Jhogo era un muchachito sonriente, temerario y algunas niñas a las que había montado decían que era un semental. Eso lo enorgullecía hasta límites indecibles; tanto era su fervor que de vez en cuando soñaba con que algún día sería Khal.

Pero desde luego, aquello no era posible. Él tenía su khaleesi, debía serle fiel no solo porque formaba parte de su Khalasar, si no también por ser sangre de su sangre. ¿Dónde se había visto que un jinete de sangre se convertía en Khal? No, Rakharo ya se lo había dicho y Aggo estaba de acuerdo, sus tres vidas estaban ligadas a la madre de dragones.

-Deberíamos haberla entregado al Dosh Khaleen cuando tuvimos ocasión –Mascullaba Jhogo, enfurruñado, siempre que recordaba aquellos sueños de adolescente que lo acosaron un día.

Sus dos compañeros siempre se lo discutían, pero nada podría cambiar su manera de pensar. Cada vez que miraba su cabello platino y las campanillas que adornaban su trenza, pensaba que ese destino debió ser el suyo. Pero si alguien recordaba su nombre, sería únicamente como Jhogo, la sombra de Daenerys Targaryen, y no como el domador de ciudades, el arrasador de reinos o, simplemente, solo como un Khal.