Antes de que comiencen a leer, quisiera pedirles por favor que no insistan con la rapidez de los capítulos. Estoy publicando uno por semana y espero seguir ese ritmo, el que encuentro bastante decente siendo que para otras historias he tardado meses en actualizar.
Les agradezco a todos mis lectores por su fidelidad y espero que esta historia cumpla con satisfacerlos literariamente.


HARRY POV

Lo bueno del bar de Seamus era que la bebida y la comida eran de primera calidad. El ambiente era bueno y la gente —sobre todo las chicas—, estaban a un nivel bastante extraordinario.
Estuve todo el bendito día trabajando para mis padres, quienes por suerte no incidían en mi vida como alguna vez quisieron hacerlo —gracias a mi padrino—, así que podía manejar mis propios negocios sin que estos interfirieran en mi diario vivir.

El bar tenía varios ambientes diferentes dentro de un solo nivel. Todo era de madera. Como buen escocés, el padre de Seamus, Robert, confeccionó el bar con toques medievales. Las sillas estaban forradas en cuero y las mesas eran de madera, todas con diferentes tamaños y formas porque seguían el mismo patrón del tronco que había sido cortado para confeccionarlas. La decoración estaba repleta de mantos con diseños escoceses y unas lámparas de aceite colgaban del techo.

Por supuesto, en base a su exclusividad, muchas chicas lindas invadían el bar todos los días, lo que era un lujo que no me podía perder, menos, cuando llegaba el bendito mensaje de Seamus al celular avisando que era noche de "mujeres entran gratis".

Esa noche con los muchachos compartíamos una jarra de cerveza que medía lo mismo que mi brazo, y la música mezclaba tonos celtas con rock que animaba a la multitud. Estábamos sentados en torno a una gran mesa redonda Seamus, yo, Neville —un amigo, hijo de unos amigos de mis padres—, Draco y Blaise. Seamus era el más joven y lo había conocido cuando entré a estudiar administración a petición de mis padres cuando tenía veintitrés años. Fue una época de la que mi cabeza no se quería acordar, años que no quería revivir.

En fin, Neville no logró zafarse del legado de sus padres y tuvo que dedicarse a la empresa de forestación y conservación que tenían, sin embargo nunca se quejó de cumplir con el legado familiar. Podía pasar días metido en medio de un bosque y llegaba más feliz y radiante que cuando pasaba una noche intensa con la loca de su novia.

Los otros dos eran Draco y Blaise, dos idiotas con suerte cuyos padres les habían heredado una buena cantidad de libras en vida. No hacían nada. En serio. Nada. Se dedicaban a gastar el dinero y a comprar acciones. Pero, como el destino es un bromista cabrón, los idiotas nunca perdían ni un puto peso, al contrario, todas las semanas duplicaban el monto invertido.
¿Cómo nos conocimos? Es un misterio. Creo que fue en ese mismo bar en mi época de universitario frustrado. Seamus sabía que me había hecho amigo de él porque el pelotudo era dueño del lugar y como para ese entonces era un crío, me aprovechaba de su buena voluntad. Pero con el tiempo nos hicimos muy amigos sin que me diera cuenta. Fue en una de esas fiestas privadas que llegaron los otros dos, pagaron el alcohol de todos los invitados y se tomaron hasta el agua del retrete. No sé cómo, pero amanecimos los cinco en mi departamento, algunos a medio vestir y otros completamente desnudos sobre el suelo de mi sala —no pregunten, no quiero saber qué mierda pasó esa noche y prefiero no averiguarlo—. Todos acordamos no volver a tocar el tema nunca más en la vida.

Me serví un vaso de whisky y lo bebí de un solo trago. La jarra de cerveza estaba prácticamente vacía y la cabeza ya comenzaba a rendirme cuentas. Aún no comenzaba a ver doble, pero estaba a punto. Pedí un sándwich gigante con extra carne y extra queso para poder equilibrar la balanza de alcohol que estaba ahogando a mi cerebro. Los demás me imitaron y pidieron cosas similares. En un gran reloj cucú que había detrás de la barra vi que ya eran las tres de la mañana y el bar seguía lleno de gente.

Un grupo de chicas pasó por nuestro lado y los ojos de Draco se fueron directamente al trasero de una que llevaba unos pantalones de infarto. Éste levantó la mano hacia Blaise y dibujó una sonrisa ebria.

—Te apuesto cien libras a que me follo ese culo hoy —dijo arrastrando las palabras. La sonrisa se transformó en una mueca desviada que debo admitir me pareció asquerosamente libidinosa. Blaise le estrechó la mano con la misma mueca.

—Doscientos a que te quiebra la nariz —rió el otro mostrando los dientes llenos de queso.

Hice una mueca de asco. Miré a la chiquilla que se había sentado con algunas amigas en la barra. Achiqué los ojos y sentí un escalofrío.

Mierda, eran prácticamente niñas y este cabrón bordeaba los treinta.

Draco se levantó de nuestra mesa arrojando algunos vasos al suelo por culpa de su poca estabilidad para mantenerse de pie. Se acomodó la camisa y amplió su sonrisa.

El imbécil era bien parecido—soy honesto, los hombres pensamos así de otros pero no lo decimos en voz alta, ¿sí? —, tenía esa palidez enfermiza que le encantaba a las mujeres y el cabello rubio demasiado claro peinado hacia atrás…er… Como si una vaca hubiera pasado su lengua. Era más alto que yo, pero no era que me importase, a fin de cuentas yo también era guapo —sí, los hombres tenemos vanidad, pero como ya dije, no lo decimos en voz alta, ¿vale? —.

Cuando llegó hasta la barra la chica en cuestión comenzó a coquetear con él —vaya crías, qué rápido caían —, sonreí. Sin embargo, de repente mis ojos se detuvieron en las piernas de una de sus amigas que vestía unas largas botas negras. Subí la mirada hasta encontrarme con su espalda desnuda cubierta por una mata de cabello rizado y negro que caía por ella como cascada. Súbitamente me descubrí observándola con la boca abierta. Hizo un gesto con la mano hacia atrás para quitarse el cabello, lo que la hizo voltear. Me encontré con sus ojos un solo segundo, ella sonrió. Qué irónico, parecía que la noche iba a terminar conmigo y una chiquilla universitaria follando en algún lugar. Me preparé para ponerme de pie cuando…

—Harry —me llamó Seamus—, Neville no se siente bien —dijo señalando a mi compañero cuyo rostro se había puesto verde.

Hijo de puta…

—¿Qué mierda le ocurre? —espeté con un tono grosero, Seamus parpadeó intimidado, Neville se llevó una mano a la garganta. Mierda.

—No lo sé, bebió menos que todos y sólo comió el especial del bar.

Me asusté. Sentí mis ojos demasiado abiertos. Miré a Seamus un segundo mientras mi cabeza procesaba la información. Neville era intolerante al maní y el especial consistía en una suerte de picadillo que contenía pequeñas trazas de esa cosa.

—¡Joder, Neville! —grité saltando de mi silla y colocándome tras él para ayudarle a levantarse—. ¡Seamus, llama a una ambulancia!

—¿Qué …?

—¡Mierda Seamus, este imbécil se puede morir! ¡Hazlo ahora!

Seamus asintió aturdido y tomó su celular marcando los números con rapidez. Salté sobre Neville y le aflojé la camisa que llevaba puesta para que el idiota pudiese respirar. Se estaba comenzando a poner morado.

—¡Cómo puedes ser tan imbécil! —grité mientras lo ayudaba a cobrar una postura que lo ayudara a respirar—. ¿Cómo no te fijaste en lo que estabas comiendo? ¡Siempre eres precavido, joder!

Blaise, que estaba a su lado y bastante ebrio, intentó ayudar pero sus manos se desviaron como si estuviera cazando moscas.

—La ambulancia viene —anunció Seamus mirando a Neville con miedo. Lo hice a un lado mientras acarreaba al enfermo hasta la salida.

—Ayúdame con este idiota —gruñí mientras cargaba a mi amigo que ya se había desmayado, podía escuchar su respiración errática, como una gallina enferma. Seamus se quedó estático, sin saber qué hacer —¿qué estás esperando? ¡Muévete!

Agitó la cabeza y cogió el brazo caído de Neville pasándoselo por detrás de la cabeza. Me giré un segundo, Blaise se había quedado dormido sobre la mesa con la cabeza metida en su plato de comida. Cuando volví la vista al frente noté con algo de decepción que la chica de las botas ya no estaba en la barra y tampoco sus amigas —tal vez Draco se había ganado su confianza después de todo. Maldito cabrón con suerte—.

Arrastramos a Neville hasta la salida. La gente se fue haciendo a un lado para dejarnos pasar. Un hombre corrió hasta la puerta y nos miró con espanto. Reconocí a Robert, el padre de Seamus, por su barba frondosa y su cabello bien peinado.

—¡Por Dios!, ¿qué le sucedió a Neville?

—Comió maní —dijo Seamus con la voz cansada, rodé los ojos.

—¿Cómo pudo ser tan idiota? —exclamó acercándose para tomar el lugar de Seamus que parecía exhausto de haber cargado a un sujeto varios kilos más grande que él. Porque el cabrón era alto y ¡mierda que pesaba!

—¿Llamaron a la ambulancia?

—Viene en camino —dijo Seamus abriendo la puerta del local para que saliéramos. El viento helado de primavera me golpeó en la cara como agujas. Luego de estar en la tibieza de bar y de haber adoptado el calor del alcohol, la intemperie no era el mejor lugar para permanecer de pie.

—Más les vale que su estupidez no traiga problemas al bar —dijo Robert, yo fruncí el ceño.

—¿Eso es lo que te preocupa? —espeté. La cabeza estaba comenzándome a cobrar factura, preveía un dolor inminente. Robert alzó los hombros.

—No, por supuesto que no —dijo algo avergonzado—, pero sacar a un cliente medio muerto y pálido como un fantasma no es la mejor publicidad para el bar. Van a creer que se intoxicó con mi comida.

—Pero sí se intoxicó papá —agregó Seamus cuyos brazos estaban cruzados sobre su pecho. Robert le dio un zape en la cabeza con la mano libre.

—¡Pero fue culpa suya! Neville sabe que no puede comer cosas que contengan maní, ¿por qué lo hizo?

—Está con un tratamiento hace varios meses —expliqué con los ojos cerrados. El peso de Neville, el frío y los estragos del alcohol me estaban apagando el cerebro—. Pero nunca creí que el imbécil comería picadillo para comprobar si la mierda funcionaba.

Levanté a Neville alzando su brazo para contener su peso, ya que se había comenzado a resbalar. Robert hizo lo mismo. La cabeza de mi amigo caía inerte sobre su pecho. Comenzaba a asustarme. No reaccionaba.

Fue cuando mi corazón se relajó al escuchar la sirena de la ambulancia. Dio un rápido giro en la esquina y se estacionó a nuestros pies. Los paramédicos recogieron a Neville e hicieron todas las maniobras de rigor posibles. Cuando lo subieron al vehículo nos miraron.

—¿Alguno de ustedes es familiar o amigo?

—Sí, lo somos —dije señalándonos a Seamus y a mí. Pero de inmediato supe por la cara del crío que éste no tenía intenciones de subirse con Neville a la ambulancia—. Pero yo iré con él —farfullé frustrado.

Robert me colocó una mano en el hombro.

—Yo iría, pero no puedo dejar el bar sin atender y Seamus no está en condiciones —dijo señalando a su hijo el cual tiritaba bajo el frío y cuya nariz estaba roja, pero no precisamente por la temperatura.

Asentí y seguí al paramédico. Cuando las puertas se cerraron detrás de mí comprendí que mi noche no terminaría escondido con una chiquilla universitaria en algún rincón del bar. Suspiré y me pasé las manos por la cabeza mientras Neville era reanimado con todos los artefactos que había en la ambulancia.

—No se preocupe, su amigo estará bien —me dijo el sujeto que hacía las reanimaciones. Sonreí sin querer sonreír realmente, tenía unas profundas ganas de lanzarme —y de paso lanzar a Neville también— a las profundidades de un pozo profundo. Me volví a cubrir la cara con las manos y emití un quejido. El tipo me miró con lástima, yo sólo quería estrangularlo.

Cuando llegamos al hospital, Neville fue trasladado con rapidez desde la ambulancia hacia la sala de urgencias. Los médicos no me dejaron entrar, así que tuve que aguardar en la sala de espera. Me agarré la cabeza con sueño, de repente eran las cuatro de la mañana y yo seguía lamentándome haber perdido la oportunidad de follar con una chiquilla por culpa de un imbécil que me había transformado en su niñera.

Uno de los médicos que estaba atendiendo a Neville apareció por una esquina al cabo de una media hora, alcé mi vista cuando escuché que preguntaban por él. Me acerqué preocupado debo admitir, el hombre no parecía especialmente contento.

—Soy amigo de Neville, ¿cómo está?

—Me temo que tendrá que internarse, su alergia es severa, tuvo suerte de haber llegado con vida al hospital.

En ese instante sentí como mis piernas se volvían de gelatina. La cabeza ya no soportaba su peso y mis hombros se habían comenzado a desmoronar. Sin embargo intenté mantener la compostura.

—¿Se recuperará?

—Lo trajo a tiempo, así que esperamos los mejores resultados, pero se mantendrá en observación por algunos días —dijo. En ese instante comprendí la inmensidad de la situación. Neville había estado a punto de morir. Realmente. Joder.

—Le avisaré a su familia —dije. El médico me miró, lucía un gran mostacho que le cubría casi toda la boca. Podría haber ingeniado un chiste sobre aquello, pero no tenía ánimos.

—Procure hacerlo pronto, si bien su estado no es de peligro, su amigo está grave —dijo con severidad. Me sonrojé sin saber por qué. Tal vez porque me había quedado lamentando mi vida como idiota en lugar de alertar a la familia de mí amigo que necesitaba mayor lamentación que yo.

El hombre se retiró y de inmediato tomé mi celular. La madre de Neville por poco me dejó sin tímpano, si hubiese gritado un poco más fuerte tal vez habría perdido la oreja. Intenté calmarla, pero por celular las cosas no funcionaban así de simples hasta que no veías con tus propios ojos al afectado.

Cuando confirmaron que venían en camino busqué en mi lista el número de su novia. Marqué, pero la loquita no me contestaba.

—Mierda Luna, contesta —Al cabo de tres intentos, nada sucedió.

Apoyé la espalda en la pared a un lado de la máquina expendedora de café y me quedé mirando el celular pensativo, hasta que mi cerebro se encendió al leer su nombre. No pensé. Simplemente marqué.

¿Di...diga? —escuché su voz adormilada con cierto tono de fastidio, no pude evitar reír. Pero de inmediato recordé por qué la había llamado.

—Ginny —dije, al otro lado me recibió un bufido idéntico al de un toro en plena embestida.

¡Harry! —exclamó molesta—. ¡Son las cuatro de la mañana!

—Lo siento, escucha, hay un problema…

Pude escuchar su respiración intensa desde el otro lado y fue inevitable no reír.

¡Dios, eres mi karma Potter!

Algún sonido apabullado me llegó desde el otro lado de la línea y la imaginé dándole patadas a las frazadas. Tenía ganas de fastidiarla, era lo más divertido de ella, pero debía enfocarme.

—Después me la cobras, es importante —dije con rapidez antes que me interrumpiera—. Neville está en el hospital —silencio—. ¿Ginny?

¡Mierda Harry, por qué no lo dijiste antes! —el grito me pilló desprevenido, casi se me cayó el aparato de las manos. Unas enfermeras gruñonas me llamaron la atención.

—¡No grites así, bruta!

¿Bruta? ¡El idiota eres tú si crees que…! ¡Oh, por Dios! ¿Le avisaste a Luna?

Suspiré y me pasé la mano por la cara.

—No me contesta…

Por supuesto…—un estruendo se escuchó del otro lado, alejé el celular del oído—… es imposible despertar a Luna si la llamas al celular, lo debe tener su gato, siempre se le pierde. No te preocupes, yo le aviso.

—Estamos en el Central —dije cerrando un ojo cuando escuché otro estruendo. Seguramente estaba barriendo con todo lo que tenía a su paso para vestirse con la luz apagada.

Nos vemos.

Cortó. Miré el celular en mi mano y fue inevitable sonreír. A pesar del momento fatídico y de mi suerte echada a algún cocodrilo, esa chiquilla me había alegrado la noche.


Notas:

A todos quienes quieren que Harry se dé cuenta de que Ginny existe y viceversa, denles tiempo. Gnny acaba de terminar, sigue pensando en Michael. La buena noticia es que tiene ojos, cerebro y corazón, así que créanme si les digo que no tardará en notar a Harry.
Solo les pido paciencia. Los capítulos son cortos y seguirán ese ritmo, por lo tanto es poca información en pocas páginas.
Lo interesante es que estos dos tienen que descubrirse primero, no tardará demasiado, pero luego tendrán que aceptar lo que sucede y ahí comenzarán los enredos.

Gracias por leer.
Kate.-