6. Cuando un viejo amigo hace una visita inoportuna...

Poco después de lo del salón de baile nos preguntó en qué creíamos. Me cuestioné qué estaba preguntando en realidad, y si él mismo tendía una respuesta. Me llevó al menos dos semanas darle la mía. Después dejó de hablarme. No me asignó más trabajos. No me mantuvo cerca de él como hacía antes. Le había hecho enfadar. No esperaba menos. Él nunca lo admitiría, pero todos notamos que había cambiado. Ahora, su máscara estaba agrietada. Algunos de los demás cuchicheaban sobre mí, insinuaban que yo le había traicionado de algún modo, inestabilizando su resolución. Pero siempre me habían odiado. En parte por ser la única mujer de la organización, en parte por ser la que más tiempo había estado con él, pero sobre todo porque confiaba en mí más que en cualquiera de ellos. Él sabía muy bien lo que hacía. Los trabajos que ordenaba siempre eran impecables. Lo único que yo había hecho había sido convencerle para preocuparse, solo un poco, de alguien que no fuese él mismo. No me lo perdonaría tan fácilmente.

Una tarde estaba caminando por el metro, y me metí en un problema inesperado. Enormes alas en la oscuridad, mezcladas con la brisa caliente y fétida de los trenes subterráneos que pasaban por delante. Sólo tuve tiempo para darme cuenta de lo que era, y lo que significaba. El Murciélago me golpeó en la sien derecha. Vi luces brillantes, después oscuridad, después nada.

Desperté en el estrecho callejón que había entre dos edificios altísimos. Ya era de noche. Mi primer pensamiento fue decepción ante un lugar tan poco original, y después alivio porque no me había llevado a un lugar más oficial para interrogarme. Mi pelo y mi sien estaban manchados de sangre, y me dolía la mejilla al tocarla. Me palpé la cara con cautela, y me estremecí de dolor. Al menos no había nada roto.

"¿Dónde está?" La voz del Murciélago era pesada y antinatural.

Abrí y cerré la mandíbula con cuidado, comprobando hasta dónde llegaba el dolor. No podía ver al Murciélago, pero no hacía falta. (¿Por qué ÉL no había venido a por mí todavía?)

"¿Ahora mismo?" pregunté. "Ni idea."

Esta vez el golpe fue en el omóplato, y caí. No grité; me había quedado sin aliento. Tosí y volví a incorporarme.

"No puedes seguir así eternamente", dijo el Murciélago. "Tu amigo tiene que responder por sus crímenes. Y tú me vas a ayudar."

Su impertinencia me ponía furiosa. Me giré para encararle, un monstruo negro encapuchado con mandíbula fuerte y ojos de acero. No me asustaba. "Antes muerta", dije.

"No le importas. Al final se volverá contra ti, te lo garantizo."

Negué con la cabeza. "No sabes quién soy. Di mi palabra de que no le traicionaría, y no voy a faltar a ella."

Me golpeó de nuevo, ahora en las costillas. Esta vez no me levanté. Se inclinó sobre mí y recitó a toda prisa la lista de agravios en mi contra – los asesinatos, los robos, las mentiras, el chantaje. Sabía mi nombre y dirección. Mi edad, cumpleaños, familia, fondos fiduciarios. Todos los detalles humanos e ineludibles que había dejado atrás para siempre cuando vi el cadáver de John Weaver.

Comencé a reír. "No lo entiendes", dije. "¡Eso ya no tiene nada que ver conmigo! Ahora le pertenezco. Nada más importa."

Pero estaba asustada. Si el Murciélago sabía que yo estaba en su organización, ya sabía demasiado. Tenía que encontrarlo y advertirle. Durante un momento sentí pánico, temiendo, de hecho, morir antes de que él tuviese oportunidad de matarme. Sentí las lágrimas sobre el rostro antes de saber que estaba llorando. Y después volví a desmayarme.