Milo notó los intentos de Piscis de examinar su reacción sin mirarle directamente, un adorable intento de mirar por el rabillo del ojo, y sonrió.

-Hay cierta paz en este lugar- El griego tranquilizó a su compañero. Afrodita sonrió, mucho más de lo que obviamente pretendía sonreír, y dejó de fingir que miraba las tumbas cubiertas de verde para mirarlas realmente. Milo se acomodó sobre la hierba, reclinándose contra el sueco, hombro con hombro.

Lo decía en serio. Había algo en el lugar, algo que debería ser macabro pero resultaba sereno. El mal del norte se veía a lo lejos, escurriéndose entre los árboles como una serpiente. Sigiloso, amenazante inmenso, y de alguna forma, protector. Era enternecedor, en cierta forma. Casi tan enternecedor como la mirada insegura de su compañero. El más cruel de los ochenta y ocho, con la misma pose altanera y relajada con que le conocían en Atenas, peor con ojillos de ratón mal escondidos, que esperaban que les apartara con asco en cualquier momento.

Milo sonrió de lado, y se inclinó para besarle, esperando cualquier cosa, desde un bufido a un beso de vuelta a un rechazo a un revolcón. Se esperaba todo de aquella criatura extraña, todo atado a algún tipo de lógica misteriosa que conseguiría descifrar. Piscis le sorprendió de nuevo. No hizo ninguna de las cuatro cosas, solo se quedó quieto y aceptó el beso, derritiéndose discretamente ante la caricia, devolviéndola con sencillez sin apenas mover la cabeza. Milo trató de no reirse. No del sueco, solo...reirse; estaba de buen humor, le había gustado el beso, le resultaba extraño aquello, le resultaba inesperado...y le resultaba tierno. No era lo que había esperado encontrar allí.Piscis no le mantuvo la mirada mucho tiempo. Aparentemente no sabía mantener miradas si no era como enfrentamiento, pero al menos estaba mejorando un poco con ello.

-Las cavaste tú, entonces?- la conversación se escurría perezosa entre ellos, sin prisa por llegar a ninguna parte

-Sí

-¿cuantos años..?

-unos…¿seis? No me acuerdo bien.

-El resto de la gente que vive allí abajo…¿No lo recuerda?-Pisis negó con la cabeza, discretamente

-Todos los que se habían quedado atrás murieron. El resto no lo vio- Milo sintió la nueva mirada furtiva, esperando algún tipo de explosión por su parte, preparada para devolver algo cuarenta veces más hiriente que nada que él pudiera decir...Tuvo que contener las ganas de reirse de nuevo.

-Así que nadie sabe que tú mataste al monstruo- le empujó con el codo, y sonrió con picardía, estirando la broma- ¡Vaya! Que modesto por tu aprte. Un heroe ançonimo. No pensaba que fueras de ese tipo.

Se dejó caer en la hierba, disfrutando la sonrisa tímida que le había sacado a Piscis, y el rastro de alivio en su gesto. El escandinavo se reacomodó a su lado, separando más los pies y echándose hacia delante, con los codos en las rodillas

-Si, bueno. No solo al monstruo…

-Eras un crío. Tu cosmo reacciono al margen de tí. Podrías decir que la culpa fue del Santuario, debieron haber encontrado a quien estaba destinado a vestir Piscis antes de que esto pasara.

Afrodita sonrió de medio lado, una mueca extraña, que agradecía más el esfuerzo que el éxito. Milo le tiró del pelo, haciéndole sentarse a su lado.

-No me entiendas mal. No me arrepiento- continuó Piscis, dándole a entender a Milo muy sutilmente que le relevaba del deber de intentar consolar a nadie, y muy posiblemente sugiriendo que era muy torpe al hacerlo. Milo se incorporó en un codo, divertido. Los ojos de su compañero reflejaban el cielo- Si no lo hubiera hecho, nadie de los que viven abajo estaría vivo, o habría llegado a nacer. El jörmun habría barrido a los que se quedaron atrás, y los habría alcanzado- Piscis suspiró de nuevo, Milo pensó en el despegue del avión; esperaba volver en avión, le había gustado estar dentro de las nubes

-¿Por eso te gusta venir aquí?-el sueco asintió, vagamente consciente de que era algo narcisista por su parte, y vagamente consciente de que era aún más perturbador que narcisista, pero milo apre´cia verlo completamente normal- Lo entiendo. Le recuerda a uno por qué...todo, ¿verdad? Por qué las armaduras, y por qué todo esto-Piscis asintió de nuevo. Milo se estiró- Me gusta tu aldea. Me gusta la gente. Me caen bien. Me alegro de que hicieras que estén vivos. Milo notó a Afrodita revolverse in poco, incómodo, y tuvo la certeza de que había acertado más que fallar

-Había muchos mejor que yo, ¿sabes? No es que yo fuera nada, un crío. Había muchos más inteligentes, más hábiles...más sabios-sacudió la cabeza ligeramente, aplanando la hierba bajo su cráneo- Sobre todo más sabios. Había artistas, había maestros, había...había un hombre al que todos los pueblos de alrededor iban a pedir consejo y a pedir que hiciera de juez...había mucha gente que era mejor que un mocoso, pero al final...Al final, cuando esa cosa salió del agua, todo eso dio igual.. Cualquiera habría sabido hacer aquello mejor, habría podido...controlar la explosión, y matar solo al monstruo...si hubieran tenido mi energía pero...no la tenían. Al final fue cuestión de quien tenía fuerza suficiente, todo lo demás habría...estado bien, pero por sí solo, no sirvió de nada.

No sonaba orgulloso. No sonaba molesto. Solo sonaba...expositivo. Quizás algo melancólico, quizás algo resignado.

-Me gustaba como tocaba el piano-Añadiço el sueco, pensando en alguien en específico, sin notar que no había aclarado quien.

-¿Por qué me has traído aquí?- Era una buena pregunta, Milo estaba seguro de ello. El pecho de su compañero se movió en un suspiro suave, para nada tan confundido con al pregunta como esperaba dejarle

- creo que te lo debía

-Tan bueno soy en la cama? Algo había oído, pero..- codazo

-Me comporté como un cretino. Lo siento. Ahora estamos en tablas- en cuanto a vulnerabilidad, suponía, o en posibilidad de chantaje futuro, quizás? Afrodita sabía que estaba equilibrando algo, pero no estaba seguro del qué; todo eso eran posibilidades. Pensó, por un momento, que tenía que ser un tipo muy raro para llevar cuenta de cualquiera de las dos cosas, y se sonrió imaginando la cara de confusión que Milo tendría que tener en ese momento...Para su sorpresa, no tenía ninguna. El Escorpión parecía entender aquello perfectamente. Piscis sintió calor en las mejillas. De todas las reacciones posible,s su cuerpo había decidido usar la que más podría confundirle. Tragó saliva y cambió de tema, tratando de comprender de donde estaba viniendo aquello

.- ¿Tú cómo te convertiste en santo?

-Bueno….mi madre me pidió que lo hiciera

Piscis se incorporó, con una ceja en arco, muy divertido. Dejó una risa suave escapar, y volvió a echarse hacia atrás

-Eso es un niño bueno!- Milo refunfuñó, empujándole con el hombro en las costillas, pero de mejor humor del que quería admitir

-¿Solo eso?

-Sep. No tenía ni idea de qué se supone que es un Santo, o de quien era Athena...solo sabía que salían en las historias, y luchaban, y ganaban, y eran los buenos- El chico hizo un gesto cómico en el aire- ¿realmente, qué más hay que saber?

Se acomodaron en el silencio, dejándolo deshacerse a su propio ritmo

-...La verdad, cuando empecé, no esperaba llegar...tan lejos- La voz de Milo sonaba...modesta. Extrañamente modesta, y extrañamente...pequeña. Los aires de grandeza y de autoconfianza conque normalmente se inflaba la ruidosa honestidad del hombre habían desaparecido, y tras ellos quedaba un muchachito sencillo de algún pequeño pueblo de grecia, que miraba los eventos de su vida desde fuera, y se veía a sí mismo demasiado pequeño, demasiada poca cosa para haber acabado metido en ellos. Piscis se quedó quieto, Tenía a una persona...normal, sentía, a un muchacho, entre las manos, y se acababa de dar cuenta de que estaba viviendo algo parecido a un momento especial, y no tenía ni idea de qué se hacía en esos casos. Su instinto, al parecer, fue congelarse en el sitio, mantenerse, callado, y convertirse en lo más parecido posible a un vegetal. Si eso funcionaba cuando le ponían a uno algo de cristal entre las manos, tenía que funcionar para esto, ¿no?

-Yo no estaba destinado para Escorpio, ¿sabes? Mi energía ni siquiera despertó naturalmente- siguió el griego, hablando suave, y lo bastante bajo como para no parecer griego en absoluto. Quizás temía que si lo decía muy alto alguien se diera cuenta de que había habido un terrible error en alguna parte y viniera a corregirlo- Ni siquiera creía que fuera a conseguir una armadura en absoluto..¡Je! Cuando llegué, pensaba que sería un pueblo o algo así, que era "los santos de..y una localidad" como en las fiestas!. Dios...no tenía ni idea de dónde me estaba metiendo…pero lo había prometido...y quería que ella estuviera orgullosa de mí...¡Je! ¡Bueno! Parece que no lo hice mal! ¿no crees?

-Lo siento-murmuró Afrodita. Milo no había dicho que su madre hubiera muerto, ni hablado de lechos mortales y últimos deseos y cosas así, pero era evidente. Por el tono era evidente, y Afrodita no pudo evitar preguntarse si la madre de Milo había muerto realmente de "causas naturales" y si su compañero realmente "no estaba destinado a Escorpio" o si, más bien, alguien en el santuario había tenido algo que ver con todo aquello. Conocía como funcionaba el santuario, mejor que muchos, y todo aquello le sonaba…-¿hermanos?

-No. Solo estábamos nosotros dos…¿Tú?

-Tuve.

¿Y cómo cuernos llega un crío de cuatro o cinco a Atenas desde Esparta? Algún amable adulto escucha que quiere ser santo y muy amablemente le lleva, por supuesto. Si, era sospechoso. No imposible, pero extraño. Piscis pensó en ello, pero no lo dijo nada. Pensó que podía mirar los archivos para descubrir si realmente no sabían quién sería el próximo escorpio, peor decidió que no lo haría. ¿QUé más daba ahora?

Estaba distraído en esas meditaciones, pensando en si Mask tendría razón, y la verdad no importa mientras no se la recuerde...y al instante siguiente estaba rodando ladera abajo, envuelto en hierbajos como en un rollo de Shushi. Se revolvió en la caída y clavó las punteras, frenando la bajada y quedando acuclillado en mitad de la bajada. Desde arriba, Milo alternaba entre mirarle a él y fingir pulirse las uñas. El griego volvió a brillar como siempre, toda la prepotencia y la picardía de vuelta a su lugar, a esa sonrisa enorme

-¿Sabes? Te estabas poniendo demasiado solemne, y no estaba seguro de cómo cambiar el humor..-Piscis devolvió una sonrisa de fiera, adrenalina empezando a correr por sus nervios, dulce sabor a competición borrando cualquier consideración lóbrega.

-Estás muy muerto…-Siseó, antes de saltar hacia arriba de nuevo, Milo saltó por su lado, encendiendo su energía para impulsarse sobre el pequeño cementerio de la ladera y llegar de cabeza al agua, a varios metros de distancia. Afrodita le siguió, olvidando avisarle de que aquello había sido la gruta de cría de un monstruo gigante, olvidando avisarle de los peligros del agua, de las rocas afiladas, y de las malas corrientes. Lo único que tenía en la cabeza era que iba a ahogar a ese cretino hasta que estuviera escupiendo sal y percebes una semana entera...y...quizás...pensaba que algún día le contaría a Milo la historia completa. Quizás contaría que había habido muchas serpientes, que él tampoco había estado destinado a Piscis, que su hermano mayor se puso en medio entre él y una serpiente, que el idiota había sido demasiado orgulloso para entender que no podía con ella y que no había tiempo y que Afrodita tuvo que atacar igualmente, y que…
QUien sabe, quizás él también escucharía más historias de Milo. Quizás oiría los cuentos que su madre le contaba desde la cama del hospital, las ilusiones que él se había subido sobre la mesa, usando como capa la funda sucia de la almohada. Eso le gustaría.

Dos semanas después todas las vigas de la pequeña casa de madera que compartían debían saberse sus nombres. El sol eterno del verano sueco se les colaba en la piel y en la sangre, mortecino, sin quemar, pero sin dejar de brillar nunca, haciendo que dormir sonara a excentricidad absurda. No quedaba nadie en las calles bien iluminadas y tomadas al asalto por gaviotas, y Afrodita se reía de una broma que ya no podía ni recordar. Le dolía la boca y le dolía el estómago a rabiar, por la falta de costumbre, pero no podía parar. Milo le sujetó para que no se cayera, o para no caerse él. Acabaron hombro con hombro, tratando de mantenerse de pie como borrachos que ni siquiera habían bebido, con las caras como tomates de tanto reírse y las gaviotas reidoras preguntándose qué demonios estaba mal en la cabeza de esos dos lunáticos. Milo perdió pie y los mandó a los dos al suelo, sin que pudieran dejar de reírse. Afrodita se dio cuenta de se sentía feliz. Totalmente feliz, y totalmente aterrorizado.