Tanto este como los capítulos finales están escritos por asondomar. Sí, aplicamos esa ley de lo mejor para el final. Ok, que alguien me traiga modestia antes de que termine este fic, ¡por favor! La corrección, como siempre, a cargo de la paciente Ahiru-san.

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El castigo de los escépticos

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La llamada de la bestia

Mimi apagó el televisor. Permaneció sentada durante unos segundos con una sonrisa en su rostro. Al estirar las piernas, con la mirada puesta en la puerta, la sonrisa desapareció; los dos metros que debía caminar hasta ésta se convirtieron en el mayor impedimento para abandonar la sala. Con una mano temblorosa se deshizo del mando a distancia, y se repitió las palabras que llevaba diciéndose toda la tarde:

«Los monstruos no existen.»

Si aguantaba la respiración, todavía alcanzaba a oír las risas enlatadas de la comedia del viernes. Quiso seguir viendo películas, pero recordó que a esas horas ya solo transmitían las cintas de terror, como mandaba la ridícula festividad.

«¿Pero a quién le puede gustar pasar miedo?» se preguntó Mimi. «A todas horas deberían poner historias románticas, porque a todo el mundo le gusta enamorarse. ¡Sí! ¡Deberían hacerme presidenta!»

—Cric.

Mimi se encogió en el asiento y se abrazó a un cojín peludo de color rosa mientras mordía una de sus esquinas.

—¿Mamá?

—Cric —volvió a escuchar.

Se atragantó con el pelo del cojín.

—Cric.

Escondió la cara en el asiento y se cubrió con la manta. Sudaba, le costaba respirar. Destapó su rostro sin abrir los ojos. Pasó unos minutos sin escuchar ningún ruido y, entonces, miró a su alrededor. Todo seguía igual que antes. No había rastro de amenaza. Se deshizo de la manta mientras reía, recuperando el aliento.

«¡Qué tonta soy!»

—Cric.

[*]

Hikari tocó el timbre. Tras esperar varios segundos, repitió dicha acción, presionando el botón un poco más fuerte.

—¡Mimi, abre! —pidió. Ella y Jou eran los únicos que habían contestado a su llamada de socorro.

Se arrimó a la puerta principal, tratando de escuchar algún indicio de que su amiga se encontraba ahí dentro. Luego, golpeó la madera con fuerza hasta hacerse daño en la mano.

—¡Mimi! —llamó una vez más.

La puerta se abrió con lentitud.

—¡Ahhhhh!

Mimi comenzó a chillar, contagiada por el agudo grito que acababa de escuchar.

—¡Jou! ¡Mimi! ¡Paren los dos! —exigió Hikari— Es tarde.

—Es que me asustó —se justificó Jou, bajando el tono de su voz.

—¿Qué haces con eso? —le preguntó Hikari a Mimi.

La chica se quitó la capucha negra y bajó el cuchillo.

—Es por si viene el monstruo —explicó en susurros, justo antes de permitirles pasar.

Jou y Hikari caminaron a paso lento, buscando con la mano un interruptor.

Mimi había encendido velas por toda la habitación. De fondo sonaba una canción infantil de tonos agudos y largos silencios que bien podía pertenecer a la banda sonora de una película de terror.

—¿Qué es todo esto, Mimi? —preguntó Jou, extrañado.

—He pensado que debo hacer que Él tenga más miedo que nosotros.

Hikari encontró el interruptor y lo activó. Jou y Mimi soltaron otro chillido.

—¡Apaga la luz! —rogó Mimi, agarrándose al brazo de Jou.

—No —respondió Hikari—. Vamos a apagar todas las velas, te vas a quitar esa capa y vas a dormir —demandó, dirigiéndose a su amiga—. Nos quedaremos contigo esta noche, y ya verás que no hay ningún monstruo.

[*]

Mimi se tumbó en la cama, asegurando entre susurros que había una bestia suelta y que debían prepararse para ello, pero estaba tan cansada por la energía que había gastado en levantar sus defensas en el interior de su casa que se quedó dormida, sin preocuparse siquiera de si sus amigos se rendían al sueño igualmente.

Una hora y media después, Hikari y Jou decidieron que debían dormir también, y buscaron algún sitio cómodo para ello, ya que temían que ella despertase y se encontrara con que la habían dejado sola.

—Duerme tú aquí y yo lo haré en el sofá —arregló Jou. Hikari estuvo de acuerdo y asintió con un bostezo.

Jou cerró la puerta del cuarto al salir, cogió una manta y se tapó con ella, tumbado en el sofá. Observó el salón. Tenía que admitir que, quitando el cojín peludo, la casa de Mimi tenía una decoración amena y relajante, todo eran colores pasteles y texturas suaves. Sin embargo, no conseguía cerrar los ojos. Siempre le costaba dormir cuando no estaba en su colchón de látex hipoalergénico.

—Cric.

—¡Ahhhhh!

[*]

—¡La bestia! ¡La bestia! —gritó Jou, irrumpiendo en la habitación donde dormían las chicas— ¡La bestia está aquí!

Mimi se tapó con la almohada para no escucharlo y seguir durmiendo.

—¿De qué hablas? —preguntó Hikari, incorporándose.

—¡Del monstruo!

—¡Monstruo! —chilló Mimi, destapándose por completo para buscar el cuchillo.

—¿Qué monstruo? —quiso saber su amiga, conservando la calma.

Jou señaló la puerta. Hikari caminó hacia la misma.

—¡No te hagas la valiente! —pidió él.

La chica le ordenó callar, colocando un dedo sobre sus labios.

Mimi agarró con una mano la muñeca de Jou, y con la otra sostuvo el cuchillo. Hikari temía más al arma de Mimi que a la posible bestia.

Los chicos siguieron a Hikari con pasos cortos. Ella examinó la habitación, sin encontrar pruebas de tal monstruo.

—Cric.

Mimi y Jou gritaron al unísono. Hikari, reconociendo la procedencia del sonido, llevó la vista a la estantería.

—Si solo es un pájaro —sonrió—. Miren qué pequeño es. Ven, pequeñín —lo llamó con un gesto de su mano.

El pájaro voló hasta posarse en el hombro de Hikari.

—¡Oh! ¡Qué bonito! —comentó Mimi, soltando su arma.

—No, chicas, déjenlo —dijo Jou—. Es peligroso.

—¿Cómo te puede dar miedo? —le preguntó.

—Los pájaros son criaturas hechas para matar —aseguró—. Además, ahora mismo puede estar transmitiéndoles millones de enfermedades. Quién sabe lo que habrá probado ese pico.

Mimi acariciaba la cabeza del pájaro.

—¿Cómo lo llamamos? —le preguntó a Hikari, ignorando por completo a su amigo.

—Lo digo en serio —insistió Jou—, están en peligro. Una vez, mi tío encontró un pájaro muerto en su cocina. El animal se había colado por una ventana y, por accidente, en pleno vuelo, se golpeó contra una esquina y murió. Pues bien, mi tío también murió.

Mimi fue a buscar la cámara de fotos. Quería tener algún recuerdo con el animal.

—Escúchenme —persistió el chico—. Sé que algunos creen que no tuvo relación con el pájaro, pero murió ese mismo mes. De distinto año, claro, ¿pero acaso parece una coincidencia? Y a veces sé que me siguen, créanme, son más listos que nosotros.

—Jou —cortó Hikari—, no sé cómo piensas así. Es un animal inofensivo, no hace na…

Antes de que Hikari pudiera acabar su frase, el pequeño pájaro voló hasta Jou y le dio un picotazo en la espalda.

—¡Ay!

—Cric.

—¿Lo ves? —señaló el chico, molesto.

—¡Traigo la cámara! —anunció Mimi, regresando con sus amigos.

—Cric.

—A ver, bonito, ven, que te hago una fotito —dijo la recién llegada, agachándose.

—Cric. Cric.

Mimi rio.

—¡Qué gracioso es! Mira qué ruidito hace.

—Cric. Cric. Cric. Cric. Cric. Cric.

—Esto… Mimi, creo que ahora sí deberíamos correr —sugirió Hikari.

Mimi soltó la cámara y se incorporó. Detrás de ella, Jou y Hikari palidecían, observando la bandada de pájaros que se encontraba ante ellos en hilera, como si se tratara de un ejército. Otras especies de aves se habían introducido también en la vivienda y se apoyaban en la estantería. Contemplaban a los chicos en silencio. Solo se escuchaba uno que otro "cric".

—Bien —comenzó a decir Hikari—, no hagan ningún movimiento brusco. Debemos salir despacio. Despa…

—Cric. Cric. Cric.

—¡A CORRER! —gritó Mimi, saliendo por la puerta sin siquiera ponerse los zapatos.