principio (Stade de France, Parc de Princes) sí existen en realidad, y están en París.
Chablis es una región en Francia que se distingue por producir vino blanco de uva Chardonnay.
Inari Okami es la diosa shinto de la fertilidad.
