Tenía pensada esta viñeta desde hace mucho, solo que no me apetecía escribirla. Me podría haber salido algo de intentarlo, pero yo creo que era mejor esperar a su momento... Y el momento llegó hoy, cuando escuché la canción, aunque creo que me quedó algo más cómico que romántico, pero se intentó. Dedicada a Ahiru especialmente, sé que tenía ganas de esta pareja. Por cierto, hay un video en YouTube con esta canción y subtítulos en español que es una preciosidad.

CAMPOS DE FRESAS

Pareja: Jou y Miyako

Canción: Real love

Palabras: 1141

Sonaba esa canción. No la soportaba. El estribillo se repetía y repetía, y cuando creía que su tortura acababa, pasaban tres segundos de silencio y la volvía a poner. Jou Kido había aprendido a convivir con sus manías, sabía que era más sensible que el resto cuando se trataba de ruidos, y más todavía cuando se trataba de intentar dormir. Pues si ya no encontraba fácil conciliar el sueño de noche (¿cómo ser capaz cuando atacan los grifos que gotean, el segundero del reloj, o los zumbidos de las cabinas de teléfonos a trescientos metros de radio?), conseguir cerrar los ojos de día, aunque fuera por unos minutos, era una odisea. Con lo que no había aprendido a convivir era con la vecina de arriba. Silencio. Tres segundos. Uno más, un segundo de falsa esperanza. A lo lejos, una guitarra rompía con el encanto.

Jou no estaba seguro de haber acertado con su profesión. El descanso era parte de ella, una obligación más. Solo así podía rendir en su guardia nocturna. Cumplir con el deber no siempre es fácil, solo es necesario.

—¿Sabes lo que yo haría? Le escribiría una nota a tus vecinos, seguro que lo entienden —le aconsejó una compañera de trabajo, tras una pregunta indiscreta sobre sus marcadas ojeras.

Al llegar a casa, Jou escribió cuatro notas diferentes. Sin decidirse por ninguna, se echó a dormir. Veinte minutos más tarde, la canción volvía a sonar. El cansancio ganó la batalla solo durante las primeras cuatro reproducciones. En la quinta, Jou se abrazó a las piernas en posición fetal, al borde de la locura. En la sexta, se incorporó de la cama con rapidez y sonrió: tenía la solución. Las ideas nacen en la locura.

.***.

Nadie entendió la nota del ascensor, debido a su caligrafía de médico, pero la beatlemaniaca de su vecina, a la que había dejado unos auriculares en el buzón, comprendió la indirecta al instante y respondió regalándole unos tapones para los oídos.

Nunca se deben hacer regalos a una persona insomne. Y la canción volvía a sonar. Una vez. Y otra vez.

Jou se asomó al balcón y se tiró del pelo de detrás de las orejas al grito de: «¿por qué tiene que ponerla en bucle?»

—¿Jou? ¿Eres tú? ¡Jou! ¡Qué alegría!

.***.

—Y entonces me mudé aquí, no tenía ni idea de que eras mi vecino. ¡Vaya! Es cierto eso que dicen de que el mundo es un pañuelo, ¿eh?

Jou apenas podía reaccionar. La canción seguía sonando en bucle. Sacudió la cabeza y se ajustó las gafas.

—Perdona mi desconsideración, no te he ofrecido nada.

Jou rechazó la invitación. Solo tenía una frase en mente.

—Algunos dicen que no debí dejar biología, pero la verdad es que me dejó de interesar, todavía no se lo conté a mis padres… Estoy esperando a que me vaya un poco mejor para eso, ellos pusieron mucho esfuerzo en que estudiara, sé que les decepcionaría. De hecho, eres el primero al que se lo cuento. Es curioso, me sentía sola y estabas a tan pocos metros… Lo que son las casualidades, ¿eh? ¿Qué te pasa? No te recordaba tan callado. ¿Estás bien?

Jou se clavó las uñas en la pierna, protegida por su pantalón.

—Pero, ¿por qué en bucle?

Miyako elevó una ceja, desconociendo a qué se refería su amigo. Después, rio sacudiendo el cuerpo.

—Es una manía. Sé que es difícil entenderlo. A veces solo necesito escuchar una canción, hay una canción que define cómo me siento cada día y cuando la encuentro no quiero escuchar otra cosa, pero hay días que no sé qué quiero. Me empezó a gustar una de estas bandas de moda, ellos me llevaron a sus influencias, y a las influencias de sus influencias, y así, después de como quince grupos, llegué a los Beatles. Y ellos de verdad me enseñaron qué es el amor. Parecido a no cansarte de una canción y ponerla en bucle. —Miyako rio otra vez—. Podemos decir que me estoy poniendo a prueba, a ver cuanto aguanto en esta «relación». Pero, dime, ¿cómo te va en el hospital?

Los dedos de Jou bailaron sobre la mesa. La canción debía estar por la mitad.

—¿Por qué no usas auriculares?

Miyako cruzó los brazos.

—No pienso usar eso, es malísimo para el oído.

—Pero…

—Además, es de día, puedo poner música, nada me lo impide, ¿por qué no usas tapones para los oídos?

Jou inclinó la cabeza hacia abajo.

—Mi cerebro sabe que le engaño.

.***.

Como nadie comprende mejor a un maniático que otro maniático, llegaron a un acuerdo. Miyako solo podría poner la música los días que Jou no trabajase de noche. Sin embargo, esto tampoco contentó a Jou, quien entendía que él debía dar algo a cambio y no iba a estar tranquilo hasta que pudiese devolver el favor.

Así pasó semanas ayudando a Miyako con las bolsas de la compra, pero en una de estas, por intentar abarcar de más y creerse poseedor de unos bíceps inexistentes, tropezó, tropiezo que vino acompañado con el desparrame de lácteos propio de la situación, y Miyako supo que había llegado el momento de terminar con eso.

—Jou, creo que es mejor que no me hagas más favores, de verdad, no es molestia para mí no poner música todos los días. Además, estaba rayando en la obsesión. Pero si te sientes más tranquilo, ¿por qué no subes a darle de comer a mi gata este fin de semana? Quiero visitar a mis padres y la pobre va a estar sola.

.***.

—Misifú… —murmuró Jou, con la suposición de que todos los gatos se llaman así.

Ni rastro de la gata. Jou se encogió de hombros y abrió la lata de comida que Miyako había dejado sobre la encimera. Después le cambió el agua. A la derecha estaba la cadena de música. No estaba en sus planes, pero cuanto más miraba al interruptor más quería pulsarlo, porque para eso están los botones, y puso en marcha el aparato. Al escuchar la melodía la gata fue directa al comedero, ni reparó en la presencia del extraño.

Hacía tiempo que Jou no escuchaba esa canción. Cuando dormía de día, Miyako ya no la ponía. El resto de días, trabajaba por la tarde.

Llegó al estribillo. Solo entonces reparó en que no era tan horrible. De hecho, hasta le agradaba. Se repitió. Cada vez estaba más relajado. ¿Era eso a lo se refería Miyako? ¿Era para él eso el amor? Algo difícil de apreciar en el primer momento.

Jou esbozó una sonrisa. Llevaba tantos años dedicados al estudio que no se había permitido más que amoríos veraniegos, no había necesitado otra cosa. Pero, tal vez, pensó, eso deba terminarse, quizá sea el momento. Mientras divagaba no fue consciente de que era la séptima vez que sonaba. La gata ya había terminado de comer y dormía la siesta cerca de la ventana.

No muy lejos de ella, podía visualizar su propia figura y la de Miyako. Se cogían de las manos por la espalda y se balanceaban de un lado a otro, al ritmo de la canción.

Con el pulso agitado, al borde de la locura, Jou escribió otra nota.

.***.

El insomnio no volvió, cosa curiosa. Aunque algunas veces, largos mechones morados le molestan en la cara, y cuando duerme de día y le despierta una canción en bucle, murmura:

—Ah, es ella...