Disclaimer: Lo de siempre... cualquier cosa que podáis reconocer no es mía.
: Lo que soy para ti no es real :
Porque él no era normal, no era el sueño de las madres, no era nadie. No era nada.
Y en su cabeza las palabras se repetían día tras día, con más ahínco cuando ella estaba delante, como si pudieran construir una barrera. Como si esa supuesta barrera consiguiera evitar que ella lo mirara, que sintiera algo por él.
Porque de alguna forma tenía que conseguir que ella se olvidara, que se diera cuenta del error que cometía. Porque él no era nada, no era lo que se veía en la mente de ella. Seguro. Remus lo pensaba, que ella lo veía como si de un ser superior se tratara. Que lo veía como a un hombre ideal, el mejor para ella. Y eso no era real.
Él no era ideal, era lo último.
Era triste, huraño y amargado; no las sonrisas vivas que ella tenía, ni la mirada feroz y apasionada con que ella lo desafiaba. Porque se decía que en el fondo ella parecía más Gryffindor que él mismo. Él, que había olvidado lo que era el valor, que se escondía en la temeridad de las misiones que nadie aceptaría. Él no era Gryffindor, no era valiente; él se escondía, huía donde el dolor era más sangriento pero menos real. Menos doloroso.
Porque verla, tener que esquivar las miradas furiosas, las palabras llenas de resentimiento, era demasiado. Quedarse habría sido lo correcto, lo valeroso quizás. Demostrarle con hechos y con palabras que él no era real. Que lo que ella creía que él era, no existía. Pero no era audaz, no. Remus Lupin era un cobarde y se valía de ello.
Por eso huía, corría despavorido hacia lo que muchos creían un suicidio. Lo que ella misma calificaba de suicidio. Y si ella lo decía, si ella se lo gritaba a la cara, más corría él.
En el fondo era lo que quería, que ella lo llamara cobarde; que se lo creyera. Que su imagen mental se transformara.
Porque él no era perfecto. Seguía siendo lo último.
Él, simplemente, no era.
: Lo que soy para ti no lo necesitas :
Ella, joven, diligente y dispuesta a luchar por sus ideales; ella no necesitaba a nadie. Menos aún lo iba a necesitar a él. A un hombre más mayor, con más penas que glorias, con más amargura que ganas de vivir. No, ella no podría necesitarlo.
Y sin embargo lo hacía. Porque el amor no era lógico, no era realista. Era loco, indescifrable, incapaz de que alguien adivinara sus pasos.
Ella, la que odiaba su nombre, la que irritaba a su madre con el color del pelo. Parecía autosuficiente, parecía no necesitar la vida de alguien más para compensar la suya. Pero todo el mundo lo necesita, tarde o temprano. Y según lo que Remus le replicaba siempre, parecía que ella lo necesitaba demasiado temprano.
Aunque ella no lo viera así. Ella no creía en destinos, creía en las miradas. Y cuando él entrecerraba ligeramente los ojos y giraba un milímetro la barbilla, creía en él. Porque Remus podría mentir, podría mentir todo su cuerpo, sus palabras, su voz... pero no sus ojos. Ni siquiera cuando había intentado enfadarla, alegando que era demasiado cría para entender por qué se arriesgaba tanto en aquella misión.
Los ojos son el espejo del alma. Y el alma de Remus era dorada, cálida. No podía ser peligroso.
Y por eso lo necesitaba, aunque él se empeñara en negarlo. Porque él la necesitaba también, se necesitaban de la misma forma, ninguno más que el otro. Por eso ella gritaba, se enfadaba y le recriminaba. Porque eran dos, no uno solo, y Remus se obligaba a pensar siempre en él. Era egoísta, aunque ella supiera que sufría más que disfrutaba con aquella actitud. Porque sabía que en el fondo él era egoísta por ella, por protegerla.
Pero ella no necesitaba protección, salvo de sus miedos.
Y Remus era su mayor necesidad pero también su más miedo más temible.
Miedo a no ser suficiente, a que él necesitara a alguien mejor que ella. Miedo a que él no la necesitara tanto. A que Remus fuera más fuerte de lo que ella pensaba, a que fuera más testarudo, a que jamás diera su brazo a torcer.
Miedo a no volver a pisar aquella habitación, grande y vieja. Miedo a no espantar el frío de las paredes con sus caricias, a no acallar el murmullo de la soledad con sus besos. Miedo a no volver a taparse con sus sábanas, a no poder tocar sus manos otra vez.
Miedo a la distancia. A estar separados por kilómetros dentro de la misma habitación, a convertirse en una desconocida, a dejar de ser la que le había arrancado una sonrisa alguna vez.
Miedo, en definitiva, a perder aquello que sólo había tenido durante unas pocas semanas. A ser la otra parte de un amor inconcluso, a perder la felicidad que apenas había rozado con los dedos.
Una viñeta más y se acaba. Gracias por los reviews, son simplemente encantadores.
Hoy quiero dedicárselo a Sig, mi compañera de flota :) Gracias y mucho ánimo con todo :)
