Capítulo 7: Chocolate, miel y caramelo. Y… ¿algo más? (Neville/Luna)

¡Hola holaaa! :P Aquí he vuelto con un Neville/Luna que espero os guste. En realidad está basado en un primer encuentro que hice con James Sirius y Rose hace unos pocos días y que publiqué como un one-shot, me ha servido de inspiración, pero cambiando algunas cosas. Al principio no estaba muy convencida de el capi porque para estos dos me pegaba algo más tierno... pero luego recordé que el fic se llama: "La pasión de lo prohibido", y últimamente estaba perdiendo tanto la pasión como lo prohibido, así que me he puesto manos a la obra para intentar recuperar cierto toque picantillo... jejeje. Para ello he jugado con la increíble conversión de Neville en los libros de asustado gatito a valiente y varonil león, no se si entendéis lo que quiero decir... xD. Puede que durante el día Neville pareciera todavía ese asustado gatito, pero siempre tuvo dentro al fuerte y valiente león, y es con Luna con quien lo demuestra :p

Quiero dar inmensas gracias a todos los que me leéis, y sobre todo a los que comentan!

Millones de besos para todos! ENJOYYYYYYYYY 3

"Chocolate, miel y caramelo, a eso sabe la vida.

Chocolate son sus ojos, a caramelo sabe su boca. A la más dulce miel me saben sus caricias.

Porque son esos tres sabores los que componen mis noches y mis días, los tres sabores que componen mi vida. Los que componen su vida. Porque es eso lo que saboreo todas y cada una de las noches, y lo que me hace sentir viva, más que cualquier otra cosa en el mundo."

Y es que la inocente y divertida Ravenclaw no sería ya capaz de concebir la vida sin esos excitantes encuentros que trastornan por completo su vida, desde aquel primero y especial, tantos meses atrás. Y aunque al principio pensaba que se trataba tan sólo de sueños, ¿qué importancia tendría, si le hacían vibrar? ¿acaso había diferencia alguna entre los sueños y la realidad? Sueño o realidad. Todo en la vida trataba de eso. ¿O no? Sueño o realidad. Pertenencia y posesión. Dominancia y sumisión. Fuego, hambre, sed y rendición. Locura. Placer. Oscuridad. Perversión. Todas aquellas sensaciones tenían un color, un sabor. Chocolate, caramelo, miel. Chocolate como aquellos enigmáticos, tímidos y al tiempo salvajes ojos castaños que le seguían a donde quiera que fuera y que tan familiares le eran. Que le ponían la piel de gallina. Que hacían que todos sus sentidos vibraran salvajemente, dejándola totalmente excitada. Aquel desquiciantemente adictivo sabor a caramelo en sus labios, en su lengua, en su boca, la droga de sus besos y sus caricias suaves como la miel. Su forma de hacerle el amor… aquella hambrienta mirada que le perseguía hasta en sus más íntimos momentos de soledad. Siempre su caballero de la brillante máscara, él, misterioso, poderoso, audaz, musculoso, varonil. Su aroma corporal, el dulce, y al mismo tiempo salado sabor de su sudor, masculino, irresistible, enloquecedor. Y siempre aquellos encuentros, lo que dotaba de sabor a su vida. El castillo oscuro, desierto, la luz de la luna, entrando por la ventana. Su brazo de pronto presa de una fuerte mano con violencia, con ansia, con dominación. Era él, siempre él. Se veía obligada a entrar en un aula, arrinconada contra la pared. Todo era rudo e impulsivo, pero al tiempo tierno y caballeroso. Él sonreía maliciosamente debajo de su máscara. Seductor. Una sonrisa que ponía los pelos de punta y le hacía querer ser su esclava por el resto de la eternidad. Someterse a sus más profundos, perversos y desesperados deseos. Entregarse. Y luego todo terminaba. Y ella volvía. Cuántas noches frías de intensos gemidos y desesperadas súplicas en su fría cama se habían convertido en tórridas veladas soñando sus besos, recordando su mirada, evocando su sonrisa. Cuántos momentos de profundo deseo frustrado al comprender que todo era parte de un sueño, y nunca realidad.

Se levanta de la cama, y camina descalza por los pasillos. Por inercia llega hasta el eterno lugar de sus sueños, consciente de que allí, y sólo allí logrará evocar aquellas adictivas sensaciones casi a la perfección. Nota la luz de la luna incidiendo sobre su pálida piel, formando un halo de misterio en torno a su blanquecino pelo. Cierra los ojos, y desea intensamente que aquel misterioso y varonil hombre de dulce sabor y dueño de la mirada que la desarma por completo aparezca con su brillante y misteriosa máscara. Ella se estira, se despeina, y suspira suavemente pegándose a la fría pared, intentando retener todas aquellas increíbles sensaciones que tan sólo aquellos excitantes sueños logran traerle. Sus párpados cerrados arden por la incidencia de aquellos fogosos ojos del dulce color del chocolate en su mente. Luna Lovegood abre los ojos, y se encuentra de lleno con esa mirada que le hace perder la cabeza. El violento hambre que destilan aquellos ojos del mismo color que el chocolate la aterra y la llena al mismo tiempo de una húmeda y demasiado agradable, adictiva calidez. Y en ese momento se rinde a él. Cae de rodillas, ofrece sus brazos. Pide órdenes, ruega en silencio placer. Vuelve a ser la muchacha sumisa y entregada que es siempre que se encuentra con su mirada. Y es que, en los sueños como en la realidad todo trata de eso. ¿O no? Pertenencia y posesión. Dominancia y sumisión. Fuego, hambre, sed y rendición. Placer. Oscuridad. Perversión. Chocolate, miel y caramelo.

…..

Espera y desespera a que se haga la hora. La noche es profunda y fría, y las arremetidas del furo viento contra las ventanas de su dormitorio no hacen si no ponerlo más impaciente. Los minutos pasan, y poco a poco llega el momento que lleva todo el día esperando. El momento en el que por fín se siente liberado. El momento en el que, como todas las noches, se siente dueño de su destino y su ambición. Dueño de su rabia, fuego y pasión. Es aquel el único momento en el que se permite mostrar su verdadero yo al mundo, y así mismo. Dueño de tantas cosas que sólo se atreve a mostrar cuando está ella. Dueño de sus suspiros, de sus gemidos, de su placer.

El moreno baja las escaleras con precipitación, y una oleada de placentero cosquilleo recorre sus caderas al ver que el objeto de toda su rabia, furia, pasión y al mismo tiempo adoración ya se encuentra allí. Aquella irresistiblemente hermosa mujer, excéntrica, inteligente y alocada, dulce y delicada, sumisa pero a la vez pasional ya está allí, despeinada, descalza, condenadamente atrayente. El fino camisón semi-transparente se pega a sus atractivos contornos de forma exquisitamente irresistible, sus labios hinchados de tanto mordérselos, su rubia y larga melena, despeinada y alocada, cae salvaje por su pálida cara, la luz de la luna incide en su piel, y es en ése momento cuando él comprende el motivo de su nombre. Luna. Su luz en su piel la hace parecer de otro mundo, inalcanzable, una aparición divina. Aquella dulce y mortalmente suave piel de pecado, sus pies pequeños y descalzos, y aquel aire de vulnerabilidad, delicadeza y extrema sumisión hacen de su mera visión enloquecedora para el más casto de los hombres. Ella suspira, vuelve a morder sus labios, y él siente que necesita devorarla como nunca, como siempre. Que es cuestión de vida o muerte, que tiene que hacerla suya. Ella debe gritar su nombre como nunca antes lo ha hecho. Quizá haya llegado el momento de quitarse la máscara, quizá haya llegado el excitante momento en el que ella conozca su identidad, y así sólo así ambos puedan disfrutar como jamás antes. Luna Lovegood abre sus brillantes ojos azules, y ambas miradas se encuentran, hambrientas. La de la muchacha cambia en un segundo, una leve y enternecedora expresión de deleite aparece en ellos para después volverse torturada, inquieta y sumisa, y ella cae de rodillas, entregándose al hombre que poco a poco, arranca su máscara, con el corazón en un puño y más excitado de lo que ha estado en toda su vida. El ruido de la máscara cayendo al suelo alarma a la muchacha que se muere por mirar pero no se atreve, tan sólo espera al próximo movimiento del muchacho, quien, sin poder aguantar un solo segundo más, la agarra con delicadeza, como nunca, como siempre, rudeza y delicadeza, pasión y ternura, y la coloca frente a frente, ordenándole abrir los ojos, obligándola a mirarle.

Nerviosa, sube nuevamente la mirada, consciente finalmente, y como siempre lo ha sido en lo más profundo de su alma, de la identidad de aquellos penetrantes y fogosos ojos marrones. Vienen a la mente de ambos en ese instante los implacables y numerosos recuerdos de tiernas, pero al tiempo insatisfechas y fogosas miradas en los pasillos, roces de manos en la biblioteca, suspiros y frustrados deseos escondidos. Neville Longbottom sonríe con la más pasional de las lujurias, y sólo con su ardiente mirada le dice que es suya, que siempre lo ha sido. Que le pertenece. Sólo con esa sonrisa endemoniadamente sexy y traviesa que si la empleara más a menudo, sería sin duda capaz de desarmar por completo a cualquier mujer, esa mirada de chocolate caliente que la hace sentir desnuda, vulnerable y horriblemente excitada. Sólo con ese pequeño gesto es capaz de hacer a la chica deseadora de ir al infierno para poder pecar con él durante el resto de la eternidad.

Ambos se desean, y los segundos se hacen eternos. Neville observa hipnotizado el acompasado y rápido movimiento del pecho de Luna al respirar, ella muerde su labio con tanta fuerza que logra hacerse sangre. Pasa la lengua por sus labios, incitante. Tortura al muchacho, tortura al insaciable hombre que tiene delante. Y ahí permanecen observándose durante un segundo que les parece una eternidad. Puede que durante ninguno se atreva, puede que durante el día Neville no sea el mismo hombre, pero la noche es su momento, y él ya se ha despojado de su máscara. Es por fin, aquél, el momento.

Luna Lovegood tiembla de miedo y placer ante la profundidad del hambre que ella misma inspira en el Gryffindor, por su parte Neville ya no puede resistirlo más. Agarra un mechón del rebelde cabello de Luna, lo acomoda tras su oreja, con la misma mano recorre cada uno de los contornos de su cara. Puede que sus gestos sean delicados, pero no dice lo mismo su mirada. Como siempre, dulzura, rudeza. Ternura, y pasión. La aparente pasividad de Neville incita a Luna, permitiéndole por vez primera llevar la iniciativa, dar el pistoletazo de salida a una noche que promete ser la mejor noche de sus vidas. El dedo índice del chico recorre el contorno de los rojos e hinchados labios de la muchacha, esos labios que necesita lamer y morder de inmediato, esos mismos labios que aprisionan por sorpresa su impaciente dedo. Luna muerde el dedo del chico, sus ojos centellean de puro deseo. Su cálida lengua entra en juego en ese momento, lamiéndolo con torturante y seductora lentitud. Los ojos del muchacho se desorbitan, placenteramente complacidos, el calor y el deseo se hacen insoportables y en ese mismo instante comprende que no puede más. Agarra a Luna de la mano, tira de ella con brusquedad, y no para hasta encontrar un aula vacía donde entrar. Cierra la puerta con la varita, y la empuja contra la pared. Ella gime excitada, siente que está a punto de estallar. Él se acerca con deliberada lentitud, mostrándole con su mirada una nueva e irresistible forma de hacerle el amor. Luna siente ganas de llorar, no puede resistir mayor espera. En ese mismo segundo el sorprendentemente musculoso cuerpo del chico la aprisiona contra la pared, dejándola sin respiración. Sus labios se unen, sabor a caramelo inunda sus lenguas, que se enredan con salvaje brusquedad. La mano de Neville explora con impaciencia las largas piernas desnudas de la chica, miel, el suave roce de su delicada y fría piel lo hace gemir de placer. La muchacha se cuelga de él, rodeando su cintura con las piernas, y Neville la traslada con sorprendente facilidad hasta la mesa del profesor, donde la tumba. Muerde su camisón, presa de un insaciable instinto animal, y la despoja de todas sus ropas. Luna se ruboriza, aún en tal situación es capaz de mostrar inocencia, y eso la hace todavía más irresistible. La delicada piel de la muchacha se torna irresistiblemente sonrosada, y Neville se pregunta con ironía si ella puede ser consciente de lo terriblemente insoportable que está resultando para él no poseerla salvajemente durante el resto de la noche. Desea ser brusco, salvaje y despiadado, pero al mismo tiempo dulce, caballero, delicado. Observa por unos momentos la imagen desnuda, inocente, y bella de la chica, parece la viva imagen de la femineidad de Afrodita, y en tan sólo medio segundo pasan por su candente mente todas las insoportablemente excitantes placeres a los que piensa someterla esta noche, y desde ahora, todas las demás noches, durante el resto de la eternidad. La voz de Luna rompe sus delirantes pensamientos, rogándole posesión, dominación, rudeza, placer, oscuridad y perversión. Chocolate, caramelo y miel. Él arranca sus ropas también, Luna se deleita en sus músculos, recorre con sus manos sus marcados pectorales y gime con desesperación. Vuelve a rogarle rudeza, y Neville obedece de inmediato, impaciente por demostrarle a Luna la clase de hombre que es realmente. Dejando atrás toda precaución o cuidado. Siendo rudo, salvaje, pero al mismo tiempo dulce y tierno. Sus cuerpos han nacido para amarse durante el resto de la eternidad. Ambos se entregan al acto culmen de la pasión, y Luna Lovegood descubre un nuevo sabor en Neville Longbottom. Pimienta…

¿A qué sabe la vida? Puedes preguntarle a Luna. Y ya sabes lo que te responderá. "La vida sabe a chocolate, caramelo, miel y pimienta…"